Así registra un medio como El Tiempo, el fallecimiento de una de las grandes glorias del periodismo deportivo en el año 2003: Julio Arrastía Bricca. Hoy, en el día del cronista deportivo reproducimos esta nota como un homenaje a su figura.
Texto extraído de: El Tiempo
Sin previo aviso ni necesidad de ataques de ego en público Julio Arrastía Bricca se bajó de un transmóvil en Sotaquirá, en plena etapa de la Clásica a Boyacá, en 1992, y abandonó para siempre los micrófonos. Era el momento justo, pues la memoria comenzaba a traicionarlo.
Ese día regresó para no volver a marcharse de Medellín, donde murió el pasado jueves (2003) a los 84 años de edad y donde ayer fue sepultado, como era su voluntad. Así fue su vida: una colección de decisiones radicales. De la que fueron testigos su esposa Lucía y sus cuatro hijos.
En 1952 Arrastía abandonó su natal Argentina, donde nació en 1918, y se radicó en Colombia. Un año antes había llegado al país para manejar el equipo de Antioquia que corría en la Vuelta a Colombia y para dirigir la construcción del velódromo Primero de Mayo, de Bogotá. Trabajó un año, le gustó y se quedó.
Su pasión por el ciclismo la compartió con la hípica. En el hipódromo de su querida Medellín vivió una de sus más dolorosas experiencias: Oswaldo Zubeldía, técnico de Nacional, su amigo, murió en sus brazos.
Foto extraída de: Facebook
Las carreteras colombianas las recorrió como ciclista, entrenador y locutor. En bicicleta ganó una doble a Honda y una Vuelta a Tocancipá. Como técnico llevó a Ramón Hoyos Vallejo a cuatro títulos de Vuelta a Colombia. En 1957 comenzó como comentarista radial en Todelar. Y luego pasó a RCN y a Caracol.
Trasmitió 38 Vueltas a Colombia, cuando hacerlo era una hazaña. Por sus conocimientos fue reconocido como la “Biblia del ciclismo” y cariñosamente llamado “El Viejo Macanudo” (contaba que significaba “verraco” ).
“Lucho” Herrera, el mejor escalador colombiano de todos los tiempos, lo recuerda: Siento un gran agradecimiento por don Julio. Me ayudó a conseguir mi primer patrocinio, en 1981, con Valyi. También me puso el apodo de “Jardinerito” . Y en las carreras en Europa se nos acercaba a la hora de comer y siempre nos preguntaba cómo estábamos para el otro día .
Ya es hora de hablar del protagonista de esta historia. Se trata de don Raúl Faín Binda, o Lalo, periodista argentino
Como todos saben, la función de las metáforas consiste en recoger los fragmentos dispersos de una unidad perdida, reconectarlos- o religarlos- si se quiere apelar al significado trascendente de esta expresión, para darles de ese modo un nuevo sentido a las cosas, iluminando su lado oculto. Los buenos escritores saben que la metáfora certera y pertinente constituye una de las claves de su trabajo. Don Lalo lo sabe.
Descubrí sus deliciosas crónicas hace más de una década, atraído por el título de uno de sus artículos: “¿Por qué Cúper lee La República de Platón?”. Aclaro que Cúper no es un académico ni catedrático de alguna universidad de élite. Se trata de un modesto futbolista y algo mejor entrenador que alguna vez descolló en los equipos españoles Mallorca y Valencia, pasando con menor fortuna por Internazionale de Milan.
Pues bien, por esos días, el célebre club italiano pasaba como ahora por uno de sus momentos oscuros en cuestión de resultados. En lugar de apelar al catálogo de lugares comunes que caracterizan al periodismo deportivo, el autor del texto se remontó a los viejos mitos griegos.
Massimo Moratti. Foto extraída de: liberoquotidiano.it
Comparó a Massimo Moratti, presidente del club entre 2006 y 2013, con el Cíclope del relato griego, resumiendo con ello el poder y las arbitrariedades que acarrea, “Si Cúper no gana el próximo juego, Moratti le cascará la cabeza contra una roca y le sorberá los sesos”, sentenció el cronista con un toque de fino humor y no poca dosis de crueldad.
