miércoles, abril 29, 2026
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Una casita pa’l pesebre

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Les presentamos una galería de aquellos adornos que ya empiezan a iluminar las calles de Pereira en época navideña.


 

Nuestra idiosincrasia es amplia.  Hay un sinfín de posibilidades frente a las formas de adornar nuestros espacios cuando la época navideña se acerca y en Colombia pareciera que la navidad es casi todo el año.

Algunos lugares a los que se les adorna con ostentosas luces de colores o mangueras luminosas se les deja así durante el resto del siguiente año porque, o da pereza quitarlas, o es muy costoso pagarle a alguien para que lo haga. En este caso, los sectores populares son amos y señores de la improvisación.

De acuerdo a la capacidad económica, se adornan las fachadas, se hacen arreglos con guirnaldas, se compran coronas o flores de oro. Elementos que ofrecen en los días comerciales para que encajen con los colores navideños y el espíritu del momento. En fin, la creación es amplia a la hora de decorar las fachadas de nuestros hogares.

Les presentamos una galería de aquellos adornos que ya empiezan a iluminar las calles de Pereira en época navideña.

Bienvenidos


 

La escritura de la historia y la idea de nación

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Y aquí llegamos  a una de las claves del libro de Alexander Betancourt: el rol de la escritura


 

A  menudo olvidamos que La historia – la idea de La historia- es una construcción en la que convergen testimonios, documentos, erratas, ideologías, prejuicios, cosmovisiones y, sobre todo,  formas de ejercer el poder.

Por eso resulta tan fácil caer  en la tentación  de asumirla como algo dado e inamovible: una suerte de estatua que apunta con su dedo índice hacia el horizonte y nos narra su versión petrificada del pasado: La Historia sagrada.

Por fortuna, a poco que uno levante la primera capa, afloran las contradicciones.

Y de estas últimas se nutre el estudio de La Historia-así, con mayúsculas-.

 

Foto por: Diego Val

 

Para no sucumbir a la parálisis mental  de la Historia oficial-  la que les interesa a los detentadores del poder- el investigador dotado de sentido  crítico emprende un viaje, no tanto a los archivos y museos como a las estructuras de su propia mente, con el fin de descorrer los pliegues que nos muestran- vaya sorpresa-  a los prestigiosos “ hechos” en su faceta proteica, la que los cronistas de todos los tiempos han señalado una y otra vez : los hechos, los acontecimientos, tienen la facultad de transformarse ante quien los mira.

En este caso, ante el historiador.

Por eso el estudioso debe emprender  su inmersión  dotado de todas las herramientas a su alcance.

Tanto las propias de su oficio como las de todas las disciplinas que puedan echarle una mano: la economía política, la sicología, la literatura, la biología, la antropología.

 

Foto por: Diego Val.

 

Ninguna ayuda sobra cuando se trata de enfrentar la inasible materia de que está hecho el tiempo.

Esa batalla perdida de antemano que, a falta de un nombre mejor,  llaman una cronología.

El investigador y  maestro Alexander Betancourt  Mendieta conoce esas vicisitudes  y por eso hizo acopio de todos los recursos posibles antes de emprender la escritura de su libro América Latina: Cultura Letrada y Escritura de La Historia, un riguroso y bien documentado trabajo de ciento  ochenta y nueve páginas, publicado  en la colección Anthropos, con el auspicio de la Facultad de Ciencias  Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma  de San Luis Potosí, en México.

Todo bajo el sello del grupo editorial siglo veintiuno.

 

Foto por: Diego Val.

 

Muy temprano, en la página treinta y tres, el autor formula una advertencia:

“En el mundo letrado de América Latina del siglo XIX no hubo discusiones metodológicas sobre la escritura de la historia parecidas a las que se dieron en algunas partes de Europa en el marco de los procesos de institucionalización y profesionalización de los saberes que ocurrían en aquel periodo; no existió, por lo tanto, la posibilidad de una reflexión epistemológica sobre el método histórico como la “suma de reglas de la investigación histórica”, tal como lo entiende Rusen. En el contexto del mundo letrado de América Latina más bien predominó la idea de la escritura de la historia como una “suma de las formas de representación del pasado” a través de las cuales se podía encontrar referentes concretos  sobre ciertos criterios morales de acción que asumía el pasado como una suma de ejemplos a seguir”.

El pasado como un vestido que los hombres de las épocas venideras habrán de ponerse con algunos ajustes y nada más.

Al leer  el libro de Alexander Betancourt resulta ineludible pensar en esa Historia de Colombia escrita por Henao y Arrubla que nos obligaron a  memorizar en la escuela, en la que el mundo parecía ser un compendio de héroes dotados de  grandes principios morales, acechados todo el tiempo por una legión de malvados empecinados en echar por tierra los cimientos de la sociedad.

 

Foto por: Diego Val.

 

Para mostrarnos los otros rostros que revela el espejo, Betancourt apela  a la obra de Germán Arciniegas, ese escritor colombiano obsesionado como ninguno con la naturaleza del pasado  y la posibilidad de ser convertido en escritura, en relato.

En la página  ciento veintidós de América Latina: Cultura Letrada y Escritura de La Historia, leemos la siguiente cita de Arciniegas:

“Los libros que suelen publicarse como libros de historia, y que en realidad se limitan a relatar lo que hicieron ciertos gobernantes o guerreros, tienen el gran peligro de ser lecturas entretenidas(…) Lo que hoy ocurre con la historia es que ella invierte los términos de la vida social. Quienes la hacen olvidándose del hombre común, de usted y de mí, para concentrar la atención en torno al héroe, a la figura que hace más farol, hacen pinturas de príncipes, reyes, generales o caudillos civiles, pero esto es superponer unas biografías a lo que en realidad es el alma de una nación(…)

Y aquí llegamos  a una de las claves del libro de Alexander Betancourt: el rol de la escritura, es decir, del relato de la historia en la construcción del concepto de nación, algo esencial en un territorio que acababa de librar sus guerras de  independencia contra el imperio español y precisaba con urgencia de lo que  Benedict Anderson denomina Comunidades  imaginadas.

 

Foto por: Diego Val.

 

Dicho de otra forma: un asidero común para hacerles frente a las turbulencias de los tiempos.

En contravía de esa necesidad, y amenazadas por la inminente disolución, las nacientes repúblicas se enfocaron más bien a crear un aparato institucional conformado por museos, institutos  y universidades capaces de darle soporte y justificación  a su proyecto de sociedad.

De ahí  la limitada y pobre concepción de la historia que marcó el tránsito de estos países hacia el siglo XX.

Esa circunstancia explica  que se impusiera el desafío de contar la historia de América Latina, de  sus encuentros y conflictos, como paso previo para responder al reclamo que planteara Germán  Arciniegas.

 

Foto por: Diego Val.

 

No ya la colección de estatuas sino el relato viviente  del  intento todavía fallido de construir algo que se parezca  a un destino colectivo.

El libro del profesor Alexander Betancourt constituye un muy valioso aporte en ese intento.

El poder oculto de las flores

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Verlas florecer es pura satisfacción y se me hincha el orgullo


 

Me congratulo que, a veces, Cochabamba haga honor a lo de “ciudad jardín”, un cliché publicitado hasta el hastío. Que no todo es cemento y asfalto. Que aún debajo de los puentes y otras gigantes moles de hormigón crece la hierba y, si viene el caso, la hagan florecer. Es en esos recorridos cotidianos que voy descubriendo insospechadas jardineras donde alguien tuvo el tino de plantar algunas especies para romper la melancólica hegemonía gris del paisaje urbano.

Al ver semejante explosión de color uno queda desarmado de cualquier inquietud, las preocupaciones se aligeran por un instante, y la prisa de las cosas pareciera que se esfumara. En suma, uno se queda mudo ante tal despliegue de belleza que la naturaleza prodiga a cambio de nada. Es saludable que, mientras gente sin alma arrase con los arbolillos de sus aceras, haya otra que esté dispuesta a embellecer la ciudad por puro capricho, por simple amor a las plantas.

 

Petunias bajo el puente. Foto por: José Crespo Arteaga.

 

Abajo en el patio, mi tía años ha que viene batallando para consolidar su jardín, por toda la casa están desperdigadas sus macetas con flores variadas. Violetas africanas de tonos morados lucen eternas en la calma del comedor; azaleas, geranios y kalanchuas se disputan los rayos de sol para brillar más. En la semisombra, flores como estrellitas azuladas y ciclámenes, desde el rosa al granate, cuelgan de estantes junto a begonias de corolas dobles. Todo ese conjunto le da un aire especial al hogar, unos toques de magia y sazón a la vida misma.

Las flores, en su serena quietud transmiten paz y rejuvenecedora alegría. Yo me quedo minutos interminables contemplándolas, como pasmado ante una obra maestra.

 

Mar de pensamientos. Foto por: José Crespo Arteaga.

 

Visto que mi terraza estaba demasiado desierta y demasiado monótona con su tono ladrillo, había que hacer algo. Yo casi nunca he coleccionado nada, recién en los últimos tiempos me di a la tarea de reunir películas y series para tener una videoteca aceptable. Pero las tardes de cine sólo me proporcionan alimento espiritual. Necesitaba algo que apreciar con todos los sentidos. Qué mejor que iniciar una colección con matiz verde, me dije. El embrollo del asunto pasaba por elegir el tipo de planta, tenía que ser floreciente desde todo punto de vista.

