Un juego, nada más. Autorretratos en cuarentena.
Fotografías de Rodrigo Grajales |
El rostro desencajado ha ido relajando esas facciones plenas de tensión y angustia. Como sería apenas lógico, el rostro ha transitado a un desinterés que raya con la agonía, o lo que es lo mismo, con la proximidad de la muerte, con la intuición del final. Pero ¿cuál final? ¿El de la cuarentena? ¿El del sufrimiento? ¿El de la espera y por tanto de la esperanza o la angustia? Del dolor apenas quedan estertores, breves rastros, señales imprecisas que se marcan en un gesto fruncido, en una mano que señala, en una mirada que insinúa, porque, voy a usar las palabras de Sinuhé, aquel personaje soñado por el escritor finlandés Mika Waltari, “la muerte era fácil y más dulce que el dolor, la pena y el sufrimiento de la vida. La vida es como una llama ardiente que quema, pero la muerte es el agua sombría del olvido”.
El segundo mes de confinamiento para Rodrigo Grajales ha devenido en un diario del cansancio, con todos los signos que deja el abatimiento de la cuarentena. Por eso cada día las fotos van tornándose tranquilas, a veces cristalinas y llenas de luz, a veces sombrías, aunque sin ese dramatismo feroz de los primeros días. Es como si el encierro hubiera convertido al mundo en un lugar más lento, y entorpecido o más bien aplastado por esa molicie es como si el fotógrafo lo supiera y quisiera, él también, camuflarse entre tanta quietud.
Grajales ha continuado con la publicación de sus fotografías día tras día sin que medie un orden evidente o un propósito claro en la tipología, variando sin piedad de la luz a las tinieblas y del gesto desencajado a la mirada tranquila o al rastro del árbol en la mitad del bosque, siempre acompañando la imagen con la cita de alguna obra literaria. Aún más irracional es que la cita casi nunca parece guardar una relación clara con la fotografía, como le hizo notar cierto observador que descalificó la serie afirmando que no le transmitían ningún sentimiento y que no entendía “la pretensión (de las fotos) de ser acordes” con las citas, tampoco daban una sensación de cuarentena o “encierro”. “Simplemente no pretenden nada” respondió Grajales, “es un juego” nada más.
Parece ya evidente que Rodrigo ha superado el deseo de alcanzar cualquier tipo de perfección, cualquier tipo de pureza. Lo único que le interesa en esta serie que cada día se torna más impredecibles, más desprovista de sentido, para usar los términos de sus críticos, es tan sólo vibrar con la imagen y a lo mejor hacer vibrar a los otros. Él podría encarnar, sin proponérselo, esa idea que Ernesto Sábato desarrollo en un fragmento de Abaddón el exterminador: “Si tal vez existiera ese universo invulnerable a los destructivos poderes del tiempo (…) Pero los seres humanos son ajenos al espíritu puro, porque lo propio de esta desventurada raza es el alma, esa región desgarrada entre la carne corruptible y el espíritu puro, esa región intermedia en que sucede lo más grave de la existencia: el amor y el odio, el mito y la ficción, la esperanza y el sueño”.
Primera parte de la serie: https://lacebraquehabla.com/autorretratos-en-cuarentena/
El mal gusto
Si algo ha descubierto el teatrino de la pandemia es el mal gusto que se impone en la vida privada. El mal gusto está en los detalles –el color de la pared, un techo caído, una cortina granate–, en las pequeñas cosas –una artesanía de San Agustín rota y recién pegada con colbón, un llavero de Sanandresito– y es tan fiel como el mal aliento.
Tras bambalinas, lo vemos en tiempo real cada vez que abrimos Zoom, Meet, Webex y un etcétera de plataformas que han señalado la ruta monótona de unas vidas conectadas a un link, nuestro respirador orwelliano: una versión parlache de Matrix, sin teléfono de disco, sin agente Smith, sin aventura.
Sus protagonistas no lo pueden evadir, porque el mal gusto habita allí, entre nosotros, como un paisaje natural, como un remordimiento, como una pared con humedades antiguas. Como un gato que rasguña el sofá de la sala y orina en la matera. Como un corrupto que sube de peso y exuda en las audiencias. Se enquista en la rutina y con el tiempo se aglomera y define, con agresivo interés, rasgos de nuestra personalidad, para solaz de los discípulos de Freud que sabrán empaquetar con remoquetes lo que en verdad somos: obsesivos compulsivos, megalómanos, bipolares, acumuladores de baratijas.
