sábado, abril 25, 2026
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Un viaje a una montaña mágica en Perú

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Desde pequeño sentí atracción por la arqueología. Presencié algunas excavaciones indias, conocí aventureros que hoy pertenecen al panteón de la historia, y soñé con viajar, conocer y descubrir todo lo que fuera posible. He aquí una experiencia narrada en primera persona de un viaje a una montaña mágica.


 

Mi viaje, según recuerdo, nació en mi cabeza, luego mi curiosidad se encargó de darle forma y terminó por adquirir pies al encontrar en la Internet una vieja y misteriosa montaña que estimulaba mi imaginación. Claro, no era una cima cualquiera, sino una que exhalaba un aíre mágico y que ejercía una atracción irresistible para cualquier espíritu humano.

Debido a mi naturaleza inquieta, no dudé ni un instante en atender la sugerente invitación a esta aventura. No había rechazado otras como ir a conocer al desierto de Atacama en Chile, los Llanganatis en Ecuador, o los poblados alemanes en la selva del Brasil, y seguro, esta montaña, no sería la excepción.

Pero este espíritu viajero, lo confieso, no me fue dado como un don natural. No. Había sido formado en mi infancia cuando mamá me dejaba horas enteras en casa frente a mi nodriza: el televisor;  y delante de un tutor: los programas de animales salvajes, y las series de aventura y hallazgos arqueológicos, específicamente de un personaje que me insufló el vértigo y la emoción: Indiana Jones y sus viajes por el mundo.

Fue este estímulo el que me embarcó 15 años después para el Perú (sin mirar atrás), motivado por recorrer la ruta de Orellana; pisar la ciudadela de Chan Chan; escalar la imponente fortaleza de Sacsayhuamán y acostarme de noche en el sólido bosque de piedra de Huayllay.

 

Fotografía extraída de: img.europapress.es

 

Lugares como dosis de adrenalina que excitaban mi juventud y que aplacaban mi sed de conocer el mundo como en otro tiempo lo había hecho mi héroe favorito: Henry Walton Jones Jr.

En esas correrías por los países andinos, presencié algunas excavaciones científicas y arqueológicas, conocí románticos europeos que perseguían el mito del coronel Percy Fawcett o el Paititi, y estuve en los lugares más inhóspitos e insospechadas de América buscando mi verdad en medio de la historia.

No puedo dejar de confesar que admiraba figuras como el doctor David Livingstone, Lawrence de Arabia, el espía László Ede Almásy, El arqueólogo Otto Rahn y otros, que no solo eran grandes exploradores, sino también, hombres que aprendían artes como los sabios para sobrevivir en cada cultura igual que los discípulos de Loyola.

Sería imitando a estos hombres (e influenciado por personajes de ficción) que aprendería el gusto por la geografía, el dibujo, los idiomas, la gastronomía, los condimentos y una afición intensa por la comida andina, que en búsqueda de una receta milenaria, me llevaría a  vivir en la cuna de la papa en Perú: Huancayo, a 3.259  m.s.n.m.

 

Fotografía extraída de: kaditours.com.pe

 

Me hospedé en un pequeño apartamento ubicado curiosamente en una calle llamada Gabriel García Márquez. Desde allí  podía divisar uno de los ríos más altos, El Mantaro, que atravesaba la nervadura de los Andes y nutría la costa del litoral peruano llevando aguas salutíferas a la gente de abajo.

Vivía a gusto allá, o mejor, debido a mi actitud viajera y mi deseo de escribir, cualquier lugar me era útil para habitar, porque la patria es lo que uno ama y para el que no tiene patria, escribir es su lugar de residencia.

En Huancayo nació toda esta idea de salir a domeñar esa montaña o elefante dormido e Internet fue solo un estímulo para salir de casa ese jueves brumoso, gris y húmedo del mes de septiembre hasta San Jerónimo de Tunán, un poblado a quince minutos desde mi apartamento al que solo se llegaba enrutado en una Mini Van llamado la Combi y donde estaba el objetivo de mi viaje.

Embarcado en el transporte, no llevaba más que una simple suposición en mi cabeza de lo que podía ser el lugar, una cámara fotográfica y una libreta. El arribo fue simple, sin embargo, para mi extrañeza, no era un monumento el que me indicaba cuál era la tradición del lugar (en los países andinos es típico esto), sino que solo vi una pintura estampada en una pared donde había hombres con máscaras coloridas danzando la Tunantada. Un baile de los pobladores locales con el que imitaban a los conquistadores españoles satirizándolos. En una imagen diría: una comunidad de hombres libres que rebosaban alegría, entonaban flautas y libaban Shacta (Aguardiente) en medio de un parangón jubiloso.

 

Fotografía extraída de: cde.3.elcomercio.pe/

 

Al acercarme y leer en esa pared lo que parecía una justificación de aquel festín, me enteré de que estaba frente a la memoria gráfica de los llamados “Avelinos”, viejos y harapientos guerrilleros que habían atravesado las montañas entre fiesta y gozo hasta llegar a la sierra peruana, huyendo de una guerra interna sin cuartel.

Era un mural que retrataba una epopeya histórica encabezada por Andrés Avelino Cáceres, presidente varias veces del Perú en el siglo XIX, apodado “El brujo de los Andes”, quien había dirigido la batalla de Concepción, Pucará y Marcavalle contra los enemigos del país alcanzando éxito en su estrategia de guerra desde las colinas andinas.

En la calle principal de San Jerónimo de Tunán, el olor a cabras, a chicha, a Shacta (aguardiente) era natural por las características de la comarca, pero el vapor de plata quemada era el aroma comercial del lugar, pues estaba pisando el lugar que tenía una iglesia con una campana de oro y plata, además de llegar  a la cuna donde nació la legendaria Catalina Huanca, la acaudalada mujer que nadie sabía (ni sabe) de dónde extraía el oro que llevaba a Lima a lomo de mula y que entregaba a los españoles como símbolo de su extrema opulencia.

Ya conocía la leyenda por algunos libros que había leído en Lima al respecto y sabía que la historia databa de 1642, cuando un fraile dominico, quien debía recibir un alto dignatario eclesiástico, se encontró sin dinero para atender al ministro enviado por el Vaticano. La leyenda asegura que su ayudante, el campanero de la iglesia, quien además afirmó ser descendiente directo de Catalina Huanca, se ofreció ayudar al fraile dándole “más que suficiente” para atender a su invitado con una sola condición: el religioso debía ser conducido por él a un subterráneo con los ojos vendados. En esencia, un acto de confianza.

 

Imagen extraída de: i.ytimg.com

 

Sin otra opción, se dejó guiar por su ayudante y al llegar al lugar misterioso le fue descubierto los ojos, quien, para su sorpresa, encontró un lugar repleto de barras de oro y plata. Diligentemente tomó lo necesario, y al regresar, el campanero lo despistó dándole vueltas por varios lugares antes de llevarlo de nuevo a su cofradía.

El fraile sospechaba que el hombre en cuestión era el diablo en persona que lo había hecho caer en la tentación de la ambición y la soberbia. Y así, luego de ver tal lugar, el religioso no sería el mismo y posteriormente perdería la cordura, para cuestión de años morir en el total olvido.

