A propósito de la construcción en Pereira de un edificio en la calle 14 con carrera 19, en inmediaciones de la quebrada “La Dulcera”, una reflexión sobre el valor de los ríos y cauces de agua que atraviesan nuestras ciudades. Son, indiscutiblemente, tesoros a recuperar y conservar, dignos de zonas de protección amplias.
Cuando comencé a realizar el ejercicio de escritura en este portal me preguntaba: ¿cómo hacer puentes donde no hay ríos?, ¿cómo habíamos llegado a un punto de escasez en nuestros ríos que nos forzaba a contemplar sus cauces secos?
Ahora cuando el Eje Cafetero se sacude por la polémica sobre lossuelos de protección que las ciudades deben tener para la conservación de los ríos y quebradas, es propicio pensar este caso no sólo como una cuestión normativa sino ir más allá, plantear la idea de que es necesario planear la recuperación de nuestros cauces de agua.
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En primer lugar, debemos pensar qué es un río “urbano”, aunque esta denominación resulte un poco incomprensible ya que un río no cambia, como elemento ambiental, así atraviese un suelo rural o urbano.
Un río urbano es en primera medida, el punto de origen de la mayoría de asentamientos humanos, ya que brinda el líquido vital para el establecimiento de cualquier ciudad. En segundo lugar, el cauce de agua que lo recorre o limita.
En general, llamamos río urbano al cauce que hace parte del perímetro y se mantiene superficialmente, o sea que no ha sido conducido por tuberías subterráneas como parte del drenaje pluvial o residual.
Siguiendo con esta indagación debemos pensar que el contacto con el agua, los árboles y la fauna de las riberas genera en los ciudadanos sensaciones de tranquilidad, disfrute del paisaje, bienestar para la salud.
Pero en algunos casos, y si los ríos están degradados, produce sensaciones de inseguridad por la amenaza de inundaciones, desagrado por la contaminación del agua y en consecuencia, una negación del río urbano.
Después de evaluar las sensaciones que genera en el ciudadano este elemento ambiental, ahora se puede mirar al futuro. Los ríos como cualquier componente de los ecosistemas tiene un porqué dentro del sistema natural, es decir, provee el agua, el alimento o el hogar para algunos animales.
Es el principal canal de intercambio de energía y nutrientes, y deja a su paso la fertilidad en los suelos. Este examen nos permite dejar en evidencia el gran tesoro que son para una ciudad sus ríos conservados.
En materia de normas, desde el nivel nacional y regional, las corporaciones autónomas dictan franjas de protección a ambas orillas, estos cinturones que se quieren conservar no tienen uniformidad y varían desde cinco a treinta metros.
La discusión para los gestores y las autoridades se agotaesca en el costo económico de esta acción, y en la exigencia a las construcciones del respeto de esta zona de protección.
Este asunto, que no deja de ser vital para la gestión y recuperación de los ríos, es escasa cuando no se integra con el reconocimiento del cauce como un ecosistema, un todo lleno de vida animal y vegetal, que excede considerarlo como un lecho del río y una franja de suelo.
Mirando al futuro los ríos, son tesoros a recuperar en las ciudades, dignos de zonas de protección amplias que les permitan comportarse como un ecosistema natural dentro de la urbe.
Los grandes parques, las vías paisajísticas, y en general, el disfrute de las orillas con deportes, actividades culturales o simplemente la contemplación del paisaje no son incompatibles para la conservación ambiental.
Pero el reducir las acciones de protección a una franja uniforme que operaría de manera similar en “fluviosistemas” tan diferentes como los bosques secos del Cauca, en un río de montaña como el Otún o en el caudaloso Atrato, es insuficiente para el trabajo ambiental al cual nos vemos avocados.
En Pereira existe un listado bien sustentado de bienes inmuebles catalogados como patrimoniales. Pero: ¿Cuál es su estado?, ¿Qué gestión se hace de él?, ¿Cómo se actualiza, de tal forma que se esté enriqueciendo y aumentando con nuevos elementos?.
Fotografías: Jhon Edgar Linares
Las sociedades que no conservan su memoria no tienen a que apegarse, no sienten que nada les pertenezca, y están des sujetadas radicalmente, lo cual incide también en la falta de compromiso con lo que les es común.
Por ello, la memoria es un hilo conductor que nos lleva de la mano, una línea invisible que conecta con el núcleo del que procedemos, ayudándonos a proyectar a las generaciones posteriores.
Casas de Luis Carlos González y Jorge Roa Martínez. Actualmene funciona allí el Concejo de Pereira.
Si no guardamos el testimonio (inmaterial y físico) de lo que hemos sido, no sabremos las razones de lo que somos, y no podremos comunicar a nuestros hijos el sentimiento de unidad que procede de ser parte de algo, de tener origen en imaginarios y referentes compartidos.
Me preocupa el patrimonio arquitectónico en el sentido de que éste guarda, como pocos, el testimonio de un pasado que a veces se nos antoja demasiado reciente como para preservarlo.
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En Pereira existe un listado de bienes inmuebles catalogados como patrimoniales, bien sustentado con razones técnicas, e incluido en el Plan de Ordenamiento Territorial, como una medida que pretende velar por su conservación.
Antiguo Edificio de Rentas. Una de las edificaciones consideradas patrimonio arquitectónico de Pereira. Actualmente funciona allí el canal Telecafé. Carrera décima con calle 17 esquina.
¿Qué gestión se hace de él?
¿Cómo se actualiza, de tal forma que se esté enriqueciendo y aumentando con nuevos elementos, resultado de la evolución permanente de las formas de sociedad, de las maneras de habitar, de los avances tecnológicos, y de los mismos cambios en los referentes estéticos?
¿Qué investigaciones se propician al respecto de lo que fueron esas otras comunidades, las de antaño, que habitaron aquellos lugares?
¿Cómo se relacionan las subjetividades (contenidos) con aquellos que llegan a ser sus continentes?.
Indagar sobre este pasado, relacionarlo con nuestro presente y permitir que él nos oriente sobre las decisiones futuras, es una tarea que tiene muchos aspectos por abordar, y escasa intención por parte de quienes deben velar por estos asuntos.
Las sociedades necesitan comprenderse para poder transformarse.
Y, en ello, el reconocimiento de las tradiciones de las que se procede, ya sea para afirmarlas, negarlas, o proponer innovaciones partiendo de ellas, es asunto de no poca importancia.
Casa Ochoa. Considerada la casa más antigua de Pereira. Carrera séptima entre calle 21 y 22.
En este camino de reflexión sobre nuestras mutuas procedencias, las edificaciones cumplen un papel significativo.
No existe ciudad importante en el mundo que desdeñe su arquitectura, que no priorice en la conservación de sus mejores exponentes, y que no tenga especial preocupación por develar las tramas que unen épocas, las subjetividades, y sus respectivas expresiones, plasmadas en creaciones materiales.
