sábado, abril 25, 2026
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Prográmese para las fiestas número 155 de Pereira. ¡Que viva la Perla!

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Programación


 

Estos son algunos de los eventos a los que puede asistir en el mes de agosto en la ciudad de Pereira por el aniversario número 155. La Cebra que Habla presente con información de interés para todos los que somos y hacemos ciudad. Recuerde: hay “otras formas de mirarnos” por ello, prográmese con tiempo y así podamos decir al unísono “¡Viva la Perla del Otún!”, viva en sus 155 años de vida política, social y cultural.

 

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■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■  Eventos en la ciudad de Pereira ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ 


 

 


■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ Evento en la Alianza Francesa■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ 


 

(EXPOSICIÓN)
“Signos Vitales”, Dibujo y Escultura Cinética
de Angela Maya

Imagen por: Angela Maya. Fuente: Alianza Francesa de Pereira.

 


Viernes 10 de Agosto de 2018 / 7:00 p.m.
Alianza Francesa de Pereira
Entrada Libre y Gratuita
En el marco de Corto Circuito – Escenarios para el Arte


 

Signos Vitales explora las relaciones simbólicas y poéticas entre las búsquedas de la ciencia y las potencias de la sensibilidad. Mientras un signo da cuenta de una condición vital, se evidencian las tensiones de la línea que separa la vida y la muerte, y ese flujo de información se vuelve materia plástica para el cuestionamiento de lo real.

Lo que somos y lo que percibimos es un devenir constante de la materia que configura realidad como resultado de un conjunto de funciones, de procesos continuos que definen el cuerpo -material o simbólico-. Estos fenómenos vitales modelan la materia que se expresa en las formas del cuerpo o del paisaje, mediadas por la experiencia, la intuición y la sensación.

Existir es también habitar, y esto implica un desplazamiento sobre una línea de horizonte donde se proyectan las posibilidades del ser y se vive la inquietud de una continua de-construcción, de un flujo permanente de variaciones que invita a re-significar el horizonte mismo pues lo que subyace es una realidad que no llega a consolidarse.

Caperucita feroz

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Esta lectura de Caperucita nos devuelve a  las raíces mismas de la tradición judeo cristiana.


 

Caperucita Roja se  calza sus  zapatillas Converse blancas  y parte rumbo a un after party. “Vuelvo en tres días”, dice y mamá le recomienda no abusar de las pastillas de colores y, por amor a Dios, no dejarse embarazar.

¿Novedad?  Por supuesto, no. De niños ya sospechábamos  que nos engañaban con los cuentos de la cigüeña,  el duende y toda una antología de moralejas enfocadas a controlar los apetitos humanos, demasiado humanos.

Años más tarde, los freudianos, obsesionados con el falo, nos dirían  que el pico de la cigüeña era una sublimación (qué curioso el traslado de esa palabra del reino de la química al de la psique) del órgano sexual  masculino.

De modo  que el libro “¿Puro cuento? ¡A que  no te sabías el de Caperucita Roja!”, escrito por el profesor Cristian Bohórquez supone no tanto una revelación como una recordación: en algo más de cien páginas el autor nos conduce  por las múltiples versiones de esa obra que ha acompañado  la formación- o deformación- de varias  generaciones de niños y adultos en  occidente… y oriente, porque, entre otras cosas, la lectura sugiere remotas raíces chinas.

Si  los  cuentos y leyendas abrevan en una fuente común o mundo de los arquetipos, como lo llamara el psicólogo Carl Gustav Jung, esta lectura de Caperucita nos devuelve a  las raíces mismas de la tradición judeo cristiana.

 

Imagen extraída de: librosyeditores.com

 

Asuntos como el  pecado y la culpa, con sus correspondientes nociones de castigo y redención , palpitan en el relato desde el momento mismo  en  que la madre  le recomienda a su hija no desviarse del camino y cuidarse muy bien de  no estropear  ( “ no romper”, se lee en algunas  traducciones) las viandas que le han sido encomendadas.

Según  algunos intérpretes, la abuela  representaría la tradición, que debe ser traicionada para que la vida empiece a transitar por otros caminos: los que emprende Caperucita cuando desatiende  las recomendaciones  maternas y se detiene en  los claroscuros  del bosque a explorar toda cosa nueva: flores, pájaros, mariposas, aromas y, sobre todo, los llamados de su propio  cuerpo.

Como todos sabemos, al final de la jornada, en lugar de la abuela la aguarda el lobo, vale decir, el macho seductor y depredador que, luego de un sugestiva escena en la que la adolescente se desnuda y se mete en la cama  con él, le revela  los misterios de la sexualidad y la devuelve al mundo convertida en una mujer, con todo y sus facultades sexuales y reproductivas.

Como nos lo recuerdan otros exégetas, el color rojo de la prenda es a la vez símbolo de la pasión y de la menstruación  como el momento en que el cuerpo femenino emprende el tránsito hacia otras dimensiones.

Y es aquí donde el  verbo comer se despliega en todas sus acepciones. El señor lobo se come a Caperucita. ¿Cómo sustraerse a la evidente connotación sexual de la expresión? Por lo demás, la figura deviene  imagen mística en la liturgia cristiana cuando los fieles  ingieren el cuerpo de  Cristo.

 

Imagen extraída de: 3.bp.blogspot.com

 

También tiene  componentes iniciáticos en las leyendas donde los vencedores  en la batalla devoran el cuerpo del vencedor. En los tres casos: el sexo, la liturgia  y el combate, se trata de incorporar al propio ser la  energía vital del otro con el fin de hacerse más fuerte o, acaso, más sabio.

En algunas  versiones, incluida  la más conocida de Charles Perrault, sobreviven la abuela y  Caperucita. En otras, solo la muchacha consigue salir con vida del trance. Pero en todas las circunstancias la chica vence los poderes del lobo: se lo come de manera real  o simbólica y vuelve a casa  investida de una nueva fuerza: el poder  sobre  su propio cuerpo. Ahora es también una iniciada, una bruja.