Desde ese día me volví devoto lector de sus relatos y reflexiones. Cuando, unos años adelante, mutó hacia el formato del blog, pasé a formar parte de los participantes en sus diálogos. Semana tras semana, me he encontrado con alusiones al drama de Antígona para hablar de las disputas por el poder en el Fútbol Club Barcelona o citas de Oscar Wilde y T. S Elliot para reforzar sus argumentos sobre las veleidades de los deportistas o la fragilidad y el talante fugaz de sus conquistas.
Ya es hora de hablar del protagonista de esta historia. Se trata de don Raúl Faín Binda, o Lalo, periodista argentino… aunque… no sé, a veces sospecho que es uruguayo, como el mismo dice que sucede con tantos argentinos célebres. Forma parte de la plantilla de excelentes plumas de la página en español de la BBC de Londres.
Imagen a principio de los años 80, donde aparece Jorge Aguirre, fotógrafo argentino, Juanjo Pérez “el Gallego” y Raúl Fain Binda. Foto por: Ana D’Onofrio
En su Blog de Lalo (Ver) ha sabido conjugar elementos tan disímiles como la reseña deportiva, la trivia de los atletas, el análisis sociológico y sobre todo los recursos de la literatura para compartirnos su visión de los deportes como son en el fondo, a pesar de las ineludibles manipulaciones del mercadeo y la publicidad: una metáfora de la aventura humana, con su carga de dichas y desventuras, de grandezas y veleidades.
Como todos los gremios, sectas y cofradías, los intelectuales crean sus propios códigos para diferenciarse de los otros. La aversión- real o fingida- hacia los deportes constituye uno de los tópicos de muchos pensadores. De ese modo reeditan el viejo concepto platónico del cuerpo como recinto de todo lo despreciable y el espíritu, es decir, el reino de las ideas, como aquello a lo que debe aspirarse.
El cristianismo desarrollaría esa idea unos siglos después para postular la noción de cuerpo y alma como agentes separados y muchas veces irreconciliables. En ese esquema, el atleta habita el reino del sudor, mientras el intelectual se remonta a las alturas con vuelo de águila.
Con sus crónicas y reflexiones don Lalo nos demuestra cada semana que esa división no pasa de ser una cuestión maniquea. Habitamos nuestro cuerpo y desde él emprendemos esta aventura impagable de estar vivos. En ese tránsito descubrimos lo celeste y lo terrestre, lo sagrado y lo profano. El dolor y la dicha. No importa si nos dedicamos a hacer negocios, a forjar poemas o jugar al fútbol.
Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, más conocido por Sócrates . Foto extraída de: Wall Street International Magazine
Siguiendo ese camino, don Lalo pudo religar al pensador de la antigüedad griega con Sócrates, ese prodigioso futbolista brasileño que hizo del juego poesía al lado de otros magos de la pelota como Zico, Roberto Falcao , Junior y Toninho Cerezo. Esa es la función de las metáforas. Y el escritor lo sabe.
Noé Jitrik recientemente fue galardonado en México por su vida y obra. Recordemos que el estuvo en Pereira, en las oficinas de la Cebra que Habla, conversando con la directora del portal, Martha Alzate, sobre ciudad y otros temas. Por eso reproducimos esta nota extraída de La Barraca, y le deseamos muchos éxitos a este amigo e intelectual argentino.
Texto extraído de: La Barraca
El pasado jueves 27 de septiembre los integrantes del jurado del V Premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña ( convocado por la Academia Mexicana de la Lengua) , don Jaime Labastida, presidente, don Adolfo Castañón, secretario, doña Ascensión Hernández Triviño, don Aurelio González y don Jesús Silva-Herzog Márquez resolvieron por unanimidad adjudicar el galardón a Noé Jitrik.
Para La barraca en la cual escribe Noé, para El Manifiesto Argentino del cual es fundador, para los que amamos la literatura y disfrutamos de leerlo nos sentimos orgullosos del tamaño galardón que por supuesto estamos seguro que merece. Cuando se lleve a cabo la premiación en México el 14 de noviembre, seguramente habrá varios argentinos que nos representaran a todos los que amamos a Noé, en aquel país tan bello y que nos protegió y recibio tantas veces.
En el acta, el jurado reconoce en la obra de Noé Jitrik “una trayectoria de vida dedicada a la escritura, a la crítica y a la cultura hispanomericana”. El quehacer intelectual del escritor de origen argentino, coordinador de los doce volúmenes de la Historia crítica de la literatura argentina, “se expresa a lo largo de una obra tan diversa como comprometida con el conocimiento de la escritura y la lectura en Hispanoamérica.
