sábado, abril 25, 2026
cero

Queremos tanto a Julio

0

Julio fue un profesor que dejó huella porque nos instaba a criticar los modelos de pensamiento establecidos, a cuestionar lo incuestionable.


 

Es irónico que recientemente haya estado examinando aquella incapacidad irremediable, propia de los seres humanos, de intentar comprender el por qué de la partida de un ser querido. Es irónico porque en estos momentos lo experimento en carne propia, porque hoy me es imposible articular con palabras un discurso que exprese a cabalidad el duelo que me toca vivir.

Julio Hevia Garrido Lecca (Lima, 1953-2018), psicólogo, comunicador y profesor universitario, partió de manera inesperada y su muro de Facebook hizo ebullición. La última semana de junio, colegas que también fueron amigos, y alumnos que también fueron amigos compartían la noticia y expresaban su sorpresa y profundo pesar ante la pérdida de uno de los intelectuales más brillantes y auténticos del Perú contemporáneo.

Todos los comentarios coincidían: Julio destacaba por ser un académico con mundo, un analista que era capaz de relacionar con asuntos de la vida cotidiana el pensamiento de grandes teóricos como Foucault, Deleuze, Guattari, Goffman y Canetti, entre otros, siempre con una mirada crítica y un ingenioso sentido del humor.

Quienes fuimos sus estudiantes concordábamos además en sentirnos privilegiados de haber podido asistir a sus clases. Julio fue un profesor que dejó huella porque nos instaba a criticar los modelos de pensamiento establecidos, a cuestionar lo incuestionable, a abandonar los lugares comunes, a sospechar de todo aquello que se nos presentara como “normal”, “natural” o “dado por sentado”, y a someter a duda nuestras propias creencias y nuestras propias verdades.

 

Fotografía extraída de: img.peru21.pe

 

Llevé todas tus clases, Julio, y de ellas siempre salí feliz, sintiendo que empezaba a ver el mundo de otra manera. Aquellas reflexiones fueron siempre para mí un respiro, un alivio, una respuesta, un por fin entender por qué muchas veces yo sentía que no encajaba, y que precisamente, esa suerte de “no pertenecer” era una gran ventaja.

Y aunque en los últimos tiempos no mantuvimos el contacto de antaño, siempre estuviste, de algún modo, presente: la jerga peruana, su especialidad, es una práctica que me impuse conservar desde que pisé Colombia. Así que a mi esposo a veces le comento que es mejor no hacernos paltas*, a sabiendas de que la crianza de nuestros pequeños no es en lo absoluto papaya*; a mi hija suelo pedirle que no me tire arroz*; y a mi hijo, de cuando en cuando, le pregunto: ¿cuál es tu caucáu?*

Tantas conversaciones y risas que quedaron pendientes, Julio. Lo que más me duele es haber pensado, ingenuamente, que siempre estarías allí. Lo que más lastima es haber creído que en un futuro viaje a Lima podría nuevamente contactarte, y que tendría por los menos veinte años más para reunirme contigo, hablarte de los temas que he estado investigando, escuchar tu opinión y tomar nota de las obras y autores que me recomendarías.

Cómo me hubiera gustado además contarte mis impresiones sobre el habla colombiana, sobre cómo se me hace imposible entender que en los juegos infantiles no se nombre a un mantequilla*, y sobre cómo me maravilla la combinación que por aquí realizan de sustantivos y adjetivos para dar forma a vocablos tan originales como cabecicuadrado, ojiazul, carirredondo, y mi favorito, culicagao.

 

Fotografía extraída de: assets.trome.pe

 

Estoy segura de que habrías lanzado, con tu rapidez mental característica, una frase certera, útil y además, divertidísima. Estoy segura de que nos habríamos matado de la risa. Solo que ahora ya no estás, y no hay razón instrumental que me permita entender por qué te fuiste tan pronto, por qué nunca más tendré la posibilidad de conversar contigo.

El día en que Julio partió, una de mis amigas de la universidad y quien también fue su alumna me preguntó por las tres enseñanzas más importantes que él me había dejado.

Más allá de entender a la identidad como el continuo despliegue de roles y máscaras según el contexto en que nos encontremos, de percibir nuestras interacciones como una permanente puesta en escena, y de descubrir las ventajas de situarnos como observadores desde el margen, recuerdo tres consejos: escribir (y publicar) sin miedo; confiar en mi capacidad de aprender (y con el tiempo, dominar) un nuevo tema, y reconocer a la gente por sus zapatos (esto para evitar ser víctima de una estafa).

Ahora que sé que nunca más te volveré a ver, evocaré por siempre tus enseñanzas y consejos, y volveré siempre a tus libros, con la intención de mantener aquel sentido crítico que en más de uno lograste despertar.

 

Fotografía extraída de: assets.trome.pe
Glosario de jerga peruana, tomada del libro ¡Habla jugador! y con pequeños complementos de la autora:

¿Cuál es tu caucáu?: ¿Cuál es tu problema?

Hacerse paltas/ Paltearse: molestarse, obsesionarse, preocuparse.

Mantequilla: en los juegos infantiles, niño que es exonerado de las penalidades por ser el más pequeño. Matarse de risa: divertirse.

Papaya: fácil, suave, sin mayor esfuerzo. Tirar arroz: hacer caso omiso, dejar esperando al otro, no devolver el interés, ignorar.

El arca de Noé existe, se llama Santuario Doña Esneda

0

Mi padre te manda a decir que debes cuidar de los seres más desprotegidos y maltratados por el hombre: los animales


 

La llegada al Santuario

El hombre siempre ha soñado con volver a los orígenes, es decir, al Edén o al paraíso, o a esos lugares de la tierra donde la vida silvestre y animal era el estado natural de las cosas. Para sorpresa, ese lugar existe en Pereira y se llama “Santuario Doña Esneda”.  Un espacio tan mágico como maravilloso al que se puede acceder por tres rutas: desde el Cedralito Alto (vereda La Bananera); por la estación final de Transportes La Florida  y obviamente partiendo desde Pereira.

Llegar a pie por la vía Cedralito Alto es imposible porque se encuentran construyendo las huellas (carretera) cerca a una conocida cantera de la vereda que ya tiene un contrato de concesión para su explotación. Por esta razón es que la moto o el Jeep son la mejor opción para ingresar por este lugar.

Otra ruta es llegar hasta la última estación de transportes La Florida y de ahí hacer un transbordo a un Jeep para dar la vuelta por el río San Juan de Santa Rosa de Cabal y así llegar.

Y la tercera forma es desde Pereira tomando un bus o una chiva a un costado de la Plaza Cívica Ciudad Victoria. Luego hay que bajarse en el lugar que señala la entrada al Santuario de Doña Esneda:  el restaurante Río y Carbón.

Desde ahí, donde también existe un puente como señal, hay que entrar a la izquierda en dirección a La Florida y caminar por lo menos 45 minutos hacia adentro.

 

Fotografía: Diego Val.

 

En esa entrada me encontré con William Jiménez, el hijo de Doña Esneda, con quien había acordado para lograr llegar hasta el Santuario.  Allí estaba él, sentado, con un cigarrillo en la boca, vestido con botas y traje militar, y con una perrita pequeña como acompañante.

Me saludó preguntando el por qué no había venido en moto, pero le respondí que no, que viajar a pie me ayuda a disfrutar más el paisaje.

 

El hijo del Santuario

Empezamos el recorrido y observé que el paisaje a orilla del río solo se divisaban algunas fincas. También escuché la corriente del agua y los sonidos de la fauna, sobre todo aves, que son propias de ese sector.

Aunque en el paisaje no pasa desapercibido los cultivos de cebolla, plátanos y algunos frutales que por mucho tiempo han sido el ingreso económico de los habitantes de las veredas circundantes. Cultivos de cebolla como paisaje deslumbrante, cuyo sol se alza sobre las plantaciones y deja ver el resalte del color verde sobre las pintorescas fincas, además de la cantidad de mosquitos que vuelan sobre las láminas finas de las hojas.

 

Fotografía: Diego Val.

 

Al caminar con William, la conversación parece un derroche de cumplidos. El mero hecho de esperarme con una perrita, demuestra que él, al igual que su madre, también tiene gran afecto por otros animales. Además de hablarle, acariciarle y explicarle a voces por dónde debe y no debe meterse.

 

En la vida hay que luchar, contrapuntear y sobrevivir. Comenta William mientras camina mueve la pala que carga en el hombro.

 

Y con esa frase se refiere a las condiciones en las que se encuentra la finca de su señora madre y las penurias de cuidar (a voluntad) los animales, y del valor de la vida que aprendió cuando estuvo en el ejército. Ahí es donde caigo en cuenta del por qué viene vestido así al recibirme.

Continúa diciéndome que en dos años, el número de animales en el Santuario ha aumentado de trescientos a cuatrocientos y que, una de las personas que más les ayudaba a conseguir recursos era John Alex López, un sobrino de Doña Esneda que ahora, ya no está con ella.

Aún no conozco a Doña Esneda, pero por el carácter de su hijo ya me hago una idea de quien puede ser. En varios minutos de caminata, William se encuentra con algunos habitantes de la zona que por los saludos tan peculiares, dan a entender que todos tienen tareas pendientes con él.

Al avanza los saludos se hacen más frecuentes.

 

¿Qué más William?. ¡Oiga, venga le comento! O… ¡Le tengo un negocio!

 

Fotografía: Diego Val.

 

En una de las paradas para descansar me explica que algunos vecinos sobreviven distribuyendo leche, transportando cebolla o frutales al centro de mercado, ya que no es suficiente con la producción de la tierra. También dice que los transportistas de Jeeps, son muy vivos porque cobran tres veces más el pasaje normal.

Casi llegado al lugar, afirma que siempre sale a hacer ejercicio y a trotar con la perra que le acompaña. Resalta las cualidades de su acompañante, que en sus palabras  es una muy buena guía y además resistente.

Por fin llegamos a el Santuario. William inmediatamente coge una guadua para bajar un racimo de plátanos y guardarlo un poco más arriba, en una caseta aledaña a la finca.

Observo que hay un sendero de guadua, matas de plátano y café, instalada en los laterales a modo de decoración y  me reciben varias perros, entre ellos, uno que no dejaba de saludarme con las patas delanteras, como insinuando que lo acariciara.

El agua o la lluvia también nos recibe. Aceleramos el paso, y ayudo a William con la pala para que él pueda transportar otro racimo de plátanos al hombro hasta la misma caseta.

Veo galpones con gallos, gallinas, palomas y muchos perros ladrando. Eso es lo que se percibe al llegar al Santuario de Doña Esneda que parece, literalmente, un arca de Noé.

 

Fotografía: Diego Val.