En mis caminatas por la ciudad, me asombra que aún en las peores condiciones, en espacios ínfimos y resecos, algunas plantas sobrevivan y todavía florezcan caprichosamente. Entre esas especies, siento cierta predilección por las pelargonias, las parientes poco apreciadas de los geranios.  Sus flores no tienen valor de mercado, nunca he visto que las vendan en alguna feria o que alguien encargue un ramo de ellas para el motivo que sea. Tal vez si se los obsequiara a una chica, no entendería el mensaje como cuando se ofrece un puñado de rosas o un ramito de violetas.

 

Pelargonias simples en el ventanal de mi tía. Foto por: José Crespo Arteaga.

 

Desde pequeño me gustaba restregar sus hojas y pétalos, en su tenue aroma pero característico hay algo cautivador que no tiene explicación. O seré un vicioso de las perfumadas brisas de las que uno se alimenta cuando se recorre las calles nocturnamente. De algún muro cuelgan jazmines y es avasallador su olor al paso. Ni qué decir de los floripondios, droga suelta en el aire que casi aturde los sentidos. Y esa manía que tengo de arrancar flores de lavanda allí donde las descubra. ¿Habrá alguna cura para esta adicción?

Mientras tanto, para no tener que buscar aromas en otros sitios y un poco por curarme en salud, se me ha ocurrido coleccionar pelargonias. Verdaderas peripecias he atravesado en busca de sus variedades: algún perro de pocas pulgas me ha enseñado la mandíbula por aproximarme a alguna casa, en otras he tenido que sobornar al jardinero para que me pase unos tallos de la planta, a veces he tenido que meter la mano a través de las rejas para procurarme unos esquejes, en otras acudí al simple asalto de jardineras y aceras donde veía florecer un color raro.

 

Pelargonium, mi pequeño rincón florido. Foto por: José Crespo Arteaga.

 

Estoy fascinado con la gama de colores, especialmente el rosa que ofrece todos los tonos posibles, y aun me faltan algunas variedades que he divisado en lugares inaccesibles. No es mi intención comprar plantines, eso es tarea fácil pero artificial.  Me gusta que todo tenga su sacrificio, que parezca una pequeña conquista.

Por metodología, siempre pongo mínimamente dos esquejes en el pequeño vivero que he improvisado con botellas de plástico. Mi tía dice que tengo buena mano para las plantas, pues resulta que al menos la mitad de mis retoños prenden en poco tiempo. No hay ningún truco, todo pasa por preparar bien la tierra, mezclándola con humus, ceniza del parrillero y hasta la borra de mis cafés destilados los aprovecho.

 

Pelargonias dobles, flores de mucho aguante. Foto por: José Crespo Arteaga.

 

Luego se coronan mis esfuerzos con las plantas que crecen macizas y plenas de verdor. En mis ratos libres, las mimo acariciando sus hojas, desprendo las que amarillean o desfallecen, podo las ramitas sobrantes y las riego periódicamente. Verlas florecer es pura satisfacción y se me hincha el orgullo. Terapéutico y reconfortante había sido jugar al jardinero. Si no fuera por los asquerosos gatos, sería la dicha total.

 


P.S. Como no conozco ninguna canción dedicada a las pelargonias, bien vale una dedicada a la dalia, otra cautivante flor de los valles.

Una mínima biografía de Teddie

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“There is laughter because there is nothing to laugh at”


Th. Adorno

 

El primer conocimiento que obtuve sobre el pensador y filósofo alemán Theodor W. Adorno se lo debo a mi universidad, curiosamente no en una cátedra de humanidades sino de sociología.

Ya sobrepasados Max Weber, Oswald Spencer, y Karl Mannheim, profundizamos -recuerdo- en la importancia de la Escuela de Frankfurt y todos sus representantes, incluyendo a Erich Fromm, que desertó del movimiento en los años 40, el panfletario de Leo Löwenthal, y al desencantado de la cultura Walter Benjamin, quien, sin suelo bajo sus pies encontró en un pistoletazo su patria.

Eran tiempos de aprendizaje y de lectura cuasi obligada exigida por el pensum, sin embargo la curiosidad, esa insubordinación en su forma más pura, despertó en mí el interés por este filósofo, que a primera vista parecía a Fester Addams, pero al mirarlo de cerca se asemejaba casi a Michel Foucault en su inteligencia y su capacidad de producción escritural.

Por supuesto, esta última analogía no podría ser justa, ya que ambos eran distintos tanto en nacionalidad, como en línea académica, sin embargo solo es un símil.

Así sabría que Theodor Adorno, cuyo apellido paterno fue Ludwig Wiesengrund, y luego adoptaría el materno de Adorno para evitar la sospecha de ser acusado de judío, era un intelectual que guiado bajo su Verstehen[1] estaba comprometido con el espíritu de su época, es decir, con los acontecimientos sociales de inicios del siglo XX y de ahí que con sus aportes críticos elaborados en su escrito “Elementos del antisemitismo”, vaticinara el inicio del totalitarismo en Europa y el nacimiento de la razón instrumental.

Aparato crítico que ponía en evidencia su genialidad, y que al coincidir con su amigo Max Horkheimer (ambos escribieron la tesis mencionada y otros trabajos filosóficos), y no con Hannah Arendt, por ejemplo, los asemejaba más a clarividentes y luminosos Nebiim[2] que a unos simples sociólogos de entreguerras.

 

Max Horkheimer y Theodor W. Adorno. New York, 1944. Foto: Internet.

 

Su comienzo en las disciplinas del espíritu, o Geisteswissenschaften estuvo a cargo de su maestro Sigfried Kracauer, quien lo familiarizó con las más importantes nociones de filosofía de la historia y sociología[3]. Principios motores que lo impulsaron a desarrollar su Sechel[4], y su capacidad de condensar textos aforísticos, tratados de musicología, biografías literarias, filosofía política y teoría del arte, a pesar de la persecución nazi, la derrota del pensamiento dialéctico hegeliano, y las querellas nacionales con los términos Kultur y Zivilization[5].

Así es que con esta actividad intelectual llega a ser parte de la Intelligentsia europea y miembro significativo de la llamada Escuela de Frankfurt. Capa social e instituto académico, que luego del ascenso del Nacionalsocialismo al poder y otras situaciones, minaron el ambiente y el espacio para desarrollar las disciplinas que podrían enriquecer la cultura alemana en general.

Sería el Jazz el que me llevaría a otro punto de convergencia con Theodor Adorno. En su obra “Prismas” había encontrado un aparte titulado “Moda sin tiempo (sobre el Jazz)” donde el filósofo realizaba una arqueología de este género concluyendo que la meta de este estilo era la reproducción mecánica de un momento regresivo, un simbolismo de castración, que, en sus palabras, parecía decir:

Renuncia a tu virilidad, déjate castrar, como lo caricaturiza y proclama el sonido eunuco de la jazzband, y serás recompensado entrando en un grupo de hombres que comparte contigo el secreto de la impotencia, el cual se revela en el momento del rito de iniciación.

Era su tesis, o mejor, su oscura conclusión, aunque él mismo no escuchara Jazz y fuera acusado por Hannah Arendt en el periódico estudiantil Diskurs[6] de adaptarse a la Alemania Nazi al ser crítico musical del régimen antes de su exilio en América.

Hasta ese momento, en mi universidad, aunque disfrutaba de la profundidad de sus escritos y conocía algunos datos básicos del autor, desconocía el género epistolar del filósofo alemán y sus múltiples relaciones con ilustres personalidades. Era lógico que en esa Europa devastada quien ya no tenía ninguna patria encontrara en el escribir su lugar de residencia.

Misivas que daban cuenta de la evolución constante de los corresponsales, sus ideas personales, el contexto político de cada cual, además de otros asuntos íntimos.

Fue en esos tiempos de conflictos mundiales y crisis de valores donde más correspondencia trabaron los pensadores y literatos europeos, deudores con una teoría de las cosas: Walter Benjamin con Gershom Scholem, Erich Auerbach; Imre Kertész con Eva Haldimann; Gustave Flaubert Y George Sand; Ramon, J, Sender y Joaquín Maurin; Martin Heidegger con Arendt Hannah, Rudolf Karl Bultmann, Karl Jaspers; Ghandi y Hitler; Josep Pla y Lilian Hirsch; Hermann Hesse y Stefan Zweig, entre otros, y la lista podría continuar.

 

Walter Benjamin compartió correspondencia con su amigo e intelectual Erich Auerbach. Foto: Internet

 

Así es que tendrían que pasar diez años, luego de egresado de la universidad, para encontrar en una biblioteca privada una obra epistolar sumamente curiosa, rara, densa, del filósofo alemán, con un literato de su misma nacionalidad y perseguido por los mismos motivos: ser un pensador judío.

Me refiero a la Correspondencia personal 1943-1955 entre Theodor W. Adorno y el novelista Thomas Mann, divulgada por el Fondo de Cultura Económica, en el año 2006, bajo la serie: Filosofía. Un libro que al tenerlo en mis manos lo leí sin moda, ni tiempo, debido al gran magnetismo de ambos personajes en mi vida, y seguro, en la de los estudiosos o lectores disciplinados también.

Dos pensadores dispares, unidos quizá por el tronco del judaísmo, la coyuntura del momento europeo, y esa disciplina de obediencia al mandamiento judío de: instruirse[7] de la que hablaba el sabio Maimónides.

Contemporáneos, cosmopolitas, perseguidos por la pandilla de Hitler, fueron talentosos hasta la médula cada uno en su carrera. Theodor Adorno por un lado, como ya afirmé, me atrapó con su sociología y teoría literaria. Y Thomas Mann por el otro, cuya lectura de “Relato de mi vida” con apuntes póstumos de su hija Erika Mann, me permitió conocerlo en principio, para luego ir a su literatura de Los Buddenbrook, La Montaña Mágica (título que me inspiró un ensayo), Doktor Faustus y por supuesto, toda la tetralogía de José y sus hermanos que me había asombrado considerablemente.

