sábado, mayo 2, 2026
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«Toda persona que sepa leer, debería leer este libro.»: Hiroshima, John Hersey

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Hiroshima de John Hersey

El 6 de agosto de 1945 a las 8.15 una bomba atómica mató a cien mil personas en Hiroshima. Se inició una era en la que las armas de destrucción masiva forzaban un nuevo orden mundial y se descubrían formas inéditas de sufrimiento humano. Un año después, John Hersey, entonces corresponsal de guerra para la revista Time, narró al mundo, en un estilo ajeno a todo sensacionalismo, la historia de seis supervivientes antes, inmediatamente después y en los meses siguientes a la catástrofe. Cuarenta años más tarde, el autor regresó a Japón para averiguar qué había sido de cada uno de ellos y añadió un conmovedor capítulo final. Publicado en la revista The New Yorker en forma de artículo, pronto se convirtió en un texto de referencia para el periodismo de investigación y en un clásico de la literatura de guerra.

I UN RESPLANDOR SILENCIOSO

Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino. En ese mismo instante, el doctor Masakazu Fujii se acomodaba con las piernas cruzadas para leer el Asahi de Osaka en el porche de su hospital privado, suspendido sobre uno de los siete ríos del delta que divide Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina observando a un vecino derribar su casa porque obstruía el carril cortafuego; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán dela Compañía de Jesús, estaba recostado —en ropa interior y sobre un catre, en el último piso de los tres que tenía la misión de su orden—, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit, el doctor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del moderno hospital de la Cruz Roja, caminaba por uno de los corredores del hospital, llevando en la mano una muestra de sangre para un test de Wasserman; y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista de Hiroshima, se había detenido frente a la casa de un hombre rico en Koi, suburbio occidental de la ciudad, y se preparaba para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado por miedo al bombardeo de los B-29 que, según suponían todos, pronto sufriría Hiroshima. La bomba atómica mató a cien mil personas, y estas seis estuvieron entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad — un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro— que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada.

El reverendo Tanimoto se levantó a las cinco en punto esa mañana. Estaba solo en la parroquia porque hacía un tiempo que su esposa, con su bebé recién nacido, tomaba el tren después del trabajo hacia Ushida, un suburbio del norte, para pasar la noche en casa de una amiga. De las ciudades importantes de Japón, Kyoto e Hiroshima eran las únicas que no habían sido visitadas por B-san —o Señor B, como llamaban los japoneses a los B-29, con una mezcla de respeto y triste familiaridad—; y el señor Tanimoto, como todos sus vecinos y amigos, estaba casi enfermo de ansiedad. Había escuchado versiones incómodamente detalladas de bombardeos masivos a Kure, Iwakuni, Tokuyama y otras ciudades cercanas; estaba seguro de que el turno le llegaría pronto a Hiroshima. Había dormido mal la noche anterior a causa de las repetidas alarmas antia éreas. Hiroshima había recibido esas alarmas casi cada noche y durante semanas enteras, porque en ese tiempo los B-29 habían comenzado a usar el lago Biwa, al noreste de Hiroshima, como punto de encuentro, y las super fortalezas llegaban en tropel a las costas de Hiroshima sin importar qué ciudad fueran a bombardear los norteamericanos. La frecuencia de las alarmas y la continuada abstinencia del Señor B con respecto a Hiroshima habían puesto a la gente nerviosa. Corría el rumor de que los norteamericanos estaban reservando algo especial para la ciudad.

El señor Tanimoto era un hombre pequeño, presto a hablar, reír, llorar. Llevaba el pelo negro peinado por la mitad y más bien largo; la prominencia de su hueso frontal, justo encima de sus cejas, y la pequeñez de su bigote, de su boca y de su mentón, le daban un aspecto extraño, entre viejo y mozo, juvenil y sin embargo sabio, débil y sin embargo feroz. Se movía rápida y nerviosamente, pero con un dominio que sugería un hombre cuidadoso y reflexivo. De hecho, mostró esas cualidades en los agitados días previos a la bomba. A parte de decidir que su esposa pasara las noches en Ushida, el señor Tanimoto había estado trasladando todas las cosas portátiles de su iglesia, ubicada en el atestado distrito residencial de Nagaragawa, a una casa de propiedad de un fabricante de telas de rayón en Koi, a tres kilómetros del centro de la ciudad. El hombre de los rayones, un tal señor Matsui, había abierto su propiedad, hasta entonces desocupada, para que varios amigos y conocidos pudieran evacuar lo que quisieran a una distancia prudente de los probables blancos de los ataques. Al señor Tanimoto no le había resultado difícil empujar él mismo una carretilla para mudar sillas, himnarios, Biblias, objetos de culto y discos de la iglesia, pero la consola del órgano y un piano vertical le exigían ayuda. El día anterior, un amigo del mencionado Matsuo lo había ayudado a sacar el piano hasta Koi; a cambio, él le había prometido al señor Matsuo ayudarlo a llevar las pertenencias de una de sus hijas. Era por eso que se había levantado tan temprano.

El señor Tanimoto preparó su propio desayuno. Se sentía terriblemente cansado. El esfuerzo de mover el piano el día anterior, una noche de insomnio, semanas de preocupación y de dieta desequilibrada, los asuntos de su parroquia: todo se combinaba para que apenas se sintiese capaz del trabajo que le esperaba ese nuevo día. Había algo más: el señor Tanimoto había estudiado teología en Emory College, en Atlanta, Georgia; se había graduado en 1940 y hablaba un inglés excelente; vestía con ropas americanas; había mantenido correspondencia con varios amigos norteamericanos hasta el comienzo mismo de la guerra; y, metido entre gente obsesionada con el miedo de ser espiada —y quizás obsesionado él también—, descubrió que se sentía cada vez más incómodo. La policía lo había interrogado varias veces, y apenas unos días antes había escuchado que un conocido, un hombre de influencia llamado Tanaka, oficial retirado de la línea de vapores Tokio Kisen Kaisha, anticristiano y famoso en Hiroshima por sus ostentosas filantropías y notorio por sus tiranías personales, había estado diciéndole a la gente que Tanimoto no era confiable. En forma de compensación, y para mostrarse públicamente como el buen japonés que era, el señor Tanimoto había asumido la presidencia de su tonarigumi local, o Asociación de Vecinos, y esta posición había sumado a sus otras tareas y preocupaciones la de organizar la defensa antiaérea para unas veinte familias.

Esa mañana, antes de las seis, el señor Tanimoto salió hacia la casa del señor Matsuo. Encontró allí la que sería su carga: un tansu, gran gabinete japonés lleno de ropas y artículos del hogar. Los dos hombres partieron. Era una mañana perfectamente clara y tan cálida que el día prometía volverse incómodo. Pocos minutos después se disparó la sirena: un estallido de un minuto de duración que advertía de la presencia de aviones, pero qu eindicaba a la gente de Hiroshima un peligro apenas leve, puesto que sonaba todos los días, a esta misma hora, cuando se acercaba un avión meteorológico norteamericano. Los dos hombres arrastraban el carrito por las calles de la ciudad. Hiroshima tenía la forma de un ventilador: estaba construida principalmente sobre seis islas separadas por los siete ríos del estuario que se ramificaban hacia fuera desde el río Ota; sus barrios comerciales y residenciales más importantes cubrían más de seis kilómetros cuadrados del centro de la ciudad, y albergaban a tres cuartas partes de su población: diversos programas de evacuación la habían reducido de 380.000, la cifra más alta de la época de guerra, a unos 245.000 habitantes. Las fábricas y otros barrios residenciales, o suburbios, estaban ubicados alrededor de los límites de la ciudad. Al sur estaban los muelles, el aeropuerto y el mar interior, tachonado de islas. Una cadena de montañas recorre los otros tres lados del delta. El señor Tanimoto y el señor Matsuo se abrieron camino a través del centro comercial, ya atestado de gente, y cruzaron dos de los ríos hacia las inclinadas calles de Koi, y las remontaron hacia las afueras y las estribaciones. Subían por un valle, lejos ya de las apretadas filas de casas, cuando sonó la sirena de despeje, la que indicaba el final del peligro. (Habiendo detectado sólo tres aviones, los operadores de los radares japoneses supusieron que se trataba de una labor de reconocimiento). Empujar el carrito hasta la casa del hombre de los rayones había sido agotador; tras maniobrar su carga sobre la entrada y las escaleras del frente, los hombres hicieron una pausa para descansar. Un ala de la casa se interponía entre ellos y la ciudad. Como la mayoría de los hogares en esta parte de Japón, la casa consistía de un techo de tejas pesadas soportado por paredes de madera y un marco de madera. El zaguán, abarrotado de bultos de ropa de cama y prendas de vestir, parecía una cueva fresca llena de cojines gordos. Frente a la casa, hacia la derecha de la puerta principal, había un jardín amplio y recargado. No había ruido de aviones. Era una mañana tranquila; el lugar era fresco y agradable.

Entonces cortó el cielo un resplandor tremendo. El señor Tanimoto recuerda con precisión que viajaba de este a oeste, de la ciudad a las colinas. Parecía una lámina de sol. Tanto él como el señor Matsuo reaccionaron con terror, y ambos tuvieron tiempo de reaccionar (pues estaban a 3.200 metros del centro de la explosión). El señor Matsuo subió corriendo las escaleras, entró en su casa y se lanzó de cabeza entre los bultos de sábanas. El señor Tanimoto dio cuatro o cinco pasos y se arrojó entre dos rocas grandes del jardín. Se dio un fuerte golpe en el estómago contra una de ellas. Como tenía la cara contra la piedra, no vio lo que sucedió después. Sintió una presión repentina, y entonces le cayeron encima astillas y trozos de tablas y fragmentos de teja. No escuchó rugido alguno. (Casi nadie en Hiroshima recuerda haber oído nada cuando cayó la bomba. Pero un pescador que estaba en su sampán, muy cerca de Tsuzu en el mar Interior, el hombre con quien vivían la suegra y la cuñada del señor Tanimoto, vio el resplandor y oyó una explosión tremenda. Estaba a treinta y dos kilómetros de Hiroshima, pero el estruendo fue mayor que cuando los B-29 atacaron Iwakuni, a no más de ocho kilómetros de allí).

Cuando finalmente se atrevió, elseñor Tanimoto levantó la cabeza y vio que la casa del hombre de los rayones se había derrumbado. Pensó que una bomba había caído directamente sobre ella. Se había levantado una nube de polvo tal que había una especie de crepúsculo alrededor. Aterrorizado, incapaz de pensar por el momento que el señor Matsuo estaba bajo las ruinas, corrió hacia la calle. Se dio cuenta mientras corría de que la pared de la propiedad se había desplomado hacia el interior de la casa y no a la inversa. Lo primero que vio en la calle fue un escuadrón de soldados que habían estado escarbando en la ladera opuesta, haciendo uno de los mil refugios en los cuales los japoneses se proponían resistir la invasión, colina a colina, vida a vida; los soldados salían del hoyo, y la sangre brotaba de sus cabezas, de sus pechos, de sus espaldas. Estaban callados y aturdidos.

Bajo lo que parecía ser una nube de polvo del lugar, el día se hizo más y más oscuro.

La noche antes de que cayera la bomba, casi a las doce, un anunciador de la estación de radio de la ciudad dijo que cerca de doscientos B-29 se acercaban al sur de Honshu, y aconsejó a la población de Hiroshima que evacuara hacia las «áreas de refugio» designadas. La señora Hatsuyo Nakamura, la viuda del sastre, que vivía en la sección llamada Nobori-cho y que se había acostumbrado de tiempo atrás a hacer lo que se le decía, sacó de la cama a sus tres niños —Toshio, de diez años, Yaeko de ocho, y una niña de cinco, Myeko—, los vistió y los llevó caminando a la zona militar conocida como Plaza de Armas del Oriente, al noreste de la ciudad. Allí desenrolló unas esteras para que los niños se acostaran. Durmieron hasta casi las dos, cuando los despertó el rugido de los aviones sobre Hiroshima.

Tan pronto como hubieron pasado los aviones, la señora Nakamura emprendió el camino de vuelta con sus niños. Llegaron a casa poco después de las dos y media y de inmediato la señora Nakamura encendió la radio, la cual, para su gran disgusto, ya anunciaba una nueva alarma. Cuando miró a los niños y vio lo cansados que estaban, y al pensar en la cantidad de viajes —todos inútiles— que había hecho a la Plaza de Armas del Oriente en las últimas semanas, decidió que, a pesar de las instrucciones de la radio, no era capaz de comenzar de nuevo. Acostó a los niños en sus colchones y a las tres en punto ella misma se recostó, y al instante se quedó dormida tan profundamente que después, cuando pasaron los aviones, no la despertó el ruido.

A eso de las siete la despertó el ulular de la sirena. Se levantó, se vistió con rapidez y se apresuró hacia la casa del señor Nakamoto, jefe de la Asociación de Vecinos de su barrio, para preguntarle qué debía hacer. Él le dijo que debía quedarse en casa a menos que sonara una alarma urgente: una serie de toques intermitentes de la sirena. Regresó a casa, encendió la estufa en la cocina, puso a cocinar un poco de arroz y se sentó a leer el Chugoku de Hiroshima correspondiente a esa mañana. Para su gran alivio, la sirena de despeje sonó a las ocho. Oyó que los niños comenzaban a despertarse, así que les dio a cada uno una manotada de cacahuetes y les dijo, puesto que la caminata de la noche los había agotado, que se quedaran en sus colchones. Esperaba que volvieran a dormirse, pero el hombre de la casa que limitaba al sur con la suya empezó a hacer un escándalo terrible martillando, poniendo cuñas, aserrando y partiendo madera. La prefectura de gobierno, convencida como todo el mundo en Hiroshima de que la ciudad sería atacada pronto, había comenzado a presionar con amenazas y advertencias para que se construyeran amplios carriles cortafuegos, los cuales, se esperaba, actuarían en conjunción con los ríos para aislar cualquier incendio consecuencia de un ataque; y el vecino sacrificaba su casa a regañadientes en beneficio de la seguridad ciudadana. El día anterior, la prefectura había ordenado a todas las niñas físicamente capaces de las escuelas secundarias que ayudaran durante algunos días a despejar estos carriles, y ellas comenzaron a trabajar tan pronto como sonó la sirena de despeje.

«Toda persona que sepa leer, debería leer este libro.»
Saturday Review of Literature

La señora Nakamura regresó a la cocina, vigiló el arroz y empezó a observar a su vecino. Al principio, el ruido que hacía el hombre la irritaba, pero luego se sintió conmovida casi hasta las lágrimas. Sus emociones se dirigían específicamente hacia su vecino, aquel hombre que echaba su propio hogar abajo, tabla por tabla, en momentos en que había tanta destrucción inevitable, pero indudablemente sentía también cierta lástima generalizada y comunitaria, y eso sin mencionar la que sentía por sí misma. No había sido fácil para ella. Su marido, Isawa, había sido reclutado justo después del nacimiento de Myeko, y ella no había tenido noticias suyas hasta el 5 de marzo de 1942, día en que recibió un telegrama de siete palabras: «Isawa tuvo una muerte honorable en Singapur». Supo después que había muerto el 15 de febrero, día de la caída de Singapur, y que era cabo. Isawa no había sido un sastre particularmente exitoso, y su único capital era una máquina de coser Sankoku. Después de su muerte, cuando su pensión dejó de llegar, la señora Nakamura sacó la máquina y empezó a aceptar trabajos a destajo, y desde entonces mantenía a los niños —pobremente, eso sí— mediante la costura.

