Manualidades, vecinas y buen humor en el barrio San Fernando, Cuba.

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El lugar además tiene grandes cualidades como desarrollo urbano, con buenos espacios públicos donde prevalecen la unión y las historias de trabajo comunitario.

Es frecuente ver  diferentes grupos de personas,   realizando actividades en una tarde soleada sobre el prado.


 

Fotografía: Erika Valencia Toro

 

En nuestros recorridos habituales de La Cebra En Tu Barrio, visitamos la caseta comunal de San Fernando La Playa.

 

Colorida construcción, emplazada en un espacio verde que resultó de urbanizar los terrenos de viejas haciendas que bañaba el Consota.

 

 

 

 

El río continúa su recorrido y los recuerdos quedaron convertidos en nombres que actualmente identifican los lugares.

Es así como La Playa, complemento con el que se distingue a San Fernando Bajo del Alto, proviene de los tiempos en que este lugar ofrecía abrigo a los bañistas, que visitaban el río con sus familias para disfrutar allí de la frescura de las aguas, un buen sancocho hecho en leña, y de la posibilidad de compartir en medio de la naturaleza.

 

El grupo que nos recibió en la caseta se llama Manos Mágicas.

 

 

 

Está compuesto por al menos catorce alegres vecinas, quienes cada lunes se dan cita en ese lugar para compartir las artes y oficios manuales, diferentes técnicas del tejido, la bisutería, el bordado o los juguetes hechos de tela.  

 

Cada una de ellas domina una técnica, que comparte y enseña a las demás.

 

 

 

Y juntas han hecho nacer de sus manos toallas adornadas, colchas, pies de cama, collares, mochilas, muñecos navideños, camisas bordadas, sandalias, cojines, entre muchas otras decoraciones que dan sentido a la existencia cotidiana, y ayudan a crear la atmósfera cálida que distingue a todo hogar.

 

 

 

 

En sus palabras, el ingreso es libre, aunque el mismo grupo ha venido reuniéndose de manera más o menos estable durante los últimos diez años.

 

Solo existe un requisito para hacer parte de este taller de creación y vida: tener buen sentido del humor.

 

 

 

 

Las amigas y vecinas se conocen desde las épocas en que asistían, unas con sus hijos, otras de la mano de sus padres, a trabajar en las jornadas de construcción del barrio, que fue urbanizado por el antiguo Instituto de Crédito Territorial, con el aporte decidido de sus futuros habitantes.  

 

 

 

 

Tal vez de ese sentido del logro colectivo les viene la unión que hasta hoy permanece.  Entre ellas hay dos bisabuelas, y otras más jóvenes.

 

 

 

 

Los recuerdos sobre las actividades del barrio, bazares populares para construir la iglesia, encuentros deportivos y recreativos, la relación con el río en el que muchas aseguran haber aprendido a nadar, entre otras anécdotas, animan las conversaciones e ilustran al visitante sobre una manera de hacer ciudad que tuvo en Pereira sus máximas expresiones en los barrios cercanos a los ríos.

Tanto en las riveras del Otún como en las del Consota, la urbanización se hizo de manera comunitaria.

Es verdad que en ese desarrollo también se generaban tensiones, y que existieron pequeñas rivalidades entre los habitantes de las partes altas y bajas de San Fernando con aquellos que en su momento habían ocupado los planes de vivienda de Cuba.

Pero, prevalecen la unión y las historias de trabajo comunitario, que hacen parte del esfuerzo aportado por estos ciudadanos para llegar a tener el barrio que hoy habitan.  

 

 

 

San Fernando, a pesar de la cercanía con el río, que dejó de ser un amigo para convertirse en conducción de la pestilencia (situación que en épocas recientes ha mejorado significativamente), tiene grandes cualidades como desarrollo urbano.

 

Sus vías son generosas en sección y bien pavimentadas. Los andenes se conservan y es posible desplazarse a través de ellos con comodidad y seguridad, y cuenta con buenos espacios públicos y equipamientos colectivos.

 

 

 

 

En el parque de San Fernando Alto, por ejemplo, pudimos observar cómo diferentes grupos de población realizaban actividades en una tarde soleada: una chica que pintaba con acuarelas sentada en el césped, una familia cuyo padre jugaba al fútbol con un pequeño hijo mientras su madre esperaba bajo la sombra de un árbol, un grupo de niños que hacían deporte en la cancha, caminantes que recorrían el parque por sus senderos, vecinos que jugaban parqués, entre otras.

 

 

 

 

Es cierto que no faltan los viciosos y los indigentes, y que estos últimos arrojan basuras y usan las aguas que naturalmente escurren para asearse y hacer sus necesidades fisiológicas, pero, en la generalidad, al caminar toda su extensión el barrio San Fernando se percibe como un buen ejemplo de lo que debe ser una ciudad amigable con sus habitantes.

 

 

 

 

Incluso la naturaleza, siempre presente, los riega permanentemente con las aguas que descienden a lo que fue el lecho natural del río.

De la peña que divide los dos barrios brota un nacimiento, cuyo recorrido ha sido canalizado a cielo abierto, y conducido por la piedra así conformada hasta una de las recámaras del sistema de acueducto y alcantarillado.

 

 

 

 

El lugar que sirve de amortiguación a los niveles de este caudal lo han llamado El Laguito, y puede verse a través del cerco que ellos mismos han construido para protegerlo de los inconscientes que otrora lo llenaban de basuras.

 

 

 

 

Caminable, disfrutable, con oferta de comercio y servicios barriales, San Fernando solo pierde su identidad en las zonas enfrentadas directamente con la avenida principal de Cuba, y en aquellas cuya cercanía con el parque Guadalupe Zapata y todo su despliegue comercial, empiezan a mutar de residenciales a comerciales, en un apogeo e intensidad de uso que solo lo iguala el inmenso desorden característico de este sector.

 

 

 

 

Las amigas de Manos Mágicas nos convidaron a sus actividades. Y nos autorizaron para, por medio de nuestras publicaciones, invitar a otras personas que se interesen por compartir sus saberes en las áreas de los trabajos manuales.

 

 

 

Allí, en la caseta comunal del Barrio San Fernando La Playa, serán bienvenidos aquellos que quieran compartir sus saberes, sin olvidar el requisito indispensable para la admisión al grupo: la buena disposición para reír.

 

 


 

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