Una columna llamada CrockNICAS MARCIANAS de Joselo en Excelsior
El otro día, de forma muy amable y educada, le pregunté a mi amigo el Chino que qué había desayunado y me dijo: quesadillas. “¿De qué? ¿De queso?”, inquirí, y el me volvió a responder: “quesadillas”. Y yo, “por eso, ¿de tinga, de flor, de queso?”, y el me volvió a decir: “quesadillas”. Así nos pasamos un rato, como si fuéramos personajes de Chespirito, repitiendo: “¿de queso?, quesadillas, ¿de queso?, quesadillas”. Un chiste que sólo a nosotros nos da risa y mientras más lo repitamos, pues mejor.
Otro amigo nos escuchó y nos dijo: ¿y ahora qué traen? Y el Chino respondió: “es que estos chilangos no entienden que si se llaman quesadillas, entonces son de queso”.
Claro, el Chino es de Guadalajara, y no sé por qué a todos los que conozco de allá (que son muchos) les molesta que en la Ciudad de México existan las quesadillas de hongos, por ejemplo, y que, aunque las pidas sin queso, se sigan llamando así.
Yo nací en Minatitlán, Veracruz, pero viví allá sólo siete años, así que realmente me considero chilango, aunque la verdad primero soy sateluco. No dudo que el lugar en el que crecí influyó mucho en mi forma de ver la vida: las costumbres, la forma de relacionarte, el modo en que le llamas a las cosas. Todo eso forma tu personalidad. Por eso entiendo que no es personal el odio que el Chino le tiene a las quesadillas que no llevan queso. Es un odio que les inculcan a todos los que nacieron en Guadalajara. Me los imagino de morritos, o sea, chiquitos, que El Gran Maestro Jalisquillo les dice: “Mira, mijo, cuando vayas a la Ciudad de México y te ofrezcan quesadillas sin queso, enójate mucho, porque, ¿dónde se ha visto que una quesadilla no lleve queso?”
En parte estoy de acuerdo con su enojo. Una enfrijolada lleva frijoles. Una entomatada, tomate. Pero hay enchiladas que no enchilan, no pican nada, y de esas nadie se enoja, nadie reclama por el nombre. Así que, ¿cuál es el problema? De todos modos, por afuera todas las quesadillas se ven igual, sean de queso, de hongos, de flor de calabaza, de rajas, de papa con chorizo, de tinga. Yo las pido sin queso, pues ya no tolero lácteos. Supongo que desde hace mucho me pasa esto, pero hasta ahora le estoy haciendo caso a mi cuerpecito lindo.
A mí me conviene que existan quesadillas sin queso y no tener que inventar un nuevo nombre para pedirlas: me da una hongueadilla, una papadilla, una tingadilla o una rajadilla. Bueno, ya me entendieron.
La verdad es que me divierte mucho que se enojen. Me gustan las diferencias, siempre y cuando éstas no nos lleven a pelearnos. Me gusta la diversidad. Uno pensaría que en estos tiempos de globalización todo se estandariza. Las modas se repiten de pueblo a pueblo, de ciudad a ciudad, de país a país. Pero hay ciertas cosas que se mantienen intactas. Sobre todo aquellas en las que nadie repara, las cosas pequeñas. Palabras que se han usado durante tanto tiempo que cada persona cree que se usan en todo el mundo de habla hispana, y que alguien dentro del mismo país va a entender claramente. Me encanta descubrir palabras nuevas, y que el que las usa no pueda explicar su significado: “Ajerar, ¿que qué es?, pues eso: ajerar, ¿no me entiendes?”, “ése está diciendo puras borucas. Borucas, ¿a poco no sabes qué es?, pues es así como… deja ver cómo te explico”. “Cuando íbamos en secundaria, ese vato era mi rodilla. Me enteré mucho después… ¿rodilla?, ¿a poco no lo usan allá en el DF?”
Las tortas ahogadas, plato típico de Guadalajara, ya están cambiando. Ahora hay de pollo, de camarones, de panela. Recuerdo hace décadas que sólo había de carne de cerdo. ¿Y si un día, por alguna razón, cambian tanto que ya ni están ahogadas?
Ok, ok, estoy diciendo puras borucas. Mejor termino esta columna y ya. Ni para qué defiendo las quesadillas sin queso, al cabo ni tengo un puesto ni recibo regalías de ese gran invento chilango.
Por considerarlo de sumo interés en esta época de pandemias, incertidumbres y especulaciones, compartimos la siguiente reseña bibliográfica.
En sus conocidos Anales Lawman, el religioso islandés Einar Haflidason (1307-1393) lo cuenta así:
“En aquel momento, un barco zarpó de Inglaterra con mucha gente a bordo. Llegó al puerto de Bergen y se descargó una pequeña parte de la mercancía. Entonces, toda la gente del barco murió y tan pronto como aquellos productos llegaron a la ciudad, sus habitantes empezaron a morir. Por otro lado, la pestilencia se extendió por toda Noruega y causó tal estrago que no sobrevivió más que una tercera parte de la población. El barco inglés fue hundido junto a su capitán, los hombres muertos y la mercancía restante…”
Así empezaba todo en los años de la peste: unos combatientes que vuelven de la guerra; una caravana de mercaderes que cruza el desierto; una cofradía de peregrinos que regresa a casa después de visitar los lugares santos; un barco repleto de mercancías… y de ratas infestadas de pulgas y piojos.
Luego un hombre aquí y otro allá empezaban a quejarse de dolores de cabeza, fiebres, vómitos y temblores.
Al mismo tiempo aparecían manchas en la piel y pequeños tumores en algunas partes del cuerpo.
Entonces se desataba la mortandad. No había lugar del mundo conocido que pudiera escapar a ella: Mongolia, India, Turquía, Rusia, España, Egipto, Italia, Francia.
Y luego el Nuevo Mundo.
Cada cierto tiempo la tierra entera se convertía en una aldea de apestados.
El pavor se apoderaba de todos: hombres y mujeres; niños y viejos; ricos y pobres; poderosos y desvalidos; frailes y laicos; bellas y feas: todos intentaban escapar hacia algún lugar inexpugnable.
Pero más temprano que tarde la peste los alcanzaba.
Entonces, cada quien buscaba su propia explicación: la ira divina, la anómala conjunción de los astros, “los humores malignos” del cuerpo, las emanaciones cósmicas.
Y, claro, “Los maleficios de los judíos”.
La ciencia apenas daba sus primeros pasos en el método de ensayo y error. Por eso, a nadie podía ocurrírsele que las pulgas, piojos y niguas tuvieran que ver en el asunto.
O las temibles ladillas del vello púbico.
Y menos podían sospechar que las ratas, ardillas y otros roedores tuvieran su parte en la pesadilla.
Con sagacidad y paciencia de detective, el gran biólogo y entomólogo español Xavier Sistach (Barcelona, 1962) se dio a la tarea de seguir la estela negra de la peste, desde las páginas del Antiguo Testamento hasta nuestros días.
El resultado es un colosal libro titulado Insectos y hecatombes: Historia natural de la peste y el tifus.
