Las Arácminas. Grandes máquinas robóticas mineras en los nevados, en una triste visión post apocalíptica no muy lejos de la realidad sobre la megaminería en los páramos, un problema que puede afectar las fuentes de agua potable para muchas comunidades y el daño al ecosistema.
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Existe una relación histórica del dibujo, con el cine y la fotografía.
En el caso del cine, es el dibujo una herramienta creativa utilizada en el diseño del storyboard, en particular, en el cine de animación. El impulso gráfico se convierte en una obra en movimiento que recrea mundos ficcionados o realidades humanas trasladadas a la fantasía animada.
Con la fotografía y el dibujo hay una relación de complementariedad. Unir la representación gráfica a mano alzada con la imagen estática que se obtiene con la luz, da como resultado una escritura a través de la imagen, y si se quiere, puede ser un poema grabado a través de los trazos de lápices y las líneas electromagnéticas que, direccionadas, dan forma a una imagen con concepto e intención artística.
En la agenda de esta semana, la invitada y los temas a evocar van relacionados con las artes mencionadas. Recuerden que son eventos con acceso libre a través de la web y sin costo alguno.
La Jam de dibujo | 24 de julio, 4:00 pm | en vivo por Google Meet:
Para la sesión 41 de la Jam de Dibujo, la invitada es Liliana Estrada (Colombia), una artista que trabaja temas de identidad, lo autorreferencial y las nociones de fuerza física y psicológica, por medio del dibujo y la fotografía.
Ha estudiado artes plásticas y fotografía en Pereira, Bogotá , Barcelona, y de manera virtual en Berlín. Se ha desempeñado como docente de manera particular y con entidades como el Banco de la República, las Universidades Nacional, de Caldas, Tecnológica de Pereira, la Fundación del Área Andina, y la Fundación Germinando; considera la docencia como herramienta fundamental en su exploración.
Y en su quehacer artístico destaca su participación en los Laboratorios de Creación de la Secretaría de Cultura de Pereira y los Salones Regionales y Nacionales de Arte, ganando menciones y becas. Ha expuesto en el MAMBO, la Biblioteca Luis Ángel Arango, la Universidad Nacional de Bogotá, la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, la Galería Casas Riegner, y los Museos de Arte de Cartagena, Pereira y Manizales. En el año 2019 ganó una Beca de Creación del Ministerio de Cultura.
“Capital del mundo, New York y su consentida Manhattan… pletórica de edificaciones portentosas e imbatibles… ágil y vertiginosa día y noche… crisol, refugio, esperanza y olvido de múltiples nacionalidades… a la vez vulnerable, frágil, indefensa… gigante que se desorienta ante la pequeña gran amenaza del tristemente célebre virus… aquí un vistazo de esa maravilla de occidente inolvidable y añorable.”
Hemos derrotado el modelo del héroe del cine hollywoodiense cuyos súper poderes, su valentía y su habilidad salvaban a una humanidad cobarde y asustada, acechada por el fin del mundo e incapaz de actuar colectivamente para rescatarse a si misma o al planeta. No hubo héroe solitario, ni un grupito de poderosos títeres que vencieron al invasor, a la enfermedad, al monstruo o a la pandemia. Al virus covid-19 lo enfrentamos juntos, a solas, encerrados, privados de casi todo lazo social y familiar y de las interacciones enriquecedoras con el flujo indomable de la realidad.
Super Man, el hombre araña, Hulk, Iron Man o los vengadores son una triste representación de la vanidad de un imperio industrial, militar, financiero y cultural que proyecta su coraje y su superioridad imaginaria en los ojos de una humanidad amordazada por el miedo, enfrentada por intereses mezquinos, y la salva del desastre. La ciencia ficción hollywoodiense nos ha ofrecido siempre la versión de una élite heroica y no la de una comunidad humana responsable, digna, fuerte y combativa. La potencia colectica con la que se enfrentó la pandemia es el desmentido más elocuente de esa narrativa envejecida y barata al mismo tiempo que la restauración de un mito sano y redentor: el de los grandes relatos fundadores, el de la saga homérica de Ulises. “El mundo nace. Homero canta. Es el pájaro de esta aurora”, escribe Victor Hugo. Nuestra Ítaca, la isla a la que regresa Ulises en el relato homérico, fue nuestro hogar, fueron nuestros espacios estrechos y poblados con el infinito de la intimidad. No apareció ningún puñado de héroes en estos tiempos de tragedia, sino millones; una suerte de héroe y heroína plural y planetaria. Fue el aluvión humano retenido en sus casas contra una casta de presumidos súper humanos. El imperio ha vendido siempre esa noción primaria: sin él no hay paz, ni estabilidad, ni equilibrio, ni justicia, ni ley, ni razón, ni progreso, ni redención. Incluso en las películas donde solo queda un grupito modesto de supervivientes existiendo como ratas escondidas aparece el iluminado libertador que lo entrega todo de si mismo para liberar a los cautivos. Esas mega producciones expresan exactamente lo que no existe en la sociedad que los produce: la solidaridad, el sacrificio por el otro, la igualdad entre razas y orígenes, la bondad a costa de la propia vida, la generosidad espontánea, el altruismo, la paz.
