Antes que mujer o minoría, quiero ser ciudadana

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He librado una batalla ardua buscando que se respeten mis derechos patrimoniales en un triste y comentado proceso de divorcio.

Los sucesos que me han acaecido con ocasión de la decisión de hacer respetar mis derechos han sido numerosos y diversos.  He contado con la solidaridad de mi familia y un cerrado círculo de amigos, y con la animadversión y la malevolencia directa de ciertas personas, y, en general, he recibido la insolidaridad y la falsedad de muchos que creía cercanos.

He vivido, como se intuye, un proceso de depuración. Como cuando las cosas se pasan por candela, salen más limpias, aunque el fuego queme y duela.

No obstante, las anécdotas y las autobiografías son aburridas, y lo que merece atención y esfuerzo es elevarse sobre las vicisitudes de la propia existencia para intentar comprender lo que puede tener de general la particularidad de cada uno.

Escritora. Foto en: Panorama Cultural.

Después de un período largo de acontecimientos, procesos judiciales y otras circunstancias de por medio, la conclusión más visible es que el machismo opera como una fuerza actuante, omnipotente y omnipresente, que invade todos los ámbitos de la vida cotidiana.

Somos mujeres y, por ello, somos menospreciadas en nuestras capacidades, así en apariencia se nos otorguen ciertos espacios, se nos conceda la gracia, como a los animalitos que hacen monerías, de ser inteligentes o diligentes.

No hay tal, somos consideradas inferiores de facto, y al momento de liquidar las cuentas, a la hora de la verdad, nos surgen los tutores, los padrinazgos, los albaceas, que comentan bajito entre ellos: “es que ella no sabe manejar la plata”, “es que las mujeres no son racionales, hermano, son puro sentimiento”, “es que ella no sabe lo que le conviene”, “ella no es suficientemente profunda en sus argumentos, le falta”. 

Y sí, bajo el juicio de esta sociedad patriarcal a las mujeres siempre nos falta, quedamos debiendo hagamos lo que hagamos, de la manera que lo hagamos, y así nos exijamos y logremos más y mejores cosas que el género dominante, el de los sagrados varones.

Me gustan los hombres, y lo que hablo no entraña una circunstancia de opción de género. La situación es otra.

La ciudadanía de la modernidad, que en teoría consagró igualdad de derechos para todos los seres humanos sin distinción de su condición social, racial o de género (entre otras muchas diferencias que se pretendieron igualar pero que se conservan como barreras de exclusión), no es igual para todos.

No somos ciudadanos con el mismo acceso ni la misma calidad de los derechos civiles. No señor.

En el caso de las clases sociales este discurso ha sido largamente elaborado y se comprende mejor, y los pobres tienen una conciencia más clara de su situación de excluidos.  Pero existen muchas otras segregaciones.

En el caso de las mujeres, por ejemplo, la violencia de género que se ejerce a través del castigo físico está mejor asimilada y sancionada que la violencia sicológica o financiera, pero éstas últimas formas de impedir que un humano acceda a la plenitud de sus derechos, en este caso un humano mujer, existen y nos aplasta cotidianamente a muchas. Y, oh sorpresa, los varones se alían, como decimos se tapan con la misma cobija, para imponernos sus reglas.

No importan tus capacidades, si eres brillante o si te esfuerzas demasiado, eres mujer y eso basta para relegarte a ciudadana de segunda categoría, para descalificar, bajo el soterrado escudo del derecho a la crítica, lo que hacemos. Las realizaciones de las mujeres son cotidianamente subvaloradas y demeritadas en múltiples formas, muchas de ellas invisibles o socialmente aceptadas.

Queridos excluidos que, como yo, en mi condición de mujer, muchos dirán mujer burguesa y no les falta razón, sentimos que siempre nos privan de algo, que nunca podemos llegar a una plenitud en el dominio de nuestras vidas, les tengo una noticia desagradable: estamos por debajo del estatus del prototipo de ciudadano que tiene derechos plenos, el varón, rico, y blanco.

Por eso, después de vivir en carne propia todas las inclemencias de la discriminación, hoy puedo afirmar: no necesito que me reconozcan ni siquiera como mujer, hija o madre; con que me respeten mis derechos civiles me basta.

Les regalo el género, en adelante solo acepto ser reconocida y tratada como ciudadana.

Contamos historias desde otras formas de mirarnos.

3 COMENTARIOS

  1. Gracias, Martha, por tener la valentía de compartir tu relato, por ser la voz –aunque no te lo propongas– de muchas de nosotras! Estoy totalmente de acuerdo contigo, no importa lo que hagamos, ni lo empoderadas que logremos ser, siempre recibiremos la aplastante respuesta del machismo, presente aún en todos los escenarios de la vida y que está lejos de desaparecer en nuestra sociedad. Pero, gestos como el tuyo nos hacen avanzar. Gracias!

  2. Podemos desentendernos del SISTEMA (patriarcal), pero el SISTEMA no va a desentenderse mde nosotros. No se combate una condición opresiva desconociendola. Se combate reconociendola y enfrentandola en el terreno de los hechos y las ideas… como usted ha hecho. De acuerdo o en desacuerdo con sus argumentos y acciones, mi mayor muestra de respeto es haberles puesto cuidado y haber dado mi posición como hace un igual con sus iguales, sin apelar a principios de autoridad familiar, de género, edad o postura ideológica. Si alguno de sus argumentos no me convencen es porque no me convencen y punto. Las mujeres – o cualquier otro ser pensante – deben convencer con argumentos e ideas, aquí no valen apelaciones de otro orden. No niego la discriminación de género, al contrario, llamó a que se reconozca. Pero nadie puede justificar en cierta condición, la necesidad argumentar con suficiencia.

  3. De las muchas cualidades del artículo, destaquemos su verdad, su ausencia de demagogia. En este sentido, hay que discutir las ideas que propone Martha Alzate, porque de eso se trata: reflexionar e intercambiar ideas. Pensamientos ultramontanos no tienen cabida. La dimensión de la mujer va más allá de ideas conservadoras de derecha o trasnochadas e inútiles ideas de izquierda. El sentido común no debe ideologizarse. Felicitaciones, Martha

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