Tanto el hombre como la mujer lucen sendos escudos en las solapas del saco. Como bien sabemos la heráldica lo soporta todo. En este caso el emblema está formado por un maletín de ejecutivo dotado de alas. El mensaje es inequívoco: los negocios nos dan herramientas para volar sobre las ataduras terrenales. Es decir, la vieja propuesta de las religiones trascendentes traducida en este caso al lenguaje de las finanzas. Primer punto a favor. El improbable mundo de las recompensas en el más allá goza así de una expresión más prosaica y por lo tanto susceptible de ser alcanzada aquí y ahora.
Conclusión: el ejecutivo y el vendedor le ganan por nocaut al sacerdote o al chamán.
Como mandan los manuales, los dos miran fijamente y aprietan con firmeza la mano del interlocutor. Cuando se les pregunta cómo están responden al unísono con una curiosa forma adverbial aprendida en talleres de auto superación: excelentemente bien. De inmediato uno piensa en el sentido de un viejo proverbio oriental: “Dime de qué presumes y te diré qué te hace falta”. Pero hay más: su identidad individual parece haber sido suplantada por una abstracción corporativa, pues siempre se presentan amparados bajo una de estas variantes: somos una multinacional. Somos una empresa de ventas por catálogo, somos una aseguradora y mil equivalentes más.
Ya pueden ustedes imaginar lo que serán o dejarán de ser cuando los despidan del trabajo.
En ese punto uno empieza a sospechar. Tanta seguridad y arrogancia deben ocultar una gran fragilidad y por lo tanto una insondable dosis de temor. Los expertos en la conducta lo explican con precisión: casi siempre la agresividad es hija del miedo. Por eso las masas idolatran a los caudillos y a los bravucones. Tampoco es casual que las clases medias sean el soporte de los regímenes totalitarios: siempre están dispuestos a ofrecer seguridad frente el carácter impredecible de la existencia.
Pero eso es otra cosa. A lo mejor en un nuevo artículo volveremos sobre ella.
La escena tuvo lugar cinco meses atrás, justo antes del comienzo de la cuarentena. Guiado por el hombre y la mujer de los escudos alados ingreso a un teatro repleto de feligreses. Son las siete de la noche y a pesar de llevar doce horas de ajetreo en diferentes oficios, este puñado de profesionales y oficinistas luce expectante y poseído de un inusitado entusiasmo, bastante parecido al de los prosélitos de las sectas religiosas que se multiplican por el mundo al ritmo de las angustias individuales y colectivas.
Cuando el guía, líder y gurú sube al escenario, un silencio reverencial desciende sobre la sala. Segundos después, un creciente murmullo envidioso se instala en cada una de las sillas. La explicación no tarda en llegar: todos quieren ser como él y ocupar su sitio. Las razones les sobran: llegó al lugar en el asiento trasero de un auto importado, conducido por un chofer bien trajeado. Por lo menos en seis de sus dedos luce anillos que relampaguean bajo las luces artificiales.
Además, dice una mujer bronceada entrada en la treintena, es tan, pero tan encantador.
Como ustedes ya lo concluyeron, estamos ante una de los siempre cambiantes y sorprendentes avatares del Homo ¿Sapiens?: la religión empresarial, cuya manifestación mundana, o hipóstasis que llaman los estudiosos, son las ventas y lo que ellas representan en términos de la conquista de un estatus en el cuerpo social. Algo así como el boleto de entrada al paraíso terrenal. La puesta en escena se revela entonces en toda su dimensión. Reducidas a la parte formal, las antiguas religiones poco o nada les ofrecen a unos ciudadanos cada vez más insatisfechos.
Para completar el cuadro, todas esas invitaciones a la austeridad y el sacrificio riñen con el facilismo y la búsqueda de placeres rápidos y sin compromisos tan característicos de los tiempos. Si a eso le sumamos el mal ejemplo de unos jerarcas religiosos empeñados en exigir humildad y sencillez mientras viven en la soberbia y la opulencia tenemos un panorama nada alentador. Los signos del consumo y la posición social que éste conlleva devienen entonces única forma de inventarle algún sentido a la existencia.
De allí la expresión arrobada de los trescientos asistentes al teatro. En su ritual, si se atienden a pie juntillas las recomendaciones del oficiante de la ceremonia, el verbo se hace dinero en efectivo o plástico: da lo mismo, si en últimas se trata de revalidar cada semana, en una suerte de parodia de la misa, esa siempre renovada religión cuyo mandato único es: vendo, luego existo.
El portugués Jorge Mendes, representante de Cristiano Ronaldo y de un sinfín de jugadores. | Imagen AFP
El mundo del fútbol no deja de ser un atrezzo renacentista dibujado desde el asombro. Siempre hay algo nuevo por descubrir, un detalle, una provocación, una denuncia, un escándalo. Esta vez hasta la FIFA se ha ruborizado, aunque con lo sucedido en el organismo internacional es como si Trump se ruborizara de Bolsonaro.
En el último año los “magnates” de la representación del fútbol mundial han ganado más dinero que sus propios representados, y la FIFA ha dicho basta. La federación esta decidida, en 2021, a acotar en un 10% las comisiones por transferencia, y en un 3% por el salario del jugador. El fútbol mundial con todas sus contradicciones, sus zonas oscuras, sus abismos, se empecina en edificar diques de contención con las indecentes alforjas del pasado.