 

Doña Esneda

Al ingresar a la vivienda, espero en la cocina. Se oye ruido natural de animales y el olor a finca es característico.  Ahí sentado y expectante y como de la nada, aparece Doña Esneda Osorio Quintero con ese semblante tan encantador. Percibo una especie de felicidad al verme.  Se hace entonces un silencio momentáneo muy especial donde todo cobra importancia. Hasta la manera en como Doña Esneda toma la cuchara para preparar el almuerzo que a esa hora cocina.

Esneda Osorio Quintero nació en el Pital de Combia, una vereda ubicada al noroccidente del casco urbano de la ciudad de Pereira. Tuvo cuatro hijos de los cuales uno falleció. En su trayecto de vida, lleva casi 30 años recogiendo animales de la calle para darles atención y cuidado.

Al referirse a ellos, a los animales, los trata como seres con dignidad, porque para ella no son sujetos diferentes a los humanos, sino muchas veces, según dice,  mejores en muchos sentidos.

Sus palabras suenan sinceras, aunque (después lo supe) sea radical, de carácter fuerte, un poco cascarrabias, pero en contraste, atenta, tierna y sensible.

 

Desde niña oescuchaba las personas y sabía inmediatamente si eran buenas o malas. ¿Por qué?, no lo sé. Fueron muchas situaciones, muchas historias que viví de pequeña. Pero le voy a contar una en especial que me ayudó a enfocarme en ayudar a los animales.

 

Mientras espero se hace una trenza frente al espejo. De espaldas al reflejo de su imagen pregunta:

 

¿Bueno, ¿cómo vamos a hacer?

 

Es decir, cómo vamos a empezar esta entrevista. Entiendo.

 

Fotografía: Diego Val.

 

Y así supe que esta mujer lleva mucho tiempo adoptando animales, rescatándolos para ponerlos a salvo en albergues. Me cuenta que cuando adoptó la primera perra que recogió de la calle, la llamó: “Marquesa”. Luego llegó otra a la que apodó “La niña Katy”. Una French Poodle que alcanzó a cumplir 19 años en edad canina. Bastante para un perro. Pienso. Afirma que murió de un tumor ahí mismo en su Santuario.

Entre otras cosas, al recordarla a esta última, no deja de pensar en el día que un extraño ensayaba un revolver propinándole un tiro en una pata.

 

Fueron unos hijuemadres, uno de ellos al menos ya pagó, lo mataron. Faltan los otros dos. Dice Doña Esneda con cierto dolor.

 

Y en esta expresión no parece soberbia, sino que parece demostrar con ello que la vida de un animal está por encima de la de un ser humano.

Relata que a la Niña Katy le encantaban las crispetas ypues tenía un olfato agudo, y una vez reventaba el maíz dentro de la olla, ahí estaba ella mostrándose irresistible al olor. Ladraba desde la cama porque le tenía  miedo a saltar desde el colchón hasta el piso.

Esta perrita acompañó a la familia hasta hace un año, de ocho que estuvo  en la finca Santuario Doña Esneda, ya que que murió por un tumor que la hizo padecer varios años.

 

Lo que pasa es que yo no le cuento esto a todo el mundo.  Dice con cierta desconfianza.

 

Galería completa del Santuario Doña Esneda


 

 

Y en esta actitud parece palpar el suelo sobre el que camina, dispuesta a seguir contándome sobre los animales.

Entre otras cosas confiesa que de pequeña solía ver y sentir cosas que nunca contó a nadie y que se reservaba porque consideraba que las personas eran antipáticas con esos temas.

 

Por mí no hay ningún problema que crean o no. Lo que me interesa es lo que le estoy contando y que usted me crea.

 

Y procede.

 

Un día en casa, al levantarme y abrir los ojos, vi una luz que resplandecía y pensé, ‘me cogió el día’.  Mi cuarto en ese entonces tenía un baño para mí solita porque me lo habían donado. Era maravilloso y lujoso para mí. Entonces caminé hasta el baño tranquilamente. Y al regresar al cuarto estaba todo otra vez oscuro. ‘¿Qué pasó acá?’, dije yo, ‘Ay, Dios mío’.

Sin pensarlo mucho, me acosté de nuevo en la orilla (esquina de su cama) pero sentía el cuerpo muy pesado, no me podía mover.

 

Habla y a la par toma la cuchara para revolver ligeramente el caldo de pescado que piensa servir como almuerzo para todos.

Aunque este agasajo es inmerecido. Previamente me había dicho que a veces junto a su hijo pasan una semana solo comiendo plátano y agua, porque su prioridad es la de sus animalitos.

 

He pedido ayuda en la Alcaldía de Pereira, la Gobernación de Risaralda, la sociedad protectora de animales, la CARDER (Corporación Autónoma Regional de Risaralda) y no he tenido mucha respuesta.

 

 

Aduce que en la Gobernación le prometieron ir a su casa, pero nunca llegaron. A veces el mantenimiento de sus 45 perros se ve comprometido por las deudas, porque regularmente consumen un bulto de concentrado entre todos.

Afirma que tiene ángeles en la tierra que la han ayudado mucho más que las instituciones. Personas que comparten el mismo sentir de alimentar y cuidar los casi cuatrocientos animales entre palomas, gallos, conejos, perros y gatos que tiene.

Alargando las frases y a veces acentuándolas, me invita a comer caldo de pescado y arroz con tómate.

Doña Esneda sirve la comida con tesón y un gallo canta estridentemente como si fuera música de fondo. Ella asegura que ese que suena es un gallo particular, porque tiene el pescuezo torcido como consecuencia de una pelea donde casi lo matan.

 

Ese peleando con otro le voltearon el pescuezo.

 

Dice para que forzosamente intente hacerme una imagen gráfica de los hechos.

 

No me gusta consumir alimentos que tengan químicos o ese tal Glifosato. Es más, aquí en la finca todo lo cultivamos sin nada de eso.

 

Son sus palabras, al tiempo que corta un tomate para agregarle al arroz que me sirve.

 

Fotografía: Diego Val.

 

Ella prefiere consumir sal marina porque piensa que la sal química es bastante perjudicial para el cuerpo.

Podría decirse que Doña Esneda es custodia de semillas ya que hace un par de meses unos indígenas Embera de la cordillera central le habían vendido unas semillas de fríjol, sorgo y maíz. Esto de los productos nocivos, puede enmarcarse en casi un estilo de vida que va en contra de las dinámicas actuales de una zona como la vereda La Bella, donde muchos de los los monocultivos de cebolla utilizan Glifosato para el control de la maleza.

 

Pero la envidia es mucha. Una señora a la que no le gustan los animalitos me quemó todo el cultivo. Ahora si usted  va, puede ver como quedó eso: todo negro y pelado.

 

Se lamenta. Pero por ahora le quedan algunas semillas para volver a sembrar.

 

Por fin el Santuario

Doña Esneda recuerda mucho a Don Elbert Jiménez Londoño, su esposo. Según su relato, él no era un amante de los animales, sin embargo, por ella, logró encariñarse y hasta dejarle una casa para sus perros cerca a la vidriera Otún, en el hogar San Gregorio de La Represa.

 

Lo amé mucho. Ocho días antes de que muriera de un infarto me dejó un terreno y me prometió una guitarra porque había escuchado unos casetes donde yo tocaba guitarra y piano.  

 

Doña Esneda lo detalla como un hombre bajo y calvo que tenía una pequeña panza que fue creciendo con los años. En su opinión, su esposo era totalmente diferente al estereotipo de hombre ideal. Sin embargo, era la persona que había logrado conquistarla con sinceridad. Dice que era de carácter muy ávido por ayudar a los demás y que lo amó hasta el día de su muerte.

Cuenta que la sedujo dándole de comer a sus hijos en complot con el carnicero, quien les enviaba carne para el almuerzo y a veces compraba fiambres entgeros para mandarles al lugar donde se encontraran.

 

Fotografía: Diego Val.

 

Un día la abordó en una buseta y le dijo:

Yo le envío comida a sus hijos porque yo quiero y me nace, no por otra cosa. Pero entienda que yo a usted la admiro, yo sólo la veo de la casa al trabajo y del trabajo a la casa.

Después de 8 meses de novios sólo se tomaron de las manos y escasamente se besaban, así que Don Jiménez no se aguantó y le propuso matrimonio diciéndole.

 

Es que usted va a ser la mujer que me va a enterrar.

 

Casi las mismas palabras que le había dicho a ella el carnicero un año antes.

 

Al caer la tarde

Así, ya finalizando la tarde y para despedirme, le pregunté sobre el relato de aquella noche extraña y luminosa donde se había confundido, o lo que ella decía, era una historia que cambió su vida para siempre.

Sonrió y agregó lo sucedido en lo que llamó “la visión”.

 

Vi que era una persona de vestido blanco (referente a la figura que, según ella, se le había parado al borde de la cama) con el cabello hasta acá (señala el cuello) de largo. Pero no le podía ver bien el rostro, solo la silueta… El rostro se veía borroso y entonces esa figura me dijo ‘mi padre te manda a decir que debes cuidar de los seres más desprotegidos y maltratados por el hombre. En ese momento yo pregunté ¿los niños?, dijo ‘no, los animales’… Y la pregunta del millón que hice en mi mente, porque no podía hablar ¿pero con qué dinero? Y me dijo ‘no desconfíes de la voluntad y de la misericordia de mi padre’.

 

Así, fue el nacimiento de la misión de Doña Esneda y de lo que hoy se conoce como el Santuario Doña Esneda. Desde ahí, hasta este momento, ella asegura que está entregada cuerpo y alma al cuidado de sus seres predilectos, los animales.

Un campesino contra una multinacional: el estado del cine según Óscar Ruíz Navia

0

La lógica del cine colombiano debe obedecer a la lógica política del país.


 

Óscar Ruíz Navia, o mejor conocido como “Papeto”, es un joven productor de cine de la ciudad de Cali. El día que conversamos con él estaba en la BAM, o la Bogotá Audiovisual Market, presentando su plan de negocios de Contravía Films, la empresa audiovisual que ha grabado películas como “El vuelvo del cangrejo” (2009), “La Sirga” (2012), “Los Hongos” (2014) y otras más. Aunque también desde la capital nos comentó que andaba en ese evento conociendo personas extranjeras interesadas en el negocio de la cinematografía nacional, es decir, empresarios que buscaban invertir en la industria.

Este joven, reconocido por su carisma y emprendimiento, además de ser el socio fundador de Contravía Films,  prepara nuevos proyectos cinematográficos para presentar en el país. Películas que tienen expectantes a un público que conoce sus trabajos, su técnica y la calidad de las producciones. Por eso decidimos conversar con él sobre estos planes y adicional pedirle su opinión o percepción sobre el estado del cine en Colombia.

 

Fotografía extraída de: wikimedia.org

 

 

Diego Firmiano:. Óscar, saludos. Entrando en materia ¿Cómo está posicionado el cine colombiano dentro y fuera del país?