Los detractores del  psicoanálisis dirán que se trata aquí de una lectura obvia y acaso maniquea. Sus  fieles devotos  insistirán en la forma como el relato nos conduce a los pliegues  del inconsciente.

De mi parte me limitaré a decir que, entre otras cosas, el libro me devolvió a un momento de la infancia que creía  irrecuperable: la hora de la noche en que mi tía Teresita nos leía el cuento, mientras el niño que fui intentaba descifrar, sin más ayuda que la imaginación, el misterio oculto en las piernas doradas de mis pequeñas primas, a punto ellas a su vez de hacer su iniciación  en los arcanos de Caperucita Roja.

Pero eso ya sería escarbar demasiado en los meandros de la propia memoria y correríamos el riesgo de  enredarnos en un berenjenal.

 

Imagen extraída de: lamenteesmaravillosa.com

Microhistorias de ciudad: La huelga de las escogedoras de café

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Las escogedoras de café han sido un símbolo femenino de luchas laborales en el Eje Cafetero. Entérate, en esta segunda entrega de Microhistorias de Ciudad, cómo nuestras mujeres han hecho historia desde la Historia.


 

Rescatar las voces y acciones de las mujeres en el pasado es una tarea imprescindible para hacer que la historia no siga girando sólo en torno a los “Prohombres”. En esta ocasión, en Microhistorias de Ciudad nos interesamos en abordar un momento de la historia de Pereira que sitúa a las mujeres como actores fundamentales en la construcción de sociedad y de ciudad, pero que no ha sido profundamente estudiado: la huelga de las escogedoras de café entre 1935 y 1937.

 

Algunas fotos de las mujeres escogedoras de café.  (Galería)


 

 

 

Mire el video completo del segundo capítulo de MicroHistorias de ciudad


Una noche en Puerto Rico

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Mi memoria por El Lago


 

Pereira siempre ha sido una ciudad de interacciones. En los años 80´s del siglo XX,  los mafiosos traían pasta de coca de Bolivia. Sus avionetas entraban por pistas para naves de fumigación en La Virginia y Zarzal. Había laboratorios en municipios cercanos  y enviaban lo que llamaban “la caspa de mi dios” entre los mecanismos de un avión o con jóvenes muleteros con maletas de doble fondo. Aún no existían esos perros  que con su olfato distinguen desde el período de una dama hasta los gramos que guarda entre su barriga una imagen de bulto del corazón de Jesús que enviaron con alguna abuela hacia Nueva York..

En las tabernas de Nueva York y esas ciudades del sueño americano, había cadenas de personajes de los pueblos de occidente y del barrio Cuba que distribuían gramos de coca. Dinero que llegaba limpio a unas cuentas en el Banco del Estado, y los banqueros mimaban a sus dueños. Y acá los consumidores incipientes acudían a las tabernas que mantenían buenos espectáculos, tango en La Boca y Caño 14, acordeón y música andina en La Flauta Mágica y pare de contar que el cuento es largo y me enredo ahí. En los baños siempre algún fulano vende para una traba. Lo saben desde el policía hasta la esposa del obispo, esa santa madre iglesia que lo perdona toda.

Una noche de septiembre, la taberna Puerto Rico del Lago estaba solitaria, un cantante, más solitario aún, esperaba que alguien le escuchara, estaba contratado para seis horas, era Alci Acosta. No recuerdo bien si fue porque me atrajo verlo ahí o por acompañarlo; nos sentamos tres amigos, pedimos media y después la seguimos. El cantante nos miraba y comenzó:

 

Ayer yo visité la cárcel de Sing Sing
Y en una de sus celdas solitarias,
Un hombre se encontraba arrodillado al Redentor:
Piedad, piedad de mí, mi Gran Señor.

 

Foto extraída de: Vanguardia.com

 

Recordé a un amigo de Apía, donde fui maestro rural, porque en esa cana, la “Sing Sing”, correccional del Estado de Nueva York, construida en 1825 por los primeros cien convictos, allá pagaba una condena y ese paisano era gallada de maleteros; incluso ellos, le hicieron llegar al penal una muñeca inflable de silicona que lo entretuviera. Y pensé que la pena de él era otra porque cuando soplaba la muñeca y se le subía, esa tipa de goma pujaba, y toda la barra de paisanos presos gritaba: ¡hágale paisa hágale paisa!

Y continuaba Alci Acosta la canción:

 

Mas, cuando me miró, a mí se abalanzó;
Y con voz temblorosa y recortada:
Escucha, triste hermano, esta horrible confesión;
Aquí, yo condenado a muerte estoy… 

 

Una hora, pedimos otra botella y a la taberna no llegaban clientes. En esa misma noche la policía hacía una redada brava en los sectores del centro de Pereira porque la llamada “Mano Negra” estaba muy activa, limpiaba la calle de mendigos y maricas. Y aquellas muertes tampoco tenían relación con la canción.

 

Yo tuve que matar a un ser que quise amar
Y, aunque aún estando muerta, yo la quiero…
Al verla con su amante, a los dos los maté,
Por culpa de ese infame moriré.

 

Foto extraída de: photo620x400.mnstatic.com

 

Y comencé recordar los muertos de las matanzas que se iban contando por cuenta de “Gallo Extraño”, un chofer gatillero que contrataban y en su cuenta llevaba cuatro difuntos por causa de mujeres infieles, aún estaba libre después de haber matado al “Merendero de Agualinda” un músico rural y bebedor que llegaba a las fondas de Santuario y Apia y entretenía a los parroquianos. Le identificaron así porque cantaba mejor cuando le daban una buena merienda. El cantante merendero era enfermo y desahuciado cuando “Gallo Extraño” lo mató. Aseguró que para hacerle un favor, para dejara de padecer, nos contó el compañero de mesa después de la canción de Alci Acosta.

 

Minutos nada más me quedan ya para expirar,
La silla lista está, la cámara también.
A mi pobre viejita, que desesperada está,
Entréguele este recuerdo de mí.