Luego se supo que el campanero había desaparecido como por arte de magia para nunca más volver a ser visto ni en San Jerónimo de Tunán, ni en Huancayo, ni en ningún lugar.

Con esta leyenda o mito en mi mente (aunque sin la ambición ni la soberbia), di varias vueltas por el pueblo, antes de subir a la vieja montaña, el cerro llamado  Kusi-Patak cuya cima era coronada por una fortaleza Huanca de piedra sólida, las ruinas de Uniskn Kuto.

 

Fotografía extraída de: munisanjeronimodetunan.gob.pe

 

Así fue que rondando por el lugar, vi una iglesia derruida, quizá construida por la compañía de Jesús, y olvidada que robó mi atención, pues parecía tener un doble fondo abovedado y taponado por la maleza. Divagué. Pero hice una comprobación que me arrobó. Con los bocetos y lo garabateado en una libreta verde, até cabos sobre si aquella ruina no sería acaso el lugar mencionado por la vieja leyenda del campanero y el fraile. El subterráneo del tesoro.

Hice anotaciones en mi libreta y cerré el asunto, pues no era el día ni el lugar para averiguar más.

Dispuesto, subí la montaña, y desde lo alto, pude ver una gran meseta que dibujaba el alto Perú con una majestuosidad nunca antes vista. Desde ahí vi el camino trazado por los Avelinos, el cruce del río Mantaro y el río santa Cruz; los bordes de Huancayo; y al otro lado, parte de la sierra del llamado Alto Perú oculto entre nubarrones grises y cortinas de lluvia fluvial.

La montaña era mágica por ese paisaje tan deslumbrante, por ese mirador y extenso valle fluvial desde donde se podía apreciar un bello mundo, pero más que eso, por ser un lugar que incitaba a soñar, porque en la cima, para más sorpresa, aún descansaba virgen e impoluta el último reducto de lo que fue el imperio poderoso de los llamados Huankas. Cultura preincaica y milenaria, absorbida por la codicia de Francisco Pizarro, y relegada al olvido por la indiferencia de los historiadores, exceptuando los escritos de don Ricardo Palma, quien menciona esta montaña, y a su vez habla de otra latitud aún más mágica llamada Jauja, el pueblo que esconde una ciudad de oro debajo de un lago.

Api, una delicia púrpura

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El api, nuestro venturoso api es una especie de mazamorra dulce.


 

Hace un frío que te mueres. Los últimos estertores del invierno, sin duda. Hemos tenido unas fiestas patrias atípicas: pasados por agua y, sobre todo, azotados por el temporal de nieve y ventisca en toda la zona andina. Fue todo un espectáculo ver en la ciudad de Potosí a gente desfilando ante el palco oficial mientras caían copos de nieve, cual si fuera una estampa de Europa.

Aquí en Cochabamba, a pocos kilómetros hacia al noroeste, por fin la plomiza cumbre rocosa del Tunari se ha puesto de blanco total que no veíamos en años, qué digo, añazos. Y por otro lado, aquello de “celeste por su gran cielo y blanco por su Tunari” que alude a la camiseta de mi Aurora, había sido también cierto, y yo creyendo que eran versos sin sentido.

Hasta el momento habíamos tenido un invierno primaveral, valga la contradicción. Salvo contadas noches, ni siquiera he tenido que descolgar mis chamarras. Eso sí, en nuestra ciudad la estación invernal se caracteriza por el aire seco y humoso por tanta contaminación. Así que es un alivio que haya llovido y se haya limpiado el cielo por unos días. El frío cargado de humedad, cuando no es frecuente, es un regio placer que entra a ráfagas por la nariz.

 

Api con empanadas. Foto: José Crespo Arteaga.

 

Arcilloso barro, olor a pasto que desprende la planta del zapato, el aroma que escapa de alguna chimenea de cocina, todo se potencia al máximo después de que la lluvia se ha llevado la polución a otra parte. Ahí es donde siento hambre y por sobre todo, antojos. La embriagante evocación de una jak’alawa (humeante sopa de maíz tierno) al mediodía, por ejemplo.

No hay nada mejor que disfrutar los días lluviosos con lawas (cremas) y mazamorras de cualquier tipo. El cuerpo se presta gustoso para los caldos espesos y para los desayunos cálidos y copiosos. Una de estas mañanas, aprovechando el clima friolento, me di a la tarea de destapar frascos que languidecían en la alacena. Buena ocasión para romper la rutina y dejar de seguir cascando huevos en la sartén, también era hora de darle descanso a la cafetera.

Olla con agua a hervir mientras dejaba caer unas ramitas de canela, clavo de olor y unas cuantas cascarillas secas de naranja. Era de una sencillez apabullante todo aquello que todo lo difícil vendría después con remover la olla y ya.

 

Una oferta comercial paceña (Facebook). Foto por: José Crespo Arteaga.

 

El api, nuestro venturoso api es una especie de mazamorra dulce, consumido habitualmente en todo el invierno, mayormente en el desayuno pero también en las noches en que bajan las temperaturas. Sin embargo, es cosa de todos los días encontrarlo en cercanías de la Terminal de buses y allá donde se establezcan paradas interprovinciales de micros y camiones.

En las madrugadas compite con el jugo de linaza, también caliente, para ‘calentar motores’ y calmar la ansiedad de los viajeros. Se ha hecho costumbre, asimismo, que en las noches de Semana Santa y de las numerosas fiestas patronales, se instalen unas alargadas mesillas en las inmediaciones de los templos para tentar a los paseantes con sus aromas a buñuelos y “pasteles”, dorándose en aceite hirviente, que son el acompañamiento perfecto para unos suculentos apis bicolores (yo los prefiero siempre morados), servidos en vasos largos de vidrio como manda la tradición.

Puntualización aparte merecen los vistosos “pasteles” que son unas gigantescas empanadas, más llenas de aire que de queso, elaboradas con singular habilidad para que se inflen sin que estallen. Una vez abiertas, el efluvio que escapa del queso derretido es una explosión de sensaciones inmejorables. Se perdona que el resto sea una delgadísima capa de masa frita, pero igual para chuparse los dedos, como suelen hacer algunos niños con sus manitas empolvadas de azúcar impalpable, que a menudo recubre estas golosinadas frituras.

 

El api es tan popular que ya tiene su feria anual en este valle cochabambino. Foto por: José Crespo Arteaga.

 

Como yo no tengo ni la mínima idea de retorcer, ‘repulgar’ llaman los gurús de gastronomía, los bordes de estos endemoniados pasteles, he de conformarme con vulgares empanadas compradas al paso de una panadería.

Pero el resto del esfuerzo (esa mazamorra púrpura tirando a morada) es bien casero y mérito mío, si bien vale reconocerse como tal la media hora que pasé entre rebuscar ollas, alistar los ingredientes, y mezclar la harina del maíz en agua fría aparte, para que no me traicionen los grumos, truco que se aprende de los mayores para cualquiera de estos preparados que, no obstante, siempre hay cabezaduras que olvidan el detalle.