Recientemente se realizaron cambios a nivel local en la Sociedad Colombiana de Arquitectos.
Esta cruzada por el rescate, entendimiento, y proyección del patrimonio arquitectónico, bien podría ser una tarea que desde estos nuevos aires emprenda la SCA, buscando para ello apoyo en recursos destinados a la cultura.
Casas antiguas sobre la carrera séptima de Pereira
Entre otras razones, una ciudad que tiene dentro de sus objetivos el turismo, como propósito de primer orden, tiene la obligación de documentar su pasado, haciéndolo evidente de distintas maneras.
Una de ellas, protegiendo las diversas construcciones que han sido el reflejo de momentos diferentes en los que otros, como hoy nosotros, habitaron estas tierras.
Kingsman salta a la pantalla grande luego de haber sido un cómic. Esta es su segunda entrega como película, pretende ser una saga. Una mirada desde el interior de un problema que pone en jaque a toda la sociedad.
Título original:Kingsman: The Golden Circle Reino Unido, 2017, 144 min. Director: Matthew Vaughn Guión: Matthew Vaughn, Jane Goldman. Actores: Taron Egerton, Colin Firth, Julianne Moore, Mark Strong, Halle Berry, Pedro Pascal, Channing Tatum, Jeff Bridges. Género: Acción, espionaje, comedia. Basada en:The Secret Service de Mark Millar y Dave Gibbons Música: Henry Jackman, Matthew Margeson Fotografía:George Richmond
El espionaje posa de inteligente, como también de brutal, sin ningún tipo de contemplaciones.
Son hombres, y en ocasiones, -en las películas- mujeres, que no tienen detención frente a sus actos.
Juegan con el mundo y los demás, como si fueran máquinas desligadas de lo humano, dizque para salvar lo humano.
Kingsman salta a la pantalla grande luego de haber sido un cómic. En el 2015 estrenó una primera película, ahora vuelve con una nueva entrega. Pretende ser una saga.
En su segundo momento, denominado El Círculo Dorado, nos muestra una crítica abierta y fehaciente al fracaso de la lucha contra las drogas, hasta el punto de usar los comodines impensables para superar el crimen sin control.
Su propuesta es de extravagancia y sin sutilezas, como los pronunciamientos y burlas hacia eso que pretende enfocar.
Las drogas son manejadas por una mujer – interpretada por Julianne Moore-, cuyo nombre es Poppy, decidida a ser protagónica, como las otras mafias que ya tienen legalidad: el tabaco, el alcohol y varias sustancias que se venden en farmacias.
Su plan, es de un absurdo, que hasta puede ser real: contagiar a los adictos con un virus que los transformará.
De hecho, he ahí otra crítica, quienes consumen sustancias de manera irresponsable son conejillos de indias, de esas fábricas de producción y daño contra el ser humano.
En cualquier momento son usados para experimentar los efectos de lo que mandan al mercado, sin ninguna precaución o contraindicación.
Kingsman representa a lossemidioses de la justicia, son seres capacitados para matar y hacer una guerra, sin entrar en ella o haciendo parte, la ponen en su máximo esplendor.
Kingsman no escapa a esa ley, como tampoco a la de tener otros planes, así los hayan casi destruido por completo.
Habrá un resquicio por donde posibilitar alternativas que les permitan salir victoriosos en su lucha contra los bandidos, en este caso, pueden ser hasta ellos mismos quienes los financian.
Lo simpático, y que nos causa impacto y alboroto, es el derroche de quienes ostentan el poder, como la decidida Poppy.
Hace de las suyas, con su aparataje de perros robots, ya que desconfía de los humanos.
Su máquina de moler carne humana y hacer hamburguesas, tal cual como el desastre de las tomas de decisiones de los líderes políticos.
Pone en evidencia desde la ficción lo que en la realidad sucede con el desastre de quienes gobiernan el mundo.
Lo demás son volantines de acciones. Escenas cargadas de espectacularidad, conectadas con los adelantos tecnológicos que parecen no esconder ningún apretón económico.
Y también la mimética de los que hacen inteligencia, que pueden camuflarse en una industria licorera o en una marca de ropa inglesa.
La proclama de Poppy es progresista: legalizar las drogas, ya que combatirlas no ha llevado sino a infantiles situaciones.
Como es tan infantil y cruel el comportamiento de Poppy, y muchas veces, de quienes consumen sustancias sin medir las consecuencias.
Los británicos posan en este caso de quienes pueden poner el orden al caos, aunque también, participa de modo muy cínico el presidente de los Estados Unidos y sus secuaces.
Resulta que el plan B, luego del exterminio de la agencia Kingsman, son unos Statesman, los salvadores, al estilo de hombres del Lejano Oeste, quienes esperan contribuir a la salvaguarda del mundo.
Por lo pronto, ver esta película con los saltimbanquis de la inteligencia, nos conecta con el sucesivo repertorio de la agenda global, y en particular, ese agenciamiento sobre el fracaso de la lucha contra el fenómeno moral de las sustancias ilícitas.
Una pelea que cobra miles de vidas y que desgasta los recursos públicos, promueve estigmas, genera zozobras, más que alternativas.
Sin lugar a dudas, las palabras de Poppy pongan en evidencia la representación de una clase macabra de personas que ponen el combustible para dinamizar guerras en el mundo, promover segregaciones e irrumpir los contextos.
También lo hacen los gobiernos al ser copartícipes de iniciativas mediocres.
Kingsman es un relato inquieto de ese drama mundial implacable que pone en jaque a toda la sociedad.
Han roto su rutina por una causa noble: decir no a la minería ilegal con motobombas. Llegan en chancletas y algunos descalzos. El pavimento les pica, pero su ardor es justo.
Fotografía por Diego Val
Han dejado de sumergirse bajo el agua del río cauca para salir a protestar sobre la vía principal que conecta La Virginia con Pereira, y paso obligado hacia otros municipios y ciudades.
Su causa tiene un nombre, son los llamados “Guerreros de la Arena”, cerca de 120 hombres de piel curtida y manos fuertes, que hacen presencia con pancartas y palas, levantando su voz, para reclamar garantías en su trabajo de casi 50 años en la minería artesanal.
Fotografía por Diego Val
Van siendo las 6 de la mañana, y sin importar el frío, aunque todo indica que el sol les sonreirá, llegan tímidos con sus esposas para formar un cuerpo sólido y sindical, y así poder expresar su malestar de garantías fallidas y promesas encajonadas que las autoridades locales hicieron a este gremio de areneros de La Virginia
Fotografía por Diego Val
Hacen sonar las palas contra el concreto de la carretera principal, quieren hacerse oír, pero no es fácil hacerlo, porque son personas acostumbradas a tratar directamente con el río y sus bondades, y no con lo que la policía llama “desorden público”.