La señora Nakamura estaba de pie, mirando a su vecino, cuando todo brilló con el blanco más blanco que jamás hubiera visto. No se dio cuenta de lo ocurrido a su vecino; los reflejos de madre empezaron a empujarla hacia sus hijos. Había dado un paso (la casa estaba a 1.234 metros del centro de la explosión) cuando algo la levantó y la mandó como volando al cuarto vecino, sobre la plataforma de dormir, seguida de partes de su casa. Trozos de madera le llovieron encima cuando cayó al piso, y una lluvia de tejas la aporreó; todo se volvió oscuro, porque había quedado sepultada. Los escombros no la enterraron profundamente. Se levantó y logró liberarse. Escuchó a un niño que gritaba: «¡Mamá, ayúdame!», y vio a Myeko, la menor — tenía cinco años— enterrada hasta el pecho e incapaz de moverse. Al avanzar hacia ella, abriéndose paso a manotazos frenéticos, la señora Nakamura se dio cuenta de que no veía ni escuchaba a sus otros niños…

Los sobrevivientes de la bomba atómica | Tomás Eloy Martínez| Lugar común la muerte

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Publicado por Tomás Eloy Martínez en su libro Lugar común la muerte, reproducido en tierrapapel

Hiroshima era como una mano, con seis flacos dedos de agua. Desde tiempos sin memoria los Kada vivían a 12 kilómetros de la ciudad, en las montañas cerca de Numata, al noroeste, donde el intrincado delta de aguas amarillas se disolvía en la muñeca y el antebrazo del río Ota. En sus casas, construidas sobre la cresta de una escarpada colina, los Kada destilaban un vino de arroz áspero, seco, y tejían esteras codiciadas por su lisura y resistencia. Visitaban la ciudad sólo una vez al mes, para vender las artesanías y comprar provisiones.

La abuela Kada había muerto joven, en los últimos años del emperador Taisho, padre de Hirohito. En la familia se decía que el culpable de su muerte era “un furioso rayo de sol”. Pero la realidad era menos lírica. Un día, mientras la abuela Kada ponía la ropa a secar, la luna empezó a cubrir el sol y la noche avanzó a toda velocidad sobre las montañas. Eran las nueve o las diez de la mañana y la abuela estaba sola en la casa. La extrañeza del eclipse la aterró. Creyó que había llegado el fin del mundo y que iba a enfrentarlo sola.

Resignada a morir, la abuela decidió comportarse con dignidad. Se tendió sobre la tierra y contempló la declinación del sol con firmeza y disgusto, sin apartar la vista. Poco a poco el viento se aplacó, los animales quedaron sumidos en un silencio de fantasma y, durante una eternidad implacable, la oscuridad fue absoluta. De pronto, el sol se asomó de nuevo detrás de la luna. El primer rayo encegueció a la abuela Kada y la desmayó junto al tendedero. Despertó al día siguiente, tan débil del corazón y tan pasmada por su ceguera repentina que, después de contar con agitación lo que le había sucedido, murió veloz, como un pájaro.

Makiko, única hija del único hijo de la abuela Kada, creció desafiando la maldición del sol. Se levantaba temprano para ver cómo el sol se alzaba desde el mar, al otro lado de una hilera de colinas bajas, y lo encaraba sin bajar los ojos, con las manos en la cintura, hasta que el disco flotaba, redondo y completo, sobre los arrozales. El sol respondía a veces con enojo, hiriéndole las pupilas, pero Makiko no cedía. “Era para mí”, dijo veinte años después, “una cuestión de orgullo. Yo estaba preparada para que el sol desapareciera o se destrozara sobre mi cabeza. Creía que, si le sostenía la mirada, nunca más iba a ocultarse ni asustar a nadie como lo había hecho con mi abuela”.

En 1942, el padre de Makiko fue reclutado por el ejército y partió al frente de Manchuria. La madre cerró la destilería y solo mantuvo el taller donde trenzaba las fibras de los tatami, asistida por tres campesinas. Los lunes y los jueves, después de llevar a Makiko a la escuela de Numata, vendía las esteras en Hiroshima y trabajaba seis horas como voluntaria en el hospital de la Cruz Roja, lavando sábanas. En el espacio donde había estado su vida, ahora estaba la guerra. Se olvidaba de sí misma y, a veces, también se olvidaba de Makiko.

Una fotografía de antes de la guerra del vibrante distrito comercial del centro de Hiroshima, cerca del centro de la ciudad, hacia el este. Solo quedaron escombros y algunos postes de servicios públicos después de la explosión nuclear y los incendios resultantes | U.S. National Archives

El 6 de agosto de 1945, la señora Kada bajó a la ciudad antes del amanecer. Era verano y, como la escuela estaba cerrada, dejó a su hija de nueve años con una lista de tareas domésticas: cortar juncos, ponerlos a secar, limpiar la casa, ejercitarse con los pinceles y dar de comer a los pollos. Makiko se levantó con ánimo de trabajar, pero antes quería ver la suave danza del sol alzándose sobre el mar y las colinas. El cielo estaba opaco, velado por tenues vellones de bruma, y el sol de esa mañana brotaba pálido, destemplado, como si no se sintiera en armonía consigo mismo. Sobre la ceja misma de la colina donde estaba la casa de los Kada se alzaba un amenazador coro de nubes.

Antes de salir a la intemperie, Makiko había visto pasar el rutinario avión meteorológico de cada amanecer. Después oyó un zumbido incómodo, que parecía provenir del sueño, y luego nada. El sol se veía quieto en el cielo, solitario en su círculo de aguas azules. Otro avión apareció en el horizonte pero Makiko lo desdeñó, concentrándose en el sol. Observó el disco ciego del sol con curiosidad, presintiendo que de un momento a otro se convertiría en noche. Suspiró y tal vez cerró los ojos. En ese instante, el fin del mundo llegó verdaderamente.

“El sol se hizo pedazos y cayó”, diría Makiko años después, en Hiroshima. “La pintura espesa del sol me quemó los hombros. El cielo, que siempre me había parecido tan lejano, quedó sin el sostén que le daba el sol y se vino abajo casi al mismo tiempo. La luz creció tanto que salió de su cuerpo. Así que también la luz murió aquel día”.

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Hiroshima estaba situada al centro del golfo de Seto, entre dos poblaciones menores, Otake y Kure. Hacia 1594, los adivinos del príncipe Mori Terumoto aplicaron la quiromancia para desentrañar el porvenir de la aldea, poblada entonces por 120 familias de pescadores: le presagiaron una vida larga y sin zozobras, libre de inundaciones y abundante en conquistas. Las colinas bajas, que se alzaban al este y al oeste, fueron convirtiéndose poco a poco en un nidal de santuarios shinto. Las barcazas con lámparas de colores descendían alegremente todas las noches por los brazos del río Ota para celebrar sus cónclaves en el mar.

Calle de los Templos, en Hiroshima antes de la guerra. Mirando hacia el noreste a lo largo de Teramachi, este distrito quedó completamente en ruinas. | U.S. National Archives

El 30 de junio de 1945, los habitantes eran 245.423: al menos, ese es el número de personas a las que el gobierno había asignado una cuota de arroz. Es posible que en agosto la población disminuyera en un cinco por ciento, porque 12.300 raciones fueron eliminadas de los libros que llevaban los intendentes. No más de 12 habitantes habían sucumbido a las escasas bombas lanzadas por el enemigo: tan escasas e insignificantes que parecían haber caído por error, por alguna distracción del viento o de los artilleros. Tal como Kioto a la que preservaban sus templos, Hiroshima era la única ciudad del Japón olvidada por los bombarderos. La gente no sabía a qué atribuirlo: un descabellado rumor, hacia fines de mayo, suponía que la madre del presidente Harry Truman vivía escondida en las cercanías del parque Oshiba, al norte, y que no deseaba regresar a los Estados Unidos; se murmuraba también que un campo de prisioneros importantes había sido instalado en la isla Nonoshima, frente a la boca del estuario. Pero la mayoría creía que era un designio favorable de los dioses de la guerra.

Entre la primavera y el verano de 1945, unas 65.000 casas fueron demolidas eran tres anchas franjas, transversales al delta, con la intención de crear “zonas muertas” que detuvieran los incendios, el día que llegaran. Las autoridades militares confiaban en que los brazos del Ota harían el resto. A principios de agosto, más de la mitad de la población seguía ocupada en la limpieza de los escombros. Los escolares y las amas de casa dedicaban un par de horas diarias a ese trabajo. Pero era en las fábricas donde pasaban la mayor parte de la jornada: el casi centenar de aquella época producía ropas, alimentos, cerveza Kirin, repuestos para los barcos, motores de aviones. En las estaciones ferroviarias de Mitaki y Yokogawa el tráfico de mercancías era ininterrumpido: cada media hora arribaba un convoy de suministros bélicos, cuya carga era distribuida en todo el sur del Japón.

Por falta de comestibles que vender, los almacenes habían sido diezmados: de los 2.330 con que contaba la ciudad en 1939, no más de 150 seguían abiertos en agosto de 1945. Los síntomas del hambre se advertían ya hasta en los barrios residenciales, pero nadie se quejaba: todavía quedaba un poco de té para cocer en los braseros a carbón y el necesario aliento para conversar con los amigos.

***
Bajo el cenotafio del Parque de la Paz, en el vientre de un arco de cemento donde todas las mañanas aparecen flores nuevas, todavía siguen fundiéndose con la tierra los andrajos y la sangre de 200.000 hombres; allí, junto a las cartas que dejaron a medio escribir en los hospitales de emergencia, se vuelven amarillas las sembatsuru, las filosas cigüeñas de papel que les llevaban los amigos para desearles salud y buena suerte; allí también, en Hiroshima, dentro de un bloque de piedra, se entrelazan los nombres de los que cayeron repentinamente muertos un día de verano, convertidos en agua, en quemadura, en fogonazo: los nombres que ahora se consumen entre cenizas y magnolias.

Imagen de Alfredo Zaporta | Tomada de fotopaises

Si uno se arrodilla, entre las flores del cenotafio se puede divisar la cúpula de la Exposición Industrial, una mole de acero y mármol que se construyó en 1914. Pero ya el mármol es cansada arena que se desmorona sobre el río Motoyasu, y la cúpula un esqueleto oxidado y retorcido, la corona fantasmagórica de una casa de ruinas. Más cerca, los cerezos lamen una especie de dedo inmenso, sobre el que una chiquilla de bronce abre los brazos, con la cara vuelta hacia el río Ota, en las montañas. Junto a sus pies, en una hendidura hasta donde no llegan las interminables lluvias de julio, algunos cuadernos escolares fueron abandonados, como ofrenda. La chiquilla de los brazos abiertos se llamaba Sadako Sasaki y había nacido el 6 de agosto de 1945, en Hiroshima, a las 9 de la mañana, cuando su madre, cegada, llagada y sin fuerzas, no esperaba sino que ella naciera para morir.

Sadako creció alegremente en una casa de Miyajima, a 16 kilómetros de la ciudad, y solo cuando fue a la escuela por primera vez empezó a sentir una confusa melancolía por aquella madre que no había conocido. Le preguntó a Shizue, su prima, qué había pasado la mañana de su nacimiento. “El cielo se derrumbó y volvió a levantarse”, le contestaron. Sadako aprendió a leer, a coser y a pintar muñecas de yeso; parecía fuerte, aunque a veces un súbito mareo y una llamarada de fiebre la devoraban. Otro 6 de agosto, a los 12 años, cayó desmayada. Murió a las dos semanas, de una leucemia fulminante, y la fotografía de su cara dormida, entre flores y muñecas de yeso, levantó en vilo a los estudiantes del Japón: todos los días, de las monedas que llevaban para el almuerzo, separaban un yen en memoria de Sadako. Fue con esos yenes que se alimentó su cuerpo de bronce, entre los cerezos del parque.

Monumento con la efigie de Sadako sosteniendo una grulla de oro en su mano. Construida en 1958 en el Parque de la Paz de Hiroshima. La escritura en la base de la estatua dice, “éste es nuestro grito, ésta es nuestra oración; paz en el mundo.” | Tomada de solusan

Reposen aquí en paz, para que el error no se repita nunca, dice una inscripción en la piedra del cenotafio. Pero ahora, ya casi nadie en Hiroshima quiere averiguar de quién fue el error y por qué lo cometieron. “Vi el avión desde Kaitachi, a las 08.15, y me pareció que se estaba estrellando contra el sol”, repitió tres veces Goro Tashima, un pescador, en el Parque de la Paz. “La bomba no solo cayó sobre Hiroshima sino también sobre la conciencia de los Estados Unidos. Ellos y nosotros hemos salido perdiendo en esa guerra”.

“Si Japón hubiera tenido la bomba, también la habría arrojado sobre su enemigo”, imaginaron la señora Ooe y la señora Katsuda en el hospital de Hiroshima. “Si la hubiéramos tenido… Pero no la tuvimos”, dijo el señor Muta Suewo en el hospital de Nagasaki. “Yo no quiero imaginar nada”, protestó en cambio, el señor Yukio Yoshioka, que tenía 15 años y estaba marchándose hacia el monte Hiji cuando lo envolvió el resplandor atómico. “Solo quiero quejarme de que la bomba mató a mi padre, y a mí me volvió inútil y estéril”.

Para que el error no se repita nunca. Ahora, en Hiroshima, las parejas se abrazan a la luz de la cúpula ruinosa, la única cúpula en pie desde aquel día en que la ciudad fue quemada por mil soles; un anillo de barcazas musicales, con sus faroles de papel, merodea por la ribera del Motoyasu, en el delta del río Ota, donde una vez cayeron todas las cenizas y las lágrimas del mundo; desde el Museo de la Paz, entre los frascos con tejidos queloides y las fotografías de niños transformados en una brasa viva, se oyen los rugidos del cercano estadio de béisbol; el castillo de Mori Terumoto, que se desplomó aquella mañana de agosto como un sucio toldo de papel, está de nuevo erguido en su jardín, rehecho y resplandeciente; en las casas, en los tranvías y en las tiendas, los hombres de Hiroshima jamás mencionan la tragedia, a menos que por azar vean sobre las espaldas o la cara de un caminante las cicatrices del feroz relámpago. En las escuelas, los chicos solo conocen confusamente esa historia; para ellos, el 6 de agosto de 1945 es apenas una lección de cien palabras en el libro de lectura, un cuentito fugaz que comienza del mismo modo en los textos de segundo grado y en los de quinto: “A las ocho y cuarto de la mañana, un bombardero B 29 de los Estados Unidos, el Enola Gay, arrojó una bomba atómica en el centro de nuestra ciudad. Estalló en el aire, a 570 metros sobre el hospital Shima. En los primeros nueve segundos, 100.000 personas murieron y otras 100.000 quedaron heridas”.

Pero las cifras no sirven demasiado; las cifras dicen muy poca cosa cuando ellos, los sobrevivientes, muestran sin resentimiento ni queja, como si fueran de otro, sus ojos vaciados por el increíble resplandor, sus espaldas abiertas en canal, sus manos apeñuscadas y detenidas en una quemadura. “Yo me había levantado de una silla para hablar por teléfono”, contó el señor Michiyoshi Nakushina, que era un comerciante de sake en 1945. “La casa se llenó de un fuego amarillo, y el fuego se volvió después azul y el azul se hizo rojo hasta que la ciudad, tan clara y sin nubes esa mañana, se hundió de golpe en una noche sucia”.

El 6 de agosto de 1945, una nube de hongo se eleva hacia el cielo aproximadamente una hora después de que una bomba atómica fue arrojada por el bombardero estadounidense B-29, el Enola Gay, detonando sobre Hiroshima, Japón. Se cree que casi 80,000 personas murieron de inmediato, y posiblemente otros 60,000 sobrevivientes murieron por lesiones y exposición a la radiación en 1950 | U.S. Army via Hiroshima Peace Memorial Museum / AP

Las cifras dicen muy poca cosa pero, a veces, lo dicen casi todo: el 6 de julio de 1965 quedaron 80.000 sobrevivientes de la bomba en Hiroshima; el 9, fueron 65.000 los que se salvaron en Nagasaki, la sexta parte de la población completa en cada ciudad.

Algunos vivían a más de cuatro kilómetros del estallido: sus carnes fueron vulneradas por los vidrios de las ventanas, por las vigas que se derrumbaban, por las mesas que se partían en astillas; o quedaron indemnes, con la suficiente voluntad y fuerza como para olvidar el apocalipsis. “Ahora, en el hospital, ya estoy tranquilo. Me quieren, no tengo ningún deseo especial”, se resignaba Suewo san, hace diez días. “Perdí mis dos hijos pequeños y perdí también el tercero, que iba a nacer en diciembre de 1945. Lo último que perdí fue el odio”. “Ya solo me queda en el corazón una enorme necesidad de vivir”, contaba la señora Yaesko Katsuda. “Pero qué difícil es para nosotros vivir como los demás”.