Pero, ¿por qué es el maíz Kulli (que va desde el granate al morado oscuro) el preferido de entre tantas variedades? Salta a la vista, de entrada, que el api amarillo o blanco siempre serán opacos y menos atractivos para el subconsciente primordial. Lo otro es cuestión de sabor o, más bien, de texturas: el api morado reúne el suficiente dulzor y esa necesaria acidez (sazonada por la cáscara de naranja) que impiden el empalagoso efecto de un budín, por ejemplo.

 

Si en su país crece este maíz, considérense afortunados. Foto: José Crespo Arteaga.

 

Su ligera aspereza al pasar por el paladar acentúa el regusto agradable del cereal, sabe a maíz ancestral todo aquello y morder un clavito de olor, ya cocido, supone la exaltación del delicioso contraste. Ni muy líquida ni muy espesa, así es nuestra nacional mazamorra de los tonos purpurados. Desayuno y cena a la vez para ricos y pobres, dependiendo del horario. Se acompaña con empanadas, buñuelos o cualquier otro bollo. La única condición es que haga frío.

 


PS: Si en Yanquilandia pueden preparar api, en el resto de América con mayor razón, corran por los ingredientes ya mismo. Si no tienen el maíz morado, busquen otra variedad cuya harina sea bastante ácida. A seguir las sencillas instrucciones y punto ¡Buen provecho!

 

¡Sí, sí, Colombia! La patria en la historia y en las manos del nuevo presidente

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Especial 7 de agosto


 

Hoy es día de patria, de historia, de nuevos comienzos. Con este especial queremos revivir los sucesos del pasado que nos han constituido como país, y una análisis del perfil del que será en nuevo presidente de los casi 50 millones de colombianos.. Bienvenidos y juntos hagamos ciudad día a día apostando por un mejor futuro. La Cebra que Habla presente con “otras formas de mirarnos”. Adelante.

 

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El perfil de Iván Duque, el joven y metódico presidente electo

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Bogotano, lector disciplinado, amante del rock, católico, de buen humor y padre de tres hijos.


Texto extraído de: El Tiempo-Colombia

 

Es posible que sea una casualidad. El poder acompaña a quienes vinieron al mundo en agosto. En este mes nacieron Ernesto Samper, Andrés Pastrana, Juan Manuel Santos e Iván Duque Márquez, y Barack Obama, en Estados Unidos. El signo Leo los cobija a todos.

Duque cumplió 42 años el primero de agosto. Y este martes se posesionará como el presidente número 117 en la historia de Colombia. Es la cúspide de un ascenso vertiginoso jalonado por su dedicación, preparación y buena estrella.

Antes de cumplir 25 años de edad dejó el cargo de asistente de Santos en el Ministerio de Hacienda y le aceptó el nombramiento de asesor en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en Washington. “Cuando llegó a Estados Unidos me llamó muy entusiasmado”, recuerda Juan Fernando Londoño, quien entonces trabajaba en la sede de la OEA.

Londoño cuenta que lo había conocido años atrás, en el tradicional barrio Teusaquillo de la capital, cuando dirigía las juventudes del Partido Liberal.

“Aún estaba en el colegio, en el Rochester, pero se diferenciaba de los demás por su interés por la política, los problemas nacionales y su evidente pilera”.

Temas que abordó en profundidad en Washington, un escenario ideal para especializarse en política pública. Además de la Casa Blanca allí están, entre otras, las sedes del FMI y el Banco Mundial.

“Muchos llegan allí, trabajan y se devuelven –comenta Londoño–. Él se quedó más de una década, se preparó académicamente y le sacó el máximo provecho intelectual a una ciudad que respira política en cada esquina”.

Precisamente, en los albores de un otoño, caminaba por Georgetown University con su amiga Gloria Isabel Ramírez cuando vio en una vitrina un libro de Obama, entonces novato aspirante a hablar en la convención del partido demócrata. Entró al local, compró un ejemplar y se lo regaló.

—¿Por qué? –le preguntó su exasesora de comunicaciones y próxima embajadora en Italia.

—Hay que saber todo de él. Va a ser el próximo presidente de Estados Unidos.

A ella no le pareció una premonición sino un juicio de un hombre que devora todo lo relacionado con ‘marketing’ político, estrategias electorales y discursos de los presidentes.

 

Fotografía extraída de: cloudfront.net

 

Esa preparación intelectual fue un valor añadido para el aprecio que le tenía Álvaro Uribe Vélez. “Uribe lo fichó muy precoz”, dice una fuente que los conoce a ambos. En 2011 trabajaron hombro a hombro cuando el exmandatario viajó a Nueva York para ser parte de un panel de investigación de las Naciones Unidas que buscaba establecer lo sucedido en una acción que involucró a comandos israelíes contra la llamada Flotilla de la Libertad, cuyo saldo fueron varios muertos y que provocó una crisis diplomática con Turquía.

 

Uribe en el camino

A Uribe le encantó el juicio del joven a quien conocía desde pequeño, pues era amigo personal de su padre, el exgobernador de Antioquia y exministro de Estado Iván Duque Escobar. A finales de 2013 le ofreció un puesto en la lista del Centro Democrático (CD) que debutaría en las elecciones de marzo del año siguiente.

Dejó atrás la plácida vida en Washington, renunció al Banco Interamericano de Desarrollo (BID), donde estuvo doce años (2001-2013), primero como consejero principal de la Dirección Ejecutiva para Colombia, Perú y Ecuador y, luego, como jefe de la división de Cultura, Creatividad y Solidaridad, y volvió a Colombia.

Para Duque, hasta ese instante un desconocido en el país, resultaba difícil salir electo en solitario. Uribe, sin embargo, hizo una lista cerrada y lo ubicó en una posición de privilegio, por lo que en la práctica retornaba en condición de senador.

La fortuna volvió a sonreírle cuando al rifar los puestos de la bancada del CD se ganó el pupitre al lado de Uribe. Cualquier cámara que enfocara al líder natural de esta colectividad inevitablemente captaba el rostro de Duque.

“Él es muy buena persona, y la gente que es así atrae siempre buenas cosas”, dice su amiga María Paula Correa, quien ha compartido con él una amistad de 10 años y estuvo a su lado durante la campaña que acaba de concluir como su secretaria privada. Cuando sortearon el sitio en el tarjetón de la consulta interpartidista de la derecha entre Martha Lucía Ramírez y Alejandro Ordóñez, él sacó el número 1 con la balota naranja, lo que facilitó la publicidad en otra etapa en la que salió victorioso.

Londoño, quien fue uno de los asesores del equipo de Santos que negoció la paz en La Habana con las Farc y, luego, uno de los impulsores de la campaña del Sí, también habla de las virtudes de Duque.

“Es como si desde niño se hubiera dedicado a cultivarlas: buena gente, aplomado, respetuoso, trabajador,divertido, simpático”.

“Y muy preparado”, añade Francisco Barbosa, uno de los mejores amigos de Duque. Se conocieron en las aulas de la Universidad Sergio Arboleda, donde estudiaron derecho. Eran compañeros asiduos de rumba en Café y Libro, Maderos y Los Versos del Capitán, los locales que marcaban la bohemia nocturna de la ciudad por la época.

