sábado, mayo 2, 2026
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Tener o no tener

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Por: Noé Jitrik, publicado en Página 12

En mi casa, cuando era chico, se comía todos los días pero no mucho ni demasiado bien; nadie, sin embargo, protestaba aunque tampoco enflaquecía, se hacía lo que se podía y asunto terminado; tengo la impresión, a lo lejos, de que todos (éramos siete u ocho) aceptaban, es más, algunos, mi padre con sus repetidos, y vanos, esfuerzos, y dos de mis hermanos, con sus salarios tan magros que daban pena, contribuían; yo mismo, apenas pude, me conchabé en un negocio de más o menos la misma categoría que mi casa sin que en ningún momento pensara que los tres o cuatro miserables pesos que me pagaban fueran a otro lugar que al bolsillo de mi madre.

Es claro que eso no impedía, por ejemplo, soñar, que era totalmente gratis. Por supuesto, la escuela, ese gran campo de experimentación de la vida, me ofrecía de cuando en cuando, invitado por algún compañero, echar un asombrado vistazo a otras casas en las que era evidente que se comía mejor. Y no sólo eso, sino muebles, ropas, enseres, celebraciones, un conjunto de felicidades que llenaban mi cabeza y mis sentimientos de lo que hoy puedo llamar una diferencia. ¡Pero qué diferencia! “Tener o no tener” tituló años después Hemingway una novela que nunca leí, mejor no enterarme, después de sentirlo, de qué podía implicar esa diferencia.

Sin pan y sin trabajo (Ernesto de la Cárcova). 

A nadie se le ocurría sentir envidia, no había tiempo para tal movimiento espiritual, que en algunos casos y personas es como un rito religioso, así como tampoco considerar que la política, el gobierno o lo que fuere, tenían algo que ver con esa diferencia: a unos les había tocado bregar con la pobreza, a otros sentirse protegidos por una suerte caída del cielo, sin la obligación de preguntarse, el niño rico, reivindicado años después por el inolvidable riojano, olvidado a su vez del inolvidable Quiroga, por qué él podía invitar a su compañerito y su compañerito a él no.

¿Qué enseñanzas me quedaron cuando al cabo de unos años habíamos todos empezado a comer mejor? Admito que la pobreza es una marca, puede olvidarse después de salir de ella pero es muy difícil desprenderse del todo de lo que significó: quien haya salido de ella ve las cosas de otro modo, al menos empieza a pensar en lo que significa pero no ya para uno mismo, que la padeció, sino para el conjunto social. ¿Ven las cifras actuales de pobreza e indigencia de la misma manera los exalumnos de la Escuela Nº 57, por decir algo, que aunque ya no sean pobres sino profesionales, políticos, gobernantes, prósperos comerciantes, escritores, etcétera, que los del Cardenal Newman, que ignoran la privación y no entienden ese cuadro de Ernesto de la Cárcova, “Sin pan y sin trabajo”, que dice casi todo sobre este asunto?

Tardé años en reconocer lo que esa manera de vivir me dejó. Una, que si bien salir de la pobreza mediante un esfuerzo muy digno, sin robar nada, sin envilecerse aplastándole la cabeza a nadie, sin pensar –y lograrlo– en ganar mucho dinero, confiere una sensación de bienestar, no le recomendaría a nadie que voluntariamente haga la experiencia, a menos que sea San Jerónimo, que se internó en el desierto comiendo vaya uno a saber qué, o Simeón el Estilita, que se subió a una columna y sólo comía lo que le traían los pájaros; quienes soportan esa experiencia es porque no les queda otro remedio, yo diría, para que no se crea que pienso que ser pobres es una condición, no que son sino que están, pero que tienen la suerte de formar parte de las estadísticas que elaboran pacientemente la UCA o, con más retoques, el INDEC.

Otra cosa, considerando que la beneficencia sólo beneficia a los que pretenden que la distribuyen pero que no hacen nada más que distribuir(se) buena conciencia pero nada que cambie y ni siquiera morigere la pobreza, y que la imagen de lo que se derrama después de que está llenísimo el vaso de la riqueza es una falacia cínica y obscena, fue que hay que estimar toda tentativa política de sacar de la pobreza a todos los pobres que tratan de hacerlo sin lograrlo por sus propios esfuerzos o medios. Es obvio que estoy aludiendo a lo que promete, y empieza a cumplir, un Gobierno que deja atrás, me refiero a la Argentina y no al mundo entero, lo que el anterior se empeñó en agravar.

Por fin, otra cosa fue entender que el problema principal, que afecta a toda la humanidad (¿también a los países nórdicos?), es un viejo fantasma que había sido soslayado, producto de viejas injusticias y desigualdades, y que hoy aparece con un enorme grado de autonomía, un sistema que parece imbatible y quepuede formularse así: “la pobreza frente a la riqueza”, o sea, puesto que es un conflicto, “pobres contra ricos” –una rabiosa y constante demanda de los pobres o bien una resignada pasividad–y el inverso “ricos contra pobres” –una sinuosa imposición, una promesa de eternidad, las cosas son así y que cada uno se las arregle–.