Sus ensayos y trabajos sobre Sarmiento, Echeverría, Martí, Darío, Lugones, Quiroga, Arlt, Borges, y Rulfo, entre muchos otros, se complementan con una búsqueda y definición de los mecanismos de la escritura y de la lectura en y desde Hispanoamérica”, según concluye el documento. A su obra publicada se suma la amplia labor académica y docente que ha ejercido en diversos países del orbe hispano y, en particular, en México.
Foto por: Diego Val
Su magisterio ha trascendido las fronteras de la lengua, como muestran las traducciones y publicaciones de su obra en otros idiomas, un ejemplo es The Noé Jitrik Reader. Selected Essays on Latin American Literature, editado por Daniel Balderston en 2005.
Noé Jitrik nació el 23 de enero de 1928, en Rivera, Provincia de Buenos Aires, República Argentina. Además de su oficio de escritor, ha ejercido como profesor en universidades de la Argentina, Francia, México, Colombia, EE. UU., Puerto Rico, Uruguay y Chile.
Formó parte de la revista Contorno, de los primeros años de la década del cincuenta, cuyo objetivo fue el de una nueva lectura de la tradición literaria argentina, hito profesional que marcaría en buena medida su devenir en el ensayo y en la investigación. En 1973, encabezó la cátedra de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
En 1974, tuvo que exiliarse en México, en donde continúa impartiendo clases e investigando en instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México, El Colegio de México y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Recientemente se publicó el último tomo, el doce, de la Historia crítica de la literatura argentina, de la editorial Emecé, dirigida y concebida por Noé Jitrik, en la que participaron más de trescientos colaboradores.
Esta es una de las empresas colectivas donde Jitrik muestra su talento crítico como diseñador, editor, y agente de la acción discursiva plural en el ámbito académico y universitario.
Una verdad es latente, la educación en las universidades públicas, corre peligro. Anualmente las universidades públicas aumentan la cobertura y mejoran la calidad, pero el presupuesto que destina el Ministerio de Educación del gobierno de Iván Duque para financiarlas es menor en términos porcentuales. En 2017, de los $8,9 billones destinados a la educación superior, solo se invirtieron $3,2 billones en las universidades públicas. Sobre la crisis presupuestaria de este año, el rector de la Universidad Pedagógica, Leonardo Martínez aseguró:
“El sistema universitario estatal está en déficit. Para el funcionamiento de nómina faltan 3,2 billones de pesos y en inversión de infraestructura, 15 billones de pesos. Un total de 18 billones. Hay un déficit histórico”.
El Ministerio de Educación y los rectores de las 32 universidades públicas, agrupados en el Sistema Universitario Estatal (SUE), tienen, por lo menos, diseñado un plan para abordar la crisis que afecta la educación pública de Colombia. Sin embargo, esto no impidió que millones de estudiantes se dispusieran a marchar en señal pacífica de protesta. Hay muchas versiones sobre lo que ocurre en varias ciudades de Colombia. Sin embargo, lo que está claro es que la marcha fue pacífica y la voz de los jóvenes dejaron manifiesto que: La educación “no es un negocio, es un derecho”.
Por eso preparamos este Especial donde resaltamos la labor de los estudiantes universitarios en Pereira y en el departamento de Risaralda, donde miles y miles salieron a marchar por el centro y otra calles, exigiendo que el presupuesto para las universidades sea mayor que el prespuesto para la guerra.
Falta mucho por trazar, pero de a poco, Pereira habla de dinámicas culturales, de civismo ciudadano
La cultura también aborda las calles de Pereira. Aunque nos falta mucho por aprender para llegar a ser una verdadera ciudad cívica y cultural, aunque no del todo se tiene una concepción acertada de espacio público, Pereira poco a poco ha ido labrando el camino hacia una ciudad cultural, una ciudad que utiliza sus espacios públicos dándole nuevos sentidos y brindado dinámicas cada vez más amplias para todos los públicos.
Una búsqueda a la inclusión, al compartir como ciudad, y al hacer ciudadanía a partir del disfrute, del ejercicio, del conocimiento y sobre todo, del compartir.
Desde los usos de espacio más antiguos como La Cuadra Talleres Abiertos, que actualmente se realiza en el sector Circunvalar hasta la Plazoleta del Obelisco en La Villa, donde ha habido resignificaciones en los espacios; los pereiranos han aprendido a reconocer la cultura como una dinámica propia, en vía de construcción.