Papeto:. En cine en Colombia ha crecido considerablemente en los últimos años. Sin embargo, existe la desventaja de la exhibición. Se produce mucho contenido pero no necesariamente se están exponiendo todas esas películas ante el público. Entonces hay una especie de atrofia en la academia del cine.  Eso es un fenómeno particular que vale la pena revisar.

Y a nivel internacional hay muchos trabajos fílmicos que han empezado a entrar a otros circuitos externos. Lugares donde los productores o cineastas antes no tenían acceso por muchas razones. Pero ahora, la globalización, las políticas públicas como la ley del cine, Proimagenes y otras, son estímulos para que la gente pueda salir al mercado a promocionar sus trabajos.

Estamos en este tiempo en una situación interesante con una producción abundante en comparación con otros años. Pero no es suficiente. Falta todavía madurar mucho más en ese sentido. Mejorar en qué vamos a hacer con las películas una vez terminadas.

 

 

D.F:. Óscar, al afirmar que hay mucha producción de películas pero no todas se exhiben, se refiere a que no hay un rasero para medir cuáles son buenas o malas, o piensa que se trata de la cantidad de productoras de cine que hay en el país y que ahora son una competencia.

PP:. No. No creo que sea una competencia entre los productores colombianos, sino más bien una competencia con todas las películas extranjeras que llegan principalmente desde Estados Unidos. Películas de tanques de guerra, ciencia ficción, etc, es decir, una competencia desigual. Los productores de cine colombiano, podríamos decir, son una especia de pequeños campesinos que tienen que enfrentarse en un mercado contra una multinacional. Entonces los pequeños siempre van a perder en esa competencia.  Lo que debe existir es más organización entre los productores locales para que puedan, a través de una asociación, ser mucho más competitivos frente a esos tanques americanos y proseguir con la producción nacional.

Ahora, esto que estoy diciendo no es nada novedoso.

Pero hay  ejemplos de lo que ha sucedido en otros países de Latinoamérica como en Argentina, México o Brasil, donde hay una ley de protección de pantalla importante. Pero Colombia es un poco reticente ideológica y prácticamente a Latinoamérica. Así que la lógica del cine colombiano debe obedece a la lógica política del país.

 

Fotografía extraída de: Revistagentecolombia.files.

 

D.F:. ¿Podemos afirmar  que hay un boom en el cine colombiano desde el 2010 en adelante? Porque recuerde que en ese año hubo 10 películas presentadas de cara al público, y ahora en lo que va corrido del 2018 se han lanzado 44 largometrajes importantes. Y a eso súmese que  la ley de filmación colombiana está invirtiendo mucho dinero para que el cine local se posicione.

PP:. Si claro. Hay una gran mejoría en términos de producción. Las cifras lo comprueban de manera tajante. Entonces si me pregunta si hay un boom, claro que sí. Evidentemente hay una producción mayor muy buena producto de una diversidad de miradas. Todas las películas son muy diferentes entre si. Hay unas cosas muy interesantes, otras menos.

Con todo debo hacer una aclaración, ya que llamarle boom es un arma de doble filo. ¿en qué sentido?  En que puede generar una sensación de confort  y esto puede hacer que la gente se adormile. Lo que dije antes. Se está produciendo mucho pero no se está exhibiendo lo suficiente. Y así los grandes esfuerzos económicos no se ven retribuidos.

Si hablamos de ganancia cuantitativa, si no hay espacios, no hay ganancias cualitativas. Cuando se hace una película lo que se pretende es que la gente la vea, reflexione, se contamine, digámoslo de alguna forma, de la propuesta.

Comparto la idea de que sí hay un boom, pero también hay una falencia que se evidencia más y es la falta de espacios y la falta del pensamiento. Esto es precisamente lo que demuestra que la gente no está interesada en el cine arte, sino que cada vez prefiere algo industrial. Y si hablamos profesionalmente, el cine nacional es arte. Entonces creo que se está debilitando un poco las producciones internas.

 

 

D.F:. Es dudoso que afirme que le gente no está interesada en el cine interno, porque mire,  no nos vayamos muy lejos, en el 2016 se presentaron “La mujer del Animal” (2016) de Víctor Gaviria; “Señorita María, la falda de la montaña” (2017) de Rubén Mendoza;  “Matar a Jesús” (2017) de Laura Mora y otras más que tuvieron una buena acogida de parte del público colombiano. ¿Podría fundamentar eso de que la gente no está interesada en una cine manía nacional?

PP:. Por lo que le digo. Por lo de los espacios. Al carecer de ellos, la gente no conoce o profundiza más en nuestras producciones. A diferencia de lo que dice, o de los titulos que menciona, esos fueron trabajos con muy baja asistencia y apoyo del parte del público. Yo llamo a eso “películas de nicho”. Aunque haciendo la salvedad de “La Señorita María, la falda de la montaña” que para ser un documental tuvo un éxito rotundo.

Entonces la razón o la lógica es esa, que se hace una gran producción de cine pero la gente no ve o no alcanza a disfrutar todo ese contenido. Y así es que no se cultiva una concepción de lenguaje de imágenes que puede serle útil a la sociedad.

Es importante poner en duda ese aparente confort en el que estamos. Lo que necesitamos es que crezca la audiencia, la critica, los espacios para la exhibición. Yo creo que el papel de nosotros los productores, desde lo que pensamos o hacemos, es intentar velar para que esos espacios se sigan abriendo.

 

Oscar Ruiz Navia recibiendo el premio del 67th Festival del Cine de Locarno . Fotografía extraída de: pictures.zimbio.com

 

D.F:. ¿Pero serán los espacios o las temáticas? Ya que al afirmar que “Señorita María, la falda de la montaña tuvo mucha recepción por el contenido, pero no así “Matar a Jesús” por ejemplo, da a entender que no es la producción sino la temática. Este año Ciro Alegría y Cristina Gallego van a lanzar la  obra “Pájaros de Verano” (2018) que es un drama gánster, o mafioso, es decir, un tema trillado pero que vende.  En oposición a eso, según usted,  si ponemos una película cultural la gente no tiene la misma emoción.

PP:. Si en efecto los temas tienen mucho que ver. Pero insisto, es una cuestión mucho más compleja. Es de voluntad, ideas, de qué es el cine y para qué sirve el cine. No pienso que el sistema en el que estemos sea el correcto, creo que hay que mirar otros modelos. Modelos que están muy cerca: Argentina, Brasil, México donde las películas pueden quedarse mucho tiempo en cartelera. Donde no hay una lógica de proyectarla una semana y listo. No.

Nosotros tenemos largometrajes que no pudieron exhibirse en Pereira o en Armenia, porque simplemente los compradores decían: no, eso no va a funcionar. Y así le ponían una lápida de antemano al trabajo. Son muy pocos los trabajos serios y de calidad que pueden ir a ciudades alternas a presentarse.

Entonces yo sí pienso, obvio, las temáticas tienen que ver, pero hay problemas de base, de concepción de qué es el cine y la importancia de este para el país. En ese sentido pregunto ¿Cuál es la solución? Por supuesto seguir luchando y proponiendo contenidos interesantes. Las películas que has mencionado tienen propuestas atractivas.  Creo que ese es el camino. Seguir apostando a un lenguaje nuevo para contar este país tan diverso a otras personas.

 

 

D.F:. Con ese panorama nos tienta a creer que productoras como ustedes buscan estímulos o premios fuera de Colombia para subsistir.

PP:. El cine es algo global. No es que porque no funcione en Colombia uno busque afuera estímulos. No. De eso no se trata. Los premios llegan como resultado de la gestión y del trabajo de calidad que se presenta ante un público de igual calibre.

 

Fotografía extraída de: Facebook de Óscar Ruíz Navia.

 

D.F:. Finalmente hablemos de la película “Sal” (2018) de William Vega con la que parece les ha ido bien. La van a presentar en el Festival de cine de Cartagena y en otros eventos, y hasta donde entiendo, esa es la última, o más reciente, promoción de la productora de ustedes, Contravía Films. Hablemos de eso por favor.

PP:. “Sal” fue un éxito que estrenamos en Cartagena. Se estuvo exhibiendo en varias salas de la ciudad. Aunque uno siempre quiere que la película se muestre en otras ciudades y que tenga más público, por ejemplo, en las regiones. El anhelo es que desde estos lugares se brinde apoyo para consolidad y tener más posibilidades de proyectar cine arte. En la productora Contravía Films hemos tenido cortos y largometrajes con las cuales nos han ido bien y con otros no tanto. Es como una lotería. No se puede garantizar ni el éxito ni el fracaso. Pero ahí vamos. En esencia contentos porque William Vega es una persona que estimamos mucho y ya cerró ese proceso con “Sal”. Ahora estamos preparando nuevos proyectos.

  

D.F:. Por último ¿cuáles fueron esas películas o largometrajes con los que les fue bien o mal?

PP:.El vuelco del cangrejo” (2009) tuvo gran acogida. Estuvimos ocho semanas en cartelera. “La Sirga” (2012) y “Los hongos” (2013). Esas tres nos fue bien.  Y con las que nos fue mal, ni recuerdo, pero fueron producciones hechas con esfuerzo, inversión, lágrimas y con un gran equipo de base. El cine de Contravía Films es colombiano y para los colombianos. Muchas gracias.

Fotografía extraída de: revistaenfoque.com.co

Anon: la pública y secreta forma de la privacidad

0
Fotograma por: newmoviesapp.com

Anon, es un campo de aperturas a lo que ya pasa: ser gobernado por el imperio de la red, donde cada uno va tejiendo y aportando con su hilo un historial y un perfil que lo anuncia y le da una ventana o una cárcel


 

Imagen extraída de: moviemarker.co.uk/

Ficha técnica

Año, país, duración Alemania, 2018, 100 minutos
Dirección y Guion Andrew Niccol
Fotografía Amir M. Mokri
Música Christophe Beck
Actores Clive Owen, Amanda Seyfried, Colm Feore, Sonya Walger, Mark O’Brien,Joe Pingue, Iddo Goldberg, Sebastian Pigott, Rachel Roberts, Ethan Tavares,Marco Grazzini, Conrad Coates, Mayko Nguyen, Sara Mitich, Damon Runyan,Charles Ebbs
Productora K5 Film / K5 Film / K5 Media Group
Género Ciencia ficción. Thriller
Página oficial Netflix

 

El uso de la tecnología y los dispositivos móviles con acceso a la alfombra mágica, la Internet, han hecho de cada individuo, un ser con una trazabilidad. Pero una contradicción se advierte: lo que hagamos queda registrado y a disposición del público, sin embargo, eso no limita la capacidad de situaciones que podrían ser ilegales. Hoy casi cualquiera puede rastrear a otros y a su vez ser buscado y detectado en la red. En el futuro, las películas nos muestran  cómo por medio de cualquier mecanismo, los registros de los seres humanos son para controlar y establecer una sociedad de mayor seguridad. Ese cuento y esa idea, son las que permiten gastar millonadas mensuales, invertir, y generar planes y políticas desde los gobiernos mundiales.

