sábado, mayo 2, 2026
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En 2010 el joven Andrés Felipe Arias, en su rol de alto funcionario del Estado, confundió los programas de incentivo a los proyectos de desarrollo rural (Agro Ingreso Seguro) en una posibilidad de entregar gruesas sumas de dinero a particulares, no propiamente minifundistas o campesinos sin tierra, que luego apoyarían sus aspiraciones a la presidencia de la República.

En el mismo año de Arias y en su rol como gobernador del Valle, el joven Juan Carlos Abadía alimentó una imagen en los medios de chico popular, convencido de que nada le impedía participar en política; en pleno ejercicio de sus labores como gobernador y acatando una orden proveniente del Palacio de Nariño –según declaraciones de su padre Carlos Herney–, decidió apoyar la campaña del joven Arias en la consulta interna del conservatismo, cuando esta curiosa colectividad uribista, se empeñó en escoger candidato presidencial.

Abadía reunió a 21 alcaldes de su departamento y a puerta cerrada, como corresponde a los actos sospechosos, condicionó el apoyo de los alcaldes a su amigo Arias, a cambio de unas prebendas en sus municipios. Siempre habrá un testigo, dijo Rodolfo Walsh, que cuente la verdad. Y la verdad es que las pruebas fotográficas de aquel acto indebido se convirtieron en noticia y en evidencia contundente para una destitución.

A estos buenos muchachos los unía su ambición por el poder, su temprana vinculación con las maquinarias políticas, aceitadas en el gamonalismo. A sus treinta y dos años Arias llegó a la cartera del viceministerio de Agricultura y un año después ocupó la titularidad de la misma. A sus veintiocho años, luego de ser concejal, Abadía se convirtió en gobernador del Valle. Ambos sabían posar para las páginas de la farándula y era difícil no ocuparse de su vertiginoso ascenso, registrado como logros en sus hojas de vida y tratado por algunos medios con permisividad. Ilustro este caso: luego de revelar el extenso prontuario del gobernador, Semana aludió al hecho de que si la Procuraduría lo destituía e inhabilitaba para hacer política por diez años, esto podría entorpecer su “meteórica carrera política”. Aunque este hecho, vaticinó la revista, “no necesariamente significa el fin de su carrera política. No solo porque es un hombre joven, sino porque ha demostrado tener mucha ambición, liderazgo y madera para resistir escándalos”.

Tanto Arias como Abadía son hijos del fanatismo político, caro al populismo latinoamericano. Tal vez fue su excesivo entusiasmo por el culto a la personalidad el que los obnubiló en el momento de medir sus ambiciones. En sus campañas publicitarias y en sus entrevistas a los medios Abadía convirtió el uso de la primera persona del singular en una impronta, como si estuviera solo en sus tareas de administrar uno de los departamentos más ricos del país. Más modesto y socarrón, Arias hablaba en nombre de su poderoso padre de crianza política y empezó a calcar los usos del diminutivo y a reencauchar esas viejas expresiones sonoras que a uno le recuerdan la existencia cultural de Amalfi y Titiribí. De modo que había razones para llamarlo con el mote de “Uribito”, como si se tratara de una nueva marca de Fisher Price.

Recuerdo el uso que el entonces ministro Arias le daba a su blackberry en tiempos de los debates en el congreso, cuando se dieron a la tarea de imponer la segunda reelección. Ante la eventualidad de que alguien se opusiera a la aprobación del referendo, el ministro Arias trasladó sus obligaciones públicas al congreso. Una de las opositoras era, al parecer, Liliana Rendón, representante a la Cámara, a quien la ex viceministra del Interior María Isabel Nieto, llamaba, en su blackberry, “la mona”, como cuando en los turbios tiempos del Proceso 8.000 se le llamaba a una ordinaria amiga del presidente Samper la “monita retrechera”. El joven Arias recibió un mensaje del secretario privado del Palacio, Bernardo Moreno: “sácale el voto”, le escribió, y entre una familiar confianza, Arias le responde que le tocará “caer en estrategias bajas por Uribe”.