Otra muestra de ello es la Vía Activa, una iniciativa que pretende reactivar el uso de las vías a partir del ejercicio, esta, que se realiza cada domingo, es ahora parte fundamental de las dinámicas de la ciudad.
Ciudad que Re-crea. Foto por: Jess Ar
En medida cultural, Pereira cuenta con espacios como el Teatro Santiago Londoño, donde se realizan y se han realizado conciertos de talla nacional e internacional, festivales y concursos, como el Concurso Nacional de Bambuco; también cuenta con zonas verdes como el parque Olaya Herrera y la Estación del Ferrocarril, dos zonas en la ciudad que los últimos años se han venido fortaleciendo.
Pero no solo el centro de la ciudad cuenta con espacios para la construcción del civismo y la cultura, poco a poco hasta las periferias se ha expandido la importancia de nuevas dinámicas que enriquezcan toda la ciudad, un ejemplo de ellos son los gimnasios públicos que la alcaldía implemento en varias zonas de la ciudad, en el que se incluyen sectores como Caimalito, Parque Industrial, 2500 lotes, Cuba, Las Brisas entre otros.
Falta mucho por trazar, pero de a poco, Pereira habla de dinámicas culturales, de civismo ciudadano, habla desde las acciones, desde la cotidianidad, desde el compartir.
Allá por 2006, la marraqueta fue declarada patrimonio cultural e histórico de la ciudad de La Paz por el gobierno departamental
Mis primos que se han ido a vivir a La Paz y mis sobrinos ya nacidos en esa ciudad están totalmente seguros de que la marraqueta paceña es diferente, básicamente más sabrosa que su par cochabambina. Siendo honestos, aquí en Cochabamba hay mucha gente que apoya esa opinión. Por supuesto que todos los paceños de nacimiento, aunque sean enemigos encarnizados del Bolívar y el Strongest, coinciden en que la marraqueta es un pan divino, que se sirve en la mesa del Cielo y poco más.
No hay quien los baje de esa nube.
Así pues, mis primos, contagiados de ese paceñismo panificante por no decir edificante, cada vez que vienen al valle no olvidan traer su bolsa de marraquetas dentro de la maleta de viaje. A mí me causa infinita gracia que tales panecillos viajen en avión cual productos de un lejano y exótico país. ¡Pero en Cochabamba tenemos marraquetas por montones! les dije a la primera ocasión, abriendo la boca de incredulidad.
En contrapartida, medio en serio medio en broma, me tildaron de contreras, de que me oponía por malsana diversión (y bueno, la fama de dar la contra, por deporte, que a uno le precede dentro del ámbito familiar) y otros motivos.
Alguna vez entre divertidas discusiones lancé la hipótesis de que si la marraqueta paceña es tan superior y distinta ¿por qué no hay ni una panadería en Cochabamba que la elabore según el método paceño, considerando además que aquí residen muchísimos paceños? Suena raro que a nadie se le haya ocurrido aplicar la receta y montar el negocio con buenas perspectivas de éxito. Por ejemplo, las salteñas potosinas tienen su nicho de mercado, precisamente porque son un tanto distintas a las vallunas.
Montaña de marraquetas en un mercado de Cochabamba. Foto por: José Crespo
Tampoco me consta que traigan el susodicho pan desde La Paz para la venta, como efectivamente ocurre con otros tipos de pan cochabambinos que son comercializados en otras ciudades.
Yendo al meollo del asunto, cabe detenerse en los componentes de la receta: harina, agua, sal, levadura. Cuatro simples elementos que definen la sazón, y que no encierran mayor misterio. Siendo la marraqueta el pan cotidiano, el más popular y consumido en La Paz, es lógico que su elaboración sea bastante sencilla sin lugar para los enigmas. Tantos panaderos no podrían guardar celosamente la fórmula, ni que fuera la de la Coca Cola. ¿Dónde reside entonces el secreto de la diferenciación?
Los paceños podrían argumentar que el componente cualitativo que distingue a su marraqueta proviene del agua (a semejanza de lo que ocurre con el whisky escocés) y podrían seguir diciendo que ellos elaboran su pan con agua pura de los manantiales del Illimani. A lo que los cochalas podríamos contestar tranquilamente que nosotros tenemos aguas cristalinas provenientes de la cordillera del Tunari para sazonar nuestro pan y tal.
