Armero vivo en la memoria de un cronista

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El periodista colombiano Gustavo Vargas, hoy radicado en México, visitó las ruinas de Armero, el pueblo de sus ancestros, en 2006. Como resultado de ese viaje escribió la crónica que hoy compartimos con ustedes, 35 años después de la tragedia.

Guayabal. 10 y 11 de noviembre

Blanca Osorio reconoce el apellido de mi padre cuando me presento. No fue difícil dar con su casa después de bajar del bus, cruzar la vía Mariquita-Lérida y preguntar por ella en una oficina de telefonía local de Telecom. Un mototaxista de los tantos que hay en la entrada del pueblo, escuchó mi petición y ofreció sus servicios para llevarme hasta mi destino.

Viajé más de seis horas desde Pereira hasta Guayabal para hablar con Blanca. Mi padre me insistió en visitarla y darle sus saludos y los de sus hermanos y hermanas, porque ella fue quien los cuidó de niños, cuando trabajó con mis abuelos en su juventud. Viajé el viernes 10 de noviembre de 2006, tres días antes de la conmemoración anual número 21 de la tragedia de Armero.

– ¡Su papá es Gustavo!, el hijo de los Vargas Torres.

Guayabal es un pueblo de por lo menos ocho mil habitantes, donde al parecer poco importan los horarios. Por sus calles circulan motocicletas y autos de los ochenta y noventa. Sus casas son bajas, y usualmente tienen un solar donde hay varias mecedoras y ventiladores para ver pasar la vida y soportar el calor. Los fines de semana, el pueblo es visitado por parranderos provenientes de Ibagué y Bogotá que llegan en busca de las repentinas mini-discotecas y tabernas, tan anónimas en horas de la mañana.

En 1986, Guayabal fue nombrada Armero Guayabal y obtuvo el título de centro administrativo del municipio de Armero. La designación se dio luego de la recordada tragedia de Amero, ocurrida el miércoles 13 de noviembre de 1985. Ese día, a las 3:00 pm, el cráter Arenas del volcán Nevado del Ruiz hizo erupción. Grandes pedazos de hielo del nevado se desprendieron a 5300 metros sobre el nivel de mar y formaron una creciente que tomó impulso al desbordar el río Lagunilla. Fueron 48 kilómetros de distancia que recorrió la avalancha desde el nevado hasta Armero, a una velocidad de 100 Kilómetros por hora. Arrastró rocas, árboles, tierra, cultivos, ceniza y se esparció sobre la ciudad a las 11:30 pm, como una mancha de tinta que cubre un papel. Se dice que 25 mil armeritas murieron sepultados, se dice, porque muchos cuerpos no fueron encontrados.

La vivienda de Blanca es de ladrillos huecos grises y tiene dos puertas de entrada, aunque ninguna ventana. Esta señora algo robusta y de cabello corto vive con un anciano delgado, tres niños y dos mujeres jóvenes. Tras recordar a mi padre, nos presentamos y le doy los saludos de mi familia en el solar de su casa, donde la encontré dejando pasar el final de la tarde con los suyos.

– A las cuatro de la mañana sentimos que era como un eco -me dice Blanca el día siguiente de nuestro primer encuentro-. Mucho olor a azufre, y toda esa ceniza que cayó era como un cuarto de la carretera.

Para ilustrarme su medida, señala casi el tope donde limita la calle y empieza el andén. Cuenta que el 14 de noviembre de 1985, un día después de la tragedia, el bullicio de las sirenas, helicópteros y socorristas empezó a incrementarse a eso de las ocho de la mañana. Fue cuando hombres y mujeres cubiertos de lodo llegaron a Guayabal, después de recorrer a pie los más de ocho kilómetros que hay entre este pueblo y Armero, después de sobrevivir a la avalancha del Lagunilla, causada por la erupción del volcán.

Ante esa imagen de fin del mundo, el pánico entre los habitantes de Guayabal por una nueva catástrofe duró más de seis meses. Las personas no dormían, esperaban la alerta de lo irremediable, estaban sometidas al repicar de la sirena de la estación central. Incluso, comenta Blanca, todavía existe el temor por un nuevo desastre, solo que el anuncio es profético y la sirena es la habladuría de los habitantes más viejos de Guayabal.