Con esa familiar confianza que hizo carrera en el Palacio de Nariño, la señora Nieto le insinúa si está “poniendo los cachos con la mona”.  Como en los bajos fondos, el muchacho Arias sabe qué insinúa su partner y responde en su chat: “Me va a tocar. Hp, no la convence nadie!… jajaja”. Este lenguaje, vulgar y común entre gavillas, no lo aprendió el ministro en los ámbitos académicos californianos de UCLA; lo aprendió, sin más, en el Palacio de Nariño, cuando de pronto pasó de tímido y promisorio yuppie, a una copia bufa de su padre putativo.

La vida, poco seria en sus cosas, puso en el mismo lugar del escándalo a estos buenos muchachos. Era el 20 de febrero de 2010 y los jóvenes Arias y Abadía se reunieron en una estancia de Palmira, Valle, con 21 alcaldes del departamento azucarero. Esta reunión habría pasado desapercibida si no fuera porque Arias estaba recorriendo el país, haciendo campaña para ganar la consulta conservadora que al fin perdió con la señora Noemí Sanín.

Gracias a la tecnología, dos son los documentos probatorios de aquel encuentro presidido por el joven gobernador. Las dos fotografías congelaron momentos importantes de esa reunión. Incluso, una de ellas descubre la figura de Carlos Alberto Bejarano, alias ‘Pucho’, ex alcalde de Yumbo, a quien el presidente Uribe lo señaló en 2006 de pertenecer a grupos criminales liados con el narcotráfico. Esta figura parece puesta allí con una carga semántica ambigua, como si quisiera recordar de qué lado estaba el joven Abadía, cuyo padre fue condenado por el Proceso 8.000 (narcopolítica). Un padre afiliado al PIN, ese espontáneo partido político que sembró sus raíces en el frondoso árbol de la parapolítica y transformó los patios de las cárceles en directorios satélites.

Han pasado diez años desde que el destino de los muchachos Arias y Abadía les puso zancadilla. De Arias sabemos algunas cosas: que fue condenado, inhabilitado para ejercer cargos públicos, extraditado y ahora paga su condena en una casa fiscal de la Escuela de Caballería en el Cantón Norte de Bogotá, mientras otro fallo en segunda instancia decidirá si lo absuelve o no. Me pregunto qué sucedió con el chico Abadía. Tampoco sé qué pasó con María del Pilar Hurtado, Yidis Medina, Sabas Pretelt, Bernardo Moreno o Diego Palacio. Desconozco el paradero del psiquiatra Luis Carlos Restrepo, en qué diván reclama aún su derecho a la ternura. Pienso que todos ellos demostraron tener mucha ambición, liderazgo y madera para resistir escándalos.

Me pregunto, por último, si el expresidente y senador Uribe Vélez es un gran líder y un prohombre, como señalan sus escuderos y seguidores. ¿Habrá más gente en su entorno, cargada de tigre, capaz de inmolarse por su líder en un país donde la verdad histórica parece estar en el puño y letra de la gente encarcelada?

#QuédateEnCasa lecturas recomendadas para este fin de semana

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EL PAÍS:
“El despecho forma parte de la cultura mexicana”
El exintegrante del dúo Sin Bandera lanza un nuevo álbum con el que reinterpreta la música tradicional de México e incluye una canción inédita de José Alfredo Jiménez
THE NEW YORK TIMES:
Tras una pausa, el número de migrantes que intentan entrar a Estados Unidos se ha disparado
El número de personas arrestadas en la frontera se ha duplicado desde la primavera debido a la recesión económica de México y a una política del gobierno de Donald Trump que, según los inmigrantes, funciona a su favor.

Fragmentos del libro: Adiós al mar del destierro de Lucía Donadío

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En esta ocasión, Sílaba Editores nos comparte apartes del libro Adiós al mar del destierro de Lucía Donadío, una novela escrita por la directora de esta importante editorial antioqueña.

Amanecer en América

Mamma mia, dammi cento lire

che in América voglio andare.

(Madre mía, dame cien liras

que quiero irme para América).