Ésa es la cuestión, es lo que hay que arreglar; eso no parece quitarle el sueño a los charlistas de la economía ni a los orgullosos conductores de las finanzas o de los organismos internacionales, un arreglo que nunca regocija a los ricos y a los pobres les hace creer que podrían dejar de serlo. De eso creo que se trata y no veo que nos estemos aproximando a terminar con el conflicto y cerrar la brecha que implica hasta el punto no sólo de llegar al puerto de “no más pobres” (sin necesidad de que estén muertos) sino de erradicar de la mente de casi todo ser humano lo que el capitalismo instaló, o sea lo que significa “tener” y “no tener”.

Montados en esa opción, los que más tienen crearon, como si fuera una necesidad que pedía respuestas, el “consumismo”, que pocos asumen porque es de baja estofa pero que muchos, muchísimos, practican, incluidos los que “no tienen” y que, para “tener”, venden su alma al diablo, o a los bancos o a los comerciantes. ¡Qué dilema! Para muchos es dramático, endeudarse, comprar, creer que se ha salido de la pobreza porque se “tiene” lo que los ricos tienen, en lugar de considerar que desde ella y sus límites se trataría de salir de lo que parece ser un dictado del destino, serás pobre hasta la muerte, no hay nada que hacer.

Me doy cuenta de que, fastidiado por una situación permanentemente invocada y que determina no sólo actitudes — compadecerse del condenado a vivir en una villa evitando pasar por ahí, despreciar al que pernocta en un portal, darle una moneda al trapito, etcétera–, sino políticas -–mejorar jubilaciones, permitir trueques, dar aguinaldos extra—he estado razonando sobre comportamientos y situaciones que afectan a personas, incluso con un tufillo moralista, pero acaso sea posible pensar esas mismas ecuaciones en otra escala, por ejemplo en el país, que es lo que más interesa, como si el país fuera una persona, un dador que evalúa lo que puede dar con lo que tiene para dar o, carente de “tener”, con aquello que puede conseguir.

Lo peor que puede pasar es que haya una auto condena a pensar en términos de un “tener” sólo comprable y que, en virtud de un falaz discurso, haga creer que se ha salido de la pobreza, desdeñando lo que efectivamente se “tiene”. Y eso que la Argentina tiene son tanto enormes recursos que la naturaleza ha prodigado y de los cuales se habla sin parar, desaprovechados o enajenados, como su gente, hábil e ingeniosa, creadora y fecunda.

¿Por qué, entonces, esa necesidad de endeudarse? ¿No es una locura creer que la deuda impagable es una puerta abierta a la salida de una pobreza? Aludo, es obvio, a lo que ha definido a un gobierno que, iluso o criminal, ha consagrado la pobreza y ha enriquecido a la riqueza. Que no es ésa sino la que se forja con lo que se tiene y jamás con lo que sólo a los ricos enriquece y en los pobres languidece.

¿No será, entonces, cuestión de que el país termine de una buena vez por aceptar la pobreza y desde ella decidirse a generar lo que permita ir a otro lugar, de menos ricos y menos pobres, menos contentos los ricos y más esperanzados los pobres, con menos soberbia aquéllos, con menos resentimiento y envidia los otros?

Están pasando cosas

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Ilustración Ángel Balanta

Día Nacional de Francia

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Francia, conmemora un día como hoy lo que representó la toma de la Bastilla en 1789. Esa cárcel que era símbolo del despotismo del antiguo régimen real, tomada por asalto por el pueblo parisino dio como resultado el inicio de la Revolución Francesa.

Hoy dedicamos un especial al Día Nacional de Francia, dejando algunas referencias a artistas, personajes y obras relacionadas con esta nación.

PINTURA
ESCRITORES
Música

Cómic
Científicos
Marie Curie (1867-1934), física y química. científica polaca nacionalizada francesa. Pionera en el campo de la radiactividad, fue la primera persona en recibir dos premios Nobel en distintas especialidades —Física y Química—​ y la primera mujer en ocupar el puesto de profesora en la Universidad de París.
Claude Lévi-Strauss (1908-2009), etnólogo | fue un antropólogo, filósofo y etnólogo francés, una de las grandes figuras de su disciplina en la segunda mitad del siglo XX. Al introducir el enfoque estructuralista en las ciencias sociales, fue de hecho el fundador de la antropología estructural, método basado en la lingüística homónima creada por Saussure y desarrollada por el formalismo ruso.

Finalizamos este especial, recordando que la Alianza Francesa de Pereira está realizando La Fiesta de la Música en vivo por su canal de youtube.

Para hoy la actividad con previa inscripción, sin costo, es (ésta será por Google Meet):

¡MIEEERRRDAAA!

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La mayor parte del tiempo mi vecino, el poeta Aranguren, es un tipo pacífico y taciturno, consagrado a evocar el sonido de las olas de su Mar Caribe o a escuchar el rumor del viento entre las hojas y el discurrir del agua de los riachuelos en la vereda Alegrías que lo acogió a su llegada de Santa Marta.

