Dosquebradas: 46 años de vida administrativa
Especial La Cebra que Habla: Dosquebradas
Dosquebradas es un municipio colombiano perteneciente al departamento de Risaralda, contiguo a la ciudad capital del departamento, Pereira (comunicado a través del Viaducto César Gaviria Trujillo). Dosquebradas es la segunda ciudad del departamento a nivel poblacional, hace parte del Área Metropolitana de Centro Occidente (AMCO) y es uno de los principales centros industriales del Eje Cafetero. El nombre de la ciudad se debe a la existencia de dos ríos: Santa Teresita y Las Garzas.
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La errática historia de Dosquebradas (Audio)
Y el hongo se hizo carne y habitó entre nosotros
Costumbres demasiado caribeñas y festivas para un bogotano, sin embargo, siendo justos, hay que decir precisamente eso, que su carácter fue su estilo literario.
Título: Repertorio Prohibido
Autor: Alfredo Iriarte
Editorial: Intermedio Editores
Género: Ensayo-Humor
Año: 1991
Pág. 144
Uno de mis mayores descubrimientos literarios este año fue conocer los textos del escritor bogotano Alfredo Iriarte. Sucedió así. Luego de ingresar a una vieja librería despertó mi atención un ejemplar de tapas color marrón cuya portada, adornada por un fragmento de “El Jardín de las delicias” de El Bosco, me invitaba a comprarlo, abrirlo, leerlo. El título era “Repertorio Prohibido” (1991) impreso por la editorial Intermedio editores.
Lo adquirí por un buen precio (y vaya cuota para ser culto), y sentado en un parque hojeándolo me encontré frente a un tratado histórico, filológico y jocoso. Una antología de relatos cachondos, vituperios, diatribas, afrentas, blasfemias. Temas que sinceramente había leído en Francisco de Quevedo, en Georges Bataille, o en el siempre sin moda y sin tiempo Marqués de Sade y que ahora leía «valga la redundancia», como si fuera una revelación, en la pluma de un connacional.
Una entera rareza, o mejor, un libro que cada hoja parecía tener un extraño magnetismo que no permitía despegar los ojos de la lectura hasta llegar al final, pues el autor desglosaba ciertas palabras originales en latín y griego para traducirlas al castellano; le daba un paseo al lector por la literatura del Siglo de Oro español hacia la narrativa latinoamericana; y profundizaba en temas íntimos como la castidad y su otro lado complementario, la ignominia humana.
En fin, un gran tratado cerrado sobre coprología, si es que puedo usar el término a sazón de una lectura que me emocionó como un niño con un caramelo, y que versaba sobre sexo, excrementos, garabatos, y elucubraciones intelectualmente escatológicas, todo, por supuesto, acompañado de carcajadas que brotaban de cada página, igual que un bufón emerge de una caja.

Leí el tomo de un tirón, y ahí fue donde me interesé vivamente por Alfredo Iriarte, el autor. Un bogotano de pura cepa que de no haber muerto en el año 2002 a causa de una complicación cardíaca, hoy tendría la edad de 86 años, pero lamentablemente este mes cumple 16 de fallecido. Así al recordar al gordo Iriarte, como le llamaban de cariño, es inevitable no empezar reproduciendo una frase que él solía decir de sí mismo, a propósito de su macrocefalia:
«Y el hongo se hizo carne y habitó entre nosotros.»
¿Y de dónde viene tal jocosidad de un capitalino? Precisamente he ahí lo curioso de su personalidad, pues aunque “pati frío”, poseía un carácter de costeño: mamagallista, bebedor de Whisky, merenguero, bailador, devorador de huevos en cualquier presentación y buen conversador según sus amigos Fernando González Pacheco, Álvaro Paredes Ferrer, y otros.
Amante de la Sonora Matancera quiso ser baterista vitalicio de la banda de Dámaso Pérez Prado y en sus palabras, si hubiera un cataclismo universal salvaría los trabajos de Goya, El Bosco y Brueghel el viejo, a quienes consideraba mamadores de gallo excelsos. Es decir, personajes afines a su pandilla espiritual.
Costumbres demasiado caribeñas y festivas para un bogotano, sin embargo, siendo justos, hay que decir precisamente eso, que su carácter fue su estilo literario. Nada de escritura frívola, o de formas encorsetadas, sino antes bien Alfredo Iriarte como el hombre que tenía la capacidad de reírse de sí mismo y de los demás, con altura, y dentro de su línea de historiador nacional y mundial; cronista local; humorista político, y también como escritor fecundo y prolífico, que dejó una vasta obra en su haber.