Entonces, esta correspondencia fue una suerte de “ciencia melancólica[8], para ambos, porque eran conversaciones con praxis. Es decir, como el mismo Adorno afirmaba en su obra “Mínima Moralia”:

“Al que tiene intereses que perseguir y planes que realizar (praxis), las personas con las que entra en contacto automáticamente se le convierten en amigos[9]”.

Pero una praxis epicúrea, intimista, porque este pensador entendía que la realización humana se encontraba deformada y a raíz de ello el mundo histórico moderno constituía una doble naturaleza. Razón suficiente para formular con clarividencia su “Filosofía de la historia sin historia” (Geshichtsphilosophie ohne Geschichte)[10]. Súmese a eso la consternación de la pregunta planteada por Max Horkheimer desde la correspondencia privada :

“¿Quién hará responsable a los alemanes por los nazis? Sabemos con toda certidumbre que se pasan con el mismo entusiasmo a Stalin o a la General Motors[11]”.

 

La familia del premio Nobel de literatura Thomas Mann. Foto: Internet.

 

Atendiendo a esta inquietud es que ambos personajes no dudan en estrechar lazos de amistad cuando se conocen no en Europa, sino en los Ángeles, California, en tiempos de exilio americano, donde fueron echados a patadas e intimidados por los nazis.

Thomas Mann, conocedor que esa notable cabeza- refiriéndose a Theodor W. Adorno- había rechazado durante toda su vida tener que decidir entre filosofía y música, empieza la gruesa correspondencia que dudaría 12 años (1943-1955) y en la cual se encontraban los impulsos y la disposición para construir esta philia epicúrea.

Mann en su primera carta para Adorno:

“Necesito intimidad musical y detalles característicos solo a través de un conocer tan sorprendente como usted puedo conseguirlos[12]”

y Adorno de vuelta a Mann:

“¿No es su obra entera un único entrecruzamiento de lo temprano con lo tardío, una única negación determinada de la vida normal, común, situada entre ambos?[13]

Y así comienza ese vaivén de cartas que expresan afectos más profundos como:

Los Ángeles

3 de junio de 1945

Admirado y estimado Doctor Mann:

[…] Cuando lo encontré a usted aquí en la remota costa oeste tuve la sensación de estar, por primera y única vez, en persona frente a la tradición alemana de la cual he recibido todo: incluso la capacidad de resistir a esa tradición. El sentimiento y la felicidad que eso brindaba -los teólogos hablarían de bendición- nunca me abandonarán.

En el verano de 1921, en Kampen, realicé, sin que lo notara, un largo paseo detrás de usted mientras me imaginaba cómo sería si me hubiera dirigido la palabra. El hecho de que veinte años más tarde usted de verdad hablara conmigo es un fragmento de utopía realizada tal como puede ser otorgado apenas una vez […]

Su T.W. Adorno[14]

 

Y en la simpatía de dos amigos que se encuentran y necesitan tener líneas convergentes, el premio Nobel de literatura anota, sabiendo que se encuentra frente a un gran musicólogo, lo siguiente:

 

Pacific Palisades, California

30 de diciembre de 1945

Estimado Dr, Adorno:

[…] es curioso: mi relación con la música tiene cierta fama, siempre he podido hacer música literaria, siempre me he sentido un poco músico, he transferido la técnica del tejido musical a la novela […]

Pero para escribir una novela de músicos, que incluso acusa a la ambición de convertirse en novela de la música… para eso se necesita más que “estar iniciado”, se necesita ser estudiado, algo que a mí simplemente me falta. […]

¿Querría reflexionar usted acerca de cómo se podría poner manos a la obra en el caso de esta obra -me refiero a la obra de Leverkühn-?; ¿qué haría usted si tuviera un pacto con el diablo?; ¿pondría en mis manos tal o cual rasgo musical para favorecer la ilusión?

Su atento

Thomas Mann[15]

 

 

Heinrich Böll, Theodor W. Adorno y Siegfried Unseld. Mayo del 68. Foto: Internet

 

Es claro que no había estrechez de comunicación entre ambos espíritus, sin embargo, aunque las cartas eran un vínculo o un crear patria, igual que Max Horkheimer y Lion Feuchtwanger, y otros cientos de alemanes más, ambos tenían la particularidad espacial de ser vecinos, o al menos vivían muy cerca uno al otro.

Pacific Palisades desde donde salía la correspondencia de Mann, no era nada más que un pueblo de Bungalows, y quintas emplazadas en medio de la naturaleza y el mar, allende a Hollywood. Así que, con amigos extranjeros en la comunidad, cartas literarias, y una miríada de libros que venían del otro lado del Atlántico, realmente cada uno formaba la atmósfera para no sentirse extraños, lejos de continente natal, sino como viviendo una intensa “alemanidad” en la diáspora.

La correspondencia entre ellos fue una forma de conceptualizar la realidad, no solamente personal, sino política, y artística. Referencias alusivas a cumpleaños, hechos actuales de la Alemania nazi, e incluso observaciones sobre Beethoven. De común acuerdo deducen que la sonata para piano nº 32, Opus 111 de este compositor, es en sí, la ruptura entre la música y la belleza (o el gusto popular).

En otras palabras concluían que ese quiebre constituía el momento histórico donde se abandona el éxtasis divino de buscar a Dios a través de la música que llega al alma, por la composición intimista que revuelve el interior del hombre.

Es sabido que Thomas Mann escribió su Doktor Faustus inspirado en la correspondencia y los apartes biográficos de la persona de su amigo Adorno. Específicamente la influencia del texto “Filosofía de la nueva música” y “El estilo de madurez de Beethoven” del filósofo de Frankfurt. Pero no para ahí, porque según parece el mismo Adorno sería un personaje de esta novela, al ser representado literariamente en la trama como Wendell Kretzschmar, un profesor músico y sabio en otras materias[16].

Aunque parece (solo es una conjetura) que Adorno elaboraba no solo las teorías dodecafónicas para la novela del escritor, sino que también escribía páginas enteras del Doktor Faustus sin recibir reconocimiento o crédito alguno por ello hasta el día de hoy.

 

Thomas Mann entre la culpa y el exilio. Foto: Internet

 

Suposición justificada por el hecho de que Thomas Mann haga una solicitud a su amigo y contemporáneo bajo ese propósito:

1550 San Remo Drive

Pacific Palisades, California

2 de julio de 1948

Estimado Dr. Adorno:

Comencé a escribir a la buena de Dios el memorial autobiográfico sobre los orígenes del Faustus, la Novela de una novela, y para eso me gustaría tener un par de datos y ayuda de memoria sobre su persona, origen, carrera: ¿cómo era la mezcla genovesa y vienesa de su familia? ¿Y sus estudios musicales sociológicos? ¿su relación con Horckheimer[17]? ¿su actividad académica en Frankfurt? Un par de líneas. ¡Se lo suplico!

Su

Thomas Mann

 

Y Theodor Adorno, sin ton, ni son, responde tres días después sin ningún tipo de reparo, antes bien, afianzando la amistad y poniendo las bases para la creación del personaje y profesor Wendell Kretzschmar.

T.W. Adorno

316 So. Kenter Ave.

Los Ángeles 24, Calif.

5 de julio de 1948

Estimado y admirado Doctor Mann.

Es para mí un placer darle a usted un par de datos. Yo nací en 1903 en Fráncfort. Mi padre era judío alemán, mi madre, ella misma cantante, es hija de un oficial francés de ascendencia corsa -de origen genovés- y de una cantante alemana. Crecí en una atmósfera donde reinaban por completo intereses teóricos (también políticos) y artísticos, sobre todo musicales.

Estudié en la universidad filosofía y música. En lugar de decidirme por una de ambas, durante toda mi vida tuve la sensación de estar persiguiendo en realidad lo mismo en esos campos divergentes. En 1924 obtuve el doctorado con una tesis sobre teoría del conocimiento, en 1931 fui aceptado en Fráncfort como profesor invitado por mi libro sobre Kierkegaard y enseñé filosofía hasta que en 1933 fui echado por los nazis.

En 1934 abandoné Alemania, trabajé primero en la Universidad de Oxford y seguí al Institute of Social Research hasta New York. Desde 1941 vivo en Los Ángeles.

Mi relación con este instituto, y también la amistad con Horkheimer, se remonta a mis tempranos años de estudiante. No se puede separar de la orientación dialéctica de mi pensamiento y de mi tendencia a lo social, a la filosofía de la historia. Los testimonios esenciales de mi lazo con Horkheimer son la Dialéctica de la Ilustración, publicada con él, y nuestro volumen en memoria de Walter Benjamin.

Mis estudios musicales se relacionaron con la composición y el piano, primero con Bernhard Sekles y Eduard Jung en Fráncfort, luego con Alban Berg y Eduard Steuermann en Viena.

La amistad con los dos últimos, y con Rudolf Kolish y Anton von Webern, fue decisiva para mí en cuanto a lo artístico. Entre 1928 y 1931 trabajé en Viena como redactor de la revista Anbruch, dedicado a la música moderna radical.

La mutua influencia entre lo musical y lo social filosófico encontró su expresión, además de en un libro sobre Richard Wagner publicado parcialmente, en numerosos estudios en alemán e inglés, la mayoría de los cuales aparecieron en la Zeitschrift fur Sozialforschung. Una conclusión provisoria de esos trabajos es el libro Filosofía de la nueva música, que ahora ha de publicarse en Alemania.