Donald Trump reescribió el guion de la ficción: incompetencia, egoísmo, vanidad, indolencia, ignorancia, cobardía del supuesto héroe, arrogancia, producción de muerte en vez de vida.El trumpismo no fue el garante de la paz y la salud mundial sino el sepulturero de su propia sociedad. Llevó su país a la tumba y no a la liberación. Hay un montón de negacionistas de su estirpe desparramados por el mundo: los caceroleros argentinos, mezcla de una biblia rota con un calefón oxidado: quienes firmaron esa carta deshonesta sobre “La democracia está en peligro”. Esa secta de ideología momificada inventó “la infectadura” como si poner la autoridad de un Estado al servicio de la vida fuese un golpe de Estado. Seguro que esos grupos sueñan con que se descuelgue del cielo una pantomima de héroe yanqui que los salve de la inocultable realidad y del peronismo que los está amparando a todos. O tal vez añoren a un general siglo XXI, con un montón de medallas en la solapa, una picana eléctrica en una mano y en la otra un manual anti “infectadura” escrito en Washington. Como al trumpismo, no les entra en el corazón la noción de lo mutuo y apuestan a cualquier precio por lo contrario, es decir, lo mío y lo privado que sustenta la esquizofrenia liberal. La destrucción del bien común y la privatización del mundo.
Los héroes de pantalla, los caciques de la tribu troglodita ya no tienen nada que decirnos. Sus palabras son muerte, pobreza, violencia y dependencia. Esa derecha ya no está en el mundo, apenas lo contempla asomada a un balcón y, desde allí, sólo puede, cacerolear o tirar basura.
Ha muerto el héroe gringo de pantalla y ha renacido el individuo responsable, un hogareño forzado, nacional y al mismo tiempo globalizado. Furioso, solo, enfermo, pobre, sin trabajo, sin ver a sus hijos, a su familia o a su amor, en duelo por las pérdidas cercanas, malhumorado por el encierro, pero responsable. Ha desaparecido el presidente héroe porque ningún dirigente es heroico por si solo sin que la sociedad que lo escucha no sea también una heroica unidad de lucha, resistencia y renuncia. La pedagogía metódica del presidente Alberto Fernández contrasta con la cultura política confrontacional de la Argentina. La paciencia y la palabra acaban al final por desbancar la intimidación y la egolatría. Así ocurrió en Francia con la ecología. Esos “chicos inmaduros” se pasaron años andando en bicicleta, sembrando su mensaje, soportando las burlas, las cornetas socarronas de sus adversarios o el pito catalán en la televisión. Ahí están hoy al frente de un patrimonio aristocrático liberal como Burdeos, al timón de una ciudad industrial como Lyon. Un relato distinto trepa por la caprichosa verborragia del Rey Pinocho de gringonada.
Trump, Bolsonaro, Boris Johnson, Vargas Llosa y el ejército de teleignorantes son Pinochos desnudados por la avalancha de la realidad. Viven como esos héroes de Hollywood en Pinocholandia, no en los territorios humanos. Robocop no vendrá a salvar a nadie, Terminator y la Mujer Maravilla terminarán casándose en su mundo solitario. The Avengers no están aquí para enfrentar la gran amenaza para la seguridad mundial. Sus hazañas hipnotizadoras producidas con cientos de millones de dólares eran el maquillaje perfecto de la cultura que los engendró y votó al Rey Pinocho.
La pandemia nos dejó ante nuestro espejo más lúcido: no dependemos de ningún imperio colonial, de ningún hombre de acero sino del acero y la ternura de la condición humana. ¿Cuánto tiempo de vida política le quedará al pinochismo trumpista y cuánto de existencia simbólica al héroe inflado de pixeles?. Depende de nuestras acciones. Estamos en la línea exacta en que podemos convertirnos en disidentes del sueño vicioso en que nos metieron antes de la pandemia. En un imperdible ensayo publicado en 2014 por el filósofo argentino Ricardo Forster, “La Muerte del Héroe”, Forster señalaba cómo el héroe había ” quedado del otro lado de la historia »para convertirse en « mera representación espectacular”. El filósofo escribe luego : “Cuando algunas décadas atrás se iniciaba la ofensiva contra los grandes relatos y se decretaba, a poco de recorrer el camino de las nuevas concepciones, su adiós definitivo, lo que en realidad se estaba desmoronando a un ritmo que no imaginábamos tan veloz, era la propia trama de la historia, la posibilidad misma de seguir identificando nuestras vidas como deudoras de una temporalidad trascendente, como integradas a un escenario atravesado por la lógica del sentido”. Tal vez, ese héroe arrasado por relatos configurados para vender Pop-corn, posters y figuritas de plástico esté palpitando ya en el centro de nuestras vidas.
La pandemia dejó en ridículo al relato hollywoodense y nos devolvió, además de « las venerables escrituras », la certeza heroica de cada existencia humana, la curiosidad, el coraje, las memorias, el sentido de lo que es una casa. Los héroes tienen la misión de ser como una correa de transmisión de valores. Los de Hollywood han perdido toda pertinencia. No nos conciernen más. El héroe es la figura política del relato y esa figuración hollywoodense se ha quedado sin su propio mito.El estremecedor “no puedo respirar” de George Floyd ahogó también toda posibilidad de una nueva reproducción del mito. Los viajes son una de las grandes alegorías de la vida. Aquí no viajamos, pero el encierro, la inmovilidad, nos invitaron sin embargo a otro viaje, a otra forma de resistencia, a la reelaboración de nuestro propio heroísmo íntimo. En cada hogar hemos sido dueños y protagonistas del relato heroico. La respuesta a la necesidad de una renovación de lo ético y lo político no tendrá ni al imperio ni al pixel de pantalla como figuras sino a la convergencia fundamental que se plasmó durante el confinamiento. La suma de esos millones de héroes será la figura de la batalla fundacional que se inicia ahora.