La revista Forbes publicó los ingresos de los más importantes agentes deportivos: Jonattan Barnett, representante de Gareth Bale, 114 millones de euros; Jorge Mendes, representante de Cristiano Ronaldo, 105,8 millones; Mino Raiola, representante de Ibrahimovic, Pogba, Lukaku y Balotelli, 63 millones; y Volker Struth: representante de Toni Kroos, 39,2 millones. Los cuatro jinetes del apocalipsis deportivo a la inversa, han estampado su firma en uno de cada tres traspasos futbolísticos realizados en 2019. Según FIFA, el importe global por transacciones se estimó en 7.500 millones de euros y en comisiones, 579,2 millones de euros.
La estrategia es un modelo de negocio basado en el tráfico de influencia, y sostenido en recolocar jugadores de manera sistemática en las diferentes ligas europeas. La empresa Gestfute, de Jorge Mendes, representante de Cristiano Ronaldo, es un claro ejemplo de aprovechamiento humano y deportivo. El brasileño Felipe Augusto, concretó el interés de cinco equipos antes de cumplir los 25 años: C.A. Bragantino, Coimbra EC, Corinthias, Oporto y Atlético de Madrid. Para Mendes, Felipe Augusto, no es un central elegante, es un tesoro bizantino cubierto de mejillones que debe rotar sin detenerse por el mercado del arte futbolístico. Otra de sus piezas de “anticuario” que recorre el territorio europeo a paso ligero es Radamel Falcao: Oporto, Atlético de Madrid, Mónaco, Manchester United, Chelsea, Galatasaray SK. Así el jugador se transforma en un producto de consumo, con compromisos endebles, con aficiones pasajeras, encadenado a una política de mercado por agentes que no negocian jugadores, negocian productos financieros. Para el “mago” portugués lo que no son cuentas son cuentos, y estima que una rabona siempre estará mejor protegida por la cobertura necesaria de una inteligente ingeniería fiscal. Lo estimaba hasta ahora.
La fiscalía portuguesa investiga al representante luso por irregularidades en los contratos de Danilo, James Rodríguez, Falcao y Casillas con el mismo guión en la partitura: presunta evasión fiscal. En España el rosario de regulaciones con Hacienda no tiene precedentes en el fútbol mundial: Cristiano Ronaldo, Messi, Xabi Alonso, Di María, Falcao, Danilo, James Rodríguez, Marcelo, Fernando Ramos, entre otros, llegaron a un acuerdo con el fisco desde el argumento que desconocían dichas irregularidades y afirmando que los temas tributarios eran competencia de sus representantes.
En Argentina, la intermediación concentrada en un reducido grupo de agentes, ha desaparecido. La nueva realidad se esconde detrás de veladuras indecentes, en una especie de manto de silencio cómplice ante una cierta orfandad ante el porvenir. “Nunca hubiera imaginado que llegaríamos a la situación actual del fútbol infantil. El 90 por ciento de los chicos entre 10 y 12 años, con algo de talento, cuentan hoy con un agente que decide sobre su futuro”, expresa desde el desasosiego alguien que domina muy bien el universo de la representación. Walter Támer, ex jugador de Boca, representante de Javier Mascherano, Leandro Chichizola del Getafe español, Lucas Chaves de Argentinos Juniors, entre otros, aclara: “A esas edades los chicos deben estar estudiando; también jugando, pero sin pajaritos en la cabeza. Es una cuestión de ética, de vida. Hoy se dan casos donde se paga por partido a niños de 10 años, y se les entrega el dinero el mismo día del encuentro, como parte de una compensación para futuros acuerdos. Muchos ya cuentan con contratos privados, y otros con acuerdos verbales. Esto produce ansiedad, desequilibrio; acciona un retorno rápido de éxito, un proceso de formación acelerado, de exitismo prematuro. Hay que debutar en Primera con pañales, y ser vendido al exterior con mamadera”.
“Los regalos hacen esclavos”, nos decía Heráclito de Efeso. Esto significa que el fútbol infantil con toda su caprichosa exuberancia y su inapreciable complejidad, alberga en su seno una lógica simple y profunda: el arte de comprar lo que no existe. Se comporta como la bolsa de futuros de Chicago, el Olimpo de la especulación, en donde se vende y se compra un fruto que todavía no está en el árbol, ni se sabe si lo va a estar.
“Y si cruzas el charco aquello es la estratosfera”, remata Támer. Lo es. Europa no es la excepción. “En la actualidad se están haciendo contratos con niños de 12 años. Se firman acuerdos por 5.000 euros y una penalización por rescisión de 100.000 euros. Es abusivo, una familia no puede afrontar ese dinero”, expresaba Manuel García Quilón, uno de los intermediarios más importantes del fútbol español. Oscar Ribot, antiguo jefe de comunicación del Real Madrid, y consejero delegado de la agencia de representación Best of You, empresa con fuertes vínculos con el equipo merengue, reconocía a un medio español: “Nunca pensé en representar a un chico de 13 años, es el jugador más joven que tengo en cartera”. René Ramos, hermano y representante de Sergio Ramos, defensa del Real Madrid, y dueño de RR-Soccer Management Agency, asegura haber rechazado a varios fondos de inversión y no contratar jugadores menores de 16 años.