Ya les he contado que el hombre es uno de esos sabios silvestres en vía de extinción.

Pero cuando se indigna de verdad verdad suele bramar como un profeta del Antiguo Testamento anunciando el fin de los tiempos.

Acaba de regresar de su tierra natal, donde fue invitado a una exposición que todavía lo tiene con náuseas.

“La tal ejpojijión era pura ñeerda. Lo juro compadde: pura ñeeerdaa!”

Y sí: resulta que la muestra de arte consistía en una docena de bandejas cuyo contenido eran excrementos humanos de todas las texturas y colores.

Desde el verde limón, pasando por el marrón, hasta alcanzar el más puro azabache.

“¿Me puedej ejplicad tu qué ej ejo?”  Gritó con aire de pastor desesperado ante la incredulidad de los feligreses.

Foto por formulario PxHere

Eso es arte contemporáneo- le respondí en un tono que trataba de no admitir apelación-. Creo que tu exposición de marras viene a ser algo así como un nuevo capítulo del célebre orinal de Duchamp.

De veras: no esperaba una réplica.

“¿Contempodáneo de qué, coñooo. Contempodáneo de qué?” Me replicó alzando aún más el tono de esa voz costeña que tanto divierte a sus vecinos.

Bueno, compadre. Contemporáneo de la nada, como somos todos: bolitas de nada dando vueltas en los meandros del tiempo.

“¡Que bolitaj ni que bolitaj!” Respondió el hombre, aproximándose peligrosamente a su tono más bíblico. “¡De aquí no me voy hajta que me ejpliquej en qué conjijte ejo de adte contempodáneo!”.

Y yo, pobre mortal, que en asuntos de arte no he podido pasar del Renacimiento y hasta me hago un lío para entender a los cubistas, empecé a extraviarme en mis propias conjeturas sobre el asunto.

Está bien, poeta -me animé a decir-. Supongo que con ese tipo de acciones, el sujeto cagante, mejor dicho, el artista, quiere recordarnos nuestra mísera condición, como esos muñecos llamados caganers que se pueden ver en los mercados populares de Cataluña.

A esa altura del cuento, Aranguren me miraba con unos ojos así de grandes. Tan grandes, que por un momento temí que fuera a echarme sus manazas al cuello.

Tranquilo, tranquilo, poeta- Continué-. Sospecho que por ahí viene la cosa. El demiurgo cagón quiere transmitirnos con su obra un mensaje escatológico, en el doble sentido de esa palabra: el de lo concerniente al más allá de nuestras inquietudes metafísicas y al más acá de nuestras más puras expresiones terrenales. Es decir, de los excrementos.

“¡Ñeerdddaaaa, pedo ji padejej uno de ejos críticoj que fijman loj catálogoj de laj talej ejpojijionej ejaj!” Dijo, al tiempo que la lividez del rostro acentuaba su aire de profeta enfurecido.

No sé compadre, insistí casi vencido. Creo que los críticos a los que aludes están tan sumidos en el estupor desatado por esas obras, que sólo atinan a enhebrar frases inconexas. Como quien pretende conjurar el advenimiento de lo abominable con salmodias incomprensibles.

Así que no te ofendas si acabo transitando terrenos tan escabrosos.

Para entonces, Aranguren ya había despachado hasta el último trago de su botella redentora de ron Tres Esquinas.

De modo que se despidió con un abrazo de oso y se alejó mirando al suelo mientras repetía como un mantra las dos palabras de su conjuro: “Puda ñeerrdaaa. Ñeeerrdaa pura. Pura ñeerrrdaa”

Cuarentena en México o el sabor de las lágrimas

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Por: Carlos Ernesto Martínez

6 de julio del 2020.- Como lo marca mi agenda, mi primera actividad del día fue llorar de 8:30 a 9:00. Es  algo que llevo realizando desde hace más de cien días, desde que estoy encerrado en casa; pero hoy me costó emprender esta acción.

En las últimas dos semanas de marzo y en todo el mes de abril, podía llorar de manera holgada: en posición fetal, abrazando una almohada mirando el techo, con la cara hundida en un almohadón, en el balcón mientras escuchaba a Armando Manzanero, no hubo posición de llanto que no probara pero desde hace unas semanas, aunque repita posición o lugar de mi casa, de pie o en la ventana, no fluye, no escurre bien.

Antes de ir más allá, dejaré constancia de que no he tenido una vida mala o triste: al contrario, mi familia y gente cercana ha procurado que sea feliz (lo he sido) y he tenido malos ratos, como todos. Sin embargo, entendería que alguien plantee ¿cómo es que pudiste llorar casi 90 días de manera ininterrumpida en un horario tan exacto? La respuesta es fácil, creo, soy un coleccionista de motivos tristes.

No hay más.