A lo largo de sus 844 páginas, Sistach apela a todo el legado de médicos, poetas, clérigos, cronistas, músicos, mercaderes, anatomistas, biólogos, reyes, políticos y científicos en su intento por mostrarnos un panorama de las pestes, sus orígenes, causas y consecuencias.
Así, llevados de la mano de Xavier SIstach, leemos en la pluma del cronista Marchionne di Coppo Stefani, también conocido como Baldasarre de´Bnaiuti:
“En el año del señor de 1348 se presentó una peste muy grave en la ciudad de Florencia y en su distrito. Fue de tal furia y tan tempestuosa que incluso en las casas que tenían criados sanos, a los que se había aislado del exterior, murieron de la misma enfermedad. Casi ningún enfermo sobrevivió más allá del cuarto día y ni los médicos ni las medicinas resultaron eficaces”.
Lejos de limitarse a las descripciones propias de su profesión, el autor nos ofrece un fresco histórico en el que muestra el trasfondo económico, social, político, cultural y religioso en el que se dieron las grandes acometidas de la peste.
Para lograrlo, no duda en acudir a las páginas de El Decamerón, la obra de Giovanni Boccaccio cuya acción transcurre en el año de 1348, justo cuando la peste asolaba la ciudad.
“Ya habían transcurrido los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que, por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas, fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección”.
De a poco, Sistach descorre el velo sobre las criaturas encargadas de ejecutar la ira de Dios.
Se llaman Pulex irritans, descubierta por Linné, Xenopsylla cheopis, desenmascarada por Rotthschild y Nosopsylus fasciatus, cuyo descubrimiento es atribuido a Bosc.
Detrás de esos nombres tan elegantes se esconde una legión de insectos portadores de la peste, es decir, los vectores de la enfermedad, conducidos hasta los hombres por las ratas y otras alimañas.
Por eso las trincheras, los barcos y los graneros han sido algunos de los grandes focos, según descubrimos a medida que avanzamos en la lectura.
Como descubrimos que en la familia de célebres banqueros Rotschild había varios entomólogos avezados.
O que los años de la peste vieron florecer esas formas de filosofía solo posibles en los casos más desesperados: las que aconsejan entregarse a los placeres y tomar la flor del día antes de que la guadaña de la muerte cercene toda posibilidad de dicha terrenal.
Para que nos hagamos a una idea de los alcances de esa guadaña, el libro está ilustrado con cuadros comparativos que muestran los lugares y las épocas de mayor virulencia de la peste: el mapa de la hecatombe.
Por ese camino asistimos a los avances de la ciencia, al tesón e los investigadores capaces de inocularse el mal en el propio cuerpo con tal de encontrar el remedio adecuado.
En ese intento murieron miles de científicos y médicos, pero también nacieron muchas instituciones consagradas a salvar vidas.
Pero está también la otra cara: como ha sucedido siempre a lo largo de la Historia, el desastre devino tierra abonada para especuladores, oportunistas y charlatanes, como bien lo documenta Daniel Defoe en su tan celebrada obra Diario del año de la peste, citada por Sistach en la página 648 de su libro:
“Los gritos de mujeres y niños en las ventanas y puertas de las casas en donde tal vez sus parientes más próximos estaban agonizando, o acababan de morir, se oían con tanta frecuencia al pasar por las calles, que oírlos bastaba para destrozar el más duro de los corazones. Estos terrores y este pánico de la gente llevó a caer en innumerables necedades, locuras y maldades, y no faltaron consejeros realmente perniciosos para alentarla a seguir este camino, que no era otro que el de correr a consultar adivinos, magos y astrólogos, para conocer su destino, o, como se dice vulgarmente, para que les dijeran la buena ventura, les hicieran su horóscopo, y demás cosas por el estilo”.
Para que su relato y sus análisis no se vuelvan farragosos, Xavier Sistach está dispuesto incluso a hurgar en lo mejor de la picaresca si eso le sirve para aproximarse por un atajo al mundo de los insectos causantes de la peste, según se desprende de estos versos dedicados por Étienne Pasquier a Mademoiselle Desroches:
“Plazca ahora a Dios que yo pudiera convertirme en pulga/ Pues alzaría el vuelo hasta alcanzar tu cuello/ O con una suave rapiña succionaría tu pecho/ O lentamente, paso a paso, me deslizaría más abajo/ Allí, como un juguetón amordazado, Yo sería pulga idolatrada/Pellizcando yo no sé qué/ Que me gusta mucho más que yo mismo”.
Hasta para esos deleites da este libro formidable.
Salute, señor Tomás Ramsur. Declara usted desde la bandeja de comentarios del 2 de agosto que no ha matado a ningún crítico literario. Si admitimos que dice la verdad, las sospechas que deslizó el escritor Jaiber Ladino en torno de su nombre quedarían descartadas. Considero prudente esperar, no obstante, los avances de la investigación emprendida por el joven fiscal Morelli. “Vale La Pena”, por lo tanto, sospechar de Lord Violeta, quizá el más anfibio de los azuzadores de la polémica intelectual pereirana.
Expresa usted que “Los críticos son bienvenidos en mi casa”. ¿Debemos presumir que el crítico asesinado estuvo en la suya? ¿Sabía usted de la factible existencia de la maleta que el crítico literario escondió con celo en la antigua casa de Héctor Escobar Gutiérrez, según lo corroboró la tía bailarina a este reportero en días pasados, cuando me disponía a cotejar datos para mi entrega fallida de la crónica policial “Tía de crítico literario lanza una explosiva hipótesis sobre crimen”? La maleta, con huellas de saqueo, fue recogida en custodia por agentes del GAULA en el parque del sector de Providencia.
Probable maleta viajera de crítico literario. Expendiente del fiscal Morelli, p. 466.
Me cuestiona usted, señor Ramsur, si mi labor de informar obedece a un asunto de resentimiento, de ajuste de cuentas. Para nada. Lo mío hace parte de un ejercicio de comprensión de la realidad. Es necesario preguntar, esclarecer. Por esta vía, ¿leyeron y examinaron ambos alguna obra literaria pereirana que les haya parecido interesante, digna de un comentario en La Cola de Rata? ¿Qué piensa usted del canon escolar, dividido por géneros, que el periodista Molano Gaona desliza, subterfugiamente, en la hipotética discusión que dio pie al crimen intelectual de la 29? Que el espíritu aristocrático de Marinetti lo siga acompañando en su apacible tarea de cultivar pomodoros y berenjenas, mientras en El Ubérrimo, esa mesiánica tierra de 1500 hectáreas, se cuecen habas.
Expresa el director de noticias Ecos 1360 Andrés Botero, con tono airado: “¿Y yo que putas tengo que ver en esta historia?”. Intentaré dar respuesta a su inquietud de un modo sereno: ¿Y yo que culpa tengo que el joven fiscal lo haya buscado a él para hacer declaraciones sobre el aleve crimen borgiano cometido en la persona del crítico literario, cuya verdadera identidad aún no se esclarece?