Usted mismo derrocha cantidad de recursos, tiempo y dinero, en tecnologías móviles y en los tan anhelados y esclavizadores planes de datos. Otra contradicción salta a flote y queda un misterio: se presume y se pretende ser anónimo, quizás por el logro de mayor individualidad o por esa ingenuidad de creerse libre. Sin embargo lo que se ha conquistado en la Internet, la presión -aunque algo intangible-, es que hoy, se puede dar con mayor facilidad con la identidad de las personas.

También es desde esa red de redes donde de repente la masificación de la información y las prácticas de usuarios y grupos desembocan en una fisura para el sistema.  Nadie puede ser anónimo si usa la Internet o juega desde las reglas del sistema, pero constituye una proeza y una máxima el hecho de ejecutar acciones vigiladas y detectadas desde la misma matriz; en nuestros días se han agenciado grupos y se han ejecutado hechos motivados por resquebrajar las normas creadas por ellos. Son los dueños de la información.

 

Fotograma extraído de: s2.dmcdn.net

 

Esa es la narrativa de la película Anon. De repente un día cualquiera, un encargado de mantener el orden -Clive Owen- y descifrar cada episodio de violencia o afrenta contra el sistema, encuentra a un alguien sin identificar como un error. Luego no es posible reconstruir un asesinato y dar con el responsable porque, al parecer, se transfiguró el vídeo del acontecimiento.

Anon, se convierte en una premonición del futuro que vivimos. Todo se encuentra bajo ordenanza. Desde un ojo, los detectives y agentes de seguridad del Estado, pueden saber cómo ocurrió un hecho y quiénes lo efectuaron. Ya no son las grandes pantallas las que dejan todo grabado, ahora es uno mismo quien reseña por obligación un hecho. Aquí cabe la sentencia bíblica: “Si no quieres que se sepa, no lo hagas”. Así que no hay nada que no se encuentre sistematizado, y nunca antes las piezas de un rompecabezas estuvieron tan fáciles de organizar, dado que cada parte se encuentra en un mismo engranaje.

En el deambular por la red se puede saber quién es el otro, porque se ofrece el menú de ese individuo y  cuál es su prontuario. No todos acceden a ese privilegio. Es posible, sin embargo, conseguirlo fácilmente. El subversivo, el rapsoda futurista -casi presente-, es quien, sin ser registrado, puede al tiempo delinear otra forma de sucesos. Casi que la realidad no es lo que sucede sino lo que se puede capturar de ella, y como es una alternativa -muy escasa y mínima e incluso ilegal- trastocarla, puede haber muchas.

 

Fotograma extraído de: I2.wp.com

 

El director nos ha planteado mundos distópicos, por ejemplo, en otras películas como  “El precio del mañana” (2012), donde la prueba de las garantías y disputas es el tiempo; en “Gattaca” (1997) prima el intercambio genético; En “Simone” (2002) es el tema de la simulación. Así, en una donde prima más la acción es en “El señor de la guerra” (2005). Allí también existe un juego con la identidad. Hablamos de Andrew Niccol, el director que se encuentra enfocado en la ciencia ficción y en desarrollar temas e historias disruptivas, con tramas en donde caemos, por lo cautivante y desafiador de lo propuesto. Una especie de paralelismos, de dimensiones donde el yo se suspende, de identidades que se cruzan o confunden, o donde la realidad no es lo que parece.

Los espectadores tienen el papel de ser detectives y participar de una mística rodeada de enigmas, donde la privacidad parece ser resguardada, siendo más pública. Un hecho que Nicol desarrolló cuando hizo el guion para  “The Truman Show” (1998), en donde un individuo cree vivir feliz y a su albedrío, pero se encuentra encerrado en un plató.

Anon, es un campo de aperturas a lo que ya pasa: ser gobernado por el imperio de la red, donde cada uno va tejiendo y aportando con su hilo un historial y un perfil que lo anuncia y le da una ventana o una cárcel. Si todo es trazable, como sueñan los que ostentan el poder, pueden hacer lo que se les antoje con su red y los usuarios. Como siempre habrá resistencia o quedará un resquicio. Ese pequeño eslabón será suficiente para obtener un poco de libertad así sea con todo en contra.

 

Fotograma por: newmoviesapp.com

 

David Lloyd, el caricaturista, nos dio un legado: la máscara del anonimato. Esa que no se puede usar si se transita por la red, aunque sí, porque quienes logran un orificio. Desde ahí se puede ver otras dimensiones y circular en lo virtual sin ser detectados. He ahí lo que vemos en Anon.

A falta de pan, buenas son tortillas

0
SANYO DIGITAL CAMERA

Todo lo anterior es pan comido, en términos culinarios.


 

En domingo, difícil que haya pan en la cocina, verifico que no hay. Detesto el socorrido ‘pan de batalla’ porque considero que es pan para flojos, ya que se lo puede encontrar en cualquier tienda del barrio y, encima es incomible, especialmente al día siguiente, cuando se torna una desabrida masa esponjosa repleta de miga. Creo que sólo lo consumiría en caso de guerra, si eso. Tal vez por eso le llamen de esa manera, porque la mandíbula tiene que batallar para tragárselo.

El pan, por muy básico que sea, también es cuestión de gusto. A la hora de adquirirlo se le debe dar la misma importancia que al buscar pareja: hay que saber escoger.

Ya entrando en materia, con un par de huevos bien puestos se puede superar el inconveniente o, de lo contrario, verse en la situación de tener que  resignarse a un mísero té con galletitas y mantequilla. En menos de veinte minutos se puede obtener una suculenta alternativa digna de ser devorada. Los dioses de la cocina revelan sus secretos a medida que uno se hace ducho, todo es cuestión de ensayo y error. Y mucha predisposición, desde luego.

Creo que se me están subiendo los humos al intentar dar un marco teórico a una faena tan sencilla como elaborar tortillas. Si se me nota el tufillo filosófico de todo gourmet aficionado les ruego que me dispensen. Amarro la lengua, mejor, y suelto los truquillos, pasos o tips para no tener excusas.

 

Pan casero, un privilegio que se torna más escaso. Fotografía: José Crespo Arteaga.

 

Casquen los huevos (dos por persona, para gente real, no para aquellos que comen como gatitos) en un cuenco o plato hondo. Piquen un tomate mediano, ahí mismo sobre el recipiente a mano alzada, mejor si lo hacen con cuchillo de mesa con sierra, verán qué fácil es hacer cortes cuadriculados. Añadan un tanto de perejil picado, todo a mano, no es necesario hacerse al fino picándolo puntillosamente sobre una tabla.

También pueden escoger un ramito de cilantro o decantarse por unas hojitas de yerbabuena desmenuzadas. Nada de mezclar las hierbas, porque con la cocción seguro que se neutralizan entre sí.  Resulta mucho mejor usar una a la vez, para que su aroma característico esté presente al degustar la tortilla, además porque así tendremos más variedad y riqueza de sabores en cada preparación.

Llegado el caso, pueden también ponerse a picar cebolla verde, recomendable la variedad de hojas delgadas, que siempre le sienta de maravilla a una tortilla o revuelto de huevos. Nada de hortalizas duras o de difícil cocción como las zanahorias o pimentones. Si deciden usar cebolla normal no garantizo que sus pareja lo echen por su aliento, avisados quedan. La sencillez hace al preparado: un tomate es vital porque le da toque de color y contraste a la masa amarillenta que resultará la tortilla.

Y las motas verdes de la hierba que elijamos la harán ver más apetitosa aún. Y si, para variar, son de hojitas de quillquiña (Porophyllumruderale, un pariente cercano de la ruda, de potente olor pero sin parecer medicinal), el sabor del bocadillo, cada vez que la boca mastique un trozo con ella, les sabrá a placer avasallador, por no decir embriagante.

 

Marcelo vaciando los huevos. Fotografía extraída de: El Gastronauta.

 

Disculpen que machaque con esto de las yerbitas, pero su presencia es fundamental porque de lo contrario pronto se cansarán de las tortillas y no querrán ver una en meses o años. Pregunten a Sophia Loren y Marcello Mastroianni que, en la espléndida Los Girasoles, además de apechugarse se les ocurre ponerse a elaborar una gigantesca tortilla con una veintena de huevos y sin otros ingredientes que burro (mantequilla) y sal. Les debió de salir una burrada (en términos criollos: una auténtica huevada) todo aquello, porque ni con el hambre canina que confesaban no pudieron devorar ni la mitad, y eso que tenían en la mesa un par de vinos. El empacho los devoró a ellos, más bien.

Que me fui por las ramas, creo. ¿Dónde estábamos? Que una vez dispuestos los ingredientes mínimos, esto es, los dos huevos bien puestos o cascados, el tomate picado, el perejil o un sucedáneo, procedan a removerlos concienzudamente con una cuchara, sin necesidad de batir la mezcla. A continuación condimentan con sal, comino o ajo en polvo pero con moderación.

Luego, para sustanciar la mezcla se añade pan molido poco a poco, cuidando de que no queden grumos ni resulte muy espesa, término medio vale. El pan molido es crucial porque aglutinará los componentes de la tortilla y evitará que ésta se pegue a la sartén o se deshaga en horribles pedazos. Si desean pueden aumentar a la mezcla un poco de mortadela picada en cuadritos o también aceitunas de manera parecida, que realzarán de alguna manera el producto final.

Pongan a calentar una sartén de tamaño estándar o familiar, a ser posible de teflón, con un chorrito de aceite, el suficiente que recubra su superficie, mucho cuidado de no sobrepasarse, no queremos que nuestra tortilla absorba como esponja. Sabrán que la sartén está a punto cuando derramando con la cuchara unas gotitas del preparado comiencen a freírse al mero contacto.

 

Marcello y Sophia, a tortillazos (Los Girasoles, Vittorio de Sica). Foto extraída de: El Gastronauta.

 

Remuevan la sartén de lado a lado, con calma, para que el aceite se vuelva a impregnar en toda la superficie, justo antes de poner a freír la mezcla. Echen todo el caldo, desde baja altura, ayudándose con la cuchara al raspar el recipiente, háganlo sin titubeos y rápido. Inmediatamente, con movimientos del mango pueden esparcir la mezcla o, para estar más seguros, utilicen una espátula de plástico. La intención es que la sartén sea copada por una capa delgada y uniforme.