 

Invitamos a Alci Acosta a la mesa, jamás bebía licor y pidió agua, nos dijo que vivió su infancia en Soledad Atlántico, años después trabajaba como pianista en una orquesta en Barranquilla y cuando decidió ser cantante su primer éxito fue “Odio Gitano”; y así,  entre sus canciones y sus descansos compartíamos su historia y le contábamos de las nuestras.

Desde esa noche siempre he sido seguidor de Alci Acosta porque somos hijos de una tierra donde las canciones de cuna eran esa música de cantina, así pregonen que somos una tierra de bambucos, que son bellos y nos los hacían escuchar en el colegio, y aprenderlos para cantarlos en la veladas y los paseos. Aún recuerdo ese paseo a Pueblo Rico cuando un alumno del Colegio Santo Tomás en Apía nos dijo al subirnos al bus: cantemos de una vez Los Guaduales para que nos salgamos de una vez de esa pendejada y podamos seguir con una de Julio Jaramillo o Alci Acosta. Pues claro, esas no son las canciones de la vida, real es el tango Cambalache.

 

Alci Acosta- La Cárcel de Sing Sing


Fuente: Youtube

Postales desde Aquitania

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Postales desde Aquitania

Esta es la primer Hoja de Viaje que envía la directora del portal web La Cebra que Habla, Martha Alzate, desde Francia, para todos los lectores y conocidos en Pereira.


 

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Ya llegamos a nuestro primer destino y lugar de residencia permanente en los próximos meses: Bordeaux, más exactamente en la villa de Gradignan, a media hora de la ciudad.

La construcción donde viviremos este año es un apartamento anexo a una casa amplia de campo, propiedad de una familia francesa, instalada en un  terreno de una hectárea  sembrada de árboles gigantes.

El espacio es pequeño, sobre todo en términos de muebles para guardar (ropa, zapatos, cocina, aseo, etc.).

En consecuencia, el primer gran reto ha consistido en acomodar en el precario espacio disponible todo lo que trajimos desde Colombia.

Ayer caminamos hasta el mercado más cercano para adquirir algunos víveres básicos y elementos de aseo.

El mercado se encuentra ubicado en el centro de Gradignan, que es un poblado a una media hora de Bordeaux en carro.

Si uno decide caminar la cosa es a otro precio.

El centro de este poblado es pequeño, conformado por la iglesia, una plaza y establecimientos de comercio. Todo perfectamente organizado, con espacio público de gran calidad, recorridos peatonales continuos, jardines y amoblamientos.

En nuestra primera expedición al centro de Gradignan nos detuvimos en un restaurante y se hizo la noche.  Al emprender el camino de regreso estuvimos perdidos por un periodo no menor a cuarenta minutos.  Así transcurrió nuestra primera noche, entre la sensación de no encontrar el lugar de habitación y estar alumbrados por una gran luna de verano a una temperatura fresca.

 

Fotografía por: Martha Alzate.

 

Nos acompañaban, además, unas calles desiertas, rodeadas por casas de uno y dos pisos que parecen deshabitadas : no se percibe el más leve rumor.

El silencio es tal vez el signo distintivo más destacado de este lugar.

Los dueños de casa son una pareja francesa adulta, jubilados los dos, con hijos y nietos.  Su vida transcurre lentamente entre las labores del hogar, el cuidado de los nietos, y diligencias cotidianas.  Sus horas pasan en calma, con algunos sobresaltos en razón a las atenciones que deben prestar al anciano padre de ella, que vive en la casa y está muy enfermo.

Ella es una mujer activa, de ojos inteligentes y disponibilidad permanente para hablar, siempre en francés, orientar y colaborar. El marido es más reservado que ella, y su aspecto es de conserva, añejado en vinos y tabaco permanente.

La casa es muy amplia, en exceso para Europa en mi opinión, y de buen aspecto, con un tipo de arquitectura de campo.

Hemos tenido algunas diferencias con nuestros hijos por dos motivos fundamentalmente: hablan a los gritos, a pesar de que les insistimos permanentemente que bajen el tono y que no griten; y porque se resisten un poco a asumir las obligaciones domésticas.

Aspiro el calor del verano través de las ventanas adornadas por macetas florecidas, y puedo intuir lo lúgubre que será el invierno.

En general vamos muy bien. Hasta mi digestión se repone del impacto del viaje, aspecto que siempre se vuelve una tragedia pues mis tripas tienen una sicología sensible, llena de resabios que condicionan su normal funcionamiento.

Por lo demás, las cosas empiezan a rodar para nosotros en este nuevo viejo mundo.

 

Foto por: Martha Alzate.

 

Ver galería de fotos completa


 

 

 


Si desea escribirle a la directora del portal web, puede hacerlo comentando directamente en esta entrada al final de la página.


 

15 curiosidades para ver en Pereira ¿ya conoce el parqueadero para aviones?

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La Cebra que Habla de paseo por la ciudad fotografió estas curiosidades para usted. Lugares que son enteramente una rareza por los mensajes que transmiten. ¿qué otra “rareza” ha visto por ahí o conoce? Comente.


 

1. Un anuncio peligroso.

Para los que aún orinan en cualquier lugar en la ciudad de Pereira, piénselo dos veces. Por un lado el nuevo Código de Policía contempla que hacer las necesidades en un espacio público puede costarle la multa de nada más y nada menos que $736.000. Por el otro, lea bien, multa: un machetazo. Si. UN machetazo. Ubicación: Invico.

Fotografía: Felipe Ospina.