—Ahí está Buenos Aires —empezó a decir—. Dos millones de almas…
—Dos millones y medio —le corrigió Bernini, autorizado estadista.
—Hablo en números redondos —gruñó Samuel—. Dos millones de almas que sostienen, la mayoría sin saberlo, su terrible pelea sobrenatural. Dos millones de almas batalladoras que ruedan aquí, se levantan allá, sucumben o triunfan, oscilando entre los dos polos metafísicos del universo.
En la página 102 de Adán Buenosayres, la obra cumbre del escritor argentino Leopoldo Marechal, asistimos a este diálogo entre dos de los cientos de personajes que habitan esa novela enorme en su intención de abarcarlo todo: la geografía, las clases sociales, las ideas, los prejuicios, las nostalgias, los sueños, los deseos y las pesadillas de sus personajes, que son a su vez los de la ciudad que los define.
Publicada inicialmente el 30 de agosto de 1948, Adán Buenosayres es, como toda gran obra literaria, una recreación y una premonición. La recreación de un mundo que nace y la premonición del final que le roe las entrañas.
Dividida en siete partes o “libros” , la novela empieza por el final: la muerte y funeral del protagonista, incluido el combate entre ángeles y demonios que se disputan su alma.
En esos libros narrados a veces en tercera persona y en otras a través de la voz del poeta mismo, afloran de vez en cuando algunas claves de su destino, esa palabra que gozara de tanto prestigio en otras épocas.
Un destino asociado siempre a una palabra mágica: Maipú, la remota tierra natal de Adán, su particular Ítaca.
En el entretiempo, asistimos a la eterna confrontación entre el conquistador y el colonizado. Entre el “progreso” y “la barbarie”.
El gaucho Santos Vega, expresión de lo presumiblemente autóctono, y el legionario Juan sin Ropa, emisario de las huestes infernales. Del imperialismo a secas.
He ahí el péndulo que arrastra en una y otra dirección la existencia de los protagonistas.
Y todo siempre en tono de sátira, en la mejor tradición clásica salpicada de situaciones desopilantes.
Siete contertulios, entre los que se cuentan un poeta, un astrólogo, un filósofo y un matemático, emprenden una singular aventura: trascender las fronteras urbanas para adentrarse en la extensión insondable de la pampa habitada por el silencio, esa metáfora del infinito omnipresente en la poesía argentina.
De algún modo, presienten que los citadinos se atrincheran en sus barrios de malevos y aristócratas, temerosos de disolverse en la vastedad de la llanura.
El adentro y el afuera. Los dos polos metafísicos señalados por el filósofo de origen judío Samuel Tesler. La fuerza ascensional que nos atrae hacia lo celeste y la gravedad telúrica que nos arrastra hacia el barro primigenio.
Antes de partir, participaron en una tertulia del barrio Saavedra en la que se pasaba de lo divino a lo humano y otra vez de vuelta con esa facilidad sólo posible en la suprema lucidez o en el fanatismo extremo.
El preludio de ese viaje iniciático al fondo de la noche – o del alma humana, que es lo mismo-ocupa las primeras cien páginas de la novela.
Parque Saaavedra, Buenos Aires
En su propósito de abarcarlo todo, desde su inicio, la novela es un torrente de imágenes, de metáforas, de dichos populares, de aforismos y sentencias pronunciadas por un creciente número de hombres y mujeres que, prosaicos o iluminados, tratan de asirse a las palabras con la esperanza de que ellas los salven de la disolución que es la impronta de esa ciudad fundada primero por Pedro de Mendoza en 1541 y luego por Juan de Garay en 1580, acompañado de 50 paraguayos.
¿Qué sucedió entre una y otra fundación? Que la ciudad fue destruida por sus propios habitantes como una manera de escapar a las constantes amenazas de los indígenas.
Ese dato histórico resulta ser clave para comprender la siempre renovada encrucijada en la que se debaten los porteños. Un puñado de hombres que abandonan sus tierras y cruzan el océano para extraviarse en la nostalgia del que no acaba nunca de echar raíces en la nueva tierra.
Es la desazón que cruza de principio a fin las letras de tango.
Ilustración de Hermenegildo Sábat
Así se comprende que mientras algunos personajes invocan su origen europeo como seña de identidad, otros apelen a la figura del criollo y el compadrito como única manera de sentirse en tierra firme.
II
Los viajeros
Leopoldo Marechal nació en 1900. De modo que creció con un siglo caracterizado en su país por sucesivas oleadas de inmigrantes expulsados de sus lugares de origen por hambrunas, guerras, pestes, totalitarismos o por el simple anhelo de mejorar las condiciones de vida. “ Hacer la América” era el equivalente del sueño americano entronizado después como gran motivación para los habitantes de la periferia.