La primera parte de este, ya escrita en 1941, tiene como objeto a Schönberg, su escuela y la técnica dodecafónica. Si por un lado él sobresale de manera inequívoca como el mayor compositor viviente, por otro, está probado que la iluminación constructiva de la música, objetivamente necesaria, por motivos igualmente necesarios, en cierto modo más allá de la mente del compositor, amenazan con un violento retroceso hacia algo tenebroso, mitológico.

La segunda parte, sobre Stravinsky, despliega la imposibilidad de una restauración musical y la relación de esta con las tendencias regresivas de la época. Desde hace más de diez años estoy preparando un libro filosófico de teoría de la composición sobre Beethoven.

Entre los trabajos no musicales del último tiempo me permito mencionar el libro de aforismos Minima Moralia.

Quizá no sea demasiado poco modesto pedirle que resalté más mi participación con fantasía e ideas acerca del la “oeuvre” de Leverkühn y su estética, y no tanto la participación informativa acerca del material.

Con gran ansia levanto la vista y veo la puerta a la inmortalidad que me abrirá su Novela de una novela. No necesito expresarle lo que significa para mí el hecho de que usted haya reconocido la verdad en mis excéntricas empresas y hoy incluso esté dispuesto a hacerla salir a la luz pública. Desde ya quiero darle las gracias.

Con la más afectuosa admiración

Su [Teddie Adorno]

 

El que tiene ojos para leer, que lea, porque de estos personajes tan fascinantes como lo son Theodor Adorno y Thomas Mann surgió un mundo de relaciones afectivas, literarias, patrióticas y estéticas. Cada uno a su manera desde su formación, su intimidad, sus escollos, y donde posiblemente el exilio americano no haya sido lo que ellos buscaban, sino solamente un pretexto para sus inquietudes, casi como si América fuera una invención de sus nostalgias.

 


[1] El término Verstehen (en alemán “comprensión”) se utilizó igualmente en inglés y desde finales del siglo XIX en el contexto de la filosofía alemana y las ciencias sociales en general. El sentido específico es de una sociología interpretativa, un análisis “interpretativo o participativo” de los fenómenos sociales.

[2] No confundir con Nabis que fueron un grupo de artistas franceses de finales del siglo XIX, caracterizados por su preocupación por el color. Un periodo artístico extraño en la historia universal del arte, que nos lleva a realizarnos otra pregunta: ¿a qué vanguardia pictórica pertenecía Paul Klee?

[3] Y por supuesto del cine, ya que Kracauer fue además historiador y crítico de cine durante los años de 1919-1933 y al final de su vida trabajo incansablemente pare elaborar su monumental Teoría del cine, que nos llegó a Latinoamérica editada por la editorial Paidós.

[4] Según los judíos, es uno de los poderes del alma: el del intelecto.

[5] La antítesis Kultur- Zivilization fue analizada por Norbert Elias y Thomas Mann desde una perspectiva sociológica, aunque con aspiraciones de disímiles calibres. Para Elias, la especificidad de la cultura alemana surgió de una clase burguesa- intelectual, opuesta a una corte alemana afrancesada de la cual emergieron los poetas y pensadores que le otorgaron un sentido a la cultura; y en la visión de Mann, Alemania era un “país no literario” ya que la literatura forma parte de la Zivilisation a pesar de que él mismo confluye en ese mundo literario.

[6] Zamora, J. 2010. H. Arendt y Th. Adorno: pensar frente a la barbarie. ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura CLXXXVI 742 marzo-abril (2010) 245-263 ISSN: 0210-1963. doi: 10.3989/arbor.2010.742n1105

[7] De ahí la sospecha de que Aristóteles fuera judío, como alegaban sus adversarios, pues su metafísica da comienzo con las palabras: “Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber.”

[8] Traurige Wissemchaft, en contraposición a la fröbliche Wissemchaf (gaya scienza) nietzscheana.

[9] Adorno, Th. 2001. Mínima Moralia. Ed, Taurus. Pág 85.

[10] Facundo, N. 2017. Las dos filosofías de la historia de Adorno. Revista Ciencia y Cultura, 21(38), 33-56. Recuperado en 26 de septiembre de 2018, de http://www.scielo.org.bo/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2077-33232017000100003&lng=es&tlng=es.

[11] Wiggershaus, R.1986. Die Fránckfurter Schukle. Fondo de cultura económica. México. Edición digital Epub.

[12] Adorno, Th; Mann, Th. 2006. Correspondencia: 1946-1955- 1 Ed. Buenos Aíres. Fondo de cultura económica. Pág 10.

[13] Ibid., p. 18.

[14] Ibid., p. 18-19

[15] Ibid., p. 22-23

[16] Iraizoz, D. 2013. Theodor Adorno, elementos para una sociología de la música. (Méx.) [online]. 2013, vol.28, n.80, pp.123-154. ISSN 2007-8358.

[17] Un error frecuente de ortografía de Thomas Mann, que también se le atribuía a Walter Benjamin en su correspondencia.

El estudio y los estudiantes

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La universidad liquida es el preámbulo de lo que llama un capitalismo sin democracia


Texto a ser publicado en el periódico El Mundo de Medellín.

 

Hace ya  veinticinco  años que me jubilé como profesor universitario y ningún día pasa sin que yo  haya dejado de defender la misión de la Universidad,  luchando contra la desidia oficial puesta de  presente en su eterna desfinanciación.  

Pero  luchando también contra las fuerzas de la barbarie que no han dejado de atentar  contra  la libertad de pensamiento,  destruyendo  en su momento bibliotecas,  laboratorios, persiguiendo a quienes se oponían  a sus desacreditadas  consignas  contra   una “cultura burguesa” que supuestamente  debía ser reemplazada por la nueva cultura de obreros y campesinos.

Lo que quiero señalar  es que lo que durante las últimas tres  décadas  llegamos a  vivir  y padecer  en la universidad  ha sido  el reflejo  por un lado de la crisis de nuestros  valores sociales  pero por otro el descrédito del dogmatismo  totalitario que nunca ha querido asumirse.

 

Foto extraída de: El País

 

El balance de lo que supuso Mayo del 68 como paradigma de revuelta estudiantil contra la sociedad burguesa  es inobjetable: aquello no pasó  a mayores porque sencillamente fuera de dos o tres graciosos grafittis, nada quedó como un objetivo  a cumplir en lo único que  lleva a una sociedad  al cambio: el conocimiento.

Los  pensadores  que acompañaron las  distintas revueltas estudiantiles , Sartre, Marcuse, entre otros,  pudieron  constatar que sus propuestas  para  una nueva universidad no se cumplieron  pues  prontamente los rebeldes de ocasión regresaron  mansamente al redil.

¿Qué quedó de la asonada sentimentaloide  de los jipis?

 

Foto extraída de: VK

 

Diferente fue el movimiento estudiantil  en Polonia, Checoslovaquia, Hungría,  donde la sangre  de los jóvenes  mártires –al igual que hoy en Venezuela y Nicaragua- abrió las puertas para que la Universidad  frente al  tirano  fuese el espacio de la pluralidad.  Lo que Emanuel Kant  llamó el entusiasmo fue ante todo la tarea de emancipación  frente lo que suponen  la ignorancia  y el oscurantismo  y la necesidad de una razón crítica fiscalizadora.

¿Por qué, entonces,  preferir la ignorancia frente a los nuevos saberes  si bajo ésta seguiremos  sometidos  a nuevas servidumbres,  ya que la precariedad de nuestro conocimiento es cada día más escandalosa?

¿La verdadera protesta estudiantil no debería estar encaminada a pedir una mayor calidad académica como único argumento  para enfrentar las nuevas formas de ignorancia, la postración tercermundista, renunciando a la violencia?

Ojalá esta reflexión crítica hubiera sido tenido en cuenta  por los fanáticos  que hace dos décadas por las desdichadas  consignas  utilizadas  para  seguir imponiendo   la ignorancia y las nuevas  formas  de servidumbre.

¿Qué significa la desaparición de las humanidades en las carreras técnicas?  ¿Cuál es el nivel  académico  de nuestros universitarios en la globalización? ¿Qué significado puede tener una universidad incapaz de hacer frente a los nuevos retos de la ciencia?

 

Imagen extraída de: outsidersweb.it

 

Zygmunt  Bauman,  el gran pensador, murió en plena lucidez a los noventa y un años. A él debemos un concepto fundamental para entender nuestra actual  situación: la sociedad líquida, es decir,  la sociedad en donde ya no rigen los valores éticos.

La universidad liquida es el preámbulo de lo que llama un capitalismo sin democracia (China, Rusia), el conocimiento   bajo  las leyes  del mercado y su renuncia  a buscar la autonomía que exige el conocimiento  liberado,  para  hundirse  en la mediocridad  permaneciendo  en la trifulca y  eludiendo  las altas  exigencias  y responsabilidades  del conocimiento. Toda violencia es fascista por lo tanto.

Apuntes sobre “El carácter de la ley física” de Richard Feynman

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Es nostálgica la posición final de Feynman: anunciar la muerte de la física.


    

Es cierto que todas las personas tienen una lista de nostalgias escritas por ellas mismas. También es cierto que algunas suelen ser más trascendentales que otras. Algunas se crean durante la infancia y otras apenas dan su aparición segundos antes de que las personas mueran. Pero la lista de nostalgias siempre se conserva allí, dentro de cada uno, cerca al pecho que se golpea cuando se pretende hacerse de valiente.