Tanta, que el profesor manizaleño Miguel Ángel Rubio afirma que son menos de cincuenta libros, y algo más de treinta. Una buena cifra digna de ser revisada si entendemos que este autor no se dedicó de lleno a la Literatura sino a una edad moderada, igual que Víctor Hugo, después que renunció a su trabajo de contador en la flota mercante Grancolombiana y de ejecutivo de venta en la empresa Seguros Bolívar de Bogotá.
Aunque desaceleremos, porque este escritor bogotano no fue (ni es) un Emilio Salgari, o un Isaac Asimov, o un Vargas Vila en cuanto a producción, sino que cada libro es producido en un contexto, y bajo un propósito en Colombia. Lo que lengua mortal decir no pudo (1979); Bestiario tropical, 1986; Episodios Bogotanos, 1987; Breve historia de Bogotá, 1988; Batallas y batallitas en la historia de Colombia, 1993; Historias en contravía, 1995; Trajes, historias y leyendas de Santafé, 1995; Muertes legendarias, 1996; Cristóbal Colón y el descubrimiento, 1998; Ojos sobre Bogotá, 1999. Y una decena de textos más que transparentan una vida literaria de cabo a rabo y retratan hechos de la vida social, política y nacional.
Se podría llegar a pensar que hay vidas destinadas a las letras, sin embargo, en este caso y frente a este autor, no es tan fácil afirmar aquello. Alfredo Iriarte estudió Derecho en la Universidad del Rosario de Bogotá pero no terminó, igual que Gabriel García Márquez, Daniel Samper Pizano, Pedro A. Valderrama. Desertó de la marina por su carácter indomeñable, y como se dijo, fue contador y alto ejecutivo en una empresa reconocida desde donde renunció para dedicarse a leer y a escribir. Una apuesta arriesgada, o mejor, una osada transformación literaria que no es de todos los espíritus, aunque sí de este sibarita. Término que uso a falta de otro para identificar a un individuo que hace con placer, o con ocio, lo que le gusta, y no lo que le obligan a hacer.
En esta aventura literaria fue director del desaparecido Instituto de Cultura Hispánica, columnista quince años en el periódico El Tiempo con su aparte “Rosario de perlas”, colaborador en otros medios, además de militar en la corrección política ya que detestaba a los dictadores latinoamericanos. De ahí su novela “El jinete del Bucentauro”. Una fina metáfora de un dictador que reinventa la constitución, estrangula libertad, y como Calígula, nombra general a su caballo Bucentauro y todos deben obedecerle.

En fin, una vida llena de curiosidades y un genio literario que si hoy se vuelve a poner de moda la lectura de sus obras, sería sin duda un autor de culto entre los buenos espíritus. Como afirmó de él Carlos Villalba Bustillo:
«Si Alfredo Iriarte se desentendiera de sus obsesiones, de su mamagallismo incurable y de la desfachatez con que dice todo lo que le da la gana, nos privaría del placer de leer, en cada una de sus crónicas y en sus libros, una vivencia grata, porque tiene la virtud de volver, con su impresionante expedición, trascendente lo frívolo y de convertir lo serio en derroche».
Microhistorias de Ciudad: La galería
Microhistoria de ciudad: capítulo 10
La Galería, antes ubicada en el centro de Pereira, y luego del terremoto de 1999 trasladada al sector de la 40 conocido como Impala, es un referente comercial e histórico en la ciudad.
Comparte en las redes sociales de su preferencia este valioso descubrimiento histórico, con el hashtag, o la etiqueta #PereiraAyeryHoy y recuerda: “conoce tu historia y conocerás Pereira”.
A ver, si es maní es para mí
Tanto es mi vicio por esta sopa que hasta tengo la costumbre de chupar concienzudamente las bolitas de la pimienta como si fueran caramelillos hasta que no queden trazas de maní.
Bien recuerdo que en mis años de escolar, al momento del recreo, iba en busca de mi bolsita con refrescante chicha de maní que me la tomaba en un instante como si me muriera de sed. Era un ritual sabroso aspirarla a través de la pajilla de plástico al tiempo que la lengua sentía la agradable textura del coco rallado. Hoy, más viejo y curtido ya no le hallo gusto a las partículas de coco flotando en la misma bebida, así como tampoco me agrada que a la garapiña (bebida preparada con chicha de maíz y helado de canela) le añadan lo mismo.
Sin embargo, el dichoso coco rallado sabe muy bien cuando se lo espolvorea sobre un calentito arroz con leche que se sirve como postre. Como adultos vamos perdiendo el gusto por algunas cosas, o simplemente cambian nuestras preferencias. Será que a eso le llaman madurez, supongo.
Y dentro de esa madurez, ya no extraño tanto el refresco de maní como para ir corriendo en su búsqueda pero si se da la ocasión de degustarlo acepto encantado, tal como en mis años más mozos y vulnerables. Naturalmente, he pasado a cosas más fuertes y de ‘hombrecitos’ como diría alguien en broma, empezando por la picantosa llajua de maní, que es la salsa suprema para sazonar una velada de anticuchos ahumados a todo corazón en la parrilla. Con guitarra o sin guitarra, pero mejor con ella.