Vascos, gallegos, andaluces, catalanes, franceses, ingleses, judíos, italianos, rusos, sirios, chinos, japoneses hicieron de Buenos Aires su tierra de promisión.
Leopoldo Marechal
Por eso en las calles, barrios y esquinas donde transcurre la novela se dan cita apellidos como: Arizmendi, Pereda, Abdalla, Abrameto, Negri, Johansen, Chischolm y varias centenas más que le dan rostro y voz a una ciudad que por eso mismo no tarda en verse inundada de ideologías, credos religiosos, utopías, mitos y toda clase de creencias forjadas sobre la marcha con la urgencia de quien necesita sentir algo firme bajo los pies.
A todos los mueve “la sed de los que están lejos del agua”, como bien lo precisa uno de los personajes.
Así los describe el narrador, trenzados en una de esas batallas cotidianas que constituyen el santo y seña de la ciudad:
Ubicado en la primera línea del redondel, Adán Buenosayres estudió a los combatientes. Allí estaban los iberos de pobladas cejas que, desertando las obras de Ceres, conducen hoy tranvías orquestales; y los que bebieron un día las aguas del torrentoso Miño, varones duchos en el arte de argumentar; y los de la tierra vascuence, que disimulan con boinas azules la dureza natural de sus cráneos; y los andaluces matadores de toros, que abundan en guitarras y peleas; y los ligures fabriles, dados al vino y la canción; y los napolitanos eruditos en los frutos de Pomona, o los que saben empuñar escobas edilicias; y los turcos de bigote renegrido, que venden jabones, aguas de olor y peines destinados a un uso cruel; y los judíos que no aman a Belona, envueltos en sus frazadas multicolores; y los griegos hábiles en estratagemas de Mercurio; y los dálmatas de bien atornillados riñones; y los siriolibaneses, que no rehuyen las trifulcas de Teología; y los nipones tintóreos. Estaban, en fin, todos los que llegaron desde las cuatro lejanías, para que se cumpliese el alto destino de la tierra Que-de-un-puro-metal-saca-su-nombre. Y estudiando aquellas fachas inverosímiles, Adán se preguntaba cuál sería ese destino; y era grande su duda.
Como habrán notado ya, el lenguaje para describir este tipo de escenas es de estirpe homérica. Pero lejos está Marechal de incurrir en anacronismos. Su intención es de índole paródica. Con ese recurso nos ubica en un mundo donde los dioses- si existen- deben conformarse con la contemplación de pequeñas escaramuzas entre vecinos.
Hotel de inmigrantes puerto de Buenos Aires
Para reforzar el guiño, en uno de esos giros del habla tan frecuentes en la novela, uno de los conversadores exclama: “¡Salve otoño, padre de la cursilería. Mostradme una hoja seca y soltaré automáticamente un lugar común!”
Poeta como es, Adán Buenosayres sustituye en este caso la mirada de los dioses olvidados por los hombres. No por casualidad ha idealizado en sus versos a una muchacha encarnada en un nombre: Solveig Admunsen pero que en realidad no pasa de ser una entre la infinitud de prosaicas muchachas en flor que en el mundo han sido y serán:
El otro cuidado no lo afectaba en su condición de viajero sino en su naturaleza de amante, y el Cuaderno de Tapas Azules que había resuelto llevar a Saavedra lo embarcaba otra vez en laboriosas reflexiones. Porque, al leerlo, ¿se reconocería Solveig Amundsen en la pintura ideal que había trazado él con materiales tan sutiles? ¡Bah! No era eso lo que le interesaba en realidad, sino el conocimiento que mediante aquellas páginas haría Solveig de un Adán Buenosayres prodigiosamente desconocido hasta entonces. «Acaso, al descubrírsele de pronto aquel extraño linaje de amor, ella se le acercaría con los pies amorosos de la materia que busca su forma. Y sería en el invernáculo de su jardín y ante una muerte de rosas otoñales que ya nada les diría, porque…»
Al tiempo que le lanza guiños irónicos a la antigüedad clásica- incluso se refiere el relato como una Argentinopopeya- el narrador hace lo propio con un romanticismo ya tardío. Lo que prima en esas vidas es el pragmatismo puro de quien vive convencido de que en el próximo paso puede estar en juego su destino.
Para muestra va este párrafo:
Había por ahí cierto asaltante llamado Polifemo el de las orejas agudas, cuyo temible oficio era el de aligerar la bolsa de los caminantes gracias a un recurso tan simple y viejo como el hombre: la puñalada sentimental. Es de saber que Polifemo, el saqueador de almas, padecía una ceguera total originada, según los mitólogos, en ciertas demasías de sus antepasados. Pero, ¡guay del viandante que, menospreciando los ojos vacíos de Polifemo, se ilusionara con la posibilidad siquiera remota de sustraerse a su vigilia! Porque, habiéndosele negado a Polifemo todas las galanuras del mundo visible, sus orejas dominaban en cambio los ocho rumbos del universo audible, de modo tal que ni el mismo viento, así calzase los livianos chapines de su hermana la brisa, hubiera pasado junto al cíclope sin ser oído. Adán Buenosayres no habría intentado ese imposible si el artificio del ciego y su rebuscada teatralidad no le repugnasen hasta la indignación. Fácilmente podía eludir el sortilegio barato de aquella figura, con guitarrón y todo; pero estaba seguro de que una moneda suya enriquecería fatalmente los bolsillos de Polifemo, no bien la voz del gigante se la reclamara. Era necesario librarse de la conmoción visceral que le produciría la voz. ¿De qué manera? Evitando aquel grito irresistible. ¿Cómo? Deslizándose junto al ciego sin que lo advirtiera. ¿Mediante qué recurso?
