miércoles, abril 29, 2026
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El cineforo: otra forma de leer


Las historias de la vida real son tan buenas como las que nos muestra el cine.


 

Corría el año 1970, tal vez era octubre porque en la televisión nacional habían anunciado algunas películas especiales para Halloween que serían presentadas los días sábados después de las diez de la noche. Tengamos en cuenta que durante esos años la televisión colombiana transmitía desde Bogotá a través del único canal que existía. Iniciaba transmisiones a eso de las cuatro de la tarde y terminaba como a las ocho de la noche y solo los días sábados se atrevía a transmitir una que otra película de terror, pasado el misterioso umbral de las diez.

Era un niño muy pequeño y había prometido ser el mejor de la clase, aunque fuera por una semana, con tal que mí padre me dejara ver el sábado el especial de terror de la televisora nacional. El título era magnífico: “Frankenstein 1970” y aunque fue filmada en 1958 por Howard W. Koch se inspiró en el libro de Mary W. Shelley.

Confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos que salí corriendo apenas vi la primera escena donde aparecía una chica rubia huyendo de un monstruo encorvado y con largas garras, la chica tropezó con una rama caída y el monstruo le ganó terreno. No pude ver más. “Huí rápidamente por la izquierda” como decía el gran Leoncio el León, caricatura infantil de los años 70´s , y rápidamente me metí en la cama temblando, la historia completa está en mi libro “Crónicas de pantalón corto” página 51.

 

Imagen extraída de: CubaSi

 

Pues bien, la criatura del doctor Frankenstein ha existido en múltiples versiones cinematográficas que han desfigurado el ingenioso argumento que creara Mary Shelley, la esposa de uno de los poetas más importantes de Inglaterra, Percy Bysshe Shelley. En una ocasión los esposos se reunieron con George Gordon Byron (Lord Byron) y el secretario de este escritor llamado John William Polidori en una hermosa cabaña en Suiza donde una terrible tormenta les dejó atrapados varios días, y para pasar el tiempo, (no existía el Whassapp, ni Netflix, ni nada de nada) se retaron a escribir algunos relatos para ver cuál era el mejor.

Resultó que ganó la novela que Mary bautizó como “Frankstein o el nuevo Prometeo” y que aborda el tema de la reanimación de cadáveres gracias al recién descubierto fenómeno de la electricidad por el año 1816. El cuento que escribió John William Polidori también ha trascendido la historia con el título de “El Vampiro”.

Las historias de la vida real son tan buenas como las que nos muestra el cine. Y aunque suene a frase de carpintería: “La realidad a veces supera la ficción”.

Por ejemplo: Abraham “Bram” Stocker escribió la primera parte de Drácula para abrir una obra de teatro y convirtió a su autor en uno de los grandes narradores de la literatura.  De su personaje se han realizado infinidad de películas protagonizadas por docenas de actores que se han puesto la capa del vampiro (Max Schreck, Bela Lugosi, Cristopher Lee, Gary Oldman y Luke Evans), pero muy pocas de estas producciones se acercan al verdadero argumento original. Es decir, amigos, que el cine ha realizado grandes esfuerzos para acercarnos a la literatura. El cine encuentra en las novelas universales un tesoro gigantesco que siempre nos sorprenderá.

 

Image extraída de: Irishcentral

 

Sin embargo, ver la película no es lo mismo que leer el libro original. Es cierto que muchas películas se acercan con gran éxito a lo que el escritor quiso contar desde su manuscrito, pero en las adaptaciones se pierden detalles que solo en la versión escrita encontraremos. Ahora bien, sucede que vamos al cine, pagamos la boleta, compramos las crispetas con la gaseosa, se apaga la luz, pasa la publicidad, sigue el cortometraje de rigor e inicia la película.

Vemos la proyección y la obra cinematográfica produce algunos sentimientos en los espectadores. Se acaba la película y nos vamos para la casa muy contentos, o muy aburridos, o muy pensativos y listo, se nos borra la película de la mente hasta que alguien nos pregunta si nos gustó, o qué nos pareció, o la traemos a colación en diferentes espacios de conversación.

Pero… para entender una buena película y para ir más allá del solo verla y listo, debemos buscar un espacio dedicado a la comprensión, análisis y conversación sobre el cine y la literatura que le acompaña, y ese espacio se llama cine foro. Un cine foro es una estrategia participativa donde alrededor de una película se aprende sobre la obra literaria que la inspiró.

Un cine foro sirve a profesores para apoyar las actividades académicas en las que se aprende sobre argumentación, literatura, significados, autores, memoria comprensiva, la didáctica y las conclusiones que nos sirven para aplicarlas en la vida cotidiana. El cine foro amigos, nos permite “leer” de otra manera a los grandes clásicos de la literatura universal y sus contenidos, las problemáticas y soluciones argumentales ingeniosas.

 

Foto extraída de: Facebook.

 

Pero recuerde una cosa: Ver la película no es leer el libro. Lo invito a la Biblioteca Pública Ramón Correa Mejía para que busque con los asesores estos dos libros que he mencionado al inicio del artículo: Frankenstein o el nuevo Prometeo de Mary W. Shelley y Drácula de Bram Stoker.

Así que los espero en el cine foro para disfrutar de los clásicos de la literatura y del cine de dominio público, todos los jueves del año a las 5:00 de la tarde en la sala de audiovisuales en el tercer piso del Centro Cultural Lucy Tejada. No tiene costo, no hay que inscribirse en ninguna parte y no se reclaman boletas en ningún lado. Basta que tenga la voluntad y los deseos de ver buen cine y charlar un rato sobre la película.