Los conductores de motos, automóviles y uno que otro camión detenido sobre la vía, y que miran de lejos a ese grupo como hormigas alborotadas, no pueden apreciar que muchos de ellos vienen en chancletas, pantalones cortos, camisas de futbol y sombreros anchos a la manifestación.
Fotografía por Diego Val
Y es que realmente venían a trabajar, pues se levantan desde las 3 de la mañana para tomar sus baldes, sumergirse en las profundidades del imponente río Cauca, y sacar uno a uno, metros y metros de arena hasta las 11 de la mañana.
Es su rutina, pero la han roto por una causa noble: decir no a la minería ilegal con motobombaspor parte de Minidragas, y pedir coherencia a las autoridades con las promesas de no revocar la licencia que poseen para trabajar.
Fotografía por Martha Alzate
Si dejaran de hacerlo, por lo menos 600 personas, que dependen de 200 Guerreros de la Arena dejarían de tener la Seguridad Social que el gobierno les exige para laborar, y de pagar los impuestos puntuales a la DIAN.
Maturana, que en realidad es Rogelio Martínez, representa para todo este grupo que protesta, la encarnación de Juanchito Marín, el héroe negro de la resistencia en La Virginia que abogó por la libertad e igualdad de sus hermanos.
Es el líder, y les habla como padre a todos sus compañeros, y pide dialogar con las autoridades.
Fotografía por Diego Val
Asegura que, aunque al gremio le falta educación, luchan por organizarse y así poder llevar el pan a la mesa, producto de la venta de arena.
Los demás callan cuando él habla, y siguen sus consejos.
Lo hacen porque en él encuentran que las peticiones que reclama los favorece a todos.
Por eso han venido decididos como un solo cuerpo a ser única voz ante los grandes que no deben regular quienes son y a qué se dedican.
Llegan en chancletas y algunos descalzos. El pavimento les pica, pero su ardor es justo.
Fotografía por Diego Val
Mientras llegan a un acuerdo con el teniente Edilberto García de terminar la protesta, las esposas de algunos de los manifestantes les sirven desayuno para tener fuerzas y así poder marchar hasta la Alcaldía, donde el mandatario de La Virginia, Javier Ocampo, los espera para atender los requerimientos de estos “Guerreros de la Arena”.
Lamentablemente este deporte se ha convertido en un gusto peligroso, se volvió el arte de rodar y no morir en el intento. La razón fundamental de los accidentes son los malos hábitos de conducción, tanto de ciclistas como de conductores de otros vehículos.
Les compartimos algunos tips de protección para ambos.
Es fácil desde La Florida, El Shakiro, Combia, Vereda Tambores, y otras tierras más, domingo a domingo, ver personas con vestimenta particular, que mientras ejercitan su cuerpo se regalan paisajes hermosos.
En Balboa, del que se sabe es ese pueblo obstinado encaramado en las montañas risaraldenses, que se mofa de unos balconcitos especiales que ofrecen tonalidades verdosas, sacadas de caturros, arábigos, cañaduzales y mucho plátano hartón, hay un grupo consolidado de ciclistas amateurs.
Ellos han sabido darle sentido a su cotidianidad cuando disfrutan de su paraíso natural, que han interpretado entre cadenas, pedales y bielas.
El ritual parece casi calcado. Toda montada de bicicleta empieza de forma similar: mensajes de texto en el grupo de WhatsApp desde el día anterior para coordinar las rutas y horas de salida, en el caso de algunos deben cuadrar primero la disponibilidad con los suyos, porque alguien debe quedar al mando de la responsabilidad familiar.
Ya con la logística cuadrada, Dubier y los demás, se amarran las zapatillas para darle una vuelta a la emoción. Antes, un poco de agua de panela con pan, servido por mamá amorosa para que empiece el pedaleo. Entre ocio y disciplina se echan a la montaña con el riesgo de no verlos más.
Apenas empezado el recorrido el éxtasis se toma el momento. Chasquidos de piedras en las llantas, viento sobre sus mejillas y la vibración del manillar dan fe de que la aventura ya es realidad.
Atrás empiezan a quedar la situación del país y las preocupaciones económicas, para darle paso a la inmensidad, al estado de forma y a la compartición social.
Los recorridos en bicicleta están conformados, además de paisajes extasiantes; por chanzas, conversaciones y negocios en la mitad del olvido, en donde se consiguen jugos, cafés y tortas de frutas de este paisaje cultural.
Lamentablemente este deporte se ha convertido en un gusto peligroso, se volvió el arte de rodar y no morir en el intento.
La práctica del ciclismo se ha incrementado en el departamento y en general en el país de forma palpable. Esta situación ha traído consigo la generación de accidentes de tránsito donde se ven comprometida la vida de los ciclistas.
Solo en la ciudad de Pereira durante el 2017 el Instituto de Movilidad ya reporta dos muertos y numerosas colisiones.
La razón fundamental de los accidentes son los malos hábitos de conducción, tanto de ciclistas como de conductores de otros vehículos. Entre las causas más repetidas figuran: el inadecuado uso de elementos de seguridad, invasión del espacio de los ciclistas y alcohol al volante de los conductores de otros vehículos.
Aún no se sale del asombro del caso presentado en la Variante La Condina el pasado domingo 8 de octubre donde perdió la vida Robinson José Serna Betancur, a manos de un conductor ebrio.
A propósito recuerda Dubier: “En estos días estábamos en una travesía, yo iba rodando detrás de mis compañeros, cuando de un momento a otro un jeep que iba repleto de gente pasó muy cerca de nosotros y tumbó a un compañero con el repuesto del carro. El señor del jeep siguió y dejó al compañero tirado, y al parecer nadie de los que iba con él le dijo nada porque nunca se detuvo a ver qué había pasado. Por suerte solo fueron raspones”.
Es angustiante para las familias que quedan en casa, el periplo habitual de sus tercos aventureros, porque no solo es el riesgo natural del infortunio en las rutas por terrenos inestables, piedras sueltas o faldas empinadas, sino la indolencia que no da valor al otro, evidenciada en la escena común del irrespeto al espacio de vida de 1.5 metros, entre vehículo y bicicleta, y por el contrario se traduce en pitos y gritos de “no estorben”.
Tomada de Innova Digital Media
Es de perogrullo decir que todos tenemos la misma valía, no somos sólo abogados, médicos, verduleros, luleros, presidentes, zapateros. Cuando estamos en la bici, aunque se nos olvida momentáneamente el mundo y sus preocupaciones, nuestros perritos, gatas, mamás, papás y demás, nos esperan para el próximo momento familiar. Que a veces no llega.
Por eso encarecidamente sugerimos a conductores de motos y automóviles tener en cuenta que:
El ciclista tiene, igual que cualquier ciudadano, el derecho y potestad de usar un carril de la vía.