Fiel a su condición de poeta, es decir, de criatura suspendida entre el cielo y la tierra, Adán Buenos Ayres compensa la imposibilidad de lo celeste en “ el cuerpo selvático de Irma”, una muchacha ocupada en oficios domésticos o en la piel trémula de Ruth, empleada de cocina que sueña con ser cantante lírica:
Ruth, la de «La Hormiga de Oro», retiró sus manos del sucio lebrillo donde un agua impura cubría dos platos y una fuente sin lavar aún. Reinaba en la cocina un espantoso caos de utensilios: aquí la olla impúdica exhibía su culo tiznado; más allá el cucharón y la espumadera se cruzaban fieramente como dos sables; en el brasero, la sartén llena de costras hacía un mudo relato de sus frituras pretéritas. Un terrible olor de boga frita en aceite rancio lo saturaba todo: las moscas engolosinadas hervían en el basurero y en las grasientas chorreaduras del mantel de hule. Sólo un puerro barbudo, tres ajíes brillantes y algunas papas terrosas, metidos en un cesto de junco, dignificaban la barbarie del ambiente con el rigor clásico de sus volúmenes y colores. Pero Ruth (justo es decirlo) no anclaba en aquellas vulgaridades terrestres: ¡bien distinto era el mundo en que discurría su intelecto mientras enjugaba sus manos (¡unas manos hechas para acariciar el torso aéreo de los silfos!) y abatía su frente al peso de quién sabe qué hondas cavilaciones!
A diferencia de Don Quijote, nuestro poeta no necesita transfigurarlas. Todo lo contrario: es su condición rastrera la que le permite mantenerse firme en el quicio de su vida.
III
En busca de El hombre
Habíamos dejado a los siete aventureros de Saavedra en los extramuros de la ciudad. Apenas han dado los primeros pazos en la oscuridad cuando tropiezan con el cuerpo de un caballo muerto. Un caballo: el símbolo de la conquista. El medio utilizado para fatigar hasta sus confines la extensión de la pampa y, de paso, exterminar a los aborígenes.
Ese propósito echa anclas en una visión del mundo basada en la idea de que los europeos tenían una misión: la conquista, mientras los nativos tenían un destino: la sumisión.
Porque, como toda gran novela, Adán Buenosayres es también un arte política en tanto desnuda una verdad: todo descubrimiento geográfico marca el comienzo de múltiples saqueos: de cuerpos, de almas y de riquezas materiales. Sólo así se entiende la declaración de principios de Mr Chischolm: “ Sólo Inglaterra sabe colonizar. Es cuestión de estilo. ¡Rule Britania!”.
El juego del pato, Della Valle, Ángel. Óleo, Adquisición Galería Witcomb (Buenos Aires), c. 1950. Período: Arte Siglo XIX (1800-1910)
¿Qué buscan estos hombres empecinados en desafiar la vastedad de la pampa? En la superficie, se dirigen a lo que dieron en llamar “ La casa del muerto”. Pero el lector no tarda en advertir que en realidad buscan nada menos que a un hombre, al Hombre que reúna y defina el ser porteño. El Adán de cuyo barro participan todos los habitantes de la ciudad. La criatura primigenia capaz de ordenar tanta dispersión.
Pero el gaucho Santos Vega, que una vez fue símbolo de identidad, ahora es apenas una caricatura usada para engañar escolares. La razón es sencilla: no puede haber identidad entre tantas identidades. De ahí la fascinación argentina por marginales y orilleros: ellos sí son auténticos. Moverse en los extremos de la vida les confiere esa distinción. Eso explica el tono épico utilizado por el narrador para pasar revista a una pelea de verduleras.
Sin grandes mitos sobre los que asentarse, los buscadores apelan al Río de la Plata como metáfora. Así, uno de ellos exclama: “ El que no ha escuchado la voz del río no comprenderá nunca la tristeza de Buenos Aires ¡Es la tristeza del barro que pide un alma!”.
IV
Al final las aguas convergen
Por esas y otras razones, Adán Buenosayres tiene asegurado su lugar en una lista corta de grandes novelas latinoamericanas. Escrita y publicada muchos años antes de Cien años de soledad, exhibe unos cuantos elementos en común con la obra de García Márquez.
Mientras el escritor colombiano narra en clave mítica el principio y fin de un mundo rural (“ La aldea encantada”, según definición afortunada de Fernando Cruz Kronfly), la novela de Marichal hace lo propio con esa multitudinaria convención de lenguas, pueblos y soledades que desfilan por las páginas de su libro como una procesión de desterrados.
Sobresale además, la omnipresencia del humor y la ironía para hacerles el quite a las tentaciones del trascendentalismo y la solemnidad, tan caras a toda una tradición literaria propia de este lado del mundo.
Por las páginas de una y otra circulan personajes disparatados, situados en la endeble y nunca bien precisada frontera que separa a los cuerdos de los locos. Con todo, cuando las circunstancias lo exigen, no tarda en aflorar en ellos una misteriosa forma de sensatez.