Y así podríamos seguir disparando argumentos de uno y otro lado.
Desde luego que no pongo en duda el origen paceño de la marraqueta, pero ellos tampoco pueden cantar victoria por anticipado, ya que hay distintas versiones que atribuyen su llegada primero a Chile, la más difundida que refiere que unos panaderos franceses de apellido Marraquette se habrían establecido en Valparaíso a inicios del siglo XX.
El Illimani, icono de La Paz Foto extraída de: Facebook
De ahí que saltara a Tacna y otras partes del sur peruano, como asimismo llegase a La Paz suena bastante razonable. Es evidente que en tierras paceñas siguió su propia ruta de cambios y evoluciones que la distinguen claramente de sus primas chilena y peruana.
Allá por 2006, la marraqueta fue declarada patrimonio cultural e histórico de la ciudad de La Paz por el gobierno departamental, en un afán, me permito adivinar, de blindarla contra posibles imitaciones, buscando consolidar su denominación de origen. A los cochalas nos tiene sin cuidado ese celo patriótico de los paceños que parece que están dispuestos a dar la vida por su pedazo de pan. Como sabrán, Cochabamba es la “capital gastronómica de Bolivia” y tenemos tantos platos como variadísimos para presumir de ello.
Además, de entrada, el destino ha querido que la silueta del imponente Illimani recuerde a la forma de una marraqueta, y la línea central que recorre el dorso de este pan se asemeje a la cresta del nevado que se alza hacia el cielo.
Mientras tanto, a diferencia de la urbe paceña, en Cochabamba la costumbre se ha hecho ley respecto a su expendio: en las tiendas de barrio siempre venden la marraqueta mezclada con pan toco y el pan tortilla, en una suerte de trilogía forzosa para el desayuno, nunca he sabido la razón exacta de tal determinación. Es un código tácito, una cosa sobreentendida, qué le vamos a hacer.
Así que, si queremos exclusivamente marraqueta habrá que ir a uno de los mercados del centro de la ciudad o buscarla en alguna feria.
El trío que conforma el ‘pan de batalla’ : marraqueta (sup.), tortilla (izq.) y toco (der.) Foto por: José Crespo
Personalmente no hallo ninguna diferencia respecto al sabor de ambas marraquetas, porque en apariencia son calcadas una a la otra. Los cochabambinos hicimos bien la tarea y salvo los ojos expertos de un panadero es imposible distinguirlas a primera vista. Lo mismo en cuanto al gusto, sólo un curtido sibarita podría diferenciarlas. Así que todo es cuestión de percepción, de regionalismo romántico, de fijaciones psicológicas que vamos alimentando desde muy pequeños.
En lo que sí estoy de acuerdo con los paceños, es que la marraqueta sabe más rica en plena ciudad de La Paz, por cuestiones climáticas, ya que allí hace frío a menudo y el café humeante, bien acompañado de su marraqueta con queso fresco, entra con mayor alegría al cuerpo para calentar hasta el alma.
Dejando las cuestiones sentimentales a un lado, finalmente cabe decir que la marraqueta es un prodigio de pan, aunque no apta para dentaduras débiles, pues ese duro caparazón crocante exige una buena mordida. Dada su forma ovalada no es muy práctica para sándwiches con mortadela, queso en láminas y otros productos parecidos. Más bien su interior hueco es ideal para rellenarlo con mermelada, mantequilla, paté de hígado y otras cosas de untar.
Devorarla con nata de leche es una experiencia cuasi religiosa, una sensación mística que golpea el cerebro en lo más profundo, hasta encontrarse con recuerdos genéticos, casi primitivos. Eso sí, al día siguiente, por acción del aire u otros fenómenos atmosféricos, la ilustre marraqueta se convierte en una masa esponjosa y desabrida, que ni en mi hambre más acuciante soy capaz de comer.
Recién salida del horno, es el mejor momento para el disfrute máximo. Como decía un antiguo y severo comentarista de televisión: ¡así nomás había sido!
Marraquetas: cochalas (izq.) versus paceñas (der.), ¿alguna diferencia? Foto por: José Crespo
PS.-Para que siga la guerra, aunque sea musicalmente, pongo a su consideración estas canciones respectivamente emblemáticas. Curiosamente, ambas están compuestas en ritmo de taquirari, originario de las llanuras orientales de Bolivia, así que el orgullo regionalista se cae por su propio peso. Tal vez sea mejor declarar una tregua permanente para disfrutar de ambas.