La nueva realidad dibuja fronteras invisibles. Hace siglos que aprendimos el lenguaje de la piel, es el poder curativo del contacto. En la vida de hoy la obligación es plegarse, mantener las distancias, evitar la proximidad, la mezcla: “El que no vive el espíritu de su época, vive todas sus miserias” nos decía Voltaire. En el fútbol también.
(*) Ex jugador de Vélez, y Campeón Juvenil en Tokio 1979.
19 de julio del 2020.- Estar encerrado me ha hecho tener momentos de introspección. Y ansiedad, mucha ansiedad. Sin embargo, no he perdido contacto con el mundo exterior, en gran medida a causa de mis 281 contactos en Facebook. Que vamos, tampoco es que sean tantos y que esté pendiente de sus vidas; me basta con lo que publican-comparten y que aparece en mi muro.
Pero hoy me di cuenta de que me estaba perdiendo de una parte y ese ha sido uno de los cambios que ha traído la pandemia. No sé si alguno de ellos ha perdido su empleo o alguna fuente de ingreso que representara el sustento de su familia. Salvo un contacto muy específico que tenía a gente empleada, del gremio de bares, los demás parecieran ser personas a las que el Sars-CoV-2 les ha (nos ha) quitado una vida social y que, en mi caso, tampoco representa una gran pérdida.
Sin embargo, cansado de la introspección y rascarle el lomo esporádicamente a alguno de mis seis gatos, salí al balcón. La verdad es que es un espacio de mi casa bastante desaprovechado y creo que en parte se debe a que tengo una cámara de seguridad del cuartel militar a contra esquina. Solo digamos que a veces puede ser algo incómodo cuando tus vecinos son los soldados.
Al estar en el balcón, volteé hacia la izquierda y miré a un carrito de hotdogs. Hasta ahí todo normal, cada colonia tiene a su hotdoguero de confianza. El detalle es que era domingo a la una de la tarde. Y creo que toda persona, que sea de comer en la calle y reconozca las dinámicas de la gastronomía callejera (no confundir con cocina urbana, que es una evolución de muchos tipos de comida como la rápida, ofreciendo alimentos gourmet con ingredientes locales y artesanales a un precio de media quincena) sabe que los carritos comienzan a instalarse a partir de las cinco en horario de invierno y seis en verano.
Pero ahí estaba él, dorando sus cebollitas, friendo en su propia grasa las salchichas envueltas en tocino y yo solo me podía preguntar, y volví a ponerme introspectivo, que para mí la pandemia había sido un golpe -hasta el momento- superficial, pero para él, con su delantal y su bote de gel antibacterial, ya le había sido quitada su familia.
El señor se fue a las once de la noche, poco más poco menos. Una jornada de casi diez horas para tratar de ganar los pesos que antes generaba en quizás media jornada. Y digo tratar porque seguramente, como a restauranteros, bares y otros espacios, de eso se trata, de intentar.
Y es que creo que en parte el asunto está en adoptar métodos que le permitan a uno sobrevivir. Por ejemplo, en mi colonia, que digamos, es “popular”, aunque muy cerca de la zona centro de Tijuana y vecino de La Cacho, una colonia clase media-media alta, pasa con bastante frecuencia el “Panadero con pan” o el “Se compra fierro viejo o refrigeradores que ya no le sirvan”; en estos días también pasa “la troca con la fruta” y, traído desde mi infancia, la panel que vende conos de nieve. La voz que anuncia los tres primeros es la voz más estridente, desafinada y molesta; varias veces me he dejado la quincena comprando lo más posible o, en su defecto, dando todos los fierros de mi casa, para que terminen su jornada más rápido y se vayan. Pero pasan a diario y desde temprano.
¿Qué pasará en zonas más privilegiadas? Sé que familias con dinero, o no tanto (porque esos viven pasando la frontera, es decir en San Diego, California), dueños de pequeñas y medianas empresas, viven en las cercanías del Hipódromo, y que ésto da cierto estatus pero que al final, como a todos, la pandemia los ha golpeado y ha puesto en desbalance el modo de vida al que estaban acostumbrados.
Muy probablemente también pase “El Panadero con el pan artesanal hecho con masa madre” y relatado en la voz de César Évora. O el “Se compran productos electrónicos que no utilice” narrado por Enrique Rocha.
Y es que claro, desde mi balcón puedo sentirme triste y tensionado, pero comparado con lo que pudiera sentir el hotdoguero, estoy en la gloria. Aunque si comparo lo que siento y mis recursos con alguien del Hipódromo, vamos, que todos tachariamos de “llorón” al socialmente rico.
Casa en el centro de Tijuana
Casa en la zona Cacho de Tijuana
Casa en la zona Hipódromo de Tijuana
Unas imágenes a manera de ilustración sobre el tipo de zonas de las que se hablan en el texto. No siendo las únicas o casas exclusivas de la zona, esto es solo ejemplo.
