Un viaje a la casa del olvido donde habitó un día el artista Martín Abad

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Todo viaje hacia ninguna parte, termina en algún lugar, y ese lugar tiene un nombre, la finca “El Principito”. Una covacha de 80 metros cuadrados de lo que en otrora fue el hogar del artista y escultor, Martín Abad Abad, hoy, relegada al clima, la maleza y administrada por un cantante de música popular llamado Orlando Loaiza.


 

 

 

Emplazada en el sector de La Florida, esta vieja finca fue entregada en comodato al artista, y fue devuelta después de su muerte, confirmando la máxima de Lev Tolstoi, de que la única extensión de tierra que necesita un ser humano son dos metros de la cabeza a los pies.

Para acceder a ella, como si fuera un enigma, hay que franquear la ilusión del paisaje, ya que está oculta detrás de un manojo de guaduas que se mimetizan con el paisaje. Hasta el explorador más hábil, puede pasar por alto el lugar, que debería ser un monumento a unos de los artistas más icónicos de la Pereira a partir de los años 70, pero que ahora se ha convertido en una finca común y silvestre.

 

 

Confieso que llegamos a ella después de media hora de búsqueda, de saltar entre cosechas de cebolla, tomate y cilantro, y de ser correteados por perros que cuidan con celo y furia la propiedad de sus amos.  A lo lejos parece la casa del viejo Tolstoi en Yásnaia Poliana. Un lugar tan bello y asombroso este donde habitó Martín, que, en algún momento, la caminata, transporta a las personas a un mundo rural de contacto intimo con la naturaleza y la existencia.

 

 

Puede parecer romántico, pero del aire emana una paz que tranquiliza el espíritu, como si el artista, ya fallecido, estuviera dentro, esperando a sus comensales, con una taza de café, un bordón y muchas historias para entretener. Al cruzar la puerta amarilla, que parece una señal de advertencia eléctrica, se puede sentir otro aire melancólico y de remembranza, ya que quienes conocieron al artista, sabían que no era el lugar en sí, sino él, lo enteramente mágico.

 

 

 

 

Ver: Armas para la vida en manos del arte

 

 

 

 

 

El camino parece la entrada a una Jericó destruida. Esa misma Jericó antioqueña, de donde procedía Martín Abad Abad, y desde donde migró siguiendo la ruta de los arrieros, no para colonizar, sino para encontrar un nuevo comienzo con su vida solitaria y creativa.

En ese viaje hacia ningún lugar, literalmente, pensé si acaso, este artista no era una analogía de Diógenes de Sinope, con sus ocurrencias y su claro y luminoso espíritu infantil que tanta grandeza le dio entre el stablishment cultural de la región. No pensé en el síndrome, aunque fue evidente que su covacha estaba construida con materiales recolectados del mismo bosque que rodea el lugar, sino en la vida de escultor retraído, ensimismado en sus ideas, contemplándose cada noche a la luz de las velas en sus recuerdos familiares.

 

 

Tuvo todo el derecho como persona de hacer aquello, pues todos nos asfixiamos con las palabras y sentimientos que nuestro rostro y sonrisa oculta, pero otros, como él, encontraron un camino para lograr un sentido a esa prórroga de tiempo llamada vida, esa vida que se va hilando hasta que se agota el material de la hilatura.

 

 

Civilizado, en griego, significa domesticado, y Martín Abad Abad era libre como un caballo que ondea su melena en las manos del viento. Un vistazo general de lo que fue su vivienda, y que hoy debería ser un museo, deja en claro sus últimos días de existencia. Los tres arboles frontales que cubrían el techo de su chabola, ahora están cortados: dos limoneros y un tercer árbol apodado huesito, por el color blanco que relucía en todas sus extensiones.

 

 

Su interior ha sido modificado, pero no por un arquitecto, sino para comodidad de Orlando Loaiza y su familia, que, en sus palabras, administra el lugar para evitar que este sea saqueado. Claro, ignorando que el artista era querido por todos, al punto que nadie se metía con “El principito”, el hombre, que no que se creía un niño, sino que era un niño y del cual emanaba un amor más allá de lo racional por las personas.

Quizá el único consuelo al que puedan aspirar los pereiranos cuando contemplan a este grande del arte, sea el placer de la ironía. Lo que antes era un centro de convergencia cultural, igual que la casa del poeta Pablo Neruda en Isla Negra, o la de César Vallejo en Santiago de Cao, ahora es una casa relegada a la hierba y al olvido.

 

 

La vida nunca ha sido fácil para los hombres de ideas y de talento. El viejo principito murió solo.  El bedel que administra su covacha, y que duerme en la misma cama del artista, incluso conservando las lozas de la tumba de su hermana, dice que el viejo murió de humedad. Al oírlo no pude dejar de pensar en Heráclito, que también murió tratando de sacar el agua del cuerpo para vivir más tiempo. El Principito no lo logró, migró hacia otro planeta donde la máxima, o su secreto de Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos, se cumple a cabalidad.

 

 

Como el poema ¡Oh huida del niño solitario, al Dios solitario! Solo queda resaltar que Martín Abad Abad, igual que cada hombre está destinado a representar la humanidad, es la figura por antonomasia, del artista pereirano, que es un hombre, igual que todos, pero que es la suma de todos ellos.

 

 

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