Foto por formulario PxHere

La felicidad es muy dicharachera, es como ver a alguien por la calle bebiendo una Coca-Cola de lata o a alguien tomando una cerveza que parece tobillo de albañil: se antoja. Y fácil te puedes apropiar de la felicidad ajena y que se note en una sonrisa.

Pero la tristeza no es igual, a la tristeza se le rehuye como a mendigo en crucero “ahorita no, gracias”.

Y creo que por eso, uno se encuentra con escenarios donde es necesaria la tristeza pero no sabe qué hacer, cómo comportarse o qué decir. He visto a los grandes extrovertidos de mi generación petrificarse ante la tristeza como zarigüeya ante un depredador. Yo era igual, pero de años para acá me he dedicado a recopilar motivos tristes para darles una utilidad, una segunda oportunidad de existir.

Me explico. Hace unos años comencé mi vida de “activo funerario”. Cuando era menor de 14 años, cuando alguien fallecía me llevaban a la misa solamente, a los servicios fúnebres, bueno, me tocaba quedarme en casa de alguien o solo en mi hogar. Pero pasados los 15, y a la fecha -mínimo una vez por año-, es que si se muere alguien y lo van a velar, tengo que ir. Y no me mal entiendan, puede que quizás la urna o el ataúd me sean indiferentes o no me generen tristeza, pero la tristeza de las demás personas “los que se quedan” me provoca algo, siento en verdad su pérdida, considero que soy empático con su dolor.

Pero entramos en un problema ¿cuándo fue la última vez que escucharon decir “mira, esa persona de ahí se ve empática”? Estar pensando puede llevar a tomarse la barbilla. Dudar a fruncir el ceño. Estar feliz a sonreír ¿Y la empatía qué?

Es por eso que ser coleccionista de motivos tristes resulta útil, uno puede traer algún motivo/recuerdo a la memoria y llorar, lo que lleva a abrazar con mayor sentimiento a la persona y hacerle sentir que no está sola.

Pero ahorita no es el caso, estoy encerrado en mi casa, privado de experiencias y estímulos, tuve que recurrir a mis reservas de motivos y se me están acabando. He tenido que apelar a motivos sintéticos que solo dan tristeza falsa que se manifiesta como lágrimas con sabor extraño.

Foto por formulario PxHere

Hoy, por ejemplo, al abrir los ojos, miré por mi ventana y entraba un sol abrasador, sentí mis manos encallecer y me llené de sudor; así uno no puede ponerse triste. El calor, al menos en mí, inhibe casi cualquier emoción y sentimiento, solo me queda la repugnancia a cualquier temperatura más allá de los 23 grados.

Pero aún así lo intenté.

Vino a mi memoria mi acto académico del kinder, mi mamá, para festejar que había terminado ese tormento (nadie me advirtió que vendrían más años de escuela…) me regaló (quiero pensar que como compensación) dos megazords de los Power Rangers y al que era mi mejor amigo de aquel tiempo no le dieron nada. Traté de que ese motivo fuera suficiente para llorar con tristeza genuina, por la tristeza que debió sentir él, pero estaba siendo hipócrita.

Nota: Si un día ven a alguien llorar pero dudan de la veracidad de su llanto tomen una lágrima y pruébenla, saboréenla, juéguenla en la boca como si de vino se tratará. Deben de percibir un sabor salado con notas de hierro y un ligero vigor a glóbulo blanco. Por el contrario, si sienten un sabor a Tajín y jericalla, esas lágrimas son falsas; llevó más de diez días con ese sabor en la boca.

Y alguien podría preguntarse :¿por qué quieres llorar todos los días? Y la respuesta ya no es tan sencilla, solo se siente bien; el planeta sigue girando pero pareciera ser que la vida humana se ha detenido y lo que es peor, para muchos se detuvo inclusive desde antes de la pandemia.

El confinamiento no solo está quitándome mi cotidianidad y las experiencias de una vida sino que, peor aún, hasta se está llevando mi colección de motivos, ¿qué pasará en el día cuando ya no tenga motivos para llorar? Solo espero que pueda sobrellevar lo que resta de la pandemia. Cuando pueda salir de aquí, recolectaré motivos con más ahínco, no vaya a ser que de nuevo a alguien se ocurra comerse un estofado mal hervido de un animal sin identificar y tengamos que repetir el ciclo.

¿Y a este camión cuándo lo dejarán de saquear?

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Don Barbarias un personaje de Don Fingo

El culo

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Tuvo que llegar el tiempo conspirativo de la pandemia para que yo adquiriera una nueva conciencia y no propiamente ambiental o de género. Es algo más básico y ergonómico y surge de una pregunta, que en mi caso es nueva: ¿cuánto tiempo de nuestras vidas permanecemos sentados? A fuerza de hacerlo todos los días y de combinar esa postura con mover la cabeza, frotar los ojos, acostarse, caminar, comer, el hecho de estar sentados, de pensar en lo que esto implica, suele pasar inadvertido.