De todas las formas posibles de aprovechar esta versátil leguminosa, la mejor pasa por disfrutarla en sopa, medianamente espesa y bien caliente. Todo comienza por la molienda en batán, del grano en crudo que se va triturando con una piedra maciza hasta formar una pasta casi líquida a la que se va añadiendo agua para facilitar la tarea. Es un arte el molido del maní, hay que decirlo, pues hacen falta unas manos diestras para conseguir una pasta no tan fina, sino más bien rugosa en cuanto a textura que, más tarde, el paladar sabrá apreciar.
Alternativamente, se puede recurrir al triturado en licuadora pero la sopa tendrá otra consistencia, bien que lo sabemos los que somos aficionados a la comida ancestral.
Como cualquier otro caldo se hace hervir previamente cebolla, zanahoria y otras verduras picadas, con presas de res y/o de pollo según conveniencia. Sal, algo de ajo, y pimienta en grano bastarán para afinar la sazón. Luego se va espesando el caldo con la pasta de maní hasta que dé unos buenos hervores. Antes de finalizar la cocción se añaden habas verdes y un puñado de papas blancas menudas para que la sopa no se vea tan monótona.

Hay quienes gustan de añadir unos cuantos macarrones tostados al caldo para combinar sensaciones y francamente es aceptable. Pero algunos preferimos puramente el maní, para sentir a plenitud su sustancia algo áspera cuando pasa por la garganta. Somos así de gustosos y raros. Eso sí, ni de chiste me sirvo cuando veo arroz en la sopa, de maní quiero decir. Espesarla con tal cereal, es uno de los peores crímenes culinarios que, como en el Lejano Oeste, merecería el cariño de una bala.
Nada mejor que servirse la sopa humeante, con unos esperanzadores olores del perejil picado flotando en su superficie, en consonancia con unos palitos de papa frita que no solamente cumplen una función estética sino también la posibilidad de alternar sabores en la boca. Tanto es mi vicio por esta sopa que hasta tengo la costumbre de chupar concienzudamente las bolitas de la pimienta como si fueran caramelillos hasta que no queden trazas de maní. Que me perdonen mis interlocutores si me callo de repente y me aíslo de la charla en la mesa. Estoy concentrado en mi sopa de maní, disfrutándola a plenitud como si no hubiera mañana.
Ya en otras circunstancias, de cuando en cuando (muy raramente, para ser precisos), si tengo suerte me invitan a comer una Nogada de cordero. Un guiso magistral con carne dulzona y tierna, adobada en, sabe Dios, qué condimentos y cocida, naturalmente, con una buena base de maní molido. Aunque lo de “nogada” nunca lo he sabido, porque no aparecen las nueces por ningún lado, ni siquiera rastros en la sazón. Si la ciencia tiene tantos misterios, ¿por qué no la cocina?
Sin crítica
O han llegado a confundir la vida intelectual con el lumpen de la llamada vida bohemia en Medellín
Texto a ser publicado en el periódico El Mundo de Medellín.
¿Qué sucede en una sociedad donde la crítica no existe? Que la obra se produce pero no ocupa el lugar que proyectan sus distintas insinuaciones, de manera que el asedio de la ignorancia – y la publicidad propaga la mayor de las ignorancias- termina por abandonarla en la indiferencia cultural.
¿Existe algún trabajo literario donde se muestre lo que supuso el interregno de los años 50 en Medellín cuando la sociedad pasó a ser gobernada por los comerciantes y las obras de la generación de Carrasquilla, Efe, Sanín Cano, de Greiff, Fernando González entran deliberadamente en el olvido oficial y aquella o aquel que escribe son mirados con desprecio?
¿Quién se ha dado cuenta que Carrasquilla sigue y seguirá aquí en medio de nosotros sin que nadie lo escuche? ¿Quién se ha dado cuenta de que Sanín Cano debió marcharse para que no lo anulase nuestra agresiva ignorancia de la literatura? ¿No continúa solo Fernando González? León de Greiff tuvo el arresto de contar con un arma mortífera como su ironía para burlarse de una sociedad de mercachifles.
De Barba trajeron sus cenizas, de las cenizas de Uribe Piedraíta nada se sabe. Es conocida la expresión “hombres póstumos con que Cacciari denominó en la Viena soporífera “fin du siècle” aquella muerte en vida que debieron enfrentar Otto Wagner, Adolf Loos, Freud, Schnitzlers, Musil, Roth a quienes nunca se les brindó reconocimiento y fueron agredidos con esa oscura tenacidad propia de la imbecilidad generalizada de los adoradores del becerro de oro.