Siempre le ha gustado la música. Por eso, Duque sonríe al recordar los conciertos de verano, en Estados Unidos, que tanto disfrutaba con la música de Led Zeppelin, Dire Straits, Metallica, Iron Maiden y Megadeth, bandas que tienen canciones que son verdaderos himnos contra el establecimiento.

 

Fotografía extraída de: ail.ens.org.co

 

Leer es la clave

No es un rasgo nuevo. De hecho, antes de zambullirse en la política, su sueño era ser cantante de rock, tal como lo había hecho en su adolescencia, cuando en el colegio fue vocalista de un grupo que conformó con sus amigos, al que bautizaron Pig Nose.

“A pesar de las fiestas, Duque era metódico y siempre sacaba tiempo para leer. Ejemplares que compraba en compañía de su padre”.

Relata Barbosa. El plan sabatino con él era irse a las librerías Merlín y Temel, en el centro de Bogotá, para perderse entre los laberintos de clásicos, novedades y usados.

Sin duda, su padre ha sido la persona más influyente en su vida. No solo por haberle inculcado el amor por el trabajo sino que le heredó una biblioteca de 17.000 volúmenes que él cuida como un tesoro. Por eso leyó la obra completa de su autor favorito, Mario Vargas Llosa. De ahí, la emoción cuando el premio nobel peruano no solo vino a conocerlo sino a manifestarle su apoyo.

“Fue un placer intelectual verlos conversar sobre los personajes de ficción del novelista”, añade Correa.

Una imagen diametralmente opuesta fue la que vivió Duque el jueves 2 de noviembre de 1995 junto a Barbosa. Los dos se habían encontrado con su profesor Álvaro Gómez Hurtado, el eterno aspirante a la presidencia, a la entrada de la Sergio Arboleda. El dirigente conservador se despidió de ellos, caminó 60 metros. A las 10:30 de la mañana sonaron los disparos que segaron su vida. “Lloramos como niños”, dice Barbosa. Tiempo después, Duque reemplazó a Gómez Hurtado en la cátedra que dictaba.

Eran tiempos en los que los dos jóvenes se iban al Congreso de la República para tomar nota de las sesiones sacudidas por el llamado proceso 8.000 que investigaba el ingreso de dinero del cartel de Cali a la campaña de Samper Pizano. “Ese capítulo marcó a Iván porque vio cómo el narcotráfico destruye nuestra sociedad”.

A este recinto volvería en esta época como senador en donde brilló. Sus propios colegas durante dos ocasiones consecutivas lo votaron como el mejor congresista. Los periodistas que cubren cotidianamente la actividad legislativa le valoran también su don de gentes y su disciplina. “Es una hormiguita trabajando”, testimonia uno de ellos.

La mitad de los proyectos que sacó adelante el Centro Democrático son de su autoría. Cuando anunció el retiro de su curul para irse en búsqueda de la presidencia, una mayoría, entre aliados y opositores, se levantó a aplaudirlo en señal de agradecimiento por su entrega, respeto y buena gestión. “Si una lección dejó aquí es su capacidad para tender puentes”, cuentan en el Congreso.

 

La familia, primero

A su actividad política se consagra tanto como a su familia. Su esposa es la abogada de la Universidad Javeriana María Juliana Ruiz, Maju para sus amigos, quien lo conoció cuando ella tenía 15 años. Un día, ella esperaba el bus en el paradero. Él aprovechó la circunstancia y se le presentó. Hablaron por primera vez sobre libros y música. Luego empezó a invitarla a sus conciertos cuando él cantaba con chaqueta de cuero, cremallera y el pelo un tanto alborotado.

 

Fotografía extraída de: Eltiempo.digital

 

Forman una pareja feliz que se escapa con frecuencia a rumbear. “A mí me fascina bailar”, dice ella. “Y a él, la música”. Se complementan. Hoy tienen tres hijos: Luciana (11), Matías (7) y Eloísa (6). Precisamente durante esta campaña, él interrumpió su agenda en dos ocasiones para ir a la entrega de notas de sus niños. Ella es reservada, cautelosa. Al describirlo dice:

“La gente puede estar tranquila porque Iván es lo que ven: un hombre transparente”.

¿Cómo será un gobierno de Duque? Él responde:

“Mi intención es nombrar un gabinete de gente joven, ojalá todos menores de 45 años, y en el que estén más mujeres que hombres”.

¿Será un experimento? “Para nada. Quiero gente preparada, muy técnica, a mi lado. Yo no quiero ministros chispita mariposas, que enciendan mucho un instante y luego no duran nada. Yo los quiero para todo mi mandato”.

El nuevo presidente electo promete actuar como lo ha hecho hasta ahora: “De manera honesta, trabajando duro y buscando siempre lo mejor para mi país”.

En el ambiente, sin embargo, gravita el nombre de Uribe, el dirigente político más influyente de las dos últimas décadas en el país. ¿Cuál será su papel? “Yo voy a ser el presidente de Colombia”, responde con tono vehemente pero respetuoso.

También sale al quite de la sombra de personas que lo rodean y tienen posturas polémicas. Por ejemplo, la visión sobre las parejas del mismo sexo de Vivian Morales o de la religión de Alejandro Ordóñez.

“Nada de los derechos ganados hasta ahora por la comunidad LGTBI se echarán para atrás. Nada”, insiste.

Y, aunque ama los libros –ha escrito seis– y conoce el valor de la Biblia al afirmar ser católico, sentencia:

“Yo voy a gobernar con la Constitución”.

La campaña quedó atrás. Ahora es el presidente electo. Un hombre que pertenece a un grupo político de derecha en el que él es la cara de la renovación. Tiene un máster en Derecho Económico en American University, otro en Gerencia de Políticas Públicas en Georgetown University, además de encantarle el cine, la literatura, las innovaciones de la tecnología y exhibir siempre un muy buen humor. “Yo miro es al futuro”, asegura.

 

Fotografía extraída de: ichef.bbci.co.uk

 

La nueva familia que llega a la Casa de Nariño

Vuelven la risa y la alegría infantil a la Casa de Nariño. Los pequeños Luciana (11 años de edad), Matías (7) y Eloísa (6) serán los primeros niños en vivir en el palacio presidencial en este siglo. Ellos, más allá de la política, son la razón de la existencia de sus padres, Iván Duque Márquez y María Juliana Ruiz.

La nueva primera dama tiene una alta formación intelectual. Estudió Derecho en la Universidad Javeriana e hizo una maestría en leyes con énfasis en negocios internacionales en American University. También adelantó estudios en Johns Hopkins University y el Institut Catholique de París.

Estuvo laborando en la OEA, en Washington, y ahora trabaja como secretaria general de una clínica de Bogotá.

Cada mañana se levanta a las 4:30 a.m. a meditar. Una hora después empieza la carrera de la pareja para levantar a sus niños y prepararlos para enviarlos al colegio. Durante la campaña, era un tiempo que valía su peso en oro. Luego ambos salían para sus respectivos quehaceres. Pero siempre estaban conectados. Duque, por ejemplo, aplazó varias reuniones de la carrera a la presidencia para ir a conversar con los profesores sobre la marcha de los pequeños.