Temida periodista Elizabeth Pérez, me confunde usted con sus apreciaciones del 3 de agosto. Agrega poco al examen del crimen de la madrugada del lunes, rebajar este hecho atroz a una “inventiva literaria”, a un “juego macabro”. El asunto es simple: estamos frente al caso de un asesinato que el fiscal Morelli lleva con prudente esmero y del cual esperamos un rápido desenlace, a pesar de la contingencia y del pico de la pandemia, lo cual implica lentificar la dinámica de las audiencias y el acopio de pruebas. Donde hay cuerpo, hay crimen, lo saben hasta en el Concejo municipal.
Si duda de mi reporte, señorita Pérez, tendrá que poner en cuestión la labor periodística de Franklyn Molano, un colega íntegro, cuya perspicacia visual le permitió hallar probables testigos del hecho criminal en donde yo –lo manifiesto– solo advierto baturrillo. No seré yo quien sopese los testimonios de “Yorla”, “Abelardo” y “Alzate”. Hacen parte de la reserva sumarial. Puedo constatar, sobre la base del expediente de la fiscalía, que, en efecto, en la mochila embera-katío había páginas de un diario de viaje, un par de libros de Klepsidra Editores, una grabadora sin pilas y dos cédulas de ciudadanía. En cambio, me extraña que el periodista Molano Gaona no aluda a la maleta hallada en un parque. De acuerdo con la tía bailarina, esta maleta viajera contenía un grueso volumen inédito con sendos estudios críticos sobre la literatura de la ciudad sin puertas, en una suerte de ampliación controvertible del clásico libro Literatura risaraldense (1988) de la escritora Cecilia Caicedo.
Conocedor del expediente y una vez analizado con rigor informativo las circunstancias que envuelven el escabroso crimen del crítico literario, comparto esta conjetura sobre la base de testimonios recibidos en el seno de la familia adolorida: en las páginas de ese grueso volumen inédito están los móviles que desembocaron en la trágica muerte del sobrino de la bailarina radicada en Santiago de Chile. Y en especial en el capítulo VI titulado: “Nueva oleada de escritores del No. Visceralismos y neoconservadurismos en la capital del eje”.
Por último, señorita Pérez, me llama usted “Rodrigo Gil”. ¿No le parece que es suficiente con que el crítico asesinado tenga doble identidad –un doppelgänger, diría el profesor Valencia Solanilla– y que el poeta Rubio aluda desde ese hecho a los siniestros personajes de Roberto Bolaño?
En tiempos de las fake news, no le hace bien al gremio periodístico señalar a los reporteros como posibles determinadores de hechos criminales. Ya bastante tenemos con la acción de tutela rubricada por escritores de la comuna centro, que nos impidió publicar lo que habíamos prometido. Fui yo, en rigor, quien informó a la opinión pública sobre el deceso del crítico Rodrigo Argullol (o Harold López). ¿Y ahora soy sospechoso? ¿Con qué argumentos “Reportero hasta morir” se atreve a enlodar mi nombre al sugerir que “el verdadero y único asesino es el mismo autor del texto” que ha dado origen a la presente polémica? Con que sigan así las cosas, me tocará pedir pista en la Justicia Especial para la Paz (JEP), toda vez que el periodista Botero, proclive a imaginar novelas oscuras, insinúa el agenciamiento de osadas cofradías de criminales intelectuales, en la línea de los Grupos Armados Organizados Residuales (GAOR).
Las consecuencias de este atroz crimen, de este jardín de senderos que se bifurcan, suscitan a lo sumo un prolegómo. Ilustremos: ¿Sabía usted que la amiga del crítico literario, la chica ebria que dio aviso a las autoridades en el Cai del cuadrante, se halla internada en el Hospital Mental de Risaralda? Según el psiquiatra Alarcón, su paciente presenta un trastorno de estrés postraumático (TEPT). La periodista Adriana Villegas de La Patria de Manizales, la contactó y ella reveló que teme por su vida: “Me quiero morir. Creo, además, que soy asintomática del coronavirus”, dijo, desesperada, pues ya no resiste la presión, las amenazas disfónicas, en instagram, enviadas por un ala (no Alan) de poetas realvisceralistas.
Me despido un tanto triste, pues me siento objeto de burlas. Lean el comentario de Camilo Alzate, el enfant terrible de la non-fiction pereirana. Mientras él emplea metáforas para invitar a la risa, yo sigo aplicándome toda suerte de ungüentos caseros y fórmulas medicinales. Después de que pase el tiempo de la cuarentena, en unos cuatro años, once meses y dos días, digamos, y el cronista Alzate se baje de su bicicleta comprada en una prendería del parque La Libertad y detalle en mi cabeza, tendrá que retractarse.
Sílaba Editores nos comparte apartes del libro La vida pasa en Versalles de Guillermo Zuluaga Ceballos, un libro que cuenta la historia de un restaurante que hace parte de la memoria colectiva de Medellín.
Prólogo
El olfato periodístico en la cocina de Versalles
Gay Talese, el padre honroso de los reporteros estadounidenses, dice que el éxito de su portentosa obra periodística tiene que ver con una estrategia: volverse socio de la intimidad de sus personajes. Para compartir con ellos momentos reveladores de sus actividades, observar con detalle sus reacciones ante los demás y las de los demás ante ellos; para pasar de la entrevista que predispone a preguntas y respuestas artificiosas a la conversación que desencadena historias y confidencias genuinas.
Gay Talese
Guillermo Zuluaga Ceballos –gracias al arrojo que tiene para abordar a los demás, y lector y admirador de la maestría de Talese– se hizo socio de la amistad de don Leonardo Nieto Jardón para lograr meter sus narices de periodista en la cocina y los comedores de su restaurante Versalles –donde siempre son las doce para almorzar– y además para seguirle los pasos por sus cuarteles de invierno y de verano; una franquicia que otros de sus colegas difícilmente podrán tener.
La vida pasa en Versalles, entonces, es el libro en cuyos capítulos los lectores tienen el privilegio de sentarse a manteles para escuchar de don Leonardo, sus familiares, amigos, clientes y servidores, la crónica de este lugar entrañable del Junín de Medellín, donde los encuentros entre las personas han tenido tiempo para convertirse en tertulia de tango, fútbol, poesía, teatro, literatura, política, economía de bolsillo, educación de escuela, colegio y universidad.
Versalles está hecho a la medida de la bonhomía del ser humano y el talante del comerciante innato que se unen en don Leonardo, quien en 1961 comenzó a atenderlo con una idea: Un negocio tiene que ofrecer una razón para volver. Hoy, quienes lo visitaron una vez y han vuelto muchas veces, coinciden en que allí pasa la vida sin que ella se dé cuenta.
Leonardo Nieto Jardón
Mientras que la crónica de Guillermo Zuluaga Ceballos sobre Versalles y su historia, ligada a los avatares de la historia del centro de la ciudad, está hecha a la medida de sus apuestas por la reportería de inmersión –o por la “repostería” como suelen escribir los estudiantes que dejan su ortografía supeditada a las decisiones que tome el “cerebro” de su computadora– y la divulga en este libro con varios aciertos en sus aspectos formales y de contenido que el tiempo se encargará de sazonar para que no pierda su vigencia.