Todos los sobrevivientes de la bomba saben que alguna oscura partícula de su condición humana les fue arrebatada aquel día de verano: poco a poco fueron dándose cuenta de que estaban condenados al aislamiento y a la pobreza. Empezaron a ser sospechosos para las personas de quienes se enamoraban; nadie quería comprometerse con ellos en matrimonio una condición sin la cual es difícil llevar en el Japón una vida respetable; los trataban como enfermos y padres de hijos débiles. Durante meses y a menudo, como Yoshioka san, durante años enteros, se despertaban en medio de la noche pensando que el amor y la felicidad les estaban vedados para siempre. En los astilleros, en la fábrica de automóviles Tokyokoyo y en los aserraderos de Hiroshima, los empleadores los miraban con desconfianza, calculando que un día de cada tres no irían a sus trabajos: de sobra sabían que la anemia, el cáncer de la tiroides, los disturbios del hígado y el cáncer de la piel acabarían por derribarlos. Y, en cierto modo, no les faltaba razón: en 1960, sobre un total de 278 gembakusho hospitalizados, 58 habían muerto. 30 de ellos estaban a más de dos kilómetros del epicentro.

No es del todo cierto que la bomba y la muerte hayan tratado del mismo modo a los ricos y a los pobres. Hacia el oeste de Hiroshima, sobre las márgenes del Ota, los habitantes de Burako, vieron el 6 de agosto cómo sus míseras chozas de madera quedaban reducidas a cenizas y a escombros por el viento atómico. Desesperados, sintiéndose de repente hundidos en un infierno más abominable que el conocido, recogieron los residuos quemados de sus viejos hogares, y empezaron a reconstruirlos con fragmentos de zinc y cañas de bambú, sin permitirse descanso: esa impaciencia, esa irrefrenable necesidad de defenderse, acabó por exponerlos a más radiaciones que la gente de otras áreas, situadas a la misma distancia del hospital Shima. Los estadísticos calculan que el 85% de la comunidad recibió una radiación nuclear residual de cinco a 30 roentgen, mientras que solo el 25% de Hirosekitamachi, 500 metros más próximo al centro del estallido, quedó expuesto a la misma dosis de radioactividad. Ahora, el 44% de los burako en condiciones de trabajar vagabundean en las calles, con sus enjambres de huérfanos. “Sienten la vida como un prolongado suicidio”, dijo el doctor Yasuo Nakamoto, director del hospital de Fukushima el único de la comunidad, hace un par de domingos, mientras la lluvia formaba nuevos ríos en las callecitas cenagosas del barrio.

Survivors of the first atomic bomb ever used in warfare are seen as they await emergency medical treatment in Hiroshima, Japan, in 1945. | AP

Estos seres calcinados, aniquilados, temblorosos, han empezado a recortar flores de papel para el 6 de agosto.

Descenderán sobre la ciudad con sus grandes pancartas, con sus banderas blancas y sus tambores, por el puente sagrado de Kinatai o por los dos puentes Heiwa, hacia un Parque de la Paz que estará lleno de azaleas y campanillas. “Así podremos calmar las almas de los que han muerto. Así podremos calmar nuestras propias almas”, repitió Yoshioka sin, como en una letanía.

Ese no será el final del aniversario, sin embargo. Cinco mil de los 20.000 hombres, o quizá los 20.000, si tienen fuerzas, subirán a los trenes en la estación de Hiroshima, cantarán durante las siete horas que separan esa ciudad de Nagasaki, en la isla de Kiu shu, y marcharán en procesión hasta el estadio de béisbol, en el medio de la esplendorosa bahía donde debió caer la bomba, un 9 de agosto. Para apaciguar a los muertos, arrojarán flores y sembatsuru al mar, y recibirán la noche con farolitos de colores.

En el hospital de Nagasaki, Suewo san esperaba el 9 de agosto con alegría. Meneando la cabeza rapada, quitándose a ratos los anteojos para ver más limpiamente el verde tibio de los ideogramas japoneses, llevaba ya una semana ocupado en pintar este poema sobre una gigantesca pancarta: Vuelve padre, vuelve madre, y vuelve amigo mío, para que yo también pueda volver. Su hígado está deshecho, el ojo izquierdo le fue vaciado por el fogonazo, la anemia casi no lo deja mover, y él, Suewo san, acaba de cumplir 67 años. Pero confía en que ninguna lágrima y ninguna muerte lo detendrá el 9 de agosto, cuando aparezca en el estadio de béisbol llevando su bandera.

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No se la oyó llegar: arrastraba apenas sus ghettá por las esteras del vestíbulo, casi en la oscuridad, y parecía una sombra alada cuando pasó entre los kakeyi que colgaban del techo, los kakeyi que hablaban de la lluvia y de la primavera. Por fin, la señora Yuko Yamaguchi, esposa del presidente de la Compañía de Gas, en Hiroshima, se sentó sobre los talones y empezó a hablar:

“Aquel 6 de agosto yo estaba a cuatro kilómetros de la ciudad, en una casa del monte Futaba. Me levanté temprano para servir el desayuno a mis tres hijos y preparar unos cacharros que debía llevar a Ohte Machí, donde vivían mis padres. No tenía muchas ganas de almorzar con ellos, porque en el distrito financiero donde están los bancos, junto al hospital Shima, me parecía que el calor era más penetrante que en las montañas. Me preparé para salir a las cuatro de la tarde, y desde las seis de la mañana estuve limpiando los cacharros. Ese amanecer extrañé más que nunca a mi marido: desde hacía un mes y medio no recibíamos carta de él, y todo lo que sabíamos era que estaba acuartelado en Hangchow, sobre el mar de la China. A las ocho y diez despedí en la puerta a Fumiko y a Keiko, mis dos hijas mayores, y me quedé mirándolas mientras cruzaban la calle y entraban en la escuela. En la cocina, Rynichi, de tres años, el menor de mis chicos, se demoraba más de la cuenta con su tazón de arroz. ‘Voy a quitarte ese tazón, si no terminas de una vez, Rynichi’, recuerdo que le dije. Pero no sé si terminé de decírselo, porque en ese momento la cocina se llenó de un resplandor azul, y a mi alrededor empezaron a volar miles de chispas, como si fueran langostas luminosas. Un trueno ensordecedor echó abajo las paredes, y de repente sentí muchísimo calor, el calor de tres veranos sumados. Lo último que miré en mi corazón fue una columna de humo trepando hacia las nubes”.

Afuera, los tejados negros del barrio de Toyiga, en Nagasaki, empezaron a amarillear lentamente ese mediodía, el martes 6, despojándose de la lluvia que no había cesado de caer sobre ellos desde principios de junio. Era el primer ramalazo de sol que el señor Muta Suewo podía ver desde su cama, en el hospital de la Bomba Atómica, y no quería perdérselo. Puso su mano derecha sobre la ventana, donde el sol golpeaba como una espada y sólo la retiró de a ratitos, para rascarse la cabeza rapada y gris.

“Aquel 9 de agosto (empieza a decir, con su voz ronca, que muere al final de cada frase) yo había llegado a las cinco de la mañana a la fundición de Mitsubishi, junto al valle de Urakami. A las cinco y cuarto empecé mi turno de vigilancia, un poco aburrido, pensando en que a las 12 podría irme a jugar con mis dos hijas en nuestra casita de Narutaki, sobre las montañas, cinco kilómetros al sur de la fábrica. La mayor, Yaeko, había sido muy débil, y necesitaba mucho de mis juegos con ella. Como a las diez y media noté que un horno estaba pasándose de temperatura, y les avisé a los operarios. Trataron de corregir el error, pero había alguna falla mecánica que lo impedía. A las once menos cinco me presenté al jefe de vigilancia para entregar el parte del desperfecto. Estábamos hablando cuando nos encegueció un relámpago. ¡El horno!, pensé, pero no creo que haya tenido tiempo de gritarlo. Un viento terrible derribó todas las máquinas, hizo estallar las ventanas y me aplastó a mí contra una pared, en medio de un fuego azulado. Vi que una viga se desplomaba sobre el jefe antes de perder el conocimiento. En la pesadilla, me parece que llamé a Yaeko desesperadamente. Cuando desperté, sentí que mi cara estaba quemada y mojada de lágrimas”.

Se quitó el saco del pijama rayado, para que todos pudieran verle la espalda estriada y hecha pedazos, cada poro como una boca de volcán. “Quiero mostrárselo, sensei, quiero que todo el mundo vea mis quemaduras”. Junto a la cama del señor Yukata Ikeda, en el hospital de Hiroshima, un viejo casi idéntico a Suewo san, esquelético, inmóvil, aspiraba a duras penas el aire tibio del cuarto. “Está por morir”, dijo Ikeda san, sin importarle que lo oyeran. “Desde hace una semana está por morir”. Luego compuso la garganta, aprontó la voz afilada, y mientras acariciaba un sembatsuru con los dedos que se negaban a estar quietos, empezó a hablar:

“En 1945 empecé a trabajar como bombero en el turno de la noche. Hasta entonces había sido un tallador de lámparas de piedra, un artesano de primera, créame, y en los templos shintoístas de Hiroshima mis tallas relucían mejor que todas las otras. Pero la guerra devoró esos lujos. Estaba muy cansado aquella mañana del 6 de agosto, cuando volvía a mi casa, y a la vez estaba también muy triste. Mi mujer me había llamado por teléfono al cuartel de bomberos para contarme que Sato san, nuestro vecino, había muerto de un ataque al corazón. Él y yo teníamos 30 años, y me pareció que una parte de mi vida también acababa de morir. A las ocho de la mañana salí del cuartel y, caminé hacia la estación de Yokogawa, para tomar el tren de las ocho y veinte. Había llegado al puente de la estación, sobre el río Ota, cuando vi que mi mujer venía a buscarme. La vi claramente en el otro extremo del puente, y la saludé con los brazos. En ese momento sonó la alarma antiaérea. ‘¡Corre al refugio!’, le grité, mientras yo trataba de guarecerme. La alarma era cosa de todas las mañanas, de modo que no tomé demasiadas precauciones. Cuando la alarma calló, sentí que la calma volvía a mi corazón. Me levanté y caminé hacia el puente. Volví a ver la silueta de mi mujer, a lo lejos. Entonces creí que el sol se había descolgado desde el cielo, porque todas las cosas se pusieron blancas y enceguecedoras, y miles de brasas cayeron sobre el puente. Un viento me aplastó contra el pavimento, y ya no supe más qué estaba pasando”.

La señora Yukie Ooe, de 46 años, había estado sirviendo hasta las tres de la tarde en el pequeño shokudo de su madre, junto al río Motoyasu, a la sombra de la cúpula atómica. Era el 1« de julio, y la humedad de Hiroshima era cada vez más difícil de soportar. Durante toda la mañana, la señora Ooe había padecido vómitos y mareos, pero no les dio demasiada importancia: estaba acostumbrada a que esos oscuros y pertinaces síntomas le recordasen, por lo menos dos veces al mes, que las cenizas atómicas habían caído sobre su cuerpo. Sin embargo, no podía hacerles demasiado caso: francamente, era pobre, y un día sin trabajar era lo mismo que un día sin comer. El shokudo de su madre estaba viniéndose abajo, y ahora ya no quedaban sino ellas dos para atenderlo. De repente, la señora Ooe se sintió desvanecer y llamó a la cocinera: “Por favor, ayúdame”. A las cinco de la tarde, con el cuerpo flojo, distendido, despertó del desmayo en el hospital de la Bomba Atómica. Esto es lo que contó a la mañana siguiente:

“Yo estaría muerta si no fuera por los mosquitos. En agosto de 1945 trabajaba en un portal de los astilleros Mitsubishi, a cuatro kilómetros del hospital Shima. Me pasaba las mañanas sentada en un banco, al aire libre, con un pequeño techo de zinc para guarecerme de las lluvias. Mi única misión consistía en mantener cerrada la verja del astillero después que pasaban los camiones.

“En la mañana del 6, como a las ocho y diez, vi pasar un bombardero norteamericano por el cielo. Alcé los ojos con curiosidad, pero ni siquiera me molesté en ir al refugio; todos los días sucedía lo mismo, y jamás se habían atrevido a lanzar más de tres o cuatro bombas sobre Hiroshima. En ese momento, sentí una picadura en el brazo: me golpeé con la palma de la mano y la sangre de un mosquito gordo me manchó la piel. ‘No voy a seguir soportando esto’, me dije. Le pedí a la señora Yasimoto, una obrera de la tornería, que cuidara el portal mientras yo iba a buscar algunas espirales de piretro. Me dijo que sí, sonriendo. Entré a la oficina de provisiones, a la derecha del astillero y le rogué al intendente que me diera algo para ahuyentar a los mosquitos. De golpe, todo se volvió pálido, y el intendente se llevó las manos a los ojos. ‘¿Qué está pasando?’, dijo ‘¡No consigo ver nada!’.

“Me costó mucho esfuerzo seguir caminando por la ribera. Había que saltar sobre los escombros, y el calor del incendio se pegaba a la carne como una tenaza. Oí contar a un herido que la central eléctrica se había desplomado sobre el Ota, contaminando las aguas al estallar. ‘Despidió una luz más fuerte que el sol me dijo. Mucha gente ha quedado ciega’. Sentí que el corazón me latía en la garganta. ‘Shojiro’, empecé a llamar como loca, sin darme cuenta de que mi hijo menor, de tres años, no podía oírme. Así llegué hasta el puente Minami, sobre el Motoyasu. Reconocí a tres de mis vecinos, bajando por la barranca del río, para mojarse. Estaban negros, llenos de humo, y gemían como si no pudieran gemir. Alguien me llamó en ese momento: ‘¡Ooe okusan, Ooe okusan!’ Era un jefe de la Comuna de Hiroshima: estaba tendido en la tierra, inmóvil, con otros empleados de su sección. ‘Usted que está a salvo, Ooe okusan me pidió , averigüe por favor qué hará el gobierno para ayudarnos’. ‘Parece que en seguida llegará un barco hospital’, dijo una de las empleadas. Yo no había oído nada de eso, y lo único que pude dejarles como consuelo fue un frasco de aspirinas. Pero no tenían agua para tomarlas, y la del río estaba sucia.“Salí corriendo a la carretera. Al atravesar el portal, encontré el cuerpo de la señora Yasimoto cortado por el zinc del refugio. Estaba muerta. Dos obreros de Mitsubishi me tomaron de la mano y me encerraron de nuevo en la oficina de provisiones. El más joven, Suzuki san, que tendría 17 años, trató de comunicarse por teléfono con un amigo que estaba de paso en la ciudad y había ido al hospital Shima esa mañana. La campanilla parecía sonar al otro lado de la línea, pero nadie contestaba. Empecé yo también a pensar en mi esposo enfermo de úlceras y en mis dos hijos, que habían quedado en Senda machi, a un kilómetro y medio del hospital. Salí como enloquecida a buscarlos. Siempre llevaba conmigo un botiquín de primeros auxilios, y por suerte pude encontrarlo intacto junto al cuerpo de la señora Yasimoto. Emprendí la marcha a lo largo del río Honkawa, por la ribera. Todo lo que ocurría, hasta donde alcanzaban mis ojos, era un interminable horror. Los heridos caminaban callados, en fila hacia los suburbios, pero el incendio parecía caminar más ligero que ellos. Cerca de Kawaguchi encontré a un chico de seis años, aplastado por un tabique de madera, llorando amargamente. ‘Nadie quiere ayudarme, papá’, sollozaba el chico. Separé un poco los escombros y vi que tenía un brazo completamente quemado. ‘¿Dónde está tu papá?’, le pregunté. Me dijo que era un lanchero en el Honkawa, a tres manzanas de allí. Saqué el óleo calcáreo del botiquín y se lo apliqué sobre las ampollas. Eso pareció aliviarlo bastante. Cuando lo llevé a su casa, los padres me besaron las manos y se abrazaron a mis rodillas. ‘Eres nuestro dios’, lloraban. A mí me avergonzó tanto agradecimiento. Estaban quemados y necesitaban ocuparse más de ellos que de mí.