Pero quizás a veces olvidamos eso, que todas las tristezas, estrés y melancolías son legítimas. Que para alguien que ha crecido toda su vida haciendo un viaje cada año a Bacalar, no hacerlo en un año, es un duro golpe porque ha cambiado toda su vida. Para mí, irme al menos una vez por semana a la terraza del Wendlant y tomar una Foca Parlante era mi mejor recompensa; y ya no está. Para el señor de los hotdogs, quizás era ver los partidos de fútbol de por la tarde, probablemente le va al Cruz Azul y hoy no pudo verlo campeón.
Desde afuera, comparando los problemas de los “ricos” con los de los “pobres” pareciera algo que ni debería de hacerse, porque jamás serán los mismos problemas. Pero eso no quita que pudieran sentirse de la misma manera. Porque creo que todos, hasta el momento, hemos perdido algo que se podría sentir como una gran tristeza. Todos hemos pasado por una situación que nos ha causado gran ansiedad y que nos hace pensar: cuándo acabará todo esto.
Por lo pronto, seguiré tomando mi agua de cebada y escuchando a Azúcar Moreno: “Si no quieres aguantar. Y te quieres liberar. Una frase te diré: Solo se vive una vez”
Escribo esta columna el viernes 24 en la madrugada con un fuerte temblor en mi cuerpo y con miedo a sacar mi cabeza por la ventana. Mi temor se debe a que medios especializados anunciaron que hoy caerá un asteroide. Se afirma que no impactará la tierra y que no debemos preocuparnos, porque la colisión se producirá lejos, a cinco millones de kilómetros de nuestro planeta.
Declaro, no obstante, mi nerviosismo, a pesar de que las noticias sobre este fenómeno insisten en que si los científicos de la Nasa no han disparado las alarmas, el asteroide no representa ningún riesgo para la humanidad. ¿Y por qué tengo que confiar en científicos sin rostro, ahora que la humanidad enfrenta todos los riesgos? Los únicos científicos de los que tengo noticia son Raúl Cuero y la ministra de Ciencia, Mabel Torres y para ser precisos, ambos han sido cuestionados en su idoneidad y no sé si sabrán que el diámetro de un asteroide puede superar los 1.000 kilómetros. Este, del que me ocupo, es gigantesco, con un diámetro 892 veces superior al asteroide NN4 2002 (750 mts), que rozó la tierra el pasado 6 de junio, según lo monitoreó el Centro de Estudios de Objetos Terrestres (Cneos) de la Nasa. No es propiamente el asteroide B 612, la diminuta casa del principito.
Es el colmo: bien jodidos que andamos en la tierra y ahora se le ocurre a un asteroide sin alma amenazar con buscar nido en la tierra. Mejor dicho: “Al caído, caerle”. Que caigan meteoritos, va y viene: suelen ser pequeños fragmentos de cuerpos celestes, objetos rocosos que se desintegran al arribar a la atmósfera terrestre. Pero que caiga un asteroide es como si a uno, en medio de esta pandemia, le cayera al mismo tiempo la Dian y un juez de familia con una orden de captura por demanda de alimentos.
A propósito de objetos metálicos rocosos, se acordará el lector que el 4 de abril de 1966 cayó un asteroide en Pereira, en las aguas del río Otún, a la altura del barrio San Judas (Ver fotografía). No hubo víctimas humanas, pero sí destrucción de una amplia zona boscosa. Según el prestigioso físico Jaime Hernández, el territorio ukumarí en el que fue cartografiada nuestra ciudad tiene una particular fuerza gravitacional que atrae toda suerte de materiales pedregosos-metálicos, apropiados para enfrentar al interplanetario Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad).
Asteroide bonsai, 1966. Jardín lateral, MuseoTecmit O.S., La Julita
El amenazador asteroide del que hablo, el 2020 ND, hace parte de una lista negra de lo que un ingeniero especializado en ciencias planetarias denomina “objetos próximos a la Tierra”. Sorpréndanse: tienen noticia de él desde 1945, el mismo año de la bomba atómica de Hiroshima, se mueve como pez en el agua y aunque un especialista descarta que su impacto se dé en muchos años, puede suceder en el futuro, cuando la tierra y este viejo asteroide, “potencialmente peligroso”, coincidan en algún lugar. En un mundo de incertidumbres, de presidentes luciferinos, de hipoclorito y fiebres altas, ¿qué es el futuro?
Algunos de mis amigos suelen criticarme porque jamás salgo a la calle sin mi gorra puesta. Me acusan de querer ser un eterno joven e incluso me han señalado de ser un calvo vergonzante. La verdad de mi costumbre solo tiene una raíz: la raíz del miedo. Cada vez que salgo de casa y me expongo a la calle, levanto mi mirada hacia el cielo y me pregunto: ¿qué caerá hoy? La gorra de tela es mi yelmo de Mambrino. Porque del cielo siempre están cayendo cosas. Hasta los helicópteros de las fuerzas armadas suelen caer; caen pájaros muertos; cae mierda gruesa de aves silvestres; cae polución en forma de granizo; cae lluvia, rayos y centellas; caen cables eléctricos; en fin: caen objetos voladores no identificados. De ahí mi teoría: si usted permanece quieto en un mismo lugar por espacio de diez horas y mira con detenido estupor hacia las nubes durante ese lapso, algo le caerá. ¿Cómo poner en duda esta teoría si hasta en una canción se tararea este estribillo: “Si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonada”?