Aprecio, como abrebocas, tres de ellos:
Uno: La descripción del lugar con sus ojos y sus oídos –y los “oídos” de su grabadora de periodista– puestos en el sentimiento de la gente y no simplemente en las dimensiones de su ancho, largo y alto, en las fotografías colgadas en las paredes –en Gardel, Borges, Gonzalo Arango y Mejía Vallejo, el “Charro” Moreno y Osvaldo Zubeldía, Buenos Aires y Medellín de hace tiempos–, en los materiales del piso y del techo; en la forma de los asientos y las mesas, en la loza de la vajilla para la comida y la bebida, en los vidrios de los armarios que exhiben sus golosinas de sal y de dulce. Es decir que un lugar –y lo es Versalles– es lo que la gente que lo habita, que lo visita, lo conoce y lo reconoce, quiere que sea y hace que sea como parte de sus vidas, de su trabajo y de su descanso, de sus hábitos y de sus caprichos, de su soledad y de su compañía.
–Ahora ya soy vaga, soy pensionada. Y Versalles se convirtió en mi oficina porque aquí me siento tranquila y cómoda para llegar sola o con mis amigas y hacer tertulias –dice Magolita y sonríe.
Dos: La apuesta por el formato del perfil para retratar a don Leonardo Nieto. Un subgénero de la crónica que gira sobre la vida de un personaje y que busca, a partir de entrevistas con el “perfilado”, con quienes lo rodean y con el acopio de información documental, responder a las preguntas ¿quién es quién? –y ¿cómo es quién?, o ¿quién era quién?, y ¿cómo era quién?, en su estilo de obituario–; juntando sucesos, acciones y testimonios con una marcada intención épica.
En las páginas del libro don Leonardo surge para los lectores de perfil –y de frente– a través de la descripción física y sicológica, la biografía, la valoración social, el anecdotario, los hábitos, los ámbitos, los documentos, su voz y su lenguaje, y las consideraciones del reportero, quien cumple con uno de los propósitos más notables de la crónica latinoamericana contemporánea: contar historias que hablan de las cosas extraordinarias que le pasan a la gente común y de las cosas comunes que hace la gente extraordinaria.
Hablar –y escribir– de Versalles es hablar de don Leonardo Nieto. El patriarca de la familia. El Don en su sentido pleno. Don Leo, el argentino enamorado de la ciudad que llegó en un octubre otoñal a pasear en la tierra donde murió su ídolo –Gardel– y decidió quedarse. La ciudad lo amarró, ha dicho muchas veces. Hombre idealista y comprometido con la realidad circundante, pero no por ello dispuesto a perder su capital, sino decidido a generar recursos para garantizar otros asuntos. Pragmático a la hora de hacer empresa, pero a la vez un idealista que no olvida sus sueños por una mejor sociedad y que apoya las actividades cívicas y culturales. Dice don Leo –ahora que se ha ido “retirando poco a poco”–que le han ofrecido dinero por el negocio, pero él hace rato marcó la bitácora de los acontecimientos: –Tanto mi familia como yo queremos que Versalles continúe su camino, con nuestra gente.
Tres: el mérito de abrirle camino al negocio de la gastronomía en Medellín –en el caso de Versalles emparentada con la gastronomía de Argentina– como tema relevante para la agenda del periodismo narrativo. Pues para el periodismo informativo y de entretenimiento aquí y allá es un plato suculento consumido a las carreras por los medios impresos, audiovisuales y digitales, en los que está de moda referirse a recetas, dietas, productos curiosos, mezclas insólitas y tendencias, y entrevistar a celebrities del mundo foodie.
Pero la comida tiene aventuras y desventuras que se remontan a la historia de la humanidad y a las historias tempranas de la escritura testimonial y de ficción. Y siempre que esas historias son reporteadas y cronicadas con oficio, prueban que su secreto, como ocurre en la cocina de restaurantes como Versalles, está en la naturalidad de sus ingredientes.
Como está en los ingredientes formales y de contenido de La vida pasa en Versalles, condimentados por su autor con descripciones y diálogos, con digresiones y testimonios, con detalles e imágenes que convierten en memoria lo que empieza a leerse y degustarse como información, estadística y anécdota.
Una de las delicias de Versalles es la sopa carolina, la del sábado, y es Carmelita, ex jefa de cocina, la que explica cómo se prepara.
–Para hacerla se cocina carne magra en unos diez litros de agua, con aliños. Luego se saca la carne, se deja la sustancia. Esto se hace el viernes para enfriarla y poder sacarle la grasa. Se le echa repollo, uno o dos, tres kilos de zanahoria, seis kilos de papa, dos libras de arroz, sal, cominos, ajo, sustancia de pollo; después picamos el cilantro pero se le echa ya cuando va a salir el producto, porque le da buen sabor y queda muy bonita.
Guillermo Zuluaga Ceballos
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Queridos lectores, dispénsenme un momento:
Cuenta el cronista y novelista colombiano, trasplantado a Corea del Sur, Andrés Felipe Solano, que un día probó en una tienda de té en Seúl, una taza de omijacha; una infusión hecha de la baya de los cinco sabores: amargo, dulce, salado, picante y ácido, que ayuda a mejorar el funcionamiento de los riñones.
Entonces, volví a pensar que unos riñones y unas posaderas saludables –unos riñones y unas posaderas de hierro– es lo que necesita un periodista para ir a buscar las historias nuevas y novedosas, cercanas a la vida y a la muerte de las personas. Aunque amargo, dulce, salado, picante y ácido… Agridulce en todo caso, es el periodismo reporteado con todos los sentidos, y con los cinco sentidos de los que habló en su tiempo el maestro Ryszard Kapuscincki: estar, ver, oír, compartir y pensar.
El periodismo, investigado, documentado, caminado y vivido por los reporteros, es más costoso en tiempo y en dinero; en energía física, emocional e intelectual. Es agridulce e incluso amargo. Y basta con apenas probar algunos de sus sorbos para evidenciarlo.
Aunque en palabras de Mauricio Gómez, reportero y cronista de investigación y denuncia en el telenoticiero CM& –quien este año recibió el galardón al “Mérito Periodístico Guillermo Cano” del Círculo de Periodistas de Bogotá–, “el periodismo no sirve para nada”; pues en Colombia los malvados, a pesar de las oportunas y contundentes revelaciones del periodismo, se suelen salir con la suya debido al canibalismo informativo y gracias a la inoperancia de las autoridades y del sistema judicial; además por la impunidad campante y la indiferencia de lectores y televidentes.
Pienso que también, gracias a que esos mismos malvados le perdieron el miedo a los periodistas y a sus herramientas, armados como están ahora con sus propias herramientas digitales de información y de divulgación; y paradójicamente, de su propia guardia pretoriana de comunicadores y periodistas, apostados en las garitas de sus oficinas de propaganda y de prensa.
Entiendo la desazón de Mauricio Gómez, pero no la comparto. El periodismo amargo, dulce, salado, picante y ácido, como la omijacha coreana, tiene y tendrá que servir de nuevo, más temprano que tarde, para contribuir a mejorar el funcionamiento de todos los órganos del cuerpo humano y de la sociedad.