Si desea saber más puede escribirme a [email protected]. o en la parte posterior de esta entrada. Estoy seguro que empezará a ver el cine de una manera más profesional.

 

Discurso del Presidente Federal, Frank-Walter Steinmeier, con motivo del 9 de noviembre

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Discurso del presidente federal de alemania Frank-Walter Steinmeier, traducido por la periodista Juliana González Ríos


 

Alemania en claroscuros

Qué cambio tan radical debió anunciar Philipp Scheidemann a la muchedumbre en las calles, ese 9 de noviembre de 1918, aquí en este lugar, desde una ventana del Reichtag

¡La caída del imperio, el fin de un orden monárquico centenario, el inicio de un futuro democrático para Alemania!

Qué llamado en los últimos días de la guerra .Qué mensaje para los hombres y mujeres cansados y demacrados, en un país marcado por la guerra, para las ciudades, para los batallones, para las empresas donde se extendían como fuego los motines y las huelgas colectivas, en medio de un ambiente explosivo de protestas, hambruna e incertidumbre.

Finalmente la paz. Por fin llegaba la autodeterminación política y la equidad social. Era la promesa de cada una de aquellas palabras. Una luz en aquel nublado día de noviembre.

 

La Revolución.

A pesar de su improvisación, ella marca una ruptura profunda en la historia alemana.

¡Qué despertar a la modernidad!

Muchas de sus conquistas definen hoy a nuestro país, a pesar de que no tengamos conciencia de esto en lo cotidiano. La revolución trajo a todos los parlamentos alemanes, el derecho al sufragio universal: finalmente y por primera vez también para las mujeres.

La revolución allanó el camino para la celebración de la asamblea nacional de Weimar, para la primera constitución republicana, para la democracia parlamentaria, la primera en la historia de nuestro país.

Esta revolución también sentó las bases del estado social de derecho moderno: jornadas laborales de 8 horas, acuerdos salariales, participación de los trabajadores a través de los comités empresariales. Todos avances sociales, que empezaron en medio de las confusiones de la posguerra.

Pero a pesar de esto, la revolución ha dejado pocas huellas en los recuerdos de nuestra nación. El 9 de noviembre de 1918 está en el mapa mental de los lugares de nuestra memoria, pero nunca encontró un lugar propio. Es el hijo adoptivo de nuestra historia democrática. También por la ambivalencia que supone el 9 de noviembre: un día de luz y sombras. Especialmente porque aquella democracia, que entonces empezaba, la recordamos más por su final que por su inicio.

A veces me parece que aquel hito histórico estará para siempre bajo la sombra del fracaso de la república. Como si ese 9 de noviembre fuera desacreditado y humillado en manos del 30 de enero de 1933.

Sí, el final de la república de Weimar nos conduce al más tenebroso capítulo de la historia alemana. Pero la democracia históricamente no ha fracasado, históricamente quienes han fracasado son los enemigos de la democracia.

La exacerbación del nacionalismo, la dictadura, la ideología deshumanizadora de los nacionalsocialistas han recubierto a Europa con guerra y delitos abominables. Han arruinado moral y políticamente este país. Para nuestra suerte recibimos una nueva oportunidad de autodeterminación reunificados y libres. Y esa oportunidad se convirtió en realidad. Ella, la república, se ha afirmado históricamente. Y a eso, cien años después, podemos aferrarnos y yo agregaría: celebrar.

Por supuesto que aquella revolución fue desde el primer día una paradoja, una revolución contradictoria. Su historia no se puede contar de manera lineal.

 

¿Pero qué historia alemana lo permite?

La contradicción de la revolución se reveló el mismo 9 de noviembre, cuando Karl Liebknecht, el líder de la Liga Espartaquista, lanzó el grito de la República, solo dos horas después de que lo hiciera Philipp Scheidemann.

Friedrich Ebert quiso impedir sobre todo el caos, una guerra civil y una toma militar del poder de los triunfadores. Él estaba movido por el deseo de dar trabajo y alimento a la gente. El Consejo de los Comisarios del Pueblo vio bien reducida su capacidad de maniobra en esos meses turbulentos, en el torbellino de las fuerzas radicales de izquierda y de derecha.

Y sin embargo, los Comisarios del Pueblo, deberían haberse atrevido a más cambios de lo que ante sus ojos consideraban su responsabilidad. Demasiados de los enemigos de la joven república conservaron sus cargos en la milicia, la justicia y en la administración.

Con seguridad, ante los intentos de la izquierda radical de obstruir por la fuerza las elecciones de la asamblea nacional, debieron los Comisarios del Pueblo rodear con determinación a Friedrich Ebert.

Pero nada justifica que se hubiera permitido sin restricciones de facto la brutalidad de los nacionalistas cuerpos francos. Muchos fueron asesinados, entre ellos Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht.

Hoy queremos rendir tributo también a todas las víctimas de aquellos días.

Sí, esa revolución fue también una revolución con equivocaciones y esperanzas rotas. Pero es el mayor logro del movimiento obrero moderado que en un clima de violencia, en medio de la necesidad y la hambruna, buscó un compromiso con las fuerzas moderadas de la burguesía, que priorizaron la democracia parlamentaria.

El 9 de noviembre de 1918 es un hito de la historia de la democracia alemana. Éste marca el nacimiento de la república en Alemania. Éste marca el avance de la democracia parlamentaria.

