Bogotá y Sumapaz: tan lejos y tan cerca

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De regreso del Sumapaz hacia Bogotá, Martha Alzate describe el cambio que se va dando en el  paisaje a medida que el bus va dejando el campo y se adentra a la ciudad


I

Frailejones como ejércitos

Venimos del páramo de Sumapaz, deshaciendo el camino de regreso al centro de Bogotá. Por las ventanas del bus que nos transporta, al momento de abandonar definitivamente la zona paramuna, apenas si se le empieza a ver, levantando al aire brazos de árboles desnutridos como diciendo ¡quítense de encima, que me ahogan!

 

 

Comienza lo que podría llamarse un barrio, si ese nombre se le puede dar a las primeras casas que pueblan lo que se ha denominado la localidad de Usme, en donde la supervivencia de la naturaleza aún se siente, aunque comprimida, asfixiada.

 

Tomada de Eltiempo.com

 

Ahí está Ella, la que hace poco era plenitud de frailejones como ejércitos.

Es la misma de los tiempos en que la fueron volviendo pastos, aunque le quedaban las flores de páramo y los ríos de vidrio. Todavía se sentía recorrida por animales que le hacían cosquillas al cavar sus agujeros, y desplegaba aún sus cabelleras al aire, suavemente arrullada por vientos transparentes de sol y cielo azulado.

Ahora no. Ha dejado de ser Ella y lo que antes fue apenas si puede recordarlo. Al levantar la mirada, no se percata de nada que se parezca a sus recuerdos, sus ojos ya no se llenan del horizonte infinito de la pradera despejada, más bien se inundan de grandes montones de objetos abandonados, cuando no de enormes basurales.

Ya no siente el cosquilleo amigo, sino feroces mordidas de perros que, harto flacos, son hambrientas bestias que la hurgan sin respeto ni piedad.

 

 

Se siente colmada de aguas malsanas en las que se reproducen temibles vectores; o de viejos despojos de la modernización como esos neumáticos, abandonados aquí y allá, a un destino incierto, porque ni siquiera cuentan con el beneficio natural de irse pudriendo.

Sus aires, otrora ligeros y frescos, hoy vienen cargados de limadura, que no es otra cosa que puro hollín de escape.

Allí donde antes se elevaba la vegetación imponente, hoy tiemblan construcciones pobres, aferradas a sus inestables y precarias estructuras.

 

eltiempo.com

 

Pero ella sigue, continúa. Apaleada y desnutrida intenta colarse por entre las rendijas en forma de esporádicos brotes. Desgastada, lucha ferozmente por hacerse a un leve impacto de luz.

Más allá de las casuchas que bordean el páramo de Sumapaz, la ciudad se va insinuando, y aparece el tendido largo del asfalto, con sus manchas de aceite desperdigadas por sectores, brillos acuosos de consistencia insalubre.

Esas calles que avanzan grises, apenas si contienen las fachadas de viviendas que constituyen una zona de transición entre el campo y la urbanización, o lo que conocemos como tal. Entre costales de papas, se dan cita los campesinos urbanos, hombres que beben sus polas apurados por el ruido incesante de los buses del transporte público.

 

 

El recorrido continúa, procede de las aguas limpias y el aire despejado del páramo, y se cruza por entre ese borde que no es campo pero tampoco es urbe; y va dando paso a la ciudad que va siendo, que se va conformando, un poco más recta y firme, cuya solidez se oculta detrás de los infinitos rayones que manos pretenciosas y vandálicas han hecho a cada una de los portales que se proyectan sobre las avenidas principales.

 

II

Ciudad de humo

Es así, no existió, aquel lunes festivo hace ya dos años largos, una sola pared, una sola vitrina que sobre ese recorrido no hubiera sido enmugrecida por la mano de quién se cree un singular artista, cuando no alcanza su impronta a ser más que una mancha continua y agresiva.