La mayor parte de las veces, las nostalgias guardan en sí un lenguaje: las lágrimas, pero esto no sucede para todos los casos. Algunas personas no lloran, no porque sean débiles o sean fuertes, sino porque así es su naturaleza. Esto no significa que el corazón no se les sacuda cuando las nostalgias empiezan a cantar, en alguna parte dentro de ellas. Hablo de todo esto porque sumé a la lista de nostalgias la lectura de El carácter de la física. Junto con los recuerdos de la infancia, las cosas perdidas que nunca se lograrán recuperar, las cintas de Kubrick y por qué no, las pinturas de Max Ernst.

El carácter de la física es un libro nostálgico. Desde que empieza hasta que termina. Antes que nada, es necesario definir la nostalgia como ese sentimiento propiamente humano que nos hace anhelar las cosas que ya no están. Seré un poco más general y diré que nos hace anhelar las cosas que no solo no están, sino también aquellas cosas que nunca estuvieron y que por algún motivo ya no podrán estar. Pero que a pesar de todo las podemos imaginar y como si fuera poco, manipularlas.

Tomarlas entre las manos y jugar con ellas. Todo esto en los pensamientos, claro. Como los juguetes de la infancia que nunca tuvimos, pero que a pesar de todo, recordamos. Marcando una imposibilidad, un deje de nostalgia.

 

Foto extraída de: Wallapop

 

En el primer capítulo del libro, Feynman nos sumerge en la explicación de la más sencilla de todas las leyes de la física: la ley de la gravedad. Insisto que este capítulo no resulta para nada nostálgico. Como todas las nostalgias empieza en la alegría, el orgullo y el éxito. La formulación de las leyes de Kepler, el principio de inercia, la explicación de la redondez de las cosas, la determinación de la velocidad de la luz, el experimento de la constante gravitacional, la masa de la tierra, logro tras logro, Feynman nos dibuja la humanidad brillante.

El humano ya no es ese primitivo que se dedicaba a guardar las historias en las estrellas, porque para ese entonces ni siquiera sabía escribir, no, el humano ahora entiende que las estrellas se forman a partir de la aglomeración de polvo y gas que luego se vuelve calor y entonces se enciende. Pero no solo las estrellas, también las posibilidades de entender el universo se iluminan cada vez más. Es así como Newton junto con toda su audacia logra entender una infinidad de la física clásica con el basto postulado de la ley gravitacional: dos cuerpos se atraen por una fuerza proporcional al producto de sus masas e inversa al cuadrado de la distancia que las separa desde su centro.

Es en este momento de la lectura donde suena la famosísima pieza de Así habló Zaratustra de Strauss. Nada de nostalgias.

Como la mayor parte de las cosas, todo se empieza a complicar. En el siguiente capítulo, Feynman hace una comparación bastante crítica frente a la matemática y la física. Es completamente comprensible que un físico defienda más la física frente a la matemática, así como un matemático defienda más la matemática que la física. Esto no aplica para todos los casos, pero es comprensible.

 

Foto extraída de: Speakola

 

Las cosas se empiezan a poner un poco nostálgicas para este capítulo, pues si bien es cierto que las matemáticas han aportado a la generalización y a la enunciación de muchos fenómenos físicos, también ha frustrado el lenguaje coloquial que los físicos han utilizado a lo largo de los años. Muchas personas, siempre afirman que la época de los griegos ha sido la época más brillante de la humanidad, pues se lograron un centenar de descubrimientos que no se ha logrado en milenios.

En base a lo que dice Feynman sobre el lenguaje de la matemática, como lenguaje racional y lógico, creo que la admiración a los griegos puede resultar mal entendida, pues descubrimientos siempre ha habido, el problema consiste en entenderlos con el lenguaje humano y por ende, sumarlos a la cosmovisión general de la humanidad.

Pero esto no es lo único, tal como lo explica Feynman, los matemáticos se dedican hablar de las cosas sin conocerlas del todo y a trabajar sobre ellas de forma implícita, basándose solo en su comportamiento. Entiendo que no será lo mismo para la futura humanidad, leer como Aristóteles proponía la generación espontánea para la vida a leer un sistema de ecuaciones enunciado en derivadas e integrales. El recibimiento de ambas informaciones es completamente diferente.

Es cierto que hay muchos modelos matemáticos que se acoplan a las leyes físicas, pero también hay muchas conjeturas físicas que están solas, deambulando, así como existen muchos modelos matemáticos dispares. Creo que esto representa el primer dejo de nostalgia.

 

Aristóteles. Imagen extraída de: Laicismo

 

No estoy diciendo que las cosas complejas sean nostálgicas. Porque a pesar de que existen cosas complejas, el humano las ha tomado en las manos para defenderlas y conservarlas. Diría que la dignidad es una cosa de ellas. Por el contrario, la mayoría de los conceptos en los que no solo interviene el hombre, sino la realidad y no solo la realidad, sino otro tipo de realidades, se convierten la mayor parte de las veces en un inalcanzable.

Como el niño cuando deja escapar la cometa sobre el inmenso cielo. Algo que se sale de las manos para su capacidad, excepto la del asombro. Creo que en esos casos es a donde quiero llegar. La interpretación básica de la postura que hace Feynman en los siguientes capítulos de la lectura. La nostalgia que deja la imposibilidad de las cosas. La inmensidad frente a la fragilidad.

Feynman afirma que a “el hombre le fascina la simetría”, creo que esta podría ser una de las razones por las que el arte haya existido. Aún desde tiempos inmemorables, y todavía siga existiendo. Feynman, cita a un matemático que define las cosas simétricas como esas cosas que después de modificadas, siguen siendo las mismas de antes. Hace un recorrido por las diferentes simetrías en las leyes físicas, la de traslación, la temporal, la rotacional, luego se va por el principio de simultaneidad, pero entonces, como es de esperarse, no todo resulta ser simétrico.

La simetría no se cumple para las leyes de la reflexión, pues aunque suene poético, el universo conserva la derecha y la izquierda en muchas situaciones. Si el espín en la desintegración Beta gira hacia la izquierda siempre es así en todos los casos, sin excepción alguna. Este tipo de cosas me llevan a pensar a veces que el universo fue dibujado por un gigante con la mano derecha, o la izquierda, o tal vez con ambas manos. A lo mejor el universo también practica planas con la mano izquierda cuando se aburre.

 

Imagen extraída de: Fondo de Pantalla.

 

Bajo estas condiciones la derecha no puede ser lo mismo que la izquierda, igual que nosotros. Quedamos a la par con el universo. A veces se me ocurre pensar que el arte es una deuda que tenemos con el universo por no ser simétrico del todo. Intentamos desfogar esa ilusión de simetría en las representaciones. No dudo que Tarkosvsky ya haya hablado de ello. En estas situaciones concluyo que a lo mejor las simetrías son solo sincronicidades.

Y no digo que esté mal darle importancia a ese tipo de cosas. De las sincronicidades también se han desarrollado grandes modelos. Hay gente que dice que el diámetro de la pata de un elefante multiplicado por dos veces pi, da como resultado la altura del elefante. Simetría, sincronicidad, modelo, así dicen que sucede. No lo sé.

El remordimiento y la esperanza, las dos palabras más simples para definir el pasado y el futuro, según Feynman. Para este capítulo las cosas ya no son complicadas, ya se salen de las manos. Como era de esperarse. La reversibilidad de las leyes físicas nos sumerge todavía en una imposibilidad más grande,

pues aunque las leyes físicas resultan reversibles, los fenómenos de la naturaleza no lo son”[1].

Quedamos destinados a vivir mezclados entre los procesos irreversibles pues tal como él lo explica hay muy poca probabilidad de que las leyes físicas sean reversibles al mismo tiempo para todos los átomos que nos rodean, o que rodean un evento en particular, como el caso de la anilina y el agua. Tendríamos que vivir infinitos años para ver como el agua y la tinta se separan. Esto no sucederá. Es así como el humano, sí, ese humano que entonces empieza triunfando por los logros de Kepler y las tres leyes de Newton queda sumergido en la incertidumbre.

 

Imagen extraída de: cyberspaceandtime

 

Los pensamientos resultan ser más grandes que la capacidad corporal del humano y lo sobrepasan. Si bien el humano diseñaba martillos con palas para dominar el territorio, ahora resulta que se deben vivir infinitos años para ser testigos de un hecho, sin siquiera poseer la certeza de que suceda. Y es aquí donde llega la columna vertebral de toda la construcción de Feynman: La fragilidad de las certezas.

“Las leyes pueden afirmarse falsas, pero nunca verdades”.

Sí bien nuestro pensamiento, como el lenguaje matemático, resulta lógico y racional, la realidad siempre lleva la delantera en todas las dimensiones, aunque trabajemos con el “método de las matemáticas babilónicas”. Es cierto que el humano ha llegado a diseñar modelos completamente acoplados a muchos casos, pero no siempre a todos los casos. Pero esto no es lo único, se abrió una de las puertas más caudalosas que se pudo encontrar la ciencia: La mecánica cuántica. Un reto casi imposible de alcanzar.

Richard Feynman construye a lo largo de la lectura, un método razonable para deducir una ley física a partir de la realidad, a partir de otras leyes físicas ya validadas. Es cierto que en cada movida de página nos advierte una y otra vez la cantidad de inquietudes. Pero es al final cuando llega a una conclusión humanamente hermosa: la mortalidad de la ciencia. Ahí, habita el principal argumento de nostalgia dentro de toda la construcción.

Richard Feynman, contempla la posibilidad de llegar al punto en que se logren descubrir todas las leyes de la física o simplemente, se pierda el interés por la academia y entonces, se vuelva un proceso tedioso y aburridor. Es nostálgica la posición final de Feynman: anunciar la muerte de la física. Me atrevería a diferir un poco en ese punto. Creo que tanto el arte como la física están ligadas al humano. Tal como lo expone Feynman a lo largo del libro, la física existe porque existe un ser humano que la comprende, la desarrolla y la aplica.