Si el próximo domingo publico otra nota es porque el viernes 24 no pasó nada más allá de una ley seca o un toque de queda. Agradeceré el silencio de los científicos de la Nasa y volveré a recorrer la calles con tapabocas sideral y gorra antirreflectiva, especialmente diseñadas para paliar en algo el peso opresor de un asteroide fugaz.
En la sección de Antojos, cortesía de Sílaba editores, compartimos apartes del libro El soplo del diablo de Rosa Lentini. Escritora reconocida el 26 de noviembre del 2019 con el X PREMIO JOSÉ LUIS GIMÉNEZ-FRONTÍN en Barcelona
Fragmento del prólogo
Mediante una abstracción del tiempo la autora se re-lee y sopesa las posibilidades de una justificación lírica de su experiencia vital que se volvió escritura, escritura en retrospectiva.
Eduardo Milán
Sólo los poetas como Rosa Lentini saben lo que hay
detrás del espejo y sus profundidades: el misterio
del mundo, su origen.
Joan Perucho
En ese lento e irremediable caminar hacia la desaparición, Rosa Lentini no describe la muerte o el deterioro de ningún “otro”, sino el progresivo apagamiento de una mirada.
Jenaro Talens
Contra el olvido
Rosa Lentini da a su última antología de poesía un título sorprendente: El soplo del diablo. Tan sugerente como El peor de los dragones, de Cirlot, que también acaba de salir. Con frecuencia, los títulos de un autor o de una autora arrancan de un verso o un poema, que se alza con la imagen total del libro. Es lo que sucede aquí: el poema inicial extiende su magia a todo el volumen. Pero ¿qué es el diablo? ¿Qué significa ese soplo? ¿Es creación, es destrucción? ¿Qué papel tiene esa figura en la creación poética? Hay algunos autores, como André Gide, que sostienen, incluso, que sin la colaboración del demonio no hay verdadera creación en la obra de arte.
Rosa Lentini – Foto tomada del periódico La Crónica del Quindío
Otros, como Papini o Bergamín, trazan su perfil a lo largo de la historia de la cultura, mostrando su papel en la creación literaria, asociando esta figura con el sentido del oído y con el elemento del aire. Por eso tiene tanta importancia el medio de la palabra, originariamente una creación del sonido, para el oído. La palabra como intermediario. Metal de voz. Pero si para Bergamín, en los años treinta, se trataba de un tema importante, y si para Papini, en los cincuenta, se trataba de una necesidad, para los poetas y artistas actuales significa otra cosa. Una estética, quizás. Para Sharon Olds, por ejemplo, en Satán dice[1], es una provocación, mientras que para Francisco Brines, en Insistencias en Luzbel[2], se trata de una imagen del olvido. Así, este último, en el epígrafe a su libro, escribe:
“Veo, en tus ojos huecos, las tinieblas / y lleva una armadura de humo frío; / me llega sin sonido y sin cautela / el negro Caballero del Olvido”. Y luego en otros versos: “Descifremos el mito: / el Ángel es la nada; / Dios, el engaño. / Luzbel es el olvido”[3].
Otros, como Juan-Eduardo Cirlot, más cercano a los mitos apocalípticos y zoháricos, pudieron escribir recordando a Lilith, o referirse al peor de los dragones, pero en todo caso, considerando al diablo, en su Diccionario de símbolos, como un elemento de regresión y discontinuidad, de lo instintivo y lo pasional. Un papel muy importante ha tenido también en los últimos tiempos en la poesía de mujeres la figura del demonio femenino, Lilith, como voz de la rebeldía, siendo uno de los casos más conocidos el de la poeta libanesa Joumana Haddad con su libro El retorno de Lilith[4].
En cuanto a Rosa Lentini y al libro que presentamos, inserta también con las tradiciones inmediatas, en especial con la de Sharon Olds, con su rebeldía y su proyección de un tiempo sobre otro; pero, sobre todo, con Francisco Brines y su Luzbel, relacionado con el olvido. Para Rosa Lentini la imagen del diablo está relacionada con la tentación del olvido y la reducción de la memoria a nada. Pero también con la elección de una perspectiva inversa: del revés. Por eso escribe:
“El diablo es la tentación de olvidar, en este caso para volvernos más ligeros, para eliminar el dolor, las insatisfacciones del pasado. En el poema, el yo poético entrega al diablo su pasado, en forma de los pequeños objetos que contiene su bolso, pero este, siempre insatisfecho, exige también la llave de su casa, que es aquello que a ella la hace ser quien es. Su negativa despierta la ira del diablo y ella recobra su memoria, pero también el peso doloroso que esta conlleva”[5].
La poesía es, pues, para Rosa Lentini, desobediencia. Desobediencia frente al olvido: memoria.