“En ese momento sentí unos incontenibles deseos de orinar, y busqué un lugar cerca del puente donde ocultarme. Entré a un refugio antiaéreo, luego de saltar sobre una montaña de escombros. No hay una sola palabra en este mundo que pueda explicar lo que vi: el refugio estaba lleno de heridos y, sin embargo, ni un desierto hubiera parecido más silencioso. Me sentí como enterrada en una tumba: el único movimiento era el de los brazos de los heridos, espantándose las moscas. Volví al puente, y ya me había olvidado de mi cuerpo y de lo que mi cuerpo necesitaba. Al encontrarme otra vez con el jefe de los impuestos, me arrodillé llorando. ‘¡Tengo miedo, tengo miedo!’, le repetí atontada. En Sendamachi, donde estaba mi casa, mil lenguas de fuego se alzaban hacia el cielo oscuro, y las casas se desmoronaban una tras otra. Todavía sigo soñando con lo que vi aquel día, y delante de mis ojos vuelven a aparecer las espantosas caras de la gente quemada”.

Afuera, la lluvia volvió a caer sobre Nagasaki, y la torre meteorológica del monte Inasa desapareció en la niebla. Por las ventanas del hospital se filtró la sirena de un petrolero anclado en la bahía. La señora Sumi Yamamoto, de 63 años, dejó su taza de té vacía sobre una mesita, y no miró a los visitantes: ocultó la cara tras un ejemplar del Mainichi Shimbun, vespertino de Osaka, y contó:

“Al empezar la guerra, nos marchamos de Omura y construimos nuestra casita en el monte Inasa. Mi esposo trabajaba en los astilleros Mitsubishi, y a pesar de que yo ganaba algunos yenes más como lavandera, nunca nos alcanzaba para alimentar como es debido a nuestros siete hijos. A principios de 1945, ya no comíamos otra cosa que arroz. Estábamos contentos en esa casa, sin embargo. Por las mañanas, veía a mi marido descender por la colina, rumbo al astillero. Quedaba justamente debajo de nosotros, y era una gloria ver cómo los acorazados, con sus banderas de colores, se perdían entre las islas.

“A las once de la mañana, aquel 9 de agosto, salimos todos a la ventana a mirar el avión enemigo que atravesaba el cielo. Sus motores resoplaban apenas, y mis hijos mayores imitaron el ruido echando viento a través de los labios cerrados. Recuerdo que nos reímos muchísimo porque Toshiko, la menor, de un año y medio, trataba también de soplar. La risa se nos cortó en seco. Un resplandor blanco, poderoso, nos dejó ciegos por un momento. El cuarto quedó lleno de chispas que se encendían y se apagaban, como pequeños gorriones de fuego. Pensé que lo mejor sería esconder a los chicos en el ropero, pero no me quedó tiempo para pensarlo demasiado. Un viento increíble nos golpeó en ese momento, y la casa cayó. Mis chicos se esfumaron en el aire. No sé si me desmayé, pero supongo que sí; al menos durante un minuto estuve desvanecida. Sentí el cuerpo lleno de cortaduras, y vi que los tatami estaban empapados de sangre. Los niños salieron de todos los rincones, llorando sin gemir. Estaban rojos, quemados, y a simple vista podía advertirse cómo se les hinchaban las ampollas. Pensé que el fogonazo había sido el principio de un gran incendio, y que debíamos escapar en seguida. Recogí a los chicos y salí; en el patio, me di cuenta de que faltaba Kiyoshi, el quinto, y entré de nuevo en la casa a buscarlo. Me dio miedo dejar solos a los otros seis, porque los escombros y las tejas de las casas vecinas caían sobre el patio como una lluvia. Pero no tenía más remedio: encontré a Kiyoshi llorando lastimeramente. Una viga le oprimía la espalda.

Mi peor preocupación era la falta de vendas para cubrirles las heridas; mientras descendíamos hacia el astillero, las llagas se les iban ensuciando con las cenizas, y no había manera de detenerles la sangre. Sobre todo, la pequeña Toshiko iba perdiendo la vida por las cortaduras. En un refugio antiaéreo pedí ayuda desesperadamente, lloré y grité hasta que una enfermera, tal vez porque se hartó de oírme, puso yodo sobre las heridas de Toshiko. No hizo falta: estaba mojándole la frente cuando Toshiko dejó de respirar”.

Poco después de las diez de la mañana del 6 de agosto, cuando vio la ciudad lejana envuelta en humo, Makiko Kada decidió bajar hacia el hospital de la Cruz Roja, donde su madre debía de estar lavando sábanas. Los senderos de las colinas estaban llenos de gente quemada que huía sin saber adónde. Había niños solos agonizando entre las piedras. Los fugitivos pasaban a su lado con indiferencia, porque todos padecían alguna pérdida, todos sentían el peso de la muerte. Ella también era una niña, pero la trataban como a una persona mayor. Le pedían que buscara yodo y vendas, que llamara a los médicos. Makiko creyó por un momento que el ciego sol, cansado de los desafíos con que ella lo esperaba todas las mañanas, la había arrebatado del mundo y la había llevado a su oscuro reino de incendios y desgracias.

A eso de las dos de la tarde divisó el caserío de Mitaki-cho y, más allá, el brazo occidental del Ota. Había miles de personas inmóviles en el puente de Mitaki. Algunas se movían perezosamente y arrojaban los muertos al agua. Tomó un atajo y, sentados entre unos árboles arrancados de raíz por el viento de las ocho y media de la mañana, encontró un matrimonio joven. La mujer tenía manchas azules y quemaduras en el lado izquierdo del cuerpo y se quejaba con una vocecita apagada. El hombre llevaba un brazalete de la Cruz Roja. Makiko pensó que tal vez sabrían algo de su madre.
“¿El hospital? Todos han muerto ahí”, dijo el hombre, implacable. “No hay casas, no hay personas, no hay río. Los que han entrado en esa parte de la ciudad no vuelven. Sólo hay cenizas y fantasmas”.

Ahora, sentada en una sala azul del hospital de Hiroshima, Makiko habla con la cabeza baja. Sus ojos están blancos y sin luz: “Son los ojos que me apagó el sol cuando bajó del cielo”, dice con una sonrisa melancólica. “El sol no sólo venció a mi abuela. Nos venció a todos”. Viste un quimono estampado y está muriendo de leucemia, aunque no lo sabe. Ni lo sabe ni lo cree. Desde que supo que unas hojas tiernas de ginkgo biloba brotaban entre las cenizas atómicas y llevó a sus labios ciegos la frescura de las hojas recién nacidas, Makiko se cree invencible y eterna. En vísperas de cada invierno, los médicos le auguran que va a morir y no muere.

“Llegué a la ciudad después del mediodía”, cuenta Makiko. “Se encendían chispas espontáneas en todas partes y la gente las esquivaba con indiferencia. Parecía que la vida se nos hubiera retirado del cuerpo y que el mundo estuviera desierto y vacío. Lo que recuerdo más es el silencio: las palabras que se alejaban de nosotros como si nos pertenecieran. Una enfermera a la que yo había conocido en Numata me dijo que vio a mi madre salir del hospital de la Cruz Roja después del gran viento. Mi madre, dijo, estaba desangrándose, pero insistía en salir a buscarme. La retuvieron en el hospital hasta que el viento y la lluvia se retiraron. Eran las nueve y media de la mañana. Ni siquiera tuvo fuerzas para llegar a la calle. Cerca de la puerta, se desplomó. Al rato, el sol se abrió paso entre las llamas y el humo. Una lengua del sol lamió la cara de mi madre. Desde entonces, ya nadie la vio más. Tal vez arrojaron su cuerpo al río, tal vez el sol la envolvió y se la llevó. Esa misma noche entró una nube blanca en mis ojos y no pude ver nada más. A la primavera siguiente, un brote de gingko biloba creció en el mismo lugar donde mi madre había muerto. Yo me sentía muy débil, pero un médico del hospital me llevó para que lo tocara. Me permitieron arrancar una de las hojas húmedas y sentir el sabor pálido de la frescura. Era un sabor sin fuerza, como yo, pera decidido a vivir. No puedo ver, pero sé que mi cuerpo está lleno de manchas blancas enviadas por el sol. El sol avanza dentro de mi cuerpo, pero no puede llevarme”.

Cerca del monte Hiji, al este de Hiroshima, el viejo Cuartel de Artillería sirve ahora de biblioteca y laboratorio para la escuela de Medicina de la Universidad. Son tres grandes bloques rojos, manchados de humedad, oliendo a éter y alcanfor. En el fondo, detrás de un parque poblado de sésamos y narcisos, el doctor Yoshio Sugihara, titular de Patología de la Escuela, analiza todos los días, durante 15 horas, la sangre y los tejidos de los gembakusho; durante otras tres, dicta clases y camina por las calles de Burako, llega a las chozas para compartir una taza de té con los vagabundos, a menudo deja una bolsita de arroz o un pedazo de chocolate sobre las camas de los niños.

No nació en Hiroshima el doctor Sugihara: cuando se oyeron las primeras noticias de la explosión era médico del ejército de Okayama, al nordeste, junto al pueblo de Kurashiki, su pueblo. El 2 de septiembre, la rendición incondicional del Imperio, firmada a bordo del Missouri, lo dejó sin empleo. El 5 trepó a un camión, llevando unas pocas ropas en su valija de lona, y descendió entre las cenizas atómicas, apenas aplacadas por el viento y las lluvias. Permaneció en Hiroshima desde entonces. Por las noches, después de trabajar en seis o siete autopsias, dentro de un galpón sucio, escribió un minucioso diario médico. En marzo de 1948, lo llevó al Chugoku Shimbun, el único periódico de la ciudad, para que le publicaran algunos fragmentos.

“Me enteré entonces”, cuenta Sugihara, “que el código de prensa promulgado por el general MacArthur impedía divulgar toda noticia sobre el cataclismo atómico y publicar fotografías o dibujos. Hasta fines de 1952, cuando la ocupación cesó y el semanario Asahi Pictures News publicó en Tokio las primeras fotografías de tejidos queloides y de niños sin ojos, casi nadie en el Japón sabía hasta qué punto habíamos sido heridos por la bomba. Recuerdo que en esos meses, la revista Life contó, con honestidad, que ‘las fotos tomadas por Kiyoshi Kikkawa en las primeras cinco horas de terror fueron secuestradas por los censores militares. El señor Kikkawa pudo recuperar sus negativos en abril pasado (1952), cuando el Japón recobró su soberanía’”.

Al doctor Sugihara le gustaría pregonar ante el mundo que todavía siguen muriendo, año tras año, medio centenar de personas en el hospital de la Bomba Atómica de Hiroshima, y otro medio centenar en el miserable caserío de Burako. Se le enciende la voz cuando va enumerando las enfermedades que nacieron de la gembakusho, esa gigantesca enfermedad madre: leucemia, anemia, endurecimiento del hígado, cáncer de hígado, cáncer de pulmón, cáncer de piel, cáncer de tiroides, cáncer de estómago, tumores malignos, cataratas. Y se queja de que el ABCC, el Atomic Bomb Casualty Commission (Comisión para los Daños de la Bomba Atómica) sólo examine a los enfermos, sin responsabilizarse de su curación. “Los médicos tenemos la obligación de arrancar a las víctimas de sus infiernos, de sus depresiones morales, de su decadencia física”, postuló el doctor Sugihara. “Pero el ABCC los usa como cobayos”.

Sobre el monte Hiji, 330 metros al oeste de la Escuela de Medicina, los investigadores norteamericanos piensan que esa ira es ciega. “Hemos revelado que hay conexiones entre la explosión nuclear y el aumento de la leucemia protestaron . Hemos publicado en nuestros boletines que el cáncer de pulmón, el de senos, ovarios y cerebro eran fácilmente advertidos entre los sobrevivientes. Informamos a quien quería enterarse que en los chicos de siete a diez años se descubría una pérdida constante de agudeza visual, y que las criaturas gestadas hasta cuatro meses antes de la explosión nacieron con graves retardos mentales y un alto porcentaje de microcefalia. ¿Cómo puede decirse que nuestras investigaciones transformen a los seres humanos en cobayos?”.

Para el doctor Sugihara, la historia está en otro lugar, en el esfuerzo para hacer sentir a los gembakusho que no están desamparados ni solos. “Ellos”, dice, “tratan de vivir más intensamente que nadie, de entregarse apasionadamente a su trabajo todos los días, aunque les faltan las fuerzas. Y tienen razón. Nadie puede asegurarles que no estarán muertos mañana.”

“Nadie puede asegurarme que no estaré muerto mañana”, repite el señor Michiyoshi Nukushina, de 59 años, en la trastienda de su almacén tristísimo y vacío. Afuera, los altoparlantes de un camión de propaganda incitaban a votar por los senadores del partido Liberal Democrático en las elecciones para la Dieta, el 4 de julio. Sobre el muro de enfrente, los socialistas de Hiroshima habían pegado centenares de afiches con la cara de sus candidatos. Pero el señor Nukushina no podía ver toda esa fiebre, y casi tampoco podía oírla: el resplandor atómico lo alcanzó más de cerca que a ningún otro sobreviviente en la ciudad, porque su oscura tiendita de sake estaba a 900 metros al sur del hospital Shima, en el mismo lugar donde se alza su casa ahora, sólo que con dos lámparas shintoístas en el jardín y más gente en el dormitorio, 12 personas más de las tres que viven todavía.

Esa cercanía le costó cara a Nukushina san: un ojo, las dos piernas amputadas hasta la ingle ahora suplantadas por aparatos ortopédicos , el oído, un delta de tejidos queloides en la espalda, la esterilidad, los padres, los cinco hermanos, sus cuatro cuñados y uno de sus dos hijos. Se siente como una especie de Job incapaz de entender la ira de Dios, aunque no sabe quién es Job y no quiere saber quién es Dios.

Junto a la trastienda, inmóvil sobre un futon, la esposa de Nukushina san agonizaba, el primer martes de julio, sin poder resistir el embate de la anemia y de un cáncer pulmonar. Apenas podía mover sus 40 kilos, y la lengua se le había detenido. A su lado, Myeko, de 24 años, le espantaba las moscas con una pantalla de palma. A Myeko se le vaciaron los ojos por mirar el resplandor, aquel 6 de agosto, y la oscuridad en que se sumergió a los cuatro años pareció iluminarse hace tres meses, cuando se casó con otro sobreviviente ciego, tejedor de mimbres, sólo para quedar acongojada de nuevo: el hijo que les nació no consigue librarse de la anemia ni del llanto.

Como el propio Nukushina san suele decir, sonriendo, su historia “es la más espantosa que conocí”. Todo empezó de un modo tonto, imperdonable, porque el 2 de agosto, después de haberse tomado una fotografía junto a la puerta de la tienda, la familia Nukushina se estableció en Kure, 25 kilómetros al sur. Volvieron en pleno la noche del 5, para festejar el cumpleaños de Myeko y llevarse unas cacerolas de cobre. Baba san, la abuela, presentía que Hiroshima iba a ser bombardeada de un momento a otro, después de tres años y medio de tranquilidad, y el señor Nukushina resolvió que Kure podía ser un sitio más seguro hasta que la guerra terminara. Confiaban en regresar entonces a la tienda de sake, pero las incomodidades de la nueva casa, las cacerolas, Myeko y la fatalidad los empujaron hacia la muerte aquel 5 a la noche.

“A las 8 de la mañana (contó Nukushina san), ya estaba toda la familia en el camión, lista para viajar a Kure. Les pedí que esperasen un momento, porque necesitaba llamar por teléfono desde la tienda a un amigo de Miyajima. Mi esposa bajó conmigo y no pudimos convencer a Myeko de que se quedara quieta en las faldas de Baba san, de modo que también ella entró en la casa. La vimos divertir a su pequeño hermano con una muñeca de yeso, desde la ventana. La operadora telefónica informó que tardaría unos diez minutos en comunicarse con Miyajima. Me senté a esperar. Me entretuve mirando a Myeko y, de a ratos, soplé el polvo de los cuadros que adornaban el vestíbulo. Eran muy parecidos a los que tengo ahora: un paisaje nevado de Hokkaido, una cesta de frutas, una mujer que esconde su cara detrás de un abanico. Mi esposa me llamó desde la cocina cuando sonó la alarma antiaérea. ‘¡Diles que entren!’, gritó, pensando en Baba san. Pero fue Baba san la que se opuso, porque vio que era un solo aparato el que merodeaba en el cielo. Volví al lado del teléfono, y la alarma se apagó. Casi inmediatamente, una luz blanca, como un torrente de leche, inundó todo el cuarto: en ese instante, la casa se vino abajo”.