 

Imagen extraída de: Zemiorka

 

Sí llegase a suceder una sociedad computarizada a lo mejor, la física con el arte deje de existir, pues tal como los modelos matemáticos, dichas máquinas podrían calcular las cosas sin saber con exactitud cuáles son esas cosas, una x, una y, cualquier símbolo griego que suene complejo. Ahora bien, sí suponemos un universo todo el tiempo en expansión es menos probable llegar abarcarlo en unas cuantas leyes, pues no resulta del todo convincente pensar que sí una parte del universo se comporta así, entonces las demás partes también sucederán así, como también lo expone él en el capítulo de la conservación de las leyes.

Es muy probable que se termine haciendo esta suposición, pero siempre existirá la duda. A mí parecer resulta improbable conocer todas las leyes de la física, ¿Nos cansaremos de esto? No lo creo, mientras exista el humano, claro. A menos que la vida inteligente esté construida también sobre el egocentrismo y la curiosidad, como lo supone Stanislaw Lem en su libro de cuentos Ciberíada. En tal caso, la vida inteligente podría seguir estudiando los fenómenos ocurridos, demasiado lejos o demasiado cerca.

En realidad no sabría decir cuál de las dos posiciones resulta ser más nostálgica. Pero ambas resultan serlo y no porque en un futuro las cosas vayan hacer de una u otra manera, sino porque resulta irónico ver el humano trazando un futuro donde pareciera que no ya no hubiese lugar para él. Como el niño que construye una nave para viajar al espacio utilizando una cajita que no lo contenga. El universo siempre nos llevará la delantera, por ser tan grande, tan poderoso, tan esto, tan lo otro. Siempre tan parecido a aquello que mucha gente suele llamar Dios.

 


[1] Feynman, 1965. Los términos escritos en cursiva, entre comillas son citas de Feynman.

Día internacional de la no violencia contra la mujer

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Sensibilizar a la opinión pública sobre el problema de la violencia contra las mujeres.


 

EDía Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer o Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer se conmemora anualmente el 25 de noviembre para denunciar la violencia que se ejerce sobre las mujeres en todo el mundo y reclamar políticas en todos los países para su erradicación. La convocatoria fue iniciada por el movimiento feminista latinoamericano en 1981 en conmemoración a la fecha en la que fueron asesinadas, en 1960, las tres hermanas Mirabal (Patria, Minerva y María Teresa), en República Dominicana.

En 1999 la jornada de reivindicación fue asumida por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su resolución 54/134 el 17 de diciembre de 1999 invitando a gobiernos, organizaciones internacionales y organizaciones no gubernamentales a convocar actividades dirigidas a sensibilizar a la opinión pública sobre el problema de la violencia contra las mujeres.

 

Bienvenidos a este especial

 

Infografía


 

Infografía extraída de: Dominemos la tecnología

 


 


 

Por qué debemos eliminar la violencia contra la mujer

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La violencia contra la mujer sigue siendo un obstáculo para alcanzar igualdad, desarrollo, paz, al igual que el respeto de los derechos humanos de mujeres y niñas.


Texto extraído de: ONU Mujeres

 

La violencia contra mujeres y niñas es una de las violaciones de los derechos humanos más extendidas, persistentes y devastadoras del mundo actual sobre las que apenas se informa debido a la impunidad de la cual disfrutan los perpetradores, y el silencio, la estigmatización y la vergüenza que sufren las víctimas.

En forma general, la violencia se manifiesta de forma física, sexual y psicológica e incluye:

-violencia por un compañero sentimental (violencia física, maltrato psicológico, violación conyugal, femicidio);

-violencia sexual y acoso (violación, actos sexuales forzados, insinuaciones sexuales no deseadas, abuso sexual infantil, matrimonio forzado, acecho, acoso callejero, acoso cibernético);

-trata de seres humanos (esclavitud, explotación sexual);

-mutilación genital, y

-matrimonio infantil.

Para mayor clarificación, la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer emitida por la Asamblea General de la ONU en 1993, define la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada.”

Los efectos psicológicos adversos de la violencia contra las mujeres y niñas, al igual que las consecuencias negativas para su salud sexual y reproductiva, afectan a las mujeres en toda etapa de sus vidas. Por ejemplo, las desventajas tempranas en materia de educación no solo constituyen el obstáculo principal para alcanzar la escolarización universal y hace cumplir el derecho a la educación de las niñas, luego también le restringe el acceso a la educación superior a la mujer y limita sus oportunidades de empleo.

Aunque todas las mujeres, en todas partes del mundo, pueden sufrir violencia de género, algunas mujeres y niñas son particularmente vulnerables, ejemplo de ellas son las niñas y las mujeres más mayores, las mujeres que se identifican como lesbianas, bisexuales, transgénero o intersex, las migrantes y refugiadas, las de pueblos indígenas o minorías étnicas, o mujeres y niñas que viven con el VIH y discapacidades, y aquellas en crisis humanitarias.

La violencia contra la mujer sigue siendo un obstáculo para alcanzar igualdad, desarrollo, paz, al igual que el respeto de los derechos humanos de mujeres y niñas. Lo que es más, la promesa de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de no dejar que nadie se quede atrás, no podrá cumplirse sin primero poner fin a la violencia contra mujeres y niñas.

 

Entra en acción: Pinta el mundo de naranja

En 2009 ONU Mujeres lanzó la campaña Di NO. ÚNETE, designando el 25 de cada mes como Día Naranja. Esta iniciativa pretende movilizar a la sociedad civil, activistas , gobiernos y el Sistema de la ONU para que juntos amplíen el impacto de la campaña del Secretario General, ÚNETE para Poner Fin a la violencia contra las Mujeres. Se anima a los participantes a que lleven puesto algo de color naranja para mostrar solidaridad con la campaña, ya que este color simboliza un futuro mejor y un mundo libre de violencia contra mujeres y niñas.

El tema de la campaña 2018 es Pinta el mundo de naranja: #EscúchameTambién y como ediciones anteriores, la fecha marca el lanzamiento de los 16 días de activismo, que concluirán el 10 de diciembre 2018 coincidiendo con la observación del Día de los Derecho Humanos.

Se celebrarán una multitud de eventos alrededor de esta campaña, entre los cuales se teñirán de naranja los edificios y monumentos más emblemáticos alrededor del mundo, para recordar la necesidad de crear un futuro sin violencia de género.

¡Únete a la campaña! Puedes participar en persona o a través de las redes sociales con las etiquetas: #DíaNaranja, #OrangeTheWorld y #EscúchameTambién

A 73 años del final de la segunda guerra mundial: puentes sobre aguas turbulentas

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Hasta hace algún tiempo, Europa sentía vergüenza de este pasado funesto.


El  pasado 2 de septiembre se cumplieron 73 años del final de la Segunda Guerra Mundial.

Pero en realidad el principio del fin ya se había desencadenado con la toma de Berlín por parte de los ejércitos aliados.

Estos hechos encontraron  a Hitler enfermo, con el peso del fracaso de la campaña a través de bosques y montañas en la región belga de las Ardenas: su último y titánico empeño por librarse del hundimiento rotundo, encerrado en el bunker que había ordenado construir como parte del conjunto de la Nueva Cancillería, el Edificio del Reichstag durante el régimen nazi.

Como ya era  usual, encargó su diseño a Albert Speer  el arquitecto  del Tercer Reich, el mismo a quien asignó  el plan para la frustrada renovación de Berlín.

Los últimos meses de su vida los vivió el Führer en el refugio subterráneo, al cual se trasladó definitivamente el 16 de enero de 1945.

Allí adelantaba  reuniones con los altos mandos de su ejército, impartía órdenes alucinadas, y se enfurecía cuando conocía los resultados negativos de sus maniobras militares, aunque no siempre era informado sobre la realidad de las acciones que condujeron finalmente a su derrota.

 

Un museo berlinés ha inaugurado una polémica maqueta del búnker donde Adolf Hitler vivió sus últimos días, antes de suicidarse. Foto extraída de: sputniknews

 

Los postreros días los pasó bajo la tierra de una ciudad acosada constantemente por los bombardeos, en compañía de su mujer Eva Braun, de su más cercano aliado, Joseph Goebbels quién se mudó allí junto con su esposa y sus seis hijos, y un número reducido de personal dedicado a labores auxiliares y de servicio.

Asfixiado por el aire enrarecido de su catacumba, lo era también por el cerco aliado que se cerraba sobre la capital alemana.

Acorralado, con la conciencia de haber sido aplastado, y temiendo ser capturado por los soviéticos, decidió suicidarse, destino compartido por Eva, y posteriormente por Goebbels y su esposa quién antes de matarse asesinó a sus seis pequeños hijos.

Su determinación incluía unas órdenes precisas, concebidas para garantizar una especie  de vanidad post mortem: los cadáveres debían ser incinerados, para impedir que fuesen  exhibidos como trofeo en algún museo de Europa.

En lo que se conocía como el Jardín de la Cancillería, ardieron sus restos aquel 30 de abril de 1945. Sin embargo, todo parece indicar que no se consumieron completamente y debieron ser enterrados de manera superficial, en aquel mismo lugar. Según archivos desclasificados de la KGB, el Ejército Rojo encontró lo que quedaba de ellos durante los primeros días de mayo, y procedió a cumplir órdenes estrictas en relación a su custodia, aunque el hecho nunca fue reconocido oficialmente por el máximo líder Soviético, Joseph Stalin.