Ahora que asumo la mayor parte de mis obligaciones laborales frente a la pantalla del computador, que el círculo de amigos puede desaparecer con un simple click y el de enemigos imaginarios puede ir en aumento en facebook, el pasado lunes en la mañana me sucedió algo extraordinario: casi por descuido, por intolerante frente a un emoticón monstruoso que alguien me envió al whatsapp, desvié la mirada hacia mi propio cuerpo, observé mis manos arrugadas por el alcohol, mis pies con uñas partidas, mis rodillas peludas, mi estómago en aumento y descubrí algo que me tiene fascinado: tengo culo, estoy  agradecido de saberlo allí, de palparlo, de comprobar que, en estricto sentido metafórico, es “Tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”.

Debieron sumarse muchos abriles en mi vida de profesor para declararme orgulloso de su forma y su funcionalidad, de la manera como atiende, silencioso, a una compleja red nerviosa de huesos, articulaciones y músculos.

El culo es, en su realidad trasera, un héroe anónimo. No apaga incendios, no atiende infectados en las Unidades de Cuidados Intensivos, no da la vida en campos de batalla, pero sí nos permite, en su discreta disposición, acomodarnos, sentarnos, instalar el cuerpo de un modo adecuado para pensar, para mirar hacia el horizonte, para hablarle a una cámara y para imaginar qué nuevas aventuras habrán vivido las familias del Fiscal y el Contralor en la desierta isla de San Andrés. ¿Habrán ido a Providencia? Porque solo sentado puede uno imaginar este tipo de aventuras, propias de La isla de la fantasía.

Me dirán que lo de su anonimato no es cierto, que el culo se exhibe con morbosidad en los medios, que define tendencias de moda, que existe un culto a su personalidad, en especial por nuestra cultura mafiosa; de ahí que sea sometido a peligrosas cirugías plásticas para agrandarlo con biopolímeros y hacerlo más atractivo en el intercambio sexual, a menudo prepagado. Me dirán que el culo está en el centro de la libido y de nuestras más selectas obsesiones eróticas. No puedo refutar ese cuadro de costumbres, solo que del culo al que me refiero, del que me ocupo mientras escribo sentado, es el natural, el más cercano a “Platero y yo”, el que está ahí, imponiendo su carácter inclusivo. Con él llegamos al mundo y ocurre la primera epifanía: nuestras madres angelicales, con amorosa emoción, le untan Crema Cero, lo preparan para la pantomima de la infancia. Lo protegen de sarpullidos y picazones, mientras una tía melosa, más angelical aún, cierra la pureza de la escena con este poema: “Mírenlo, qué belleza, se parece al culito del Niño Dios”.

Mi gran desencanto de adulto inquieto, inicia cuando consulto en el diccionario la definición de culo: “Conjunto de las dos nalgas”. No hay derecho que una institución tan seria, tan antigua y barroca como la RAE despache el asunto de este modo tan pudoroso, con un binomio elemental. ¿Y qué es una nalga? Bueno, ahí sí se amplía el contenido y se da paso a la corrección política: “Cada una de las dos porciones carnosas y redondeadas situadas entre el final de la columna vertebral y el comienzo de los muslos”. Estarán de acuerdo conmigo en que hablar de porciones carnosas nos lanza al mundo de las vacas. Por eso no me sorprende que la RAE recoja el significado de nalga en Argentina: “Corte del cuarto trasero de los vacunos, de la parte interna del muslo”. Con lo cual redondeamos, a quienes somos carnívoros, un asunto de gustos culinarios –léase con terror esa palabra–, caros a la antropofagia.

Sin tetas no hay paraíso, lo supo el filósofo pandillero Gustavo Bolívar. Pues sin culo no hay teletrabajo, lo sabemos a causa del confinamiento. Con todo y esta certeza, considero que los colombianos no hemos sabido darle a esta porción de nuestro cuerpo el lugar que le corresponde, como sí lo tiene en los cortes de las famas o carnicerías. Por eso es común escuchar esta expesión en nuestro medio vulgar: “Me importa un culo”. Una de dos: quien la enuncia tiene nexos con la aduana de los Ambuila y se trata de una importación ilegal de tráfico de órganos, o se trata de una expresión de menosprecio y, desde luego, del más profundo desconocimento orgánico. Ni una ni otra: ni los culos se importan como se importa un Ferrari ni importan poco. Acomódese, disfrute ese placer de estar sentado sobre un cojín mullido, nada artificial y haga lo que le convenga.

El culo es el centro más cómodo de nuestro cuerpo. No es el cerebro, que es elitista y acostumbra dar órdenes. Tampoco es el estómago, que nos induce al exceso. El culo, en cambio, es prudente y si nadie te lo mira, no existe, porque ya sabemos que lo esencial es invisible a los ojos, como lo aprendió el alquimista Coelho en El principito. En su autonomía solo da bienestar y si le tocara dar órdenes diría: ¡Siéntate! O como enseñan los españoles sabios en tono imperativo y cervantino: “Pon tu culo ahí”.