Ahora bien, debo decir que su más reciente publicación (De lo que soy, 2017) es un libro que carece de “nitidez”.
Por: Jhonattan Arredondo Grisales
“Vivo un dolor, escucho una imagen, un aroma, algo me inspira y se detona y se convierte en poesía. Pero la técnica o el estilo que yo voy forjando desde Poesía suicida para nunca matarse hasta ahora, está minado de humor negro”.*(ver video)
Quien define así su poesía es Andrés Galeano. Un joven poeta que ha sido ganador en dos ocasiones del Concurso de escritores pereiranos (Categoría poesía) con sus obras Poesía suicida para nunca matarse (2010) y De lo que soy (2017).
En este último observamos que su estilo, como él mismo lo ha indicado, se encuentra en estrecha relación con el primero de sus libros. Lo cual nos lleva a afirmar que en su trasegar por los senderos de la escritura ha encontrado una voz, un tono, unas maneras de apalabrar el instante luminoso con que responde a las inminencias del tiempo. Pero, sobre todo, a comprender por qué su apuesta poética se aleja del acento acompasado que generalmente hallamos en nuestra tradición literaria.
Galeano renunciaal hecho de utilizar un lenguaje refinado, frágil, misterioso, para nombrar su universo con las palabras que escuchamos y decimos en nuestro diario vivir. Podríamos decir, entonces, que su poesía es directa, atrevida, sin ningún tipo de adorno.
Sin embargo, no tomo esta decisión como un acto irreverente, porque la poesía tiene la libertad de iluminar sin ningún tipo de condición. En particular, en estos tiempos donde los géneros literarios se mezclan los unos con los otros, supongo, con el propósito de expandir las múltiples posibilidades narrativas que nos brinda la imaginación.
Foto por: Diego Val
En todo caso, lo que esperamos de los escritores, poetas, dramaturgos, entre otros, más allá de cómo están constituidas sus obras, es que estas nos hagan sentir, que nos veamos identificados en ellas, que, al leer un verso, por ejemplo, tengamos que detenernos porque ese chispazo nos trajo de vuelta una emoción que creíamos olvidada. En otras palabras, que sus obras sean auténticas, es decir, libres de artificios y trucos pueriles que dejen escapar entre sus juegos lo esencial.
Ahora bien, debo decir que su más reciente publicación (De lo que soy, 2017) es un libro que carece de “nitidez”. Con este término –espero sea el apropiado– me refiero a que son pocas las veces que encuentro eso que sentimos cuando la lectura de un texto se convierte, aunque sea por un breve instante, en algo imprescindible, en algo revelador.
Quizá mi inclinación por una poesía ajena a las estridencias me impida entrever ese brillo que siempre espero hallar cuando leo un libro. Pero sé que detrás de los desaciertos que enturbian sus poemas (el abuso de lugares comunes y las exageraciones en la elaboración de las imágenes que nos sugiere), podemos encontrar un sinnúmero de lecturas de alto calibre y la figura de un escritor con oficio.
Resalto, también, que en cualquier lugar donde se presenta, gracias a su histrionismo, el público se ríe, se siente ameno y hasta se identifica con el dramatismo con el que recita sus poemas. Lograr eso no es nada fácil. Sin embargo, creo que el libro debe defenderse por sí mismo.
El libro queda. Nosotros, en cambio, desaparecemos.
*Secretaría de Cultura de Pereira. (2018, abril 30). Libros pereiranos en la FILBO. [Archivo de video].
¿Qué consecuencias trae el que a una niña se le diga que si come todas las verduras se le pondrán los ojos verdes?
Cuando la fotógrafa brasileña Angélica Dass (Rio de Janeiro, 1979) tenía seis años, tuvo que realizar un dibujo de sí misma en el colegio. La maestra le dijo que usara el crayón “carne”, el cual era rosado, para colorear su tono de piel. La fotógrafa recuerda que al no poder explicar que su tez no era del color del crayón, esa noche rezó para despertar como una persona blanca.