¿No se hizo lo mismo con Thomas Bernhard y se hace hoy con Peter Handke permanentes desterrados? La obtusidad es característica de ese conformismo donde el sentimiento religioso o populista se confunde con los trasfondos de la más azarosa noche de los puñales de una sociedad que por odio a la inteligencia ha sido capaz de justificar las peores irracionalidades políticas, levantar fácilmente el brazo o apretar el puño para saludar al tirano de turno.
De esa indolencia social se deriva fácilmente el eludir la responsabilidad que supone lograr una tarea crítica sin caer en la injuria y la malevolencia, en el chiste malsano, respuestas propias de grupúsculos de intelectuales municipales que rehúyen el diálogo inteligente para caer en las bromas pesadas, en los exabruptos de la patota.
¿Quién ha estudiado la obra de Gonzalo Cadavid, de Rocío Vélez, Olga Elena Mattei, Dolly Mejía, de María Helena Uribe en sus planteamientos narrativos donde se evidencia una concepción del ser completamente diferente a la del neocostumbrismo? ¿A qué se dedican entonces, como preguntaría Saúl Bellow, los cientos de profesores de literatura? O han llegado a confundir la vida intelectual con el lumpen de la llamada vida bohemia en Medellín ¿Cómo a un escritor bajo la impía consideración de que es un escritor “reaccionario” se le trata de aislar?
Todavía el estajanovismo impuesto por algunos camaradas disfrazados de teóricos de la revolución ha logrado colonizar el cerebro de escritores y de profesores predispuestos a aceptar el lema de que “solamente lo nacional debe contar” eliminando de este modo el conocimiento de la literatura universal y la necesaria cotejación con sus obras canónicas. Agreguemos a esto el fenómeno del marketing fabricando escritores comerciales que son aceptados de inmediato ya que no existe una crítica que sirva de cedazo.