– Dicen que este pueblo tiene anunciado que desaparezca también. El dicho es porque hay mucha gente que es evangélica, porque Armero se volvió muy evangélico y por eso se hundió.

Para Blanca, en cambio, Guayabal se hundió poco después de la tragedia, y no fue por la aparición de una o dos iglesias evangélicas, fue por la pérdida de empleos.

Armero era una ciudad clave para el desarrollo económico en el norte de Tolima, era una vía de acceso y abastecimiento en la región cafetera del departamento. En el Armero de mediados de los ochenta, la producción agrícola fue promisoria. Había campos de arroz, café, sorgo, maíz y soya; además se le llamaba la Ciudad blanca por los cultivos de algodón. Sin embargo, varios municipios como Líbano, Fresno, Murillo, Herveo, Anzóategui, Casablanca y Villahermosa resultaron afectados después de la tragedia. Entonces surgió una crisis económica y social que alcanzó varios municipios de Caldas.

¿Cuál fue la respuesta de los gobiernos nacionales para enfrentar la crisis? Esa respuesta solo quedó escrita en los papeles y la mala administración de organismos similares a Resurgir, creado por el gobierno de Belisario Betancur para la reconstrucción de Armero y el apoyo a los sobrevivientes y damnificados.

– Lo que hace que Armero haya desaparecido -dice Blanca-, esto ha quedado muy solo, o sea que Armero Guayabal no es competente como era Armero. Acá en Guayabal, para la gente que quedó de Armero debía de haber más fuente de trabajo.

Armero. 12 de noviembre

Eduardo Rueda es uno de los fundadores de la Cruz Roja de Guayabal, creada hace 19 años a raíz de la tragedia de Armero. Eduardo es robusto, tiene un bigote espeso, lleva puesta una camisa y un pantalón trajinados por las arduas labores en el campo; usa una gorra que al parecer nunca se quita y carga una ruana de tela agobiada por el sudor sobre sus hombros.

Fue Eduardo quien se ofreció a llevarme a Armero desde Guayabal, gracias a las relaciones de la señora Blanca. Por quince minutos recorrimos la vía Mariquita-Lérida rumbo a la Ciudad blanca. Un viaje corto hecho en motocicleta en el cual Eduardo me mostró los terrenos de la Granja Armero, donde estudiantes de veterinaria y zootecnia de la Universidad del Tolima realizan sus prácticas, y que Eduardo lleva a cabo en fincas cercanas sin haber cursado un semestre académico.

La ruta de grandes árboles a la salida de Guayabal termina luego de 10 minutos de recorrido. Atrás quedan el río Sabandija y la circulación de personas en bicicleta. En el costado derecho aparecen las pocas paredes todavía en pie de las antiguas edificaciones de Armero, ahora escondidas entre la maleza.

Una de esas edificaciones es el Hospital San Lorenzo, donde varias armeritas realizaban trabajo voluntario como Damas grises. En este punto, hay un estacionamiento de motocicletas custodiado por una mujer, quien parece mucho más preocupada por el calor de la mañana. Eduardo se estaciona y a continuación habla con la vigilante, la cual solo afirma con la cabeza. Luego cruzamos rápido la vía Mariquita-Lérida y nos adentramos por un camino de piedra que lleva hasta la plaza principal de Armero. El piqueteo de los zancudos es constante, y antes de continuar hacía el centro de la ciudad, se observa el resguardo de la policía donde hay turistas y familiares de armeritas pidiendo información.

En el trayecto, un hombre de acento paisa ofrece videos en formato DVD o VCD con imágenes de la Niña Omayra”. Son imágenes extraídas de informes y reportajes del canal RCN cuando se conmemoraron 20 años de la tragedia de Armero, en 2005. Varios niños acompañan a sus padres que cargan en sus hombros pequeñas neveras de poliestireno expandido llenas de helados, agua, cerveza y gaseosa. Cerca de un guía turístico que ofrece folletos con los lugares más visitados, hay un enorme cartel donde se compara el antes y después de Armero con dos fotografías satelitales del Instituto Geográfico Agustín Codazzi. Bajo el título del cartel, el cual es “Ahora”, dice: “Con su apoyo y aporte será posible el Centro de Interpretación de la memoria y la tragedia e Armero”. Esta es la primera de las tres fases del proyecto Armando Armero. Su fundador es Francisco González, y el objetivo es reconstruir la vida cotidiana de Armero a través de las memorias de los armeritas, los archivos históricos, las investigaciones y la historiografía relacionada con la ciudad.