Canción popular italiana

Vengo solo, sin padres ni hermanos. No hay tíos, ni primos, ni abuelos, ni amigos, ni nadie esperándome. En un cuaderno que mi padre me regaló para que escribiera un diario de viaje, traigo las cartas para varios amigos de su juventud que viven aquí. En las primeras páginas del cuaderno escribió para mí retazos de su vida, me cuenta lo que no me habría dicho jamás si me hubiera quedado a su lado. La distancia nos acercó desde antes de mi partida. Leo los nombres y las direcciones. Levanto el rostro y contemplo el horizonte. El mar que nos rodeó durante veinte días va quedando atrás.

La blanca inmensidad del trasatlántico Orazio, rodeado de pequeñas chalupas, ya no me impacta como el día de la partida, cuando lo vi majestuoso, anclado en el golfo de Nápoles, con la bandera italiana ondeando en la proa. Desde el corazón de cada puerto lo contemplaba fascinado, como quien admira su casa. El Orazio fue mi hogar, lo recorrí entero por dentro, hice amigos entre los pasajeros y tripulantes. A pesar de las restricciones que existían para circular por las zonas de primera y segunda clase, me las ingeniaba para visitarlas, con la complicidad de la tripulación que abría para mí las escotillas. Conocí los recovecos de tercera, el cuarto de máquinas, la cocina y la bodega donde se arrumaba la carga. En las noches de intenso calor dormí en la cubierta sobre una silla de lona, acompañado del brillo de las estrellas. Huía del sofoco y de los olores terribles que se acumulaban en el dormitorio donde nos hacinábamos más de sesenta personas.

Admiro la nave imponente y silenciosa con nostalgia. Aún retumba en mi cabeza el rugido de las máquinas, que día y noche ascendía de sus entrañas. El vaivén rítmico y pausado del viaje no me abandona. Solo lluvias pasajeras acariciaron el barco que victorioso abrazó América. Mis ojos deslumbrados miran las chalupas despintadas del puerto y a sus marineros, niños cuya negrura y pequeñez contrastan con el tamaño y la blancura del Orazio. Contemplo esa piel negra que nunca antes había visto, aunque África está tan cerca de Sicilia. Las arenas del desierto llegaban con el siroco, viento cálido del sur, cubriendo con un velo dorado los tejados de nuestras casas. En ocasiones las cenizas del Etna tiznaban los techos. También la nieve descendía de las frías montañas y cubría el pueblo.

La alegría de esos cuerpos que se lanzan al mar, nadan y vuelven a las chalupas, atestadas de mangos, bananos y cocos, se me contagia. Les sonrío. En ese instante comprendo el océano que nos separa. Solo sé saludar en español. Buenos días, les grito varias veces, pero mi voz es devorada por el viento. Poco a poco la multitud se va dispersando, todos parecen afanados por llegar a casa. Estaba acostumbrado a contemplar el valle desde las ruinas del castillo, en lo alto de la colina en mi pueblo, y en el viaje, acodado en la baranda de la cubierta, observaba el salto de los peces y el vuelo de las aves.

Grandes cajas de madera y baúles descienden de los viejos y oxidados barcos de carga. Alcancé a ver varias naves de diferentes tamaños y banderas. Había mucha gente moviéndose de un lado a otro, agitada por la belleza y la emoción que tienen los puertos en su misterioso destino de convocar ilusiones, de armar travesías y acogernos con sus faros. El polvo de la calle cercana se levanta con el caminar de los transeúntes, aumenta con el paso de los vehículos y forma una espesa nube que impide ver con claridad.

El humor es un signo de inteligencia y salud mental

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En Málaga, tenemos un médico y escritor, Juan Manuel Jiménez Muñoz, con una inteligencia y un humor extraordinarios.

Os dejo la carta que le ha dedicado al nuevo Ministro de Sanidad.

Carta abierta a Salvador Illas, nuevo Ministro de Sanidad, Filósofo de profesión

Estimado jefe:

El abajo firmante, médico del Sistema Sanitario Público, te da la bienvenida al Ministerio de Sanidad y se pone a tus órdenes para lo que necesites.

