Esta es la 6ª edición del Festival Raíces Pacíficas “Tokiomanía” en Pereira, que se lleva a cabo en el barrio Tokio, donde gran parte de su población es negra, raizal o palenquera.
Este es uno de los festivales más importantes dentro de la comunidad negra de la ciudad, además de ser uno de los primeros eventos promovido sólo por jóvenes, quienes repensaron la realidad de sus entornos y los nuevos significados que contiene el pueblo negro del cual son oriundos.
Aquí presentamos una galería de fotos, el video promocional, y el póster oficial del nuevo festival que se desarrollará los día 12, 13 y 14 de octubre del 2018 y que contará con la participación de artistas chocoanos, risaraldenses, y habrá gastronomía local y por supuesto, todo el empeño y la presencia de la comunidad del barrio Tokio, en la comuna Villasantana de Pereira.
El sillpancho (del quechua sillp’anchu, aplanar o adelgazar algo) es la cena popular por antonomasia, asequible a todos los bolsillos
Se hace de noche y cuando el estómago empieza a rugir de hambre, nada mejor que dirigirse a una sillpanchería para quedar con la barriga llena y el corazón contento. Las sillpancherías son locales sencillos, generalmente la casa del propietario, fácilmente reconocibles por la bombilla de luz que cuelga en la puerta o muro de la vivienda. La luz deberá ser de color amarillo para distinguirla de la de los farolillos rojos, código habitual utilizado en casas con otras intenciones, más bien lúdicas y de carne trémula.
Que andando el tiempo hayan aparecido “palacios” del sillpancho y sitios así, ya es otro cantar, más con fines comerciales y publicitarios. Con el sillpancho se ha intentado la masificación, la producción en cadena, extender la franquicia como ha ocurrido inevitablemente con el pollo frito. Por todo el país pululan las marquesinas iluminadas de las cadenas de comida rápida, básicamente de hamburguesas y pollo. Sin embargo, el sillpancho permanece irreductible, muy firme en su tradicional puesto de venta domiciliaria.
En suma, es una sazón que no sale del barrio: si el mismo dueño intentara abrir otros locales para expandir el negocio, casi seguro que no le iría muy bien, como si los dioses de la cocina castigasen su ambición.
El sillpancho (del quechua sillp’anchu, aplanar o adelgazar algo) es la cena popular por antonomasia, asequible a todos los bolsillos, de ahí que sea normal ver familias enteras en torno de una mesa, como en la casa propia. Es un plato artesanal, cuya preparación es algo laboriosa, ese puede ser uno de los motivos que impiden su masificación.
¡Atención!: para zamparse algo así, se necesita entrenamiento de tipo militar. Foto por: José Crespo Arteaga.
Imagínense: tendrían que inventar una máquina solamente para machacar la carne y formar láminas en forma de discos, algo que se hace individualmente en un batán, piedra contra piedra. Por razones prácticas, se tiene a una persona encargada exclusivamente de elaborar las láminas.
He ahí el arte y habilidad de quien va golpeando la carne – previamente adobada con sal, pimienta y otros condimentos-, hasta reducirla a una fina lonja a la que va añadiendo puñados de pan molido para darle una forma circular de modo que vaya a cubrir casi completamente el plato, como si fuera una tapa.
Lógicamente, láminas tan grandes necesitan un perol o sartén especial para la fritada correspondiente que debe efectuarse en aceite muy caliente. En unos cuantos minutos estará lista la carne, tostada pero suavecita al gusto. Aparte se cocerá la guarnición que consiste en un arroz graneado de manual, ni duro ni muy reventado, cosa que no es tan fácil de lograr y cuya consistencia podría mandar al traste todo el plato. Carne y arroz deben estar en su punto, como se estila decir.
Con el resto no se puede ser tan exigente, bastará con unas papas previamente cocidas con cáscara, cortadas en rodajas y retostadas antes de servirlas; últimamente otros optan por freír las papas directamente para ahorrarse trabajo, detalle que no afecta mayormente al resultado.
Sillpancherías comerciales que atienden desde el mediodía. Foto por: José Crespo Arteaga.
Eso sí, lo que no debe faltar es su correspondiente ración de cebolla, locoto y tomate picados en cuadritos. Completa la decoración un huevo estrellado con su yema líquida que irá montado sobre la carne, a su vez encimada sobre el arroz y las papas. ¡Ay! de aquel que meta de contrabando zanahoria cocida en la ensalada, merecerá unos buenos azotes por sacrílego y por atentar a las buenas costumbres culinarias. Lo mismo para aquellos chefs modernísimos que a título de gourmet incurren en tergiversaciones que no vienen al caso. El sillpancho es plato de pueblo, cena del pobre y del rico que quiera degustarlo. Bien criollo por los siglos de los siglos.