“Myeko lloraba amargamente en la ventana, cubriéndose los ojos con las manos. Le grité que no se moviera, porque una viga se balanceaba y estaba a punto de caer. El cuarto estaba lleno de chispas. Recuerdo que un sofá de paja empezó a incendiarse, y en seguida el fuego estaba ya lamiendo las paredes. Traté de levantarme, para llevar a Myeko hacia el camión. Sólo entonces me di cuenta de que tenía la espalda cortada y quemada, y una especie de tenaza hirviendo me golpeaba las piernas. Me rasgué el pantalón, empapado en sangre. Mis piernas estaban separadas del cuerpo, y dos cacerolas de hierro, partidas por la mitad, se habían incrustado en esas heridas. Nunca supe cómo llegaron hasta allí”.

Para la señora Yaeko Katsuda, que mueve sedosamente los pliegues de su quimono verde, todo es hermoso sobre la tierra: el ciruelo que crece bajo su ventana, en el hospital de Hiroshima; la voz de la enfermera que sirve el almuerzo; las sembatsuru rosadas que dos amigas le han llevado de regalo a la señora Ooe, su compañera de cuarto; la lluvia que cae sin fatigarse nunca sobre la ciudad. También el pikadón, el relámpago atronador que arrasó su casa de Minami Misasa, hace dos décadas, fue “la luz más hermosa que he visto”. Acaba de cumplir 48 años, y parece tan suave que no tolera los repiqueteos de un taladro eléctrico, fugaz y ensordecedor, en la calle contigua al hospital. Acomodándose el pelo corto con las manos, ajustándose los anteojos sobre su pequeña nariz, la señora Katsuda se resiste largamente a contar lo que por fin, con voz tibia, cuenta:

“Cuando estalló el pikadón, en ese instante justo, empecé a caminar desde la cocina al cuarto de baño. No me sentía muy bien, porque esperaba mi tercer hijo, y el embarazo seguía provocándome vómitos y mareos, aun en ese quinto mes de gestación. Fue como si un rayo se instalara en el centro de la casa, obligándola a temblar. Una fuerza desconocida me arrastró por el suelo, como un huracán, mientras las tejas y los ladrillos se desmoronaban sin dar tiempo a que nos protegiéramos. Llamé preocupada a mi hijo menor, de cuatro años, a quien había dejado en el dormitorio recortando papeles. Pero no lo oí contestarme. Pensé desconsolada en Toshío, el mayor, que estaba jugando en la calle. Toda la casa era una colina de escombros, y los marcos de las ventanas habían salido de quicio. Oí un llanto apagado, como de gato, y aparté las tejas que cubrían todo el dormitorio. Mi hijo pequeño estaba allí, guarecido bajo una mesa, completamente a salvo a pesar de las vigas que se habían desplomado a su alrededor. Salí al roka , por si podía divisar a Toshío: lo vi correr hacia mí, con un pantaloncito blanco y empapado. Me contó que no soportaba más el calor y había decidido bañarse en el tanque de agua de Asano san, nuestro vecino. Cuando oyó a su amigo Hideo buscándolo por el jardín, se acuclilló dentro del tanque y cerró la tapa. La bomba reventó en ese instante”.

Hacía un mes y medio que la señora Katsuda había llegado al hospital para quitarse “la pobreza de la sangre”, entre ramos de crisantemos y gallardetes con haikai. El 3 de julio, con el mentón hundido en el pecho, se acordó que “hace muchos años, cuando acabó la guerra, sentí un odio implacable hacia los ocupantes del Japón, y deseé con todas mis fuerzas que diez bombas iguales a las de Hiroshima cayeran sobre cada una de sus ciudades. Pero ya pasó demasiado tiempo desde entonces, y mi odio se ha borrado por completo”.

“Y después del odio, ¿comenzó a quererlos?”, preguntó la señora Ooe desde su cama.

La señora Katsuda no contestó una sola palabra.

Nadie habla ahora de resentimiento; hasta Nukushina san, a quien el llanto del nieto desvela todas las noches, se olvidó ya de su vieja cólera, y dejó que el cansancio y la costumbre la apagaran para siempre. En su casita soleada de Midori machi, junto a la capilla, el padre LaSalle, de la Compañía de Jesús, no sintió nunca indignación por tanto espanto. “Sólo piedad por los que murieron y piedad por los que mataron”. La voz le sale oscura, calmada, como si escapara de un tubo: “Con esta misma voz lloré el lunes 6 de agosto”, cuenta, mientras una encorvada sirvienta japonesa va y viene por el piso de hule. El padre LaSalle ya no se llama como en 1945, cuando era Superior de la Misión en Hiroshima: ahora que ha resuelto quedarse allí a vivir como un japonés, su nombre es Enomiya Makibi, y su cargo, vicepresidente del Instituto Reina Elizabeth, una escuela de música.

Tenía 47 años aquel verano, y durante la primera semana de la hecatombe pasó casi todo el tiempo rezando, mientras andaba entre los heridos y los muertos. “No necesité perdonar porque ya había perdonado en el momento mismo en que mi espalda quedó rasgada por 15 astillas de vidrio, la mañana de la explosión”, cuenta el padre LaSalle sin que sus 67 años se muevan de la silla, curvando apenas los labios finísimos. “Sólo pienso ahora que fue una desgracia para los norteamericanos haberla descargado primero sobre una ciudad, y una suerte que no todos los países en guerra la hayan tenido al mismo tiempo. A veces”, reflexiona, “cuando miro las fotografías de aquellos años, me pregunto dónde están los límites de la desgracia. Una mujer de Liverpool me contó que su ciudad fue atacada 84 veces por los alemanes y que su casa estuvo indemne hasta la vez número 84. Entonces, una bomba (quizá la última bomba de la guerra en todo Liverpool) la redujo a cenizas”.

El padre La Salle prefiere acordarse de otras historias, de los 300.000 dólares que logró acumular en todo Japón para alzar la Catedral de la Paz, de los padecimientos que afligen todavía al padre Wilhelm Kleinsorge y al padre Cieslik, dos sacerdotes de la Misión derribados por la anemia.

A medio kilómetro de la capilla, en una casa de departamentos que cobija a 83 profesores universitarios, los amigos de Kitanishi sensei, titular de Economía Política en Hiroshima, hablan de la explosión atómica como de una leyenda oscura, impenetrable, un cataclismo que sólo puede preocupar a los viejos. Los amigos del profesor no tienen más de 14 años. Yasugiko, su hijo, acaba de cumplir ocho y cursa el tercer grado. Lo único que oyó decir del 6 de agosto es que un globo de calor hizo reventar la piel “de mil personas y les formó queloides en la espalda y en la cara”.

Tampoco Hiroko Magari sabe casi nada de esas historias. Por aquellos años, su madre vivía en Taiwan, y el padre estaba acuartelado en Corea. Hasta hace tres, cuando salió de la escuela primaria, Hiroko no sabía que 200.000 personas podían morir golpeadas por un solo rayo: había estudiado algunos principios elementales de física, había aprendido la noción de que el átomo es divisible, pero no sabía que la fuerza de mil soles se descargó un día sobre Hiroshima, a 300 metros de la casa donde ahora vive. En la última semana de clase, el maestro de sexto grado les explicó que Japón estaba a punto de derrumbarse en 1945, sin alimentos ni armas. Los japoneses sabían que ese derrumbe era inminente, pero estaban dispuestos a morir antes de rendirse. En las montañas de Kiushu, las muchachas guardaban un puñal de bambú (contó el maestro), “dispuestas a suicidarse ante la vista del enemigo. Para salvarnos de una masacre, Estados Unidos recurrió a la bomba. El maestro creía que era justo. Eso es lo que creo yo también”.

Y es lo que cree Kazushige, el hermano menor de Hirokoto, y lo que piensa a veces Akie Yokawa, de 11 años, a quien jamás le dijeron en la escuela una palabra sobre el átomo salvo las que leyó en el texto de historia. Pero sólo a veces, porque Akie quisiera tener “un padre y una madre inmortales, y hermanos inmortales, y ninguna bomba ni puñal ni ametralladora cerca de mí”.

Todos los veranos, las lluvias siguieron cayendo sobre Hiroshima y Nagasaki como si nada hubiera ocurrido. Las casitas de dos pisos volvieron a crecer alrededor del hospital Shima o de la iglesia de Urakami, sobre el polvo y las cenizas. En Nagasaki, los pescadores se alegraban de su buena suerte: al fin de cuentas, si la bomba hubiera estallado sobre los astilleros Mitsubishi –el blanco elegido , y no la hubiera desviado el viento hacia el valle de los cristianos, el Urakami, la bahía entera estaría despedazada y la onda explosiva, al encajonarse entre las montañas, la habría limpiado de casas y de lágrimas. La estrecha garganta donde un trueno de plutonio reventó el jueves 9 de agosto, a las once y dos minutos de la mañana, salvó los astilleros, la casa de Madame Butterfly y casi todos los templos budistas. “Fue sólo una matanza entre cristianos”, definió el Asahi Shimbun en el décimo aniversario del estallido.

Por entonces, en 1955, las cosas le iban bastante mal al ex bombero Yukata Ikeda. Su mujer había perecido en el puente Yokogawa, y a él mismo el brazo derecho le quedó casi inútil. “Durante seis meses recuerda , me salió pus de las quemaduras y de los ganglios detrás de la oreja”. Un tío paterno lo recomendó en las acerías de Mitsubishi, y allí estuvo trabajando tres años, una semana sí y otra no, a causa de las anemias, y los dolores de hígado. “Hasta que en diciembre de 1951, mientras estaba llevando material al tren de laminación, los huesos cúbito y radio del brazo derecho se desencajaron, y ningún médico pudo unirlos. Vagué de un hospital a otro, y hace siete años llegué aquí, al de la Bomba Atómica. No me he movido desde entonces, pero cuando llega la noche, me desespero por levantarme y respirar el aire libre”.

La señora Yuko Yamaguchi, esposa del presidente de la Compañía de Gas, en Hiroshima, tuvo que aguardar un año a su marido a quien creía en Hangchow : fueron meses tristísimos, llenos de miseria, y ella pensó que no los sobreviviría. Su odio del principio contra el enemigo empezó a transformarse lentamente: primero, lo enderezó contra el país vencedor; luego, contra el coronel que había arrojado la bomba y contra el presidente que había ordenado el exterminio; por fin, advirtió que no conocía ni a los unos ni a los otros, y que ese resentimiento anónimo, gregario, sólo podía caber en una tonta. “Entonces dice la señora Yamaguchi supe que el único destinatario de mi odio era el monstruo, la Bomba”.

A las nueve de la mañana, aquel espantoso lunes de agosto, los heridos fueron invadiendo calladamente la escuela del monte Futaba, donde ella vivía, y acostándose en la sala de reuniones sin pedir permiso ni quejarse. Todo lo que se les podía dar para ayudarlos era un poco de agua y media ración de arroz. Se contentaban con eso. A las once de la mañana, cuenta la señora Yamaguchi, “cuando más nos lamentábamos de nuestra impotencia, tuvimos la primera muerte: una mujer que había venido caminando desde Hatchobori, a tres kilómetros, con su hijito a cuestas. Tomamos el niño a nuestro cargo, y fue esa misma mañana, en el nacimiento de la era atómica, que resolví dedicar mi vida a los huérfanos de Hiroshima. He cumplido hasta ahora”.

Entre los kakeyi de su casa, entre los poemas que hablan de la lluvia y de la primavera, la señora Yamaguchi suele olvidarse a veces del desastre. “Pero no de mis huérfanos”. En 1953 golpeó a miles de puertas, con un chiquillo de la mano, pidiendo que lo adoptasen. Escribió al gobierno del Japón, reclamó ayuda y alimentos, y acabó cobijando a un centenar de desamparados. Logró que los empleasen y los educasen, y les abrió las puertas de la casa para aconsejarlos sobre sus matrimonios.

Sin dejar de rascarse la cabeza rapada, también el señor Muta Suewo, en el Hospital de Nagasaki, acabó por aceptar la fatalidad y por acostumbrarse a ella. No le fue fácil consolarse, liberarse de la pesadilla. Al salir de la fundición de Mitsubishi y ascender a su casita de Narutaki, en las montañas, encontró a sus dos hijas salvas: Yaeko, la mayor, jugaba con una muñeca entre los escombros. Pero ese respiro de felicidad no duró demasiado tiempo. En enero de 1947, mientras estaba comiendo, Suewo San se desmayó; nunca más, desde entonces, volvió a sentirse con fuerzas. Esperó hasta el verano de aquel año, confiado en que mejoraría poco a poco. No le sirvió de nada. Los médicos, al menos los que él visitaba, creyeron que le estaba fallando el corazón y lo saturaron de coraminas. Por fin, cuando el ABCC llegó a Nagasaki, Suewo san se presentó para que lo examinaran. “Anduve días y días por las salas de la Comisión cuenta , preocupado porque mi diagnóstico tardaba demasiado. En Narutaki machi me ponía en cama a las seis de la tarde y empezaba a pensar en la muerte. A veces, la sangre se me empobrecía tanto que deseaba no despertarme más: sólo las voces de Yaeko y de mi otra hija me devolvían la voluntad de vivir. Un día encaré a los médicos del ABCC y protesté: ‘Si ya terminaron de revisarme y saben qué tengo, ¿por qué no me lo dicen y me dan remedios para que me cure?’ Pero me explicaron que no estaban en Nagasaki para calmar nuestros dolores sino para conocerlos”.

También esa recelosa forma de indignación fue esfumándose de la vida de Suewo san: ya no se acuerda casi de que en 1951 no probaba otro alimento que el arroz y que gastaba en medicinas todos los miserables yenes que ganaba. “Un día dice, entrecerrando su ojo yerto me puse a llorar ante la escudilla vacía de Yaeko, y decidí enterrar mi estúpida vergüenza para no verla consumirse de hambre. Fui a la Comuna y pedí que me subvencionaran. Al fundarse el hospital de la Bomba Atómica, hace siete años, los médicos admitieron que mi corazón estaba débil a causa de las radiaciones y que en mi sangre faltaban los espíritus blancos. La tranquilidad de saber que mi tarjeta de salud tenía un cuadradito verde con la palabra gembakusho me permitió olvidar el pasado. Ese cuadrado verde me aseguraba atención médica gratuita en el hospital. Para entonces, hace ya siete años, Yaeko trabajaba en la acería de Mitsubishi y mi otra hija en las tiendas de coral. Aquí estoy tranquilo se regocija Suewo san, y no espero nada ni quiero nada. Esta es mi felicidad”.

A los 35 años, el señor Yukio Yoshioka piensa, en cambio, que jamás conocerá nada parecido a la dicha: “Fui un globo, una ampolla de agua moviéndome, adolescente, después del pikadón. Ahora me siento sin fuerzas, y cada dos o tres meses una violenta diarrea me obliga a esconderme en casa. Pero lo peor es que mi corazón está herido, ocupado con los problemas del cuerpo. Ni una sola noche puedo dormir sin despertar sobresaltado. Entonces pienso que no podré ya nunca engendrar hijos sanos, que tampoco podré conseguir un buen trabajo”.

Los alumnos de Yoshioka san, en el Centro de Paz donde enseña caligrafía coreana, junto al río Enko, en Hiroshima, creen que el abatimiento jamás se ha posado sobre él y que tendrá una larga vida. Sólo una tarde, en junio, dos de ellos lo sorprendieron con la cabeza entre las manos, antes de empezar la clase, y le oyeron decir: “Debo morir. Hablo con mis antepasados, y ellos me acercan siempre al camino de morir”.

Morir era también lo único que deseó la señora Yamamoto desde que la pequeña Toshiko se le apagó en un refugio antiaéreo de Nagasaki, y sobre todo, desde que Kiyoshi, a quien le había costado tanto salvar de entre los escombros, fue acometido por vómitos interminables en un puesto de emergencia. En la madrugada del viernes 10, lo vio empalidecer y suspirar: levantó los bracitos hacia un sembatsuru y cayó, con el corazón detenido.