“Somos bastante hogareños, nos gustan los planes de casa y de finca: chimenea, música, películas y libros. Cocinar en familia es una terapia y nos entretiene cantidades. El mejor plan en familia es un viaje, ya sea planeado, como le gusta a Iván, o improvisado, como me gusta a mí”.

Ha dicho ella.

Ahora en su nuevo rol, ellos son conscientes de los cambios tan bruscos que les esperan, pero prometen que harán un esfuerzo por darles el mejor ejemplo a los demás colombianos.

El Puente de Boyacá

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Para entender lo que (el puente) representa este lugar es necesario remontarse al 7 de Agosto de 1819.


 

Texto extraído de: Colombia Turismo

 

DATOS GENERALES

El Puente de Boyacá está ubicado sobre el costado derecho de la carretera a 110 kilómetros de Bogotá y a 14 kilómetros de Tunja. La mayor parte del tiempo hace frío debido a su proximidad con ésta ciudad, en donde predominan los vientos helados.

Tiene una altura de 2.820 metros sobre el nivel del mar y se encuentra rodeado de montañas y de monumentos históricos, cada uno está disperso por la zona, quedando el Puente en la parte más baja del campo.

En una pequeña caseta poco visible desde la carretera, pero cerca a nuestro monumento histórico, exactamente al frente del parqueadero, se encuentra un Informador Turístico dispuesto a relatar de la forma más detallada todo acerca de aquél lugar.

 

HISTORIA

El Puente de Boyacá no es sólo una pequeña estructura arquitectónica que atraviesa un riachuelo, es la pieza de un inmenso campo conformado por monumentos, cerros y sobretodo hechos históricos que concluyeron con la victoria patriota.

Para entender lo que representa este lugar es necesario remontarse al 7 de Agosto de 1819, cuando cerca de Tunja sobre el río Teatinos, el ejército de los Realistas liderado por el español José María Barreiro y el ejército Patriota comandado por el general Simón Bolívar, dieron inicio a la histórica Batalla de Boyacá, hecho que desencadenó la independencia de la Nueva Granada.

Sí, ese tranquilo y pacífico lugar que irradia cierta paz, fue en aquella época el escenario de una de las más importantes batallas de Colombia, en definitiva, un campo de guerra.

Todo comenzó el cuatro de agosto de 1819 cuando Simón Bolívar después de la batalla del Pantano de Vargas en Paipa, hizo una hábil maniobra con sus tropas en la noche, tomándose a Tunja y cortándole paso al avance del ejército del español Juan María Barreiro, el cual pretendía hacer conexión con los refuerzos de Santa Fe (Bogotá).

El comandante realista, al verse sorprendido, se dirigió a la capital por el camino de Motavita, pero Bolívar salió a impedirle su marcha en el Puente de Boyacá. Allí, a las dos de la tarde, se encontraron los dos ejércitos.

Fue una lucha que se prolongó por dos horas y dio la victoria a las fuerzas del Libertador. Los realistas, al verse vencidos, cedieron en el ataque y emprendieron la retirada. En poder del ejército patriota cayó la mayoría de los integrantes de la comandancia realista, alrededor de 1.600 soldados con sus armas y todo el material de guerra. Murieron 200 soldados realistas y 13 patriotas.

 

Fotografía extraída de: eltiempo.com

 

Entre los oficiales que pudieron escapar, dos de ellos corrieron a llevar la noticia a Santa Fe.

Desde ese momento el Puente de Boyacá, ese lugar frío e inmensamente pacífico, se convirtió en un lugar histórico, un monumento que aunque pequeño en dimensión es diariamente visitado por cientos de turistas, que lo cruzan con el corazón lleno de patriotismo o simplemente por curiosidad.

 

ATRACTIVOS TURÍSTICOS

El extenso campo que rodea al Puente de Boyacá posee una serie de monumentos conmemorativos a los integrantes de las tropas de los Patriotas y por supuesto a su comandante, el que fue posterior a la Batalla, el primer Presidente de la República de Colombia: Simón Bolívar.

Monumento al Libertador Simón Bolívar: En la parte más alta del lugar se encuentra esta grandiosa obra, también llamada “Monumento Von Miller”. Posee 18 metros de altura y en su remate aparece la figura del Libertador. Éste se halla sobre un bloque a hombros de cinco mujeres, que simbolizan las cinco repúblicas bolivarianas y empuña el pabellón Nacional apretándolo con el corazón.

Estatua del General Francisco de Paula Santander: Bajando la colina se encuentra esta estatua, ubicada en la Plaza de Banderas cerca del histórico Puente de Boyacá, al igual que el Obelisco, en homenaje a los libertadores.

El Arco del Triunfo: Es sin duda alguna otro de los bellos monumentos que se pueden encontrar en el Puente de Boyacá. Constituido en homenaje a todos los oficiales y soldados que participaron en la Campaña Libertadora de 1819, en su parte superior se encuentran ubicados tres rostros que simbolizan las tres razas que representan al pueblo colombiano: la indígena, la española y la africana.

En éste monumento se encuentra la totalidad de la letra del Himno Nacional.

La llama de la libertad: Inicialmente estaba en el Arco del Triunfo y ahora se encuentra en la Plaza de Banderas. Es uno de los monumentos más importantes y más llamativos del Puente de Boyacá, por el fuego que arde de manera perpetúa, pese a la hostilidad del clima.

Para atender las necesidades del turismo que se genera en el lugar, se ha construido más recientemente recintos para convenciones, exposiciones y encuentros, así como también un bello salón con vista panorámica donde transitoriamente ha funcionado un restaurante, “Restaurante del Puente de Boyacá” que guarda los lineamientos del lugar. Entre las construcciones turísticas que rodean el Puente de Boyacá, están:

El Ciclorama: Una construcción circular en donde anteriormente se proyectaban filminas alusivas a la campaña libertadora. Actualmente, el gobierno de Boyacá está realizando toda la gestión para recuperar éste lugar para el servicio del turismo nacional e internacional. Este se ubica al frente del parqueadero público del Puente de Boyacá.

La Capilla: Allí acuden generalmente todos los feligreses de la región. Se realizan misas de 12:00 del día, 5:00, 6:00 y 7:00 de la noche. Se encuentra en la parte alta del lugar, es la primera construcción que se observa desde la carretera, en la vía Bogotá – Tunja.

Ciencia y Tecnología en la época republicana

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Los liberales llegan al poder en los treinta, con ánimo de modernizar los criterios de desarrollo e introducen reformas al sistema laboral.


 

Texto extraído de: Historiadecolombiaut2010

 

Para la época republicana, nace la gran Colombia que llega a su fin en 1830 por conflictos y divisiones internas de los caudillistas. Tras muchas reformas territoriales y políticas, Colombia recibe su nombre actual en 1886: República de Colombia.

Estos tiempos estuvieron marcados por varios hechos históricos, ya que el primer siglo republicano fue muy revoltoso, gracias a las tensiones que se ejercían por otros mandos. Por un lado, la concepción federalista emanada por los estadounidenses, y por el otro, una concepción centralista inyectada por los franceses, lo que  desenlazó muchas guerras civiles.