El mal gusto tiene la consistencia de las telarañas y la adherencia de los ácaros. Crea su propia naturaleza salvaje, ahora que una nueva enfermedad coronavírica grita con su megáfono dictatorial por calles desoladas: Quédate en casa y lávate las manos con jabón de coco cada veinte minutos.
Obedientes frente al dictamen de la distancia social y condenados a exhibir encuadres del mundo de la casa por la contingencia del teletrabajo, nos convertimos en youtubers, quién lo creyera, después de viejos. Sin ningún atractivo físico, sin ninguna habilidad oratoria, nos toca improvisar, armar un escenario, volver a los domingos de Animalandia, en sesiones espiritistas con gente conectada y sin rostro: “Gregorio, ¿aún estás ahí? Di algo”. Seleccionar un buen escenario implicaría contratar a Silvia Tcherassi, a Hermanos a la obra, a No te lo pongas. Pero ya es tarde y no hay recursos, solo impuestos y decretos a causa de la emergencia sanitaria.
En esta intimidad pública las bibliotecas personales aparecen como una fachada; son hologramas del deseo. Quizá, debajo de las capas de polvo, se esconde un mal lector. Si nos pusiéramos a discriminar el tipo de libros que tienen los youtubers emergentes podríamos decir algunas cosas: las bibliotecas de las presentadoras de televisión contienen temas de moda: el taichi, los nuevos platos de MasterChef. Las de los intelectuales de izquierda son deplorables: es como si aún la antigua Unión Soviética les siguiera enviando las obras completas, sin costo, de Vladimir Ilich Ulyanov, Lenin. Las bibliotecas de los ministros son lamentables: libros de encuestas y estadísticas y una que otra biografía sobre un vitalicio y anacrónico mandatario cargado de tigre. Las de los profesores emanan el olor a guardado de la naftalina: el Manual de gramática española de Rafael Seco, el Diccionario Panhispánico de dudas y los libros feos y descuadernados impresos por La Oveja Negra que tenían de gerente.
Para nadie es un secreto que el mal gusto empieza con las alocuciones del actual presidente, emitidas desde el Palacio de Nariño. ¿Alguien puede explicarme qué vemos detrás del cuerpo del mandatario cada vez que le da por hablar como un gerente de hospital subsidiado, a eso de las seis, cuando ya no hay esperanzas de vida? Yo logro ver el pedazo de algo que parece ser el lienzo antiguo de una pintura triste, mañé. No faltará el crítico de arte que me llame la atención y me diga que ese pedazo que vemos allí hace parte de una pintura que recoge, pongamos por caso, el instante en que el virrey español Sebastián de Eslava medita en la manera en que defenderá la ciudad amurallada del ataque de los ingleses. Lo siento, yo solo logro ver un emplasto, unas recinas que envejecen mal. Lo que sí se ve bien, y siempre en el mismo lugar, es el frasco de gel, con pitillo naranja, que al parecer el presidente nunca usa. Sabemos que en las obras teatrales, en la puesta en escena, domina lo falso, incluyendo la escenografía, sobre todo en tiempos de la economía naranja podrida.
El mal gusto sabe cómo presentarse. Eso sí, opta, vanidoso, por colgarse en las paredes a modo de trípticos impresionistas. Tiene forma de esculturas compradas a crédito en Falabella, de tapetes persas en promoción, de porcelonas kitsch y bisuterías adquiridas en las ferias artesanales de neohippies ambientalistas. Tiene, además, y no es poca cosa, la forma de los rostros vacilantes capturados en un primerísimo gran plano, donde es imposible escapar a los detalles: la abundancia de pelos en la nariz; la falta de dientes sin leche, las orejas grandes, la caspa, el estrabismo infantil, la calva grasosa, el tic nervioso. En fin: el ojo brillante de la cámara, Google calendar, captura una parte de nuestra realidad íntima, quebradiza; y me aflige decir esto: al tornarse pública, esa realidad es inmodificable.

