sábado, abril 25, 2026
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¿Por qué se celebra la fundación de Bogotá?

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Agosto es el mes de la ciudad, sin embargo La celebración del cumpleaños de Bogotá es un evento relativamente moderno.


Texto extraído de: Archivo de Bogotá- Secretaría General

 

La celebración del cumpleaños de Bogotá es un evento relativamente moderno. Sólo hasta 1920 mediante el Acuerdo 83, el Concejo de Bogotá declaró el 6 de agosto como “día de fiesta municipal” y se organizaron festividades entorno a la fecha.

 

Acuerdo No. 83 de 1920. Acuerdos expedidos por el Concejo de Bogotá en los años de 1919 a 1921. Archivo de Bogotá. Ref. 201-12P-407. Imagen extraída de: archivobogota.secretariageneral.gov.co/

 

Sin embargo, este evento se vio constantemente opacado por las llamadas fiestas patrias de carácter nacional o continental como las batallas de Boyacá, Junín o la independencia de Bolivia. Incluso en el siglo XIX celebraciones bogotanas como las Carnestolendas resaltaron por el colorido de los disfraces y lo jocoso de las bromas celebradas el día anterior al miércoles de ceniza.

Si bien, esta festividad poco tenían que ver con la conmemoración de la llegada de Jiménez de Quesada a lo que entonces sería conocido como el Valle de los Alcázares; a partir de los cambios urbanos, el crecimiento poblacional y el desarrollo industrial que la ciudad empezó a manifestar desde finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX se impulsó cierto sentido de apropiación por la ciudad, preguntándose sobre su origen y la necesidad de conmemorar estas fechas con la realización de obras públicas para su embellecimiento y el fomento de las actividades culturales en espacios públicos.

A partir del Acuerdo 83 de 1920 el alcalde Ernesto de Santa María y el Concejo Municipal de la ciudad oficializa el cumpleaños de Bogotá, considerando que:

“(…) El 6 de agosto de 1538 fue fundada la ciudad de Bogotá por el Adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada, dando con ello cima a la empresa más grandiosa y perdurable que emprendieron los conquistadores; que es deber de la ciudad honrar el recuerdo de los que la fundaron con su esfuerzo titánico y celebrar dignamente el natalicio de la capital de la República”.

A pesar de que no existe el acta de fundación ni documento alguno que verifiquen ésta información, o la fundación oficial de la ciudad en 1538, a partir de esta norma se crea la necesidad de erigir un acto conmemorativo correspondiendo a las necesidades de modernización de la ciudad y el fortalecimiento de las identidades locales y nacionales que convergen en Bogotá como capital.

De este modo, frente a la tradición de las festividades bogotanas era necesario darle importancia a las fiestas seculares en contraposición a las tradicionales procesiones de Semana Santa y las festividades del Santoral católico, esto para fomentar de alguna u otra forma la confianza en la institucionalidad como ente organizador de las obras y eventos; y a su vez, como una hábil estrategia para implementar las nuevas normas de higiene y prácticas de urbanismo que definían para ese entonces unas bases de “civismo” entre los habitantes de la ciudad.

En contrapunto a la penosa situación de crecimiento urbano que la cuidad sufría para esa época, tanto en términos de infraestructura como de capital cultural, muchos de los proyectos que buscaban “limpiar” el pasado colonial de la ciudad a partir de la conmemoración de su fundación tuvieron éxito con intervenciones urbanísticas posteriores como las lideradas por los alcaldes Jorge Eliécer Gaitán (1936-1937) y Fernando Mazuera (1947-1949/1957-1958).

 

¿Por qué es importante el el Decreto 604 de 1956?

En 1956 Andrés Rodríguez Gómez, el último alcalde de la ciudad bajo la dictadura de Rojas Pinilla, decreta la celebración del cumpleaños de Bogotá como un día vacante para las distintas instituciones públicas de la ciudad y se insta a izar el “Pabellón nacional” para conmemorarla.

 

Decreto No. 604 de 1956. Anales del Concejo Administrativo. Archivo de Bogotá. HEMEROTECA. Año XXII. No. 115. PP. 1354. Agosto 16/1956. Imagen extraída de: archivobogota.secretariageneral.gov.co/

 

A partir de este decreto, la importancia de los símbolos fundacionales toma mayor importancia bajo la dictadura militar, y especial durante una época en donde el centro histórico de Bogotá atravesaba sus mayores retos de construcción con las intervenciones sobre Las Aguas – Germanía, la ampliación de la Carrera 10 y la construcción de la Avenida Calle 26 hasta el Aeropuerto El Dorado.

De este modo, la bandera y el escudo de armas de la ciudad se convertía en un elemento imprescindible, símbolo de identidad e institucionalidad en una ciudad a la que  no solo llegaban campesinos de distintas regiones debido a la oleadas de violencia de la mitad del siglo XX, sino que también, debían afrontar los retos de la ocupación informal y la urbanización descontrolada que empezaba a verse tras la anexión de los municipios de Engativá, Fontibón, Suba, Usme, Usaquén y Bosa.

 

Circasia, el lugar donde los caminos se cruzan

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Estuvimos visitando los cafés el Guadual, Ktarte y El Depósito.


 

Circasia es un municipio del Quindío que se encuentra a pocos minutos de Armenia, la capital del departamento. Cafetero por tradición, ha encontrado, como otros municipios de esta región, una nueva vocación asociada a las actividades turísticas.

Arribar a Circasia fue todo un descubrimiento, pues comúnmente no se le relaciona con oferta de atractivos turísticos como buenos restaurantes, sitios de interés o cafés especiales, lo que sucede con mayor claridad en otros municipios quindianos.

Sin embargo, en un fin de semana corriente, es mucha la gente que se reúne en el parque principal, de particular amplitud, arborización y orden, y en el cual las ventas de alimentos y bebidas se han organizado de manera planificada en un sector de este espacio público, permitiendo que este lugar de encuentro cobre una gran vitalidad, sin que ello vaya en detrimento de la posibilidad de disfrutar de una manera organizada.

El parque principal, igualmente, está rodeado por varias edificaciones que conservan en buen estado fachadas de la tradicional arquitectura de la colonización antioqueña, y que albergan establecimientos de comercio que respetan la estética de este tipo de construcciones, con avisos en madera adosados a las fachadas.

 

Fotografía por: Martha Alzate.

 

Otros aspectos llamativos son: la facilidad de circulación por los andenes, que son amplios y se encuentran en general libres en este sector, y el control del ruido.  Salvo alguna que otra excepción, no padecimos lo que en otros pueblos, una odiosa competencia entre comercios por imponer su música a los demás usando el volumen como herramienta de sometimiento del otro.

Adicionalmente, a pesar del animado y variopinto grupo que recorre sus calles en un día domingo, no se padece esa sensación de tumulto que ya asfixia las visitas a las zonas centrales de otros destinos turísticos como Salento.

En general, fue una gran sorpresa para nosotros hallar en este municipio una oferta bien organizada de restaurantes con propuestas diferenciadas. Es el caso del recién abierto al público restaurante Frijol Express, o de Davincci que ofrece comida rápida y un bar de vinos, o el bar de tapas Limón, ubicado en una hermosa casa de la arquitectura de la colonización antioqueña de tonos celestes.

 

Ver Tardeando en El Depósito


 

Pero lo más reconfortante de visitar este municipio consistió en el acceso al conocimiento y a las nuevas presentaciones con las que la población está rodeando el tradicional cultivo y consumo del café. 

Existen en este pueblo gran variedad de establecimiento que ofrecen cafés de especialidad, y llama la atención que son jóvenes los que están investigando, experimentando, buscando y ofreciendo nuevas formas de procesar el grano, de prepararlo y consumirlo.

Estuvimos visitando los cafés el Guadual, Ktarte y El Depósito. Hablamos con los baristas del lugar, y ellos hicieron para nosotros preparaciones en métodos especiales como la Chemex o el filtro japonés.

 

Fotografía por: Martha Alzate.

 

Es importante resaltar la manera como la cultura del café viene encontrando en estos nuevos nichos de mercado la forma de interesar a la población joven, plantear un necesario relevo generacional, y proporcionar la manera de construir un proyecto de vida que permita que los habitantes puedan quedarse en su pueblo y subsistir a partir de actividades relacionadas con el cultivo, el que ha dado origen a la cultura cafetera y al paisaje cultural cafetero.

En general las fortalezas turísticas de estos lugares están relacionadas con la calidez de sus gentes y su férrea voluntad de ganarse la vida de manera digna. Ellos han encontrado en las nuevas presentaciones de cafés especiales un relato de vida que están siempre dispuestos a compartir con el visitante.

Por todas estas razones, los invitamos a recorrer los contenidos que hemos preparado para ustedes, acerca de diferentes aspectos de la cultura gastronómica y la bebida del café en este municipio quindiano.