De manera que entre el maniqueísmo impuesto por los activistas políticos y los modelos del marketing impuestos por la industria editorial debemos agregar esos subproductos nacidos de los talleres literarios repletos de desocupados, de ciertos negligentes diplomados universitarios y que hoy en esta ciudad se han convertido en un verdadero ejército de amateurs, de escritores de fin de semana en las sombras.
¿Dónde está el espacio crítico que debe acompañar toda propuesta narrativa, todo espacio cultural que debe crearse para cotejarse con las obras que han establecido un diálogo que nuestro provincianismo exacerbado ha impedido? Por no referirme en extenso a la parálisis creadora que en las almas tibias causa la soporífera vida académica donde el pensamiento vive marginado por los fabricantes de monografías o consideran, como cierta profesora, que la literatura es una “ciencia exacta”. Enseñar filosofía es algo muy distinto a ser filósofo.
Todo esto que podría ser tomado como los bostezos y las flatulencias de nuestro tedio provinciano no lo es porque como en muchas ocasiones con relativa sorpresa nos hemos dado cuenta que la barbarie ha sido implícitamente aprobada con el silencio de mediocres profesores bajo la farisea justificación de responder a una causa histórica.
De manera que la mediocridad brota en nuestro caso de la ausencia deliberada de los raseros estéticos que abren vía a la crítica para no seguirnos creyendo que leer literatura extranjera es “perder nuestra identidad”. Es ese fenómeno tan español del ombliguismo, o sea de permanecer mirándonos la barriga insensibles frente a todo lo que suceda en el mundo y que como decía Marta Traba hace que en todo momento siga rugiendo en nuestra realidad cultural, el provincianismo más desaforado.
Se reserva el derecho de admisión
A finales de la primera década del siglo XXI se publicó la primera ordenanza municipal para prohibir el uso en locales públicos de letreros que consignasen frases discriminatorias
En la Lima de los años 90 era común que ciertas discotecas ubicadas en sectores residenciales de la ciudad colocaran en su entrada un cartel con la frase: “Se reserva el derecho de admisión”.
Se trataba de una sentencia a todas luces perniciosa, en tanto reflejaba la intención de los dueños y administradores de dichos locales de restringir el ingreso de aquellas personas que carecieran de “buena presencia”, un requisito que en el Perú se encuentra definido por la posesión de aquellos atributos físicos que son idealizados: la piel, el cabello y los ojos claros, una estatura superior a la promedio, una complexión delgada en el caso de las mujeres y corpulenta en el caso de los varones.
Cabe aclarar que si bien el cabello y los ojos oscuros pueden filtrarse al interior de esta difusa categoría, tal salvedad exige que dicha fisonomía se adecúe por lo menos a alguno de los estándares de porte y contextura deseados, y sobre todo que se encuentre libre de notorios rasgos indígenas o afrodescendientes.

A comienzos del siglo XXI era ya habitual que el ingreso a la discoteca estuviera además sujeto a la posesión de un carné expedido por el establecimiento, por lo cual muchos jóvenes no dudaban en acercarse al local en horarios de oficina y realizar el trámite. Este consistía en diligenciar un formulario con los siguientes datos: nombre, dirección, teléfono, centro de estudios, lugar de trabajo, clubes de los que se era socio, tarjetas de crédito que se poseía, marca y año del vehículo propio, entre otros.
Colocar una foto en la parte superior derecha del formulario era, por supuesto, imperativo –y ahora que lo escribo, un asunto totalmente ridículo–. Semanas después, el carné llegaría –o no– a la casa del solicitante. Se creería entonces que de obtener tan anhelado documento, la diversión del fin de semana, ¡y en el lugar de moda!, estaba asegurada.
No obstante, su posesión tampoco garantizaba el ingreso: la persona aún estaba sujeta a la evaluación in situ del fornido vigilante ubicado en la entrada de la discoteca, quien impávidamente profería a diestra y siniestra excusas poco creíbles como “la fiesta es privada” o “el local está muy lleno”, o al juicio personal de la estilizada señorita situada al final de un largo y oscuro pasaje, quien desde un modesto escritorio contaba con la autoridad de pronunciar otro temido dictamen: “el carné ya ha vencido” –aunque este no registrara fecha de expedición ni mucho menos de vencimiento–, y así obligar a la persona discriminada a emprender el camino de regreso sin haber siquiera pisado la pista de baile.