Y por eso merece un lugar privilegiado en la cultura de la memoria de nuestro país.

Porque quien hoy crea que nuestra democracia es en el entretanto una obviedad, y este Parlamento una convención, como si se tratara de un mueble viejo, ¡Vaya y revise aquellos días! No, este parlamento no es una obviedad ni tampoco una cuestión marginal. Es una hazaña histórica, y por esta hazaña, por esta herencia debemos luchar: en cualquier lugar, pero sobre todo en esta casa.

En la República de Weimar el 9 de noviembre no logró consolidarse como la fuerza simbólica del mito fundacional. Incluso los republicanos más decididos no quisieron entregarse de cabezas a una revolución, cuyo despertar fue turbio, como lo escribiera Theodor Wolff en el Diario de Berlín a propósito del primer aniversario de la revolución.

En vez de promover la unidad, el recuerdo del 9 de noviembre polariza ideológicamente a la sociedad. Para una parte de la izquierda radical esta fecha simboliza la aparente traición a la clase trabajadora. Para los enemigos de derecha de la república, fue su mentira de “puñalada por la espalda”, la supuesta traición a los frentes de batalla.

No fue casualidad que Adolf Hitler precisamente el 9 de noviembre de 1923, en Múnich, lanzara su primera andanada contra la república, aquel “sistema antialemán”, cuyos representantes convencieron  a las masas con un odio asesino.

Especialmente fue la bandera de la república, la que sus enemigos tuvieron en la mira y que siempre mancharon. Negro-rojo-dorado, Los colores del movimiento de liberación desde el Festival de Hambach de 1832. Esto en sí mismo debería ser motivo suficiente para sacar del pozo de la historia al 9 de noviembre de 1918.

Quien hoy desprecia los derechos humanos y la democracia, quien azuza de nuevo el viejo odio nacionalista, ese ¡no tiene ningún derecho sobre el negro-rojo-dorado!

La revolución de 1918/1919 fue la entrada a la democracia, a un experimento con desenlaces imprevisibles. Hoy sabemos del peso que tuvieron que cargar sobre sus hombros aquellos contemporáneos que ensayaron la democracia en el reino y en las regiones.

La guerra perdida y su herencia sangrienta de violencia, las consecuencias del Tratado de Versalles, las turbulencias de la crisis económica y la inflación, la hambruna y la miseria masiva. Todo esto sobrecargó a la República de Weimar y ocasionalmente también la abrumó.

Pero sobre todo fue la larga tradición del pensamiento antiliberal lo que envenenó la cultura política de la república. Intelectuales como Carl Schmitt emprenden contra el pluralismo de intereses de la “sociedad moderna de masas” y condenan los compromisos tácticos y las coaliciones de la llamada “clase” política. Representantes de la izquierda radical critican a parlamentos y gobiernos de ser instrumentos de dominio de la “clase burguesa”.

Si nos fijamos en esas impugnaciones, tendremos conciencia del impresionante desempeño de aquellos, que en aquel entonces llevaron el peso de la responsabilidad política: que sacaron adelante una constitución democrática, que modernizaron los sistemas de justicia y educación, que se preocuparon por la construcción de viviendas y el seguro de desempleo, que permitieron que floreciera la cultura y la ciencia y, que durante esos años de crisis políticas internas y externas condujeron las muy frágiles coaliciones: el Canciller del Reich y ministros como Hermann Müller, Gustav Stresemann o Matthias Erzberger, parlamentarios como Marianne Weber, Helena Weber, Ernst Heilmann, Marie Elisabeth Lüders o Marie Juchacz.

Muchos de ellos están hoy en el olvido. También en la justicia y en la administración demócratas convencidos apoyaron el estado constitucional. Profesores de derecho constitucional como Hugo Preuss, padre de la constitución imperial de Weimar; Gerhard Anschütz, Richard Thoma, Hermann Heller o Hans Kelsen desarrollaron ideas, que aún hoy nos inspiran. Científicos como el economista clásico Moritz Julius Bonn o el teólogo Ernst Troeltsch promovieron el pensamiento liberal.

Muchos de quienes se comprometieron por la causa de la república fueron despreciados, ignorados, y atacados por los enemigos de la democracia. Líderes políticos como Erzberger y Walter Rathenau fueron víctimas mortales de ataques de la extrema derecha con motivación antisemita.

¡No sigamos afirmando que la república de Weimar fue una democracia sin demócratas! Esas mujeres y hombres valientes estuvieron demasiado tiempo en la sombra de la historia por el fracaso de la democracia de Weimar.

Yo creo que les debemos respeto, admiración y gratitud.

La mentalidad y el accionar de los demócratas weimarianos tienen un efecto más allá de la primera república. Las madres y los padres de la República Federal, quienes estuvieron influenciados por la era de Weimar, pudieron, después de 1945, construir a partir de aquellos conocimientos y aprender incluso de los errores de ese tiempo. En palabras de August Winker, “Que Bonn no haya sido Weimar se lo debemos al hecho, de la existencia de Weimar”.

Yo quiero extender sus pensamientos a nuestro Berlín actual. Sí, vivimos en tiempos donde la democracia liberal se encuentra bajo presión, tiempos en los que sus adversarios tienen mayor autoestima y levantan la voz. Pero cuando ocasionalmente entre murmullos se advierte sobre “comportamientos weimarianos”, yo los rechazo con vehemencia. Porque de lo contrario empequeñeceríamos nuestra democracia mientras acrecentamos a sus adversarios más allá de lo que son.