Entretanto, al finalizar la guerra, los restos del Führerbunker, última morada del líder del nazismo, quedaron abandonados bajo los escombros del edificio del Reichstag.

Posteriormente, en tiempos de la Alemania Oriental, en una buena parte del predio que antes ocupara este edificio, se construyeron bloques de habitación.

 

Edificio a los alrededores del Bunker y el antiguo REISCHTAG de Hitler. Foto por Martha Alzate

 

Hoy en día, el sector está conformado por estos conjuntos de apartamentos, de buena factura y un urbanismo amplio, que rematan en un equipamiento comercial muy reciente y frecuentado de la capital alemana: el Berlín-Mall, una de cuyas fachadas principales sirve de límite a esta zona residencial y se proyecta contra la emblemática Potsdamer Platz.

Así pues, en inmediaciones de los terrenos que antaño presenciaron algunos de los episodios más dramáticos de nuestra historia reciente, consumidores y comerciantes, indiferentes a los sucesos que tuvieron su escenario en esta vecindad, intercambian mercancías bajo formatos y marcas iguales a los de cualquier otro centro comercial que pueda encontrarse en el mundo occidental: en sus mentes parecen no palpitar rescoldos de las pretensiones de identidad y raza, que marcaron el rumbo de Alemania durante las primeras décadas del siglo XX.

Quienes lo frecuentan, se pasean por los pasillos acompañados de sus bolsas de compras, y no aparentan ir cargados de preguntas sobre los episodios que, hace tan solo 73 años, marcaron el rumbo de la nación que habitan o  visitan.

En la plazoleta central de este establecimiento, al caer la noche, muchos de ellos se desinhiben y se dejan llevar por la música que allí se emite, intentando aprender a danzar alegres ritmos tropicales, copando masivamente una pista de baile improvisada.

 

Mall de Berlín. Foto por Martha Alzate

 

Dos o tres cuadras más allá, está el “peladero” bajo el cual se encuentran los restos del bunker: un lote en tierra es todo lo que se puede divisar hoy, como recuerdo del lugar que albergó los últimos empeños por imponer la ideología de la supremacía racial aria, tentativa cuyo símbolo más representativo es por supuesto el Führer, pero que fue compartida y respaldada ampliamente por muchos  de sus contemporáneos.

Como muestra del repudio generalizado y del horror a las atrocidades de la guerra, o como silencioso gesto de reconocimiento de una vergüenza de la cual se ha sido partícipe, la generación que vivió y nació bajo este sino  se negó a conmemorar ninguna fecha o lugar en cuya evocación pudiera confundirse un atisbo de condescendencia con las oprobios del social nacionalismo alemán.

Hasta hace algún tiempo, Europa sentía vergüenza de este pasado funesto. Puede ser que esto haya variado y que hoy podamos toparnos con quienes quieren reescribir la historia y reducir o justificar el Holocausto, pero la preocupante homofóbia que ha retornado y que se extiende en las ciudades de este continente, no alcanza aún para alentar ninguna tentativa de estos grupos o de quienes se les oponen en relación al descampado y a quienes los habitaron en el pasado, razón por la cual el solar sigue en aparente deriva.

Como toda indicación, a un costado del lote desierto y mal vallado -que sirve como eventual lugar de parqueo a los residentes de los apartamentos vecinos-, se halla un aviso donde se señala que allí estuvo ubicado el refugio antiaéreo, el cual incluye algunos párrafos y gráficos discretos indicativos de las funciones y de la distribución del mismo.

 

Lote debajo del cual está el Bunker de Hitler. Foto por Martha Alzate

 

Eso es todo.

En contraste, casi enfrente se erige un monumento a los judíos de Europa exterminados, no sólo amplio sino vigoroso y simbólico, ejecutado  en concreto de estilo  laberíntico, diseñado por el arquitecto norteamericano de origen judío, Peter Eisenman (2003-2005).

La obra consta de unos 2.711 bloques de hormigón de forma rectangular y tamaños distintos, distribuidos en 19.000 m2.

Este lugar, que además está complementado por un museo dispuesto en el subsuelo -en el cual se exponen nombres, historias, objetos y composición familiar de todos los judíos conocidos asesinados durante el proceso de exterminio-, es visitado de manera asidua, tanto que en verano es necesario hacer extensas filas para poder acceder a su interior.

De igual manera, cuenta con una buena organización logística y vigilancia permanente, de tal suerte que está prohibido realizar ciertos movimientos a los que parece incitar la disposición juguetona del monumento, como saltar de una placa a la otra, por ejemplo.

Inmediatamente es percibida alguna de estas maniobras, el distraído se ve interceptado por un guardia de seguridad que viene a reconvenirlo como a un infractor.

 

Turistas saltando encima del monumento. Foto extraída de: El País. España.

 

Es tal el cuidado y la susceptibilidad relativa a esta estructura, que la misma está recubierta por una capa anti grafitis, acerca de la cual, durante el proceso de construcción, se debatió intensamente sobre la participación de la compañía que proveía la pintura en mención, ya que la misma empresa había estado relacionada en el pasado con la producción del gas Zyklon B, usado en las cámaras de gas de los campos de concentración.

Pero las polémicas alrededor de este centro de memoria no pararon allí. Aun intentando recoger desde su concepción a la población judía afectada más allá de las fronteras alemanas, el monumento ha sido criticado por desconocer la inmensa franja de martirizados que pertenecían a otras etnias (los gitanos, por ejemplo), a diversas convicciones políticas (como los comunistas), o a condiciones humanas particulares (como los enanos, los malformados, las prostitutas, etc.).  Ellos no fueron ni reconocidos ni incluidos en el universo de este conjunto conmemorativo.

No obstante, el monumento es un ícono y lugar de visita obligada para quienes acuden a esta capital.  Mientras tanto, la figura del Führer, representada en su último refugio, es velada intencionalmente.

Puesto que la historia es una sola, con sus hechos, protagonistas y ejecutorias -buenas, malas o pérfidas-, puede que sea un error pretender borrar los vestigios del victimario cuando se resaltan de manera tan contundente los de las víctimas.  Escindir lo acontecido no conduce a ningún propósito que favorezca el raciocinio equilibrado, y más bien afecta el contexto sustrayendo a la parte de la contraparte.

Sin embargo, esta negación radical puede explicarse debido a la gran sensibilidad que  la infamia perpetrada suscita entre quienes fueron agredidos y sus familiares. También debe tenerse en cuenta el fanatismo que la evocación del líder nazi alienta en sus seguidores, los antiguos y los actuales, quienes fácilmente podrían convertir cualquier alusión a su persona en un lugar de culto y peregrinación.

Es comprensible que se desee obstaculizar a toda costa la idolatría de un personaje cuyo rasgo más notable fue la crueldad sin límite. No obstante, desconocer,  borrar, eliminarlos del discurso y la memoria, ¿será una buena estrategia para prevenir que se repitan los horrores del pasado?

 

Adolf Hitler. Foto extraída de: Las 2 Orillas.

 

Toda acción, por desastrosa que sea, tiene matices. Todo hombre, incluso el más vil, como podría catalogarse en este caso al dictador, aquel que dirigió la empresa criminal que resultó en la eliminación de alrededor de seis millones de personas, contiene en sí mismo diferentes facetas.

En el caso del Führer, se ha resaltado y con razón su extrema maldad, pero es posible que, al intentar opacarlo en todas sus vertientes menos en una, se esté omitiendo distinguir en él otros aspectos humanos como el delirio y la perpetua utopía, y por extraño que parezca y a pesar de lo evidente, habría que reconocer que seguramente tampoco le fueron ajenos otros sentimientos nobles como la fraternidad o la ternura.

Él es, también y a pesar de su exagerada perversidad, reflejo de las múltiples dimensiones del hombre, las mismas que están presentes en mayor o menor grado en todos nosotros.

Creyó ser la encarnación de un destino y quiso ser profeta de un credo excluyente (como tantos otros), intentando llevar a cabo su quimera sin detenerse a considerar los métodos ó las consecuencias de sus actos, y a pesar de ello, los vejámenes perpetuados por el régimen son inseparables de la personalidad que los condujo.

Desconocerlo es mutilar el relato del origen, suprimiendo el horror primigenio que es, según Nietzsche, parte constituyente de la tragedia humana. Tal vez sería necesario acopiar el valor para mirar al monstruo de frente y contemplar en él la atrocidad, sin negar la certeza de su existencia y sus aspectos complementarios. Una concepción documentada y completa del individuo y de sus conductas podría ser más útil a la hora de evitar futuras confusiones, y de esta forma superar el discurso reduccionista y facilista que sólo conduce a interpretaciones superficiales y equívocas.

El debido equilibrio se requiere para mostrar la magnitud completa del desastre, incluso en una obra de arte o en un monumento conmemorativo.

 

Morirás lejos es una novela original conjetural de José Emilio Pacheco. Foto extraída de: Mercado Libre

 

Esta intención puede verse bien comprendida en la obra de José Emilio Pacheco, en su novela Morirás Lejos. En ella no se omite ninguna de las caras de la catástrofe, y los oprobios a que fueron sometidas las víctimas hacen un todo con los desvaríos y los excesos que los produjeron.