Otros tres de sus siete hijos sucumbieron al año siguiente, y ella, la señora Yamamoto, perdió todo el pelo y lo sintió crecer de nuevo, oscuro y fuerte, mientras las montañas de la ciudad volvían a poblarse de alverjillas y los barcos, como antes, arrimaban sus sirenas a la bahía.

A su marido lo emplearon otra vez en los astilleros Mitsubishi, y ella se sintió también afanosa por trabajar. Pero cuando se marchaba del hospital y comía los alimentos de su casa, la cara se le hinchaba y le dolía. A nada teme tanto ahora como a la muerte. A nada, salvo a otro fogonazo pálido y quemante.

También Makiko Kada sólo piensa en sobrevivir. Todas las tardes, las enfermeras del hospital de la Bomba Atómica la llevan al pie del ginkgo biloba y la dejan allí por una o dos horas, sentada en un banco de piedra. La gente que pasa le canta canciones alegres y Makiko les devuelve la cortesía contándoles su historia. No siempre es la misma historia: a veces el sol que la encegueció es un dragón de grandes alas que tiene su nido al otro lado del mar, a veces es un pez espada que juega entre las nubes y que ataca a quienes osan mirarlo.

Pronto cumplirá 30 años. Hace diez, la ofrecieron en matrimonio. Nadie la quiso. Ya entonces, todos decían que pronto iba a morir. “Muchas veces he muerto desde aquella mañana del resplandor’“, dice Makiko. “He muerto y he resucitado, como todos en Hiroshima. Nos parecemos a las nueces plateadas del ginkgo biloba. Estamos llenos de estrías y de sufrimientos, pero el viento pasa, los incendios pasan, y nosotros seguimos en el mismo sitio, invencibles”.

Las cifras dicen poca cosa, pero a veces lo dicen casi todo. En enero de 1965, el 42% de los trabajadores esporádicos de Hiroshima eran sobrevivientes de la hecatombe. Cada uno de ellos, por condescendencia del gobierno japonés, recibía un dólar y medio por jornada. En febrero, el señor Akira Kuboyama, licenciado en Economía de la Universidad de Nagasaki, aprobó el examen de ingreso a una de las mayores empresas de la isla Kyu shu. Pero durante el test médico, los investigadores advirtieron formaciones queloides en sus hombros y vetaron el contrato. En abril, la señora Yamaguchi protestó ante la Comuna de Hiroshima porque uno de los huérfanos a quienes apadrinaba había debido cambiar diez veces de trabajo en un año: cuando presentaba la tarjeta de salud con un rectángulo verde era implacablemente despedido.

«Lugar común la muerte es el relato de la vida de otros, mayormente escritores. […] No es un libro de perlas, tan solo: es un mar entero. Léanlo.» Juan Cruz, Babelia

Tampoco les es fácil ser reconocidos como enfermos atómicos. Hasta 1957, el gobierno negó que las anemias y cánceres tuvieran algo que ver con la explosión. Obedecía de esa manera el dictamen del brigadier general Thomas Farrell, quien el 3 de septiembre de 1945 informó en una conferencia de prensa que “ya nadie padece en Hiroshima y Nagasaki los efectos radiactivos de la bomba. Quienes los padecieron, están muertos”.

Myeko, la hija ciega del señor Nukushina, imagina que la Hiroshima donde nació sigue como hace veinte años, con sus oscuras casitas de tejado curvo. No puede concebir que la ciudad donde nació sea otra, lavada por las lágrimas y la desdicha. “Aquel día de agosto suele contar, el cielo se cayó. Cuando el cielo volvió a levantarse, todo siguió igual que antes. Somos sólo nosotros los que hemos cambiado”.

Tomás Eloy Martínez: Panorama [Buenos Aires]. Martes 11 de agosto de 1970.

Lo que la economía se llevó

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La economía iba bien, sus altibajos no me preocupaban. Dicen que los grandes mercados se sacudían, pero la gente para la que trabajo siempre tiene desventajas económicas, es un mundo de esfuerzos y nuevos comienzos financieros. Pero cuando el mundo paró de repente, la ciudad se detuvo y a pesar de vivir en una de las urbes más ruidosas de Colombia, todo se silenció, la gente tenía miedo, no se salía a trabajar, el afuera representaba una amenaza. 

Mis noches se volvieron cortas, y en medio de ellas llegaron unos cantantes nuevos, no era La Fania, era aún más hermoso. Con la luna llegan los cantos o lo que creo que es un coro entre aves. Llegaron nuevos habitantes a los árboles cercanos, unos vecinos desconocidos. Asimismo aparecieron fotografías hermosas, testimonios de paisajes ocultos, hasta algunas claras tardes capitalinas en donde aparecieron los gigantes encanecidos.  

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Me desvelaba el miedo, las cuentas, las curvas, los enfermos, pero sobre todo un mundo que no sabía que existía, la intensa conversación de las aves a la luz de las estrellas; me parecía increíble que yo, salida de un lugar pequeño, con una majestuosa cordillera nunca había tenido noticia de que las aves empezaran sus cantos a las tres de la mañana, qué madrugadoras y adorables.

Tanto me animé por la belleza y la novedad de su canto, que me uní a una investigación de paisajes sonoros y entonces una nueva posibilidad nació entre ellas y nosotros: que pudiéramos existir en la misma ciudad, que los monos estuvieran por los parajes de los ríos, que los venadillos pudieran bajar a recorrer los bosques urbanos, que las cumbres nevadas fueran visibles desde mi ventana y que mi aire no tuviera el hedor de las zonas industriales cercanas.

¿Cómo podía haber tanto miedo y tanta belleza unida?

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Pensaba que, igual que yo, todos iban a amar este nuevo estado en que el hombre se callara para oír a la naturaleza, para respirar un mejor aire, sentir la brisa del atardecer sin polvo, smog o lluvia ácida. Todos piensan en nuevos comienzos, distintos, algunos aspiran a los mismos, sobre todo los agentes económicos (que son la mayoría). Especialistas y neófitos empezaron a contraponer una vieja fórmula: economía o salud, economía o naturaleza, economía en incesante crecimiento o hambruna. Lo que yo considero una falsa dicotomía, que se usa para tener la opción de no poner en crisis un modelo que es insostenible  en lo social, lo ambiental y lo ético.

Voces fuertes como las de Saskia Sen o Manuel Delgado promulgaron un manifiesto de reorganización de la ciudad tras la covid-19. En él abogan por una reorganización de la movilidad, una renaturalización de la ciudad, una desmercantilización de la vivienda y un decrecimiento del fenómeno urbano (https://www.archdaily.co/co/941897/manifiesto-por-la-reorganizacion-de-la-ciudad-tras-el-covid-19). Pero ellos no son los únicos; Georgescu-Roegen, desde la década de los cincuenta, hasta Sack y Rowther, han planteado innumerables vías alternas para una teoría neoclásica de la economía que  impone el crecimiento ininterrumpido, creciente y sin límites.

Para que ni los pájaros, ni los paisajes, ni el aire puro nos abandonen por el temor de no ponernos en crisis pensando en nuevas formas de habitar el mundo, más pausadas, menos centradas en la concentración de la riqueza y en el consumo insaciable, más equitativas y que valoren lo realmente importante para los seres humanos: la sobrevivencia a largo término. Los cambios en la macroeconomía son impostergables. Como lo son las pequeñas batallas domésticas por generar hábitos de vida menos dañinos con el ambiente. Ambas deben tener igual valor; unos y otros son nuestra responsabilidad, nuestro gran desafío. Todos aportamos algo en esta causa, yo por lo pronto, apago mi televisor, callo a O’hara, imagino nuevos futuros y en silencio escucho a mis nuevos vecinos, las aves.

LA CEBRA QUE RAYA: arte urbano, exploratorio y sensitivo

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En Colombia la tradición del dibujo se remonta al arte colonial. Un ejemplo es el trabajo de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, quien lo usaba como medio para estudios preparatorios de sus pinturas y dibujos de la Expedición Botánica.

Ya en el siglo XX se inició usándolo como ejercicio previo para obras definitivas y para 1930 aproximadamente, dice Álvaro Medina que el dibujo se trabajaba pensado como obra final, aunque solo en los 50 fue reconocido plenamente.

Desde entonces hay una trayectoria importante de dibujantes que ven en este arte una manera estética de expresión y en la actualidad tenemos artistas que expresan su obra a través del grafiti, el dibujo combinado con el tejido, la pintura, la fotografía, el video.

En la agenda de la cebra que raya las actividades que les presentamos son ejemplos de arte relacionado con el dibujo.


Foro sobre el grafiti y la cultura urbana: Ánimas Urbanas | 6 de agosto, 4:00 pm | en vivo por facebook live del Festival Pereira Querendona

Jueves 4 de agosto, charla sobre grafiti moderada desde Medellín por el curador e historiador Juan David Quintero, quien en la última década se ha dedicado a trabajar en distintos espacios culturales, entre los que se destacan el Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá; allí fue curador y propició espacios para el acercamiento del grafiti a la escena del museo.

Los invitados a la charla serán:

Carolina Sanz, investigadora, curadora y museógrafa venezolana, quien ha participado como investigadora en diversos certámenes relacionados con la escena urbana, siendo la más relevante su investigación sobre grafiti tradicional en Caracas.

Stinkfish, uno de los más prolíficos artistas urbanos colombianos, conocido por su trabajo de grafiti, que parte de la fotografía de rostros como bitácora de viaje y propone una dinámica de intercambio: rostros de un lugar plasmados en las calles de otra ciudad; migración de contextos que permiten ver lo próximo en un mundo contemporáneo.

Para ver la charla y tener más detalles del foro y otras actividades del festival organizado por la Corporación Khuyay, sigan al Festival Querendona Pereira en su Facebook: https://web.facebook.com/festivalpereiraquerendona/


La Jam de dibujo | 7 de agosto, 4:00 pm | en vivo por Google Meet:

https://meet.google.com/jtk-ieoc-cab

En la sesión 43 de la Jam de Dibujo, nuevamente estará presente la artista Liliana Estrada, de Colombia, quien estuvo en la sesión 41 donde propuso varios ejercicios sensitivos y exploratorios y de esa sesión salieron  resultados con el colectivo que no alcanzaron a ponerlos en común con la artista. Por eso, regresa, para divulgar el trabajo y responder a preguntas de los asistentes  que se quedaron sin resolver.

Recordamos que Liliana trabaja temas de identidad, lo autorreferencial y las nociones de fuerza física y psicológica, por medio del dibujo y la fotografía.

Pueden ver parte del proceso artístico de Liliana Estrada al respecto de lo mencionado en su Instagram: www.instagram.com//equipaje_para_dibujantes

Recuerden que los encuentros de la Jam de dibujo son semanales, de acceso libre y gratuitos.


Las redes de contacto del colectivo son:

FB: https://www.facebook.com/jamdedibujocolombia/

INSTAGRAM: https://www.instagram.com/jamdedibujo_/

Urban Sketchers Pereira | Reto de dibujo, enviar trabajos antes del 8 de agosto a las 9:00 pm

USK Pereira, continua sus retos recorriendo la arquitectura por el mundo, esta vez, planean dibujar puentes, esas construcciones que son pensadas para unir y atravesar accidentes geográficos, en busca de la comunicación entre territorios o zonas que presentan obstáculos para que el hombre pueda ir de un lugar a otro.

Las redes sociales para estar en contacto con Urban Sketchers Pereira son:

FACEBOOK: https://www.facebook.com/groups/uskpereira/

INSTAGRAM: https://www.instagram.com/usk_pereira/

Los olvidadizos: tan sólo somos parte de la naturaleza

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“Es bueno trabajar duro, vivir mucho y entonces estar agradecido”

Fragmentos de Los sueños de Akira Kurosawa (1990), hombre de 103 años.

En estos tiempos de pandemia donde se antoja estar viviendo en el campo y hay más tiempo para explorar el mundo a través de internet, me encontré durante el último mes una serie de informaciones que me llevaron a escribir este texto y avivar mi intención de retomar mis raíces campesinas.

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Primero, en las lecturas recomendadas de los sábados por La cebra que habla, descubrí al antropólogo francés Philippe Descola, discípulo de Claude Lévi-Strauss y experto en pueblos indígenas del Amazonas en Ecuador; luego me invitaron a un grupo de Facebook que se llama Red de trueque y economía solidaria; y en búsqueda de lecturas, en El Cultural, leí que se reestrenó una película de 1975 de Akira Kurosawa: Derzu Uzala “El cazador”, que obtuvo el Gran Premio del Festival de Cine de Moscú y el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, me vi ésta y una más del mismo director: Los sueños de Akira Kurosawa de 1990.

Recién inicié mis estudios universitarios, un profesor invitó a mi grupo a un retiro-convivencia a su casa. Él vivía, si mal no recuerdo, camino a La pastora, un parque natural ubicado en la cuenca del río Otún en Pereira, Colombia. Allí habitaba un espacio rural con otras familias amigas, todos eran profesionales que se habían unido para hacer una especie de reserva comunitaria, cada uno con su casa independiente, a su estilo moderno en el campo, aportando desde sus conocimientos al entorno y beneficiándose de las bondades del suelo para obtener algunos alimentos, sin descuidar su parte cognitiva y el desarrollo del ser.

Era un compartir con los campesinos su conocimiento y los campesinos con su sabiduría, enseñándoles y ayudándoles en el cuidado de sus cultivos.

Hoy casi 20 años después de esa experiencia se presenta la adultez con sus obstáculos y decisiones para tomar, entre ellas, un sistema económico que beneficia solo a quienes tienen para que tengan más, o del otro lado, un sistema asistencialista que con migajas pretende resolver las necesidades básicas de los más necesitados.

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Entre esas dos directrices del sistema lo que le queda a la clase media es escoger entre vivir “una vida tranquila”, al día, o ser obrero del sistema, pagar salud y pensión para aspirar en la vejez a un ahorro programado, antes llamado pensión, que uno no sabe cuánto sea y cuánto vaya a durar para solventar gastos y necesidades básicas en una vida urbana que requiere comer bien, dormir bajo techo y tener para pagar los servicios públicos.

Pensando todo esto, llegan los contenidos como los mencionados al comienzo. La entrevista de la BBC al antropólogo Descola, quien dice que no es alarmante este tipo de zoonosis que padecemos  en la actualidad, sino más bien, lo alarmante es la velocidad de reproducción, porque estas enfermedades existen desde que los humanos empezaron a movilizarse. El asunto ahora son las consecuencias que traen en un sistema mundo lleno de desigualdades, y sobre todo, preocupa, la separación que tienen los seres humanos de la naturaleza.

Los humanos nos sentimos diferentes. Ese complejo de superioridad que padecemos los seres vivos racionales frente a lo que da la vida, es lo que la ciencia explica y a su vez niega.

“La palabra naturaleza no tiene traducción en chino ni en japonés. Se trata de un término que no existe en ningún otro idioma no europeo derivado del griego o del latín. Desde el siglo XVII, el mundo occidental ha considerado a la naturaleza como algo externo a sí mismo. Una forma de luchar contra los excesos de esta concepción, es educarse y verse a uno mismo como un elemento de la naturaleza”.

Eso dice el antropólogo naturalista, que al trabajar con grupos indígenas en el sur de América por muchos años, ha reconocido en la cosmogonía de los pueblos ancestrales el equilibrio entre lo natural y lo humano.

Philippe Descola

Pero existe otro tipo de científicos y humanos, aquellos sobre los que reflexiona Akira Kurosawa en su película homónima Sueños de Akira Kurosawa, un film de 1990 ganador de diferentes premios. Ocho cortos en los que el director presenta sueños significativos que ha tenido en su vida a través de diferentes temas que hacen parte de la historia del Japón, su contexto de vida y responden a inquietudes que en diferentes etapas de su desarrollo como ser humano tuvo: el arte, la guerra, la tristeza, el miedo, la vida, la infancia, la longevidad, la muerte, la felicidad.