Quienes, como yo, seguimos creyendo en el periodismo, pensamos que en estos tiempos de muros infames y de contaminación de nuestra profesión con términos distractores y cargados de eufemismos (posverdad, noticias falsas, hechos alternativos), los periodistas tienen el desafío de saltarse las paredes de las salas de redacción y las de su propia ignorancia, para ver el mundo y la vida de frente, cara a cara, convencidos –al igual que esos hinchas de equipos entrañables de tradición perdedora como el Independiente Medellín de Guillermo Zuluaga Ceballos– de que el periodismo reporteado y vivido (esto es, pasado por el cedazo de los sentidos), también marchará de derrota en derrota hasta la victoria final.
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En su casa de Nueva York –el laboratorio de sus retratos y encuentros–, Gay Talese tiene un archivador con sus trabajos comenzados o “colgados” por varios editores, en los que hay uno que identificó como: “El edificio – libro sobre restaurantes estilo retro en el 206 Este de la calle 63– proyecto en proceso” (1999). El dato está en su libro Vida de un escritor (2009), donde explica que en esa edificación de “la capital del mundo” a partir de 1977 probaron suerte no menos de nueve negocios de comida, en los que él como reportero que asegura “tener un sentimiento especial” por los restaurantes tanto como por los personajes secundarios, se sumergió con su olfato y su paladar, mientras se “entristecía y se desconcertaba” por la frecuencia con que quebraban.
En su apartamento del centro de Medellín –el laboratorio de sus retratos y encuentros– Guillermo Zuluaga Ceballos tiene ahora a la vista de sus visitas este libro que da cuenta de los 16 años que lleva pendiente, como cliente y reportero, del restaurante Versalles –situado en un edificio de dos plantas en la carrera 49 No. 53-39 de la capital de Antioquia–, desde una mañana de junio de 2001 cuando llegó hasta allí para escucharle a su dueño hablar de la tristeza que sentía porque no vino la selección de fútbol de Argentina a la Copa América en Colombia. A partir de ahí ha publicado una docena de trabajos periodísticos sobre la prosperidad de este sitio y la de don Leonardo Nieto Jardón, que vienen siendo lo mismo.
En Versalles –donde siempre son las doce para almorzar– una tropa de cocineras y de meseros levanta, con pericia de funámbulo, por encima de las cabezas de sus clientes, bandejas, platos y jarrones, con destino a las vitrinas y a los comedores. A su paso el aire se enrarece con los olores amotinados del helado y las malteadas de vainilla, chocolate y fresa; del vino tinto, el café, las hierbas aromáticas y el jugo de mandarina; del pan francés, los palos de queso, las empanadas argentinas y chilenas; del pastel de papaya y de arequipe; de la mantequilla, el ají picante y el chimichurri; de la sopa criolla y la de tomate; de la crema de camarones; de los huevos con tocineta y el arroz con pollo; del pescado a la milanesa, el rosbif, el chorizo y el churrasco…
En fin; los olores amotinados de los sabores de Versalles: amargo, dulce, salado, picante y ácido, que ayudan a mejorar el funcionamiento de los órganos y de los sentidos de sus comensales habituales, iniciados y ocasionales. Junto a los sabores amotinados del periodismo de reportaje y crónica al cual Guillermo le pone unos riñones y unas posaderas de hierro para que ustedes, amables lectores, lo vayan degustando al pasar los sentidos por las siguientes páginas; o sea, mientras La vida pasa en Versalles.
Carlos Mario Correa Soto
Periodista y profesor de la Universidad Eafit
Versalles: un camino
Todos tienen una historia en Versalles. O dicho de otra forma, Versalles hace parte de la historia de muchos que han caminado por esta ciudad. Basta mencionar el nombre para que de inmediato surja algún recuerdo.
Todos tenemos uno: el día del matrimonio de la sobrina nos detuvimos a tomarnos un café en Versalles; cuando salimos de la misa en la Metropolitana comimos luego en Versalles; esa tarde en que nos conocimos yo había salido de comprar algo para mamá en Versalles; ese día que caminaba por el centro, luego de ir a Versalles me tocó ver perseguir a un muchacho que parecía que había atracado a un señor; cuando salimos a buscar la ropa para el niño luego fuimos a Versalles; el día de la Primera Comunión de la niña, almorzamos en Versalles antes de volver a casa; el último día del Padre que pasamos con papá, te acuerdas, fue en Versalles; en Versalles me fumé el primer cigarrillo con las muchachas de la Universidad y en Versalles dije “es el último que me fumo”; el día en que ganó el Nacional habíamos almorzado en Versalles, el día en que perdió el Medellín el campeonato fuimos a comer a Versalles; justo cuando salí de Versalles me encontré con aquella de la que ya prefiero no hablar; después de un almuerzo de trabajo en Versalles, nos conocimos; cuando me comía un helado en Versalles me llamaron a avisarme que había llegado la familia de Estados Unidos; ese mediodía mientras almorzaba en Versalles llegó el futbolista Raúl Navarro; cuando salía de Versalles me encontré en la salida con el cantante Juan Carlos Valdés; cómo era de alto, Julio César Luna, me acuerdo cuando lo vi parado en la puerta de Versalles; y cómo cantaba de bien Carlos Argentino Torres aquella tarde de viernes en Versalles. Fue en Versalles donde hicimos el negocio de la casa; esa tarde antes de ese viaje tan triste para la familia, habíamos ido a comprar unas empanadas para almorzar en el camino. Ese día, después de ir a saludar a la prima en la Clínica Soma, cuando nació su primer hijo, fuimos a tomarnos un jugo de mandarina, te acuerdas, y nos comimos unos palitos de queso; cuando salimos de la función matutina con el niño en Cine Centro, ese domingo, fuimos por un pastel para llevarle a mamá; yo nunca había ido al centro, y lo conocí una tarde en que fui a comprar hierba Mate para cebar la tetera; después de ir a comprar artesanías a la feria de San Alejo, fuimos a Versalles y probé las empanadas de las que tanto hablaban mis amigas de la universidad; cuando terminaba programa en la emisora me gustaba ir a tomar café a Versalles y a planear el programa siguiente…
Pero la Historia no es única, ni objetiva, ni lineal como a veces se cree. También se compone y se alimenta de pequeñas verdades, de mentirillas, de falacias, de mitos. A lo mejor, muchos no han ido nunca a Versalles y creen haber ido o dicen haber ido para no quedarse rezagados en la historia colectiva de esta ciudad, de este tiempo. De estos tiempos. Porque el alma colectiva de Medellín, parece marcada por este restaurante. Hace parte de nuestra memoria de ciudad; es un referente de nuestros años; Versalles está antes, durante o después de algo. Un mojón en el camino de la existencia de la mayoría; más que un punto geográfico: un restaurante encallado en el centro de Medellín, a medio camino entre el edificio Coltejer y la Basílica Metropolitana, un par de símbolos y de referentes urbanos de Medellín; o entre los dos parques más tradicionales; o sobre la carrera más concurrida de esta ciudad; también ya un referente urbano como aquellos. Pero Versalles es más que eso: Está en el centro, pero no únicamente de la ciudad, sino en el centro, en el corazón de muchos que dejamos un pedazo de nuestra existencia entre esas cuatro paredes; Versalles, pues, es más que un punto topográfico, seguramente punto de quiebre en la historia construida de drama o de tragedia que es cada una de las vidas de quienes hemos sido pasajeros por esta tierra. Por estas tierras.