 

2. Dicen por ahí que mejor la seguridad que la Polícia

El dueño de este carro entiende una frase popular: “Creo en dios pero amarro mi camello“.  Así que no basta con el Lo-Jack, el celador y encomendarse a las divinidades, también una cadena encima por si las moscas. Ubicación: sector Los Alpes.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

 

3.  Todo en uno.

Este lugar es uno de los favoritos de los bohemios, los buenos paladares y los peludos. Mejor dicho, más completo pa´dónde.  Esto es lo que llamamos un negocio paisa “todo en uno“. Ahí podemos ver la evolución del comercio (y del hombre) cuyo mensaje más claro es: sí se puede hacer varias cosas a la vez. Ubicación: centro.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

4. Pare. Por favor, pare.

Sin palabras. Es decir, creemos que este aviso no es para carros y motos sino para humanos. Cada uno que saque sus conclusiones. Si desea que alguien comprenda un mensaje indirecto llévelo por este lugar. Ubicación: Parque Banderas.

 

 

 

5. Aquí hay pollo encerrado.

Un sociólogo colombiano, que no era ni sociólogo ni colombiano, sino japonés y de profesión ingeniero civil, dijo que la ciudad es el lugar donde los pollos no caminan sino que dan vueltas. Y ¡Eureka! Encontramos estas tiernas y doradas aves dando giros y giros sin marearse. Es más, aseguradas con candado, cadena. ¿Para qué? ¿por si salen volando? Lugar:  Calle 18 con Carrera 10.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

6. Mapa ciudadano.

Un gran tablero de vidrio. ¡Maravilloso! Un turista o un ciudadano no se perdería si existieran mapas como estos en todo lugar. He aquí indicaciones de cómo llegar a un negocio y lo mejor, parqueadero gratis. ¿Y si existe un mapa igual que indique cómo llegar Al Pavo o donde Don Olmedo? ¡Ya! Lugar: Calle 19 con Carrera 11.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

7. La casa de Pulgarcito.

No, no es la casa de Tyrion Lannister, el enano de Juego de Tronos, ni la casa de Asdrúbal Herrera, el hombre más alto de Colombia,  es una propiedad en Pereira que desconocemos si él o los dueños duermen boca arriba o de lado. Toda una curiosidad. Vivienda que para muchos es la casa más angosta de la ciudad. ¿Y  si la nominamos a un Guinness World Records?   Lugar: Calle 32 con Carrera 7ª.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

8. ¿Un parqueadero para aviones?

Pero ¿por dónde ingreso? mejor, ¿por dónde salgo? Este ventanal habla por si solo y  realmente parece decirnos algo. Está en un segundo piso desde donde se anuncia el servicio de parqueadero. ¡Vaya lugar! ¿parqueadero para aviones? Ubicación: Calle 18 con Carrera 8ª.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

9. No a las torres.

Al inicio no sabíamos si era las torres del Señor de los Anillos. Luego pensamos en el  World Trade Center próximo a construirse en la capital risaraldense. Y al final supimos que se trataba de la oposición que tuvo hace años la instalación de las torres de la Empresa de Energía de Bogotá en el departamento. Un graffiti o stencils muy curioso. Ubicación:  Calle 34 con Carrera 8ª.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

10.  Otro todo en uno.

Un lugar donde se puede fotocopiar un helado, un jugo y hasta un café. A propósito, el helado de mango biche con sal es de lo mejor. Ubicación: Carrera 8ª entre calles 19 y 20.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

11. El árbol filosófico

¿Se acuerda del “Esto no es una pipa“, el famoso cuadro de René Magritte? Bueno. Por si no lo recuerda, no se preocupe, nosotros tampoco. Y si sabe de qué se trata, pues comprenderá esta curiosidad, ya que los árboles en la ciudad están enumerados, pero este en particular tiene una aviso que invita a pensar. Ubicación: Calle 32 con Carrera 8ª. Posdata: aún seguimos pensando de qué se trata esa máxima filosófica.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

12. Zona azul con caché.

En la era donde estamos prescindiendo del plástico nos llega este tíquet en Ziploc. Nada mal, especialmente para los que prefieren una factura, una multa o una cuenta con estilo. Este servicio entrega un mensaje: llueva, truene o relampaguee, debe pagar. Ubicación: Calle 10 con Carrera 20.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

13. La mano de Dios ¿o de E.T?

Este parqueadero es seguro… seguro que te señala el lugar dónde parquear, o dónde desaparecer al fondo a la izquierda. ¿es una mano o un pie el que indica la ruta?  Venga. Cambiemos de tema. Los estudiosos del marketing dicen que el color amarillo genera calor, emoción, calidez y optimismo en el consumidor. Así que siéntase seguro en este lugar. (Descuide la mano y entre). Ubicación: Calle 18 con carrera 9.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

14. El candado del amor.

Desconocemos quién es J y quién es P, pero lo que sí sabemos es que dos personas se han jurado amor eterno y hasta candado eterno. Este es el único ejemplar que existe en en la Plaza de Bolívar de Pereira. ¿es que se esperan más? No. No vaya a ser que como el puente en el río Sena en París, un mar de candados nos tumbe un palo de mango y deshonremos la memoria de los hijos de los vecinos del centro, por quienes fueron sembrados estos árboles. Ubicación: Centro.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

15. La basura se guarda en casa.

A mal tiempo buena cara. Aquí guardan la basura porque lo más seguro es que en la calle no hay nada seguro. Candado, ruedas, escolta, moto. Esto lo dijo alguien: “Por cada basura que dejas caer piensa que estás contaminando el suelo, los ríos, los lagos y los mares.”  así que, a cuidar lo nuestro (incluido las basuras). Ubicación: Carrera 11 entre calles 19 y 20.

 

Fotografía por: Diego Val.

“Lomo a la Bolivianita”, una joyita para degustar

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Lo de esta yerba no es casual, pues el intenso perfume que emana al contacto con un caldo caliente despertará el instinto primordial por la comida


 

A pocos días de otro aniversario del Día de la Independencia Nacional, me ha salido bastante patriota la receta de hoy que acabo de improvisar para deleite, primero, de mis ojos y luego de mis papilas gustativas. El subconsciente me ha movido a disponer los elementos del plato en un orden nacionalista, como queriendo imitar los colores de la bandera: enjundiosos tomates que simbolizan la sangre derramada por los mártires en la lucha, doradas monedas de camote a cuenta del oro y otras riquezas del subsuelo y pálidos pepinillos (unas hojas de apio o espinaca quizá le darían más lustre al decorado) para ilustrar el verdor de los prados y bosques que pueblan la geografía nacional.