Mapa de la memoria. Flor de la memoria. Solo así, desobedeciendo, puede oponerse al soplo, a la energía, a la voz del diablo: aquí lo negativo. Mnemosine contra Lete. El fluir de la memoria contra el río del olvido. El río del origen contra el vacío de la nada. Ese es el verdadero sentido del título del libro de Lentini, cuyo primer poema se llama también así: “El soplo del diablo”. Un poema donde, como en la carta XV del tarot, vemos al diablo con cuernos y pezuña, y también con olor a azufre, que observa a la niña, como el lobo, pero al que ella logra despistar bajo un cielo de estrellas pensativas, brillantes. Y al final todo se resuelve, con una sintaxis espacial, casi mallarmeana, con la galaxia al fondo:
“Nada interrumpe la noche / que poco a poco recupera / su apariencia mineral / la niebla que propagó el fuego de la codicia / desvía su ojo denso / y un cielo de nubes dispersas / deja ver un halo de estrellas ingrávidas / casi virginales / en su oscuro universo”. En su obra se conjugan el fervor por el comienzo y el fin, la perspectiva del presente sobre el pasado, el papel de la memoria y la pasión por la búsqueda y el origen. Y en ese sentido conviene avanzar para seguir su lectura.
Poemas
El soplo del diablo 1
Se sienta sigiloso en un banco del paseo marítimo
donde espero el autobús
tiritando bajo la niebla
No me ronda un aliento mortal
sino ardientes esquirlas que enturbian el cristal del aire
mientras el gusano de la lengua se mueve
entre sus dientes
como señuelo de la siguiente presa
Empiezo a dormitar como sobre una espada,
peligrosamente,
él concentra su soplo
su cayado
su broche de diamante
yo me pliego a la amenaza y dejo el papel moneda
sobre la piedra
No basta. Vuela un poco más dice
abriéndose paso en mi cabeza
Al ver mis tarjetas borra el esfuerzo
y el dolor de media vida
y la piel que me impedía crecer cae al suelo
Ni el móvil ni el pañuelo bordado le convencen
su rosada lengua emerge
despidiendo una bocanada de azufre
cuando su pezuña hiende mi corazón
Mi entraña es ya el humo de su boca
Sobre las vetas del pedernal los objetos forman
una pequeña dote huérfana
que engrosan gafas lápices
borradores de poemas manuscritos
en una libreta con iniciales en relieve
Cortante, sin leerlos, insiste: No es eso,
y dice, apuntando su dedo
hacia la llave de casa: Ya nadie te espera
Nada nos revisita, pero algo regresa
lo que ya no nos ve desgrana su sueño
por el lugar vacío
Miro mi casa con gratitud
su forma de resguardarme
de las grandes palabras de añoranza:
“ayer” y “nunca más”
y cerrando los ojos acudo a la cita
El autobús no ha llegado
Nada interrumpe la noche
que poco a poco recupera
su apariencia mineral
la niebla que propagó el fuego de la codicia
desvía su ojo denso
y un cielo de nubes dispersas
deja ver un halo de estrellas ingrávidas
casi virginales
en su oscuro universo
Lirios
A los dos años le llevo flores
como si meciera a un niño enfermo
las alzo para colocarlas con cuidado
en el centro exacto de su tumba
los frágiles cuellos de los lirios
se ladean como los de los recién nacidos
sobre la fría piedra
Porque tenemos más cosas en común
con los ausentes que con los vivos
creamos el alma
ideando la sombra de un diálogo
La luz cenital de la luna en un cielo
cada vez más claro nos desnuda
como cada madrugada
pero hoy parece enarbolar una nueva plenitud
y brilla hasta que los pensamientos
se vuelven transparentes
Los veo deslizarse por mis hombros
y caer a tierra
Me agacho, recojo los restos
vulnerables como la seda antigua
y un viento ritual enseguida los esparce
por algún extinto lugar
como equivocados deseos
Bajada a Medellín
Suspendida en el aire; mirar, mirar, mirar, (…) contemplando la Tierra, como si contemplarla fuera mi forma personal de tener alma.
Sharon Olds
Los colores del mundo compiten
en intensidad ladera abajo:
el rojo de las mantas
de los vendedores ambulantes
a lado y lado de la carretera
el verde de las hojas de los platanales
que les ofrece su sombra
el amarillo de los frutos
entre cerámicas de oro ocre…
Pienso en los cuerpos quemados
de mis seres queridos
como si de ellos solo importara el alma
urnas agrupadas
cenizas esparcidas por la costa mediterránea
la deserción que queda de un ser amado
cuando los ojos reciben a través de la ventanilla del taxi
la paleta cromada
brillante bajo un cielo diáfano
Dentro del coche la tensión y la desconfianza
de desconocidos que comparten un transporte público
y se dirigen al mismo destino
los cuerpos presionados uno contra otro
los asientos que se clavan en el sexo
a cada bache
Sudamos y un olor agrio se expande
nebuloso
alguien abre una ventanilla
y un par de miradas agradecidas se cruzan
un instante
Allí encajonados parecemos ocupar
una simple palabra
un sujeto o un verbo que lidera la frase
un predicado sin sentido en sí mismo
que dirige su corazón a todos los lugares
o un signo de puntuación que el espaciado
del verso vuelve innecesario…
El aeropuerto queda a media hora
cuando un giro pronunciado obliga
a reacomodar las posturas
un bulto que nadie recoge cae al suelo
y con el golpeteo enervante del paquete
sobre la puerta trasera izquierda
el vehículo parece dirigirse hacia un exilio
de puntos de luz sin asideros
Veinte minutos después
las montañas dejan al descubierto
el apunte cada vez más definido de la ciudad
Ocasionales al principio
y luego más frecuentes
aparecen nuevos vendedores ambulantes
—tan parecidos a los de la salida del aeropuerto
que se dirían los mismos, venidos por algún atajo—
con plátanos tiestos macetas
empanadillas molas sombreros de paja
olorosas manzanas y melones cantaloup
que al principio alinean esporádicos
y amontonan al llegar a las afueras
Los hombros poco a poco se distienden
y el paquete desaparece del suelo
recogido por una mano anónima
Como nuestros primeros padres
alcanzamos la cueva tras una larga jornada de caza
bajo un mismo sol a plomo
una mujer espera al grupo
con un cocido humeante
y un lecho mullido de hojas
Veo a mi hombre cruzando el umbral deposita su trofeo
se sienta a mi lado junto al fuego
Llegamos a la ciudad a la cueva
a la conciencia hormigueante
de estar vivos
[1] Sharon Olds: Satán dice, Ed. Ígitur, Montblanc (Tarragona), 2001. Traducción y prólogo de Rosa Lentini y Ricardo Cano Gaviria.