Y en ambos casos no hay motivos para hacerlo.

Ahora, cuando recordamos a aquellas valerosas mujeres y hombres de ese entonces, cuando recurrimos a sus experiencias, entonces tengo esperanza: no solo en la fortaleza y solidez de nuestras instituciones, sino que también nosotros, como demócratas, podemos aprender de aquellos que nos precedieron. La libertad, el estado de derecho y la democracia son nuestra herencia de esas madres y padres.

¡Tengamos la confianza para reclamarlas, y cuidémosla la  manera inteligente y atenta!

El 9 de noviembre los alemanes recordamos tanto la luz como la sombra de nuestra historia. Este día es el día de las contradicciones. Un día iluminado y oscuro. Un día que nos exige algo que siempre pertenecerá a la mirada del pasado alemán: la ambivalencia del recuerdo.

Hace exactamente 80 años, en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, ardieron las sinagogas en Alemania. Negocios de judíos fueron saqueados y destruidos. Cientos de mujeres y de hombres fueron asesinados por los nacionalsocialistas, se suicidaron o murieron como consecuencia de las torturas de los campos de concentración.

Esos Pogromos, en aquel entonces evidentes para todos, fueron un precursor de la persecución y eliminación de los judíos europeos. Representan la inigualable fractura de la civilización.

 

 El derrumbe de Alemania en la barbarie.

Hoy recordamos a las víctimas del nacionalsocialismo, y somos conscientes de nuestra responsabilidad: la misma que no conoce punto final.

Este 9 de noviembre nos pone, de manera compacta en una sola fecha, frente a la más difícil y dolorosa pregunta de la historia alemana: Cómo pudo ser que el mismo pueblo, que el 9 de noviembre de 1918, se atrevió a lograr la autodeterminación democrática, que en los años siguientes celebraría tantos avances para la humanidad, que escuchaba sinfónicas en las salas de conciertos y en sus clubes nocturnos bailara swing, cuyos científicos recibieron premios Nobel, cuyos trabajadores construyeron barrios obreros, cuyos artistas rompieron con las tradiciones, cuyas películas deslumbraron al mundo entero, cómo pudo ser que ese mismo pueblo, pocos años después, ayudara  en las urnas  por mayoría  a los enemigos de la democracia, convenciera a sus vecinos europeos de ir a la guerra, mirara para otro lado, o incluso celebrara o colaborara para que los vecinos judíos de su propia calle, los homosexuales, los enfermos mentales fueran echados de sus propias casas, fueran acorralados por los esbirros de un régimen criminal que encerró familias judías en vagones de ganado y mandó a las cámaras de gas a los padres y a sus hijos.

Esta es la pregunta más difícil y más dolorosa de la historia alemana. La respuesta no la resolverá por nosotros ningún congreso de historiadores. La respuesta no puede ser contenida solo en las palabras. Solo la podemos obtener a través de nuestras acciones.

Ese recuerdo que solo hace mover nuestros labios durante las conmemoraciones pero que no modela nuestro accionar, ese recuerdo se convierte en ritual.

En el peor de los casos, lleva incluso al resentimiento, al distanciamiento entre las conmemoraciones oficiales y la cotidianidad, a la sensación entre los ciudadanos, sobre todo entre la gente más joven que dice: “¿Qué tiene que ver esto conmigo?”

Respetados Parlamentarios, queridos invitados, en nuestro accionar debemos demostrar que nosotros, los alemanes, realmente hemos aprendido, que nos hemos vuelto  de verdad atentos a lo que ocurrió en nuestra historia.

Tenemos que actuar allí donde la dignidad del otro sea maltratada .Tenemos que contrarrestar la aparición del lenguaje del odio. No podemos permitir que algunos quieran creer que ellos son los únicos que pueden hablar en nombre del “verdadero pueblo” mientras discriminan a los demás. Tenemos que oponernos cuando grupos de personas sean declarados chivos expiatorios, cuando personas por su religión o color de piel sean puestas bajo sospecha, y no nos rendiremos ante nuestra lucha contra el antisemitismo.

Tenemos que evitar que grupos de personas se atrincheren y se alejen los unos de otros.

¡Tenemos que levantarnos y acercarnos! ¡Tenemos que procurar que esta sociedad se mantenga en diálogo consigo misma!

Y también esto: tenemos que luchar nuevamente por mantener a Europa unida, tenemos que luchar por un orden internacional, el mismo que es cuestionado incluso por nuestros socios.

Pues a esta unidad europea y a este orden internacional le debemos que nosotros, los alemanes, volvamos a ser un pueblo, que política y económicamente haya salido adelante, que en su gran mayoría quiera vivir de manera cosmopolita y europea, que sea respetado e incluso apreciado por muchos en el mundo, que pueda disfrutar de las sinfonías en sus salas de conciertos, y que en sus clubes nocturnos si bien hoy no bailarán swing si lo harán al ritmo de la electrónica, cuyos científicos vuelven a recibir premios Nobel, cuyos atletas rompen records, y cuyas empresas y universidades atraen a los jóvenes de todo el mundo. Sí incluso, y eso me alegra de manera particular, muchos vienen de Israel.

Que seamos merecedores de esta gran suerte por nuestras acciones, esa es la verdadera misión de este tiempo. Y este cometido se dirige a cada alemán, más allá de los actos conmemorativos.