Dicen que la patria es el territorio que nos cobija, ese molde de fronteras imaginarias en el cual crecemos. Un concepto tan manipulado a conveniencia que ya no sabe a nada. Mi patria no tiene montañas, ríos, pueblos, selvas, playas ni volcanes. Mi patria palpita en cualquier rincón donde arde un fogón, hierve una olla y escapa el olor de algo cocinándose. Y como añadido, mi patria descansa en una buena siesta.

Pero basta de ensoñaciones patrióticas que no conducen a nada. Que, mejor, los sabores de la tierra y los aromas del aire nos conduzcan al disfrute efímero pero recuerdo permanente. Qué tal si empezamos por la sopa: ésta ha de ser ligera, de regusto más o menos neutral, tipo una de fideos cabellos de ángel o corbatitas, decorada con cilantro picado como único complemento.

Lo de esta yerba no es casual, pues el intenso perfume que emana al contacto con un caldo caliente despertará el instinto primordial por la comida, preparándonos para el placer que viene después (a falta de cilantro, vale el perejil, de espíritu más moderado, eso sí).

 

Una sopa sencilla con cilantro es otra cosa: una bomba olfativa. Foto: José Crespo Arteaga.

 

Por los efluvios que ya escapan de la cocina se adivina el plato fuerte. No hay nada más explosivo para el cerebro que el detonante de unos filetes asándose en la cazuela. Pura pulpa de lomo de reses criollas, criadas en medio del campo entre pastizales, matorrales y arboledas. Ganado fiero de múltiples pasturas luego se prodiga en la carne más exquisita, a no dudarlo. Se asegura que el cordero de Oruro tiene un toque dulzón e irresistible por criarse en pleno altiplano, a pura dieta de paja brava.

Lo mismo podría aseverarse de la tierna carne que de vez en cuando llega hasta mi mesa, por fortuna o por cortesía de mi madre, más bien.

Inútil para filetear carnes como soy le he encargado que me las prepare y las deje listos para la sartén. La magia de sus manos combinada con especias y salsas ha puesto la sazón en su justa medida. Los filetes han marinado un par de horas en la salsa para que su jugo sea absorbido lentamente. Por todo trabajo, he puesto a hervir papas y camotes por separado, para que no se manchen unos a otros, y unos tardan más en la cocción, según lo sé por experiencia. Vi los tubérculos en un mercado popular, anonadado por los colores y formas, y se me ocurrió combinarlos por primera vez, esperando que me resulte una joya en cuanto a sensaciones.

Empecemos por la pinta primero: mi platillo se deja comer con la mirada, para activar inmediatamente esa parte del cerebro asociada al placer y la contemplación estética, ¿dónde se ha visto unas subyugantes papas jaspeadas de morado casando perfectamente con el matiz áureo de unos camotes en su punto más dulce? En ninguna patria de la que hablan los libros y pregonan los politiqueros.

 

Papas moradas y camotes, una perfecta combinación. Foto por: José Crespo Arteaga.

 

En ninguna parte, por supuesto, salvo quizás en el corazón de la selva cruceña donde se oculta una gema de indudable belleza exótica: la Bolivianita. No se puede imitar a la naturaleza, dicen los manuales, pero que estuve cerca con este homenaje culinario nadie me quita de la cabeza. Huele a nacionalismo de cocina, replicaría alguien. Y es verdad, sabe a nacionalismo sabroso, cabría acotar.

Ya está, pueden imitarme si quieren en cualquier latitud del planeta. Que los elementos –la carne, los vegetales- los hay a montones. Que la receta del manjar es de una sencillez apabullante, desde luego. Que no entiendo ni papa de cocina, puede ser. Que estoy hablando desde la autocomplacencia, tal vez.  Pero esas rodajas de papa de cautivadores tonos violetas, con su hondo dejo a tierra mineralizada para mayor dicha, dudo que crezca en cualquier parte.

La suerte de vivir en una tierra tan pródiga, de tan variados microclimas, me hace sentir privilegiado, ¡qué le vamos a hacer!, y me hace querendón de estos pagos. ¿Qué eso me hace patriota como ninguno?

Me he zampado el platillo en cuestión de minutos, para que sepan cuánto dura mi patriotismo. Y la carne suavecita, rematada con áspero tinto chileno, casi me supo a placer culpable.

 

Gemas de bolivianita o ametrino. Foto: Internet.

Fernando González o la nostalgia de la sombra

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Fernando González es este caminante, este predicador, este hacedor de patria. Hombre y escritor, filósofo y poeta, teólogo y diplomático, todo eso y nada a la vez.


 

 

Información Bibliográfica del libro
 

Título: Fragmentos de sombra: Una biografía intelectual de Fernando González.

Autor:Joseph Avski.

Editorial: Sílaba Editores. Medellín.

Colección: Tierra de Palabras

Género: Ensayo

Año: 2018

Pág. 226

 

 

 

¿Son los hombres de letras redentores de la sociedad

o escritorzuelos ignorados?

Thomas Carlyle

Hay que partir afirmando que este libro cumple lo que promete: es una biografía intelectual de Fernando González en todo el sentido del título. Joseph Avski, el autor, no se empeña en convencernos de nada, sino que nos guía de la mano como Virgilio a Dante hacia un paseo por las ideas generales de la literatura, la historia de Colombia con sus violentos recovecos, y por la vida de uno de los escritores más reconocidos de Antioquia y Colombia.

A su vez Sílaba Editores de Medellín (2018) es el pasaje hacia este viaje, es decir, presenta un texto novísimo con una fina estética de color, forma, gramaje de papel,  y con una edición gramatical impecable que ayuda a cumplir esa máxima latina de  “Lo escrito queda, las palabras vuelan”. (Verba volant, scripta manent).