La capital se proyecta ya en toda su consistencia, es vital, lo que quiere decir que en la Bogotá del sur, tanto como en nuestro país, luces y ruido parecen ser sinónimos de vida, y las gentes se apegan a ellos para enmudecer las sombras de su pobre existencia, vacía de sentido.

A las estridencias empiezan a contribuir de manera significativa vehículos y más vehículos, automotores y motocicletas.

 

eltiempo.com

 

Al cansancio que va acusando la vista, se agregan los avisos comerciales, los arrumes de mercancías aplastadas bajo espesas capas de polvo, y las gentes que se agrupan en las tiendas de esquina, aferradas a su botella de cerveza como quien abraza un salvavidas.

No supe entender si no ven, si no son conscientes, o simplemente ignoran la suciedad en la que habitan. El mugrero es una mezcla de ruido, estridencia, emisiones, basuras, partículas que saturan el aire, rayones en las paredes, excrementos de animales, charcos y residuos generalmente asociados al transporte: llantas, envases de aceite usados, hasta rines metálicos y otras piezas, todos abandonados por ahí, a la distancia que alcanzó el arrojo de la mano.

 

 

civico.com

 

Pero el bus que nos transporta va avanzando, la informalidad cede en algo, y aparece otro panorama. Hay andenes y canchas, y los niños juegan en parques, que los arropan y los salvan de las calles rotas y descuidadas del entorno.

Ya no hay naturaleza, ha sido finalmente vencida. Ya no se asoma por las rendijas, ni levanta al aire sus brazos de árboles desnutridos. Anulada por las moles de concreto y asfalto, por la ciudad como existe cuando está formalizada, apenas si aparece confinada a pequeños intentos de permanencia y contacto, delimitada en parques esporádicos y antejardines intermitentes.

 

elespectador.com

 

Avanzamos y el cambio prosigue.

La naturaleza ya no se sale por las ventanas ni por los frentes de las casas, ya no amenaza con devorar las construcciones incipientes, casuchas que apenas se sostienen en pie. Ya no respira entre las grandes avenidas, y los rescoldos en los que perdura a manera de decorado la hacen parecer artificial, como de plástico.

Ella es si mucho una eventualidad, figura decorativa interrumpida, ya sea que esté oculta por el burdo espectáculo de un vetusto sofá desahuciado y dejado para morir en cualquier esquina, o hundida bajo el peso de un arrume de canastas vacías.

 

Revista Semana

 

Así, lo que persiste ya no es la naturaleza sino la basura, pues parece que su tenacidad es a toda prueba.

Ahora, muy cerca ya del centro de la ciudad, lo que puebla el paisaje son una cantidad incomprensible de almacenes de muebles: trastos feos, nuevos pero mal hechos, que acusan una estética ajena a la que tratan de imitar sin ningún éxito.

 

eltiempo.com

 

Hay tantos que con ellos se podrían llenar todas las casas del mundo, y a lo mejor sobrarían para seguir las quimeras de los hombres hasta otros planetas.

Empezamos a encontrar una ciudad que nos gusta más, con andenes bien conformados, antejardines, pasos peatonales, construcciones que revelan una reflexión arquitectónica.

Navegamos por aguas más conocidas, y encontramos que su presencia nos tranquiliza. El espacio se vuelve predecible, es posible desandar el camino siguiendo antiguas referencias, y a pesar de la violencia que puede asaltarnos en cualquier esquina, la distribución de calles y comercios nos remite a lugares conocidos o a una lógica que dominamos y que hemos habitado de antemano. Es la ciudad que nos agrada, la que podemos reconocer como tal.

 

civico.com

 

Lo que no podemos olvidar es que ella, la nuestra, la urbe que nos es familiar, está sustentada, económica y funcionalmente en aquella otra, la que dejamos atrás, la que viene del páramo y que va siendo en la medida en que va sofocando a la naturaleza. Es cierto que es apenas un remedo de ciudad, pero la una depende de la otra, de esa urbanización marcada por el basural como condición omnipresente, de ese conjunto que en vez de acogernos nos expulsa, que en vez de complacernos nos produce asco.

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