Cuando adelante una persona que va en bicicleta, hágalo mínimo a un metro y medio (1,5) de distancia.
En calles de poca dimensión procure manejar con baja velocidad.
Cuando vaya a descender del vehículo cerciórese que no venga una bicicleta, antes de abrir la puerta.
Cuando conduzca detrás de un ciclista, maneje con una distancia de al menos 5 metros, para que pueda reaccionar en caso de ser necesario.
En los cruces ceda el paso a los ciclistas.
No conduzca en estado de embriaguez.
Tomada de SSPDF
Conscientes de que la responsabilidad en las carreteras es compartida, es perentorio que los ciclistas se ocupen de los siguientes aspectos:
Tener los elementos de protección básicos: casco, gafas, chaleco reflectivo e iluminación
Evitar el uso de ropa oscura, dificulta la visibilidad de los demás vehículos
Rodar a una distancia superior de un metro del borde de la carretera
No se sujete de otros vehículos.
Tomada de Secretaria de Movilidad de Medellín y el Fondo de Prevención Vial
“Con paciencia y sobretodo mucho respeto, todos cabemos en la vía”, asevera expectante Dubier.
Hagamos un pacto social de respeto y compromiso alrededor de la otredad.
Será menos complicado mantener entre nosotros la experiencia del pedal, para que la bici no sea la incertidumbre de rodar y morir en el intento.
‘A pata de indio’, como se dice en el argot popular, la caminata es de unas 4 a 5 horas entre bellos paisajes y terrenos nada amigables para los pies.
Katherine Hernández, una joven de 25 años, licenciada en Español y Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, llegó hace seis meses al internado indígena Purembará, ubicado en el Resguardo Embera Chamí, en esa parte de la selva chocoana que por el municipio de Mistrató se integra al departamento de Risaralda.
Fotografías: Elizabeth Pérez
“El primer día que llegué acá me sentía en otro país. Una lengua diferente, sus formas de vestir… Ha sido muy enriquecedor. Los estudiantes son muy silenciosos, tímidos, pero se van acercando lentamente…”.
Al pasar de los días, en medio de clases de español en las aulas y en las salidas de campo, de compartir con ellos, cuenta Katherine que “hemos podido establecer lazos comunicativos y afectivos”, a pesar de las diferencias culturales.
Fotografías: Elizabeth Pérez
A Katherine le ha rendido la vida. Antes de irse a vivir su primera experiencia en el campo, y con indígenas, adelantó sus estudios universitarios en la jornada nocturna, mientras en el día trabajaba.
Unas veces, como vendedora de bolitas de chocolate que prepara su abuela Mery Hernández, -a base de cacao con clavos y canela-, y otras haciendo visitas guiadas en la sede en Pereira del Banco de la República, o como monitora en el Jardín Botánico de la UTP.
Fotografías: Elizabeth Pérez
Durante la conmemoración de los 39 años del resguardo, LaCebraqueHabla conversó con ella. Les compartimos algunos apartes de la charla:
¿Qué ha representado para su vida haber venido a vivir y a trabajar al resguardo?
Creo que las palabras que podrían resumir lo que ha significado para mi vida han sido el desapego y la independencia. Porque acá, como puedes ver, no hay internet. Los productos que se pueden conseguir son escasos.
¿En qué sentido define el desapego?
Fotografías: Elizabeth Pérez
Es como desaprender ciertas cosas, pero también estar dispuesto y no cerrarse a aprender otras nuevas también, que enriquecen mucho. Nunca en la vida había vivido en el campo, ni zona rural ni nada semejante ni parecido. Si te vienes a vivir acá tienes que comprar todo en la ciudad, porque acá es muy escaso lo que puedes conseguir.
Nosotros estamos enseñados a unos modelos de producción donde tienes todo a la mano. He asumido el desapego desde ese punto de vista. Y con el internet ha sido muy complicado.
Fotografías: Elizabeth Pérez
¿De todas esas cosas, has logrado decir, esto no lo necesito?
Creo que he sido más práctica en eso. Comprar lo necesario del mercado, lo que consumo, y ya. Es trabajar mucho el desapego.
Aunque a veces Katherine se antoja de los mecatos que ofrecen en la ciudad, como los helados, comentó.
Fotografías: Elizabeth Pérez
Cada ocho días ha viajado a Pereira, sin falta.
La caminata es ardua. Baja y sube a pie, como lo hacen a diario los embera que por algún motivo deben ir a alguna otra vereda del resguardo, viajar a los pueblos vecinos a abastecerse de los productos necesarios para ellos. O en el más lejos de los casos: a Pereira.
Fotografías: Elizabeth Pérez
Como bien lo dice la joven profesora “venía de un lugar donde podía abordar un bus en cuestión de segundos, salir a dos minutos y tener todo a la mano. En cambio acá las condiciones son difíciles”.
‘A pata de indio’, como se dice en el argot popular, la caminata es de unas 4 a 5 horas entre bellos paisajes y terrenos nada amigables para los pies.
Pero para quienes apenas empiezan a conocer y a recorrer esas majestuosas selvas chocoanas, montañosas y como encantadas por el espíritu del jaibaná, puede durar inclusive más.
Fotografías: Elizabeth Pérez
Cotidianidad en el internado
Katherine está de regreso, muy puntual, cada nueva semana, para recibir a los estudiantes embera que llegan de distintas veredas al resguardo, donde estudian de lunes a viernes.
“Los lunes, como llegan de la montaña, empiezan tipo 8:30 o 9:00 de la mañana”.
El resto de la semana estudian en jornada única, de 8:00 am a 12 m y de 2 a 4 pm. A excepción de los viernes, que están hasta el mediodía.
Fotografías: Elizabeth Pérez
En total son 250 indígenas que llegan al internado cada semana. 80 de ellos, que están en secundaria, entre los 11 a 25 años, reciben clases de español con Katherine.
El internado fue fundado hace 39 años por la iglesia católica, hermana Laura Montoya Upegui.
Fotografías: Elizabeth Pérez
Cuando terminan la jornada escolar, ¿a qué se dedican?
En la cancha, juegan mucho futbol. Les gusta practicar el boxeo. Los jóvenes están muy influenciados por el reggaeton. Cantan con pistas. Algunos rapean en embera. Muchos sueñan ser artistas.
Además comentó que dentro de los roles asignados para hombres y mujeres en el resguardo, también hacen labores relacionadas con la cocina.
En sus seis meses de estadía en el resguardo, Katherine ha percibido la unión y el respeto entre ellos. “Aquí se respetan mucho las diferencias, las diversidades”, dice.
Fotografías: Elizabeth Pérez
En medio de la fiesta por la conmemoración de los 39 años del resguardo, Katherine destacó la importancia que tiene para los indígenas de esta comunidad su lengua materna,
“que la hablan como su primera lengua”.