 

 ¡Aceptemos esta responsabilidad!

Berlín no es ni será Weimar. Los peligros del ayer nos son los peligros de hoy. Quien amenace con el regreso de los mismos, podría perder de vista las nuevas amenazas.

Pero la memoria pude aguzar la vista ante nuevas impugnaciones. Y éstas existen.

Tan poco como la democracia tenía el 9 de noviembre de 1918 su fracaso asegurado, así de poco, cien años después, tiene su éxito garantizado.

Observamos un creciente malestar frente la democracia partidista que llega hasta la médula de nuestra sociedad. Experimentamos cómo algunos quieren dejar de reconocer en los parlamentos los lugares para hallar las soluciones políticas.

No todas esas personas son contradictoras de la democracia, pero sí le fallan a la democracia. Especialmente la historia de la República de Weimar muestra qué tanto necesitan los ciudadanos, que ya están preparados, asumir responsabilidades, de confrontarse con las dificultades de la política democrática, porque creen en su valor.

Yo deseo que hoy, en el centenario de la democracia parlamentaria, de ser posible que muchas personas en nuestro país no solo reconozcan su valor, sino que también saquen de allí la fuerza, reciban el coraje para que se impliquen por y para la democracia.

Porque valor se necesita aún hoy. Pero obtenerlo, es hoy afortunadamente mucho más fácil que durante la primera democracia, la de 1918.

Pero el valor de los individuos no es suficiente. Necesitamos hechos que nos conecten.

Puesto que percibimos grandes fuerzas centrífugas que arrastran a nuestra sociedad, y vemos cómo las diferencias se profundizan, no solo las económicas sino también las culturales. Todos tenemos una profunda necesidad de un hogar, de cohesión social, de guía. Ahí juega la mirada al pasado propio un papel muy importante. Cada pueblo busca un sentido y una conexión con su historia.

 

¿Por qué tendría que ser diferente para los alemanes?

Necesitamos de los recuerdos. Por esto es que hoy es un día importante. El 9 de noviembre sí nos puede orientar, pero no ofrece  claridad.

No se puede fundar esta República Federal sin las catástrofes de dos guerras mundiales, sin el delito de lesa humanidad de la Shoá.

Éstas son piezas integrales de nuestra identidad.

Pero, la República Federal no solo se explica con los negativos, no solo desde “¡el nunca más!”. No la podemos justificar sin las múltiples y profundas raíces de las aspiraciones democráticas y de libertad, que existen hace décadas y sobre las que se pudo erigir la República Federal, luego de 1945.

Lo sé: es difícil cargar ambas en el corazón. Pero ¡tenemos derecho a intentarlo!

Podemos estar orgullosos de esa tradición de libertad y democracia, sin perder de vista el abismo de la Shoá. Y podemos estar conscientes de la responsabilidad histórica con la ruptura de la civilización, sin negarnos la alegría de lo afortunados que somos en nuestro país.

Sí. Tenemos el derecho a confiar en este país, a pesar o quizás porque ambos lo conforman. Pues llevamos ambos en el corazón. Esta es la esencia de nuestro patriotismo ilustrado. No se trata ni de coronas de laureles ni de coronas de espinas. Tampoco es ruidoso ni rampante. Es un patriotismo en voz baja y con sentimientos mezclados.

Algunos pretenden verlo como una debilidad. Especialmente aquellos que ofrecen un nuevo y agresivo nacionalismo. Yo siento todo lo contrario. El nacionalismo recubre de oro el propio pasado, supone el triunfo sobre el otro. El nacionalismo, aún el nuevo, promete el antiguo orden sagrado, que nunca existió.

Un patriotismo democrático no es ninguna almohada abullonada, sino un estímulo permanente. Una motivación para todos aquellos que no proclaman que “los tiempos pasados fueron mejores”, sino para aquellos que dicen: “queremos y podemos construir un mejor futuro”. Esta es la confianza de los demócratas y esa debería ser nuestra actitud.

Confianza han demostrado tener las mujeres y los hombres que transitaron el largo camino a la unidad, al derecho y la libertad de nuestro país.

Los pioneros en tiempos de la Revolución Francesa, la efímera República de Maguncia, en la liberal Vormärz[1], durante la revolución de 1848 y en la Paulkirche de Frankfurt[2], cuyo espíritu no solo atravesó la Constitución de Weimar sino que está presente en nuestra actual Ley Fundamental.

Y cuando miramos bien, descubrimos entonces los inicios de la autodeterminación y de la división de poderes. Inicios que se remontan hasta el medioevo, al orgullo de la ciudad imperial libre o las ciudades hanseáticas, el ansia de libertad de los campesinos, o la antigua constitución imperial.

La misma, que para sorpresa de ustedes, fue la que inspiró a los padres de la constitución americana.

Recordamos también a aquellos, quienes durante el imperio, durante la República de Weimer, en el exilio y desde la resistencia frente los nacionalsocialistas lucharon por la libertad y la democracia, aquellos a quienes en esto se les fue la vida.

Y hoy, sobre todo, recordamos a las mujeres y a los hombres, que en el otoño de 1989 inundaron las calles en Leipzig, Dresde, Plauen y Chemnitz, en Berlín, Potsdam, Halle y Magedeburgo, en Arnstadt, Rostock y Schwerin.

Ellos prepararon el camino para nuestra reunificación. Sin la Revolución Pacífica, sin su valor y su deseo de libertad no hubiera sido posible la caída del muro. Ese feliz 9 de noviembre en nuestra historia. A ellos va hoy nuestra gratitud.