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Coda: Souvenir, réplica de las llaves de la celda donde el ganster Alcapone estuvo recluido entre 1929 y 1930. Eastern State Penitentiary de Fhiladelphia.
#CiudadaníaActiva: EDITORIAL
Pasada una semana desde que se conoció la violación de una niña indígena de la comunidad Embera- katío en jurisdicción de Pueblo Rico, Risaralda, por parte de un grupo de soldados del ejército colombiano quedan, por ahora, varios elementos para la reflexión.

El primero: el despliegue mediático que rodeó la rápida captura y formulación de cargos contra los responsables no puede llevarnos a olvidar que en eso consisten las obligaciones del aparato de justicia en cualquier sociedad: investigar, juzgar y castigar el delito.
De modo que no hay lugar a felicitaciones aquí. Es al contrario: ojalá en todas las ocasiones las autoridades actuaran con semejante agilidad y diligencia.
En segundo término, se hizo visible otra vez el propósito de la derecha más dura de rodear a su institución insignia, el ejército, aun cuando se vea involucrada en las situaciones más atroces.
En esa medida, cometen un error quienes interpretan las declaraciones de la congresista María Fernanda Cabal como una muestra más de su torpeza. En realidad cada una de sus palabras expresa a cabalidad el sentir del sector de la sociedad colombiana que ella representa. En este caso el objetivo es la descalificación de las denuncias y la conversión de los victimarios en víctimas.
La tercera: una vez más se nos revelaron las dos caras de las redes sociales. De un lado, su importancia a la hora de denunciar con rapidez y oportunidad, de modo que el país y el mundo se enteraron a tiempo de los hechos, obligando a las autoridades- del presidente de la república para abajo- a intervenir de inmediato.
Pero también vimos la ligereza verbal, el insulto, la pobreza de argumentos, los prejuicios y las generalizaciones, que a menudo convierten la red en una bandada de cuervos digitales consagrados a sacarse los ojos.
El cuarto aspecto se relaciona con los riesgos de convertir a la víctima en un símbolo, en una bandera, despojándola así de sus rasgos esenciales: los de un frágil ser humano que apenas empieza a vivir y tendrá que acarrear con las cicatrices de esa herida por el resto de su vida.
La niña necesita de asistencia social, emocional y de acompañamiento clínico, lejos de la exacerbación mediática que, en su afán de vender, a menudo confunde la solidaridad con el morbo.
Y lo último, pero no menos importante: el mero hecho de sugerir- velado tras el lenguaje técnico y jurídico- que la niña pudo haber “consentido” en principio su propia violación, constituye en si mismo una segunda violación, tan grave como la física, que puede dejar abierto un boquete dirigido a facilitar la impunidad de los responsables.
De modo que juristas, personeros, defensores de derechos humanos, veedores, voceros de organizaciones sociales, líderes políticos y medios de comunicación tendremos que estar muy atentos a la evolución de este caso, no vaya a ser que con el paso del tiempo se constituya en otra muestra de nuestra infinita capacidad para la farsa y para conseguir que el espectáculo suplante a la justicia.








Imágenes de Nicolás Muñoz. Gracias a Camila Guzmán por compartirlas con esta casa.
#CiudadaníaActiva: Pensar diferente o la humana aspiración a una vida mejor
Después de esta larga cuarentena, Pereira parece estar funcionando nuevamente a un ritmo cercano a lo que podríamos denominar la normalidad.
Hay que salir muy temprano en la mañana, más o menos a las 6 am., para encontrarse en una ciudad aún desierta de vehículos y personas. Atrás quedaron esas largas jornadas de marzo y abril, en las que las calles desiertas recordaban momentos más amables, cuando esta villa no tenía la saturación de vehículos que hoy la agobia, y que va dejando su estela de contaminación y ruido por todo el territorio.
Para los vecinos del sector de Los Alpes y la Circunvalar, es difícil olvidar las silenciosas jornadas que acompañaron los primeros días de la cuarentena, sobre todo cuando el sonido enloquecedor de las motocicletas, que son los aparatos de transporte más ruidosos, recuerdan que ese remanso de calma terminó.
Igualmente, para estos vecinos se hizo evidente que existe una ausencia dramática de espacio público, parques y zonas verdes habilitadas para realizar ejercicio. En la cuarentena, por el forzoso cierre de las áreas aptas más cercanas, como la Universidad Tecnológica, los habitantes de estos barrios se han visto obligados a correr por los andenes y las ciclorutas, y no en pocas ocasiones, por la vía vehicular, soportando la presión del tráfico y las emisiones que los fumigan literalmente, mientras intentan llenar sus pulmones de aire, que en realidad les llega contaminado por el tráfico.
No es posible que en el Plan de Ordenamiento Territorial de Pereira se diga que la ciudad debería ser compacta, y que ese mandato que harto ha dificultado el desarrollo de otros predios en la periferia encareciendo la oferta de viviendas nuevas, no lleve consigo lo elemental: una política de restricción del tráfico en las zonas residenciales, y una dotación de espacios públicos decentes, unas áreas mínimas donde complementar la vida cotidiana escapando del forzoso encierro en viviendas y apartamentos.
Hay que recordar que todas estas personas están contribuyendo de manera significativa a disminuir la contaminación de la ciudad, debido sobre todo a que pueden llevar a cabo muchos de sus desplazamientos diarios a pie, aprovechando que habitan una zona muy bien conectada.
Pero su esfuerzo se ve pobremente acompañado por la administración municipal, que no se ha interesado aún en concebir un proyecto de parque de una escala suficiente, y que no se ocupa de limitar el tráfico para mejorar su calidad de vida. Dos medidas elementales que debe tener en cuenta cualquier ciudad que aspire a que se la califique como tal.
Por ejemplo, estos vecinos, cuando sus hijos quieren practicar alguna actividad deportiva o cuando ellos mismos quieren hacer ejercicio al aire libre, por fuera de los andenes y vías públicas, con las limitaciones propias de una infraestructura que no está planeada para llevar a cabo estas actividades, deben desplazarse hasta un pequeño parque oculto detrás de los altos edificios de la Avenida principal del barrio Pinares de San Martín.
Este espacio público es el único lugar donde hoy se puede jugar con un balón, o se pueden hacer ejercicios, aunque con límites de espacio, seguridad y comodidad muy importantes, pues no solo su tamaño es muy pequeño y su acceso difícil, sino que generalmente está copado por personas de diversas edades que lo usan para consumir sustancias sicoactivas.
Pues bien, ese pequeño parque que sirve a una zona densamente habitada, está ubicado en una zona de protección que contempla un tramo lineal sobre la quebrada La Arenosa, y que en su recorrido se extiende prácticamente desde la Avenida Juan B Gutiérrez, en inmediaciones del Club del Comercio, hasta la calle 14.
Hemos tenido noticias recientes de esa hermosa área de protección, algo abandonada a su suerte, porque un ciudadano ha llevado a cabo una tala indiscriminada de un guadual que está en esta área, cerca de la calle 12, y además está construyendo allí un edificio en estructura metálica de varios pisos sin una licencia que lo autorice para tal cometido.