Rebajen el fuego de la hornalla pero sin llegar al mínimo. La cocción lenta hará que la base no se queme antes de tiempo. No toquen nada de la fritada y no se preocupen si empieza a levantarse algo de espuma. Después de unos cinco minutos más o menos, dependiendo del tamaño del fuego, la tortilla estará lista para ser volcada. Compruébenlo  mediante la espátula, introduciéndola suavemente por debajo, por varios costados. Si la tortilla se mueve libremente es buena señal, también les ayudará que el color de los bordes esté dorado casi marrón. También pueden guiarse por el olor, desde luego.

Todo lo anterior es pan comido, en términos culinarios. El truco maestro, el verdadero arte es la volcada. Cuántas veces habré malogrado mis meriendas intentándolo. Cuanto más grande la sartén y más gruesa la tortilla mayor el riesgo de resquebrajarse. La experiencia me ha enseñado que un movimiento rápido de muñeca al manejar la espátula es la clave para salir airoso del lance. Algunos recurrirán a un plato plano o tapa de olla para ayudarse pero es como hacer trampa. En lo aparentemente complicado está la fuente de la satisfacción, o de la felicidad, dirán otros.

Una vez volcada la tortilla, bastarán unos minutos para que la otra cara quede bien cocida, ahora sí que conviene apretarla un poco con la espátula contra el fondo para que el centro termine de cocerse y, de paso, ayudar a dorar uniformemente la superficie. Alisten el café, recargado como para gente recia y, si tienen una salsa Tabasco a la mano, el paladar se los agradecerá. Sírvase acompañada, si es posible, de un buen gajo de aguacate que, con su maravillosa suavidad y sabor refrescante, hará de las delicias en su boca. No puede haber mejor trío de sabores, digo yo.

Bajo el volcán: Malcolm Lowry y su influencia en Gabriel García Márquez

1

Pero volvamos a Gabriel García Márquez, que quiéranlo o no los estudiosos, hacía parte de esos seguidores del autor de Bajo el volcán que constituían casi una secta.


 

Introducción

Gabriel García Márquez conocía muy bien el libro “Bajo el Volcán” de Malcolm Lowry.  Tanto que,  incluso para ganar dinero “echaba el cuento” del alcohólico Geoffrey Firmin y su trágica vida en Cuernavaca, México para lograr vender algunos ejemplares a su amigos.  Su afición a esta novela consistía en rendir tributo releyéndola al menos una vez al año, sin falta alguna.  El autor, Malcolm Lowry, como algunos saben, fue uno de esos genios mal entendidos de la literatura inglesa que vivió a lo norteamericano, es decir, con una sed de aventura insaciable y encaminado a una vida bohemia sin parangón. Aunque su mayor delirio (o misión, o como se quiera interpretar) haya sido el ver publicada su novela “Bajo el Volcán”, que las editoriales de su tiempo no supieron visionar  y que hoy la misma es catalogada como una obra maestra de la literatura del siglo XX.

 

Fotografía extraída de: emiliolezama.com/

 

Pero volvamos a Gabriel García Márquez, que quiéranlo o no los estudiosos, hacía parte de esos seguidores del autor de Bajo el volcán que constituían casi una secta.  Cabe la duda, y con ello no se busca polemizar, si la obra capital del costeño que le valió un premio Nobel de la academia sueca, “Cien años de soledad”,  obtuvo de alguna manera influencia narrativa derivada de la obra de Malcolm Lowry, específicamente en elaboración de tramas, escenas o personajes de Macondo. Y la inquietud viene indudablemente de que este autor inglés influyó en muchos de los novelistas latinoamericanos y españoles, y hoy sigue siendo indiscutiblemente uno de los grandes escritores del siglo XX.

He aquí una cuestión para dilucidar, más no para desmerecer la obra de nuestro eterno Nobel colombiano.  Por ahora, solo para antojar,  presentamos una correspondencia entre Malcolm Lowry y el editor Johnatan Cape, cuyo “tira y afloja” se desenvuelve en la idea del primero de  justificar su tipo de escritura, composición y contenido. Y a la inversa, el reconocido editor pretende enviarle pruebas de que su obra no ha pasado ciertos “filtros” de lectores que han examinado su obra y necesita modificaciones si es que el autor desea verla publicada. Sin más. Las cartas están abiertas (gracias a el portal El Boomerang) para ser leídas por el público en general y sujetas al juicio de los argumentos presentados. Con todo, la obra “Bajo el volcán” y su correspondencia “Detrás del volcán” se proponen como lectura para los interesados.

 

Redacción La Cebra

 


 

A Malcolm Lowry

 

Fotografía extraída de: images.glaciermedia.ca/

 

Jonathan Cape

Bedford Square, 30

Londres W. C. 1

29 de noviembre de 1945

Estimado Malcolm Lowry:

En la carta que me envió con su manuscrito aparece la siguiente oración:

«Sería desolador escuchar, después de haber tenido tantos aspectos en cuenta, que debería redactarse en un formato más elegante, o más dramático o algo por el estilo: fue creado en numerosos planos y todo lo que hay en él, incluso el número exacto de capítulos, está ahí por una razón perfectamente válida».

Bueno, dos lectores se lo han leído detenidamente, al igual que yo. Lo mejor que puedo hacer es enviarle una copia del informe de uno de los lectores , que nos parece que concreta de manera más efectiva y exacta lo que los tres pensamos.

La cuestión es la siguiente: tras pensarlo mejor, ¿estaría dispuesto a  considerar llevar a cabo las modificaciones que se recomiendan en el informe, o, tras haberlo reflexionado detenidamente, aún piensa igual que cuando me escribió el pasado agosto? Imagino que tendrá un duplicado del texto escrito a máquina, ¿verdad? Guardaré mi copia hasta que tenga noticias suyas.

Para que mi carta no parezca ambigua, permítame decirle que si decide aceptar las sugerencias indicadas en el informe, estoy preparado para decir aquí y ahora que lo publicaré y lo sacaré a la venta el año que viene, espero. Si se mantiene firme con respecto a su declaración original del pasado agosto acerca de que el libro debe permanecer exactamente tal y como está, volveré a considerarlo, pero eso no implica necesariamente que dijese que no.

Pensamos que el libro tiene integridad y relevancia, pero sería una pena que saliese en su forma actual, puesto que creemos que los cambios ayudarían enormemente a que obtuviese una aceptación más favorable. Al mismo tiempo, creemos que mejoraría considerablemente en el plano estético si se llevasen a cabo las recomendaciones del informe.

Atentamente, Jonathan Cape

 


 

A Jonathan Cape

Calle de Humboldt,

24 Cuernavaca, Morelos

México

2 de enero de 1946

Querido señor Cape:

Le agradezco de veras su carta del 29 de noviembre, que, por desgracia, no me llegó hasta Nochevieja, y que además me llegó aquí, a Cuernavaca, donde, por pura casualidad, vivo en la misma torre que me sirvió de modelo para la casa de M. Laruelle, que hace diez años solo conocí por fuera; se trata también del lugar donde el cónsul, en el Volcán, tuvo algunos problemas debido a una misiva recibida con retraso.

Prescindiendo de mis sentimientos de triunfo, como no le será difícil imaginar, quiero tratar de inmediato el asunto que nos ocupa, antes de que todo esto acabe en una agrafía total.

Mi primera impresión es que el lector, de cuyo informe me envió usted copia, no ha tenido (a juzgar por la primera carta que me envió) la misma simpatía hacia el libro que el primero al que lo dio usted a leer.

Por otra parte, aunque estoy totalmente de acuerdo con muchos de los puntos que su lector muy inteligentemente señala —yo en su lugar hubiera hecho quizás el mismo tipo de críticas—, me encuentro ahora, en cierto modo, en una posición difícil para contestar con precisión a sus demandas sobre revisiones del texto, por las razones que trataré de exponer, y que, estoy seguro, tanto usted como él considerarán válidas; al menos sí lo son para el autor.

Es cierto que la novela se pone en marcha grave y lentamente, y creo, por varias razones, que lo que él considera un error (ya que en general esa lentitud resultaría un error en cualquier novela) debió de pesar más fuertemente sobre él de lo que lo haría sobre el lector ordinario, ya que para este se ha previsto que la gravedad tenga sus compensaciones.

Es decir, que si el libro estuviera ya impreso y sus páginas no contuvieran la muda súplica y el aspecto desesperado de un manuscrito no publicado, me parece que el interés del lector sería mucho más vivo al principio, exactamente igual que si se tratara, digamos, de un clásico ya establecido, ante el cual los sentimientos del lector son diferentes; aunque tal vez se dijera: «Dios mío, qué duro es esto», se esforzaría por chapotear a lo largo de oscuros cenagales —en realidad se sentiría avergonzado si no lo hiciera—, porque tendría la certeza de que los pasajes posteriores van a compensarle.

Al emplear la palabra lector en el sentido más amplio del término, quisiera sugerir que el hecho de que el Volcán parezca o no tedioso al principio, dependerá en cierto modo del estado de ánimo del lector y de su preparación para comprender la forma del libro y la verdadera intención del autor.

Puesto que el lector, aunque esté bien preparado y equipado para ello, no podrá conocer la naturaleza de estas cosas al principio, por tanto me parece que una breve elucidación, sutil pero sólida, en un prólogo o en una solapa, podría evitar o modificar en gran medida la reacción que usted teme (ya que esa fue su primera reacción, y muy bien podría ser la mía si estuviera en su lugar, le pido que sea lo bastante generoso y reconsidere este punto).

Si se condiciona al lector, aunque sea un poco, para que considere inevitable la lentitud del arranque —suponiendo que yo logre convencerle a usted de que a pesar de su lentitud tal vez no es tan tedioso—, los resultados podrían ser sorprendentes. Si usted me dice: «Muy bien, pero el buen vino no necesita anuncios ni reclamos», lo único que puedo responder es lo siguiente: «Muy bien, yo no estoy hablando de buen vino sino de mezcal», y para beberlo, además del reclamo en la puerta de la cantina, una vez en el interior de esta, el mezcal necesita acompañarse de sal y limón, y tal vez uno no lo bebería si no estuviera en una botella tan tentadora.

Si esto le parece fuera de lugar, permítame preguntarle: ¿quién se sentiría con valor para aventurarse en el yermo de La tierra baldía sin un conocimiento previo de su complejidad estilística? Una vez despejadas, por tanto, algunas de las dificultades que plantea la aproximación a la obra, me parece que el primer capítulo es necesario, y tal como está, ya que establece, aunque eso no lo sepa el lector, la atmósfera y el tono del libro, así como el lento, melancólico y trágico ritmo del mismo México —su tristeza—, y sobre todo establece el ámbito en que todo va a transcurrir;

si algo en ese capítulo parece deficientemente expresado desde el punto de vista literario, me sentiré encantado de que se suprima, ¿pero cómo estar seguros de que al hacer aquí un corte importante, sobre todo si altera radicalmente la forma, no se minen los fundamentos del libro, la estructura básica, sin los cuales el lector que hizo el informe no hubiese podido leerlo en ningún caso?