Todas esas mujeres y hombres que conquistaron poco a poco, aquello con lo que durante largo tiempo los alemanes solo pudimos soñar:una Alemania libre, unida y democrática. Muchos de ellos han sido olvidados. Yo deseo que seamos más atentos, que pongamos más emoción y, sí, también que destinemos más ayudas financieras a los lugares y los protagonistas de nuestra historia democrática. ¡Debemos invertir más en la autopercepción de nuestra República que en los cementerios de los reyes o en los castillos de los príncipes!

Todos aquellos que declaramos nuestro apoyo a la democracia. Los millones que día a día se entregan a este país. Todos esos viven esa tradición. La demuestran con su ejemplo cotidiano: el patriotismo democrático no es ninguna abstracción ni ningún mito.

El compromiso de esos  ciudadanos no es solo racional u obedece al mero cálculo, sino que nace de lo más profundo del corazón. Así que ¡atrevámonos! Atrevámonos a mostrar la esperanza, la pasión republicana de aquel noviembre en nuestros tiempos.

Atrevámonos a renovar las exigencias: ¡qué viva la República alemana! ¡qué viva nuestra democracia!

 


[1] Vormärz es el nombre que recibe el período histórico comprendido entre el fin del Congreso de Viena en 1815 y, bien la Revolución de 1830 en Francia, bien la Revolución de 1848. Este término se debe ver en el contexto de las corrientes revolucionarias y opuestas al régimen político que se desarrollaron en Alemania durante estos años.

[2] Edificio cargado de simbolismo en la historia de Alemania. En esta iglesia, ya desacralizada, funcionó el primer parlamento elegido popularmente en Alemania.

La isla de los museos en Berlín: un sitio para refrescar la memoria

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En la Isla de los museos en Berlín, aún nos resta por recorrer los edificios de La Catedral, El Museo Antiguo, y el conjunto de los restantes cinco museos.


Los acompañantes permanentes de este recorrido son los andamios y las grúas, infaltables por donde quiera que se muevan los ojos.

Antes de ingresar propiamente  al sector donde se emplazan los cinco museos que dan nombre a esta franja de terreno, ubicada entre dos lazos del río Spree en pleno corazón de Berlín, el visitante se encuentra con varias edificaciones en reparación, y otras que, conservadas en su estado original, se usan para actividades contrarias al propósito que animó su construcción.

 

Foto por: Martha Alzate

 

Estos inmuebles históricos se intercalan con algunos de factura más reciente, como el conjunto de la Oficina Federal de Relaciones Exteriores, y muchos otros de carácter residencial, pues esta zona se ha convertido en un dinámico lugar de habitación después de la reunificación alemana.

Desde el ingreso, es posible divisar un edificio en obra, cubierto totalmente en sus cuatro costados por una tela que desarrolla una réplica de aquel que estuvo implantado allí antes de la segunda guerra mundial.

Es la Bauakademie, o Academia de Arquitectura de Berlín.  Su historia es similar a la de otro gran emprendimiento de reconstrucción alemana: El Palacio de Berlín.

Resulta  que la Academia de Arquitectura fue un encargo del rey de Prusia al arquitecto de la corona. Ya hemos hablado de él en algunas notas anteriores: se trata del mismo que diseñó la famosa Cruz de Hierro, que pasó a considerarse a nivel internacional como un símbolo del nazismo: Friedrich Schinkel.

 

Foto por: Martha Alzate

 

Su impronta en la ciudad de Berlín es de gran relevancia, pues dondequiera que se ubiquen edificios de carácter histórico, construidos en el Siglo XIX, antes de la hecatombe de las dos guerras, aparece su sello.

En el caso particular de la Bauakademie, sus fachadas incluían componentes novedosos para la época, como el ladrillo rojo. Al estar desarrollado en estructura metálica, fue posible también ganar altura, algo difícil para la época.  Resultó  dañado gravemente  durante la Segunda Guerra, y parcialmente reconstruido después, en 1962.

Al  quedar en el lado oriental luego de la división de Berlín, el edificio fue totalmente derrumbado y allí se construyó el Ministerio de Asuntos Exteriores de la República Democrática Alemana (RDA).

Más tarde fue derribado, luego de la caída régimen socialista alemán, en 1995. Allí funcionaba la sede sede del Ministerio de Asuntos Exteriores de la RDA. 

De ese modo se emprendió la reconstrucción de la Bauakademie, en su forma y emplazamiento original. En razón a que no se culmina, las fachadas permanecen cubiertas con una tela que simula  el frente del edificio.

Es una ilusión óptica que solo se destruye cuando se acorta la distancia y el ojo se sorprende al verse dirigido hacia unas paredes que no son de materiales pétreos sino de tela.

 

Foto por: Martha Alzate

 

Esta misma suerte, la de haber sido demolido y luego albergado en su predio otro edificio -también derribado-, y encontrarse actualmente en estado de reconstrucción de acuerdo a su diseño original, la comparten el edificio de la Academia de Arquitectura y el Palacio Real de Berlín.

Este último, el edificio más importante de la Alemania prusiana, y residencia principal de los Hohenzollern (desde el Siglo XVIII hasta la caída del imperio alemán), fue  levantado en sucesivas etapas que comenzaron en 1443 y culminaron en 1845, momento en el cual adquirió su apariencia definitiva, antes de ser derruido por las autoridades de la RDA en 1950.