Creo que ha sido un acierto tu nombramiento ministerial: nada más útil en la cúspide de la Sanidad Española que un filósofo; pues, al vernos coartados tantas veces por los puñeteros recortes, los sanitarios y los pacientes de España hemos de apoyarnos siempre en la filosofía para sobrevivir al desastre.

Los pacientes, por ejemplo, se toman las listas de espera con mucha filosofía. Los médicos nos tomamos con filosofía la falta de sustitutos. Las enfermeras se toman con filosofía sus indecentes contratos. Las auxiliares se toman con filosofía que les arrojen orina. Los administrativos se toman con filosofía que les echen la culpa de la demora del médico. Y los celadores se toman con filosofía su escaso reconocimiento profesional. Así que, otro filósofo más en la Empresa para arreglar el asunto, será siempre bienvenido.

No hagas caso, ministro, a quien sospeche que tu llegada al Gobierno tiene algo que ver con tus buenos oficios en la negociación con Esquerra Republicana de Cataluña para la investidura de Sánchez. Pecata minuta es esa. Ese gran servicio a la Patria debe ser recompensado, sin duda ninguna, con una cartera ministerial. Y no hagas caso, tampoco, a quien diga que, como ministro de Sanidad, no sabes distinguir una tos de un estornudo. En los tiempos que corren, eso es un mérito.

Y cuando te vengas abajo, cuando creas que todo se desmorona y que lo estás haciendo fatal, piensa que es imposible quedar peor que algunas lumbreras que te precedieron en el Ministerio.

Recuerdo, por ejemplo, a doña Celia Villalobos, del Partido Popular, también conocida como la “Señora de los Huesos del Puchero”, quien, además de llamar a voces a “¡Manoooolooooo!”, se enfrentó a la crisis de las vacas locas sin saber lo que era una vaca, aunque sabiendo lo que era una loca.

No se me olvida tampoco doña Ana Mato, Popular también, que por poco nos mata con el ébola, y a quien tuvieron que sustituir a toda prisa porque no distinguía el jaguar de su marido de un jaguar de la selva americana.

Tampoco le fue a la zaga un ministro de UCD cuyo nombre –afortunadamente– no recuerdo, y que afirmó en una rueda de prensa que la intoxicación por aceite de colza la producía un bichito muy pequeño, casi invisible. “Tan pequeño, tan pequeño –dijo el catedrático– que si se cae de la mesa se mata”. P’vernos matao, sí.

Y qué decir de la inefable doña Leire Pajín, ministra socialista en su tierna pubertad, y cuyo mérito principal para tan alto destino fue haber pegado carteles en Valencia a favor de Zapatero. Ahora, por cierto, tiene Leire un cochazo, un sueldazo y un cargazo en las Naciones Unidas, en Nueva York. No sabemos qué demonios hace allí. Pero bueno, eso no importa. Tampoco sabíamos lo que hacía aquí.

Con esos antecedentes, amigo ministro, es imposible no triunfar. Y consuélate, hombre. En algo aventajas a la ministra de Sanidad saliente: te veo más guapo.

Así que nada, compañero filósofo: que Emmanuel Kant nos sea propicio y que Aristóteles nos salve.

Salud, mucha suerte, y a tu disposición.

Fdo. Juan Manuel Jiménez Muñoz

Médico y escritor malagueño

Botas y pijamas

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-Usted, que lee tanto, ¿Por qué no viaja más?

La pregunta me la soltó un profesor de literatura, así de sopetón, sin que alguna conversación previa viniera al caso.

-¿Y cuál es la relación? Le repliqué, a modo de respuesta.

-Simple: así podrá conocer de primera mano los lugares donde transcurren las novelas y los cuentos de sus autores favoritos.

-Si es por eso, el viaje sería inútil, le dije: ni el Dublín de Joyce, ni la Praga de Kafka, ni el Berlín de Alfred Doblin, ni el Chicago de Below, ni el Buenos Aires de Sábato, ni la Barcelona de Juan Marsé existen fuera de la topografía mental de esos escritores.

