150 niños del barrio Nacederos encuentran a través del fútbol otras opciones de vida.

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Mientras la ilegalidad los tienta con sus redes y oscuras prácticas, el deporte intenta atraerlos para salvarlos de un incierto destino.


Fotografía Erika Valencia

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Llegamos a un sector de Pereira que tiene rastros innegables de informalidad, en donde a finales del año pasado se hacían importantes capturas de personas vinculadas al micro tráfico, señaladas de usar a los niños en estas actividades ilícitas.

Allí, en el lugar que dejó el último tren, en el que decidieron bajar viajeros que no querían más partir; en esa línea de casas dispares, ubicadas en vecindad de un aeropuerto, y de lo que fuera un zoológico, la vía se extiende sobre los barrios Nacederos, La Libertad y Matecaña.  

 

 

Caminar es la única forma de hacerse una idea del lugar, porque él mismo está constituido en esa metáfora de la vía que recuerda el paso de la locomotora.

Los predios que se usaron para asentarse, después de que pasara la última máquina, se apiñan enfrente, a lado y lado del estrecho carreteable.

En compañía de Carlos Mejía, partícipe e impulsor de la fundación Football Peace, recorrimos esta linealidad que quiere ser barrio, en Nacederos, centro principal de operaciones de su proyecto, y posteriormente en La Libertad.

 

 

Él nos contó del trabajo que hacen con los niños de este sector, atrayéndolos a la práctica del  fútbol  recreativo, a partir de un sistema que tiene una intención muy clara.

 

 

Se trata de un campeonato en el que la observancia de las reglas importa, no solo el resultado final de los partidos.  

Las reglas, basadas en la auto regulación, trabajan temas como el buen trato, la convivencia, la participación, el respeto a la diferencia entre hombres y mujeres,  la inclusión, la disciplina, entre otros asuntos importantes para esta población.

La fe, como base de lo que se imparte en esta escuela de fútbol, se inculca en dos sentidos.

 

 

La convicción en cada uno, en términos de tener confianza en las propias capacidades, y la creencia en un ser trascendente, sin importar la religión que se practique.

Es así como  un grupo de personas lideradas por Carlos  trabajan de manera desinteresada, y por períodos sin ninguna remuneración (a finales del año pasado recibieron apoyo de una empresa de la ciudad de Bogotá).

 

 

Han identificado líderes en cada barrio aledaño, para articular en compañía de ellos el proceso, que incluye la asistencia regular al entrenamiento deportivo (dos veces a la semana), en el horario por fuera de la jornada escolar, y, durante este, estar atentos al comportamiento, apegados a un protocolo definido por la fundación.

 

 

Los líderes de cada grupo hacen énfasis en tres aspectos, al momento de acompañar la práctica deportiva: no violencia, respeto a la mujer, y el uso de un buen lenguaje (sin groserías, palabras vulgares u ofensivas).  

El buen comportamiento se premia a partir de puntos.  A lo largo de un año se desarrolla el campeonato, que es inter barrios. Los equipos reciben puntaje durante los partidos que se llevan a cabo en este período.

 

 

Así, por ejemplo, aquellos que incluyen a niñas dentro de su formación, reciben mayor puntuación, al igual que los que muestran mejor comportamiento.  

En cada uno de los barrios se fomenta la realización de por lo menos dos partidos por semana. Cada ocho días, se reúnen los diferentes equipos para participar del campeonato, e ir ajustando sus respectivas puntuaciones.  

Cada barrio tiene un promotor de la fundación, y es él quien dirige y fomenta la realización de las actividades deportivas en cada uno de estos sectores.

 

 

Atentamente escuché lo que me contaron Carlos  y sus compañeros, sobre el proceso que desarrollan en este lugar.

Otra cosa era observar, mientras caminábamos, cómo los niños se iban acercando, llamándolo “profe”, y constatando con él los horarios de los próximos entrenamientos y futuros partidos.

Trabajo importante que se lleva a cabo de manera comprometida por parte de muchos voluntarios que propician un espacio de sano esparcimiento y formación a la población de menos edad.

 

 

Mientras la ilegalidad los tienta con sus redes y oscuras prácticas, el deporte intenta atraerlos para salvarlos de un incierto destino.

 


 

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