A pesar de ser una comida sencilla, el sillpancho se come con relativa elegancia, pues esa enorme lonja de carne exige el uso del cuchillo y tenedor y, por lo tanto, cierta compostura en la mesa. Cochabamba es una ciudad de numerosísimas ofertas de comida al paso. Sin embargo, nunca verán que algún puesto callejero ofrezca sillpancho dentro de su menú. Sería muy poco práctico.
Para ello se inventó – por la fuerza o porque a alguien también se le iluminó el foquito- el “trancapecho”, una suerte de hijo bastardo que consiste puntualmente en embutir los componentes del sillpancho dentro de un pan, cual si fuera un sándwich recargado. Un emparedado que no tiene ni pies ni cabeza, únicamente apto para bocas entrenadas. Algo que te puede dejar seco y medio asfixiado como sugiere su nombre.
Comoquiera, de vez en cuando disfrutamos del sillpancho y el placer se intensifica cuando lo acompañamos de una bicervecina o malta negra, acaso la mejor bebida para estos casos. No es plato para solitarios sino para gozar en plena compañía. Con amigos o con la familia.
Una típica sillpanchería de barrio, que sólo se abre al anochecer. Foto por: José Crespo Arteaga.
En este día, muchas empresas a nivel mundial o local, ofrecen tazas de café gratuitas o con descuento.
El Día Internacional del Café es una ocasión que se utiliza para promover y celebrar el café como una bebida, con eventos que ahora ocurren en todo el mundo. La primera fecha oficial fue el 1 de octubre de 2015, según lo acordado por la Organización Internacional del Café y se lanzó en Milán. Este día también se utiliza para promover el café de comercio justo y crear conciencia sobre la difícil situación de los caficultores, especialmente en Colombia.
En este día, muchas empresas a nivel mundial o local, ofrecen tazas de café gratuitas o con descuento. Algunas empresas comparten cupones y ofertas especiales con sus fieles seguidores a través de las redes sociales . Algunas compañías de tarjetas de felicitación venden tarjetas de felicitación del Día Nacional del Café, así como tarjetas electrónicas gratuitas. La Cebra que Habla presenta este especial en honor a los caficultores y los emprendimientos que tenemos en la región.
Ese fervor por los libros hizo del viejo Manuel Salvador un hombre de sólidos principios liberales.
El médico Rodrigo Posada Trujillo recuerda con nitidez el día que recibió su título de especialista en Otorrinolaringología.
Fue en Barcelona, España. En el pergamino entregado por la Universidad Autónoma de Barcelona se lee esta frase: “Don Rodrigo Posada Trujillo, nacido en Betulia Antioquia Colombia”.
Betulia. El ombligo de su mundo personal. El centro. El lugar donde empezó todo.
Betulia, un pueblo colgado en las montañas de Antioquia cuyos hijos padecieron, igual que tantos, los horrores de la violencia entre liberales y conservadores.
Betulia. Con ese nombre sonando en lo más hondo de sus recuerdos, Posada Trujillo emprendió la escritura de su libro Manuel Salvador Posada Imagen de un padre visionario. Un intento de aprehender lo más esencial de su condición al paso que les rinde un tributo a sus mayores. A su capacidad para sobreponerse al infortunio.
Foto por: Diego Val
Pero sobre todo a su tozudez para implantar en los suyos la idea de que es necesario emprender la transformación del propio ser, como una manera de dignificar y en esa medida mejorar la vida de los otros.
Y en ese propósito juegan un papel trascendente las buenas lecturas y su resultado ineludible: la educación, el cultivo del espíritu.
Ese viaje a la memoria implica desandar los pasos que conducen a la infancia. A sus momentos de dichas y pavores.
“Lo familiar se torna en certidumbre de un pasado que habita en mi presente, con esa intensidad asombrosa de los días en que retornamos a la raíz y brotamos de ella gratificados con un devenir hecho de logros y satisfacciones. Lo familiar me une al recuerdo de los otros y me hace bien, sobre todo cuando al cambiar de acera, al esquivar las recuas de mulas que bajan sudorosas de las fincas, cargadas de café; al andar a la tienda donde se exhiben los abarrotes en hondos cajones de madera y me dejo envolver por el inolvidable olor del maíz mezclado con el Jabón Rey y la naftalina, se produce una revelación súbita que mis palabras no alcanzan a describir. Solo la voz regia de la dueña de la tienda me regresa al presente”.