Sin embargo, hubo varios hechos que lograron que se cancelara el federalismo definitivamente y que se fortaleciera el poder central. Primero, el desorden institucional, además, la quiebra de la Hacienda Pública, las rivalidades entre caudillos entre otros fueron puntos clave para que el federalismo flaqueara.

Núñez fue su gestor, al encabezar el movimiento de la “Regeneración”. Pero las garantías democráticas quedaron suspendidas y la persecución contra los radicales llevó a una última contienda finisecular denominada de “Guerra de los Mil Días”, en mitad de la cual se inicia el siglo XX. Con ésta, la peor de las guerras “declaradas”, se consolida el bipartidismo liberal-conservador.

Al culminar la “hegemonía” conservadora, habrá un incidente de guerra contra el Perú en l.932, donde Colombia recupera la franja amazónica invadida. Se avanza en la construcción de caminos, puertos y ferrocarriles; se fomentan la caficultura, el tabaco, el banano (que dará lugar a un grave choque entre trabajadores de las plantaciones de la United Fruit y el Ejército, en 1.928, con lo cual surge a la historia el movimiento sindical); y la producción minera de oro, plata y petróleo, estas últimas con fuertes inversiones extranjeras. Se exportan banano, cacao, oro, caucho y maderas, café y tabaco.

Y surgen las primeras manufacturas.

Los liberales llegan al poder en los treinta, con ánimo de modernizar los criterios de desarrollo e introducen reformas al sistema laboral, al régimen de propiedad de la tierra y a otros aspectos, como la educación, muy descuidada desde las administraciones radicales del siglo anterior. Y renuevan el impulso a la industrialización, impuesta por la coyuntura de la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, hablando con relación a la ciencia en esta época, encuentro que por estos años se presentaron los primeros intentos por promover la ciencia e implantar la institucionalidad en Colombia, así como los primeros problemas que dejan ver las bases del deficiente desarrollo del país.

 

Imagen extraída de: Static.iris.net.co

 

En este aspecto es de destacar, la labor del general Francisco de Paula Santander al fundar colegios y universidades, pero aún más importante la organización del Museo de Ciencias Naturales y la Escuela de Minería.

Además, es rescatable la labor de intelectuales como Francisco José de Caldas, quien en su obra Estado de la geografía del Virreinato de Santafé con relación a la economía y el comercio hacía un gran énfasis en el conocimiento de la geografía como base del desarrollo político y económico de una nación. La cartografía era, además, un asunto de primordial importancia en la definición de las fronteras físicas.

Además, durante este periodo surgió la Universidad Nacional, en la cual su primer rector, Manuel Ancízar, fue responsable de los estudios sociales de la Comisión Corográfica.

También se consolidaron centros e institutos científicos de los cuales se destacaron dos corrientes: una independiente del gobierno y que representaba ante la sociedad a la comunidad científica en general, y la adscrita al gobierno y que tenía como misión financiar proyectos científicos y fomentar el crecimiento y el papel de la ciencia en el país.

Estas dos instituciones dieron pie para que en 1847 fuese creado el Instituto de Ciencias Naturales, Físicas y Matemáticas, cuyos fundadores habían pertenecido a la Academia Nacional. Igualmente, en este momento se consolidó la institucionalidad de la investigación científica en el sector geológico y minero.

En esta época también hay espacio para la astronomía, donde cabe resaltar al Matemático e Ingeniero Civil Julio Garavito Armero (1865-1920), director del anterior Observatorio en 1892, profesor de astronomía, cálculo infinitesimal y mecánica racional, quien además de sus trabajos de astronomía observacional y astronomía dinámica, aplica el método de Olbers para determinar las órbitas de los cometas de 1901 y 1910 usando registros de observación suyos.

También logró demostraciones originales de teoremas relativos al cambio de variables canónicas y trabajos empleando estas variables al método Hamilton-Jacobi para órbitas elípticas; y haber desarrollado una expresión para el complejo problema de los tres cuerpos, con las “Fórmulas Definitivas para el Movimiento de la Luna” su obra más importante.

Las mujeres en la independencia de Colombia

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Un reconocimiento especial por parte del Libertador lo recibieron las mujeres de Socorro por su vigorosa lucha.


Autor del texto: Rodríguez Jiménez, Pablo*

En recuerdo de Aída Martínez, amiga

 

La independencia fue un proceso que terminó arrastrando consigo a toda la sociedad. Dividida en bandos, las mayorías terminaron apoyando a los patriotas. Si en sus inicios la independencia estuvo conformada principalmente por hechos políticos llenos de simbolismo y, en todo caso, sin mayor violencia, en su desarrollo estalló una guerra que se prolongaría por muchos años.

Decidida por la guerra y la confrontación militar, la independencia entronizó al estamento militar. El grupo exaltado por la literatura histórica de los siglos XIX y XX fue el de los victoriosos próceres y héroes. Pero en dicho panteón se hacía muy poco reconocimiento a grupos como el de las mujeres. La presencia de las mujeres no sólo fue numerosa y notable en las distintas fases de la independencia, sino que se dio a través de muy diversas maneras.

Conformaron la multitud que en las jornadas del 20 de julio reclamó la creación de la junta, apoyaron a uno u otro bando en la llamada “patria boba” y bajo el régimen del terror instaurado por Pablo Morillo se sumaron decididamente a la causa patriota.

Pero conviene tener presente que a finales del siglo XVIII en Santafé un grupo de mujeres participaba del movimiento ilustrado. Francisca Prieto Ricaurte, esposa de Camilo Torres, Catalina Tejada y Andrea Ricaurte de Lozano auspiciaron tertulias y reuniones literarias que fueron simiente de los nuevos ideales.

Las tertulias literarias eran reuniones a las que se asistía con invitación, se disfrutaba un chocolate y se comentaban obras de diverso género. Pero parte importante de las tertulias era comentar las noticias sobre los acontecimientos europeos, de Hispanoamérica y, por supuesto, de la política local.

Todos los indicios sugieren que el movimiento del 20 de julio fue concertado y los distintos grupos que actuaron estaban informados. Lo mismo debió ocurrir con muchas mujeres. De hecho, los cronistas han comentado el elevado número de mujeres que participaron en los ataques a las casas de los oidores y que después se concentraron en la plaza. Mujeres del pueblo, especialmente vendedoras de la plaza.

Aunque con seguridad, allí estaban entre ellas Melchora Nieto y Francisca Guerra, propietaria de un almacén la primera y de una tienda la segunda. En aquellos días la ciudad se paralizó y de los pueblos vecinos arribaron delegaciones a sumarse a la protesta. De los dramáticos momentos que se vivieron el día 22, cuando se rumoró un despliegue militar contra el cabildo, quedaron testimonios de la valerosa participación femenina.

En un hecho registrado por distintos medios, una madre habría dicho a su hijo: “Ve tú a morir con los hombres mientras que nosotras (hablando con las demás mujeres) avanzamos a la Artillería y recibimos la primera descarga, y entonces vosotros los hombre pasaréis por encima de nuestros cadáveres, cogeréis la artillería y salvaréis la patria”.