“Eso es una gran ventaja que tienen sobre otras comunidades indígenas que ya no tienen su lengua materna”.
Fotografías: Elizabeth Pérez
También habló del arraigo por la forma de vestir de las mujeres, atuendo que asumieron como propio a raíz de la llegada de las monjas lauritas.
“Los vestidos tienen la particularidad de que los hacen manualmente, con la aguja, cada uno de los pliegues. Compran la tela y elaboran los vestidos. Los colores más relevantes son el verde, rosado, violeta, azul, colores muy vivos, que los mezclan con sus collares”.
Esos collares que para las mujeres embera son mucho más que un adorno. Cada uno tiene su significado.
Esta segunda parte desarrollada a modo de secuela en el año 2049, no deshonra a su memorable antecesora, e incluso es más que digna. Y gracias a los adelantos tecnológicos es más compleja e impactante.
Título original: Blade Runner 2049 USA, 2017, 163 min. Director: Denis Villeneuve Guión: Hampton Fancher, Michael Green (Historia: Hampton Fancher/Personajes: Philip K. Dick) Actores: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright, Edward James Olmos.Género: Ciencia ficción Basada en: Do Androids Dream of Electric Sheep? de Philip K. Dick Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch Fotografía: Roger Deakins.
Siempre preocupa la secuela de un clásico, de algo que no creemos pueda mejorarse.
Blade Runner, estrenada en 1982, fue en su momento un fracaso de taquilla pero con el paso del tiempo llegó a ser una película de culto, moviéndose entre el cine negro y la ciencia-ficción, recreando un futuro distópico y planteando argumentos audaces para la época, en aspectos como las clases sociales, la genética o lo qué significa ser humano.
Para esta nueva entrega existe una garantía importante, que inspira cierta confianza, para una segunda parte: la dirección de Denis Villeneuve, uno de los autores con más temple en el cine de actualidad.
La producción a cargo del padre de la primera e inolvidable criatura, Ridley Scott, y para completar, coescrita por Hampton Fancher, que fue el guionista de la precuela.
La trama se ubica treinta años después en una versión caótica de la ciudad de Los Ángeles, vigilada por un cuerpo de policía compuesto por replicantes, androides que parecen pensar y sentir, pero que en realidad lo que hacen mejor es obedecer a toda prueba.
Uno de ellos es K (Ryan Gosling), a quién se le encarga una importante misión con el objetivo de develar el misterio relacionado con la posibilidad de que los replicantes puedan reproducirse.
Niander Wallace (Jared Leto), desalmado creador de replicantes y obsesionado con esa posibilidad, decide ir tras K para apoderarse del secreto.
Necesitaría verla al menos una vez más para saber si en realidad me cautivó como nueva creación o tal vez existe cierta devoción nostálgica hacia la primera Blade Runner, que no me permite ver que al final era mucho más sencilla de lo que se cree.
Lo cierto es que la segunda parte, desarrollada en el año 2049, no deshonra a su memorable antecesora, e incluso es más que digna.
En cuanto a estética no falla, y gracias a los adelantos tecnológicos es más compleja e impactante.
Una fotografía espectacular, una vigorosa banda sonora (pese a algunos excesos cacofónicos) y un diseño de arte impecable, hacen de Blade Runner 2049 un deleite audiovisual.
Es una secuela original y delicada: el mundo del 2049 es más limpio e inerme, desiertos anaranjados, espacios vacíos, enormes montañas de basura, cultivos de niños subyugados.
Son escenarios que se mezclan con las luces de neón en calles surcadas por autos voladores. No es fácil distinguir qué rostro es humano y cuál artificial.
El entorno puede ser un holograma con los sonidos y texturas de un verde jardín, o la ternura de una mujer lista para amar.
Lo cierto es que la película de Scott era una obra sencilla, no digo simple, pero si construida a partir de elementos sintéticos.
En la de Villeneuve hay muchos intentos innecesarios de profundizar en la personalidad del protagonista, considero que se excede en las secuencias tipo ‘Her‘, con el holograma interpretado por Ana de Armas, que aunque estén muy bien hechas delatan la minuciosidad con que fue construida su personalidad.
Afortunadamente Gosling, y su típica y magnífica inexpresividad lo hacen muy similar, no solo en vestimenta sino además en soledad y melancolía al mítico Rick Deckard.
Por cierto, la chaqueta verde que luce durante toda la película, diseñada por Renée April, está hecha con algodón laminado y decolorado, pues en un mundo donde la comida es sintética no hay lugar para usar lana ni pieles de animales.
Un detalle que se ha ganado los aplausos de los animalistas sin dejar de lado su influencia en el mundo de la moda como lo hizo en los 80´s su predecesora. Según Jean Paul Gaultier: “nunca volví a ser el mismo después de verla”.
Para esta nueva entrega, hubo una novedosa estrategia de marketing para promocionarla, el lanzamiento de tres cortometrajes que ayudan a conectar las dos películas.
‘Blade Runner Black Out 2022’ que explica el acontecimiento conocido como “El Apagón”, el cual será muy importante en la trama, y nos permitirá entender qué ha pasado desde entonces.
‘2036: Nexus Dawn’, el segundo corto, que en realidad fue el primero en ser publicado, nos presenta por primera vez a Niander Wallace (Jared Leto), que en teoría es el villano de la nueva cinta.
‘2048: Nowhere to Run’, parece ser la última pieza del rompecabezas al conectarnos con la nueva película, ya que se desarrolla un año antes de los eventos de Blade Runner 2049, y nos relata la historia de Sapper, un replicante Nexus 8 que aparece en la última película.
Aunque Blade Runner 2049 tiene una trama compleja donde es fácil perderse, es en definitiva una película que merece la pena tanto como espectáculo visual como secuela de la emblemática película de Ridley Scott.
Los dueños de varios negocios alrededor coinciden en que este traerá prosperidad y armonía ciudadana. Además contará con un abrigo verde que dotará el sector de oxígeno y belleza.
Fotografías: Diego Val
No es un puente tan largo, pero está construido más que por concreto sólido de 30 cmts de espesor, por los sueños de miles de contribuyentes pereiranos que apuestan por una ciudad más integrada.
Nos referimos al Barranquero, el nombre de “el pequeño viaducto” como han apodado los vecinos del barrio San José al puente que unirá al centro de la ciudad con el sector de la Circunvalar, y que, al decir de ellos, es un gran regalo del Alcalde para la ciudad.
La Cebra que Habla paseó por el lugar y encontró belleza tanto en la estructura – que ha usado para su construcción productos e insumos de la multinacional Cemex -, y que será reforzada por vigas compensadas o tirantes de cables metálicos que lo hermanan al viaducto “César Gaviria Trujillo”, como en su historia y la forma en qué desde ya, en plena construcción, es mirado por los ciudadanos y los vecinos.