Un nuevo ciclo

0

Así, durante los años que hemos acumulado como nación, nuestra sociedad ha estado oscilando entre estos dos extremos, manteniendo un estado de continua retaliación.


 

Con la reciente posesión de los congresistas se inicia un nuevo ciclo para nuestro país.  Lo que viene tendrá mucho de lo que se vio el día de la posesión: politiquería, componendas, espectáculo, discursos altisonantes, bombardeo esquizofrénico de las redes sociales.  Y pasará por una valoración permanente de los aciertos y desaciertos del mandato del presidente saliente.

Me impuse la tarea de escribir un artículo con ocasión del día de la Independencia. Lo que trae consigo este tipo de ejercicios es la posibilidad de ver las cosas en perspectiva: estudié lo acontecido durante estos doscientos ocho años en varios temas, entre ellos los derechos democráticos, la separación de la Iglesia y el Estado, el reconocimiento de los derechos de los pueblos ancestrales indígenas, y la educación.

Fue muy ilustrativo hacer este recorrido, porque además de percibir la actitud errática como un sino de nuestras clases dirigentes, caí en cuenta que una cierta tendencia cíclica de este joven país, oscila entre un extremo político liberal, secularizado y contemporáneo; y otro conservador, confesional y atrasado.

 

Fotografía extraída de: ep00.epimg.net/

 

Así, durante los años que hemos acumulado como nación, nuestra sociedad ha estado oscilando entre estos dos extremos, manteniendo un estado de continua retaliación.

Igualmente, estuve leyendo en una entrevista de la revista Semana al historiador colombiano Herbert Braun, quien hace treinta años publicó un libro sobre la muerte de Gaitán, y ahora está presentando su nuevo trabajo: “La Nación Sentida”. En ella señala varias cosas interesantes, pero sobre todo me llamó la atención su forma de valorar la participación de los conservadores en la vida nacional, y el rescate de algunas de sus personalidades más destacadas desde una visión menos “apasionada”.

Otro asunto llamativo de la entrevista, es el asombro del historiador por la percepción altamente negativa que tenemos los colombianos de nosotros mismos. Según sus palabras, creemos que “somos lo peor de lo peor”, estimación que se ve drásticamente modificada cuando obtenemos algún logro (de un deportista o alguien representativo) y pasamos a sentirnos “únicos e inigualables”.

 

Fotografía extraída de: santanderencanta.com

 

A partir de estas lecturas, me pareció comprender que, para superar este estado de polarización constante, en donde cada bando piensa que es “único e inigualable” y que su adversario es “lo peor de lo peor”, sería muy positivo apreciar los hechos políticos en un contexto más amplio. Así, podríamos darnos cuenta que no somos ni lo uno ni lo otro, y que las sociedades requieren siglos para ajustarse, llegar a unos acuerdos mínimos, y convivir civilizadamente.

En este ciclo que comienza, deberíamos proponernos a trabajar para que las cosas colectivamente nos salgan lo mejor posible, más allá de posiciones o intereses políticos o partidistas. Esta debería ser la tarea del nuevo Congreso, y también del gobierno entrante y de los grupos políticos que lo acompañan.

Como todos, deseo también que las cosas en lo personal me salgan bien, y como es tiempo de culminar etapas e iniciar otras, comunico que estaré asumiendo un nuevo reto, y que por ello ésta será mi última columna de opinión en El Diario, por lo menos por un tiempo.

 

Fotografía extraída de: cr00.epimg.net/

El peruano que persigue el sueño colombiano

0
Fotografía: Diego Val.

Cuenta que al escuchar el nombre de “Colombia” se interesó vivamente. Ya había oído algo de nuestra cultura, y la mera idea de venir a trabajar y conocer lo cautivó completamente.


 

El peruano que no es de Perú

Wilber Frans Guisa deja su canasta de sándwichs a un lado, toma un descanso en una de las bancas del parque el Lago Uribe y con voz modulada afirma:

“La patria, decía mi abuelo, es aquella que te da dos cosas: te da qué comer y te da una familia”.  

Dice esto porque con el pasar del tiempo este consejo se han convertido en un filosofía de vida personal,  además de ser el secreto para adaptarse a cualquier lugar donde habite.

Y precisamente hoy Frans vive estas palabras más que nunca, ya que está en una ciudad y en un país que no es el suyo, y ha aprendido a querer a los pereiranos a razón de encontrar amigos por un lado, y de ver prosperado su negocio de sándwichs, por el otro.

Y es que este hombre de 49 años de edad, estatura baja, y contextura gruesa, parece haber encontrado el lugar preciso en Latinoamérica para empezar a construir lo que llama “el sueño colombiano”. Y por sueño, entiende el lugar que ahora le está dando de comer, le ha entregado generosamente una familia y el que llama con toda propiedad “mi país”.

Quien no hable con él, o no lo conozca, puede confundirse fácilmente al creer que Frans Guisa es peruano, pero realmente nació en Arica, Chile, una región entre fronteras. En su historia personal cuenta que fue gracias a su señora madre que obtuvo por derecho la nacionalidad peruana. País del cual se siente orgulloso y que su acento al hablar lo delata donde quiera que esté.

Al dialogar un poco más sobre Perú, dice que allá estudió ingeniería comercial en la universidad San Martín de Porres de Lima, pero que a la par, se preparó en gastronomía, una pasión que lleva como herencia, desde que su madre, siendo él muy pequeño, le enseñó algunos secretos de cocina.

Con el titulo de ingeniero bajo el brazo, empieza a trabajar en Lima con la empresa colombiana GenFar S.A; industria que le permite seguir con sus estudios de cocina, especializándose en  el área de  “gastronomía para altos ejecutivos”; conocimiento que también ofrece como labor adicional a la empresa. Así es que luego de un par de años y una experiencia ganada, es enviado por decisión de la gerencia, a Colombia, a proseguir en la carrera de asesor comercial.

 

Fotografía: Diego Val.

 

Cuenta que al escuchar el nombre de “Colombia” se interesó vivamente. Ya había oído algo de nuestra cultura, y la mera idea de venir a trabajar y conocer lo cautivó completamente. Al llegar acá, continúa diciendo, lo primero que hizo fue casarse en Medellín con una paisa llamada América Fernández. Pero después de una serie de contratiempos personales, decide divorciarse y como dice: “quedé en un status de irregularidad en el país”.

Con este inesperado suceso, y para solucionar su estadía legal en el país, decide regresar a Lima, que por ese entonces la encuentra económicamente estable.

 

De vuelta al Perú

De nuevo en la capital de Perú, contacta a los compañeros de la universidad y comienza a trabajar en una empresa de servicios funerarios, aunque sin perder de vista, el tema gastronómico que siempre lleva en su mente. En ese tiempo limeño, Frans sigue pensando día y noche en Colombia y se cuestiona de que si regresa  “¿qué podía hacer con el tema de la comida?” Preguntas que se formula porque en su primer visita al país había visto un nicho en el tema culinario.

Es solo después de dos años y medio que la empresa funeraria hace una compra importante en Bogotá, y al necesitar expandirse, y como por cosas del destino, Frans es enviado de nuevo (la primera vez lo envió Genfar S.A) a Colombia para hacer un estudio de mercado, y así introducir la venta de espacios funerarios en el país.

Frans Guisa es comisionado para Pereira, o lo que llama “la pequeña ciudad”, nombre con el que la empresa designaba este espacio geográfico del eje cafetero. Llegó animado y con muchas ideas en su mente. Y es luego de trabajar por tres meses, que el informe financiero que Frans presenta a los directivos no cuadra, y la funeraria decide no invertir ni empezar operaciones en Pereira”.

Termina el trabajo con la empresa (los tres meses) y esta vez, para no quedar “volando” en materia migratoria, indaga sobre el tratado de Mercosur, y solicita una visa que, según información en la Internet, le permitiría después de cuatro años quedarse a vivir acá sin depender de nadie.

En ese caminar y buscar opciones laborales, logra conectarse con la “Brilla”, un negocio de venta de electrodomésticos pagados por medio de la factura del gas y lo envían a trabajar  a un pueblo pequeño de Caldas: Anserma.

 

Fotografía: Diego Val.

 

Llega sin conocer el lugar, sin embargo ahí el destino le depararía otra sorpresa: conocería a quien sería su esposa actual, Jenny Marcela Puerta y con quien tendría una hija en común, Dayana Guisa Puerta.

Con un hogar y una responsabilidad a cuestas, este hombre que está doblemente enamorado de Colombia, busca expandirse económicamente, e idea comenzar a hacer sándwichs para sus compañeros de la empresa a 6 mil pesos. Afirma que les fascinó el sabor y ahí es donde Frans se pregunta a si mismo.

¿por qué no aprovecho las vacaciones y saco algo mío a ver qué pasa?

Literalmente se pone manos a la masa, y adopta el formato gastronómico del flanbeo en wok, es decir, cocina los ingredientes con un poco de vino para conseguir aroma y sabor para sus productos. Prepara todo a un fuego no tan fuerte, adicionando cebolla y tomate a las carnes.

Así es que con esa combinación de fuego lento,  aliños especiales, más lo que llama pan neutro empieza a vender sus sándwichs con calidad,  sabor y presentación.

Comenta que el primero que ofreció al público fue el sándwich de lomo saltado. Luego el de jamón, pero este no pegó, como dice en su lenguaje. Y después la gente empezó a pedirle de pollo, pero tratando de ser fiel a su esencia y a su vez de complacer al cliente, lo prepara al estilo peruano y comienzan a comprarlo con éxito.  Después, cuenta,  le pidieron ranchero, chorizo, jamón, carne desmechada, a lo que sin ton, ni son, le agrega ahogado peruano.

Frans ensayó con estas ventas tan solo 20 días y asegura que sus ingresos aumentaron considerablemente. Aunque afirma que no fue tan fácil aquella empresa, porque el colombiano no está acostumbrado a la cultura del Sandwich.

 

Fotografía: Diego Val.

 

Nuevo comienzo

Renunció a la empresa “Brilla”, para dedicarse a su propia empresa de sándwichs.  Compró un gorro blanche, un delantal y una canasta de mimbre y empezó con su “sueño colombiano”. 

A la gente le gusta ver algo nuevo. El impacto visual es importante porque muchos compran solo por la mera curiosidad. Entre los consumidores lo hay  de todo tipo. Hay gente que lo mira a uno raro, otros son amables y otros solo preguntan.

Y agrega que entre sus clientes también está el policía que lo quiere vacunar.

Un policía se me acercó y me dijo:

-Para el cuadrante ¿qué hay?.

Pero Frans había aprendido el dicho de que “no hay mejor negocio que la cara de bobo bien  administrada”. Entonces se hizo el bobo y preguntó:

-¿Para cuál cuadrante?

-No, para nosotros. Dijo el agente.

-¿Ustedes? No entiendo.