En otro caso, una mujer que era mandada a abrir paso por un patriota con espada en mano, dijo ofuscada: “¿La piedra que yo lance no hará tanto efecto como sus golpes?” Y se mantuvo firme en el puesto.

Tiempo después, los redactores del Diario Político de Santafé se preguntarían el nombre de aquellas valerosas heroínas. Pues según dijeron: “Bien merecían pasar a la historia”. Fue también en estas jornadas que la maestra Bárbara Forero dio un encendido discurso a un grupo de mujeres en la plaza.

 

Imagen extraída de: http://1.bp.blogspot.com

 

Pero en aquella gesta también fue decisiva la participación de un grupo de señoras de sociedad. Entre ellas sobresalieron Petronila Nava, Josefa Baraya, Petronila Lozano, Gabriela Barriga, Carmen Rodríguez, Eusebia Caicedo, Josefa Santamaría, María Acuña, Josefa Lizarralde y Juana Robledo.

Un episodio que nos permite observar la diversa participación femenina en este proceso fue el que ocurrió el 13 de agosto de 1810. Ese día un grupo de mujeres, que tal vez alcanzaba a 600, arremetió contra el convento de La Enseñanza , donde se encontraba la virreina. Tras sacarla de allí, la condujeron a la cárcel del Divorcio, mientras le gritaban improperios, le rasgaban el vestido y lanzaban escupitajos.

Este hecho llenó de indignación a las autoridades y a la gente de la alta sociedad, que veían con escándalo cómo se había sometido a los virreyes a un trato tan bajo y se los había recluido en cárceles. A la mañana siguiente la nobleza local, la jerarquía eclesiástica y distintas damas rescataron a la virreina de la cárcel y la llevaron de nuevo al Palacio.

Se dice que entre éstas estuvieron Francisca Prieto de Torres, Magdalena Ortega de Nariño, Rafaela Isasi de Lozano, Mariana Mendoza de Sanz de Santamaría y la marquesa de San Jorge.

Este comportamiento fue censurado por los líderes del movimiento emancipador como propio de la plebe. Pero, ¿por qué las mujeres del pueblo odiaban tanto a la virreina? De ella se ha dicho que dominaba a su marido, que tenía una afición irrefrenable por el dinero y que controlaba las tiendas y la venta de víveres. Razones suficientes para que la virreina doña Francisca Villanova despertara tanta animosidad entre las mujeres que vivían de sus ventas en la plaza o que tenían pequeñas tiendas en la ciudad.

Tras el 20 de julio la sociedad neogranadina se colmó de fervor y en todas partes se pronunciaba la palabra libertad con alegría. Los enfrentamientos civiles en que se enfrascaron los notables de la república contaron con la asistencia femenina. Aunque en ocasiones fue más simbólica, como cuando Mercedes Nariño vestida de militar disparaba los primeros cañonazos de las batallas que dirigía su padre.

Sin embargo, fue con la reconquista que el compromiso y la participación de las mujeres se desplegaron en toda su dimensión. Como dijo Aída Martínez, “con la reconquista de 1816 la mujer colombiana alcanzó su mayoría de edad. Bien por conciencia, por rabia, por venganza o por lealtad familiar, las mujeres colombianas se incorporaron a la lucha por la emancipación.

Las hubo que contravinieron la prohibición de aceptar mujeres en las filas de los ejércitos. Ocultas en un uniforme de soldado marcharon al frente de batalla. En la propia batalla de Boyacá hubo mujeres que tomaron el fusil. Evangelista Tamayo fue una de ellas. Nacida en Tunja, luchó en Boyacá bajo el mando de Bolívar, alcanzó el rango de capitán y murió en Coro en 1821.

Un reconocimiento especial por parte del Libertador lo recibieron las mujeres de Socorro por su vigorosa lucha. Declaración que dejó asentada Bolívar en los propios libros del Cabildo de aquella ciudad. Pero la mayor contribución de las mujeres a la causa libertadora la dieron asistiendo a los heridos de las batallas, ofreciendo información sobre los movimientos de las tropas enemigas, ocultando en sus casas patriotas perseguidos, confeccionando uniformes y banderas para los ejércitos, y brindando comida a los batallones.

Muchas también dieron muestra de su apoyo a los patriotas entregando sus ahorros, sus joyas, ganado y esclavos. Aunque algunas, casi con devoción, entregaron sus hijos para que se sumaran a los ejércitos.

 

Imagen extraída de: blog.master2000.net

 

En distintas regiones de Hispanoamérica las mujeres conformaron auténticas redes de espionaje en favor de los patriotas. Por el acceso que tenían a reuniones sociales, por la libertad con que se movían en la ciudad o por que tenían amistad con algún militar realista, las mujeres ofrecieron información decisiva para la consecución de los triunfos militares.

Haciendo de correos, las mujeres portaban papeles con instrucciones para los comandantes de los ejércitos patriotas, bien los llevaban envueltos en cigarros o cosidos en sus faldas. Confundidos los militares realistas por las derrotas que les propinaban los patriotas, declararon una guerra a muerte contra todo el que auxiliara a los rebeldes. Bajo el régimen del terror innumerables mujeres fueron acusadas y castigadas por su apoyo a la causa patriota.

O también fueron perseguidas por ser madres, esposas o hijas de patriotas reconocidos. La confiscación de los bienes, el destierro y la humillación fueron castigos sufridos por las mujeres patriotas con mucha frecuencia.

Sin embargo, uno de los rasgos más violentos de la guerra de independencia fue el sacrificio de las mujeres patriotas. Desde 1813 los comandantes realistas las condenaron a la pena capital con el propósito de amedrentar a la población. Tanto en las capitales como en las pequeñas poblaciones fueron levantados patíbulos para ejecutarlas.

En la iconografía de la época sobresale la ejecución de una de las más valerosas heroínas: la joven Policarpa Salavarrieta, la Pola. Acusada de espía y conspiradora, el 14 de noviembre de 1817 fue fusilada en Bogotá, con los ojos vendados y de espalda. Sin embargo, distintos historiadores han intentado calcular cuántas mujeres fueron fusiladas durante la independencia, sin lograr una cifra definitiva.

Se estima que al menos 59 mujeres fueron ejecutadas por pelotones de fusilamiento. Mujeres que pertenecían a los distintos grupos sociales y étnicos de la sociedad.

Entre ellas cabe nombrar a la nortesantandereana Mercedes Ábrego, que fue fusilada por haber confeccionado un fino traje para el Libertador; a Dorotea Castro, que fue fusilada en Palmira junto a su esclava Josefa por auxiliar con hombres, caballos y armas a los patriotas; a la española María Josefa Lizarralde, muerta en Zipaquirá en 1816 por sobornar a los guardias de la cárcel; a Estefanía Neira de Eslava, fusilada en Sogamoso por haber aconsejado a su esposo que se uniera a los patriotas; a Manuela Uscátegui, ajusticiada en 1818 por negarse a revelar el lugar donde se refugiaba un grupo de patriotas.