Su nombre obedece a esa curiosa especie de pájaro péndulo o Momotus momota, raro en colores, especial en su naturaleza. De ahí que se pretenda entrecruzar el color gris de la construcción con zonas verdes alrededor de este nuevo patrimonio urbanístico, que resalte la tendencia mundial de “ciudades ecológicas”.
También se habla de un monumento final en el lugar, representado el bello ejemplar.
Este proyecto gestionado dentro del Plan de Valorización de la anterior administración inició obras en 2015, y pronto verá la luz para su utilidad y deleite de las personas y los automotores.
Para ubicarnos en la malla vial, el puente será la conexión del par vial circunvalar que parte desde el sector del parque la rebeca y conecta con el centro a partir de la calle 13.
Los dueños de varios negocios alrededor del “pequeño viaducto” coinciden en que este traerá prosperidad y armonía ciudadana. Sara Castaño, administradora de una peluquería afirma que su clientela, con el pretexto de cortarse el cabello o hacerse la manicura, viene a preguntar y ver el avance del puente.
Es que todos están curiosos más que preocupados por su construcción. Y en esa misma actitud, Jonny Toro, mecánico con más de 10 años en la zona, reitera que ahora podrán cruzar con más seguridad la calle hacia el otro lado de la ciudad, ya que ha visto varios accidentes lamentables en el lugar, donde los peatones llevan la peor parte.
Hecho que pudimos comprobar al dirigirnos a hablar con la tendera Diana Pérez, que entre otras atenciones, vende arepas frescas desde las 3 de la tarde.
Entusiasmada nos explicó que lleva esperando 20 años por un parque en el sector, y ahora, está emocionada porque además del puente, van a hacer un abrigo verde alrededor que traerá oxígeno y belleza.
La obra no está construida en su totalidad, pero augura buena aceptación de parte de la ciudadanía.
Esto constituye un logro más para Pereira en este sector de puentes sobre la Avenida Ferrocarril, también para el progreso y la apuesta innovadora por una arquitectura ecológica que demande más espacios naturales y un trato respetuoso con el medio ambiente, trayendo no solo renovación sino beneficios sustentables para la comunidad.
Se trata de San Isidro, Miraflores y Barranco. Diversas opciones para el visitante, casonas de otras épocas, generosos espacios verdes, balcones, comida típica, paseos coloridos al lado del mar, parques, ciclorutas.
Conózcalos en estos recorridos que hacemos para ustedes por diferentes lugares del mundo.
Fotografías: Martha Alzate.
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Una extraña temporada, extraviada en esta ciudad, intentando llevarme de ella lo máximo posible.
Tomo un taxi, rentado por horas en el hotel, y le pido que me lleve a los distritos de San Isidro, Miraflores y Barranco.
Una vez desembarcada en las calles amplias del distrito de San Isidro, con sus magníficos antejardines y arborización, empiezo a caminar dejándome guiar por el instinto y por las sensaciones que puedo ir percibiendo.
Recorro y mis ojos se llenan de esas casonas, hoy amenazadas por el avance de las edificaciones de varios pisos, que parecen resistir pese a saberse sentenciadas. Pocas son aún ocupadas por familias. Esas mismas que a comienzos del siglo pasado las habitaron y se dejaron seducir por sus fachadas, soñadas por buenos arquitectos.
En esos balcones, detrás de esos portones, en sus escaleras, cuántos amores se habrán perdido. Cuántos secretos, dramas familiares, rivalidades, ilusiones soltadas a volar por encima de estas colinas que, en los distritos cercanos, descienden al mar.
Foto archivo particular.
Me encantaron sus parques, concebidos en un balance entre senderos peatonales hechos de concretos sin color y jardines distribuidos a los pies de los árboles que aspiran al cielo. Por secciones. Unas son rojas, las otras rosas, y más allá amarillas o lilas.
Todo tan cuidado, tan apacible, sin obstáculos que impidan el pleno disfrute del espacio público que acompaña a los residentes de los edificios vecinos. Sosiego de verde en medio de un agite que aumenta día a día, distrito convertido en corazón financiero de la capital limeña.
Sin embargo, las diferentes actividades parecen convivir. Más cerca de la Avenida denominada el Zanjón, se nota un incremento del vértigo propio de los centros de negocios, economía en ebullición.
Pero este frenesí va disminuyendo, digamos en el sentido norte, hacia lo que fuera antaño el Country Club (hoy convertido en un lujoso hotel), y las calles se vuelven disfrutables, respirables, apacibles. No hay ruidos. Y el vecindario se ve limpio y ordenado.
Foto archivo particular.
Se dice que su Alcalde es estricto, y según lo que puede apreciarse, seguro lo es. En mi recorrido pude contemplar cómo los agentes de tránsito amonestaban a conductores que, desconsiderados, ocupaban aceras y antejardines. No fueron muchos los que vi en tal situación, porque, en general, la red peatonal es amplia y bien conectada, y se encuentra despejada para el uso de los peatones.
Perdida por estas calles llegué a El Olivar. Recordé que GHL, la más grande empresa hotelera de origen colombiano, administra un hotel allí, en pleno parque. Efectivamente, la edificación enmarca este espacio público, que toma su nombre del cultivo de árboles de olivo que, peculiarmente, adorna buena parte de su extensión.
En la página web del distrito de San Isidro puede leerse: “Fue declarado Monumento Nacional el 16 de diciembre de 1959, bajo Resolución Suprema N° 577. Actualmente existen 1600 olivos aproximadamente y 200 árboles de diferentes tipos dentro del Bosque”.
Para llegar allí, tomé el camino que conecta con la iglesia de la Virgen del Pilar, otro de los edificios icónicos del distrito de San Isidro. Allí, confluyen una serie de vías, que se relacionan justo enfrente de la iglesia a través de una glorieta, elemento vial al que concurren siete caminos.
Iglesia de la Virgen del Pilar. Foto archivo particular.
En el bosque El Olivar, también se puede visitar el centro cultural, en el que se ofrecen constantemente actividades culturales y sociales, destinadas a la población que habita el distrito. Diferentes servicios de salud, psicológicos o simplemente de integración comunitaria, pueden disfrutarse en varios de estos centros de desarrollo ubicados en el distrito.
En el lugar desembocan callejuelas, en las cuales es posible internarse para disfrutar de la arquitectura de las construcciones, las casas y los edificios, que en general es de una factura estética considerable. A horas de almuerzo, pueden verse muchas personas que toman su tiempo de descanso allí, usándolo también como lugar de alimentación.
Saliendo de San Isidro, tomo un taxi que habría de llevarme al distrito contiguo de Miraflores. Me voy con la belleza de su ambiente aún barrial, pegada a mis ojos. No sin antes entrar a una tienda vecina al centro cultural. En ella, al lado de rollos de papel higiénico, verduras y víveres de todo tipo, se ofrecen productos de panadería recién elaborados, y pude tomarme una bebida caliente acompañada de dos besos de moza. Imperdibles.