Al final del camino, cuando se bifurca, aparece una valla con el siguiente mensaje: “ARMERO. PARQUE DE LA VIDA. UNIDOS HONRAREMOS LA MEMORIA DE NUESTROS SERES QUERIDOS”.

El 29 de septiembre de 1908, Armero fue calificado como distrito municipal del Tolima por el presidente Rafael Reyes. En ese entonces la ciudad se llamaba San Lorenzo y tuvo la aprobación del mandatario con el decreto 1049, luego de verificar el desarrollo del municipio tras la construcción del ferrocarril La Dorada-Ambalema. Así quedó registrado en un artículo de la revista Armero. Recordar es vivir. Fue en 1930 cuando la Asamblea Departamental del Tolima decidió cambiar el nombre de San Lorenzo a Armero, realizando un homenaje a José León Armero, personaje de la llamada Independencia de Colombia y originario de lo que ahora es Mariquita.

El 12 de marzo de 1595, cerca al lugar donde se fundarían los caseríos Tasajeras y San Lorenzo en 1840, aconteció la primera avalancha registrada a causa de una erupción del volcán Nevado del Ruiz. La expulsión provocó el desbordamiento del río Lagunilla y perjudicó los poblados de Cartago y Toro. El Fray Pedro Simón describió las escenas de aquel día y señaló los eventos anteriores a la catástrofe:

No cesó de llover de esta ceniza en toda la noche de suerte que a la mañana estaba la tierra cubierta de más de una cuarta de tierra pómez y ceniza, que bajando pegajosa con humedad que debía de tener el volcán de donde salía, se pegaba mucho a donde quiera que caía, y así se descubrió otro día toda la tierra tan triste y melancólica, cubierta de ceniza, árboles, plantas, sembrados, casas y todo lo demás que parecía un día de juicio.

Y el 19 de febrero de 1845, cinco años después de la fundación de Tasajeras y San Lorenzo, se registró una segunda avalancha que bajó por el Nevado del Ruiz y encontró camino por el Lagunilla. Dos caseríos del lugar fueron destruidos. El historiador del siglo XIX, José Manuel Restrepo, calculó las pérdidas de ese entonces en unos quinientos mil pesos y señala las dos posibles causas del desastre:

…la opinión más probable es que una gran parte del nevado del Ruiz, de donde nace el Lagunilla, se derrumbó con la nieve y tapó el curso de las aguas; aumentadas éstas con el deshielo de la nieve rompieron la tapa, arrastrando cuanto encontraron al paso y mezclando mucha nieve que aún no se había disuelto. Creen otros que acaso el Ruiz, que es un volcán, hizo alguna erupción de lodo, lo que prueban con el hecho de que el mismo río Magdalena tuvo sus aguas hediondas a azufre.

Aquellas dos fechas fueron precedentes de la actividad del volcán Nevado del Ruiz. Y el 13 de noviembre de 1985, el golpe de lodo y piedra volvió a cubrir la región, a las 25 mil personas que estaban en Armero preparándose para dormir, pensando en el siguiente día, en un 14 de noviembre de 1985, en un trabajo, en un desayuno, en un paseo al Lagunilla el fin de semana, en las fiestas de navidad. Pero el 14 de noviembre, después de la avalancha, solo quedó intacto el serpentario, algunas casas en las colinas y el cementerio. El resto de la ciudad fue sepultada por una masa grisácea de por lo menos 20 kilómetros de ancho y casi 30 kilómetros de largo que se detuvo cerca al río Sabandija, a cinco minutos de Guayabal.

En la crónica Una ciudad que ya no existe, Germán Santamaría dejó una descripción del panorama de Armero el día siguiente de la tragedia. La avalancha avanzó por el Club Campestre, precipitándose luego por la zona central de Armero, destruyó la bomba de gasolina a la salida hacía Líbano y el sector donde funcionaba el servicio de transporte Rápido Tolima. Pronto bajó por la calle del comercio, acabó con la iglesia San Lorenzo, los bancos y los almacenes que se encontraban en la plaza:

De todo lo que fuera la zona central de la ciudad no quedó nada, absolutamente nada. Entre el lodazal de superficie limpia y pulida que cubre a esta zona, se aprecia como un pequeño cañón, un riachuelo que corre aproximadamente por la misma dirección de la calle principal del pueblo. En este sector, la avalancha, con varios kilómetros de anchura, siguió la dirección del río Lagunilla y arrasó todas las haciendas que estaban entre Armero y el río Magdalena, en una distancia de por lo menos 20 kilómetros.