Y está claro, el lenguaje. Un lenguaje que a veces alcanza los topes más elevados del castellano, sin perder la conexión con la belleza del habla popular, heredada del Siglo de Oro español.
Y lo último: en las dos no hay posibilidad alguna de redención. Eso explica que a ambas les venga tan bien el versículo del Apocalipsis citado por un personaje del argentino : “ Y el cielo será retirado como un libro que se arrolla”.
“a las doce del día 20 fue don Luis Rubio a pedir prestado un ramillete a don José González Llorente, comensal del fiscal Frías; Llorente le negó con excusas frívolas (…) y respondió que se cagaba en Villavicencio y en todos los americanos…”
fragmento de una carta escrita por José Acevedo Gómez perteneciente a la junta de notables de la provincia de Santa Fé.
El 20 de julio de 1810 fue el inicio de unos sucesos determinantes que cambiaron la historia de lo que hoy conocemos como Colombia. Nadie sabía exactamente lo que iba a pasar ese viernes, pero se podía percibir una atmósfera de que algo ocurriría. Era día de mercado y todo el pueblo caminaba por las calles de Santa Fé.
Después de la abdicación del monarca español Fernando VII tras la invasión francesa a España en 1808, llevada a cabo por parte de Napoleón Bonaparte, en España se organizaron juntas de gobierno a nivel local para resistir al invasor y, a la vez, gobernar en ausencia del rey depuesto. Estas juntas se unieron para organizar un gobierno “alterno” al de ocupación impuesta por Napoleón.
En la provincia de Santa fé se había creado una junta de notables integrada por autoridades civiles e intelectuales criollos. Los principales personeros de la oligarquía criolla que conformaban la junta eran: José Miguel Pey, Camilo Torres, Acevedo Gómez, Joaquín Camacho, Jorge Tadeo Lozano, Antonio Morales, entre otros. Estos comenzaron a realizar reuniones sucesivas y a pensar en la táctica política que consistía en provocar una limitada y transitoria perturbación del orden público y así aprovechar para tomar el poder.
La casa del florero en Bogotá | Diferencia entre el 20 de julio y el 7 de agosto. El primero tiene un significado político, mientras que el 7 de agosto de 1819, fue el día en el que tuvo lugar la Batalla de Boyacá. Fue un choque entre los ejércitos patriotas y las fuerzas españolas. Así se selló militarmente la independencia en el marco de la gesta libertadora donde intervinieron los ejércitos bajo el mando de Simón Bolívar.
En un acto premeditado, un grupo de notables de la capital del Virreinato de la Nueva Granada, provocan a José González Llorente, al pedirle un adorno para un banquete que estaban organizando. Ante la negativa de este, se desencadena una pelea que al final del día terminaría en un reclamo a la Corona Española por una representación más justa y a la postre en un grito de independencia absoluta.
Muchos historiadores serios creen que el florero fue inventado posteriormente y que quizá algún patriota acucioso, produjo el artefacto para dar verosimilitud a la historia. Y es posible. En fin de cuentas, González Llorente (que había llegado a estas tierras en 1779 a buscar fortuna, se convirtió en el comerciante más importante de la Santafé de esa época) era un comerciante y lo lógico, si es que no tenían florero, era no pedirlo prestado a quien tenía el oficio de vender sino se lo hubieran comprado. En todo caso, la historia es bonita y romántica, así el florero que se exhibe con tantos honores no haya sido el causante de la reyerta.
Contextualizamos lo que pasó ese 20 de julio hace 210 años para dar paso a este especial de música, literatura, artes plásticas y periodismo colombiano, algunas prácticas de su quehacer cultural.
NARRATIVAS
El Carnero es una crónica histórica escrita entre 1636-1638 y publicada hasta 1859. Escrita por Juan Rodríguez Freyle, titulada originalmente como: “El Carnero. Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada de las Indias Occidentales del mar Océano y fundación de la ciudad de Santa Fe de Bogotá, primera de este Reino donde se fundó la Real Audiencia y Cancillería” Es la obra más emblemática de las letras coloniales Neo-granadinas, escrita en una época de usanza de las crónicas reales, esta obra pretendió narrar los hechos de la Conquista y la primera sociedad colonial.
El alférez real es una novela romántica y costumbrista escrita por Eustaquio Palacios, destacada dentro del género de la novela histórica colombiana. Se publicó en 1886 y se sitúa entre 1789 y 1792, durante el virreinato de José Manuel de Ezpeleta, en la ciudad de Cali y sus alrededores, describiendo vivamente acontecimientos y costumbres de la Cali de entonces. La novela detalla la vida dentro del convento de San Francisco, las diferentes celebraciones en torno a la coronación de Carlos IV de España, y ante todo a las costumbres y vida alrededor de la Hacienda Cañasgordas, propiedad del Alférez Real, Manuel de Cayzedo y Tenorio, como la ganadería, el negocio del azúcar y la vida y trata de esclavos.