En el último corto “La aldea de los molinos de agua” un viajero llega a una aldea muy rústica para estos tiempos; allí se encuentra con un viejo artesano de molinos que ha vivido 103 años, y le interroga quién vive en la aldea, cómo viven y el por qué viven de esa manera. En una de las respuestas el aldeano le dice:

Tratamos de vivir como los hombres solían hacerlo. Es el camino natural de la vida. La gente de hoy ha olvidado que tan solo son parte de la naturaleza. Entonces han destruido la naturaleza de la que sus vidas dependen. Siempre piensan que pueden hacer algo mejor. Especialmente los científicos. Pueden ser listos, pero la mayoría no ha entendido el corazón de la naturaleza. Solo inventan cosas que finalmente hacen a la gente infeliz y suelen estar orgullosos de sus inventos. Lo que es peor, la mayoría de la gente lo está también. Los ven como si hicieran milagros. Los idolatran. No lo saben, pero están perdiendo a la naturaleza. No ven que van a perecer. Las cosas más importantes para los humanos son aire limpio y agua limpia y los árboles y hierbas que estos producen. Todo está siendo contaminado, por siempre. Aire sucio, aguas sucias, ensuciando el corazón humano.

Pero ¿cómo ser lo que mucha gente nunca ha sido? Es decir, ¿Cómo pedirle a un habitante de ciudad que vuelva al campo a vivir del suelo? Supongo que eso es cuestión de tiempo, información y hábito, como todo lo que nos ha hecho lo que somos y que también nos ha puesto a algunos en la reflexión de cambiar de hábitos, pensar en tener lo que realmente necesitamos.

Screenshot de la película

Como pasa con Derzu, el protagonista de la otra película de Kurosawa que tengo como referencia. Ésta nos habla de la vida en el campo y la obtención de lo que se necesita a través de la naturaleza.

Derzu Uzala es la adaptación de una novela rusa del mismo nombre, un relato autobiográfico del explorador, naturalista, cartógrafo y escritor ruso Vladímir Arséniev, que entre 1902 y 1907 recorrió la cuenca del río Ussuri, adentrándose en la región más oriental de Rusia. El resultado en el cine es la historia del capitán ruso Arseniev quien llega a Siberia para hacer una exploración de tierras, y en sus viajes desarrolla una relación amistosa entrañable con Derzu, un mongol que habita la taiga de la Rusia asiática y quien con sus conocimientos ancestrales le sirve de guía en sus exploraciones.

La casa de Derzu es la taiga y todo se lo da la naturaleza hasta que el hombre “civilizado” llega y le roba a él y a su entorno.

“Juntos andar, juntos trabajar, gracias no hace falta dar.” Esta es una de las muchas frases entrañables que se encuentran en la película y le da el sentido a este texto, porque es una cuestión de valores, de reconocerse como parte del mismo aire y con la misma finalidad para poder convivir sin hacernos daño, y no solo entre humanos, sino entre seres vivos.

Por eso cuando me invitaron al grupo de trueque de Pereira me entusiasmé; la Red de trueque en Pereira es un espacio donde hay comida, joyas, muebles, ropa, zapatos, libros y muchas cosas que no son de primera necesidad, pero es muy valioso que se piense en seguir utilizando lo que ya alguien no quiere o no “necesita” en vez de que pare en las laderas del afluente de agua más cercano o en la esquina de la calle esperando a ver quién lo recoge o lo despedaza.

También los emprendedores utilizan este espacio para incentivar la venta de sus productos, y algunos otros, aprovechan el grupo para ayudar a mascotas abandonadas o promover proyectos de solidaridad con comunidades vulnerables.

Imagen tomada del grupo de facebook

Aunque el grupo promueve la economía solidaria, no es la dinámica que se desarrolla, si entendemos este concepto como estrategia para luchar contra la desigualdad y el desempleo; lo bonito de esta comunidad es que son personas empáticas con todos los seres vivos y despiertan a la reflexión de cultivar el suelo y reutilizar tantos objetos materiales que la industria produce.

No planteo que nos volvamos campesinos, al menos no de sopetón, seguramente quien nunca ha tocado el suelo, enterrado sus uñas o sacado ampollas con un azadón, no sobreviviría al natural. Pero, podemos hacer actos conscientes, participar de sistemas de cambalacheo para obtener lo que necesitamos o empezar por preguntarnos qué necesitamos realmente y “tratar de vivir como los hombres solían hacerlo”.

A eso me refiero, a recordar que somos parte de la naturaleza y quizás en pequeñas comunidades podemos organizarnos, no para cambiar el mundo,  pero sí para mejorar nuestro entorno inmediato.

Guía práctica de TikTok para emprendedores | entrada 2 de 3

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De la mano de Mel Nogales, los invitamos ahora a emprender un nuevo viaje a los mundos de Internet. En este caso con la aplicación TikTok, que muy rápido pasó de ser un asunto exclusivo de adolescentes a convertirse en todo un universo de música y entretenimiento, pleno de oportunidades para los negocios digitales.


La semana pasada les hablé sobre qué es Tik Tok, quién la usa y algunos datos importantes de la aplicación. Hoy hablaremos del funcionamiento y su uso.

TikTok se ha impuesto como una plataforma de generadores de contenido por excelencia.

Un espacio para el entretenimiento, que con solo navegar en el buscador te ofrece la ventana hacia cualquier tipo de contenido que puedas imaginar, más allá de los memes, los videos graciosos, tutoriales, dúos con otros usuarios y tags.

Algo que concluyo es que cualquiera que interactúe en la aplicación, tiene la posibilidad de hacerse reconocido, la única “regla” es que para lograr ese impulso debes generar contenido original y creativo.

En el Marketing Digital, el humor y el entretenimiento son un arma para conectar de manera emocional y cercana con la audiencia.

Otro pro de la aplicación, es que sin muchos recursos técnicos disponibles puedes conseguir el éxito, pues es un medio de libre expresión, generación de comunidad y audiencia. 

Allí importa más el contenido que los medios para llevarlo a cabo, a diferencia de otras aplicaciones como Youtube e Instagram.

En síntesis, estamos ante la democratización a través de una red social como medio interactivo: de la creatividad, el contenido y la producción colectiva.

¿Cómo utilizar TikTok?

Puedes pensar esta aplicación como un Vine con un toque de Instagram, si no estás familiarizado, pero con formato exclusivo para videos cortos en cualquier tipo de composición.

TikTok tiene un menú principal, en donde puedes explorar el contenido actualizado organizado por # relevantes en dicha plataforma, es decir, lo más utilizados.

Usualmente estos hashtags y/o # son retos o challenges que si viralizaron. Se te muestra ahí entonces, los videos populares y las tendencias.

Además de una sesión denominada “Para ti” que hace parte de las recomendaciones de contenido que se te hace.

Asimismo, en la lupa que es el buscador, puedes navegar entre tiktoks, usuarios y hashtags de tu interés. TikTok te enseñará en pantalla completa los videos y un par de íconos te indicarán el @ del usuario y los hashtags con los cuales fue etiquetado el video.

Si esta información es nueva para ti, te invito a que abras una cuenta y explores todo lo que te estoy diciendo, de esta manera cuando hablemos cómo te puede servir esta herramienta para tu empresa, sepas mejor de qué estamos hablando.

¿Cómo funciona?

Esta aplicación tiene las  opciones para seguir a  usuarios, darles likes, comentar, compartir (en muchas redes sociales, de hecho en tus stories de Instagram), recrear ese contenido en tu versión, y muchos otros recursos que incluyen hacer un dúo. 

El botón del centro “+”, es la herramienta dispuesta por la aplicación para que generes contenido propio. Ahí en un ecosistema muy simple, es posible grabar videos y/o editarlos.

Para grabar, puedes mantener pulsado el dedo o usar el temporizador y explorar entre una variedad de filtros y efectos a la mano, los cuales constantemente se actualizan. 

Muchos usuarios, ya más pro, prefieren optar por grabar clips de videos que en conjunto se muestran dinámicos. Por lo tanto, pueden recrear muchos personajes ellos mismos, hacer cambios de vestuario y locación y añadir efectos según la secuencia y la escena; al igual que la música que agregues porque te da la oportunidad de modificar y darle algún filtro diferente.

Es tan intuitivo el uso de su interfaz, que el editor de la plataforma, te indicará con una marca de diversos colores, las zonas que fueron editadas.

Y si creíste por lo que te he dicho hasta ahora que era solo video, te equivocaste ¡mi cielo! En TikTok, puedes incluir una serie de fotos, la app se encarga de multiplicarlo en fotogramas, el cual da un efecto de movimiento.

¿Cómo vas hasta aquí con el mundo del TikTok?

En la próxima entrada vamos a hablar del TikTok para empresas, así que tienes una semana para prepararte en su uso y escribirme si tienes dudas hasta ahora.

“Performance”, la película en la que Borges era un Rolling Stone

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Por Sebastián Valle publicado en Página 12

El film protagonizado por Mick Jagger se estrenó hace 50 años
La película de Donald Cammell y Nicolas Roeg estaba llena de promiscuidad y alienación: algo más cercano al lado oscuro, violento y experimental que al multicolor ensueño hippie. Y el escritor argentino aparecía por todos lados, como en una multiplicación de los espejos que lo obsesionaban.

Cuando Performance se estrenó el 3 de agosto de 1970, en Nueva York, pocos la entendieron: era demasiado moderna, demasiado violenta, se tomaban demasiadas drogas; era provocativa, ambigua, sexual, literaria, sádica; era glam antes de que Marc Bolan supiera para qué servía un delineador. Los ’60 habían terminado y todavía no se sabía qué venía a continuación, pero la película le había tomado el pulso a una generación que se había dado vuelta descubriendo su propia geografía existencial.

Mick Jagger interpretaba a una estrella de rock medio decadente que había perdido la fama y vivía encerrado en su casa con dos chicas que le hacían buena compañía. El sexo, drogas y rock’n’roll antes de que se volviera un cliché: menos una estética del reviente que una filosofía de vida, sin alardes ni hoteles que demoler. Si Jean-Luc Godard había retratado a la juventud que hizo el Mayo Francés como “los hijos de Marx y la Coca-Cola”, Performance retrataba a la juventud del Swinging London como los hijos de Robert Johnson y el LSD.

Empezaba como una de gángsters y a mitad de camino se volvía filosófica, oscura, esotérica. Pasaba de las calles y los pubs dominados por la mafia londinense a un ambiente bohemio, lleno de líbido, hongos alucinógenos y literatura. Hay referencias al teatro de la crueldad de Artaud, a Genet, a Burroughs. Pero es Borges el que está en el ADN del guión. La película tomaba uno de sus temas recurrentes, la ilusión del yo, y lo convertía en una interrogación sobre la identidad a través del duelo psicológico de los protagonistas. La influencia del escritor era explícita: había guapos y laberintos y espejos y mil y una noches; se citaba a Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Y había muchos Borges: Jagger lee un cuento suyo, los mafiosos hojean sus libros y aparece su imagen en un momento clave del film.

Performance logró crear un estilo propio, que alteraba las coordenadas del relato lineal y armaba un rompecabezas visual organizado sobre la acumulación de indicios, en la que cada plano funcionaba como el rastro de una acción y, a la vez, el signo de su misterio. El crítico Mark Cousins, en su serie de 2011 The Story of Film, aseguró que “no sólo es la mejor película de los años ‘70 sobre la identidad. Si hay alguna película en toda la historia del cine que debería ser obligatoria para los cineastas, tal vez sea ésta”. Su influencia se puede reconocer en el trabajo de directores como Martin Scorsese, Guy Ritchie, Paul Schrader y Quentin Tarantino, en escritores como Irvine Welsh y en las letras de bandas como Happy Mondays.

Los directores, Donald Cammell y Nicolas Roeg, hicieron un clásico de culto que sigue siendo, 50 años después de su estreno, una de las mejores películas filmadas en Inglaterra. El rock’n’roll había alcanzado la mayoría de edad y por primera vez el cine se lo tomaba en serio.

Londres, ciudad abierta

En 1968 el mundo ardía: el sistema había declarado ilegal a la juventud por reclamar el derecho a la imaginación, al hedonismo y a la experimentación con drogas; a la paz, la tolerancia y a las múltiples formas de la libertad. De París al D.F., de Praga a Chicago, en distintas ciudades, países y continentes se veían las mismas revueltas callejeras, los mismos enfrentamientos con la policía. Era como si los gobiernos necesitaran matar a palos a la utopía, como si no fuera a morir por sobredosis al año siguiente.

En Inglaterra las cosas eran diferentes. La movida del Swinging London era elegante, más despolitizada y sensual que en otros lugares. Allí, antes de cambiar el mundo había que cambiar el guardarropas. Colores llamativos, estampados de cachemira y ropas inspiradas en el período victoriano definían la estética de esa comunidad hippie que había empezado a mezclarse con la escena pop a través de las experiencias de Pink Floyd en el UFO Club, con el dios inmigrante Jimi Hendrix y la partitura alucinada de ese estado embriaguez colectivo: Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band.

En esa ciudad, el productor Sanford Lieberson llegó a la Warner con una propuesta infalible: la versión stone y refinada de la beatle y tonta A Hard Day´s Night, la película de los Fab Four de 1964. Mick Jagger y Marlon Brando serían los protagonistas. La dirección estaría a cargo de dos debutantes: Donald Cammell, un extrovertido pintor escocés que se había mudado a los barrios bohemios de París, donde lo atrajo la revolución formal del cine francés, asistido por Nicolas Roeg, un joven y respetado director de fotografía que ya había trabajado con David Lean, François Truffaut y Richard Lester. El guión era de Cammell. Los Rolling Stones harían la banda de sonido.

Los directivos del estudio aprobaron el proyecto y dieron libertad absoluta para realizarlo. Confiaban en hacer lo que el cine mainstream hacía con las experiencias y estilos de moda: mercancías inofensivas, asépticas, rentables. Esperaban un flower power estereotipado y filtrado para el consumo masivo: hippies pacíficos amorosos límpios, disfrutando de la naturaleza sin fumársela; rockeros bonitos, educatidos, disfrutando de las hippies sin sacarles la ropa.

Pero Cammell y Roeg planeaban redefinir el cine inglés con un film experimental, lleno de sexo, violencia y drogas. Del thriller psicológico al ácido, de la ópera-rock al erotismo, Performance terminó siendo una película sórdida, enigmática, de un ritmo frenético y abstracto, una especie de trance psicodélico que borraba los límites entre la realidad y su representación.

El banquete

Ese año, los Rolling Stones habían grabado un futuro clásico: Beggars Banquet. Habían dejado atrás su fallido Their Satanic Majesties Request, cuando habían querido ser los Beatles y les habían salido los Monkees. La publicación del nuevo disco se demoraba porque que el sello no autorizaba su distribución por los graffitis obscenos que aparecían en la tapa. Además, las radios habían censurado el simple “Street Fighting Man” por considerarlo “subversivo” (sic). Los medios de comunicación eran el mejor asesor de imagen de la banda: si ellos mismos se habían colocado la etiqueta de chicos malos, el establishment lo confirmaba. Era el paso de la publicidad al mito. A esa altura de la década, Jagger era una especie de fauno maldito, el héroe insatisfecho de las fantasías ético-libidinosas de una generación. Tenía 25 años. Y quería hacer su primera película.

Quizá Brando ya había hecho demasiadas. O estaba gordo. O no le pagaban lo que quería. Sin demasiadas explicaciones, rechazó el papel que había sido escrito para él: un gangster chic, narcisista, medio pervertido, de esos que saben que todo cuerpo –el propio, el ajeno- es una oportunidad de herirlo, de humillarlo. Una mezcla de Al Capone y el marqués de Sade. En su lugar contrataron a James Fox, el actor de moda, del que se decía que era bueno y encima lo era.

Fox, que era un tipo de clase alta que hacía papeles de tipo de clase alta, pasó dos meses en los suburbios junto a los secuaces de los hermanos Kray, conocidos como The Firm. Los Kray eran los dueños de una zona de Londres, el East End, pero habían sido arrestados ese año por asesinato. Varios de los miembros de la banda terminaron actuando en la película. Un amigo de Cammell, David Litvinoff, era el enlace con el mundo del crimen de la mafia inglesa, y sus propias experiencias como matón fueron utilizadas para darle verosimilitud al guion. Fox llegó al rodaje embrutecido: había asimilado la violencia, los gestos, el vestuario, el acento cockney de los barrios bajos. Ya estaba listo para interpretar a Chas.