Los nombres perdidos

Eduardo camina por Armero y los armeritas vuelven a transitar las calles en un día común. Las casonas, los locales comerciales, los bancos y los edificios abren de nuevo puertas y ventanas. Los sonidos de los autos y de las personas alcanzan la memoria de Eduardo mientras describe el espacio de su lugar de nacimiento:

En la esquina de la Carrera 15 con Calle 12 se observan dos letreros del proyecto Armando Armero y parte del púlpito de lo que era la iglesia. Estamos en el centro de la ciudad blanca. Antes de alcanzar el Parque Los Fundadores, y recorriendo la cuadra de la iglesia hasta la Calle 11, un descuidado prado ocupa la zona de la casa cural y el almacén Hassir, fundado por una familia turca. Al cruzar la Carrera 15 se podía entrar en las oficinas del Banco de Colombia y el Banco Cafetero. En ese lugar, ahora, varios árboles en hilera proyectan una sombra beneficiosa para el viajero cansado que escucha a un vendedor de helados hablar sobre la educación en Colombia. Pequeñas cruces y lápidas con la pintura gastada parecen custodiar la cruz Latina de por lo menos tres metros de altura, que se alza inmune al descuido. En su parte superior carga una corona fúnebre, como si una persona colgara una cadena en su cuello.

A poco pasos está el monumento del Parque Los Fundadores: cuatro pilares unidos por arcos ojivales, conectados por medio de un círculo en lo alto, igual a una aureola. En cada pilar hay una placa con un grabado de Armero. Si una persona se para en el centro del Parque y observa las placas, puede tener una impresión de la perspectiva de la ciudad antes de la tragedia. En una de las placas, una guía turística describe un sector de la ciudad a un grupo de sudorosos visitantes:

– Este es el cementerio, no entró la avalancha, está a cuatro cuadras al fondo, el molino de arroz, el serpentario y la granja Universidad de Armero –

– ¿Dónde está es serpentario? –Pregunta un turista ansioso.

– El serpentario acá.

– ¿A ese tampoco le pasó nada?

– No le pasó nada, está en servicio, pueden ir a observarlo si quieren.

Dejamos atrás el Parque Los Fundadores y seguimos la ruta de la Carrera 15. En cierto momento, Eduardo mira hacia la izquierda y señala la maleza donde estaba la plaza de mercado. Después de caminar por un camino estrecho, llegamos a un espacio amplio y vemos una roca, pesa 200 toneladas, aproximadamente, y alcanza una altura de siete metros. Varios jóvenes tratan de escalarla.

– Al frente tenemos la piedra -explica Eduardo-, la que posiblemente tenía represado el río Lagunilla. Al hacer erupción el nevado se creció la quebrada, y cogió tanta presión que arrastró esa piedra hasta traerla al sitio donde estamos y acabando con el cuartel de la Policía.

Fueron 33 integrantes de la fuerza pública los que perdieron la vida en la tragedia de Armero. Varios de ellos descansaban en las literas del cuartel y otros realizaban rondas nocturnas por la ciudad. Eduardo me corrige y dice que los policías muertos fueron 40 y solamente se salvaron 3; pero 33 es el número que resulta al contar los nombres escritos es la placa conmemorativa de un monumento tipo plaza, con dos solitarias astas en la parte trasera.

Tres personas arriban al monumento. Cargan tarros de pintura blanca y verde y algunas brochas. Poco a poco empiezan a darle una retocada al símbolo honorífico de los policías de Armero.

A unos 10 metros de lo que era el cuartel, Luz Mary Sánchez termina de pulir el terreno habitado por tres cruces cubiertas por una vegetación de por lo menos un metro de altura. Usa botas pantaneras y ropa de trabajo de campo, ondea un machete a ras del suelo.

– Mire lo que nos ha tocado, estamos desde por la mañana, no encontrábamos la cruz.