Versalles es un pare en el camino. O por Versalles hemos caminado esa senda que va por todo el centro de cada una de nuestras historias. Y haría falta un libro con miles de capítulos donde cada quien que haya laborado en él o lo haya visitado pueda dejar registro de esos momentos llenos de cotidianidad para muchos, o donde comenzó o fue el inicio del fin de algo…
Foto @medellineats
Versalles también pudo ser definitivo para muchos.
Aunque difícil, será también un sitio que pasará inadvertido para otros.
Jóvenes soldados cubanos escuchan un discurso del entonces presidente Fidel Castro en el Centro de Convenciones de La Habana, 2 de diciembre de 2005 / Reuters.
THE NEW YORK TIMES:
Por qué los brasileños deberían temer a la oficina de odio El presidente Jair Bolsonaro, sus hijos y aliados han sembrado el odio en línea contra las instituciones que defienden la democracia. Ahora la indignación se está desbordando en la calle.
Demócrito de Abdera tenía una mirada humorista de lo que entendía por estupidez.
PÁGINA 12:
El libro ilustrado “Niños” recuerda a los menores ejecutados que figuran como nombres en los fríos informes Homenaje a los niños víctimas del Chile de Pinochet Fueron 33 chicos muertos en la dictadura y uno fue secuestrado y dado en adopción a padres argentinos vinculados a Videla. “No hay un parque donde recordarlos, ni un memorial, nada”, señala la autora María José Ferrada.
Soy una mujer y amo los hombres ¿qué se puede hacer? Es verdad que muchos de los que han pasado por mi vida me han dejado más desengaños que aportaciones que valga la pena recordar. Algunos se transformaron con el tiempo, dejando de ser adorables para convertirse en seres abominables, llenos de esa prepotencia relativa al género, sobre todo en estas tierras tropicales donde el machismo es la regla. De otros guardo buenas enseñanzas, ya sea en el ámbito laboral o por su ejemplo de vida, o por su compañía invaluable en ciertos momentos de la vida.
Algunos fueron simplemente insustanciales.
Son otros los definitivos. En esta categoría reservada para unos pocos están en primera línea mis dos hijos, y no necesariamente por la ternura que me entregan, sino porque a una madre sus hijos la instituyen, y es también evidente que la relación madre-hijo varón tiene sus particulares formas del amor. Después de ellos el listado, que no es largo, está copado por un par de buenos amigos, esos que permanecen como las piedras de río, fijas e impertérritas, que no se dejan desplazar ni por las más temidas corrientes. Y están mis dos hermanos varones, que hacen parte de mí como yo de ellos, en una colección de virtudes y defectos muchas veces compartidos.
Pero más allá de esta especie de impúdica declaración de principios relativa a mi manera de ver el sexo masculino, mi intención es fijar unos márgenes para hablar del #MeToo, que inició su ola en la opinión pública del mundo occidental por allá en el 2017, con las denuncias hechas por la actriz Alyssa Milano en relación con ciertas conductas abusivas de las que ella decía haber sido objeto durante el desarrollo de su carrera profesional.
Al comienzo de esta manifestación, muchas mujeres nos emocionamos, y debo confesar que en ese momento escribí una entusiasta columna adhiriendo de alguna manera a esa irrupción de testimonios y comentarios sobre un problema que ha sido ampliamente ignorado, mejor sería decir aplastado, por la supremacía masculina que caracteriza a nuestra sociedad.
Esa empatía no era gratuita. Es un hecho casi incontrovertible que las mujeres de cualquier condición social hemos tenido que incorporar en nuestra educación herramientas no siempre muy explícitas para evitar el acoso activo de los machos que nos rodean y estrujan desde todas las orillas. Desde los tocamientos indebidos en cualquier calle o escenario, hasta las insinuaciones o palabras obscenas, los chistes misóginos, la presión por la belleza perpetua y la juventud eterna, ese sentirse constantemente reemplazable como objeto del deseo de su pareja de turno, la obligación implícita de ser de carácter suave y tolerante, y los desconcertantes lances directos de los varones que pasan al acto, ya sea de manera física o verbal.
Por supuesto que ante este escenario que satura la vida de cualquier mujer, se desarrollan múltiples actitudes, algunas francamente defensivas, otras que pretenden evitar usando ciertas sutilezas. Ellas van desde el tipo de ropa que se usa, los lugares por los que se puede transitar, el acompañamiento que muchas veces se vive como una necesidad de escolta permanente, las respuestas preparadas con antelación para tenerlas en la punta de la lengua y el desarrollo de cierta fuerza física que se pueda usar si es menester. Y también están, claro, las denuncias, las lágrimas compartidas con las amigas respecto a las frecuentes humillaciones, las frases o los roces que no se comprenden en un primer instante y se mascullan en la soledad de un inevitable después.
En todo caso, las mujeres vivimos en esta situación constante de desasosiego, un tener que defendernos permanentemente.
Para no extenderme más en la narración de un ambiente que es más o menos conocido para todos, lo que me interesa afirmar es que no obstante todas estas dificultades objetivas, los hombres siguen siendo deseables, seres a los que es debido y posible amar y considerar. Como mujer no renuncio a esa posibilidad, ojalá en el establecimiento de relaciones equilibradas y respetuosas, en donde el reconocimiento mutuo sea la base de la convivencia, cualquiera sea el tipo de relación que se plantee.
Por ello, veo con preocupación las pendientes por las que va rodando el movimiento del #MeeToo. Iniciando como he dicho con la idea de hacer emerger un fenómeno social omnipresente de vulneración de las mujeres, se ha deslizado hacia las oscuridades de la sentencia prejuiciosa, los señalamientos facilistas, la pública difamación, la condena sin prueba, la estigmatización inquisitoria.
Pobres hombres, debo exclamar entonces, y no espero que mi brusco cambio de costado sea comprendido. Tristes mujeres, que han empezado a mirar a sus compañeros de siempre como unos enemigos.
¿De verdad les parece digno de ser vivido un mundo sin flirteo, sin seducción, donde todo intento de erotismo deba ser reglamentado y autorizado?
¡Qué escenario más aburrido!, sería lo primero que podría afirmar. ¡Qué vida más desgraciada!
De haber sabido que a esas tinieblas iban a conducirnos las mujeres que iniciaron sus denuncias con la idea de hacer luz sobre lo no dicho, mejor habría tomado una precoz distancia y evaluado, tal vez de una manera más prudente mi inicial entusiasmo con la emergencia del #MeToo.
A casi tres años del surgimiento de esta protesta, el próximo octubre, quizás sea más sensato y más justo empezar a decir #MeeNo. O, hacerse una militante más activa del simpático contra-movimiento fundado por mi buen amigo, el escritor Gustavo Colorado, en reacción a tanta estupidez concentrada, y cuyo dulce nombre recuerda un bolerazo: “#MeNoNo sé tú”.