La Vorágine es la obra más importante de José Eustasio Rivera y la más famosa. Salió a la luz el 25 de noviembre de 1924 y es considerada un clásico de la literatura colombiana, así como una de las más importantes dentro del Costumbrismo hispanoamericano, aunque a menudo es asociada al romanticismo por la descripción pictórica de las culturas rurales. La novela narra las peripecias del poeta Arturo Cova y su amante Alicia, historia de pasión y venganza enmarcada en los llanos y la selva amazónica, a donde los dos amantes huyen y que expone, a lo largo de su trama, las duras condiciones de vida de los colonos e indígenas esclavizados durante la fiebre del caucho. Además el final es abierto, no se sabe exactamente lo que pasó con los personajes.
La novela Cien años de soledad fue escrita por Gabriel García Márquez durante dieciocho meses, entre 1965 y 1966 en la Ciudad de México, y se publicó por primera vez a mediados de 1967 en Buenos Aires. Es considerada una obra maestra de la literatura hispanoamericana y universal, así como una de las obras más traducidas y leídas en español. El libro se compone de 20 capítulos no titulados, en los cuales se narra una historia con una estructura cíclica temporal, puesto que los acontecimientos del pueblo y de la familia Buendía, así como los nombres de los personajes, se repiten una y otra vez, fusionando la fantasía con la realidad. En los tres primeros capítulos se narra el éxodo de un grupo de familias y el establecimiento del pueblo de Macondo, desde el capítulo 4 hasta el 16 se trata el desarrollo económico, político y social del pueblo y los últimos cuatro capítulos narran su decadencia.
La luz difícil es un anovela publicada en el 2011 por el colombiano Tomás González. Su narrador y protagonista, David, relata dos momentos de su vida: la eutanasia de su hijo Jacobo y su propia vejez. Estos dos momentos están íntimamente relacionados con la composición de dos obras artísticas: una pintura y unas memorias. Durante el proceso de muerte de Jacobo, David está terminando una pintura al óleo que representa la espuma producida por la hélice de un ferry sobre el río Hudson, en Nueva York. Ya en sus senectud, casi ciego, David deja de pintar, pero no renuncia a la creación artística y escribe sus memorias. Dado que la novela se enfoca en la composición de las dos obras artísticas y a partir de estas concluye los eventos narrados en la novela, se puede considerar que se trata de una novela de artista o Künstleroman1.
La Tejedora de Coronas de Germán Espinosa, una novela histórica colombiana publicada en 1982. En esta obra se nos narra la vida de Genoveva Alcocer mientras se desarrollan los sucesos ocurridos entre mayo y junio de 1697 conocidos como la Expedición de Cartagena. La novela introduce a una Cartagena saqueada por el poder europeo y cautiva entre la inquisición, la esclavitud, el racismo, los piratas y las pestes. Para 1992, la novela fue declarada “Patrimonio de la humanidad” por la UNESCO, al ser considerada como una de las obras más importantes de la literatura colombiana.
La casa grande. Novela de género histórico y basada en hechos reales realizada por el escritor colombiano Álvaro Cepeda Samudio en 1962 y publicada por la editorial La Navaja Suiza en 2017. La Casa Grande es el relato de la masacre de las bananeras, ocurrida en Colombia en 1928, un crimen perpetrado por el propio gobierno colombiano, que ordenó ajusticiar a los jornaleros que trabajaban en los campos de bananas y que se habían declarado en huelga, en contra de las condiciones de trabajo impuestas por la United Fruit Company. La novela padece una larga hegemonía conservadora que tiene sumida al país en un atraso económico, agrario, político y social. A inicios de la década de los años 20, desde distintas partes del territorio se inician insurrecciones populares que buscan el mejoramiento de las condiciones laborales, la re-significación del papel de la mujer y las comunidades minoritarias en la sociedad y un profundo cambio en la estructura del Estado.
POETAS
Darío Jaramillo Agudelo poeta, novelista y ensayista (1947-)
María Mercedes Carranza poeta y periodista (1945-2003)
Miguel Ángel Osorio Benítez, conocido por su pseudónimo Porfirio Barba Jacob, poeta (1883-1942)
José Asunción Silva Gómez, poeta (1865-1896)
Juan de Castellanos explorador, militar, cronista y sacerdote español, muere en Tunja-Colombia (1522-1606)
Luis Vidales, poeta y ensayista (1904-1990)
PINTURA Y ESCULTURA
Bajo la luz eléctrica. Óleo, Andrés de Santa María, 75,5 x 62,5, ca. 1916. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 2388. Fotografía Alberto Sierra
Bandera. Edgar Negret. Escultura en aluminio pintado 35,00 x 35,00 x 8,00 cm, 1991
EDGAR NEGRETE
Carabela. Edgar Negrete. 1986
La Gran Metamorfosis – Edgar Negret – Avenida El Poblado, Edificio Novatempo – Medellín
Exposición Obra negra (2014). David Manzur
Exposición monográfica Pinturas recientes (2019). Fernando BoteroPintura y escultura Fernando Botero
Flor carnívora. Alejandro Obregón, 1980. Acrílico sobre madera 69 x 77.
CRONISTAS
Alberto Salcedo Ramos, periodista y tallerista de crónica y reportaje en distintos países (1963-). Varios de los temas que ha abordado están relacionados con la cultura popular.Alegre Levy, periodista reconocida por sus crónicas y reportajes (1943-1977). Enlace a su crónica: “Mongo”, zar de las basuras https://www.lanuevaprensa.com.co/component/k2/mongo-zar-de-las-basurasGermán Castro Caycedo, escritor, periodista y cronista (1940-). Sus escritos se caracterizan por sus manifestaciones testimoniales sobre la realidad colombiana.