-No, acá nos tiene que dar a nosotros para que probemos.

-Si. ¿y cuál es su nombre? Caballero.

– ¿Por qué ? preguntó el policía.

Entonces Frans usó la mentira como recurso para sobrevivir.

-Por que yo tengo un amigo que es   general de la policía y le voy a preguntar si al cuadrante hay que darle dinero a manera de Sandwich.

Y los policías asustados dijeron:

-No, no , no, nosotros se lo vamos a pagar. Tranquilo. Y salieron buscando su camino.

 

Fotografía: Diego Val.

 

Frans solo desea emprender en este país y para ello ha adquirido lo que llama “una mística”, es decir, cobra el producto según la hora del día. En la mañana el sándwich  vale 3.500; al medio día vale 2500 y en la noche se regala. Prefiere obsequiarlo.

 

Proyección en Pereira

Uno de los proyectos más ambiciosos de Frans Guisa, es “montar” el primer negocio de sándwichs peruanos en Pereira, pero con un formato diferente. Ya que lo que hace ahora es vender en la calle, de tienda a tienda, puerta a puerta. Pero sueña (y está trabajando en eso) en montar un lugar oficial de sándwichs donde se pueda ir a comprar 250 gramos de carnes, varias unidades de pan francés, con ajo, orégano o cualquier otra especia.

Y justifica este negocio aduciendo que la heladería-restaurante La Lucerna se  llena  y es próspera solo vendiendo papas fritas.

Entonces, en contraste, dice:

Por qué no tener una propuesta de un producto distinto en Pereira. Nuestro negocio se va a llamar “Tacnas Peruvian Food”.

Sabe que no será fácil dado que todo comienzo cuesta sacrificio y creer en uno mismo. Pero confía en su maestría y en sus ingredientes.

Los ajíes son un tema muy bonito porque conseguir los ingredientes peruanos acá no es fácil. El jamón lo elaboro personalmente. Entonces tengo 5 kilos de ají, pero es un ingrediente no tan fácil de conseguir. Esa es una de mis ventajas. Tengo ají panca, rocoto y otros. El resto de ingredientes si se pueden conseguir acá, como la salsa de Soya, el vino, la leche Gloria. El pan yo mismo  lo mando a hacer con sumo cuidado en una panificadora de Cuba. Lo pido con una características especiales: pan gourmet, pan árabe, con ajonjolí o sin ajonjolí.

Sobre los tipos de sándwichs que desea preparar, dice, ya tiene la propuesta pensada. Serán con jamón artesanal; pulpa de cerdo; chicharrón peruano de panceta de cerdo cocinada luego frita;  tajada y Pavo al horno. Y agrega, que si se puede manejar un jamón ahumado sería genial. Claro, enfatiza, sin renunciar  a pedidos especiales, todo ellos acompañados de salsas peruanas.

Fotografía: Diego Val.

 

No descarta anticuchos de corazón y una futura pollería al estilo peruano. Cree que esto puede abrirle la puerta a otras oportunidades de negocios. En esencia, hacer patria acá.

Hasta este momento Frans siente que ha encontrado su patria: tiene que comer y tiene una familia. Sobre su segunda venida al país, dice que decidió regresar a Colombia debido a que vivía encantado” y así sus palabras se convierten en una afirmación: “¿quién no se enamora de este hermoso país?”. Entonces continúa explicando que lo mejor que tiene Colombia es su gente y que el carácter de gente amistosa le gusta mucho.  Y al hablar sonríe, porque estando en el parque El Lago Uribe, menciona “cuando conocí Pereira quedé más encantado todavía”. Refiriéndose a la ciudad que lo acoge y le da privilegios como ir a comer a casa al mediodía, tener una vida tranquila y ver crecer a su hija en familia.

Frans Guisa al final de su jornada, de vuelta en casa en el barrio La Hacienda, en Cuba, repite como un mantra la frase de su abuelo:  “La patria es aquella que te da dos cosas: te da qué comer y te da una familia”.

La horda digital

0

Nunca la aldea se  hace tan global como cuando sus habitantes se vuelven histéricos.


 

Les propongo un ejercicio de memoria: que nos remontemos  cuatro años atrás.

“¡Expulsen al caníbal!” “¡Encarcelen a ese criminal!” “¡Que suspendan de por vida a ese psicópata!” “Sáquenle los dientes y déjenlo así para siempre!”.

Las anteriores fueron solo cuatro entre las más decentes expresiones leídas y escuchadas en medios de comunicación y redes sociales desde el martes 24 de junio de 2014 durante la celebración del mundial de fútbol en Brasil.

¿Se referían a algún asesino serial  sorprendido en el preciso momento de descuartizar  a un niño en un terreno descampado? Nada de eso: el destinatario de los  insultos era el futbolista Luis Suárez, cuya expulsión tras morder a  su colega Giorgio Chiellini en el  juego  Uruguay – Italia ha sido documentada en detalle como para redundar sobre ella aquí.

 

Fotografía extraída de: img.depor.com

 

Tampoco voy a discutir sobre la curiosa balanza utilizada por la FIFA para impartir justicia, porque sus métodos  y criterios no difieren mucho de la justicia convencional, cuya  proverbial ceguera, bien lo sabemos, mengua o se intensifica al ritmo de los intereses en juego.

Lo que me produjo de verdad alarma fue el hecho de que muchas de  las expresiones de periodistas y usuarios de  las redes sociales resultaran tan agresivas y peligrosas como el ya célebre mordisco.

Escudados tras un micrófono o mimetizados entre la masa anónima, los alaridos surcaron el planeta en todas direcciones, pues nunca la aldea se  hace tan global como cuando sus habitantes se vuelven histéricos.

En cuestión de segundos se activó el fenómeno que un agudo observador definió como Linchamiento virtual”,  una especie de agresiva reacción en cadena caracterizada por la abundancia de emociones y la escasez o ausencia total de reflexión y mesura.

 

Fotografía extraída de: static-sls.smf.aws.sanomacloud.net

 

Días antes había sucedido con la actriz holandesa Nicolette Van Damm, condenada al paredón por concebir y subir  a la red una  caricatura de su autoría en la que mostraba a los futbolistas  colombianos Falcao García y James Rodriguez aspirando la cal que demarca el  campo de juego como si se tratara de cocaína pura.

Chistes como esos se ven y escuchan todos los días: no por casualidad en Colombia se publican  cientos de libros buenos y malos sobre un fenómeno que atraviesa la sociedad entera desde hace casi medio siglo: el narcotráfico.  El delito de la actriz  consistió en hacer la broma justo cuando el patrioterismo  se encontraba  más exacerbado por los logros de la selección nacional. De puta para arriba sobraron los calificativos y hasta la cancillería colombiana interpuso una protesta  que derivó en la  renuncia de la holandesa a  su cargo honorífico en  la  UNICEF.

Lo grave de todo esto reside en la facilidad con que se pasa del linchamiento virtual – de por sí bastante dañino- al real, como le sucedió al autor de un pésimo e inoportuno chiste sobre la muerte  de un grupo de niños ocupantes de un bus incendiado: tuvieron que rescatarlo a última hora de los ataques  físicos de una panda de condiscípulos justicieros.

Todo lo anterior  es justificado por muchos con base en una retorcida interpretación del derecho a expresarse y a generar debate. Por lo menos esa es la sugestiva idea que nos han vendido: desde esa óptica, las redes sociales serían la  expresión de la democracia y de uno de sus pilares: el libre desarrollo de la personalidad.

 

Fotografía extraída de: cdn.granadadigital.es/

 

Pero ¿Dónde quedan  entonces nociones como  la responsabilidad por lo que se dice y hace, aparte del respeto por los  otros, asuntos claves en la misma democracia?

Esa  es todavía una inquietud por resolver. Con la rapidez e impunidad que caracterizan al francotirador, las hordas  digitales tienen hasta ahora patente de corso para lanzarse sobre la presa escogida pos sus instintos. Por desgracia para la libertad y la dignidad de sus víctimas sus heridas suelen ser mucho más graves que las propinadas  por el impulsivo Suárez al  defensor italiano.

Lucila Martínez, una consultora internacional convencida de que leer es la mejor receta para vivir

0

Cuando terminó sus estudios en la Normal Superior, Lucila tuvo claro que lo suyo serían los libros: su lectura, su cuidado, su difusión.


 

Personas como huertos

A esta altura  del camino tiene dos residencias. Una en Petrópolis, Brasil y la otra en Filadelfia, Estados Unidos.

Aunque lo de residencia es un decir, porque esta mujer se la pasa dándole vueltas al mundo, compartiendo con quienes quieran  escucharla su convicción de que la lectura es el único camino para ampliar la mente, comprender a los otros y sus circunstancias y de ese modo emprender la auténtica  transformación  de las cosas.

“Aunque al principio las cosas sean así de chiquiticas”, dice y  el entusiasmo le saca chispas de los ojos al tiempo que sus manos dibujan un universo imaginario en el que los humanos aprenden al fin el sentido último de la solidaridad y la convivencia.

“Se trata de aprender a ser parseiros, compañeros de viaje, compinches, cómplices en esta aventura incomparable de estar vivos”, insiste y ya es el cuerpo entero el que se deja llevar por una oleada de entusiasmo.

 Ya  cumplió setenta y un años pero no se notan. Esa energía vital la llevó con el paso del tiempo a trabajar  en el viejo Colcultura, a convertirse en consultora de  las Naciones Unidas y de distintas entidades  del sector público y privado en  varios países.

El objetivo ha sido el mismo: convencer a los gobiernos y a  los ciudadanos de que en  la educación, la ciencia y la cultura está la base de las grandes transformaciones.

 

Foto por: Diego Val.

 

“El   primer gran error consiste en creer que esas grandes transformaciones tienen que ver con  el tamaño de las ciudades, los países, las regiones  o  los continentes. Pero  la experiencia me dice que es al revés: los cambios deben empezar por lo más pequeño. Por uno mismo, por la familia, la escuela, la calle. Solo así podremos entender  la singularidad de los otros y asumir que solo desde el respeto a esa condición es posible mejorar las cosas”.

 

Se llama Lucila Martínez Cáceres. Nació en Bucaramanga, pero se crió  en fincas cafeteras de Duranía y Bochalema, Norte de Santander. Su padre, José Salvador, era funcionario de la Federación de Cafeteros y la inició desde muy niña en los secretos de la semilla, de la siembra, de la germinación, y del cuidado, conceptos claves en lo que sería el sendero de su vida, luego de graduarse como maestra en la Escuela Normal Superior de Bucaramanga en 1966.

Vestida toda de rojo hasta los pies, parece una llamita moviéndose entre un auditorio de bibliotecarios llegados a  Pereira desde los  catorce municipios de Risaralda.

Lucila ha sido invitada  al  Encuentro Nacional de Bibliotecas de las Cajas de Compensación, que en 2018 tiene como sede  a Cartagena.