 

Ver Tardeando en el café Ktarte >>>

 

Tardeando por Circasia-Quindío : Café Ktarte

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Tardeando en el Paisaje Cultural Cafetero


 

De recorrido por el Paisaje Cultural Cafetero, la directora Martha Alzate visitó un cálido pueblo del Quindío: Circasia. Lugar que se caracteriza por su gente amable, su geografía pintoresca, el cementerio del pueblo, el café y los vientos que arrecian en la tarde.  Allí encontró un establecimiento con una decoración muy vistosa y que olía a buen café, además de ofrecer productos típicos de la región como colada de origen de la abuela, vinos, tortas y más. Lo invitamos a que vea el video del “Tardeando por Circasia“.

 

Fotografía por: Martha Alzate.

 

Bienvenidos

Y no olvide compartir con otras personas para que conozcan este lugar recomendado del PCC

 

Ver


 

Como aquél viejo tango

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Bordeaux es una ciudad de buen tamaño, poblada de edificios del mismo estilo que los parisinos modernos.


 

Han pasado ya dos días aquí, mientras intento entenderlo todo rápidamente.

Hemos aprendido ciertas cosas sobre el uso del transporte público y el funcionamiento de la casa, y reubicamos algunos muebles para optimizar el espacio.  El lugar donde vivimos consiste en una habitación, un baño, y un solo salón en donde se ubican la cocina, un sofá cama doble –en el que duermen mis hijos-, y una mesa de comedor.  Esta última la ubicamos contra la pared, para poder abrir y cerrar el sofá cama, todas las noches, de manera más fácil y práctica.

La dueña de casa nos llevó en su auto al centro comercial de mayor tamaño en Gradignan.  En él, encontramos un gran supermercado en el que tuve que reprimir la tentación de comprar varios electrodomésticos (una olla arrocera, un horno, una sanduchera, por ejemplo), porque, aunque tengo la sensación de que me falta lo necesario para preparar los alimentos diarios, no quería convertirme de entrada en una compradora compulsiva.

Cocinamos el primer almuerzo, algo básico: pollo asado empacado, papas (pomme du tèrre) cocinadas con sal y aceite de oliva, y una ensalada de lechuga pre lavada y zanahoria rayada con limón (que se encuentra lista en el mercado).

Luego nos fuimos a Bordeaux intentando aprender a usar el transporte público (el último Uber que tomamos nos cobró 56 euros por traernos hasta Gradignan).

 

Fotografía por: Martha Alzate.

 

El transporte es muy completo y tiene indicadas las paradas (ya sea del bus o del tranvía) como si se tratara de un metro.También los horarios de paso de los buses se pueden consultar en línea en la aplicación que se descarga en el móvil. 

Pero, en virtud de que en el centro de Gradignan están haciendo unas reparaciones a la iglesia y el parque principal, las rutas están modificadas. Comprender bien el lugar a donde debíamos dirigirnos para tomar el bus, y encontrarlo, nos tomó más de una hora en medio del calor sofocante de la tarde.

Por fin pudimos abordarlo, para hacer el recorrido hasta otro poblado cercano (Talence), a la estación de Peixotto, en donde descendimos para hacer el cambio al tranvía.

Este medio de transporte pasa por el centro de Bordeaux, donde está ubicada la sede principal de la universidad del mismo nombre y en cuya plaza (la de La Victoria) se encuentra la puerta de Aquitania, y el obelisco que lleva el mismo nombre de la plaza. Allí inicia la Rue Sainte Catherine, que es una calle peatonal comercial, cuyo piso está enchapado en mármol en todo el recorrido (1.250 ml).  Es la ruta peatonal comercial más larga de Europa.

Bordeaux es una ciudad de buen tamaño, poblada de edificios del mismo estilo que los parisinos modernos.  Tiene un urbanismo de buenas especificaciones en cuanto a vías principales y parques, y un centro hecho de callejuelas que albergan restaurantes, cafés y comercios. Además, está el recorrido peatonal o muelle sobre el río Garona: todo un paseo público amplísimo y muy bello, lleno de actividades.

 

Fotografía por: Martha Alzate.

 

Arribamos allí y nos sorprendió, además de su amplitud y extensión, la presencia de bailarines. Participaban de un festival: Dance Sur La Quais. Cada día las parejas aprenden un baile diferente: la tarde de nuestra primera visita el ritmo a dominar era el tango.

En el muelle los que danzaban intentaban seguir los pasos indicados por los maestros, quienes dirigían desde una tarima alta.  Podía percibir el espíritu soleado de las parejas envuelto en sus vestidos vaporosos.

Esa imagen de desparpajo contrastaba fuertemente con las letras del tango “Confesiones”, cuyos versos son duros, oscuros y melancólicos.

Ese tangazo, era bailado a descuido por alegres franceses que difícilmente podían adentrarse en su significado. Solo yo, en un interminable instante de aislamiento, pude comprender que querían decir aquellas palabras que los sonidos arrimaban a mi cerebro atribulado:

 

Fue a conciencia pura

que perdí tu amor…

¡Nada más que por salvarte!

Hoy me odias

y yo feliz,

me arrincono pa’ llorarte…

El recuerdo que tendrás de mí

será horroroso,

me verás siempre golpeándote

como un malvao…

¡Y si supieras, bien,

qué generoso

fue que pagase así

tu buen amor..!

 

¡Sol de mi vida!…

fui un fracasao

y en mi caída

busqué dejarte a un lao,

porque te quise

tanto…¡tanto!

que al rodar,

para salvarte

solo supe

hacerme odiar.

 

Fotografía por: Martha Alzate.

 

Y sí, tuve un tremor, una especie de conmoción callada. Pero me recuperé pronto, porque el viento me trajo la alegría del muelle en verano: los pies descalzos, las personas en bicicleta, en patines, trotando o simplemente caminando. Y entonces, pensé que ellos conocen el invierno, y que no están dispuestos a abrir espacio a ningún tipo de nostalgias en el tiempo soleado.

Fui consciente de mi carencia de la naturaleza propia de los espíritus habituados a las estaciones. Esta es una frontera enorme, que me hace ser un humano diferente a los de aquí. Puedo hacer mi mayor esfuerzo por hablar la lengua, y tratar de habituarme a los ritmos de vida, pero me será muy difícil instalarme en este modo de ser y estar en el mundo cíclico.

La conclusión que obtuve de este primer impacto fue la necesidad de disfrutar a plenitud el calor, para atesorar sus imágenes, sonidos y recorridos, buscando acompañarme de ellos cuando lleguen las horas frías. Supe que esperaré el invierno apretando los dientes y familiarizándome con su sonido de castañuelas al chocar unos con otros.

Por lo demás, todo transcurre más o menos normal. Estamos en el suburbio y seguramente tendremos que alquilar o comprar un carro de segunda mano.

Salimos mañana para Suiza y Alemania, y regresamos en veinte días. En ese momento me quedaré sola con los niños. Para entonces espero contar con la serenidad suficiente para  afrontar todas las contingencias que la estadía larga requiera.

Fotografía por: Martha Alzate.

Ver Cebra Mundo


 

 


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Tomás Eloy Martínez: Lugar común la muerte

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Me atemorizaban las mujeres de luto, las tabernas con nombres de santos, el sabor a esperma de velas que tenían las verduras.


 

Texto extraído de: http://perio.unlp.edu.ar

 

Perón sueña con la muerte Estas fueron, una por una, las palabras que dijo el Secretario: “Yo estaba en el dormitorio cuando el General despertó sobresaltado. Me había quedado montando guardia junto a la cama, como todas las noches, con la punta de los dedos en estado de alerta. Los males que enviaba el enemigo se asomaban por la ventana y por los respiraderos del cielo raso.

Bastaba un ademán de mis dedos para obligarlos a marcharse. Siempre actué como un pararrayos contra los males de afuera, pero no puedo hacer nada contra los males que el General tiene adentro de los sueños”. Dijo que lo había tocado, para imponerle sosiego: la piel del General estaba húmeda, pero había una extraña calidad en el sudor, como si perteneciera a otro cuerpo y se hubiera quedado allí por desorientación. Descubrió en su pecho la plaga de manchitas pálidas que solían brotar en las épocas de tristeza más honda, cuando el General sentía que todos lo abandonaban y que también él mismo acabaría por abandonarse.

Vio el movimiento reflejo con que encendió la radio para escuchar el informativo de las siete, y el desencanto con que la había apagado al advertir que eran apenas las tres. Dijo que el General lo había mirado con agradecimiento, como si su vida dependiera de él (y el Secretario creía, en efecto, que la menor de sus distracciones bastaría para disolver la vida del General en la nada). Había imaginado (dijo) que él volvería a quejarse de ardores en la vejiga, de la humedad que le enfriaba las articulaciones, de la pequeña llaga dejada en algún rincón de la uretra por la sonda que acababan de retirarle.

Para moderar su inquietud, había observado al General cuidadosamente: dijo que había llevado la mirada hacia los filtros de los riñones, que había medido la densidad del viento en los alvéolos pulmonares, que había acompañado a la corriente sanguínea durante un largo trecho, para oír su velocidad y su cadencia.