Miraflores es otra cosa. Más turístico, menos auténtico, con más edificaciones de una arquitectura importada, tipo Miami. Muchos edificios de espejos, hoteles y lugares hechos para los visitantes. Nada propio, más bien un lugar fabricado cuya oferta satisface el gusto de quienes arriban a la capital peruana en busca de sus leyendas gastronómicas.
Por recomendación de algunos limeños, acudí al restaurante Panchita. Una puesta en escena de comidas típicas al mejor estilo de las fusiones contemporáneas. Pregunté al mesero (puede haber sido un error) cuál plato me recomendaba. En general, las personas que prestan el servicio en hoteles y restaurantes me parecieron sumisas y tuve la impresión de que se marcan aún mucho las diferencias de clases en esta ciudad, puesto que hay una distancia con tufillo aristocrático entre quienes “sirven” y aquellos que son “servidos”.
Como era evidente, el mozo me recomendó platos de su apetencia, una especie de tamalito para picar, y de plato fuerte un guisado: comida típica gourmet. El restaurante es muy bien puesto, con una decoración atractiva y una concurrencia abundante.
Esta adaptación de los platos típicos a una propuesta de alto estándar, obviamente, es acompañada por un valor considerable de los precios de los platos. No obstante, fue una buena alternativa, y de allí partí al centro comercial Larcomar.
Este es un shopping mall típico, con sus tiendas de marcas extranjeras y restaurantes proyectados al mar. Tiene como única virtud, a mi juicio, el estar enclavado en la roca, especie de muralla, que sostiene a la ciudad y la proyecta desde sus alturas hacia el mar.
Una distancia considerable, que no puedo calcular y cuyo dato me fue imposible encontrar, lo separa del denominado circuito de playas o vía de la Costa Verde. Antes de su construcción, a las playas de Lima se accedía por escaleras que se descolgaban desde este acantilado, conocidas con el nombre popular de “bajadas de los baños”.
El circuito de playas circunda hoy varios distritos: Chorrillos, Barranco, Miraflores, San Isidro, Magdalena, San Miguel y Callao. Fue concebido a mediados del siglo pasado como una vía rápida de conexión entre los diferentes poblados que, con el tiempo, fue absorbiendo el área metropolitana de Lima.
Lo recorre, por el borde superior del acantilado, un paseo peatonal y de cicloruta bastante interesante. Espacio público que permite disfrutar de las vistas al mar, y que es en sí mismo un importante lugar de encuentro y disfrute ciudadano.
Caminando por él, se pueden observar a la vez los grandes edificios y las que fueron villas de recreo, igual de sentenciadas a desaparecer que sus vecinas de San Isidro. Aunque menos conservadas, más bien escasas, permiten evocar un pasado que se escapa, como el vapor de las nubes bajas que cubren a Lima en este período del año.
No pude evitar la ensoñación de lo que pudo haber sido habitarlas, y conciliar sueños arrullados por el estallido de las olas, que, aunque mucho más abajo, se escuchan con toda nitidez.
Me detuve a pensar que habría sido de mi sí al frente de mi propia casa, en la infancia o la adolescencia, hubiese estado allí. ¿Cuál habría sido mi instalación en el mundo, cuáles mis recuerdos de juegos y rondas en compañía de otros, esporádicos vecinos?
El tránsito de los poblados aledaños a la gran Lima, que esta fue devorando en su expansión, debe estar instalado en los recuerdos de muchos limeños, y esas bellas construcciones son, aún, las guardianas del eco de lo que alguna vez fue.
Hoy, por el contrario, Miraflores es un distrito para turistas. Y quienes viven allí, en edificios de relativa buena factura arquitectónica (los que pueden verse sobre la vía que circunda al boulevard peatonal, a orillas del acantilado), seguramente se ven sometidos a soportar en su cotidianidad la invasión de la horda que nada entiende de lo que guarda como memoria este distrito, que antaño fue una joya de recreo, vacacional exclusivo para los lugareños.
Parto de allí a la velocidad de mi conductor de taxi, quien emocionado me lleva a dar una vuelta por el Parque Kennedy. Mostrándome como una gran novedad la calle en donde pueden visitarse no sé cuántas pizzerías.
Es para mí una especie de decepción, ese gran espacio público, deteriorado y repleto de ventas, circundado por establecimientos de comercio, que no tiene ni de asomo el alma de los parques de San Isidro.
Foto archivo particular.
Pero, así es el gran turismo, depreda y degenera lo que se encuentra a su paso, le roba el alma y lo convierte en algo totalmente inauténtico.
Para finalizar este día, soy llevada por Juan (así se llama mi conductor) al distrito de Barranco. Este se conoce como el distrito bohemio de Lima. Apenas si me detengo en él.
Foto archivo particular.
Todavía es temprano en la tarde, y como allí lo que se desarrolla es una gran actividad nocturna, en bares, discotecas y restaurantes, que han poblado lo que antaño fueron coloridas casonas de recreo, a mis ojos parece un paisaje muerto. O más bien, somnoliento.
En la tarde Barranco parece dormir la curda, y yo ya estoy agotada de tanto recorrer. Hubiera querido ir también a La Molina, pero no sólo está tarde y este suburbio queda lejos de donde nos encontramos, sino que sus condominios privados están vedados para la observación de visitantes, extranjeros como yo.
Foto archivo particular.
Decido que ha llegado el fin de la jornada y es hora de que Juan me regrese al hotel. Fin del recorrido por los distritos de Lima.
La construcción asemeja a la casona de una hacienda, hecha para el disfrute, que ningún visitante al país de los incas se debe perder. Su arquitectura además no es accesoria a lo que constituye el lugar, incluido por TripAdvisor como uno de los 25 museos más destacados del mundo.
Guiados por Eduardo Subirats, llegamos a la casona que hoy ocupa el Museo creado por Don Rafael Larco Hoyle.
Don Rafael fue hijo de terratenientes dedicados al cultivo de azúcar en sus haciendas del norte del Perú. A través de las exploraciones realizadas en sus propios terrenos y de la compra de colecciones muy completas de cerámica precolombina, su familia logró consolidar una impresionante muestra que se exhibe en la casa diseñada para tal fin, ubicada en el Distrito de Pueblo Libre, al sur oeste del centro histórico, en el área metropolitana de Lima.
La construcción asemeja a la casona de una hacienda, hoy rodeada por la urbanización, pues está insertada en una barriada compuesta en su mayoría por casas de habitación de uno y dos pisos. Separada de este entorno por muros de tapias, se encuentra ubicada enfrente de un parque.
Su arquitectura reproduce la de las villas coloniales del S XVIII, aunque la casa original fue comprada a mediados del S XX por Don Rafael, a la familia Luna Cartland, realizando sobre ella las adaptaciones que él quería para darle, según sus propias palabras, “el sabor colonial”.