Imágenes Santiago Ramírez
En relación a este episodio ha habido diferentes denuncias de la comunidad, una población que ve con reprobación y angustia cómo el único reducto ambiental con el que cuenta está siendo destruido impunemente, hasta el momento. Y también porque debido a las voces de protesta que se han alzado, ha ocurrido la infamia de una amenaza a la ex concejala de Pereira, Carolina Giraldo Botero. Ya sabemos que Carolina ha abanderado otras causas difíciles en el pasado, y que se ha enfrentado sin temor a diversos poderes para hacer respetar el patrimonio público y los bienes ciudadanos.
Esperemos que en esta oportunidad la voz de Carolina sirva también para que esta comunidad se dé cuenta del valioso terreno que comparte, que es suyo puesto que es una zona de protección ambiental para el goce y disfrute de todos los ciudadanos, y que puede ser, a instancias del señor Alcalde de la ciudad, Carlos Alberto Maya, un parque lineal.
Sí, así como lo estoy planteando: esta zona tiene todo el potencial de ser habilitada con senderos peatonales y alguna pista circular para correr, infraestructuras no muy costosas pero que permitirían cumplir varios objetivos. Primero, apropiar a los vecinos de ese territorio, de tal forma que lo habiten, lo incorporen a sus rutinas diarias de ejercicio, puedan llevar allí a sus mascotas y también disfrutar de la riqueza ambiental que en él se alberga. Y, segundo, ejercer una vigilancia constante sobre ese terreno, en relación al cual muchos antojadizos quieren tender sus manos inescrupulosas para apropiarse indebidamente de él.
Respeto muchísimo a los ciudadanos que se toman el trabajo de denunciar irregularidades como las que hoy vive este sector con la construcción mencionada, pero a veces estas voces son incapaces de modificar conductas ilegales que sobrepasan a personas individuales.

Una comunidad empoderada, con un proyecto que le haga soñar con vivir en una ciudad más civilizada, es difícil de acallar. No se pueden amenazar a todos los vecinos que habitan los barrios que circundan esta zona de protección. Si tenemos un proyecto, si el Alcalde nos apoya, todos ganamos; y las voces ilegales que usan el terror para salirse con sus malas mañas serán impotentes para hacer de las suyas, es decir, su intención criminal quedará frustrada en virtud de los sueños de una ciudad que quiere dejar de ser un feudo de los ilegales y desea convertirse en una comunidad democrática, participativa y activa.
Vecinos de Los Alpes, San José Sur y Pinares de San Martín, juntos podemos proponer al Alcalde medidas para controlar el tráfico vehicular en nuestros barrios, y unidos podemos soñar con un parque lineal sobre la zona de protección de la quebrada La Arenosa. Sería la mejor forma de demostrar que a partir de la pandemia en realidad empezamos a pensar diferente.
#QuédateEnCasa lecturas recomendadas para este fin de semana
Página 12: Elias Canetti en el barrio judío de Marrakesh
El corazón perdido de las cosas

El País de España:
Artemisia Gentileschi, de pintora olvidada a ícono feminista

Revista Gatopardo: Cuando una mujer se manifiesta. Kate del Castillo alza la voz por las muertas de Juárez

The New York Times: ‘Dreamers’ o cómo perder el miedo


y por sugerencia de un lector, Alejandro Patiño:
El País, España: Bob Dylan compone sus ‘Hojas de hierba’
El músico publica un nuevo doble disco en el que abraza la épica lírica de Walt Whitman para dar cuenta del final de sus días y del rumbo de Estados Unidos





















