Gravemente dañado después de la Segunda Guerra Mundial, restaban algunas de sus ruinas, las cuales fueron asimiladas por los líderes de la Alemania oriental como símbolo de Prusia y del imperio germánico. De esta manera se sustentó su desaparición, que incluía también, de acuerdo al estilo soviético, la eliminación de una tradición considerada inadecuada para los intereses del pueblo.

No obstante, y tal vez porque como dicen “la costumbre es más fuerte que el amor”, el líder político comunista alemán, Erich Honecker, inauguró en 1976 un nuevo palacio, esta vez El Palacio de la República.

 

Foto por: Martha Alzate

 

Si bien la arquitectura de esta nueva construcción que vino a ocupar el predio antes copado por el Palacio Real era de estilo moderno, con llamativas vidrieras de color bronce, su carácter evocativo al antiguo recinto real no pudo disimularse tras la formalidad de albergar en sus instalaciones la denominada Cámara del Pueblo.

Y como haciendo eco de esa sentencia ancestral que da a todo tiempo un carácter circular, después de la reunificación las autoridades decidieron echar abajo “La Tienda de Lámparas de Erich” como jocosamente solían referirse los berlineses al edificio, dado su particular estilo arquitectónico.

A partir de 1990 se había abierto en la ciudad el debate sobre la conveniencia de reconstruir el Palacio Real, considerado por muchos un símbolo de la cultura alemana.  Sin embargo, el Palacio de la República también tenía simpatizantes, y muchos sectores, sobre todo de izquierda, se opusieron a su destrucción.

Su demolición inició en 2005 y finalizó en 2008.

 

Foto por: Martha Alzate

 

Y, un dato curioso, debido a su cercanía con la Catedral de Berlín, tuvo que ser desmontado pieza a pieza, en sentido inverso al empleado para su construcción.

Hoy en día se lleva a cabo la reconstrucción minuciosa del Palacio Real. El carácter meticuloso de esta empresa obedece en buena medida a la riqueza ornamental de las fachadas originales, que están siendo reproducidas fielmente. El proyecto contempla también la creación del Humboldt Forum, un espacio concebido para albergar exposiciones de arte, una biblioteca y una estación de metro.

Otra edificación, llamativa por su estado de conservación y por su historia, es la que antaño albergó la sede del Consejo de Estado de la RDA.

Construida entre 1962 y 1964, quiso ser el primer símbolo de la república socialista, y para ello se encargó al colectivo de arquitectos liderados por  Roland Korn y Hans Erich Bogatzky.

 

Foto por: Martha Alzate

 

El proyecto tenía una condición particular: debido a su significado histórico, en su diseño era preciso incluir el denominado Portal IV del Palacio de Berlín -que en realidad era el Portal V, puesto que el IV había quedado totalmente destruido por los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial-.

Desde este pórtico, el emblemático líder comunista Karl Liebknecht (fundador junto a Rosa Luxemburgo de la Liga Espartaquista), había anunciado el fin de la Monarquía y demandado la creación de una “República Libre y Socialista Alemana”.

Lo hizo tras dirigirse, desde el mencionado portal, a una gran multitud reunida el 9 de noviembre de 1918 frente al Palacio de Berlín hace exactamente 100 años,  durante lo que se conoce como “La Revolución de Noviembre”, que daría paso a la denominada República de Weimar.

Este edificio, que fue centro de la actividad política de la Alemania oriental, se reconstruyó después de la unificación respetando las obras de arte que se encuentran en su interior, todas relativas a la RDA, a los líderes comunistas como Liebknecht y Luxemburgo, entre otros símbolos de este período de la historia.

 

Foto por: Martha Alzate

 

No obstante, Su restauración no parece haber sido gratuita. Hoy día alberga la ESMT (siglas en inglés que significan: European School of Management and Technology). Los costos de su reparación fueron asumidos por las instituciones de enseñanza de las ciencias de la administración y afines, financiadas principalmente por las grandes empresas privadas alemanas.

Es así como los futuros líderes alemanes dispuestos a gestionar las redes del capitalismo global, conviven con las imágenes (tal vez mudas y distantes para ellos) de los actos y las realizaciones de los mayores y más radicales líderes del comunismo en este país.

En la Isla de los museos en Berlín, aún nos resta por recorrer los edificios de La Catedral, El Museo Antiguo, y el conjunto de los restantes cinco museos (de los cuales sólo visitamos el de Pérgamo); pero en tan solo tres edificaciones, en las  que se detuvieron nuestros ojos por pura curiosidad (a excepción de la obra de reconstrucción del Palacio de Berlín, la cual no puede pasar inadvertida dada su imponencia), se concentran gran cantidad de hechos relativos a la historia reciente del país germánico y de su capital.

Recomiendo la lectura de estos enlaces para conocer un poco más sobre el edificio del Consejo de Estado de la RDA:

Ver >>> 1

Ver >>>2

Ver >>>3

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Tardeando, la flor de Apía, café

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Un lugar para conocer y disfrutar en Apía, Risaralda


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Video sobre Apía, Risaralda


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Imágenes de Apía, el corazón del viento.


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Problemas reales para jóvenes digitales

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Los estudiantes colombianos del siglo XXI- salvo algún alucinado con pretensiones redentoras- están a salvo de la vieja  tentación de combinar  todas las formas de lucha.