Fragmentos del libro: Miguel Lleras Pizarro. Una vida en contravía, de Alberto Donadío

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Cada sábado tenemos la sección Antojos, un espacio para leer fragmentos de libros publicados por Sílaba Editores. En esta ocasión nos comparten el primer capítulo del libro Miguel Lleras Pizarro. Una vida en contravía

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Genio y figura hasta la sepultura

Cuando Daniel Samper Pizano me escribió esta carta en abril de 1980 yo vivía en Ginebra, Suiza, y trabajaba en la Comisión Internacional de Juristas, en un empleo para el cual me había recomendado Miguel Lleras Pizarro, entonces magistrado de la Corte Suprema de Justicia.

Mi amigo y colega de la Unidad Investigativa de El Tiempo me decía:

Abril 9

Alberto:

Supongo que ya se habrá enterado por su familia de la muerte de Lleras Pizarro. Ayer me la comunicó su papá y me puse en contacto con Héctor para la doble misión de darle el pésame y reunir datos para el periódico. Héctor me informó que tanto en el testamento como en una hoja de instrucciones anterior había indicado que no hubiera velorio, entierro, exequias ni cosa parecida cuando se muriera, así que procedieron a entregar el cadáver a la U. N. Murió el viernes por la mañana, a consecuencia de un paro respiratorio. Había estado mejor esa semana, pese a su irremediable enfermedad. Inclusive pensaron llevárselo a la casa el martes, pero debieron aplazar el asunto. El viernes a las 8 a. m. pidió el cepillo de dientes, conversó algunas cosas e incluso se despidió de su hermana Josefina, pero no porque él creyera que se iba a morir, sino porque ella regresaba a Estados Unidos en vista de que la situación parecía un poco estacionaria. Pero tuvo complicaciones de unos bichos o infecciones cuyo nombre no recuerdo en la garganta y los antibióticos lo debilitaron. Luego le sobrevino el paro y pese a que le dieron respiración artificial se cumplieron los pronósticos fatales de los médicos.

No conocía a Moreno. Lo llamé por teléfono –dirigiéndome a él como “señor Moreno”, porque tampoco recordaba el nombre– y fue muy amable. Me tuteó, me permitió copias de los documentos de últimas instrucciones de Lleras y, cuando lo visité con ese fin, me mostró una carta suya que acababa de recibir. Vi también al niño –cuyo nombre, como es apenas lógico en mi frágil memoria, desapareció por completo de mi computadora en el momento en que tuve que saludarlo y darle el pésame– y a una señora de pañueleta cuya función ignoro. Estaba lloroso y compungido Héctor. Decía cosas elogiosas sobre “el viejo” y recordó con cariño el viaje que hicieron con Ud. y Beatriz. Hoy escribió el flaco Arenas la información sobre la muerte de Lleras, complementada con los documentos que me proveyó Héctor, y fue tan paradójico todo que El Tiempo, periódico que Miguel odiaba, resultó dando la chiva exclusiva de su muerte y sus disposiciones relacionadas con el no-entierro, al paso que El Espectador, del cual era colaborador, no dijo una sola palabra. Yo mañana le dedico unos pocos renglones en la columna.

Pasando a temas menos tesos, hasta el momento sigue en pie lo que le conté en mi carta pasada. Debo hacer conexión en alguna parte el día 2 de mayo para llegar a Ginebra, pero, naturalmente, le confirmaré todo o le notificaré cualquier cambio y lo llamaré al tocar la tierra de las salchichas socialistas.

Si necesitan algo de aquí, Ud. o Beatriz, favor decírmelo.

Un saludo para ambos, y muchos recuerdos de Pilar, Liliana, Isabel, Javier, Pachulí y Lujuria.

La noticia que publicó el flaco Arenas –Ismael Enrique Arenas, redactor judicial de El Tiempo y tal vez el reportero que más tiempo trabajó en el periódico pues se inició en los años treinta– es del lunes 7 de abril de 1980. Comenzaba así:

Con un documento público de protesta, como último acto de su vida, dejó de existir el Sábado Santo el jurista Miguel Lleras Pizarro, expresidente del Consejo de Estado y quien últimamente se desempeñaba como magistrado constitucional de la Corte Suprema de Justicia. Tenía 74 años. El conocido e inconforme jurisconsulto prohibió a sus parientes que permitieran o toleraran cualquier acto póstumo, hasta la velación de sus despojos y la inhumación, y donó su cadáver a la Universidad Nacional.

Aunque la muerte de Lleras Pizarro estaba prevista desde dos semanas atrás y acaeció a las diez de la mañana del sábado, solo trascendió en el curso del día de ayer cuando ya su cuerpo había sido entregado a la Facultad de Medicina en cumplimiento de la última voluntad del magistrado.

Cuando los presidentes de la Corte, Juan Manuel Gutiérrez Lacouture, y del Consejo de Estado, Jaime Betancur Cuartas, iniciaron las averiguaciones para tributar al máximo administrador de justicia los homenajes correspondientes a su alta jerarquía judicial, con cámara ardiente en el Palacio de Justicia y exequias en la Catedral Primada, se enteraron de que Miguel Lleras Pizarro había dispuesto que su muerte estuviera desprovista de publicidad y que sus despojos le fueran donados a la Universidad de la cual egresó como doctor en derecho y ciencias sociales en 1943.