Evidentemente, los criterios según los cuales los administradores de tales discotecas concedían –o no– la preciada credencial se encontraban supeditados a aquella “buena presencia” mencionada líneas arriba: un requerimiento determinado por aquella fotografía que aún en tiempos anteriores a los filtros de Instagram era posible de ser optimizada con Photoshop, y fortalecido por un estrato socioeconómico acorde o por lo menos aceptable para quienes buscaban en sus potenciales clientes no solo cierto poder adquisitivo sino también cierto estilo de vida, el cual podía deducirse fácilmente a partir del barrio señalado en la dirección así como de los bienes y actividades indicadas en los espacios en blanco.
Los criterios de ingreso que ocurrían en la entrada de la discoteca respondían a razonamientos más macabros.
Es obvio que tanto el vigilante como la señorita eran solo trabajadores que cumplían con las funciones estipuladas en su contrato. Y si bien ninguno de ellos solía ser rubio ni mucho menos de ojos claros, es cierto que cumplían con algunos de los requisitos de la llamada “buena presencia”: el primero era por lo general alto y corpulento; mientras que la segunda, además de alta y delgada, solía presentarse pulcramente vestida, maquillada y con el cabello alisado.
Intuyo que quienes fueran sus jefes no tuvieron que invertir mucho tiempo en adiestrarlos en esa serie de pequeñas operaciones que los limeños aprendemos desde muy pequeños en lo referido al escudriñamiento del otro: una mirada de escasos segundos es suficiente para deducir de qué barrio proviene, a qué estrato pertenece un sujeto; una lectura breve de su fisonomía basta para determinar si dicho sujeto es un cholo y acto seguido, convertirlo en objeto de desprecio.

A finales de la primera década del siglo XXI se publicó la primera ordenanza municipal para prohibir el uso en locales públicos de letreros que consignasen frases discriminatorias basadas en el aspecto físico. Esta medida fue replicada en algunos sectores de la capital –mas no en todos– y en otras ciudades del país –nuevamente, no en todas–. Por aquellos años empezaron también a registrarse las primeras denuncias por parte de los afectados, quienes declaraban que se les había negado el ingreso aduciendo que el número de personas desbordaba la capacidad del espacio o que se trataba de un evento privado, cuando ninguno de esos pretextos era verdad. Algunas discotecas fueron multadas e incluso obligadas a cerrar sus puertas por un tiempo.
Hoy en día los carteles que defendían el derecho a reservarse la admisión de ciertos sujetos han desaparecido de la entrada de las discotecas. Sin embargo, las distancias sociales erigidas con base en la apariencia física de los seres humanos se han trasladado a otros escenarios, y la abierta condena a aquellos rasgos físicos que revelan un ancestro afro o indígena germinan en otras interacciones.
Ojalá en un futuro no muy lejano, aquellos prejuicios muchas veces intangibles aunque materializados en nuestro comportamiento cotidiano –y no solo en nuestras relaciones cara a cara, sino también en el espacio virtual de las redes sociales– se conviertan en prácticas en desuso, y podamos reflexionar en torno a ellos como una conducta que forma parte del pasado.
Día Internacional de las Personas con Discapacidad
El tema de la celebración para los tiempos venideros es eliminar las barreras para crear una sociedad inclusiva y accesible para todos.
Alrededor de un 15% de la población mundial, o mil millones de personas, viven con algún tipo de discapacidad. El Día Internacional de las Personas con Discapacidad tiene como objetivo fomentar su integración en la sociedad y promover la igualdad de oportunidades. El tema de la celebración para los tiempos venideros es eliminar las barreras para crear una sociedad inclusiva y accesible para todos.
La proclamación de este día tuvo su origen en la culminación del Decenio de las Naciones Unidas para las Personas con Discapacidad (1983-1992), cuyo propósito fue cumplir con el Programa de Acción Mundial para las Personas con Discapacidad, aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 3 de diciembre de 1982.
Bienvenidos a este Especial preparado por La Cebra que Habla

Frases inspiradoras sobre discapacidad
Una serie de frases muy útiles a la vez que reconfortantes.
Texto extraído de: Fundación Anda Conmigo
No siempre es fácil hablar de discapacidad con los peques y, en ocasiones, es posible que nos falten las ideas para explicar aspectos relacionados con este término. Es normal. Lo bueno es que antes que nosotros muchas otras personas se han encontrado en la misma situación, han reflexionado y nos han dejado una serie de frases muy útiles a la vez que reconfortantes.
Hoy os queremos dejar algunas de ellas para que las uséis siempre que necesitéis una ayudita. Apuntadlas en un post-it, ponedlas de despertador o escribidlas en el espejo con el vaho de la ducha, haced lo que queráis, ¡pero tenedlas siempre muy presentes!