Como un recuerdo necesario, las palabras de Pacheco nos hablan del momento de la muerte del sanguinario, del atroz, que contiene en su seno a los fanáticos de todo tiempo y lugar, y en su momento concluyente nos lo muestra, haciendo uso del lenguaje literario, en toda la profundidad y dimensión de su propia fatalidad, que es al tiempo la de toda humanidad:

 “Sus cuerpos, los otros cuerpos, los tres cuerpos: Adolf, Eva, el perro Blondi, ardieron en el jardín bajo las bombas. El funeral vikingo. El perro que los guiará en el reino de los muertos. Berlín rodeado por un muro de llamas. Esta vez Siegfried sólo ganó la espada Balmung, no la capa que torna invisible a quien la lleva. Los nibelungos son los muertos. El tesoro es la muerte. El funeral, la muerte, el tesoro, la espada, los cuerpos, el muro de llamas, los muertos, los muertos, la mancha de grasa, el Valhala sometido por el fuego y el hielo”.

 Así como en la evocación poética de Pacheco, podríamos verlos en Berlín en el lugar que les sirvió como su última morada, con nuestros ojos bien equipados a partir de los juicios que sobre ellos ha derramado la historia, y de esta manera acceder a un mejor entendimiento de sus acciones, sin que ello implique llegar a justificarlos.

A través de esta mirada, quizás podríamos comprender mejor cuáles de las motivaciones que guiaron a estos hombres y mujeres en el pasado siguen presentes en los secretos anhelos y ambiciones de los que pueblan hoy la tierra,  73 años después de que quienes guiaron a la humanidad por las oscuras sendas decidieron terminar por mano propia con su existencia.

 

Video BerlínMall


 


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Nadaismo: una grande y enorme palabra

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Con estos principios impresos hicieron bulla y fueron escuchados. Arrastraron prosélitos. Inauguraron una nueva forma de vivir en Colombia.


 

Información Bibliográfica del libro
 

Título: Primer manifiesto nadaísta

Autor: Gonzalo Arango 

Editorial: Sílaba Editores. Medellín.

Género: Ensayo

Año: 2018

Pág. 76

 

Todo manifiesto es una liturgia, no un dogma, sino una guía para la acción, o mejor, los presupuestos sobre los que una persona, o un grupo, define lo que cree, y de ahí, lo que hace. Así lo expresó el Unabomber, el movimiento Avant-Pop, el Futurismo, el manifiesto de la extinta Farc, y delante de mis manos, el manifiesto nadaista.

El mismo que redactó Gonzalo Arango Arias en 1958, y hoy, 60 años después, Sílaba editores de Medellín se encarga de publicar para los lectores en pleno siglo XXI, y esto como una edición conmemorativa a seis décadas de su conformación. Una rareza como libro, si se entiende que se ha respetado las letras originales de imprenta, y anexo a eso, hay allí algunos textos del mismo fundador del nadaísmo, y un aparte donde el filosofo Fernando González habla de su discípulo y las razones que este tuvo para fundar tal declaración de principios.

 

 

Foto por: Diego Val

 

Sin embargo, tenemos que detenernos en el contexto  que permitió vislumbrar esta importante corriente literaria en Colombia, pues los años 50´s e inicios de los 60´s, son épocas confusas y de cambios locales e internacionales.  A nivel mundial es temporada de tragedias como la desintegración del Sputnik I, y a su vez, el Sputnik II que sufre el mismo destino en el espacio con la perra Laika en su interior. Buddy Holly lanza su segundo y tercer álbum musical, el segundo llamado “Buddy Holly” y el tercero “That’ll Be the Day“,  para morir un año después en un accidente de avión.

En Colombia, otro grupo de artistas del departamento del Huila, adeptos a la generación Beat y afines al nadaismo, fundan el “Manifiesto de los Papelípolas”;  y en lo social, la vida se sopesa ante la tragedia del incendio en el Almacén Vida en Bogotá que dejó como saldo 88 muertos. La ciencia y la tecnología del ensayo al error;  el rock sufre la tragedia en sus artistas; y en nuestro país,  la vida, ¿la vida en nuestro país qué puede significar ante tales infortunios? ¿Cómo vivir en una sociedad y un mundo tan convulso?

Querámoslo o no, el nadaísmo, que sin duda toma su nombre del griego  clásico nihil, “nada” y a su vez, hijo o heredero del “nihilismo europeo” tiene como presupuesto el valor de la vida y se constituyé una respuesta local ante ese panorama.  Fue (y es) un existir en la sociedad en otras formas, teniendo de base lo que afirmó axiomáticamente el filósofo francés Jean Paul Sartre:

“La existencia precede a la esencia.”

 

Foto por: Diego Val

 

Entonces, ante el absurdo de esta existencia solo queda el arte. La vida inmediata. No al nivel del Carpe Diem, pero sí en el tajo diario de vivir y construir un propósito sea cual sea este. Los nadaistas, que fue un numeroso grupo de utópicos, quisieron dejar su praxis en las letras, el arte, el performance (caminar a trocha limpia lo era y otras pataletas) y de ahí la fundación de esta cédula, o primer manifiesto, como precedente para los futuros movimientos artísticos y literarios en Colombia .

Con estos principios impresos hicieron bulla y fueron escuchados. Arrastraron prosélitos. Inauguraron una nueva forma de vivir en Colombia. No esa de resignarse ante la violencia partidista, el machetazo, el color, o la vida agrícola y asceta, sino la de preferir el arte por el arte. Es más, un arte no basado en los cálculos fríos de la razón, sino en una fenomenología inaugurada por Gaston Bachelard, esa de la imaginación al poder, la imagen poética y otros bellos desvaríos literarios.

No es afirmación extraña el decir que Gonzalo Arango y su pandilla quisieron patear la razón. De eso no hay duda. En su pluma lo expresa contundentemente:

“No queremos buscarle razones a la realidad, sino sinrazones.”

En otras palabras, desmontar los prejuicios de la sociedad colombiana, depurar el arte, crear una nueva fe, desestabilizar el orden no en clave anarquista, sino poética (mejor que atacar científicos que experimentan con animales, es encerrarlos en jaulas para leones y ponerlos al escrutinio público).

 

Foto por: Diego Val

 

De ahí la inocencia y la incursión de este grupo: sin armas, sin violencia, sin miramientos, pero sí con la fuerza de la ironía lúcida, la reflexión montañera pero sagaz, la destrucción de lo establecido con el fin de crear una sociedad con ideales marxistas. Despacio. Me refiero a esa utopía concebida por Karl Marx de que al triunfar el socialismo la gente no sería pieza de una maquinaria, sino cada uno se cultivaría intelectual y artísticamente, como en otrora lo hacían en la cultura griega o China, aprovechando los tiempos de ocio.

Lo relevante de este Primer Manifiesto Nadaísta es que no quiera deberle nada a nadie. Los creyentes de esta poesía manifiesta no desean comprometer la metodología del movimiento, su esencia. Desean estar libres de cuestionamientos plagiarios o escrutinios teóricos.  En el aparte VI de este texto fundante se asegura:

“El Movimiento Nadaista no es una imitación foránea de Escuelas literarias o revoluciones estéticas anteriores. No sigue modelos europeos. Él hunde sus raíces en el hombre, en la sociedad y en la cultura colombiana.”

Una afirmación sociológica completa, propia de un visionario, un profeta, o un cuerpo de poetas escatológicos.  Pero si Gonzalo Arango y sus discípulos planean hundir sus raíces teóricas y prácticas en suelo colombiano, no es porque el país de ese entonces sea una tierra fecunda. Al revés, es debido a que la planta que nacerá (el movimiento nadaista) introducirá en ese plano nuevas formas de luz, de nutrientes, de vida.

 

Foto por: Diego Val

 

Este colectivo de estetas y creadores, mayormente antioqueños, se convierten en  amantes de lo natural,  son libres para formarse como deseen y esto como si tuvieran de referente al buen salvaje de Rousseau y su libre desarrollo, aunque literalmente no lo mencionen por ninguna parte en este manifiesto.

¿Y por qué citar a Rousseau, o a Marx, si tajantemente aclaran en su “biblia” nadaista que no son una imitación de nadie? Hay que ser realistas, el purismo no existe ni en la ciencia, ni en el arte, ni en la religión.  Este primer manifiesto deja en claro la influencia del historiador Oswald Spencer, aunque no sus teorías;  Se menciona al poeta  Stéphane Mallarmé y no la vanguardia que representa;  los dos André, Gide y Breton están por todo lado; y  el filósofo Jean Paul Sartre imprime la fuerza de su “existencialismo” de cabo a rabo en este tratado.

Pero no vayamos más allá, miremos esto como los puntales necesarios para construir una casa sólida (el movimiento que acaban de fundar en 1958) y deconstruir, sin mirar atrás, la casa de esterilla que fue ese grupo de amigos antes de constituirse como una vanguardia en el país.  Un manifiesto redactado y sostenido por ellos como un entramado, o tela suficiente, para cortar y crear un paño nuevo encima del remiendo viejo de establishment, sino fue así en la práctica, en la teoría era esa su pretensión inicial.

Ya los estudiosos de Gonzalo Arango y del nadaismo lo han dicho casi todo y Sílaba editores de Medellín vuelve a presentar este Primer Manifiesto Nadaista como una forma de decir: “¿y si cortamos más tela de estos principios vanguardistas y hacemos un tejido nuevo?” No hay duda que se puede hacer (y siempre será necesario recurrir a una tradición, o arqueología artística) y una relectura de este texto fundante siempre dará como resultado una visión nueva. Al menos así lo afirmó el filósofo Henri-Frédéric Amiel,

“Los clásicos, al contacto con gente joven, se rejuvenecen.”

Así que volver a leer es pensar de nuevo y a su vez, repensar es crear, vivir, perderse, depositarse, tal como lo vivieron los prístinos nadaistas, llevando su pensamiento y acción hasta sus últimas consecuencias.

 

Foto por: Diego Val