No voy a discutir aquí lo evidente: que toda sociedad precisa de símbolos para sostenerse en el siempre incierto devenir de su historia. Como que cada 7 de agosto se recuerde a un niño de 12 años llamado Pedro Pascasio Martínez en tanto supuesta figura clave en la independencia de lo que hoy es Colombia frente al dominio del imperio español. O que la Batalla de Boyacá haya sido escogida a modo de punto de quiebre en las luchas por la liberación.
En realidad, lo que sigue en discusión es el concepto mismo de independencia. Un repaso por las promesas, implícitas o no, en esas pugnas sangrientas, deja como saldo una serie de cuentas pendientes, de las que voy a relacionar sólo algunas.
I
La democracia
Lo que los hombres de la Grecia clásica entendían por democracia poca o ninguna relación tiene con las modernas prácticas, derivadas en buena medida del modelo inglés o norteamericano.
En estos últimos casos el concepto está relacionado de forma intrínseca con la propiedad privada, no sólo en el sentido de que, en principio, sólo los propietarios podían elegir o ser elegidos sino en una perspectiva más amplia: aquella en la que los derechos políticos están soportados sobre una base económica real.
Dicho de otra manera, los principios democráticos funcionan solo cuando los ciudadanos tienen acceso al bienestar y la riqueza producidos por el cuerpo social en su conjunto.
De ese modo, se entiende que, luego de exterminar o confinar a los pueblos indígenas en reservas, los primeros colonos británicos en América se convirtieran en pequeños, medianos o grandes propietarios. A la medida de sus esfuerzos- o de su codicia- cada uno de esos pioneros participó desde el comienzo en las riquezas de las tierras recién descubiertas.
Esa fue la clave de la constitución política diseñada por los padres fundadores y replicada con distinto nivel de fortuna en tantos lugares de la tierra. De ahí la solidez que, con todas sus deficiencias, sigue caracterizando el modelo inicial diseñado en los Estados Unidos de América.
No fue ese el caso de los países nacidos después de las guerras de independencia. Lo que surgió al sur del Río Grande fue un fragmentado territorio liderado por caudillos que a la vez eran grandes terratenientes al frente de una masa de peones y esclavos desposeídos de cualquier bien material.
Cuando se empezaron a implantar los primeros modelos “democráticos” en sentido moderno, se apeló a esa masa en condición de electorado ciego y sumiso, sin capacidad alguna de discernimiento, toda vez que estaba sumida en el analfabetismo. Para esas sociedades cobra plena validez la idea del antropólogo Claude Levi- Strauss cuando advirtió que, en principio, la escritura fue inventada para que unos hombres esclavizaran a otros.
Con innegables conquistas en algunos frentes, en lo básico, América Latina sigue usando la misma fórmula: una élite dueña del poder político y económico, controlando a su antojo a unos electores alienados por el discurso oficial y por los medios de comunicación.
El ejercicio de la ciudadanía- tan caro a la escuela norteamericana y europea- se reduce entre nosotros a un trueque: el elector deposita su voto y recibe a cambio una recompensa expresada en subsidios, contratos y cargos públicos.
De paso, legitima con su elección todas las arbitrariedades ejercitadas por quienes controlan el poder.
La nuestra entonces es un intento fallido, cuando no una caricatura de democracia.
II
Las banderas del hambre
Transcurridas apenas unas semanas desde el comienzo de la emergencia desatada por la propagación de la Covid-19, empezaron a multiplicarse en Colombia miles de trapos rojos colgados en las fachadas de las casas en áreas urbanas sitiadas por lo pobreza y la miseria.
Eran algo así como las banderas del hambre.
¿Qué piden quienes exhiben esas banderas como botellas echadas al mar?: Comida.
Algo tan simple como eso.
Porque la pandemia vino a desnudar en nuestros países la vergüenza que significa no tener pan en la mesa en un continente desbordante de riquezas por todas partes.
Un hombre con una olla participa en las protestas para pedir ayudas alimentarias por parte del Gobierno Nacional en las calles de Ciudad BolÌvar | Tomada de portafolio.co
Son millones los hambrientos a este lado del mundo. Solo que se las han arreglado para malvivir en las calles practicando esa cotidiana forma del milagro conocida con el nombre de rebusque y rebautizada por los tecnócratas con un eufemismo: “economía informal”.
Pero el virus los sacó de las calles y los gobiernos se vieron obligados a contarlos en su afán de buscar recursos para enfrentar el desastre. Resultaron ser millones, cada uno expresando su particular desesperación.
El concepto de “ Países en vías de desarrollo” quedó así en entredicho. Incluso las clases medias, cuyo crecimiento era tan celebrado en los foros internacionales, empezaron a sentir que el mundo crujía bajo sus pies.
A su vez, los más ricos clamaron por ayuda del Estado, revalidando su vieja filosofía de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. En tiempos de bonanza practican la religión del mercado. Pero cuando asoman las crisis apelan al patrimonio de toda la sociedad.
Al final resultó que seguimos siendo repúblicas bananeras, exportadoras de materias primas y controladas por castas corruptas y violentas.
Bastó un virus letal para dejar al descubierto las miserias del modelo ultraliberal en su versión latinoamericana.
III
Todas las sangres
Las cifras lo expresan con precisión: según datos de la organización Indepaz, desde la firma de los acuerdos de paz en 2016 hasta el 15 de julio de 2020, en Colombia han sido asesinados 971 líderes sociales y defensores de derechos humanos en todo el territorio nacional.
Sólo en 2020 se cuentan 152 muertos, 82 de ellos durante el confinamiento decretado a resultas de la pandemia de la Covid-19.
Pero lo realmente terrible acecha detrás de esos números: el propósito aniquilador de un sector de la sociedad colombiana que, en defensa de sus exclusivos intereses, se niega a cualquier transformación social o económica que beneficie al grueso de una sociedad excluido del acceso a las mínimas formas de bienestar material.
Ni la necesaria redistribución de la riqueza mediante el pago de más impuestos, ni la devolución de tierras arrebatadas a sus dueños durante sucesivas generaciones caben en la visión del mundo de un puñado de poderosos que han hecho del nuestro uno de los países más desiguales de la tierra.
Para esas personas la palabra justicia es sinónimo de comunismo o- peor aún- de “terrorismo”- bestia negra a la que invocan cuando se trata de señalar y convertir en criminales a los opositores, incluso cuando se expresan dentro de las reglas de juego trazadas por el sistema político vigente.
Eso explica los ríos de sangre que no cesan de regar los caminos de pueblos y veredas de Colombia, tanto como las calles de las ciudades.
La de la convivencia pacífica ha sido, hasta ahora, otra esperanza extraviada.
Dos siglos de espera
Desde luego, transcurridos 201 años desde ese 7 de agosto de 1819 son muchas las conquistas que hablan de grandes mejoras en la vida de los individuos y la sociedad. Aspectos tan esenciales como la salud, la educación, la vivienda, la alimentación y la infraestructura ofrecen hoy un panorama distinto que nadie en sus cabales puede negar.
Pero reconocerlo no implica dar la espalda a todos esos territorios donde se siguen librando las batallas perdidas de Colombia.
Al igual que el 20 de julio, el 7 de agosto es considerada como una de las importantes celebraciones patrióticas del país. Su relevancia radica precisamente en su simbolismo como mito fundacional de la nación. La batalla de Boyacá se desarrolló el 7 de agosto de 1819 y es conocido como el evento que concluyó la campaña independentista que empezó a finales del siglo XVIII y tuvo como fecha emblemática el 20 de julio de 1810.