Angélica Dass. Foto extraída de: aprenderdegrandes.com
Más doloroso resulta el caso de la compositora Victoria Santa Cruz (Lima, 1922-2014), quien en el poema Me gritaron negra narra un amargo episodio que vivió durante su niñez. La poeta recordaba que cuando no tenía ni 5 años, llegó a vivir a su barrio una niña de piel y cabellos claros. Con displicencia, la nueva vecina advirtió a las demás niñas: “Si esa negrita juega, yo me voy”. Grande sería la sorpresa de Victoria Santa Cruz al ver cómo quienes fueran sus amigas la dejaban de lado. “Una puñalada es una caricia comparada con aquello que me pasó”, señalaba la poeta.
Victoria Santa Cruz. Foto extraída de: img.discogs.com
Es también desgarrador escuchar al actor peruano Reynaldo Arenas (Cusco,1944) recapitular cómo en el colegio sus rasgos indígenas eran motivo de burla y violencia, o conocer la historia de la actriz Anaí Padilla (Lima, 1989), quien relata que cuando no sabía la respuesta correcta en clase, alguien en el salón vociferaba:
“Es que ya son más de las doce, profe. Y los negros son tan brutos que solo piensan hasta el mediodía”.
Reinaldo Arenas. Foto extraída de: peru21.pe
El racismo, entendido como un cruel sistema de jerarquización y dominación que al determinar la superioridad de una “raza” garantiza el sometimiento de ciertos grupos humanos, se aprende en la infancia. En el ensayo “La cuestión racial: espejismo y realidad”, el sociólogo Gonzalo Portocarrero advierte que desde muy temprana edad, los seres humanos asimilamos ciertos códigos de valoración estética que nos llevan a catalogar la diversidad de rasgos físicos en términos de mayor o menor prestigio.
Así, en una sociedad que pondera la piel, el cabello claro y el rostro caucásico como ideales de belleza, aquellos seres que incumplan tales requisitos resultarán antiestéticos, indeseados.
¿Qué consecuencias trae el que a una niña se le diga que si come todas las verduras se le pondrán los ojos verdes? ¿Qué ocurre cuando los adultos califican de inocente ocurrencia el que un niño pequeño manifieste que “no le gustan” las personas de color marrón? ¿Qué implica que un niño, esta vez no tan pequeño, se sorprenda por la presencia de una “negra” en una fiesta de cumpleaños, y que además respire aliviado al enterarse de que se trata de “la empleada”?
A la niña, evidentemente, se le está enseñando a apreciar un fenotipo en particular por encima de otro, y se le está intentando convencer de realizar una acción en específico en aras de alcanzar un prototipo de belleza –no habría necesidad de incurrir en una mentira; se le podría decir que si come todas las verduras, será una persona más saludable–.
El niño pequeño, por su parte, crecerá pensando que es legítimo expresar su desprecio hacia el otro, y que la validez del rechazo se fundamenta en la tonalidad de piel. El niño no tan pequeño hace rato ya que ha interiorizado el modelo de una pirámide estamental que ubica en sus eslabones más bajos a las denominadas “personas de color”.
Marco Avilés. Foto extraída de: soloparaviajeros.pe
A partir del recuerdo de un episodio familiar, el periodista Marco Avilés (Abancay, 1978) afirma que a los 3 años de edad, él ya sabía que no todos éramos iguales, y que había seres de naturaleza inferior a quienes se podía doblegar apelando a su tez o a sus rasgos físicos. Entonces se pregunta si acaso había aprendido ese comportamiento en casa, al escuchar cómo se trataban los adultos entre sí, o al advertir cómo su abuelo se refería a los indios y a los negros.
Hay, efectivamente, una serie de prejuicios racistas en torno a ciertos grupos humanos que se manifiestan en las creencias, actitudes y comportamientos que reproducimos, sin cuestionar, a diario. Se trata de un arsenal de ideas preconcebidas que se filtran en nuestra cotidianidad bajo la forma de refranes, chistes y lugares comunes que consideramos inofensivos.
Los niños, como esponjitas, absorben; y entonces naturalizan y normalizan el que en un almuerzo familiar se exprese abiertamente el desdén hacia los “memes”, o se comente en tono jocoso que tocar el cabello de un negro da buena suerte. De esta manera van construyendo su mundo, y así como se entrenan en menospreciar a ciertos seres por su apariencia física, se educan para venerar cabelleras, pieles y rostros anglosajones –aquellas imágenes que priman en la llamada publicidad aspiracional–.