 

Cansado de escuchar prejuicios de uno y otro lado, me dejé llevar por la marea del movimiento estudiantil un lluvioso día de  octubre. Caminar desde el campus de la Universidad Tecnológica de Pereira y cruzar el viaducto hasta alcanzar el centro de Dosquebradas supuso para mí ingresar a un mundo desconocido en cuanto a forma y fondo.

La primera  gran sorpresa fue la androginia de los participantes. Educado en un mundo bipolar en  el que las etiquetas  de macho y hembra  hacían parte de un decálogo inamovible, me vi de repente arrastrado por una masa proteica y ambigua: los muchachos del siglo XXI.

De entrada me resultó claro que la definición de su sexualidad no constituye para ellos  un asunto vital, lo que en sí mismo es ya una declaración de principios.

Todos nacieron después de la caída del Muro de Berlín, es decir, del último gran intento de edificar la utopía de comunidad planetaria anhelada tanto por los primeros cristianos como por los marxistas del siglo XIX, pasando por los falansterios que recibieron su sentencia de muerte en la alucinada California de los sesentas.

Estos chicos son otra cosa. Las ideas políticas de sus padres les interesan menos  que sus anhelos de incidir en los duros territorios del mundo real desde  la volátil red de sus autopistas  digitales.

 

Foto por: Diego Val

 

Por eso no quieren cambiar el mundo: sólo pretenden que se les cumplan las promesas  de educación  consignadas en una constitución política promocionada en su momento como “La brújula para un nuevo país”

A juzgar por lo que vi y escuché, para estos  muchachos la política constituye una  categoría estética. Y  eso supone  un avance frente a los tiempos en que el ejercicio  político era una variante de la religión, con sus libros y cánticos sagrados, sus mesías y sus inquisiciones.

Un afortunado aforismo definió las luchas estudiantiles de los sesenta y setenta como  La edad de piedra. Tanta era la cantidad de guijarros, ladrillos y pedruscos que los  manifestantes arrojaban contra todo aquel que se les antojara representante del poder: policía, obispo, rector, soldado, ejecutivo, funcionario.

Aleccionados por la realidad de un país en llamas, los estudiantes de ahora  parecen valorar de una manera especial el sentido de la paz. Por eso mismo,  antes de iniciar  sus marchas insisten en la desautorización de todo acto violento: confían con creces en la fuerza intrínseca de su propio movimiento y saben que cualquier acción violenta solo servirá para descalificarlos.

Solo en ese  gesto alientan razones de  sobra para la esperanza. Los estudiantes colombianos del siglo XXI- salvo algún alucinado con pretensiones redentoras- están a salvo de la vieja  tentación de combinar  todas las formas de lucha.

 

Foto por: Diego Val

 

Como buenos estetas,  sostienen con la autoridad un singular pulso: cada vez que pueden siembran las paredes de pinturas alegóricas. Cuando sus contradictores  las borran reemprenden la tarea con esa obstinación sólo posible a los veinte años.

Con ese gesto parecen decirnos que  su mundo podría ser un lugar más bello y que una de las claves reside en la  educación, ese derecho por el que están decididos a dar todas las batallas.

Incluso frente a aquellos que insisten en desacreditarlos incursionando con insultos y noticias falsas en su universo natural: las redes sociales.

Todos son hijos de Facebook, de Twitter, de Instagram y de todo ese entramado de mensajes en el que ya es imposible separar el trigo de la cizaña.

A través de él fijan los lugares y horas de encuentro. Convocan y disuelven sus marchas.

 

Foto por: Diego Val

 

Un solo ¡clic! Y por arte de  magia están reunidos en una plaza.

Allí  reside su fuerza y también su debilidad: la misma señal que los mueve es capaz de  disolverlos en cuestión de segundos.

Ese último concepto, el de disolución, explica los grandes riesgos que  deben sortear.

En las redes sociales todo crece a una velocidad carente de límites… a no ser los de la disolución que se extiende como una nada más allá de las imágenes y las palabras.

No se puede crecer tan rápido y en tantas direcciones sin correr el riesgo de perderse para encontrarse un segundo después en el punto de partida.

Y eso, a la larga, desgasta.

 

Foto por: Diego Val

 

Los representantes del gobierno colombiano lo saben y juegan con el tiempo.

Por eso alientan la negociación sin llegar nunca a soluciones concretas. Mientras eso sucede los estudiantes organizan una y otra marcha.

Cada una de ellas con mayor número de asistentes: las redes sociales funcionan a la perfección.

Sólo que los funcionarios son zorros viejos y saben que ya “Llegó  diciembre  con su alegría/ mes de parranda y animación”.

Los mensajes  de lucha por la defensa de la educación serán cada vez menores frente a las invitaciones a celebrar el alumbrado, la novena  navideña, las comilonas y las parrandas de año viejo.

Sólo entonces sabremos cómo actúan los jóvenes digitales frente a los problemas reales.

 

Marsella, un encanto arquitectónico

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La Cebra que imágenes


 

Bienvenidos a la galería: Marsella, un encanto arquitectónico. Una muestra de una de las joyas invaluables que conservamos en el departamento de Risaralda. Destacando que la Casa de la Cultura es uno de los patrimonios arquitectónicos del municipio que tiene un patio de 276 metros cuadrados y 286 metros lineales de corredores. Espacio que se convierte en un sitio atractivo para conocer, al igual que el cementerio. Otro lugar recomendado es el Monumento Nacional que es elegante por su conjugación de estilos gótico, arabesco y precolombino, entre otros. Adelante.