[2] Libro incluido en Francisco Brines: Ensayo de una despedida, Ed. Tusquets, Barcelona, 2011, reed.
[3] Op. cit., pp. 297 y 299.
[4] Obra de la que su autora leyó fragmentos espléndidos en el Palau de la Música Catalana, de Barcelona, hace unos meses. El libro está editado por la Diputación de Málaga.
El pedagogo analiza la educación en la era de la covid-19 Carlos Skliar: “Volver a la escuela va a ser complicado por cómo están chicos y educadores” Dice que la educación exhibió en la pandemia su costado más burocrático, centrado en la tarea, resolución y evaluación. Y rescata que se haya eliminado este último término. La “tecnoeducación”, el papel de los docentes, el nuevo paradigma.
Bartolomé Welser, El Viejo, la cabeza de la poderosa familia de banqueros y comerciantes alemanes que colonizó Venezuela por casi dos décadas.
Durante una protesta contra el racismo en Río de Janeiro, Brasil, se alzaron pancartas que decían: “Las vidas negras e indígenas importan”Credit…Silvia Izquierdo/Associated Press
THE NEW YORK TIMES:
Orgullo marrón Jamás se me hubiera ocurrido hace unos años llamarme a mí misma “marrón”. En el imaginario colectivo racista en América Latina es un color asociado a la suciedad. ¿Es posible resignificar una palabra para reclamar una identidad?
Beber café en las ciudades del Eje Cafetero: morir de sed junto a la fuente
El café debe ser caliente como el infierno,
negro como el diablo,
puro como el ángel
y dulce como el amor.
Charles Maurice de Talleyrand
La identidad es un concepto manoseado del que, filosóficamente hablando, un porcentaje muy elevado de la población desconoce cómo se forma, de donde proviene y qué implicaciones tiene.
En principio somos un relato. Tal vez esa idea esté más extendida gracias a los libros del judío Yuval Harari. No obstante, saber de qué está compuesto ese relato, cuáles son las fuentes del Yo en cada tiempo y lugar, son reflexiones más específicas que no ocupan frecuentemente las inquietudes de nuestros intelectuales. De hecho, se nos llama constantemente a sentirnos colombianos, a estar orgullosos de haber nacido en Colombia, a comprar productos hechos aquí; pero, no sé cuántas personas de las que promueven estas campañas o de las que las siguen, tienen una noción clara de lo qué significa pertenecer, en este caso, a una nación, como rasgo de identidad.
Yo misma me he hecho esa pregunta muchas veces. Me la he planteado en la intimidad y también en algunos debates públicos, y tal vez en alguno que otro programa de radio en el que hablábamos sobre los 200 años de nuestra independencia. Y hoy lo vuelvo a plantear a manera de introducción del tema que quiero desarrollar: ¿Qué significa conceptualmente ser colombiano?, ¿qué caracteriza a los habitantes llamados del “eje cafetero”?, ¿qué significa haber nacido o vivir en la tierra del café?
La primera pregunta es más difícil de responder. Incluso desde los tiempos en que despuntaban los estados nacionales en Europa, ya se la hacía el filósofo francés Ernest Renan en su memorable texto “¿Qué es una Nación?”.
Ahora, en el caso de la región cafetera, de la cuál nuestra ciudad se arrogó el derecho de ser la capital un poco por asalto, podría ser más sencillo toda vez que nuestro relato está referido de manera muy importante al cultivo y consumo de este fruto estimulante, por demás conocido y de amplio uso en buena parte del mundo.
A nivel internacional decir Pereira o Risaralda tiene escasa relevancia, casi nula. Pocas personas, por no decir ninguna, identifican esta zona de la tierra en el exterior. Cosa distinta sucede con Colombia, cuya identidad, tristemente, está fuertemente asociada a la producción y consumo de drogas, y más recientemente a Pablo Escobar, flaco favor que le debemos a Netflix. Pero, una vez que has dicho que eres colombiano, para precisar de donde provienes es mejor y más efectivo decir: “yo vengo de la zona cafetera de mi país”.
Ahí sí, frente al Otro desconocido, se genera una referencia más precisa, un imaginario que se puede compartir. Por tanto, el solo hecho de enunciar esta referencia constituye un fuerte rasgo de identidad para los nacidos en estas tierras.