Por ello no hay duda que estamos ante una obra integral que invita a ser leída, aunque hay un pare obligado, ya que su lectura demanda cierto bagaje intelectual, cierta cultura como condición previa, la colaboración de un sentimiento (o conocimiento) hacia el biografiado y cierta disposición del alma para entrar a esa “Tierra de palabras”.

Tierra de palabras u “Otraparte” donde encontraremos al patriarca del Nadaísmo en sus detalles, desvaríos, aciertos y en su propia visión de hombre que cree, es inútil luchar, y que no hay más remedio que la fuga: la fuga hacia sí mismo. Como si con su vida y obra (Y Avski nos muestra esto con una prosa limpia e inteligente) predicara que no se puede salvar lo individual en el mundo, y que el triunfo del hombre espiritual es siempre la libertad; el caminar a pie y vagar con un palo y una idea; ser criticado; estar libre de la opinión de la gente, de dios, de las cosas; libre para sí mismo.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

Así entonces, después de leer este libro y disfrutarlo hoja a hoja, es difícil definir a Fernando González solo como un “hombre de letras”. No. Es un término demasiado facilista y evita el esfuerzo para criticar literariamente al escritor envigadeño. El asunto es que esa denominación es escurridiza y se asemeja más a “escritor creativo” que a “sabio” o “filósofo”, aunque él mismo haya sido esto último para luego renegar de esta condición y pasar a otra categoría como poeta, diplomático o crítico de arte.

Esta definición de “hombre de letras” (si es que persistimos en ella) es la que obliga a ver al escritor antioqueño como un bricoleur, un diletante,  poses que adopta para sobrevivir en el mundo literario. Como dice el crítico Terry Eagleton:

“El hombre de letras sabe tanto porque no puede ganarse la vida con una sola especialidad intelectual”.

Aunque aclarando que el “El Brujo de Otraparte”  no es en ninguna forma un pastiche, sino un pensador multidisciplinario.

Fernando González, afirma Joseph Avski, es un profundo conocedor de teología, filosofía, política, poesía, y es metafísico a lo Unamuno, o según la hora que marque el reloj o se enfríe el tinto.  Esa es su rareza. Su maravillosa individualidad. Como él mismo afirmaba en “Los negroides”:

“Soy el predicador de la personalidad; por eso, necesario a Sudamérica”.

En otras palabras, el antioqueño se ha labrado un saber de gacetero pero a su vez es una autoridad ideológica en su tiempo. Solo así lograremos entender con propiedad el nacimiento del Nadaísmo de la mano de su discípulo Gonzalo Arango y otros; el lobby  para ser cónsul el Europa, y la falsa nominación para el premio Nobel, como según se divulgó a mediados del siglo pasado, de parte de su amigo Thorton Wilder, autor de “El puente de san Luis Rey” y Jean Paul Sartre, cuya filosofía tuvo muchos adeptos en Colombia.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

Tomando un descanso y pisando esta línea amarilla (pero sin atravesarla so pena de un balazo) es que nos sentimos tentados a creer que el pensamiento, la vida y la obra de Fernando González es un todo “disorgánico”. He aquí una confusión. No es filósofo, ni novelista, ni ensayista, ni político, ni nada. Es un nini. En su libreta de notas de 1915  afirma nuevamente:

“Y todo eso porque no creo en nada, o si quereís, porque creo en todo”.  ¡Vaya! Esta sombra no tiene génesis ni apocalipsis.

Y aunque parezca que hay una seria contradicción o disociación en su pensamiento y obra, con su literatura se hace representante de las ideas del pueblo,  y entiende (y he aquí un punto clave para comprender su regionalismo) que la multitud desea la brevedad, el mensaje, la imagen, la pose. Así es que redacta obras como “Pensamientos de un viejo” (1916);  “Viaje a Pie” (1929); “Los negroides” (1936); “El pesebre” (1963), y poemas que pueden ser leídos por niños o ancianos y que dejaron en claro que escribir es tan importante y tiene tanta fuerza de costumbre como beber en una cantina.

Sin embargo ahí está el dilema que atrae de su personalidad intelectual: afirma y niega a la vez; cuando consolida, deconstruye; habla, pero por dentro calla; cuando duerme, su sombra anda despierta y en alpargatas. Cavila entre dar luz intelectual a las masas de la clase media, o enseñarles, como Efe Gómez, otro contemporáneo, a labrar la tierra, amar el campo, conservar en alto la virtud laboriosa de los antioqueños.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

Actitud propio de los “paisas” o “arrieros”, como son llamados en el país, quienes llegaron con su mujer, un machete, sus animales y mucha “garra” para colonizar y enseñar a amar el terruño, y así crear patria e identidad.

Fernando González es este caminante, este predicador, este hacedor de patria. Hombre y escritor; filósofo y poeta;  teólogo y diplomático, todo eso y nada a la vez.

Sílaba nos entrega este pasaje a esta “Otraparte” con este libro. Viaje (lectura) que no dudo en recomendar ya que  el verdadero escritor pone a rodar su arte con la representación de acontecimientos espirituales, nacionales e interiores, de cara a los tiempos turbulentos de la época. Joseph Avksi es uno de esos escritores que en tiempos de paz, nos habla de un escritor (Fernando González) que vivió en tiempos de guerra.

En conclusión, esta obra es la vida misma del patriarca antioqueño que atraviesa como hombre un siglo difícil en el país, y como si al llegar a esa cima se hubiese sobrecogido, como la mayoría de los mortales, en una nostalgia de algo todavía más alto e inalcanzable. Casi como burbuja que en un instante refleja el universo y al siguiente se revienta en el aíre. La eterna nostalgia de la sombra.

 

Fotografía por: Diego Val.

El jinete memorioso

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Bolívar conoce como nadie las rutinas de  estos jugadores de ajedrez que llegan todos los días a trenzar sus partidas  con la puntualidad


 

La historia al galope

Desde que llegó a todo galope en su inmortalidad de bronce, allá  por 1963, cuando Pereira festejaba el centenario de su fundación, son muchas las cosas que este Bolívar ha visto pasar en la plaza que lleva su nombre.