Después del 7 de agosto de 1819, los territorios que hoy se conocen como Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá, constituyeron la nación conocida como la Gran Colombia, la cual existió hasta 1930. Los nueve años que transcurrieron desde el 20 de Julio fueron una etapa especial para la constitución de Colombia como nación. Durante este periodo se establecieron los liderazgos de la independencia y se unificó gran parte de la población bajo el sentimiento y el ideal independentista.
Para quienes no saben de qué se trató esta batalla, les dejamos un video ilustrativo:
En este especial recordamos algunas piezas musicales, pinturas y textos alrededor de esta época y acontecimiento, además de eventos que se están realizando en el Banco de la República para conmemorar esta fecha.
Textos y pinturas
La batalla de Boyacá en la Guerra de Independencia de Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá contra España (Boyacá, Colombia, 1819). Pintura de Martín Tovar y Tovar expuesta en el Palacio Federal, Caracas
El grabado La Batalla de Boyacá, hecho en 1824 posiblemente a partir de un dibujo de José María EspinosaMarco Tulio Villalobos [Cali, 1907 – ¿?] Batalla de Boyacá Ca. 1970 Óleo sobre tela Reg. 3168 Sala Emancipación y República, segundo piso Este cuadro representa el triunfo de los patriotas sobre el ejército español, comandado por Barreiro. La inscripción que aparece en la esquina inferior izquierda de la obra permite comprender el significado que tuvo este suceso para el artista: “Así terminó la esclavitud y nació la libertad. En el puente de Boyacá el 7 de agosto de 1819. Marco Tulio Villalobos (obrero)”.
MÚSICA
Actividades del Banco de la República
Batalla de los ejidos de Pasto, José María Espinosa
Relaciones poder y configuración social de Pasto: Cambios y continuidades durante el proceso de conformación de la Sociedad Republicana. | 6 de agosto
Con su aguda visión, característica de los buenos reporteros, el periodista y profesor Franklyn Molano Gaona detalla para nosotros algunas reacciones suscitadas en la parroquia por el artículo de la sección De ver pasar publicado el pasado domingo 2 de agosto y firmado por Rigoberto Gil con el título: Asesinan crítico literario.
Por, Franklyn Molano Gaona
Un fuerte giro tomó el caso del asesinato de crítico literario, que por estos días tiene conmovida a la comunidad literaria y poética de la ciudad de Perera en Risaralda.
Luego de las declaraciones que ofreciera el Fiscal que lleva el caso, al noticiero de la localidad Ecos1360, donde el alto funcionario hizo referencia a serios indicios, que señalan que la muerte del literato, fue a través de una golpiza en su rostro provocado por un grueso libro, varios peritos de esa unidad investigativa regresaron al lugar de los hechos (calle 29 con carrera 5ª), donde recogieron varios testimonios de vecinos del sector y de transeúntes, que entregaron versión libre pero solicitaron la reserva de su nombre de pila.
Una de ellas, a quien llamaremos ‘Yorla’, observó desde la ventana del segundo piso de su casa esquinera, que el hombre sí recibió la descarga de golpes, pero aseguró que lo que provocó la riña, fue una agitada conversación, la cual giraba, según la testigo, alrededor de establecer cuál era el canon literario (conjunto de obras clásicas que forman parte de la cultura), de la capital risaraldense.
La testigo relató que el agresor indicó en tono algo soberbio, que ésta era tierra de poetas, que Julio Cano, Luis Fernando Mejía, Eduardo López Jaramillo, Andrés Galeano, Alberto Verón, Giovanny Gómez y un tal Julián Chica, conformaban la columna vertebral de la literatura. De inmediato, su acompañante, lo interpeló y le reclamó por las letras de Luis Carlos González, a lo que su contradictor subrayó: “ese era apenas un versificador”, lo que elevó los ánimos de los contertulios y eso quizá desató la ira de los dos. ‘Yorla’, hizo énfasis, que no podía dar más detalles porque, ella los vio a través de un frondoso árbol de mangos, los cuales son notorios en ésta ciudad, y que los ramales impedían ver con claridad la escena.
Más claro fue un joven, a quien llamaremos ‘Alzate’, quien transitaba con su cicla por la cuadra y en versión libre anotó, que la acalorada charla, se originó cuando uno de los dos, se atravesó en la charla y dijo: “aquí no hay poetas. Esto es de ensayistas” y lanzó nombres: Rigoberto Gil, César David Salazar, Mauricio Ramírez, Cristian Cárdenas, Diego Alexander Vélez, Liliana Herrera, Julián Serna, Jorman Lugo… La lista seguía, pero su oponente le dijo: “que atrevido es usted. Esos son novelistas, son cronistas. Le pido por favor no mezcle peras con manzanas”. Esto, según ‘Alzate’ desató la furia de uno de los dos y a los minutos, hubo un primer cruce de puños.
Quien ofreció un testimonio más certero, fue ‘Abelardo’, quien pidió se le omitiera el apellido. Él salía de una tienda, diagonal a la escena, y vio cuando el uno le dijo al otro: “Aquí lo que falta es leernos. Falta más autocrítica de lo que se escribe. Falta reconocernos entre nosotros mismos”. A lo que el otro respondió en tono grosero: “lo mejor de la literatura, aún no se ha escrito. Aquí lo que hay es una serie de vanidades que creen que con empatar un verso, ya alcanzaron la cima de la prosa”.
Esa frase desencadenó la furia de ambos hasta que uno de los dos terminó en el suelo. Hubo sangre, gritos y se sintió que el taconeo de una mujer se alejaba.
En la escena fue hallada una mochila, que según las pesquisas, tenía en su interior un volante con el título: ‘Detonar una idea’, un conversatorio organizado por el profesor Rodrigo Arguello, autor de la novela negra ‘Trancón en el asfalto’, quien reflexionaba sobre el impacto de la narrativa en la novela de Alba Lucía Ángel. También había libros, entre ellos: ‘No disparen soy el cronista’, un periódico y otros textos.
Acompañaba a las dos personas, una mujer, que según se supo, había comprado una botella de ron (recibo hallado en la mochila: $35.990) y que la ingesta de la bebida más el cruce de puños, provocaría el crimen. Testigos aseguran que la han visto por la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP), que cuenta con estudios literarios y que destaca por su cabello y el color de sus ojos. El caso es tan complejo, que la novedad llegó a la sala de redacción de la BBC de Londres, y trascendió que en las próximas horas arribará a la ciudad, el periodista Juan Carlos Pérez Salazar (Diez Palabras con Carlos Fuentes y otras entrevistas), de quien se dice conoce sobre el tema literario. Trascendió también que el periódico La Patria de Manizales (Caldas), envió a la columnista Adriana Villegas Botero (Premio Simón Bolívar de Periodismo), abogada y periodista, quien ya se encuentra en la ciudad estudiando el caso.
Al interior de la mochila había libros, documentos, una grabadora, que al parecer tiene varias conversaciones previas a la golpiza y un vaso con gotas de alcohol.