Providencia después del diablo

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Bajo perfil 

El barrio Providencia tiene una capacidad que les envidio a muchas personas: pasar de agache.

Hay quienes asisten a una reunión de trabajo o a un evento social y se funden con el escenario. Por eso nadie les pide nada en las primeras y pueden emborracharse y bailar sobre una mesa en los segundos.

No quiere decir que la gente no sepa que están allí, pero por alguna extraña razón a pesar de no tomar la iniciativa no le estorban a nadie y, en cambio, le caen bien a todo el mundo.

Así es el barrio Providencia. Se encuentra a escasas cuatro cuadras del Parque Olaya y a menos de una del nacimiento y desembocadura de la despelotada Avenida Sur, o sea, está en nuestras narices, pero no le interesa que lo sepamos. El último baño de popularidad que se dio Providencia con gente de otros barrios, fue por los días en los que se propagó el rumor de que en su interior quedaba la casa del Papa Negro o, mejor dicho, el homólogo del  sumo pontífice en la tierra, solo que en representación del viruñas. Era inevitable pasar por las calles del calmado barrio y preguntarse en cual de aquellas casas coloridas podría vivir un personaje tan oscuro y de lo curioso que podría resultar verlo comprar una bolsa de leche en la panadería Peter Pan.

Pero el embajador de las tinieblas ya no está.

O al menos no tan cerquita de nosotros. Se llevó sus buenos poemas a las profundidades, porque quienes lo conocieron afirman que fue un escritor competente. De modo pues, que después de que aquel embajador de la paila partió, Providencia volvió a su zona de confort. La de su bajo perfil y para felicidad de Dios, la capilla del barrio en la que se celebran misas llenas de música, recobró su tradicional protagonismo.

La iglesia de ladrillo a la vista ubicada en la mitad del parque es una de las más taquilleras.

La gente del barrio asiste disciplinadamente a los sermones. Se atiborran al interior del templo por lo que, en las noches de domingo, se puede ver a muchos parados sobre las escaleras que anteceden el portal, tratando de escuchar alguna cosa. Otros, se dan cita en las bancas del parque y allí parecen ser presa del sueño. El olor a arepas recién hechas se mezcla con el de los árboles. Dos señoras agitan vigorosas una china tratando de avivar la chispa agonizante bajo los carbones.

Frente a ellas, los conductores detienen la marcha para comprar la última cena de la semana.

Un almuerzo providencial

Caminamos desde el supermercado La 14 hasta el Barrio Providencia. Es medio día y el sol perpendicular al suelo, evita que los alerones de las casas nos brinden su sombra. De modo que tenemos que caminar bajo un calor húmedo y constante. Llegamos por fin a una falda llena de restaurantes que es el principal contacto que Providencia tiene con el mundo exterior. Chuletas, fríjoles, papas, pollo frito, apanado, pandebonos, pescado y arroces de todos los tipos, se ofrecen a quien pase caminando o manejando falda arriba.

Nos detenemos en un restaurante que promete vender deliciosos almuerzos. Se trata de bandejas alargadas con fríjoles, chuleta, arroz y ensalada y otros ingredientes apretujados antecedidos por un plato hondo de sopa. Este tipo de lugares siempre tienen un televisor que ubican frente a los comensales en el que pasan las noticias.

Quienes llegan acompañados conversan; quienes no, se sientan de modo que puedan mirar alternativamente la pantalla y su plato. Entre cucharada y cucharada, los periodistas nos cuentan que el país se desploma, pero el anuncio del mesero de que podemos repetir jugo parece compensar, al menos por un momento, la amargura nacional.

Media hora después, con más energía en el cuerpo, pero con el mismo calor, caminamos hasta lo más alto de la falda de los restaurantes, donde uno puede girar a la izquierda y volver al caos infernal de la avenida o puede girar a la derecha y sumergirse en la calma celestial del parque en el que todos reposan el almuerzo. También puede seguir en línea recta hasta encontrarse a pocos metros una pequeña estatua de la virgen de Fátima, que tiene una visión privilegiada de toda la calle 21. Desde allí, ve a todos los carros pasar sin ser advertida. Hay que ser de Providencia para saber que detrás de ella hay un par de bancas rojas y olvidadas desde donde podemos beneficiarnos de tan cómoda perspectiva.  

Felices pero desapercibidos 

Providencia está lleno de viviendas coloridas de aquellas que ya nadie fabrica, con patio, baños espaciosos y corredores anchos. Casi todas las casas tienen ventanas por las que seguramente se recibieron muchas serenatas y que hoy permanecen cerradas con candado tras una estructura de barrotes. Sin embargo, el barrio es calmado y la gente parece vivir a gusto allí. Los vecinos son alegres y contrario a lo que sucede en otros puntos de la ciudad, se conocen entre sí.

Cerca, muy cerca de los límites del vecindario, una vía serpenteante lleva al barrio Boston, pero una delgada capa de vegetación en lo alto de un barranco hace las veces de cortina natural, de modo de que quienes pasan por aquella carretera, lo hacen sin percatarse de que están pasando a pocos metros de Providencia.

La vida comunitaria sigue siendo muy importante. Las reuniones de vecinos para tratar asuntos de interés colectivo son frecuentes, así como los corrillos en algunas esquinas en los que se juega parqués. Esto ha derivado en un lugar sano para vivir en el que la gente convive de manera armónica.

Algunos exclaman como agradeciéndole al cielo: ¡Es que esto es muy amañador por aquí!

Eso es Providencia, un lugar feliz pero desapercibido. Pasar de agache mientras sigue construyendo su universo personal es su secreto. Aprendió a estar cerca de todo, pero fundirse con el paisaje, para ser visto solo por sus moradores. Así lo hace la virgen de Fátima al final de la calle desde donde contempla aliviada que ningún metiche se detenga a quitarle la paz. Y es que el mismísimo diablo, infame como es, alguna vez envió a su representante en la tierra, tratando de condenar al barrio a la fama.

Por poco lo logra.

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