No había encontrado señales de turbación. Pensó entonces que el General haría como siempre, un ademán de apartamiento antes de volver la cara hacia la pared: Váyase a dormir, López. Pero no fue así. Lo vio incorporarse en la cama con lentitud como si temiera ser deshojado por el movimiento, disimulando la demacración de la cara con una sonrisa tan falsa que parecía tallada sobre la carne viva. Sólo al cabo de un rato soltó la voz. Dijo que pocas veces la había oído salir tan tenuemente, y aún no sabía si era porque los miedos del sueño habían tardado en retirarse de la voz o porque el General, inseguro de sus fuerzas, quería mantenerla en un sitio descansado.

Le confió (así dijo) que había soñado un sueño de muerte tan ajeno a todo los sueños de vida que sólo él, López Rega, con su conocimiento de los astros y el instinto de que estaba dotado para leer los designios de la noche, sabría descifrar sin equivocaciones. La declaración del General le sorprendió (así dijo) porque no creía que en un cuerpo con tan avanzada mortalidad como el suyo pudiera haber lugar para los sueños.

“Me vi suspendido en el aire —había contado el General—, pero no temía caer. Arrancaba de lo alto de los árboles unas frutas de polvo que no sabían a nada. Los pájaros me herían con los picos y las garras, pero cuando se apartaban de mí advertía que eran ellos y no yo los que perdían sangre. En el fondo de un cráter volcánico Isabel cavaba la fosa donde me enterrarían.

Vi que Paladino, en el borde del cráter, devoraba una de mis piernas. Yo sentía mis dos piernas intactas en el aire, y sin embargo sabía que aquella otra pierna era también mi cuerpo, Vi a Vandor recomponer sus cenizas y ocupar, con los huesos vestidos de uniforme, un sillón que debía ser el de presidente. Todos ustedes hablaban de mi entierro en un dialecto que yo desconocía, aunque me daba cuenta por la entonación del significado de las palabras. De pronto, también yo estuve en tierra. Más bien dicho, estuvo en tierra la conciencia de que era yo, porque mi cuerpo era el de otro.

Miré hacia arriba y vi que un hombre muy triste flotaba en el aire. ¿Quién es?, pregunté asustado. ¿Nadie puede ayudarlo a bajar? Alguien (me parece que era usted, López) respondió: Es el pobre Perón, y no vale la pena bajarlo porque está muerto. En es momento desperté”. Dijo que había ido a la cocina a preparar un poco de té. Oía rumiar al General las imágenes del sueño, mudándolas de orden y barajándolas como un mazo de cartas. Lo veía (así dijo) reproducir las desconocidas palabras de Vandor, Isabel y Paladino en un dialecto innoble que no parecía humano.

Al volver con las tazas, había encontrado al General anotando en su cuaderno de cabecera algunos pormenores que de pronto le parecían imprescindibles: la fulguración de un diamante en las manos de Isabel, los tirabuzones de fuego que fluían de la cabeza de Paladino y, sobre todo, las heridas que correspondían a su cuerpo pero que sin embargo aparecían sobre el cuerpo de los pájaros.

¿Qué puede ver usted, López?, le había preguntado, ¿Son augurios buenos o malos? Dijo que él, López Rega, había repetido el sueño en voz alta para verificar si el movimiento de los personajes estaba influido por los movimientos del cielo. Luego de cada frase, había esperado la aprobación del General. Así fue López, de esa manera.

—¿Recuerda si en algún momento del sueño oyó decir que el río cabe en el océano?

—había preguntado el Secretario.

—No. Sólo estaban hablando de mi muerte.

—Y cuando volaba, ¿nadie le dijo que se situara en el centro pero que caminara por el costado?

—Nadie —había respondido el General—.

El dialecto que ustedes hablaban estaba hecho de sentidos pero no de palabras.

—Entonces el sueño no quiere decir nada —había interpretado López—.

Cualquiera de esas dos frases hubiera sido un aviso de que usted estaba en peligro. Pero como nadie las pronunció, los signos de la muerte, del volcán y del aire se fueron anulando mutuamente. Dijo que había retirado una de las dos almohadas del General, para ayudarlo a relajarse. Antes de apagar la luz, le había impuesto la mano sobre los ojos, llevándolo lentamente hacia una nada por la que no pasaban los sueños ni las turbulencias del pensamiento.

Eran las tres de la tarde. Caminábamos entre luces tan cristalinas que aún no terminábamos de dar un paso cuando ya lo sentíamos borrado. A veces, el vaho de las frituras madrileñas nos salía al encuentro, confundido con el vaho de algunas flores prematuras. El Secretario y yo nos habíamos dado cita un par de horas antes en sus oficinas de la Gran Vía, donde administraba  —“para pucherear”, dijo— un invisible negocio de importación y exportación. Apenas entré, me había ofrecido tres libros de su cosecha, dedicados “al amigo cronista cordialmente” con una letra infantil y laboriosa.

La firma respiraba a duras penas dentro de una rúbrica envolvente, que se dejaba caer sobre cada letra como un párpado; al pie de la rúbrica, un fleco desprendido de la R o de la G (la caligrafía era ingenua pero a la vez confusa) estaba adornado por tres puntos en forma de triángulo.

“No son los puntos de la masonería

—me había explicado, curándose en salud—.

Por lo contrario, permiten identificar a las personas que tienen fe en Dios y amor por el conocimiento. Observe el triángulo: está más cerrado que el de los masones”. Lo acompañé a retirar unas cartas de hotel Gran Vía, y luego a comer un bocadillo de jamón en una tasca de la calle Serrano. La tarde nos iba llevando hacia el Palacio de Oriente, donde no quise entrar porque los portales de acceso eran demasiado altos y me comunicaban malos presentimientos.

Me preguntó si yo era supersticioso o si, quién sabe, había conseguido atravesar esa delgada tela de las apariencias más allá de las cuales todo es mágico. “Aún estoy del lado de acá”, le dije. “Pero debo confesarle que cuando vengo a Madrid me vuelvo supersticioso”. Recordé que ya en

el primer viaje, cuatro años antes, me había marchado de la ciudad con la impresión de que por las noches bajaban legiones de sembradores a espolvorear las calles con semillas de beatos. Me atemorizaban las mujeres de luto, las tabernas con nombres de santos, el sabor a esperma de velas que tenían las verduras. Pero creo que no le confié esas aprensiones. Los libros que me había regalado empezaban a pesarme.

Nos internamos en los jardines de Sabatini y nos sentamos al fin ante la estatua de Alfonso el Sabio. López Rega completó una larga exposición sobre la era de espiritualidad que se avecinaba, en la que todos los hombres reconocerían al General como un conductor y un iluminado. Advirtió que la sociedad de consumo llegaba a su fin, y que por haberla combatido sin buscar antes la protección de las Fuerzas Inmateriales el General había perdido el poder en 1955. No volverá a ocurrir, dijo: el espíritu del General está inflamado ahora de energía electro-magnética, y sólo espera la llegada del Gran Año Planetario para emplear a fondo esa energía contra los enemigos. Leyó la incomprensión en mi cara y vi que los ojos se le endurecían. Me preguntó si dudaba de él.

Le respondí que no se trataba de eso: simplemente, nos movíamos en distintas longitudes de onda. Una mariposa amarilla se posó en la cabeza de Alfonso el Sabio. El aire de la tarde era tan diáfano que podía ver cómo la mariposa, al agitarse, perdía el polvillo de las alas. —Por suerte para usted y para mí, el General está ahora más allá del bien y del mal —le oí decir—. Es puro espíritu.

—Tal vez por eso tiene sueños tan difíciles de interpretar —le insinué, apuntando hacia algún blanco oculto de su omnipotencia.

—El General no tiene sueños sino visiones —declaró con cierta solenmidad—.

Ya no está en condiciones de soñar. Hace cinco años, poco después de mi llegada a Madrid, le hicieron una operación muy delicada. El corazón estaba débil y no pudo resistir. Murió. Los medicos iban a dar el anuncio de la muerte cuando yo los detuve: concédanme solamente media hora, les dije. Total, ya no hay nada que perder. Me encerré en el quirófano, a solas con el General y lo llamé por su nombre astral. Al tercer llamado, resucitó. Ahora es mi energía cósmica la que lo mantiene vivo. —¿Y el General lo sabe? —Lo intuye —dijo—. Cuando lo sepa verdaderamente, ya no habrá modo de salvarlo. Morirá para toda la eternidad. Una línea de brisa desbarató el aire (fue algo más ligero que la brisa: su reverberación o su sombra). La mariposa levantó vuelo y se perdió en las lejanías del Manzanares.