Miguel Lleras Pizarro era primo hermano de los expresidentes Alberto Lleras Camargo y Carlos Lleras Restrepo, y nació en Bogotá el 18 de abril de 1916.

Hijo de don Julio Lleras y de doña María Pizarro de Lleras, cursó estudios secundarios en La Salle y luego en el Gimnasio Moderno, donde se hizo bachiller; ingresó a la facultad de derecho de la Universidad Nacional donde se graduó como abogado. Inicialmente ocupó diversos cargos, hizo parte del servicio exterior en los Estados Unidos, dirigió la Escuela de Policía General Santander, redactó el Código de Policía de Bogotá, escribió varias obras de derecho y finalmente consagró su existencia a la judicatura, para escalar en ella las más altas posiciones de la jurisdicción.

En realidad, Lleras Pizarro murió no de 74 sino de casi 64 años pues nació el 18 de abril de 1916 y falleció el Viernes Santo, 4 de abril de 1980. La nota del flaco Arenas también decía lo siguiente:

En tiempos bastante anteriores el jurista se vio afectado por una dolencia que, al menos inicialmente, fue superada aunque ella siguió su oculto y fatal curso. Antes de iniciarse las vacaciones judiciales de 1979 Lleras Pizarro pidió una licencia para separarse del cargo a fin de viajar al exterior. El magistrado regresó y se reintegró al cargo, pero pronto sintió agudos síntomas abdominales por lo cual fue internado en la Clínica de Marly, donde los médicos procedieron a intervenirlo quirúrgicamente para hacerle una exploración. Al cabo de esta se evidenció que el viejo mal había hecho estragos y que a la ciencia no le quedaba ningún recurso y se pronosticó que la muerte llegaría en el curso de días o de semanas, como ocurrió.

Miguel Lleras Pizarro fue un jurista de recia y arisca personalidad; inconforme por formación y temperamento; se le respetaba en el Consejo de Estado y en la Corte Suprema de Justicia, pues frente a decisiones en que tenía que intervenir como fallador, salvaba el voto en piezas de estilo muy particular, conciso y hasta agresivo.

Poco antes de morir, y con la certeza de que sus horas estaban contadas, en la plenitud de sus facultades mentales procedió a redactar un documento para elevarlo a la categoría de escritura pública; en él consignó su última voluntad para rehusar la realización de ceremonias, publicidad u homenajes póstumos.

Fue así como Miguel Lleras Pizarro expiró a las diez de la mañana del sábado y de inmediato sus parientes procedieron a cumplir la recomendación del jurista en el sentido de entregar los despojos a la Universidad Nacional, a la cual fueron llevados.

Lleras Pizarro fue también, en sus últimos años, eventual columnista de nuestro colega El Espectador y en sus escritos se mostró implacable enemigo de la forma como se concibió, realizó y luego funcionó el Palacio de Justicia, una de cuyas oficinas lo alojó desde cuando fue inaugurado. El notable jurista desaparecido tiene cinco hermanos, todos los cuales le sobreviven y son Alfonso, Rosa María Lleras de Londoño, Alicia Lleras de Lleras, Margarita y Josefina. Miguel Lleras Pizarro cumplía 74 años de edad el 18 de este mes de abril.

Cuando se inició el mal que inexorablemente lo llevaría a la tumba, Lleras Pizarro, de su puño y letra, dio las siguientes “Instrucciones para el caso de que fallezca”:

1. Mi cuerpo debe ser entregado a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional para ayudar al estudio de sus alumnos, después de que se practique la autopsia.

2. Si es necesario satisfacer la necesidad social de la vanidad oficial o familiar, que se hagan exequias simbólicas sin gastar plata en féretro, obviamente vacío, y que no haya ‘velorio’, ni simbólico, porque no quiero de visitantes a personas que estarán contentas con el fallecimiento.

3. El Gimnasio Moderno y Héctor Moreno serán los encargados de vigilar que se cumplan estas instrucciones.

Gracias por hacerlo,

Miguel Lleras Pizarro

Y ya más cerca de la muerte, escribió en su testamento:

Como el Estado se cree amo de nuestros bienes, de nuestras vidas y de nuestro destino, también se corre el riesgo de que se crea heredero de nuestros cuerpos, cuando muramos, y por esta circunstancia ratifico mis instrucciones a mis asignatarios para que no se hagan exequias ni civiles ni religiosas, ni se gaste dinero en hacer anuncios sobre mi muerte y para que mi cuerpo no se entierre en cementerio alguno sino, después de que se practique la autopsia, se entregue a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional para la instrucción de los estudiantes.