Si nos pusiéramos en el lugar del discriminado, si nos colocáramos en los zapatos del vilipendiado, si fuéramos nosotros los receptores de aquellas estigmatizaciones racistas que hieren como un proyectil, tal vez los estereotipos no nos serían indiferentes ni los chistes nos resultarían tan divertidos. Puede que conozcamos a alguien que ha sido maltratado, o puede que alguna vez nosotros mismos hayamos experimentado el rechazo por causa de algún rasgo en nuestro aspecto físico.
Está en nuestras manos indagar en nuestros muchas veces soslayados prejuicios, someterlos a duda, y no perder la oportunidad de explicar a los más pequeños que el color de piel no determina el valor de una persona.
La comunidad indígena también sobrepasa la mestiza en estos territorios. Foto por: Diego Val
El departamento del Cauca no deja de ser una tierra deslumbrante
Buenos Aires es la cabecera municipal de varios corregimientos en el departamento del Cauca. Siguiendo la ruta, sobrepasando esta cabecera, se pueden observar algunos corregimientos como Caloto, Corinto, Miranda, Florida y Pradera . Desde ahí también se llega al sector llamado Timba donde es común encontrar una zona de excombatientes reincorporados.
Los panoramas son curiosamente bellísimos al lado de los interminables cultivos de Coca que ya bordean los ríos locales. Sin embargo, el departamento del Cauca no deja de ser una tierra deslumbrante y con una historia que le acarrea una defensa constante por el territorio.
Presentamos una pequeña galería de un pequeño paso por esta tierra de múltiples geografías, literalmente.
La publicidad lo tiene claro, así como cuando la controversia es el mejor insumo para garantizar el consumo del polémico objeto.
A una semana del decreto que legaliza el decomiso de la dosis mínima, los resultados de la flamante policía nacional son de 14 kilos y 200 gramos del peligrosísimo elemento decomisado.
14 kilos, seamos generosos, 15… a una semana, y eso que es cuando la efervescencia del momento exige resultados… a ese paso en un mes serán 50 kilos, y en un año el decomiso llegará a la ominosa cifra de 600 kilos… seamos amplios, digamos que por extraordinarias peripecias de esas que inflan cifras, la suma llegue a una tonelada.
Una tonelada, en un país que produce entre 1.200 y 1.400 toneladas al año, más de 100 toneladas al mes, casi 30 cada semana. Entonces este gobierno ha mirado el problema 1.400 veces más pequeño de lo que es, o dicho al revés, el dilema es 1.400 veces más grave de lo que se piensa.
Pero entonces analicemos el aspecto local. El microtráfico produce un promedio de 6 billones de pesos al año. (el narcotráfico, por su parte, está produciendo entre 24 y 30 billones).
Foto extraída de: Pixabay
El decomiso de los fragantes 14 kilos, más 200 gramos, en un país de 50 millones de habitantes, no alcanza a representar ni el 1% de los 125.000 millones que produce el microtráfico en Colombia por semana.
Lo que sí ha hecho, es ir en detrimento de la economía del marihuanero que ahora debe encontrar medios ingeniosos para rebuscar el bareto que, en todo caso, volverá a comprar pese a las acciones de la muy diligente policía nacional.
Tampoco se puede decir que estos decomisos hayan afectado la economía del microtráfico, incluso en sus más mínimas proporciones. La compra de la droga está garantizada, el decreto no afecta sino al intermediario y al consumidor final, y su persecución se ha convertido en una herramienta publicitaria que ha incrementado el precio de las dosis en un 40 y 70%, repartidos entre el intermediario y el microtraficante.
Foto extraída de: Pixabay
Nuevamente, es el pobre marihuanero el que debe encontrar otros medios imaginativos de ganarse el recurso para un producto cuya publicidad gubernamental no ha hecho más que darle un valor agregado sin precedentes nacionales.
De tal suerte, los insensibles 125.000 millones de pesos que circulaban mientras la policía decomisaba 14 kilos y 200 gramos, con su persecución puede estar incrementando las ganancias entre 3.000 y 5.000 millones de pesos más.
La publicidad lo tiene claro, así como cuando la controversia es el mejor insumo para garantizar el consumo del polémico objeto. La señalización, criminalización y persecución gubernamental es el buen marketing de un producto cuyo valor agregado se desprende del inmisericorde hostigamiento, insignificante en resultados reales, pero poderosa en cuanto a resultados económicos.