En el espacio determinado por Luz Mary para alzar la tumba de sus padres quedaba la casa en la cual vivió su infancia y juventud. Muchos armeritas, después de la tragedia, buscaron un punto de referencia para ubicar sus hogares. Allí construyeron los altares y tumbas para recordar a los suyos. Pero algunas desaparecen bajo la maleza, del olvido de los familiares y de las instituciones públicas.

– Esto está muy dejado -alega Luz Mary mientras ondea su machete-, ya en realidad la plata está en otras cosas. Otro señor también venía en búsqueda de la propiedad de él y nada.

Un hombre delgado y de barba, de boina y jean, pinta un cuadro blanco en la superficie de la gran roca. Cuando termina, la enfermera y novel escritora Luz García escribe dentro del cuadro una cita extraída de su libro Armero, un luto permanente, publicado por la editorial Debate y escrito entre el 1 de enero y el 10 de agosto de 1996.

– El libro fue concebido como para mi familia -me dice Luz mientras dibuja con un pincel las primeras letras -, para contarles qué pasó con sus familiares, porque yo me imagino, cuando mis nietos sean grandes, ya he muerto de pronto, y mis hijos no se acuerden, porque eran muy pequeños cuando eso. Entonces empecé a escribir una historia familiar, luego quise saber que pasaba en el barrio ese día. Ubiqué una persona del barrio, y empecé a interesarme en contar la historia no solo de mi familia sino de muchas familias.

Luz García es de cabello rojizo. Lleva puestos unos anteojos, viste una blusa de rayas verticales rosas y blancas y un Jean gastado. Mientras termina de escribir la cita comenta el caso del doctor Gaitán, un sobreviviente de la tragedia agredido por un desconocido, el cual le arrebató una cadena en medio del lodo y el desespero general de los días de rescate.  Esa es una de las historias de su libro, narradas por armeritas que continuaron sus vidas en Ibagué y en los pueblos cercanos a la Ciudad blanca.

Cuatro policías se acercan. Dos de ellos buscan sombra bajo los árboles, los otros observan los trazos de Luz, quien de cuando en cuando se equivoca y toca volver a pintar de blanco una consonante arbitraria o una tilde perdida. Hace más de 10 años los turistas admiraban una leyenda escrita en una de las caras de la roca: “Allá muy lejos, y bajo un palo de mango hay siete cruces; las toco una a una y en silencio elevo una oración a dios”.  Para muchos guías, quien escribió esa sentencia fue una niña de nueve años originaria del Líbano; pero Luz, en medio de una sonrisa y con voz baja, me dice que fue ella la autora.

Luego de casi hora y media de escritura sobre la roca, Luz dibuja el punto final. Acaba de dejar inscrito un fragmento de la página 66 de su libro: “Buscaron sombra debajo de un árbol y descubrieron acostados sobre sus ramas un esqueleto metido entre un desteñido uniforme de policía; tal vez murió custodiando la soledad y el silencio, la luz y la oscuridad”.

Omayra Sánchez

Junto a Eduardo recorro de nuevo la Carrera 15. Volvemos al Parque Los Fundadores y nos adentramos por la Calle 12. Es mediodía. El sol está en su cénit, y un grupo de jóvenes planean una especie de monumento sobre un par de árboles. En ese punto se levanta un letrero con una flecha roja que señala un camino polvoriento: “ALCALDIA ARMERO GUAYABAL. CORPORACIÓN ARMERO PARQUE DE LA VIDA. A 400 METROS. TUMBA DE LA NIÑA OMAYRA SÁNCHEZ”.

Omayra Sánchez se convirtió en el símbolo de la tragedia de Armero. Por tres días seguidos varios socorristas, médicos y periodistas intentaron sacarla del boquete donde quedó prisionera. La niña de 13 años de edad no podía mover sus piernas pues se lo impedían el cadáver de una tía suya y un pedazo de pared.

Omayra fue encontrada un día después de la avalancha. Estaba bajo una plancha de cemento y rodeada por techos de zinc y agua turbia que la cubría hasta el cuello. Varios socorristas, entre ellos Jairo Enrique Guativonza, quien fue la persona que le dio calor con su cuerpo a la niña en las noches, la hallaron al ver una mano que salía de la abertura de la plancha de cemento. Entonces recogieron escombros, trituraron paredes y sacaron un poco a Omayra, agarrándola de las axilas. Le colocaron un neumático para que no se hundiera mientras iniciaban el rescate y esperaban una motobomba. Así extraerían el agua estancada.

