La Isla: un barrio levantado del barro

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El 19 de noviembre de 1973 Joaquín Botero firmó una escritura pública de compraventa para adquirir un terreno de tres hectáreas entre la quebrada El Oso y el cementerio de Cuba, este terreno se pagó con las cuotas y aportes de los afiliados del CENAPROV quienes fundaron La Isla, un barrio en el que “las casas se hacían por autoconstrucción. Se empezaba con la primera y todos los afiliados se iban a trabajarle a esa casa”.


Francisco Londoño y Hernán Londoño, en el barrio La Isla.

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Don Hernán Londoño andaba recién casado cuando se quedó sin trabajo y lo único que pudo hacer fue ir a los basurales a rebuscar huesos, tarros viejos, chatarra para vender. A pesar de ello, casi siempre se quedaba corto para juntar los cuarenta pesos para pagar el alquiler de la pieza de inquilinato donde vivía con su esposa en el barrio San Judas.

Cuarenta pesos por una ratonera de tres metros por tres: “y era una mano de chinches y cucarachas de noche” recuerda don Hernán, “lavaba uno la cobija y no la podía sacar a secar a la calle porque se la robaban”.

Corría el año 1973, su suegro, José Horacio Bermúdez, lo invitó a afiliarse a una organización de inquilinos que prometía casa propia para sus miembros, se trataba de la Central Nacional pro Vivienda, más conocida por sus siglas: CENAPROV. Este era un movimiento controlado por el Partido Comunista, que ya había liderado tomas de terrenos y construcción de viviendas para destechados como las del barrio Policarpa Salavarrieta de Bogotá.

Entre las condiciones para afiliarse a la organización se exigía “ser cabeza de familia”, no poseer ni lotes ni vivienda propia y referenciar dos personas conocidas con dirección o teléfono. “Comenzaron las reuniones y la gente a asistir” recuerda don Hernán, en una “oficinita” del barrio Cuba.

Fue en una de esas reuniones cuando Joaquín Botero, uno de los que encabezaba la vaina, contó que ya tenían apalabrado un terreno más abajo, junto a la quebrada El Oso. Que había que comprarlo para repartir lotes a los afiliados. Que lo iban a negociar con la dueña, o con la viuda, o algo así. Que entre todos levantarían las casas.

2.

Francisco Londoño había cursado estudios de arquitectura en la Universidad Javeriana y la Pontificia Bolivariana, y también una especialización en urbanismo en Inglaterra. De Edimburgo no olvida la bruma que lo obligó a pasar ocho meses sin ver el sol. De Londres se le quedaron las muchachas en minifalda, el furor de los Beatles y el movimiento de las new towns o “nuevas ciudades”, una serie de ciudades construidas de la nada después de la segunda guerra mundial, completamente planificadas hasta el más mínimo detalle.

Además, en Inglaterra había conocido los libros de John Turner, un arquitecto británico que promovía la autoconstrucción como una forma eficaz de erradicar el problema del hacinamiento y la falta de viviendas en el tercer mundo. Su obra más famosa “Freedoom to build” o “Dejar construir” plantea que las comunidades tienen el derecho a modelar su propio espacio y resolver sus necesidades urbanísticas sin depender de planes estandarizados donde las casas son todas iguales, construidas en serie, sin pensar en los anhelos de sus habitantes.

Con esas ideas en la cabeza, Francisco volvió a su Pereira natal al inicio de los años setenta para ocupar el despacho de planeación municipal. “En ese tiempo la moda eran las invasiones, como el Policarpa Salavarrieta, en Bogotá” apunta hoy Francisco, “y el Instituto de Crédito Territorial hacía los barrios, como Cuba, por autoconstrucción. Los barrios piratas eran ayudados por políticos. Cogían una finca, la loteaban, a veces estafaban a la gente…”

Foto aérea del barrio La Isla, años 70. | Fotografía tomada del archivo de Francisco Londoño Marulanda.

El problema habitacional era de tal magnitud en las décadas de los sesenta y setenta que algunos calculan que empezando los ochenta sobre una población total de 27 millones de colombianos diez millones tenían problemas para acceder a una vivienda digna.

Los teóricos han repetido una y otra vez aquello de la industrialización y el crecimiento desordenado de las ciudades, y una y otra vez han apuntado que la violencia entre liberales y conservadores fue la catalizadora del éxodo de millones de campesinos desplazados que llegaron a las principales capitales y municipios intermedios a levantar ranchos de guadua en cualquier cañada.