Dicho de otra forma, esos nombres son convenciones para una puesta en escena que intenta cifrar las múltiples realidades que son una ciudad o un pueblo minúsculo, como en el caso de Faulkner.

Así las cosas: ¿Es más “real” Nueva York que Macondo o París que la Santa María de Onetti?

Foto por formulario PxHere

Estamos aquí frente al lector viajero-descreído que necesita  “ver con sus propios ojos y tocar con sus propias manos” el insasible universo que los escritores le proponen.

Algo así como el Tomás del Nuevo Testamento.

-Así que déme una razón más sólida para emprender esa vuelta al mundo en no sé cuántos días, insistí.

-Mmmm… bueno. Por el gusto de conocer lugares.

“Conocer”, qué verbo tan ambiguo este, pensé, pero lo dejé pasar, porque se me antoja un argumento más sincero. En una época en la que el consumo constituye el único sentido de la existencia, consumir paisajes es apenas otra manera de estar vivo.

Por eso la gente colecciona selfies de los lugares visitados: es la única prueba palpable de que estuvieron allí. De lo contrario, el mundo sería más irreal de lo que suele ser.

Incómodo, el profesor buscó en la cabeza una tercera pregunta, pero al final se convenció de su inutilidad y se marchó calle abajo, mascullando va uno a saber qué cosas.

Nunca le he pedido a nadie que me explique su vida, y menos que me dé razones para ser cómo es: sería meterlo en un callejón sin salida.

Uno acepta a las personas o no las acepta y ya.

Por eso me produce gran desazón cuando me piden explicar ese asunto inexplicable que soy.

Aunque en esto de viajar o no viajar es muy simple. Es cuestión de temperamentos.

Están los que, independiente de las motivaciones, viven siempre con las botas puestas, listos para echarse al camino.

Se trata del culo inquieto. Una variedad del Homo Sapiens que no se halla en ninguna parte y por eso va de un lado a otro buscándose con un ahínco propio de judío errante.

Son pues, los hombres de botas.

Y estamos los hombres de Pijama. Los que sólo en la propia casa nos sentimos bien. Hasta las sábanas de los hoteles de lujo se nos antojan ásperas en comparación con la suave dureza de nuestro colchón.

Lo bueno del asunto reside en que los dos especímenes nos necesitamos. Como sin relato no hay viaje, el culo inquieto nos necesita para que escuchemos con paciencia la detallada descripción de sus aventuras, reales o inventadas.

“ Habla más que un perdido cuando aparece”, reza el viejo refrán. Y a su modo, el viajero contumaz es una suerte de perdido que vuelve a casa para preparar su próxima gira.

Y los eternos empijamados necesitamos de las minuciosas y casi siempre hiperbólicas descripciones de los andariegos que juegan a ser encarnaciones prosaicas de Ulises, el errabundo.

Esos floridos relatos nos ayudan a vencer el insomnio: dar vueltas en la cama es nuestra manera de recorrer el mundo.

Foto por formulario PxHere

De modo que es sólo cuestión de equilibrio. Por mí, pueden partir cada día hacia algún lugar distinto: aquí los estaré esperando con el oído atento y un café humeante en la mesa.

¿Habrá bandera para izar hoy?

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Don Barbarias un personaje de Don Fingo

Pintura de musgo, un escudo anticontaminación

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Por, Andrea Velasco, publicado originalmente en El Mundo

Imaginemos que los edificios fuesen capaces de absorber la contaminación de las grandes ciudades. Fachadas que purifican el aire, enfrían nuestro entorno y producen un gran ahorro energético. No es ciencia ficción. Un grupo de estudiantes ha creado una pintura hecha con musgo para luchar contra el CO2.

Se conocieron en el marco del programa europeo EIT Climate-KIC contra el cambio climático. A Reyes González-Montagut (Universidad Pontificia de Comillas, Madrid), Murod Saymudinov (Escuela Politécnica de Zurich), Rianne Vastenhouw (Universidad Wageningen, Países Bajos) y Thimo Hillenius (Universidad de Utrecht, Países Bajos) les unía la preocupación por la salud del planeta y la búsqueda de soluciones resilientes.