Recuerda, por ejemplo, que en los tiempos en que la política  todavía se hacía en las plazas y no en las pantallas del televisor y mucho menos en las redes sociales, los políticos liberales y conservadores del Frente Nacional pronunciaban interminables discursos salpicados de citas en latín, mientras grupos de pregoneros  bien entrenados repetían a cada tanto las conocidas arengas:

 

“¡Que viva el  Partido Conservador! ¡Que viva! ¡Que viva el Partido Liberal! ¡Que viva!”.

 

Por lo visto, nadie más tenía derecho a vivir. Los dirigentes de ambos partidos desataron la carnicería   conocida con el nombre de La Violencia y cuando   alcanzaron su cometido se sentaron a manteles en una playa valenciana, excluyendo a todos los demás y dejando de paso abierta la puerta   para el surgimiento de  otras guerras.

Según cuentan sus allegados, los hermanos  Vásquez Castaño, nacidos en estas tierras, decidieron enrolarse en las filas del Ejército de Liberación Nacional luego de escuchar, desencantados, los discursos de Carlos Lleras  Restrepo, Evaristo Sourdis, Misael Pastrana Borrero y Belisario Betancur  Cuartas.

 

Fotografía por: La Cebra que Habla.

 

Por eso, según  algunos trasnochadores,  en noches de Luna llena este Bolívar memorioso recita sus propias palabras, repetidas tantas veces por los historiadores: “Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”. No importa si su auditorio  se reduce a  cuatro borrachos, dos travestis, tres putas y un jugador empedernido que acaba  de perder los sueldos de los próximos  dos meses en un casino de la octava  regentado por coreanos.

En otras ocasiones la plaza se llenaba con las tumultuosas caravanas que celebraban los triunfos de Rubén Darío Gómez, “ El tigrillo”, uno de esos ciclistas heroicos que llegaban a la meta con la  bicicleta al hombro y ganaban etapas luego de  recorrer carreteras de espanto en las  que tenían que esquivar huecos como cráteres y vadear quebradas salidas de madre.

 

“En esos tiempos nos daban permiso en el trabajo para que saliéramos a apoyar  a nuestro ídolo y terminábamos borrachos de alegría… y de echarnos al buche botellas enteras de aguardiente”.

 

Dice Manuel Martínez, un jubilado de  Confecciones Jarcano que de vez en cuento se sienta  a pastorear recuerdos en una de esas bancas del  Parque de Bolívar, olorosas a orines de vagabundos.

 

Escuela de Artes y Oficios

Pero no solo  de Historia Patria se ocupa este jinete de bronce.  A lo largo de más de medio siglo ha visto surgir  y renovarse las mil y unas formas de la supervivencia y el milagro que los  latinoamericanos llamamos rebusque.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

Por lo menos  durante   tres décadas su vecindario fue ocupado por negociantes  de relojes que brotaban como por encanto a eso de las diez de la mañana y se desvanecían en el aire tres horas después, luego de  negociar aparatos de todos los precios y procedencias: desde un modesto Mentolín de  tres mil pesos, hasta un genuino Ferrocarril de Antioquia avaluado en ciento veinte mil.

Claro que, de vez en cuando, lo genuino resultaba chiviado y se desataban batallas campales que obligaban  a la intervención de la policía. Cuando las autoridades intensificaron sus controles, los negociantes emigraron hacia la peatonal de la dieciocho entre séptima y octava,  aunque muchos de los viejos relojes de cuerda fueron  remplazados por sortilegios digitales.

Cuando se fueron los antiguos relojeros, otros negociantes callejeros concitaron la atención del Bolívar de Arenas Betancourt. El  aroma del café fresco ofrecido  por las mujeres que llegan desde las  tres de la madrugada con sus mecateaderos ambulantes fue suficiente para sacarlo de su letargo.

Tintos a quinientos pesos, pintaditos a setecientos, buñuelos a ochocientos, empanadas a novecientos y arepaehuevo a mil son más que un buen motivo para plantarle cara a la jornada.

Atraídos por esas tentaciones terrenales  llegan taxistas, recolectores de basura, guachimanes, serenateros, enfermeras, recicladores, policías, meseros de tabernas y restaurantes, borrachitos extraviados, malandrines y toda suerte de madrugadores o de mariposas de la noche que buscan entre los  destellos del alcohol el camino de regreso a casa.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

A las siete de la mañana la cosa es  a otro precio. Los rostros pálidos,  vampirescos y los sacos raídos dan paso a mejillas recién afeitadas, labios delineados y trajes planchados hace media hora. Para satisfacer sus necesidades , aplacar sus temores y colmar sus anhelos, hacen su aparición los vendedores  de fruta fresca para conservar la salud, los que ofrecen cartillas con el nuevo código de policía  y los vendedores de esos  artilugios para  producir pompas de jabón  que parecen una materialización de las ilusiones de infancia.

 


Ver Parques de Pereira


 

 

Jaque mate pereirano

James Espinosa conoce como nadie los secretos de las torres. Puede caminar a ciegas por sus pasillos y asomarse desde sus ventanales al tablero devastado por la astucia del contendor. Sabe cruzar sus puentes  para  cercar alfiles y acometer sin pudores la castidad de la reina. Solo  le teme a una cosa en este mundo: a un contingente de peones bien alineados. Llegado a esa línea de combate el pulso se le agita y le hace  perder la calma hasta llevarlo a la derrota.

Las partidas de  ajedrez en la Plaza de Bolívar definen su estado de ánimo.

A partir de ese momento puede pasarse varios días sumido en una depresión de la que solo pueden  sacarlo uno de esos triunfos cada vez más escasos del Deportivo Pereira o el caldo de pajarilla con cilantro preparado por su madre  allá  abajo, en el rancho del barrio La Esneda, sobre la orilla derecha del río Otún.