Tal parecería que la guerra cobró su rostro más feroz en las regiones de las confrontaciones: los santanderes, Boyacá, Cundinamarca, Bogotá y el Cauca.

Pero probablemente no hubo región de Colombia donde no se sentenció a hombres y mujeres patriotas con la pena capital.

Pero, cabe la pregunta en este bicentenario: ¿Qué significó la independencia para las mujeres de la época? Fue la ocasión de incorporarse y participar con especial protagonismo de un hecho decisivo de la historia. Si durante la época colonial las mujeres vivían marginadas de lo que podríamos llamar los asuntos de la república, con la independencia -para sorpresa de los patriotas- asumieron una posición de vanguardia.

De ellas, es cierto, no nos quedaron discursos o escritos que nos revelaran un pensamiento político. Sólo nos queda, como un cuerpo mudo, la memoria de su heroísmo y su sacrificio. La ironía de la historia está, en que pasada la guerra, el republicanismo recluyó de nuevo a las mujeres en la casa, en lo doméstico.

Los ideales de libertad y de derechos, que en algún momento las entusiasmaron, se olvidaron en el aletargado siglo XIX, sacudido por otras guerras, que ya poco las convocaron.

 


*Pablo Rodríguez Jiménez. Doctor en historia, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y de la Universidad Externado de Colombia.

Historia de la Batalla de Boyacá

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Las tropas patriotas estaban compuestas por venezolanos, granadinos y ciertos extranjeros.


Texto extraído de: Historia-Biografía

 

La Batalla de Boyacá (7 de agosto de 1819). El libertador Simón Bolívar tomó posesión de la ciudad de Tunja el 5 de agosto de 1819, luego de la Batalla en el Pantano de Vargas, interfirió las comunicaciones de los realistas en cabeza del coronel José María Barreiro.

El coronel ordenó a su ejército emprender el camino hacia la capital en la mañana del 7 de agosto, desde Motavita iniciaron su camino hacia Santafé de Bogotá, con el objeto de buscar al virrey Sámano y organizar un frente militar contra Bolívar y el ejército libertador.

Cuando estaban transitando en el Puente de Boyacá, advertido de tal noticia, Bolívar ordenó a su ejército acudir al puente de Boyacá, para impedir a Barreiro su desplazamiento hacia la capital granadina.

En el momento en que los dos bandos coincidieron en el puente de Boyacá, el ejército libertador conformado por 2.850 combatientes al mando del general Simón Bolívar, con ayuda del general Francisco de Paula Santander y la retaguardia, el general José Antonio Anzoátegui.

Las tropas patriotas estaban compuestas por venezolanos, granadinos y ciertos extranjeros; sus integrantes eran criollos, mestizos, mulatos, zambos, negros e indígenas, generalmente gente pobre, catalogados por las autoridades españolas como insurgentes. El ejército tuvo mucho apoyo de los campesinos de Tunja.

Por otra parte, el ejército realista contenía 2.670 soldados, de los cuales 2.300 eran de infantería, 350 de caballería y 20 de artillería. En comparación al ejército libertador, tenía conocimiento en las armas y la táctica de la guerra, este pertenecía a la tercera división del Ejército Expedicionario de la Reconquista, comandado por el coronel José María Barreiro; jefe del estado mayor, el coronel Sebastián Díaz, y la vanguardia estaba comandada por el coronel Francisco Jiménez.

En un acto sorpresivo y bien organizado el general Francisco de Paula Santander inició con la vanguardia el combate, obligando a la vanguardia realista retroceder hasta el Puente de Boyacá, hasta la orilla opuesta del río Teatinos. En aquel momento, llegó el resto de la división de Barreiro, enfrentándose a la retaguardia patriota comandada por el general Anzoátegui.  Se necesitó de una hora para que la acción militar fuera intensa.

 

Imagen extraída de: Blogs.elespectador.com

 

Simultáneamente se llevaban a cabo dos combates: uno alrededor del puente por las vanguardias y el otro en la planicie por el ejército raso. Las fuerzas patriotas tenían una ventaja en las comunicaciones; en cambio, las realistas estaban incomunicadas.

Horas después, el coronel Barreiro siguió combatiendo, tratando de darle cuerpo a su infantería, pero la rapidez de las tropas patriotas lo impidió, por ello, la retaguardia realista, cercada por todas partes, no tuvo más opción que rendirse. Así mismo, se rindió la vanguardia ante la fuerza militar de la patriota, al mando de Santander, considerado el ‘Héroe de Boyacá’.

La batalla culminó a las 4 de la tarde del 7 de agosto de 1819. La guerra dejó un saldo de más de 100 realistas muertos, incluyendo al coronel Juan Tolrá y el comandante Salazar, y 150 quedaron heridos. En el bando patriota murieron 13 soldados, entre ellos el capellán de la vanguardia, Fray Ignacio Díaz, y 53 quedaron heridos.

El 8 de agosto, salió a la luz pública el Boletín Nº 4 sobre la Batalla de Boyacá, redactado y expedido por el general Carlos Soublette. En suma, el Libertador dictó el decreto conocido como la Orden de Boyacá, en el que realizó una exaltación a todos los batallones y escuadrones que participaron en la memorable batalla, y a los que entregaron su vida en el campo de batalla por la causa. 

Con este suceso importantísimo para la patria, se cerró el ciclo de la Campaña Libertadora de 1819, que inició en el momento en que el Libertador Simón Bolívar expuso su plan ante los Setenta jefes del ejército patriota. Comenzando la acción militar desde los Llanos de Casanare, pasando por la Cordillera de los Andes y las tierras de la antigua providencia de Tunja, hasta desembocar en el Puente de Boyacá.

Podemos afirmar que la Batalla de Boyacá fue la piedra angular de la independencia del norte de Suramérica, que permitió los triunfos de las batallas de Carabobo en VenezuelaPichincha en Ecuador y Junín Ayacucho en el Perú y Alto Perú o Bolivia, respectivamente. Gracias a la batalla de Boyacá, los territorios actuales de Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá, pudieron constituir la gran nación americana conocida como la Gran Colombia, que existió hasta 1930.

Otro de los aportes de este acontecimiento bélico- político, fue el impulso que generó para lograr establecer los liderazgos en el proceso de independencia. En suma, luego de aquel momento surgió una suerte de unidad en gran parte de la población bajo un tímido sentimiento nacionalista y un ideal independentista.

Fue esencialmente, tras este suceso que las figuras de Bolívar, Santander y los otros próceres de la independencia tomaron importancia y fueron motivo de admiración para las personas que habitaban estos territorios.

Hojas de viaje: Correspondencia desde Francia hacia Pereira

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Crónicas de viaje de Martha Alzate por el viejo continente. Experiencias, reflexiones, análisis, fotografías y más en estas hojas de viaje. Bienvenidos


 

Bienvenidos


Hoja de Viaje 2:









































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El 6 de agosto en la historia

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Reviva los eventos que marcaron el mundo y el país en este día: 6 de agosto.


 

La Cebra que Habla rememora con esta entrada, dos eventos de gran importancia en la historia mundial y nacional: la fundación de Santa fe de Bogotá y la bomba de Hiroshima y Nagasaki.

Bienvenidos.