La esperada motobomba llegó dos días después, a las ocho de la mañana y proveniente de Bogotá. El médico Fernando Posada trajo otra motobomba para acelerar el proceso de extracción del agua. Pero el lodo atoraba las máquinas de manera continua. A eso de las nueve de la mañana Omayra empezó a agonizar. Poco a poco las esperanzas de sacarla con vida se redujeron. Germán Santamaría estuvo muy cerca de los médicos y los socorristas que observaban cómo moría Omayra, era lo único que podían hacer:

Los médicos se miraron. La niña agonizaba. Todos tenían empuñadas las manos. Los médicos se reunieron. Y llegaron a la conclusión de que la única alternativa sería cortarle allí ambas piernas a la altura de la rodilla o dejarla morir. Cortarle las piernas igualmente sería que ella muriera porque no había equipos de cirugía. No había más alternativa: había que dejarla morir.

Omayra Sánchez murió el 16 de noviembre de 1985 a las 10:00 de la mañana. En el lugar donde la encontraron, dos documentalistas franceses entrevistan a una mujer vestida para el luto. La mujer abraza a un par de niños que tratan de esconder sus cabezas, la mujer dice frente la cámara:

– Siempre les estoy transmitiendo que no es porque creció la vegetación, de pronto en 50 años ni usted ni yo estemos aquí, ni ellos en 100 años o 200 estén acá se olviden, sino que lo vayan transmitiendo de generación en generación ese recuerdo y respeto por Omayra que nos dejó tantas enseñanzas.

Un monumento descolorido pero muy cuidado se alza como altar detrás de la mujer. Está llenó de mensajes de apoyo y agradecimiento para la niña convertida en un ser milagroso al cual las personas van a pedirle favores. Las placas con frases en su honor están adheridas al suelo y cercadas por una pequeña reja. En el medio hay tres peluches, y en una pared se exhiben más mensajes, venidos de diversos puntos de Colombia. Eduardo busca sin éxito las palabras escritas por los niños japoneses.

Al lado izquierdo del monumento, un hueco cuadrado es la tumba de Omayra. Allí, los socorristas y médicos la vieron morir sin poder hacer otra cosa. Eduardo atestiguó ese momento, me dice que luchó hasta donde pudo para sacar a la niña:

– Omayra permaneció hasta el sábado a las diez de la mañana que fue cuando falleció. En este sitio la acompañamos varios del grupo de socorristas, cuando ella nos decía con esa voz que nosotros estábamos muy cansados que nos fuéramos a descansar, que ella se quedaba sola, que se encontraba con la abuelita.

Y es tal vez esa extraña tranquilidad en una niña que apenas cursaba primero de bachillerato lo que conmovió al mundo. Omayra charlaba sobre su curso con los socorristas, asustada por el cercano examen de matemáticas, porque si no lo pasaba podía perder el año. Sus ojos dilatados se enrojecieron al pasar las horas rodeada por agua y lodo, pero, me dice Eduardo, no perdió la serenidad.

Armero. 13 de noviembre

Cada año, los armeritas vuelven a su ciudad el 13 de noviembre. Yo he ido con mi familia a visitar la tumba de los abuelos, ubicada muy cerca de la gran roca. Llevamos jabón, baldes, palas, machetes, brochas, tarros de pintura, mantas y comida. Limpiamos el lugar, lavamos el epitafio, podamos, pintamos las piedritas que rodean la tumba, nos sentamos alrededor y comemos. Entonces surgen los recuerdos de mi padre, tíos y tías. Intentan recordar cómo era la casa de su infancia, hablan de un árbol de mangos, de los billares, de las rondallas, del calor en la tarde. Recuerdan a sus padres Nacianceno y Blanca. En la memoria, los armeritas buscan su lugar de origen, buscan nombres y rostros. Vuelven cada año con hijos y nietos.

4 COMENTARIOS

  1. TRISTE recordar ,pero es la historia trágica que se vivió en Armero,felicitaciones Gustavo por hacer que la memoria tenga presente la historia de un pueblo purgante y aguerrido.

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