Tras mucho investigar, encontraron una posible solución en el musgo: una pintura elaborada con sus esporas permite que la planta crezca en la fachada de los edificios y absorba CO2. Según los últimos indicadores ofrecidos por la Unión Europea las edificaciones consumen el 40% de la energía final de la UE, el 20% del agua y además emiten un tercio de los gases de efecto invernadero. La aplicación de esta pintura además de reducir las emisiones nocivas, aceleraría el reacondicionamiento de los edificios que no cumplen con criterios de sostenibilidad, una de las principales demandas de la Agenda 2030 o el Pacto Verde Europeo.

La futura Ley de Cambio Climático y Transición Energética de España también apunta en esta dirección: la rehabilitación integral o energética de los edificios se hace necesaria para la sostenibilidad de las ciudades. Y en un país donde ocho de cada diez edificios suspenden en eficiencia energética… la pintura de musgo podría ser una solución.

“Ayuda a prevenir incendios, es útil contra la radiación solar y ultravioleta y aísla acústica y térmicamente el edificio.”

El arma verde contra el cambio climático

La versatilidad del musgo lo convierte en una de las plantas más eficaces para combatir la contaminación. Acostumbrada a vivir sin tierra, funciona como un filtro de aire al captar las partículas nocivas y transformarlas en nutrientes. Sus posibilidades son infinitas. Gracias a sus propiedades de retención de agua, ayuda a prevenir incendios, es una herramienta útil contra la radiación solar y ultravioleta y, además, aísla acústica y térmicamente el edificio, fomentando el ahorro energético de las viviendas.

“Debido a la crisis climática, la temperatura en las ciudades está aumentando, lo cual empeora el nivel de vida de las personas”, mantiene Reyes González-Montagut, una de las investigadoras del grupo. “Aplicar esta pintura en las fachadas de los edificios, no solo purificaría el aire de las ciudades, también incrementaría la biodiversidad en las mismas, ahorraría energía en los edificios y reduciría el efecto de “isla de calor urbano”.

A diferencia de las paredes verdes, los edificios pintados con este material apenas precisan de riego ni de mantenimiento, como fertilizantes o pesticidas, lo que lo convierte en una solución perfectamente sostenible. Además, ocupa menos espacio que éstas.

Un futuro resiliente

La pintura, bautizada como HSMPaint, promete ser una alternativa a la contaminación de las grandes urbes. “Nos gustaría desempeñar un papel en la estrategia de resiliencia climática de las ciudades, colaborando con gobiernos locales y proyectos de mejora de ciudades y barrios. Proporcionando el acceso a HSMPaint no solo se creará una comunidad con un objetivo común, también mejorarán las condiciones de vida de las personas”, explica Reyes González-Montagut. “Todos debemos actuar ante la crisis climática que sufrimos actualmente”.

4MOSST, la empresa creada para desarrollar el proyecto, busca ahora una incubadora para cumplir con su objetivo, empoderar a la sociedad para que contribuya a la mejora del clima urbano. Mientras, estos ganadores del Open Innovation Call de Copenhague continúan sus estudios de postgrado. “Nuestra vida sigue igual aunque ahora estamos más ocupados. Nuestra convicción del valor de nuestra idea y la satisfacción por el éxito que está teniendo nos motiva a seguir trabajando en el proyecto con más ganas que nunca”.

Sin embargo, aún hay tiempo para eso. “Ahora queremos terminar nuestros másteres y prácticas. Una vez hayamos terminado con todo tendremos que decidir cómo manejar la startup” sostiene cautelosa. “Pero es muy motivador continuar con esta idea, es una gran curva de aprendizaje para cada uno de nosotros. ¡Estamos muy emocionados por todo lo que está por venir!”.

Y es que no todos los días se desarrolla una solución resiliente que mejorará, y mucho, la calidad de vida en las ciudades. Sostenibilidad y urbanismo se dan la mano gracias a una de las plantas más antiguas del planeta, el musgo.

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