En tiempos de pandemia el concepto global asociado al café está en riesgo. Parte importante de su consumo se da en espacios públicos que han adoptado genéricamente el nombre de esta planta para designar su actividad, venta y consumo de bebidas aromáticas en las que se incluye también el té, sin que en ninguna parte del mundo se haya visto que un establecimiento de este tipo se llame “téería” o algo por el estilo.
La palabra café denota entonces muchas cosas. No sólo se trata de una planta o una bebida aromática reconocida en el mundo entero. Café significa una práctica. Decir “vamos a tomar un café”, es sinónimo de mucho más que ingerir un líquido oscuro. Quiere decir, y tácitamente se entiende así, compartir, disfrutar de un encuentro en un espacio público, llevar a cabo una cita romántica, de negocios, o de amistad.
Pero esta forma de esparcimiento y contacto social está amenazada por los virus, por este y por los que vendrán. La humanidad está ingresando a un ciclo de encierros forzosos en los que el gran perdedor será el compartir en lugares abiertos, el ser ciudadanos y ejercer como tal en espacios públicos.
Por otro lado, la economía mundial se ha visto fuertemente afectada a partir de esta pandemia de la Covid-19 y ya se habla oficialmente de una depresión económica. La peor parte en esta situación la llevaremos los países menos desarrollados. Si el cultivo de café ya estaba amenazado en la zona del eje cafetero en términos de comercialización del grano, y tuvo algún respiro con el turismo y la entelequia del Paisaje Cultural Cafetero, en un período tan difícil estas economías se resentirán aún más y tal vez los cafetales empiecen a desaparecer hasta convertirse tan solo en una lejana evocación.
Se los llevará el viento, que en estas tierras mece suavemente los guaduales. De ellos y del café, como dice el bambuco, no quedará ni siquiera el recuerdo.
Distintos expertos en el mundo coinciden en afirmar que la historia se aceleró bajo el impacto del Covid-19. Una de esas manifestaciones es el trabajo en casa. La otra son los negocios en internet. Por considerarlo de interés público, en La cebra que habla empezamos a reproducir una serie de recomendaciones de Marketing Digital de Melina Nogales, publicadas en principio en su blog https://eldigitalpreneur.com/
Crea un embudo de ventas: Tips infalibles de Marketing Digital en tiempos de Coronavirus
¿Has oído hablar del embudo de ventas? Si aún no, te haré un resumen.
Esta estrategia es ampliamente utilizada en el Marketing Digital, te permite guiar a tu cliente potencial por el camino que eventualmente lo llevará a la compra.
Se pone en práctica generalmente por el Email Marketing y en las páginas de destino, landing pages y el servicio al cliente- CMR, pero también en cualquier estrategia en el Marketing Digital.
Cuando generas un formulario de registro atractivo e incluso cuando generas una encuesta en tus redes sociales, además de construir un buyer persona, estás generando un embudo de ventas.
Para ampliar su efectividad, da algo a cambio a los usuarios, puede ser un bono, un descuento o un curso gratis.
Puedes aplicarlo a un cierto número de personas, en ciertas fechas o poner un contador con una oferta válida con tiempo limitado.
Igualmente, relaciona tu contenido con aspectos que atraigan y satisfagan las necesidades de los usuarios.
Procura ser honesto y busca conseguir los datos de contacto, los cuales serán efectivos en un futuro post-pandemia.
Si al principio no lo logras, al menos despierta su interés, que en el futuro sea el cliente quien te busque, a esto se le conoce como el Tope del embudo.
Funciona como la atracción física entre las personas. Te gusta alguien y buscas un contacto previo para obtener su número o al menos su @ en redes sociales.
Entonces tienes que insistir hasta que tengas una cita, después de varios acercamientos porque intentas conseguir lo que ya sabemos ja ja ja ja…
Pero ahora debes cargarte de paciencia para dicho encuentro directo/ face-to-face, debido al Coronavirus. Además de aguardar, debes mantener su interés, motivación y grado de excitación con algún par de tácticas de persuasión y fidelización 😜.
En Marketing Digital es lo mismo. Para ello debes imaginar un embudo compuesto por: atracción, conversión, compra y encanto.
Esto último significa sin sonar agresivo, después de conseguir que la persona que te gusta esté contigo, lo hiciste tan bien, pero tan bien, que decida repetir porque le gustó.
Y surgirán dos posibles escenarios. Uno en el que vuelva a ti sin mayores esfuerzos y el otro es que tú sólo tendrás que darle un pequeño empujón, para buscar más posibilidades de que siga regresando.
Aumentando la posibilidad de construir una relación que permanezca en el tiempo, y qué mejor que al final te elija a ti entre muchas opciones 😇.
Atracción: reconocimiento de un problema o necesidad de comprar y buscar más información por parte del comprador potencial.
Conversión: identificación de posibles soluciones y consideración de los productos y servicios disponibles en el mercado.
Compra: toma de decisiones de compra. Evaluación de precios, métodos de pago, descuentos ofrecidos.
Encanto: estar satisfecho con la compra y comenzar una relación con la marca. Compromiso espontáneo y divulgación entre sus círculos de amigos y familiares.
Para finalizar este post quiero comentarte que en Facebook han desarrollado una serie de alternativas, herramientas y proyectos, para apoyar a los pequeños emprendedores a través de Facebook Business.