Bolívar conoce como nadie las rutinas de  estos jugadores de ajedrez que llegan todos los días a trenzar sus partidas  con la puntualidad   de quien se sabe partícipe de un ritual que una parte de la ciudad espera.

 

Fotografía por: Diego Val.

 

Ha  escudriñado durante años sus raptos de lucidez y sus momentos de confusión. Adivina las múltiples maneras de  la soberbia y de la humildad. Sabe que  el camino más fácil  hacia la perdición consiste en creerse más inteligente de lo que se es. Cuando se cansa de frecuentar esos meandros de la condición humana vuelve la mirada hacia la  Catedral de Nuestra Señora de la Pobreza, allí donde los parroquianos intentan resolver el viejo y conocido acertijo de su finitud.

 

Tocando a las puertas del  cielo

Algunos llegan  antes de la cinco y se toman todo el tiempo para disfrutar de un café caliente en el puesto de La mona, una de las mujeres  que siempre están con su carrito y sus termos en la esquina de la  calle veinte con carrera séptima, no importa si llueve o truena.

Otros disponen de un excedente de minutos y monedas para jugárselo  a las cartas sentados en una de las bancas del parque. Unos cuantos, más ansiosos, dan vueltas y vueltas hasta que el viejo sacristán aparece renqueante con  su  manojo de llaves y  su amabilidad experta en intermediaciones celestiales.

Agradecidos, los feligreses exhalan un suspiro de alivio y se apresuran con sus camándulas hasta el fondo de la iglesia catedral donde los espera un grupo de sacerdotes  para rezar el rosario de la aurora.

Cuando  el jinete memorioso los pierde de vista, se deja caer sobre los ijares de su caballo, como si no  estuviera hecho de bronce. Después  de todo, luego de perder tantas guerras y padecer más de un desengaño,  hace mucho tiempo que se sabe  habitante de un territorio ubicado más allá del bien y del mal.

 

Fotografía por: Diego Val.

Pájaros de fuego

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Intrusas de otros jardines,  Sor Juana, Dickinson y Tsvietáieva nos dejaron   en sus poemas una colección entera de plumas mágicas


 

Las tres duraron poco en este mundo, pero nos dejaron la llama de sus versos para ayudarnos a caminar en las tinieblas. Las tres hicieron de los tormentos del exilio una manera de afirmar la identidad. Las tres encontraron en la literatura una forma de liberarse de los oprobios de su tiempo.

Sor Juana Inés de la Cruz nació en 1651 en San Miguel de Nepantla y murió en  Ciudad de México en 1695. En  la cerrada y represiva sociedad de su época el convento fue el único rincón del mundo donde una mujer de su  inteligencia y sensibilidad pudo dar rienda suelta a sus inquietudes intelectuales y a su vocación de escritora.

Emily Dickinson  nació en 1830 en Amherst, Massachusets y murió en 1886. No necesitó salir de su lugar de origen para aproximarse a los grandes misterios del mundo: se exilió en su propia casa y para viajar le bastaron las alas de sus breves e intensos poemas. Al  asfixiante puritanismo calvinista que rodeó su vida opuso la sutileza de unos versos  tocados por la levedad del sentimiento y la hondura de sus intuiciones.

Marina Tsvietáieva nació en  Moscú en  1892 y se suicidó en Elabuga en 1941, después de que su marido fuera fusilado y su hijo enviado a trabajar en un campo de minas. Su tiempo fue el del Realismo Socialista y el de las barbaridades perpetradas en nombre de la libertad de los pueblos.

 

Imagen extraída de: mentepost.com/

 

Las tres nos legaron una obra- extensa y  diversa la de Sor Juana, intensa y breve las de sus congéneres-  que sigue arrojando luz sobre los grandes dramas individuales y colectivos, como corresponde a toda gran  propuesta artística. Sor Juana  asumió hasta el final  el llamado de la fe, pero  jamás fue fanática.

Todo lo contrario: al lado de  la teología reconoció en la ciencia  y en la filosofía otras formas de conocimiento. Por eso en uno de sus versos pudo decir:

 

“No haber más Mundo creía/Hércules en su blasón/ mas se echó al agua Colón/ y vio que más mundo había”.

 

Su espíritu se abrió así al universo  en todas sus facetas. Por eso en sus  textos hallamos desde las desgarraduras del amor hasta su preocupación por las grandes convulsiones de la época.

 

Imagen extraída: i1.wp.com

 

La Dickinson se sabía  frágil en medio de la  adversa realidad de su siglo: por eso respondió con toda la fuerza de su palabra:

 

“Bueno es soñar/ despertar es mejor si se despierta en la mañana/ Si despertamos a la media noche/ es mejor soñar con el alba”. 

 

Cuántos estremecimientos íntimos, cuántas soledades, qué desencuentros se esconden en esa estrofa a la que no le sobra un solo signo de  puntuación: es el alma de las mujeres de la Norteamérica blanca y protestante del siglo XIX la que asoma tras los visillos.

 

Imagen extraída de:_ hayvidaenmarte.files.wordpress.com

 

La rusa  Marina Tsvietáieva supo de otras pesadillas: a los tormentos del amor se sumaron las cadenas de la utopía comunista, que  tuvo en José Stalin  a su sumo sacerdote. Sin embargo  no asumió el papel de mártir. Lo suyo fue la espera. O esa eso al menos se adivina en este poema:

 

“Paciente, como se rompen las piedras/paciente, como a la muerte se aguarda/ Paciente, como maduran las nuevas/ paciente, como se mima la venganza”.

 

En el relato ruso del Zhart- Ptitsa  o El pájaro de fuego, el  brujo  Kaschei, llamado El inmortal, quiere convertir en piedra al príncipe Iván, intruso en su jardín. Al final, este consigue salvarse  con ayuda de una pluma arrancada al ave mágica. Intrusas de otros jardines,  Sor Juana, Dickinson y Tsvietáieva nos dejaron   en sus poemas una colección entera de plumas mágicas que, siglos después, nos recuerdan que frente a los desencuentros y horrores del mundo siempre podremos echar mano de una última palabra.