Pereira, que en 1951 tenía poco más de cien mil habitantes, superaba los 250.000 en 1965. Ni siquiera la ley 66 de 1968, que impuso condiciones muy restrictivas para quien fuera a vender más de cuatro casas, pudo contener el crecimiento urbano exponencial de las ciudades colombianas.

Así que buena parte del trabajo de Francisco consistía en tratar de ordenar la expansión urbana acelerada de Pereira, un crecimiento impulsado por invasores y urbanizadores piratas que no cumplían ningún requisito legal. Dotado de una gran sensibilidad social, Francisco era conocedor de la grave problemática que sufrían miles de familias en los tugurios junto al río Otún y el barrio Cuba. Por eso su política era muy simple: “dejar hacer, dejar que la gente construyera y tratar de ayudarles”.

3.

El 19 de noviembre de 1973 Joaquín Botero firmó una escritura pública de compraventa con Laura Rosa Cano, viuda de Vásquez, quién declaró ser propietaria de un terreno de tres hectáreas entre la quebrada El Oso y el cementerio de Cuba, finca que al final fue negociada por 100 mil pesos, recolectados con las cuotas y aportes de los afiliados a CENAPROV, quienes recibirían lotes una vez se parcelara el terreno.

Como buenos marxistas, a esa modalidad de adquirir tierras para construir viviendas los de CENAPROV le llamaban una “compra comunera”según apunta el historiador Otoniel Arias en una profunda investigación sobre la trayectoria del movimiento viviendista en Pereira.

“Cada lote costaba 3.600 pesos, los seiscientos de cuota inicial y el resto para ir pagando” cuenta Hernán Londoño, que resultó beneficiado con uno de los más grandes, de 7 metros de frente por 16 de fondo. Se repartieron 220 lotes entre igual número de familias afiliadas a la organización.

El terreno era una laguna húmeda y pantanosa junto a la quebrada El Oso. Lo cruzaban dos corrientes de agua, pues atrás corría un arroyito llamado Letras; entonces la gente lo bautizó La Isla de Cuba. Durante semanas los afiliados estuvieron macheteando arbustos de jengibre y drenando el pantano con zanjas y tuberías que desalojaran el agua. “La quebrada era limpia y se conseguían viringos, unos pescados negros lisos, y tortuguitas” dice don Hernán, que además recuerda quién fue la primera pobladora del barrio: Emma Estrada de Suárez, quien armó un ranchito de madera cerca de donde hoy queda la panadería.

Panorámica del barrio La Isla, años 70. | Fotografía tomada del archivo de Francisco Londoño Marulanda.

“Las casas se hacían por autoconstrucción. Se empezaba con la primera y todos los afiliados se iban a trabajarle a esa casa” asegura don Hernán. “Se terminaba esa y seguían con la otra del vecino. Así hasta que ya estaba la manzana completa. No teníamos servicios de ninguna clase, las mujeres lavaban en la quebrada y luego, haciéndole comisiones a la administración [municipal] nos levantamos tres llavecitas y después diez lavaderos públicos y diez letrinas”.

La luz era de contrabando traída con cables desde el barrio Cuba. Cuando los de las Empresas Públicas llegaban a cortarla las mujeres salían de las casas y les tumbaban las escaleras para que no pudieran trepar al poste. A punta de convites y trabajo comunal levantaron también un puesto de salud y una escuela donde impartía clases sin recibir salario la jovencita estudiante de ciencias sociales llamada Sofía Hernández.

Fotografías tomadas del archivo de Francisco Londoño Marulanda.

En una carta que fue enviada por la junta de acción comunal del barrio La Isla al periódico El Diario el 22 de noviembre de 1975 puede leerse lo siguiente:

“este barrio fue construido por medio del esfuerzo colectivo de todos y cada uno de sus habitantes que a través de la organización lograron la consecución de sus viviendas sin que hubiera existido ayuda alguna por parte de las autoridades municipales. Durante más de un año hemos venido solicitando la instalación de los servicios públicos como agua, energía y alcantarillado sin lograr hasta la fecha resultados positivos. En estos momentos la solución de tan grave problema ésta en manos del señor gerente de la oficina de Planeación Municipal, doctor Francisco Londoño, a quién le hacemos un llamado para que con su sentido social nos resuelva favorablemente esta situación que ya toma caracteres alarmantes dado el alto índice de población y donde los más afectados son los niños y los ancianos que allí residen”.