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“La única discapacidad en la vida es una mala actitud” (Scott Hamilton).
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“Si el mundo piensa que no eres lo suficientemente bueno, es mentira. Consigue una segunda opinión” (Nick Vujicic).
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“La discapacidad no te define; te define cómo haces frente a los desafíos que la discapacidad te presenta” (Jim Abbott).
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“La discapacidad es una cuestión de percepción. Si puedes hacer una sola cosa bien, eres necesitado por alguien” (Martina Navratilova).
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“Nunca conocí una persona amargada que fuese agradecida o una persona agradecida que fuese una amargada” (Nick Vujicic).
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“La discapacidad no es una lucha valiente o coraje en frente de la adversidad. La discapacidad es un arte. Es una forma ingeniosa de vivir” (Neil Marcus).
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“Pienso que un héroe es un individuo extraordinario que encuentra la fuerza de perseverar y resistir a pesar de los obstáculos” (Christopher Reeve).
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“Cuando eliges la esperanza, todo es posible” (Christopher Reeve).
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“No tengo una discapacidad, tengo una habilidad diferente” (Robert M. Hensel).
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“Los niños especiales no esperan ser curados sino comprendidos.”
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“El miedo es la discapacidad más grande de todas” (Nick Vujicic).
Día Internacional de las Personas con Discapacidad, 3 de diciembre

Las personas con discapacidad son más a menudo víctimas de la violencia
Texto extraído de: UN
Lo que significa ser discapacitado
La discapacidad es una condición que afecta el nivel de vida de un individuo o de un grupo. El término se usa para definir una deficiencia física o mental, como la discapacidad sensorial, cognitiva o intelectual, la enfermedad mental o varios tipos de enfermedades crónicas.
Las personas con discapacidad, la “minoría más amplia del mundo”, suelen tener menos oportunidades económicas, peor acceso a la educación y tasas de pobreza más altas. Eso se debe principalmente a la falta de servicios que les puedan facilitar la vida (como acceso a la información o al transporte) y porque tienen menos recursos para defender sus derechos. A estos obstáculos cotidianos se suman la discriminación social y la falta de legislación adecuada para proteger a los discapacitados.
Las personas con discapacidad son más a menudo víctimas de la violencia: los niños discapacitados tienen cuatro veces más posibilidades de ser víctimas de actos violentos, la misma proporción que los adultos con problemas mentales.
La ignorancia es en gran parte responsable de la estigmatización y la discriminación que padecen las personas discapacitadas.

Una sociedad incluyente
Está ampliamente demostrado que, una vez eliminados los obstáculos a la integración de las personas discapacitadas, estas pueden participar activa y productivamente a la vida social y económica de sus comunidades. Por ello es necesario eliminar las barreras de la asimilación de los discapacitados a la sociedad.
La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad reconoce que la existencia de estas barreras es un componente esencial de su marginación. La Convención subraya que la discapacidad es un concepto evolutivo «resultado de la interacción de las personas con disfunciones y de problemas de actitud y de entorno que socavan su participación en la sociedad».
La accesibilidad y la inclusión de las personas con discapacidad son derechos fundamentales reconocidos por la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidades. Son las condiciones sin las cuales no pueden disfrutar de sus otros derechos. La Convención (artículo 9) pide que las personas con discapacidad puedan llevar una vida independiente y participar de forma activa en el desarrollo de la sociedad. Solicita a los Estados que tomen las medidas apropiadas para darles pleno acceso a la actividad cotidiana y eliminar todos los obstáculos a su integración.

Empoderar a las personas con discapacidad y garantizar su integración e igualdad
Este lema de este año se centra en el empoderamiento de las personas con discapacidades para asegurar un desarrollo sostenible, inclusivo e igualitario y de esta manera, cumplir con la Agenda de Desarrollo Sostenible.
La Agenda 2030 se compromete a “no dejar a nadie atrás”. Las personas con discapacidades, como beneficiarios y como agentes de cambio, pueden acelerar el avance hacia un desarrollo inclusivo y sostenible, así como promover unas sociedades resilientes para todos, incluidos los ámbitos de la reducción del riesgo de desastres y la acción humanitaria, además del desarrollo urbano. Es necesario que los gobiernos, las personas con discapacidades y las organizaciones que las representan, las instituciones académicas y el sector privado trabajen en equipo para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).




