El  lema del evento no podía ser más ilustrativo: Bibliotecas sólidas para comunidades líquidas.

La firmeza y la movilidad. Dos claves para entender  el mundo que habitamos.

 

Foto por: Diego Val.

 

A su  paso por Risaralda, Lucila   visitó los municipios de Marsella y Quinchía. Allí  se reencontró con dos territorios claves en la vida de la gente: las músicas y la comida.

 

“Usted no sabe lo que es volver a escuchar  Los guaduales, del maestro Jorge Villamil, en medio de guaduales auténticos que se mecen al fondo. Es una manera de revisitar la infancia. Lo mismo sucede con la comida, con la arepa  tostada y guarnecida con queso y chicharrón, así como la comemos en Santander. Y me alegra sobremanera que al fin los colombianos estemos aprendiendo a preparar buen café. No puede ser que durante décadas presumiéramos de cultivar el mejor café del mundo mientras nos bebíamos el peor.

Y ¿sabe qué? Esos  cambios son producto del conocimiento,  de la apertura mental. Y esas cosas solo son posibles si la gente lee. Los libros, las historias que nos cuentan producen unos efectos en la mente  de los que no siempre somos conscientes, pero los resultados   aparecen más tarde o más temprano. Por eso siempre digo que  un ser humano es como un huerto ambulante: uno planta en él un libro, una semilla, una idea y no tardarán en aparecer los frutos.  Cada vez que en algún lugar del mundo me preguntan: y leer¿ para qué? Respondo siempre lo mismo, independiente del idioma: Pues leer para vivir.”

 

¡Toquémonos!

Cuando terminó sus estudios en la Normal Superior, Lucila tuvo claro que lo suyo serían los libros: su lectura, su cuidado, su difusión. Con ayuda de una beca se hizo  Licenciada en Bibliotecología   de la   Universidad de Antioquia. De allí seguiría un Master en Bibliotecología  y Ciencias de la Información, en el Pratt Institute de Nueva York.

Con esas herramientas, participó en la creación de  la  Red Colombiana de Bibliotecas Públicas, adscrita a Colcultura. Esa experiencia la condujo a ser  secretaria de la Sección para América Latina y el Caribe de la Federación de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas entre 1997 y 1984. De manera paralela desempeñó el cargo de Secretaria General del Centro  para el Desarrollo del Libro y la Lectura en América Latina  y el  Caribe (CERLALC)

 

“Con esos elementos ya poseía lo que en portugués se denomina un garfo, un tenedor, una herramienta  indispensable para intervenir  en el mundo. Porque no basta con la sensibilidad, con las buenas intenciones. El garfo permite hacer las cosas de una mejor manera. No deja de resultar absurdo que nos gastemos   fortunas buscando vida inteligente  en otros planetas  mientras hacemos más bien poco para volvernos más inteligentes a nosotros mismos.

 

Imagen extraída de: 3.bp.blogspot.com

 

“Por eso otra expresión  que me encanta es tocarse. Al menos en portugués está llena de matices. Tocarse quiere decir conmoverse, motivarse, entusiasmarse, conectarse. En suma, conectarse con las grandes y pequeñas corrientes de la vida. Y nada  mejor que la lectura para  despertar, para aprender a ser. Y  ser, en su sentido más amplio, demanda comunicarse con los otros. Si no leemos, permaneceremos encerrados en la habitación diminuta de nuestros propios egos.

Pero si permitimos que los libros nos abran puertas  y ventanas al universo descubriremos a los otros. A los próximos.  Y solo con ellos podemos emprender el camino del respeto  y la solidaridad. Como consultora de Petrobrass y a través del trabajo  con los obreros en las zonas de explotación de petróleo pude liderar tareas de transformación en las que los libros jugaron un papel fundamental”.

 

Eso dice Lucila y, no sabe bien por qué, esas imágenes le traen de vuelta a la  memoria letras enteras de  canciones de Chico Buarque y de Ari Barroso, dos grandes del cancionero popular brasileño.

Aparte de canciones populares en otros idiomas. Porque, además del español, domina el inglés, el italiano, el francés y el portugués.

 

Una historia de amor ilustrada

Con su destino de andariega a cuestas,  rondaba por Nueva York como consultora de la UNESCO  cuando se cruzó en su camino con Gian Calvi, un italiano que, entre otros oficios, era ilustrador y escultor. Lucila ya tenía a su haber un matrimonio, un divorcio y una sed insaciable de mundo.

 

“Cuando encontré a  Gian sentí que nuestros mundos se complementaban, de modo que nuestro posterior matrimonio no solo fue un hecho conyugal sino creativo. Su vitalidad, su imaginación inagotable fueron un complemento para una voluntad de trabajo  que me llevaba a  dormir solo cuatro horas, porque me llamaban de todas partes. Resulta admirable  ver cómo personas adineradas de muchos lugares del mundo quieren devolverle a la sociedad parte de lo ganado y se preguntan por el sentido de su responsabilidad  social y por los alcances del desarrollo sustentable.

 

Imagen extraída de: jpost.com

 

“A modo de ejemplo, Gian y yo no solo les brindábamos aportes académicos: ante todo les mostrábamos ejemplos. En nuestra casa de Petrópolis plantábamos cada  árbol, cada planta, cada cantero del huerto con nuestras propias manos. En esa ciudad a noventa kilómetros de  Río de Janeiro, montaña  adentro, mi esposo y yo edificamos no una casa, sino nuestro camino de vuelta a las cosas esenciales de la vida. Las mismas cosas que había aprendido de mi padre en las fincas de  Norte de Santander. 

La clave de todo está en aprender a ser, insistimos siempre. Lo demás llega por añadidura. Con esa certeza, y a través del programa Criancas criativas, del que   soy  Directora y Cofundadora, editamos ciento cuarenta libros para niños, complementados  con diseños animados de sus propios cuentos y muñecos de sus personajes.”

 

Desde que llegó a Brasil,  en 1985, Lucila Martínez ha sido a la vez protagonista y testigo de grandes cambios en una sociedad marcada por la desigualdad desde el comienzo de su historia. Los contrastes entre el  estado de Sao Pablo, con su  dinamismo empresarial y  la pobreza secular del nordeste alentó  durante muchos años el pesimismo en amplios sectores de la sociedad brasileña. Sobre ese modelo, aprendió que para impulsar proyectos uno debe hablar tanto con las comunidades de  base como con los presidentes, ministros y gerentes  del sector privado encargados de tomar las grandes decisiones.

 

“En general, cada  persona vive cercada  en la parcela de sus propios intereses y rara vez levanta la cabeza para mirar el mundo. Es una perspectiva muy pobre y el cambio solo puede darlo el acceso a la cultura, a la ciencia, a las artes. Es en ese punto donde el papel de las bibliotecas públicas cobra su auténtica dimensión. Éstas últimas no pueden ser solo el lugar  que las personas buscan información   cuando no necesitan cumplir con un compromiso académico. Ese es un concepto completamente medieval: un grupo de  monjes con la mirada perdida en sus manuscritos, mientras afuera pasa la vida. La realidad es que la biblioteca pública tiene que ser un gran dinamizador de cambios sociales, políticos, culturales y económicos”.

 

Lucila y Gian lo entendieron así. Por eso su vida en común fue una historia de amor  ilustrada en la que la poesía, el arte y el razonamiento se hicieron una sola fuerza capaz de motivar, de tocar vidas  para que el viejo sentido de la camaradería, del  valor del trabajo en común, recobrara toda su dimensión.

 

“En el fondo, a pesar de las grandes diferencias en todos los campos, desde  Irán hasta México y desde Chile hasta Suecia, pasando por África, los seres humanos tenemos un patrimonio  común que es la cultura. Uno corre un poco el ropaje de las etnias, de las lenguas, de las religiones, y de repente brilla  el diamante que nos hermana: lo humano.  El sentido de las luchas  frente al infortunio, de la  imaginación como punto de partida para resolver problemas grandes y pequeños, del valor de la dignidad.

 

Foto por: Diego Val.

 

Esas cosas están latentes en las comunidades. Se trata de despertarlas y contribuir a su desarrollo para hacer del mundo un lugar más amable con todos.  Hasta el momento de  su muerte, Gian compartió esa mirada y la convirtió en ilustraciones, en historias pintadas y dibujadas que le permiten  a quien se asoma a ellas mirarse   a sí mismo y mirar el mundo de otra manera. Por eso creo que uno debe  mantenerse activo hasta el momento  de su muerte. Es la única manera de no apagarse antes de tiempo”.

 

Vestida de novia

Cuando contempla las plantas florecidas de su  casa finca jardín en Petrópolis, Lucila   evoca la imagen de su madre,  Teresa Cáceres, doblada sobre su máquina Singer   en la que cosía vestidos de novia para completar el presupuesto familiar. La lectura de los figurines  de donde  la madre tomaba los modelos fue uno de sus primeros contactos con la palabra escrita.  A su manera, esas revistas contaban otras historias de hadas y príncipes  azules convencidos de que la felicidad los aguardaba al otro lado del altar.

Rebelde a su modo,  en sus dos matrimonios Lucila  se negó  vestir traje de novia. Ese espíritu indómito se lo transmitió a los hijos que tuvo con sus dos maridos. Y  siempre, en todo momento, los libros y las bibliotecas estuvieron presentes.

 

“A esta  altura del camino,  estoy  convencida de que los libros les dieron autonomía y sentido crítico para pensar, ser y hacer  con criterio y autonomía.  Los tres pilares  sobre los que construimos nuestro trasegar en el mundo. Esa es la idea que les transmito a los líderes comunitarios y a los capitanes de empresa. Son valores que igual  sirven para resolver un problema de aguas residuales en el vecindario o para crear una empresa que con el paso de  los años pueda tener impacto en el mundo entero. Principios que apliqué a mi paso por  el Cerlalc, la Unesco, Colcultura y en los servicios de consultoría o acompañamiento del lugar del mundo  donde me llamaran”.

 

Su casa es el mundo

De vuelta a casa en Brasil o en Filadelfia, se consagra a   viejas liturgias que la devuelven  a lo  más esencial de su vida.

Lo primero es la memoria de una vida compartida al lado de  Gian  Calvi.

 

Foto por: Diego Val.

 

Lo segundo es contactarse  a través de Intenet con  sus hijos y sus nietos desperdigados por distintos lugares de la tierra.

Lo otro es escuchar esas óperas de Verdi que le han ayudado a  comprender tantas cosas de la vida.

Y lo último pero no menos importante: cuidar con sus propias manos las pequeñas huertas caseras   que cultiva donde quiera que llegue. Allí están los brotes  azafranados de la zanahoria, el granate intenso de la remolacha, el amarillo de las uchuvas.

Porque las plantas de su huerto se le parecen tanto a las personas.