En una carta posterior, Daniel Samper Pizano me escribió:

Me ha golpeado mucho la noticia de Miguel Lleras. Ahora he venido a saber que ya había tenido una operación destinada a extirparle un cáncer en la garganta, o algo así. Al parecer se le reprodujo y las perspectivas eran fatales, de acuerdo con lo que me informó Mario Latorre Rueda a quien me encontré en una comida. Otro que también está bastante grave, con cáncer en el estómago, es Álvaro García Herrera, que es un tipo muy querido y de mucho carácter. En cambio Camacho Leyva goza de cabal salud y a Turbay le van a dar el premio del bebé sano.

El magistrado Mario Latorre Rueda fue colega de Miguel Lleras Pizarro en el Consejo de Estado. Nacido en San Gil en 1918 y fallecido en Bogotá en 1988, fue notable profesor de ciencia política en la Universidad de los Andes. Escribió una obra fundamental de la politología nacional, Elecciones y partidos políticos en Colombia, aparecida en 1974, y un libro que analizaba las cartas enviadas por los lectores a los consultorios sentimentales de los periódicos:

Hombres y mujeres cuentan su vida (1979). Álvaro García Herrera (1917-1980) fundó junto con Luis Carlos Galán Sarmiento, Rodrigo Lara Bonilla y Enrique Pardo Parra el Nuevo Liberalismo, en enero de 1980. Historiador y académico, fue embajador de Colombia en México. Su padre, el diplomático de Rionegro (Antioquia) Laureano García Ortiz, acumuló una de las mayores bibliotecas privadas que han existido en Colombia, hoy en poder de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

El general, Luis Carlos Camacho Leyva, que Klim llamaba Herr Kamacho Leyva, fue ministro de Defensa y hombre fuerte del gobierno de Julio César Turbay Ayala (1978-1982).

Dos párrafos sobre Miguel Lleras escribió Daniel Samper Pizano en su columna del 9 de abril de 1980:

En un país donde cada día son más escasos los hombres de carácter, al tiempo que los pusilánimes y los oportunistas se reproducen como conejos, la muerte de Miguel Lleras Pizarro, prototipo de los primeros, constituye una pérdida nacional. Lleras era honesto de la única manera como se puede serlo ahora: rabiosamente, desafiantemente. Su probidad y su entereza eran agresivas e intransigentes, ahora cuando hay muchos probos atemorizados y muchos que transigen con la indelicadeza.

El último acto de Lleras, mezcla de humor negro y póstuma crítica, fue ceder su cadáver a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional. Allí podrán hacer con él los experimentos que quieran, pero no habrá bisturí que logre penetrar en el acero de su ejemplo. Este está vivo.

En esa misma fecha, Ismael Enrique Arenas informaba en El Tiempo que en el anfiteatro de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional el cuerpo de Lleras Pizarro estaba registrado como “cadáver número 19”, en espera de que los estudiantes hicieran la disección para luego incinerar los restos en el horno crematorio de la misma facultad. Previamente, el cadáver había sido llevado a la morgue del hospital de La Hortúa, donde le fue extraída la sangre y le fue inyectado formol.

En el Consejo Superior de la Judicatura, los magistrados Samuel Arango Reyes, Jorge E. Gutiérrez Anzola, Rafael Poveda Alfonso y Luis Fernando Paredes aprobaron una proposición que decía:

Ejemplar humano de raras y nobles excelencias, el doctor Lleras Pizarro fue figura sobresaliente del foro colombiano, ciudadano de muy altas calificaciones, magistrado ejemplar por su probidad, laboriosidad y versación jurídica y miembro muy destacado de la Comisión Internacional de Juristas. Por sus brillantes talentos, y por su perseverancia y firmeza en la defensa de principios universales de justicia, el doctor Lleras mereció acatamiento y respeto en seminarios internacionales y le dio prestigio a su patria colombiana. Su desaparición deja inmenso vacío en la sociedad de que él fue exponente distinguido y constituye motivo de justo dolor para quienes fueron favorecidos con el privilegio de su amistad noble, leal y generosa.

La Corte Suprema de Justicia lo exaltó como “desvelado combatiente por la causa de la libertad y de los derechos humanos” y expresó que fue “arquetipo de pulcritud y honestidad en la defensa de sus hondas convicciones ideológicas”.

Su amigo del alma, Jorge Castaño-Castillo, hermano de Alvaro Castaño, el fundador de la radio HJCK, escribió el 24 de abril de 1980 en El Tiempo que Miguel Lleras fue “sobresaliente espécimen humano” que demostró “desdén virtual por lo convencional, lo acomodaticio, lo insincero”. Señaló: “Fue un rebelde” y agregó: “Su vigorosa inteligencia, su lógica demoledora hija de convicciones científicas irrebatibles constituían un desafío permanente a opositores de la verdad a medias. Por eso se rodeó de adversarios implacables que en el fondo de la conciencia admiraron su capacidad en las conclusiones afirmadas por él en un castizo estilo semántico y docente”.

Luis de Castro, longevo, por veterano, redactor judicial de El Espectador, tituló de manera idónea el artículo que escribió para recordar al magistrado fallecido: “Lleras Pizarro: una vida dedicada a combatir los abusos de poder”.

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