—Hay algo que no sé ver claro —dije—: esas frases que el General no oyó en el sueño y que hubieran sido un mal presagio. ¿De dónde las sacó, López? —Son oraciones egipcias, del Libro de los Muertos —inventó—. Pero esas frases o cualquier otra hubieran dado lo mismo. Las dije para que el General se quedara pensando en ellas y las metiera dentro de sus visiones. Un día me llamará, me dirá que las oyó, y volveré a explicarle que son un aviso de peligro.

—¿Qué ganará con eso? —le pregunté. —Yo, nada. No estoy al lado del General para ganar o perder. Pero el Movimiento sí saldrá ganando. El General se pondrá a averiguar de dónde viene el peligro, y cuando lo sepa, rodará la cabeza de algún traidor.

(1970)

Günther Anders: El piloto de Hiroshima

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Todos nosotros hemos de vivir en esta época, por lo que en cualquier momento podemos volvernos culpables


 

Texto extraído del titulo original: Hiroshima ist überall 

(1995)

CARTA 1


 

Al señor Claude R. Eatherly
Formerly Major U. S. Air Force
Veterans Administration Hospital Waco, Texas

  3 de junio de 1959

  Estimado señor Eatherly:

  El que escribe estas líneas es para usted un desconocido. Para nosotros, en cambio, para mis amigos y para mí, usted es una persona conocida. Seguimos con el corazón en un puño sus esfuerzos por salir de su desgracia, estemos en Nueva York, en Viena o en Tokio. Pero no lo hacemos por curiosidad, ni porque su «caso» nos interese desde los puntos de vista médico o psicológico. No somos ni médicos ni psicólogos. Lo hacemos porque nos ocupamos, llenos de miedo y de angustia, de dilucidar aquellos problemas morales que hoy se nos plantean a todos.

La tecnificación de la existencia, esto es, el hecho de que todos nosotros, sin saberlo e indirectamente, cual piezas de una máquina, podríamos vernos implicados en acciones cuyos efectos seríamos incapaces de prever y que, de poder preverlos, no podríamos aprobar —esta tecnificación ha cambiado toda nuestra situación moral—. La técnica ha traído consigo la posibilidad de que seamos inocentemente culpables de una forma que no existió en los tiempos de nuestros padres, cuando la técnica todavía no había avanzado tanto.

  Comprenderá la relación que esto guarda con usted: a fin de cuentas, usted fue uno de los primeros que se implicó en esta nueva forma de culpa, en la que hoy o mañana cualquiera de nosotros podría verse implicado. A usted le ha ocurrido lo que a todos nosotros podría ocurrirnos mañana. Así pues, por esta razón para nosotros usted es un ejemplo paradigmático, incluso un precursor.

  Es muy probable que esto no le guste. Querrá que le dejen tranquilo, your life is your business. Le aseguramos que aborrecemos la indiscreción tanto como usted, y le pedimos disculpas. Pero en este caso, y por la razón que acabo de mencionar, la indiscreción es inevitable, incluso obligada: su vida se ha convertido también en nuestro business. Puesto que el azar (o cualquiera que sea el nombre que demos al hecho indiscutible) ha querido que usted, el individuo Claude Eatherly, se convierta en un símbolo del futuro, ya no tiene derecho a protestar contra nuestra indiscreción.

El que precisamente usted, y no cualquier otro de entre sus miles de millones de contemporáneos, se haya visto condenado a ser un símbolo, no es culpa suya, y es ciertamente horrible. Pero así es.

  Y, sin embargo, no crea que es usted el único que sufre esta condena. Todos nosotros hemos de vivir en esta época, por lo que en cualquier momento podemos volvernos culpables; y al igual que usted, tampoco nosotros hemos elegido vivir en esta época desventurada. En este sentido, pues, como dirían ustedes los norteamericanos, estamos in the same boat, navegamos en el mismo barco, pertenecemos a la misma familia.

Y este rasgo común determina nuestra relación con usted. Si nos ocupamos de su sufrimiento, lo hacemos como hermanos, es decir, como si fuera usted un hermano nuestro que ha tenido la desgracia de hacer aquello que cualquiera de nosotros podría verse obligado a hacer mañana; lo hacemos como hermanos que desean poder evitar esta desgracia, del mismo modo que usted, para su horror, desearía haberla podido evitar en el pasado. Pero en aquel tiempo esto fue imposible: el aparato militar funcionaba perfectamente, y usted era demasiado joven y carecía de las luces suficientes.

Por eso lo hizo. Pero precisamente porque lo hizo, podemos ver en usted, y únicamente en usted, qué nos habría sucedido de haber estado en su lugar, o de vernos algún día en su lugar. Ya ve: usted es enormemente importante para nosotros, realmente imprescindible. En cierto modo, es nuestro maestro. Obviamente, usted rechazará este título. «Ni mucho menos —nos responderá—, yo todavía no he podido superar mi situación».

  Puede que le sorprenda, pero para nosotros lo decisivo es precisamente este «no». Nos resulta incluso consolador. Sé que esta afirmación puede parecerle absurda. He aquí una breve explicación:

  No digo «consolador para usted». Nada más lejos de mi intención intentar consolarle. El que consuela dice siempre: «No es para tanto», esto es, intenta restar importancia al sufrimiento o al sentimiento de culpa del otro, e incluso exorcizarlo con palabras. Esto es precisamente lo que, por ejemplo, intentan sus médicos. No es difícil adivinar por qué actúan así. A fin de cuentas, estos hombres son empleados de un hospital militar a los que no les convendría condenar moralmente una acción militar que goza de un reconocimiento y un elogio generales o, mejor dicho, a los que no se les puede ocurrir una condena similar; por eso deben defender a toda costa el carácter irreprochable de la acción que usted experimenta con razón como culpa.

De ahí que sus médicos afirmen: «Hiroshima in itself is not enough to explain your behaviour», lo que dicho claramente significa: «Tampoco es para tanto»; de ahí que se limiten a criticar su reacción a ese hecho, en vez de criticar el hecho mismo (o el mundo en el que un hecho así fue posible); de ahí que se vean obligados a determinar su sufrimiento y su esperanza de expiar su culpa como una «enfermedad» (classical guilt complex); de ahí, finalmente, que no puedan menos que tratar su acción como un self-imagined wrong, esto es, como un mero crimen imaginario.

¿Tiene algo de sorprendente que hombres que, llevados por su conformismo y por la falta de juicio moral propio, se ven obligados a justificar su acción y, por lo tanto, a calificar de patológicos los tormentos que usted sufre, que hombres que parten de presupuestos tan falsos no logren grandes resultados terapéuticos? Puedo imaginar —y si me equivoco, corríjame, por favor— cuán incrédulamente, cuán desconfiadamente, con cuántas reservas no ha de enfrentarse usted a hombres que sólo toman en serio su reacción, pero no su acción.

Hiroshima: selfimagined. ¡De veras! Usted lo sabe mejor que ellos. No en vano siguen ensordeciendo sus días los gritos de los heridos, y no en vano se cuelan en sus sueños las sombras de los muertos. Usted sabe que lo que ha sucedido ha sucedido, que no es meramente fruto de su imaginación. Usted no se deja embaucar por sus sandeces. Y nosotros tampoco nos dejamos engañar por ellos. No queremos saber nada de esa clase de «consuelos».

  No, no para usted, sino para nosotros. Para nosotros, el que usted «no haya podido superar» lo sucedido es consolador. Y lo es porque demuestra que usted sigue intentando hacer frente al efecto (antes inimaginable) de su acción; porque este intento, aunque fracase, indica que ha logrado mantener viva su conciencia, a pesar de haber sido una simple pieza del aparato técnico y de haber cumplido perfectamente su función.

Y el que usted haya podido hacerlo, demuestra que todos podemos hacerlo, que cada uno de nosotros también ha de ser capaz de hacerlo. Y saberlo —y este saber se lo debemos a usted— es para nosotros consolador.

  «Aunque su intento fracase», he dicho. Y es que ha de fracasar. Por estas razones:

  El hecho de hacer daño a un solo hombre —y no estoy hablando de darle muerte—, pese a ser algo concebible, no es fácil de «superar». Pero aquí se trata de algo completamente distinto. Usted tiene la desgracia de haber dejado detrás de sí 200 000 muertos. ¿Y cómo iba a ser posible sentir dolor por la muerte de 200 000 personas? ¿Cómo iba a ser posible lamentar algo semejante? No sólo usted es incapaz de hacerlo, nosotros tampoco podemos, nadie puede hacerlo. Por más que lo intentemos, aquí el dolor y el arrepentimiento son impotentes.

Así pues, Eatherly, usted no tiene la culpa de que sus esfuerzos sean inútiles. Esta inutilidad es consecuencia de lo que anteriormente he denominado el carácter radicalmente nuevo de nuestra situación, a saber: el hecho de que, en cierto modo, podemos producir más de lo que somos capaces de representarnos; el hecho de que los efectos resultantes de los instrumentos que nosotros mismos hemos producido son tan grandes que ya no estamos preparados para representárnoslos. Tan grandes que ya no podemos concebirlos, tan grandes que ya no podemos hacerles frente.

