Purembará, un resguardo ‘cuarentón’ con más de 500 años de historia

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El territorio en Mistrató que habitan los indígenas Embera Chamí desde tiempos anteriores a la llegada de los españoles, deben  administrarlo ahora con gran responsabilidad,  en esta época  de cambios climáticos y desarrollo sostenible.


 

Fotografías: Elizabeth Pérez P.

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“Hemos sobrevivido porque hay un pensamiento diferencial”: indígenas Embera Chamí

 

Siglos de historia

Caminaron jornadas de cuatro, cinco, seis horas.

Surcaron las agrestes montañas de la cordillera oriental, un amplio territorio que atraviesa el sur occidente del departamento de Risaralda y  bordea con Antioquia y Chocó, para llegar puntuales a la cita que tenían prevista para el 25 de agosto en Purembará, resguardo indígena unificado Embera Chamí, sobre el río San Juan en  Mistrató.

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Fotografía Jess Ar

Sonaron tambores, guitarras, raspas, y claro, también los fututus, uno de los instrumentos autóctonos que canta el pensamiento indígena.

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Las mujeres, ataviadas con sus mejores galas: vistosos y colores vestidos, con sus faldas de prenses plisados, que cada una de ellas cose a mano.

Y sus cuellos adornados con los tradicionales collares de chaquiras –que antes elaboraban con semillas de la selva pacífica-, que guardan en cada pepita el significado de sus vidas.


Sus rostros, amables y adustos a la vez, lucían pictogramas pintados para la ocasión en cada uno de sus pómulos, la nariz y la cumbamba.

Los convocó la conmemoración de los  39 años  del reconocimiento del resguardo, “de la autoridad tradicional indígena del  territorio ancestral, Dachi Drúa”,  por parte del Estado colombiano.

Ese territorio que habitan desde tiempos anteriores a la llegada de los españoles a América, saben que ahora son los responsables de administrarlo, en esta época moderna en que se habla de cambio climático y desarrollo sostenible.

Fotografía Jess Ar

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Su cultura ancestral, permeada por las costumbres, los desarraigos, y hasta malas prácticas occidentales, como la deficiente disposición de las basuras
, lucha por sobrevivir.
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Fotografía Jess Ar


La resistencia indígena, como ellos la nombran, es palpable en este paraje montañoso,
alejado de centros urbanos y de comercio, y al que sin embargo llegan a lomo de mula y de sus propias espaldas, una variedad inusitada de productos ofrecidos en pueblos y ciudades.

Una muestra es la prevalencia de su lengua materna, que hablan todos ellos, y algunos visitantes e invitados.

También se entienden en español, sin traductores, como sí los necesitamos para relacionarnos con ellos quienes apenas empezamos a conocerlos.
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“La cultura no se acabó. Está presente”, dijo una de las líderes embera, durante el acto protocolario de conmemoración, en el que estuvieron presentes distintas autoridades civiles y administrativas del municipio de Mistrató y del ámbito nacional.

 

 

Ritos,  danzas y comida.

El festejo inició con un rito dedicado a la protección de los bosques, los ríos, los truenos… en fin, a la Madre Tierra, a la naturaleza, elementos reunidos en el nombre Jaibaná, al que le cantaron y le ofrendaron  con inciensos de plantas nativas de los bosques de esa selva tropical del Chocó biogeográfico que habitan.

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Siguieron las danzas. Cada vereda trajo su representación. Bailaron al ritmo de tambores, con pasos armoniosos y coreografías propias de su cultura.
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Mientras tanto, a un costado de la improvisada maloca principal, construida con guadua y plásticos, María Elba Ciágama, que viajó desde la vereda Geguada, ofrecía a los asistentes una pequeña muestra de la gastronomía autóctona: un gajo de ramas de yuyo, un aderezo culinario propio de esas tierras; iracas, una especie de tamal de exquisito sabor; frijol chengue, una variedad de esta leguminosa cultivada por ellos;  envueltos y chicha de maíz.

A su lado, Luis Carlos Chicamá y María Edilma Nariquiasa exhibían los canastos que trajeron de la vereda Gete Alto. “Son el canasto coro y tiza”, me dijeron. Un bejuco es la base del tejido. La cargadera es la corteza de un árbol, tan resistente que les sirve para terciársela en la frente y caminar largas jornadas con los menajes que llevan a pie para sus casas.

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También rindieron homenaje a sus símbolos culturales propios.  Todos de pie, custodiados por la guardia indígena, cantaron el himno que refuerza su identidad cultural.

Entrada ya la noche, conversaron, bebieron, bailaron y cantaron hasta el amanecer.

Fotografía Jess Ar


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