Gonzalo Arango Arias, escritor, poeta, periodista, prosista y dramaturgo (1931-1976)
Luis Tejada Cano, periodista y cronista (1898-1924). Considerado como uno de los mejores cronistas de Colombia.
CARICATURISTAS
Ricardo Rendón
Vladdo
Pepón
París
Osuna
MÚSICA
Cumbia
Porro
Mapalé
Currulao
Bambuco
Pasillo
Guabina
Torbellino
Música llanera
Salsa
Vallenato
Alabao
Carranga
ritmos de la isla de San Andrés
Finalizamos este recorrido musical y el especial del Grito de independencia con un concierto de música tradicional colombiana de la Filarmónica de Bogotá
–Tan boba, siempre ha estado en crisis. Nuestra especie animal también. Fíjate lo que le pasó a Laika, la astronauta rusa.
–En serio, amigo. Ahora las cosas andan patas arriba. Date cuenta que hay poca gente en las calles, que hay poco ruido. El mundo anda confinado. ¿Ves lo que tiene puesto nuestro renacuajo paseador?
–Es un tapabocas.
–Pues claro que es un tapabocas, tonto. ¿No has notado que desde hace unos meses para acá, siempre que nos lleva de caminata por el barrio, cubre boca, nariz y usa guantes?
–Sabés qué, Bimba, a mí me da dificultad entenderle a veces lo que nos dice.
–A mí también se me dificulta captar el sentido de sus mensajes. Me late, además, que es neurótico y vive pegado de su celular preguntando por sus papás.
–Se ha vuelto maniático con el uso del alcohol y el gel. Qué pereza. Él no era así. Ya casi ni nos acaricia.
– Ah, bueno, ahí sí cumple órdenes de los patrones.
–¿Cómo así?
–Melania, mi dueña, le dijo que tratara de tocarme lo menos posible. Hay que evitar el contacto para evitar el contagio. La dueña de Caroline le prohibió que le diera Dog Chow como aliciente para que caminara.
–¿Cómo así? No sabía estas novedades. Me acabo de enterar.
–A ver, a ver, amigo. Pregunta número uno: ¿En qué país vives, ah?
–Tan boba, pues en Colombia.
– Bien, vamos entendiéndonos. Pregunta dos: ¿Sabes que ocurre en tu país?
– Pues fuera de la muerte de los líderes sociales, no sé qué más esté pasando.
– Para tu ilustración te cuento que estamos en pandemia, que es tanto como estar a expensas de una enfermedad china comunista que se propaga por ahí, como si nada.
–¿Y peligramos como especie, Bimba?
–Es complicado responder esa pregunta. Aún no hay epidemiólogos caninos; aún no hay estadísticas perrunas y en realidad no interesamos, como algoritmo, a Tedros Adhanom Ghebreyesus, el director de la Organización Mundial de la Salud.
–¿Y entonces?
–Simplemente estamos expuestos como los humanos e igual debemos tomar medidas, cuidarnos y guardar el distanciamiento social.
–¿Distanciamiento social? ¿Qué es eso?
–Perdona, Mateo, que sea explícita contigo: me sorprende que vivas en estrato seis y menees la cola sin ton ni son, tan desinformado, tan carente de datos, tan universitario.
–¿Y yo qué culpa si en casa escuchamos pocas noticias? Danielito se la pasa en el cuarto aprendiendo posiciones de kamasutra en zoom; Sandra se la pasa en teletrabajo con una compañía de seguros y Ramón, mi desocupado dueño, no hace sino ver deportes. Anda preocupado por el destino de James. Odia a Zidane.
–Entiendo tu precaria situación intelectual.
–Y yo quisiera comprender la complejidad de la tuya. Por eso te pregunto qué significa el distanciamiento social.
–Significa que deberíamos estar a metros de nuestros semejantes: no olisquearnos, no reconocernos por detrás, no seguir las huellas urinarias de los otros, cero moteles improvisados y en lo posible, dejar de ser voyeristas, porque la enfermedad, querido, puede estar en el aire, en la mirada lasciva.
–¡Por la concha de mi madre!, nos jodimos entonces.
–Te exijo, Mateo Aldecoa, que frente a mí cuides el uso procaz de tu lenguaje. Abomino de tus expresiones escatológicas y antifeministas.
–Discúlpame, amiga Bimba, pero no sé cómo más traducirte lo que siento. ¿O sea que en este momento podríamos estar contagiados?
–Sin distanciamiento social, sí. Mira lo que hace Lukas con aquellas damas cachorras. Se les acerca demasiado; quiere devorarlas con su hocico, meterse en ellas. Es casi un acosador sexual, un Jeffrey Epstein con cola y correa.
–¿Epstein? ¿Quién es ese perro?
–Olvídalo.
–Tienes razón, amiga, Lukas ha cambiado mucho; el encierro lo tiene loco, desvirolado. Vive en una calentura ese pobre…
–¡Mateooo!
–Perdona, perdona, pero es que me pones nervioso con lo que me dices, amiga.
–Mejor cambiemos de tema, ¿sí? La que está nerviosa ahora soy yo. ¿Qué sabes de Tobías, el San Bernardo coqueto de la otra cuadra?
–Supe que está en estricta cuarentena, o algo así.