No se reproche usted que su arrepentimiento sea insuficiente. Sólo faltaría eso. El arrepentimiento no puede bastar. En cambio, el fracaso de sus intentos es algo que evidentemente debe experimentar y soportar diariamente: solamente esta experiencia del fracaso puede sustituir al arrepentimiento, sólo ella puede evitar que volvamos a enredarnos en hechos tan monstruosos. Así pues, dado que sus esfuerzos son inútiles, es perfectamente comprensible que reaccione con pánico y desorientación. Incluso podría decirse que esta reacción es signo de su salud moral, pues demuestra que su conciencia sigue viva.

  El método habitual para hacer frente a aquello que es demasiado grande consiste en una maniobra de ocultación: en seguir viviendo exactamente como se vivía antes; en retirar lo sucedido de la mesa de la vida, de modo que la culpa demasiado grande no se viva como culpa alguna. Consiste, pues, en querer superar algo sin intentar hacerle frente.

Como hace, por ejemplo, su camarada y compatriota Joe Stiborik, el responsable del radar del Enola Gay, al que gustan de ponerle a usted como ejemplo, pues este hombre sigue viviendo con optimismo y explica con muy buen humor que «se trató simplemente de una bomba, sólo que un poco más grande». Este mismo método lo ilustra todavía mejor ese presidente que le dio a usted la señal go ahead, la misma que usted dio a los pilotos que tenía a sus órdenes; él se encuentra, por lo tanto, en la misma situación que usted, o incluso en una situación peor.

Pues lo que usted ha hecho, él lo ha omitido. En efecto, hace algunos años —no sé si esto llegó a sus oídos—, invirtiendo de la forma más ingenua toda moral, su presidente declaró en una entrevista que no sentía el menor pang of conscience, lo que supuestamente demostraba su inocencia; y recientemente, al hacer un repaso a su vida con ocasión de su 75 cumpleaños, ha dicho que de lo único que se arrepiente en su vida es de haberse casado a los 30.

Creo poco probable que usted envidie la suerte de este clean sheet. Estoy completamente seguro de que si un delincuente habitual declarase que no siente ningún remordimiento de conciencia, usted no tomaría sus palabras como una demostración de su inocencia. ¿No es un tipo ridículo un hombre que huye de sí mismo? Usted, aunque fracase en el intento, hace todo lo humanamente posible. Intenta seguir viviendo como el que ha hecho lo que ha hecho. Y esto es lo que a nosotros nos consuela. Aunque precisamente por permanecer idéntico a su acción, ésta lo ha cambiado.

  Como usted comprenderá, me estoy refiriendo a los robos, falsificaciones y tantos otros actos delictivos que usted ha cometido. Y al hecho de que se le considere una persona sin moral. No crea que soy un anarquista y que justifico los robos y las falsificaciones, o que me los tomo a la ligera. Pero en su caso, estas malas acciones tienen un sentido un tanto distinto. Son acciones desesperadas.

Pues, en efecto, ser tan culpable como lo es usted y, pese a ello, ser considerado por la opinión pública una persona inocente, y hasta ser celebrado como un smiling hero en virtud de esa misma culpa, debe de ser una situación insoportable para cualquier hombre honrado; una situación a la que hay que poner fin precisamente mediante actos delictivos. Como la monstruosidad en la que usted estaba y está implicado no era comprendida como tal en el mundo al que usted pertenece, como no podía comprenderse, como no era posible hacerla comprensible, se vio obligado a actuar y a hablar en el único lenguaje que resultaba comprensible, en el pequeño lenguaje of petty o big larceny, en los términos de la misma sociedad.

Así pues, usted intentó demostrar su culpabilidad con actos que pudiesen ser reconocidos inmediatamente como actos delictivos. Pero tampoco lo consiguió. Usted sigue estando condenado a ser un enfermo, no un culpable. Y por esta razón, por el hecho de que no se le concede la gracia de la culpa, sigue siendo un hombre desdichado.

  Para finalizar, una propuesta.

  El año pasado estuve en Hiroshima, donde tuve ocasión de hablar con aquellos que lograron sobrevivir a su paso por el lugar. Y créame: ninguna de estas personas tiene intención de vengarse de las piezas de aquella máquina militar (que eso es lo que usted fue cuando, a los 26 años, cumplió su «misión»); ninguna de ellas siente odio hacia su persona.

  Pero usted ha demostrado que, pese a haber cumplido su función como una simple pieza de aquella máquina, a diferencia de los demás ha seguido siendo un ser humano o ha vuelto a serlo. Y ahora mi propuesta, que quizá tenga a bien considerar.

  Como cada año, el próximo 6 de agosto la población de Hiroshima conmemora el día en que sucedió «aquello». Usted podría enviar a esas personas un mensaje adecuado para tal conmemoración. Si se dirigiese como ser humano a esas personas diciéndoles: «En aquel momento yo no sabía lo que hacía, pero ahora sí lo sé. Y sé que jamás ha de repetirse nada similar; y que ningún ser humano puede pedir a otro que haga algo parecido».

Si les dijese: «Vuestra lucha contra la repetición de esos hechos es también mi lucha, y vuestro “No more Hiroshima” es también mi “No more Hiroshima”», o algo similar, puede estar seguro de que con este mensaje daría una enorme alegría a los supervivientes de Hiroshima, puede estar convencido de que estas personas lo considerarían un amigo, uno de ellos. Lo que sería de justicia, puesto que también usted, Eatherly, es una víctima de Hiroshima. Y puede que esto también fuese para usted, si no un consuelo, sí al menos un motivo de alegría.

  Con la expresión del afecto que siento hacia cada una de esas víctimas, le mando mis saludos.

  GÜNTHER ANDERS

Vinícius de Moraes: La bomba atómica II

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Bomba atónita, bomba atómica, tristeza, consolación, flor purísima de uranio


 

Texto extraído de: Ciencia y Cultura. Madrid.

La bomba atómica es triste,
cosa más triste no hay.
Cuando cae, cae sin voluntad,
va cayendo despacio,
tan despacio va cayendo
que da tiempo a un pajarito
a posarse en ella y volar…
¡Cuitada bomba atómica
que no gusta de matar!
¡Cuitada bomba atómica
que no gusta de matar!
Mas que al matar mata todo
animal  o vegetal,
que mata la vida de la tierra
y mata la vida del aire.
Pero que también mata a la guerra…
¡Bomba atómica que aterra!
¡Bomba atónita de la paz!

Bomba atónita, bomba atómica,
tristeza,  consolación,
flor purísima de uranio,
desabrochada en el suelo,
del color pálido del helio
y olor de rádium fatal,
lirio mineral carnívoro,
radiosa rosa radical.
Nunca más, oh bomba atómica,
nunca, en tiempo alguno, jamás
sea  preciso que mates
donde haya muerte además:
permanezca apenas tu imagen,
aterrador espejismo,
sobre  las grandes  catedrales:
guardián  de una nueva era,
arcano  insigne de la paz

Por los líderes sociales

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Fotografía extraída de: Pacifista.co

Los líderes son hombres y mujeres de las periferias del país, del campo, de los sectores populares. Son líderes naturales conductores de sus comunidades para resistir los horrores de la guerra


 

Ya no quiero ver noticieros. No pasa un día sin que registren la muerte de un líder social, ambientalista, de restitución de tierras o defensor de derechos humanos. Y lo peor es que a fuerza de repetición, el hecho se vuelve costumbre, se vuelve paisaje, cada vez impacta menos. Sucedió con el exterminio de la UP, luego con las masacres de los paramilitares entre los años 1997 a 2003 y ahora con los líderes y lideresas sociales.

El Estado se ha mostrado lento y en algunos casos incapaz de hacer presencia en las periferias y copar los espacios que dejaron las FARC-EP, permitiendo que el ELN, los grupos delincuenciales, neo paramilitares, las disidencias de FARC y bandas armadas o Bacrim que se nutren de rentas ilegales, copen estos espacios y se disputen el dominio de dichos territorios fronterizos, o en litigios, por cultivos de coca, restitución de tierras o defensa medioambiental.

A pesar de sus acciones no se ve un compromiso fuerte del Estado, más allá de chalecos antibalas o guarda espaldas, no se conoce un programa o una estrategia o una política pública, concertada entre ministerios y entidades nacionales y locales que evite la continuidad de los asesinatos.

 

Pero, ¿quiénes son los líderes sociales?

Los líderes son hombres y mujeres de las periferias del país, del campo, de los sectores populares. Son líderes naturales conductores de sus comunidades para resistir los horrores de la guerra, organizar a sus miembros para suplir mediante convites y mingas las carencias de bienes y servicios, la ausencia o la débil presencia del Estado.

Son los voceros que, ante la carencia de canales de representación política de sus intereses en los niveles local o departamental, asumen la vocería, la representación y la defensa de causas comunales como las de las minorías étnicas, la población LGTBI, las comunidades afros, las organizaciones de víctimas en su propósito de reparación y restitución de tierras y de las madres de víctimas de los “Falsos Positivos”, líderes de organizaciones que defienden el territorio y el medio ambiente, entre otros.