Para acompañar de mejor manera este estilo arquitectónico, Don Rafael incluyó algunos objetos de la antigua villa de recreo de los marqueses Herrera y Villa Hermosa, ubicada hasta su insólita destrucción en la provincia de Trujillo.
En la historia del museo, consultada en su página web, puede leerse “El nuevo Museo Rafael Larco Herrera no sólo fue construido en el estilo arquitectónico del siglo XVIII sino que incorporaba rejas, puertas, columnas, vigas y cerrojos de la casa solariega de los marqueses de Herrera y Villahermosa en Trujillo”.
La arquitectura de la casa no es accesoria a lo que constituye este museo, incluido por TripAdvisor como uno de los 25 mejores museos del mundo el pasado septiembre.
La majestuosidad de la casa que alberga la extensa colección de piezas precolombinas permite al visitante un doble disfrute.
No sólo se está en presencia de un gran número de artículos de joyería en oro y plata, de cerámica y tejidos, instrumentos elaborados usando conchas y otros materiales naturales, armas, vasos y cerámicas rituales, esculturas hechas en madera, piedra y metales, entre otros tesoros que representan diferentes culturas y dan cuenta de la evolución de sus artes, dominio de los materiales, e iconografías en distintos períodos históricos; sino que la misma casa favorece la exhibición resaltándola al constituir ella, en sí misma, una construcción de extrema belleza.
Rafael Larco, quien es considerado uno de los precursores de la arqueología peruana, fue un estudioso de los períodos y las distintas civilizaciones que poblaron no solo las costas y los valles, sino la sierra de este país. Sus frecuentes trabajos de exploración en campo le permitieron proponer, en 1950, un cuadro de clasificación de períodos, en lo que él denominó las 7 épocas peruanas.
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En la exposición permanente del museo, destacan los atuendos ceremoniales, tejidos con oro y plata, con los cuales los gobernantes de los poblados indígenas garantizaban mostrarse ante sus pueblos como enviados directos de los dioses. En públicas apariciones, se mostraban ataviados con estos bordados de metales preciosos, a los cuales el reflejo del sol hacía brillar hasta otorgarles a quienes portaban tales atuendos el aspecto de una divinidad.
Es significativa, también, la diversidad de técnicas, materiales, e imágenes que acompañaron a los varios pueblos indígenas del Perú. Desde cerámicas en tonos negros hasta aquellas cuyas inscripciones y grabados aparecen marcados por los tradicionales colores terracota. La multiplicidad de diseños, formas, evocaciones y utilidades (como las de los vasos rituales o los morteros) de las cerámicas, rivalizan con la belleza de tapices, tejidos y joyas exhibidos.
La cosmogonía aborigen abunda en representaciones de las energías de la naturaleza asociadas con animales. Como aquel que combina el felino, el ave y la serpiente: el ser mitológico que reúne a estas tres especies, representa las fuerzas de los tres mundos (el de abajo –subsuelo-, el de en medio –la tierra-, y el de arriba –el cielo-).
Su imagen se muestra en múltiples combinaciones en donde el lugar ocupado por cada animal varía, según tenga cabeza de ave, patas de felino y cuerpo de serpiente, entre otras maneras de evocarlo. Al respecto de esta figura en particular, existe un punto clave en el arte precolombino denominado la antropomorfización del felino: dioses de forma humana representados con los poderes sobrenaturales del felino.
Igualmente, pueden observarse vasos con narraciones mitológicas inscritas, que representan luchas de los dioses (por ejemplo, uno de los dioses principales, llamado Ai Apaec por Rafael Larco) con otros seres mitológicos del mundo marino y del cielo nocturno.
Otro aspecto llamativo es la exhibición de retratos, particularmente de la cultura Mochica, que fue una de las pocas civilizaciones que hizo verdaderos avances en esta técnica.
En la muestra permanente pueden recorrerse los estadios de desarrollo y fusión entre expresiones de distintos pueblos presentes, sobre todo, en el Norte del país. E, igualmente, se constata con precisión el momento del impacto que generó la colonización, y como esta introdujo elementos europeos en el mundo de representación típicamente andino.
Nuevas técnicas y variaciones en los temas, como el tradicional del hombre-venado: “Tras la conquista española aparece una variación de este tema: ahora el hombre poderoso carga a un felino. El dios felino, por primera vez en el arte andino, aparece sometido y derrotado como si fuera un venado, reflejando el efecto del proceso de Extirpación de Idolatrías”.(Texto tomado del libro Museo Larco, tesoros del antiguo Perú).
Otro aspecto llamativo presente en los objetos exhibidos es la manera de llegar al sacrificio ritual. A él se accedía por medio del combate, en el enfrentamiento de los guerreros armados con sus porras y escudos. La lucha era cuerpo a cuerpo en espacios abiertos, y terminaba cuando un guerrero le quitaba su casco y su indumentaria al otro. El vencido era conducido hacia el sacrificio, y en los vasos rituales se vertía su sangre para presentarla ante los dioses como ofrenda.
Terminando el recorrido por las salas, en otra ala de la casona, se accede a una galería muy particular. Es aquella dedicada al arte de contenido erótico. En ella, abundan cerámicas en las cuales se representan la fertilidad, la concepción, el parto, el intercambio sexual entre parejas de opuesto e igual sexo, y algo muy particular, la figuración de la cópula de seres vivos con los muertos, y entre seres con rasgos sobrenaturales (divinidades).
En la cultura Mochica, estas figuras están vinculadas a las prácticas funerarias y a los sacrificios. Masturbaciones, felaciones, penetraciones anales, o manipulación mutua de genitales, constituyen las imágenes presentadas por esta extensa colección de carácter sensual.
En muchas de ellas lo figurado no es la procreación, y la relación con los muertos se concibe como un riego hacia el mundo de abajo, a partir de la emisión de semen, para que los muertos puedan cumplir la labor de fecundar el suelo del mundo de en medio.
Por su variedad representativa de numerosas tradiciones y períodos del mundo precolombino, por su magnífica casona colonial de muros de tapias, corredores de baldosas hechas en piedra, profusos helechos colgantes, jardines espléndidos, el museo Larco es una joya de la arqueología, hecho para el disfrute, que ningún visitante al país de los incas se debe perder.
La casa me enamoró igual o más que los artefactos precolombinos. Sus jardines, su cuidadoso diseño, la mezcla de materiales de pisos y paredes, sus pérgolas repletas de enredaderas, árboles, materas, bancas, espacios, circulaciones, y sus particulares y coloridas mezclas de buganvilias que crecen soberbias sobre sus muros de tapias muy blancas.
Para rematar, un restaurante estupendo, en el que se come de manera exquisita en un ambiente de belleza y armonía colonial, evocación del pasado señorial en el que está inscrita la tradición peruana.