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Un día de 1974 aparecieron en la oficina de Francisco Londoño unos funcionarios a decirle que más allá de Cuba había una invasión. “Detrás de esa finca estaban la Central Nacional Provivienda, que tenía escrituras de venta, y los hermanos Carlos y Alejandro Ángel, que estaban peleando por quedarse con el lote” recuerda Francisco. Por eso, los hermanos Ángel demandaron y acusaron a los pobladores de invasores, a pesar de que legalmente habían adquirido la finca. El pleito duró hasta 1980, cuando finalmente los pobladores lograron legalizar el barrio.

Para asegurar el terreno una noche “apareció toda la gente allá haciendo chozas” cuenta Francisco. “Entonces les dije ‘un momento’ y trazamos las vías como estaban en el mapa. ¿Por qué la Isla de Cuba está bien hecho, bien trazado? Porque la administración les colaboró. El plano de la Isla de Cuba fue hecho en Planeación Municipal por los arquitectos, el jefe de Planeación era Octavio Barbosa, marxista, y les hizo el plano. Y después para que la gente se ubicara como estaba en el plano yo me llevé al gerente del Instituto de Crédito Territorial con el topógrafo para que les trazara las vías”.

Rancho de esterillas y caña brava. | Fotografía tomada del archivo de Francisco Londoño Marulanda.

Francisco caminó por las callecitas de barro y vio que la gente ya estaba levantando ranchitos de esterilla y de caña brava, además habían hecho un jardín contra la quebrada y hasta colocaron un letrero que decía “NO TIRAR PAPELES AL RÍO”.

5.

Al primer bus que entró al barrio La Isla lo conocían como “el cebollero”, porque se venía desde la galería de Pereira cargado de tomates, yucas, bultos de papa y cebolla con las que se surtían las tiendas de Cuba.

Era la ruta número once y sólo le cabían veinte pasajeros.

Hernán Londoño tiene en el recuerdo los actos públicos que hacían los dirigentes del Partido Comunista en el barrio, algunos de ellos directamente implicados en las labores de legalización y otros que incluso fueron vecinos suyos. Manuel Antonio Castillo, el directivo nacional que la Central Nacional Provivienda lo enviaron a Pereira para que se pusiera al frente de la organización, llegaría a ser diputado departamental.

Gildardo Castaño, el célebre concejal de la Unión Patriótica que fue asesinado en 1989, inauguró el alumbrado público del barrio tres años antes en medio de festejos. Carlos Alberto Benavides, un vecino de la Isla que pronto destacó por su liderazgo comunitario, logró ser representante en el Concejo Municipal.

Don Hernán suele hacer memoria también de las noches en que la quebrada les inundó los ranchos y se podía nadar por las calles, y de cómo lograron luego la canalización enviando una y otra comisión a pelear en la alcaldía.

Inundación del barrio por el desbordamiento de la quebrada El Oso. | Fotografía tomada del archivo de Francisco Londoño Marulanda.
Quebrada El Oso, actualmente canalizada. | Fotografía tomada del archivo de Francisco Londoño Marulanda.

Recuerda cuando él mismo entró hasta el palacio municipal para convencer al alcalde Gustavo Orozco Restrepo de que fuera de visita a La Isla. “Mañana bajo a primera hora” le había contestado el alcalde.

Y llegó.

“Lo puse a caminar por todo el barrio” cuenta don Hernán, “y lo llevé a la piecita de esterilla y tierra pelada que yo tenía. La mujer allá tiritando de la enfermedad y el niño mayor, que estaba gateador, parecía un marranito ahí en ese pantanero. Las ollas boca abajo: no había qué echarles”.

Han pasado 46 años de aquello, pero don Hernán Londoño lo cuenta como si hubiera ocurrido la semana pasada. El barrio ya no se inunda. Ahora hay edificaciones de dos y tres pisos en material firme, aunque en la quebrada no se consiguen ni tortugas, ni viringas. Tal vez las panaderías vistosas, y las fachadas de las casas que parecen tortas de repostería unas y muros de fusilamiento otras, y las motos que roncan sin descanso, y las muchachas que exhiben el ombligo y los fulanos que fuman marihuana toda la tarde junto a los juegos infantiles quieren olvidar a propósito que todo esto empezó, alguna vez hace años, a levantarse del barro.

Barrio La Isla hoy | Fotografía tomada del archivo de Francisco Londoño Marulanda.

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