 

Fotografía extraída de: Caracol.com

 

¿Por qué los matan o los victimizan?

No conozco ni tengo a la mano un estudio de casos o una investigación para responder este interrogante; me baso en artículos de prensa que registran la noticia respondiendo en el momento a las preguntas clásicas del periodismo: Qué, donde, cuándo, cómo y por qué, con lo que suministran una información muy valiosa. Ese seguimiento a la noticia, la identificación de la actividad de los líderes, modalidad de victimización, los panfletos con que los amenazan, y el lugar y la época, me lleva a generalizar de una manera empírica algunas posibles razones por las que los asesinan o amenazan:

1. Porque luchan, por la propiedad, la titulación, la restitución de tierras que fueron despojadas en la época de auge del paramilitarismo, años 1997 a 2003
2. Porque defienden sus territorios de la minería ilegal
3. Porque lideran en sus comunidades los programas de erradicación voluntaria y sustitución de cultivos de coca.
4. Porque luchan por la verdad, la justicia y reparación de las víctimas de los “Falsos Positivos”
5. Porque son defensores de derechos humanos. De los derechos de las minorías étnicas, de la población LGTBI, de las negritudes.
6. Porque defienden el proceso de paz . Al respecto afirma Carlos A Guevara de la organización Somos Defensores que: “…hay una relación directa entre el proceso de paz y las agresiones y asesinatos de defensores pues muchos de ellos están siendo agredidos por defender la paz y hacer pedagogía en diferentes territorios.
7. Porque impulsan la protesta social de campesinos, agricultores e indígenas.

 

Ariel Ávila, Director de la Fundación Paz y Reconciliación, analiza en el artículo que cito adelante, la secuencia de los asesinatos en los últimos dos años, lapso en el que se han presentado tres picos de incremento significativo en el número de hechos victimizantes.

“El primer pico se presentó previó al plebiscito por la paz en octubre de 2016. Entre agosto y septiembre de ese año, muchos líderes que apoyaban el proceso de paz e hicieron abierta campaña por el sí fueron asesinados”.

El siguiente pico se presentó en el período previo a las elecciones legislativas de marzo 11 de 2018.

 

Fotografía extraída de: photos.smugmug.com

 

El tercer pico corresponde al mes de julio de 2018, previo a la instalación del nuevo congreso y a la posesión del Presidente Duque.

En mi opinión la coincidencia del incremento de hechos victimizantes y hechos políticos en este tercer pico, tiene una fuerte connotación que podría significar que el triunfo de la derecha ha envalentonado a esas organizaciones delincuenciales, paramilitares, ELN, bandas armadas B/A o Bacrim, en esta campaña de exterminio. Percepción cierta o errática, que se acentúa por la lentitud en las investigaciones y la impunidad en la mayor parte de los asesinatos.

Pero surge otra pregunta, ¿Es realmente una campaña? ¿Hay sistematicidad en este tipo de hechos? Pues todo parece indicarlo aunque el gobierno lo niegue. Al respecto dice William Spindler vocero de ACNUR, Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados:

“Vimos que era un problema recurrente, investigamos y confirmamos que sí, que hay un patrón (de asesinatos)”, explicó Spindler. Argumentó que es difícil saber cuáles grupos están detrás de estos asesinatos, y lo más grave, “en muchos casos la actividad criminal se ha incrementado en el último caso porque el vacío dejado por la desmovilización de Farc no ha sido llenado por el Estado”.

“Sí tienen un patrón de comportamiento de copar territorios y destruir bases sociales, matando líderes”, dijo, al explicar que los grupos responsables cambian sus nombres.

 

Fotografía extraída de: resumenlatinoamericano.org

 

Por eso, como responsables de estos crímenes surgen las Autodefensas Gaitanistas, que son los mismos ‘Urabeños’, ‘Clan Úsuga’ y ‘Clan del Golfo’. También aparecen ‘Los Tierreros’ y las Bacrim de Buenaventura y ‘Las Águilas Negras’.

El último consolidado de la Defensoría del Pueblo (a marzo de 2017) registró que del 1 de enero de 2016 al 5 de marzo de 2017, se registraron 156 homicidios contra los activistas. De estos, 108 desarrollaban acciones de organización comunitaria y de derechos en el área rural; 39 víctimas eran líderes de pueblos y comunidades indígenas y nueve aún falta por identificar las causas.

Así mismo, explica la Defensoría, las amenazas e intimidaciones, sumadas a los asesinatos están relacionados con la defensa de territorios étnicos, oponerse a la expansión de la minería y la agroindustria, denunciar el problema de la tierra o reclamar sobre esta, y la estigmatización.

La cifra de asesinados, de enero de 2016 a julio de 2018 puede llegar a los 325 líderes según la misma Defensoría del Pueblo. Su muerte, desaparición o desplazamiento forzado, implica para las comunidades quedar sin representación, sin voz y sin presencia ante las alcaldías, gobernaciones e instancias de poder. Huérfanas, anónimas, silenciadas, sin quien defienda y haga valer sus derechos los que como ciudadanos, muchas veces no les reconoce ni les garantiza el Estado.

Perder un líder para una comunidad campesina, indígena, afro o de víctimas, significa perder un valioso acopio de conocimientos, experiencia y relaciones comunitarias de muchos años porque un líder no se hace de un día para otro.

 

Fotografía extraída de: Pacifista.co

 

Perder un líder significa para el país menos canales de comunicación entre la población más vulnerable y el Estado, significa menos democracia, menos confianza. La victimización y el asesinato de líderes sociales nos afecta a todos y como sociedad tenemos el deber de actuar porque el silencio, la impunidad y la indiferencia son cómplices y facilitan la continuidad.

 

¿Qué podemos hacer ?

Denunciar, presionar, registrar, movilizarnos, hacer visible el fenómeno, reclamar el apoyo y la solidaridad internacional, acompañar a las víctimas y a su familia, lograr que los perpetradores sean juzgados.

Hay que frenar la matanza y si el gobierno no actúa, pues le toca a la sociedad civil.

Con arrestos de guapo: entrevista al ensayista Mauricio Ramírez

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Lisímaco era un jornalero que le gustaba leer. Muy raro. Pero de todos modos escribía muchas cosas.


 

En el marco del aniversario número 155 de Pereira, La Cebra que Habla tiene el agrado de presentar cuatro entrevistas a diversas personalidades que son ciudad y que pueden hablarnos del Pereira de ayer y de hoy. En esta ocasión conversamos con el comunicador social y periodista de la Universidad de Antioquia,  Mauricio Ramírez, (1976), Ganador del 27º Concurso Colección de Escritores Pereiranos en 2011 con el libro “Parábola de un hombre urbano”.  El tema tratado fue sobre Lisímaco Salazar, un hombre de antaño, que en palabras del entrevistado:  “es uno de nuestros escritores y hace parte de la memoria literaria de Pereira.

Bienvenidos

***

 

La Cebra que Habla:. Mauricio Ramírez, saludos. ¿En qué momento adquiere luz o toma conciencia de investigar sobre el escritor Lisímaco Salazar?

Mauricio Ramírez:. En el año 2012 presenté un proyecto al Instituto de Cultura (hoy Secretaría de Cultura) en la convocatoria del concurso “Estímulos” bajo el nombre de “Panorama de la crítica sobre literatura en Pereira” que buscaba en esencia encontrar algunos textos, reseñas, comentarios, sobre las obras de autores pereiranos en los periódicos de la ciudad y el país.

Más que un ejercicio crítico de la literatura de Pereira era indagar el cómo había sido la recepción de algunos de esos autores en sus obras desde el siglo XX. Así que eso implicó una pesquisa. Yo tenía algunas noticias de escritores pereiranos como Julio Cano; Luis Carlos González; Alfonso Mejía Robledo; y Lisímaco Salazar estaba entre esos autores.

Empecé a hacer una pesquisa de periódicos y lo que me sorprendió fue encontrar en el periódico El Diario, lo que fue casi la gran antología de literatura de Pereira en los primeros años del siglo XX. Entonces ahí encontré muchos textos sobre Lisímaco Salazar. Él era un autor que publicaba asiduamente, sobre todo, poesía, algunas crónicas, y noticias sobre actividad política porque él era un hombre que había militado en sindicatos.

 

Foto por: Diego Val.

 

Hice ese trabajo, a modo de “panorama” o “vuelo de pluma”, y a comienzos del 2013 apareció un señor llamado Ricardo Montoya, amigo de uno de los hijos de don Lisímaco, con la noticia de que existía un libro inédito del autor, llamado “Pedacitos de historia”, unas crónicas sobre la Historia de Pereira. Yo que conocía su obra, me enteré de que, este fue el único libro que publicó en vida. Un libro que a mi juicio se publicó tardíamente en 1975.