Yo es otro

Chas es un mafioso eficiente, pulcro, el más fiero de la tribu. Su modo de ser violento tiene la frialdad de quien se piensa más hombre que los demás y los demás lo saben, o deberían: un artista de la intimidación. Disfruta de su trabajo y de sí mismo, como si necesitara de la mirada y el dolor para ser alguien. Los espejos le dan tanto placer como sus compañeras: se mira mientras le hacen, mientras no le hacen nada, mientras le marcan la espalda con las uñas o con un cinto; incluso las mira, a ellas, para comprobar que ellas lo miran. Es un voyeur de su propia virilidad. Pero también es un gangster rebelde: cree que puede decidir, ser jefe. Y el jefe, Harry Flowers, decide eliminarlo y lo manda a buscar para que sus compañeros hagan lo que saben hacer con él, lo que él hizo tantas veces con otros.

Chas termina escondido en la casa de Turner (Jagger), un celebrado rockstar que ha perdido su inspiración y la anda buscando donde siempre se buscan esas cosas: en el sexo y los psicotrópicos. Vive con dos mujeres –la femenina Pherber (Anita Pallenberg, la ex de Brian Jones y novia de Keith Richards en ese momento) y la andrógina Lucy (Michèle Breton)– en una oscura casa de Nothing Hill, sobrecargada de cortinas, lámparas, objetos y alfombras orientales. Un espacio fuera del tiempo y del lugar, una atmósfera onírica, de mil y una noches, disimuladas en el día y la electricidad de Londres.

Los tres son como una familia de inadaptados tipo -pareja impar de desocupados bisexuales– que vive en la pasividad flotante de los sueños lisérgicos. Ese ménage à trois de ermitaños libertinos es la imagen del ocaso del Swinging London. Mientras que en el resto de Europa la juventud tomaba las calles para cambiar el mundo, ellos se fabricaban uno a la medida de su cueva. Es la contracultura sin eufemismos: una alternativa a esa existencia seca y oficinista que ofrece el sistema, en el que se aceptan inconscientemente reglas y normas de conducta, donde obedecer fue y sigue siendo una muestra de buena educación.

Turner introduce a Chas en ese universo sensual y críptico. Luego de una cena a base de hongos -menú gourmet de los ’60-, esas dos personalidades opuestas se van contaminando mutuamente hasta hacer caer las seguridades del ego: la violencia machista de Chas se va travistiendo de una sensibilidad femenina; Turner descubre la furia y la crueldad ocultas en su música.

Borges a través del espejo

A partir de 1961, cuando compartió con Samuel Beckett el Premio Internacional de Editores, Borges había comenzado a ser una figura conocida tanto en los círculos académicos como en los ambientes bohemios y artísticos de Estados Unidos y Europa. El Borges que conocieron las vanguardias en los ’60 (Foucault, Godard, Resnais, Bertolucci y Rivette lo tenían como referencia) era menos una figura pop que un señor anacrónico, que no usaba el discurso revolucionario ni el uniforme progresista del momento -polera oscura marca Sartre-, pero su antirrealismo parecía interpretar una época alucinada.

Muchos de sus textos eran la versión desintoxicada de la fiesta psicodélica, un manual Woodstock para principiantes: mundos que son tan otros, en los que el yo se eclipsa y es reemplazado por un colectivo misticismo de lo humano. “Nadie es sustancialmente alguien, pero cualquiera puede ser cualquier otro, en cualquier momento”, había escrito veinte años antes. En sus escritos, la idea de que la identidad individual es variable, fragmentada, artificial, de que una persona es nada y nadie para ser todas las demás personas, se acercaba a las filosofías orientales que circulaban entre la juventud desde que los Beatles habían viajado a la India.

Performance está influida por la obra de Borges, pero de un modo oblicuo, desfasado, moderno. Es decir, borgeano. La película trabaja algunos de sus temas fetiche (los guapos, el duelo, los espejos, el doble, la superstición del yo), y les cambia el registro, los lleva al terreno inestable de la psicodelia. En muchos de sus cuentos, el tiempo convierte al perseguido en perseguidor, a la víctima en verdugo, al acusado en acusador, al traidor en héroe. Esta identificación de los contrarios estructura la trama del film.

Turner lee un pasaje de “El sur”, el momento en que Dahlmann, el bibliotecario personaje de Borges, con antepasados militares, acepta el reto de uno de los gauchos del pueblo y sale a morir con dignidad. Turner, el poeta de Jagger, también tendrá su encuentro con el Otro, con lo primitivo, con lo que intuye que también es parte de él. Para Borges, el duelo es una especie de epifanía, el instante preciso en que un hombre se vuelve un viudo de sí mismo, deja de ser el que era y comienza a ser otra cosa.

A través de los espejos se produce la transformación de los personajes. Para el escritor son metáforas, símbolos, laberintos. Le provocan horror por duplicar de manera fantasmática un mundo horroroso, y también asombro, ya que las cosas reflejadas son las mismas, pero otras: un original y su copia, siempre imperfecta. En la película, Chas se mira en ellos como una especie de confirmación de lo que es, de lo que cree ser: un hombre que no duda de su hombría, su yo ideal. Pero a partir de su experiencia con las drogas, los espejos le devuelven otra imagen, más ambigua, ese lado femenino que Turner exhibe sin pudor.

Turner, que sufre la crisis creativa del artista, que se ha visto en su espejo favorito como “una bestia hermosa, pequeña y freaky” que se desvanecía de repente, piensa que puede recuperarla inspiración con Chas. Aparece el famoso tema de El doble alla Borges (¿o acaso Scharlach, el asesino de “La muerte y la brújula”, no es el doble de Lönnrot, el detective?): Chas es el reflejo especular de Turner, la imagen propia es una ficción contada por otro. En el último encuentro entre los dos, un disparo atraviesa el cráneo de Turner y en medio de su cerebro aparece un retrato de Borges, que termina quebrado como si fuera un espejo.

El lado oscuro de los ’60

Richards se negó a participar de los temas para la película cuando empezaron a circular los rumores de lo que pasaba durante la filmación. Y casi todos eran ciertos. Las drogas no eran de utilería; las actrices habían tenido sexo con los actores en el set. El problema era que una de ellas era Anita Pallenberg, su novia, y el actor involucrado era el cantante de su banda.

Performance se terminó de filmar en octubre de 1968, pero no pudo estrenarse hasta dos años después. El sexo, la violencia y el consumo de drogas hicieron que fuera evaluada como X-rated. Cuando se enviaron los diez rollos de película al laboratorio para su revelado, el estudio se negó a continuar la película y se ordenó la destrucción de gran parte del material (algunas de las escenas sexuales entre Jagger y Pallenberg se escaparon de la censura y, de acuerdo con el biógrafo de los Stones, Stephen Davis, se distribuyó en Ámsterdam como un corto pornográfico).

“Ustedes parecen querer castrar las escenas más salvajes y más eficaces. Si Performance no molesta al público, no es nada”, protestó Cammell ante los directivos de la Warner. Luego de múltiples ediciones para poder proyectarla, Roeg, que se encontraba en Australia filmando Walkabout (1971), pidió que sacaran su nombre de los créditos. James Fox se convirtió al fundamentalismo cristiano y dejó de actuar por más de una década. Pallenberg empezó el espiral de autodestrucción de la heroína junto a Richards: serían la pareja de yonquis más popular de los ’70.

La crítica la juzgó de “extraña y alucinatoria”, “sádica, delirante, enferma”, “desagradable, incomprensible”, pero con los años se transformó en una película de culto. El film -que nunca llegó a verse en salas argentinas- logró reinventar la iconografía pop con algo más provocativo que Elvis y los Beatles. Dispuesto a experimentar con su masculinidad, Jagger creó una androginia cultivada que desestabilizó las categorías estables del yo y de la identidad sexual, un anticipo de la estética glam de la década siguiente.

Performance mostró un flower power sin flores, donde la realidad es una experiencia subjetiva y el yo un repertorio de posibilidades opuestas. Una película llena de promiscuidad y alienación: algo más cercano al lado oscuro, violento y experimental que al multicolor ensueño hippie. Fue el invierno después del verano del amor. El epitafio de una utopía. Un espejo para la frágil transparencia humana.

Predicción con punto final

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Un hoyo crece a mis espaldas. Es una mancha con hambre que se traga la cama, la biblioteca y el bombillo en lo alto. No me siento culpable por la falta de valor para hacerle frente. Tampoco saldré de la habitación en un intento de supervivencia. Ahí está, lo sé, y se come el tejado, el cesto de la basura, el tazón de chocolate, los zapatos y las fotografías pegadas en la pared. Imagino su cercanía mientras escribo y pruebo la eficacia de una afirmación: nadie tocará tres veces la puerta, nadie gritará mi nombre ni preguntará si estoy bien antes de llegar al punto final de la historia.

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Defensa del hijo calavera

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Con seguridad, muchos de ustedes han recibido el mensaje por el correo electrónico, las redes sociales o incluso en una hoja volante deslizada bajo su puerta. La invitación dice así: “Descubre al niño interior dormido en ti. Talleres todos los sábados  en horarios adaptados a tus necesidades”. Y sigue una lista de números de teléfono disponibles para quien desee acometer la enojosa tarea de despertar a los infantes en reposo.

Como creo que en lugar de un niño dormido los humanos tenemos dentro una bestia herida por siglos y siglos de represión, propongo desde esta ventana una defensa del hijo calavera. Al fin y al cabo, no tiene sentido despertar a los chicos a un mundo de pesadilla. Hace poco leí en el periódico que uno de ellos fue arrojado desde un piso diecisiete, al parecer por un prójimo incapaz de manejar a su bestia.

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Para empezar, debo decir que toda familia digna de ese nombre precisa de un hijo calavera que la salve de la neurosis. Bien sabemos que el exceso de normas y reglamentos es el camino más corto para llegar a la locura. De hecho, la historia de  nuestro modelo educativo es un extenso decálogo de prohibiciones ¿No dijo un gracioso por ahí que todo lo bueno de este mundo engorda, es pecado o las dos cosas juntas?

En realidad, no sé si el hijo calavera, dichoso como vive al margen de sus parientes desquiciados, precise de alguna defensa. Pero aquí van algunas de mis razones:

Para empezar, con todo y lo saludable que es un buen polvo, seguimos regidos por religiones empecinadas en abominar del sexo, produciendo de paso una legión de pederastas, violadores y obsesos adentro y afuera de su estructura burocrática. Una sesión de talleres con un hijo calavera podría resultarles de más provecho que un año entero en manos de un experto en despertar niños dormidos. Sólo él conoce el arte de deslizarse en camas propias y ajenas sin caer en la tentación de la culpa.

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La segunda no es menos valedera. El tamaño de las prohibiciones acabó por convertirnos en organismos siempre a punto de estallar, como si en lugar de sujetos pensantes y gozosos fuéramos calderas a presión ambulantes. Para liberarlas se inventaron los espectáculos deportivos (¿Han visto a un hincha de fútbol puteando a toda la parentela del árbitro?) Los centros de diversiones (¿Se han fijado en los ojos desorbitados y en la tez lívida de un adicto a la rumba?) La pornografía (Ah… la parábola de la impagable gratificación del sexo sin cadenas a la vista) y los cultos religiosos (Siempre es bueno delegarle a la insondable divinidad nuestra incapacidad para resolver los nudos de la propia vida).

La tercera reside en que las explosiones sociales derivan a la larga en una irreversible decepción. Según algunos sociólogos y antropólogos, el último gran intento de liberación colectiva fue el sobre dimensionado mayo francés de 1968. Ya todos conocemos el final: a la vuelta de pocos años sus más incendiarios protagonistas estaban acomodados en las poltronas del poder. Para completar, sus descendientes se convirtieron en los sumos sacerdotes de esa religión del arribismo y el consumo que hoy gobierna el planeta entero. Los teóricos de la conducta nos dicen que las claves de esta última se explican por el estímulo incesante de las pulsiones de deseo y frustración que nos atan la cadena producción-consumo-derroche-producción por los siglos de los siglos.

Nadie tan capaz de sortear la dificultad como el hijo calavera: toma la flor del día y se marcha a sus cuarteles de invierno.

Si  usted es un hijo calavera- condición envidiable- o si es padre de alguno- situación deplorable- conoce la contradictoria posición de las familias frente a ese fenómeno de la cultura y la naturaleza. Al mismo tiempo les huyen y los reverencian  como a los monstruos de los viejos relatos. La razón es simple y ya fue esbozada al comienzo: los necesitan para preservar la propia salud mental, como los griegos precisaron del minotauro para comprender esa parte de sí mismos que la batalla entre los instintos y la civilización dejó encerrada para siempre

Estampas de la cuarentena: abejas trabajadoras de la salud y otros ‘insolitismos’

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Dicen que Colombia es la cuna del realismo mágico y, por extensión o por contagio ya que estamos en tiempos de coronavirus, podría afirmarse que el continente entero lo es. Un territorio vasto y diverso, donde no solamente es fértil la tierra bajo los pies sino también la imaginación. Un espacio donde realidad y ficción se entremezclan cotidianamente, siendo indistinguibles a menudo. Tierra pródiga en situaciones mágicas y hervidero de supersticiones es nuestra América morena.

La pandemia nos ha traído una extraña actualidad entre otras consecuencias. Una de ellas la imposibilidad de discernir los días, ya no tienen sentido los feriados ni fines de semana, pues su cometido básico era el descanso o la diversión. Ahora los siete días de la semana nos saben a descanso obligado y a encierro permanente. El teletrabajo nos parece incompleto o insustancial aunque terminemos más agotados que cuando asistíamos físicamente a la fuente de laburo. El día que salimos a abastecernos, aunque presurosos y temerosos de no chocar con nadie (no vaya a ser que se nos impregne el malhadado virus), se nos hace distinto porque le huimos a esa prisión casera, así sea por unas horas. Suena absurdo pero así son las cosas.

Como se han trastocado los días y, lógicamente, nuestras rutinas, pareciera que hasta los objetos que nos rodean se han transformado o adaptado a esa “nueva realidad” que tanto pintan los neólogos y otros especialistas, en una suerte de alocada pesadilla digna de una novela de ciencia ficción. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, se había interrogado Philip K. Dick…En contrapartida, en esta especie de realidad alterna ¿cuándo habíamos soñado que las abejas se convertirían súbitamente en trabajadoras de la salud? (casualidad o no, los vendedores ambulantes recorren las calles con sus frascos de miel queriendo atrapar sus moscas humanas).

Todos sabemos que hasta nuestros actos de comportamiento social han sido normados de la noche a la mañana. Adiós a los abrazos y otras cálidas cercanías. Bienvenidas las colas, las formaciones callejeras, cual muestra de respeto a un ente invisible pero todopoderoso. Filas para el gas, para el pan, para el supermercado, para el banco…filas hasta para hallar hueco en el cementerio o el crematorio. ¿Dónde se ha visto que hasta los muertos tienen que esperar su turno para pasar a mejor vida?

¿Quién hubiera imaginado que los animales imitan a los humanos en tiempos de crisis? “He visto cosas que ustedes no creerían” recordé al instante cuando un perro sin aparente dueño se acostó tranquilamente entre una mujer y yo, guardando la distancia del metro y medio, mientras hacíamos fila para ingresar a un banco. Y que conste que era una fría mañana invernal, en una acera adonde no llegaba el sol en ningún momento.

Y así, mis sorprendidos ojos siguen todavía sin acostumbrarse a que de pronto la pandemia haya traído productos tan singulares, tan fantásticos, tan insólitos como “huevos especiales” (¿serán de oro como en los cuentos?), “panes originales” del exótico valle  de Arani (casi encantado como el Valle de Arán, enclavado en los Pirineos), o pescado del mundo “real” (aquel que dejamos atrás, tal vez).

¿Será que todavía sigo soñando? ¿O estoy despierto en esta nueva realidad sin apenas darme cuenta?

*Pueden ver más contenidos de este autor en: Bitácora del Gastronauta. Un viaje por los sabores, aromas, y otros amores