Entonces este señor llegó con la noticia de “Pedacitos de historia” e hicimos algunos homenajes con la familia. También nos juntamos para hacer una minga para la publicación de ese libro. Amigos como José Fernando Marín, Adriana Carillo y otros conocidos del autor, recogimos dinero y logramos imprimir esta obra. Luego surgió otra obra inédita llamada: “Autobiografía kilométrica” compilada en 4 tomos de 400 palabras cada uno.

Como no se podía imprimir tal cantidad de hojas, entonces se editó todo ese último material y salió un solo tomo de 522 páginas titulado “Con arrestos de guapo”, la biografía definitiva de Lisímaco Salazar, el trabajo que podemos decir con propiedad, “este es el libro de Lisímaco”, gran autor pereirano.

 

LCQH:. ¿Por qué Lisímaco Salazar no fue un poeta de moda en su tiempo? ¿Por sindicalista o por qué?

M.R:. Sí, él fue poeta de moda en Pereira. La ciudad sabía eso. Él y Alfonso Mejía Robledo son los dos poetas que dominan la escena literaria de la ciudad entre los años 20´s y 40´s. Incluido Ricardo Sánchez. Aunque Ricardo Sánchez es mayor que ellos. Luego aparece Luis Carlos González, que no es mucho menor que Lisímaco, solo se llevan 9 años.

 

Foto por: Diego Val.

 

Entonces sí fue en efecto uno de los poetas de moda. Lo que pasa es que él era de unas características muy diferentes y opuestas a Alfonso Mejía Robledo. ¿En qué sentido? En que este último logró terminar sus estudios. Venía de familia adinerada. Entró al mundo de la diplomacia . Viajó al extranjero. Es decir, tuvo otros referentes. En cambio Lisímaco Salazar nació en Laguneta, una vereda saliendo vía Armenia.  Hijo de una familia campesina. Su vida es meritoria porque es autodidacta, pero tiene un sentido de la literatura muy claro. Por eso es que termina destacándose en el panorama cultural de la ciudad.

 

LCQH:. ¿Hay algo hoy  inédito de la obra de Lisímaco Salazar?

M.R:. A él se le perdieron en 1950 varias obras, pues tiene un proceso político y de vida muy curioso. Él vende una casa que tenía en el barrio 1º de mayo y se va para el Chocó. Parte luego de ser concejal de Pereira, trabajar en El Diario, ser inspector de policía en la fonda central y de haber trabajado en la secretaría de obras públicas. Las razones es que teme que en Pereira lo pueden matar. Es tiempo de violencia política. Y allá en Chocó se queda 7 años.

En ese proceso de cambio de ciudad, de librarse de la violencia, de movilizarse desde Chocó  hasta Medellín, regresa de nuevo a Pereira. Entonces, en este lapso de tiempo previo, Lisímaco deja una caja con escritos al esposo de una de sus hijas. Cuando regresa por esa caja, se encuentra que el hombre había quemado todo, pensando que eran solo papeles viejos. Y la verdad, ahí había cosas tan interesantes como la novela llamada los “Los Privolvos y los Suvolvos”. Un texto que se perdió y que era una novela tipo ciencia ficción.

 

 

Entonces, él publica “Senderos” en vida e inéditos están:

“Los paisas” (posiblemente la tenga alguno de sus hijos).

“El corazón de la estrella”.

“Pedacitos de historia” (ya publicada).

“Autobiografía Kilométrico” (ahora impresa como “Con arrestos de guapo”).

“Moronas” (libro de poemas).

“La lente multiforme”.

Y un libro llamado “La prueba indirecta” tres relatos policiacos que tiene como escenario Pereira.

 

LCQH:. ¿Por qué Lisímaco debería ser leído por los pereiranos? ¿cuál es su importancia?

M.R:.  Pues creo que la respuesta va en dos sentidos. Uno, porque es uno de nuestros escritores y hace parte de la memoria literaria de Pereira. Vale la pena entender los procesos, la vida de este personaje. Qué pasó con él y sus contemporáneos.  Y dos, porque una obra como “Con arrestos de guapo” es un testimonio supremamente importante y valioso en la historia de la ciudad, ya que con ese libro se da cuenta de la vida de este hombre que no fue de la élite, sino uno que escribe desde unos estratos populares, lo que permite que él sea una parte de la ciudad que no conocemos.  Lisímaco nos cuenta de la época de prostitución, del sindicalismo, el combate de la tierra, los pobres. Entonces ese es el valor del libro “Con arrestos de guapo” y de la vida y obra de este autor que todos deben conocer.

 

Fotos del escritor pereirano Lisímaco Salazar


 

En su momento Lisímaco Salazar fue un escritor importante en la ciudad. Se olvidó porque él mismo no publicó sus libros. Ahora sus libros se están publicando, llevamos tres, ya cuatro con Senderos (y ojalá otros más) eso ya es un material para que la ciudad decida leyendo cuál fue el esfuerzo de este señor. Que los lectores puedan tomar una decisión si este señor vale la pena o no que ocupe un sitial en la ciudad y en los mismos lectores.

 

Por los Senderos del Guapo


La Celia: donde las águilas se atreven

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Según relatos bastante difusos, los ejércitos de Robledo habrían pasado por allí, bajando después a  fundar Cartago Viejo y Cartago Nuevo, es decir, la actual Pereira y la actual Cartago.


 

 

Un domingo en matiné                                                  

El escritor Rigoberto Gil se ve a sí mismo, de niño, hurgando ansioso entre la caja de basura dejada por un empleado a la puerta del teatro de La   Celia

Como si buscara una moneda de oro, sus dedos escarban entre colillas de cigarrillos- en esos tiempos se fumaba en los teatros-, pedazos de cartón y papeles estrujados.

Pero su tesoro es otro: los retazos de celuloide en los que, vistos a contraluz, podía contemplar en plena acción a sus héroes tempranos: Ringo, el pistolero infalible; el durísimo Yul Brynner en Los Siete Magníficos y Santo, El enmascarado de plata.

Todavía se estremece cuando evoca el día en que se asomó al abismo de las tetas de Gina Lollobrigida agitándose en lo más profundo del escote.

La película en cuestión tenía un título imposible de olvidar: Tuya en septiembre.

Rigoberto nació en  La Celia en 1966. Las películas serían su primer contacto con el mundo en ese pueblo apretujado entre montañas.

 

Fotografía extraída de: ciudadcultural.co

 

Tres décadas después, su profesión de maestro lo llevaría por el mundo: México, Argentina, Estados Unidos, España, Alemania, China.

Pero nada parecido al mundo de ilusión que el cine le brindó en su infancia. De esa materia estamos hechos los humanos.

 

En el nido de las águilas

Arrinconada contra las montañas a la orilla del río Monos, La Celia fue el último territorio en ser poblado por colonos en lo que hoy es el Departamento de Risaralda. No por casualidad durante mucho tiempo se dijo que las águilas eran las únicas  aves capaces de llegar hasta esas alturas.

Un grupo de familias que pretendían llegar hasta San José del Palmar en busca de tierras para cultivar se arriesgó a subir la montaña. Se movían atraídas por tres nombres que les sonaban a promesa: “La selva”, “Sabaletas” y “La Celia”. Esas tierras eran propiedad de los herederos de un colonizador llamado Martín Ortiz Romero. Allí se cultivaba fríjol y maíz, que no solo constituían la dieta diaria de los campesinos, sino que les servían de unidad de cambio en los trueques por  manteca, carne y sal.

La sal que se producía en las fuentes de La Martinica, La Rica y San Agustín.

Corría el año de 1910. Muchos fugitivos de la Guerra de los Mil Días  se habían refugiado en esas cumbres. Con el paso de los años fundaron veredas que bautizaron con nombres como El Tigre, La Secreta, La Zelandia, La Playa, El Silencio, El Tambo, Momblan, La Capilla  San Carlos y una veintena más.

 

Fotografía: La Cebra que Habla.

 

En El tigre nació Alirio Montoya, un campesino andariego que un día llegó a Pereira, estudió contabilidad en una escuela comercial, trabajó en un banco, tuvo cuatro hijos con tres mujeres distintas y un día de 1979 se marchó con un grupo de aventureros en busca del todavía creíble Sueño Americano. Arriesgando el pellejo ingresaron a territorio norteamericano en las proximidades de El Paso. Allí se dispersaron. Cada uno siguió su camino y no se volvieron a encontrar hasta noviembre de 2016 en unas fiestas aniversarias de La Celia.

Alirio tiene la cabeza calva y usa un sombrero aguadeño para protegerse del sol.  De su cuello pende una cadena de oro con la estampa de la Virgen de Guadalupe. En el brazo derecho luce el tatuaje de un pájaro en llamas.

“Me lo hice cuando estuve prisionero durante dos años por una pelea que tuve con unos mexicanos que me querían tumbar en un negocio”, dice, sentado en el banco de un parque en La Virginia, al lado de la estatua de El Caballero Gaucho, el célebre cantor cuya música es casi la banda sonora de los pueblos de  esta zona, hechos de pura tenacidad, desarraigo y nostalgia.

“Durante el tiempo que viví en San Antonio, Texas, me hice amigo- o bueno, un poquito más que amigo- de Gloria, una profesora nacida en Apía, que se ganaba la vida cuidando los hijos del ejecutivo de una petrolera. El ex marido de ella había sido profesor de secundaria en casi todos los municipios de Risaralda y se conocía su historia desde  la fundación”.

“Conversando con Gloria  conocí mucho más acerca de La Celia de lo que aprendí durante los seis  años de estudio que tuve, pues solo cursé hasta primero de bachillerato. Hasta me aprendí el himno de La Celia, del que no había sido capaz de memorizar ni una estrofa”.

“Supe, por ejemplo, que en 1903 empezaron a llegar los primeros pobladores, entre los que se contaban Leonorcita  Ruíz, Martín Orozco, Juan de la Rosa Jaramillo y Félix Gómez, aparte de Teodoro Luaiza y Laureano Loaiza, que no eran parientes  como mucha gente cree: uno era de apellido Loaiza y el otro Luaiza”.

“Esas personas se establecieron a la orilla del río Monos y empezaron a tumbar monte para sembrar los cultivos y poner a criar sus animales. Al mismo tiempo parían hijos que daba miedo. Fueron sus descendientes los que fundaron veredas y cuando quedaba poca tierra se fueron para El Águila, un pueblo que sufrió mucho durante La  Violencia de liberales y conservadores. Otras familias se instalaron en San José del Palmar, donde se emplearon como peones o se convirtieron en pequeños propietarios de tierras que dedicaron a la agricultura y la ganadería”.

 

El caballero gaucho, fotografía extraída de: eltiempo.com

 

El rastro del conquistador

Transcurría el siglo XVI. La embestida conquistadora se desplegaba de norte a sur y de este a oeste, siguiendo el curso de los ríos o utilizando los caminos de indios. A troche y moche Jorge Robledo se había abierto paso desde Antioquia atravesando las tierras de los armas y ansermas, atraído siempre por el señuelo de las minas y por las grandes  fuentes de sal, tan codiciadas como el oro.

La leyenda de su paso por estas tierras todavía alienta en los viejos relatos. Algunos insinúan que en busca del río La Vieja cruzó por un territorio conocido tres siglos después con el nombre de Barcelona, en alusión a una fonda caminera donde los viajeros jugaban a las cartas mientras  se aprovisionaban de víveres y licor. Según relatos bastante difusos, los ejércitos de Robledo habrían pasado por allí, bajando después a fundar Cartago Viejo y Cartago Nuevo, es decir, la actual Pereira y la actual Cartago

Pero es solo la estela de una leyenda.

Lo  cierto es que la fonda Barcelona operó como un punto de encuentro de gran vitalidad. Allí se congregaban campesinos oriundos de Santuario y Balboa, conocida todavía como Alto del Rey. Cuentan que en ese punto se hicieron grandes negocios y se jugaron fortunas a los dados. Según el relato, más de un aventurero que buscaba la ruta hacia el Valle y el Chocó dejó sus ahorros de toda la vida en las mesas de ese lugar que en el pasado había tenido  nombres de por sí premonitorios: “El embudo” y “La Guaca”.

 

Tras el vuelo de los pájaros

Antes de que el periodismo deportivo acuñara el apelativo de escarabajos para referirse a esos ciclistas que arañaban a puro pedal las cuestas de este país hecho de montañas, los habitantes de La Celia organizaban carreras de ciclismo entre su pueblo y El Águila, la localidad del Valle del Cauca colgada sobre la cresta de la montaña, a mil ochocientos metros sobre el nivel del mar.

Los  entusiastas participantes recorrían ese tramo de carreteras sin  asfaltar, pedaleando entre yarumos y cafetales sin más incentivos que el goce de estar vivos.

 

Fotografía extraída de: 3.bp.blogspot.com

 

De vez en cuando desviaban  la mirada hacia las cunetas y sus ojos se topaban con el horror: los cuerpos acribillados a tiros o descuartizados a machetazo limpio que les formulaban preguntas desde su  mutismo inapelable.

Y las preguntas siempre han tenido respuestas, dependiendo de la época.

En estos riscos los quimbayas libraron batallas feroces contra bandos enemigos, que muchas veces estaban integrados por facciones de su propio pueblo.

En algunas crónicas de Jorge Robledo, Pascual de Andagoya y Cieza de León es posible rastrear vestigios de esas batallas.

Más tarde, en una nueva oleada migratoria, llegaron a la zona colonos provenientes de Valparaíso, Jardín y Jericó, que sumados a campesinos de Santuario y Apía  poblaron lo que hoy es El Águila.

Muchos pleitos de tierras se dirimieron a machete y escopeta. Los cuerpos eran abandonados a la vera del camino por donde cruzaron los ciclistas varias décadas después.

 

Fotografía extraída de: pbs.twimg.com

 

Como un árbol enfermo que engendra ramas letales, las violencias se  reprodujeron en la zona. La de liberales y conservadores. La de los narcos. La de todos los demás.

Tanto, que el escritor Germán Castro Caicedo cuenta en su libro Colombia amarga como, bien entrados los años setenta, se consumaban en La Celia venganzas heredadas.

Familias enteras tuvieron que abandonar el pueblo sin más equipaje que el miedo y la ropa que llevaban puesta. Entre esas familias estaba la de José Gil,  el sastre más reconocido de  La Celia.

 

El sastre de  San Judas

“Se le tiene, mijo”,  responde José Gil cuando un niño le  pide un par de baterías para alimentar su juguete recién estrenado.

Es un tipo tranquilo, que cojea a grandes zancadas en busca del producto solicitado por los clientes de la sastrería, ubicada en el barrio San Judas de Dosquebradas, ubicado a orillas del río Otún.

Como tantas familias expulsadas de sus pueblos, levantó su casa en el vecindario y se consagró a ganarse la vida con lo que mejor sabe hacer: “Confeccionar vestidos sobre medida para damas y caballeros, mijo” declara en el tono pontificial de quien supo hacer de su trabajo una liturgia.

 

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Y sella la declaración apurando un trago largo de cerveza.

“Bien fría mijo. Bien fría,  para espantar este calor”.

A lo mejor rememora viejas noches de bohemia en La Celia, a la lumbre de las canciones de Olímpo Cárdenas, Julio Jaramillo y Nano Molina, tres sumos sacerdotes de esa manera tan nuestra de convertir el desarraigo en canciones.

Un desplazado dichoso, piensa uno cuando lo ve  sujetar el metro para tomarle las medidas de cadera a una señora muy gorda con unas nalgas enormes.

Igual que lo hacía en La Celia.

 

¡Plop!

Don José es el papá del escritor Rigoberto Gil, el niño encantado por la ilusión del cine que aparece al comienzo de esta historia. Dicen en la familia que el viejo José  se contaba entre los participantes en las carreras de ciclismo que llevaban de La Celia a El Águila.

 

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Si uno no transita el camino que va del  padre al hijo ¡y del hijo al padre le resultará imposible entender la impronta de la violencia que recorre las novelas de Rigoberto Gil. Desde “El Laberinto de las secretas angustias”, una historia en clave poética sobre la toma del Palacio de Justicia en 1985, hasta “Perros de paja”, un abordaje en códigos cinematográficos de la marginalidad en San Judas, pasando por “¡Plop!”, la mirada que el escritor emprende sobre el drama de los desaparecidos. En todas la violencia aletea como un presentimiento sobre la vida de los protagonistas.

Bueno. No siempre como un presentimiento. A veces es certeza pura.

 

Alirio y la memoria

Alirio se quita el sombrero aguadeño y le hace una reverencia a la estatua de El Caballero Gaucho.

Su calva– la de Alirio- resplandece bajo al sol de la tarde.

Estimulada por el calor, su memoria lo devuelve a los días de infancia y adolescencia, cuando escapaba con su panda de amigos a disfrutar de largas caminatas por campos y veredas. Con sus manos de dedos regordetes, empieza a dibujar imágenes en el aire tibio.

La laguna, Los Chorros, los remansos de los ríos Monos y Cañaveral y el parque Verdum casi se materializan bajo el conjuro de sus manos.

 

Fotografía: La Cebra que Habla.

 

“Los recuerdos de  esos sitios  me ayudaron a sobrevivir durante los momentos más duros de mi vida en el exterior. En los tiempos de mi permanencia en prisión cerraba  los ojos y me dedicaba a  evocar esos sitios. No sé cómo, pero podía escuchar el rumor del agua. El canto de los pájaros. El silbar del viento en los bosques de La Celia. Por eso me hice tatuar este  pájaro en llamas. El ave, por supuesto, soy yo. Eso me dijo Gloria una tarde de domingo, sentados en un parque de  San Antonio”.

Después de esa declaración de principios no cabe una palabra más.

Solo el silencio.