Es Proust.
Foto por: Diego Val
Quiero decir: es el espíritu de Proust que atraviesa las ciento ochenta páginas del libro de Posada Trujillo. Gran lector de prosa y poesía, aparte, claro, de las obras científicas imprescindibles para su formación profesional, el médico está dotado de un lenguaje limpio y desprovisto de adornos: no por casualidad recibió de su padre Manuel Salvador el legado de las buenas lecturas.
Aquí va una muestra de su gratitud por esa herencia:
“Mi padre era temperamental y terco. Heredó mucho del carácter de mi abuelo Eduardo Posada, con quien tenía serias diferencias en cuanto a la visión de las cosas simples de la vida. El abuelo solo toleraba en su horizonte que su hijo trabajara la tierra y que en ella depositara todo su empeño, como lo habían hecho sus ancestros. Pensar un destino distinto al de agricultor resultaba una herejía, como si de la noche a la mañana a su hijo se le ocurriera cambiar de religión. Tal vez por eso papá hizo de la lectura una experiencia y de la conversación con sus amigos una forma de la solidaridad, es decir, de compartir ideas, temores y sospechas.
Quien lee amplía el horizonte de vida, imagina, crea, codicia y pone en práctica en su realidad algo de eso que busca lugar en su imaginación. No de otro modo es posible avanzar en el autoconocimiento que le permite a uno ser otro, acaso más arriesgado y decidido”.
Ese fervor por los libros hizo del viejo Manuel Salvador un hombre de sólidos principios liberales. Por eso, a pesar de las limitaciones económicas, se formó el propósito de brindarle a su descendencia la oportunidad de mejorar su vida a partir de la educación profesional. Fue así como su hijo Augusto acabó estudiando medicina en Córdoba, Argentina, imponiéndole de paso el compromiso de ayudar a su hermano Rodrigo, una vez concluida su carrera.
Foto por: Diego Val
Fue ese tesón el que los llevó a salir de una condición descrita por Rodrigo en su libro con el tono distante de quien se sabe a salvo de grandes peligros. Evocando a su padre nos recuerda que:
“La primera adversidad está en el número de parientes a su cargo. En la casa de Tarquí, una finca lejana en la que mi hermano mayor pasó parte de su infancia, se alojaba una especie de ejército derrotado, sin más armas que la comunión familiar y sin más contingencia que la inmovilidad espiritual. Ahora que mi hermano ha venido de Costa Rica a visitarme a Pereira y que ha accedido a recordar pasajes de su vida para este libro, me recuerda que en la casa de Tarquí vivían, inicialmente, siete personas, pero ese número fue aumentando con los meses, dice, como aumenta el número de víctimas con el correr de las horas en un desastre natural”.
Ese desastre natural era, cómo no, uno de los muchos coletazos del monstruo que llamamos Historia de Colombia.
Los recuerdos son como nubes. Algunos pasan allá, muy alto, y apenas si atinamos a decirles adiós con la mano mientras se disuelven en hilos dorados al ser atravesados por un rayo de sol
Otros en cambio, son de vuelo bajo y basta con pulsar un sonido, un rumor, un aroma, para que se materialicen ante nosotros con una densidad un poco mayor a la de los fantasmas.
Foto por: Diego Val
Justo en ese momento debemos atraparlos con la red de las palabras, para darlos en ofrenda a los otros como prueba de nuestro común paso por el mundo.
A esa gozosa tarea se consagró el médico Rodrigo Posada Trujillo, y aquí está de vuelta con un libro escrito en una prosa limpia y sin alardes, en el que da cuenta de su particular viaje a lo más profundo de la memoria.
Programación de la feria del libro de Pereira 2018
Escritores regionales, nacionales e internacionales harán parte de la cuarta versión de ‘Paisaje, café y libro Feria del Libro de Pereira’ 2018, un evento donde los pereiranos y los visitantes, tendrán un verdadero acercamiento a la lectura. Expofuturo será el escenario donde se efectuará esta importante actividad cultural, que comenzará desde el 2 de octubre y se extenderá hasta el 7 del mismo mes. La Cebra que Habla presenta la programación completa para que planifique desde ya y vaya a este importante evento cultural y ciudadano.
La cara que el barrio Maraya le muestra a la Avenida 30 de Agosto está llena de sitios en los que reina el silencio.
Los silencios
Sin ruido no hay silencio. Por eso el silencio del barrio Maraya le debe su existencia al bullicio de la Avenida 30 de agosto. Basta tomar uno de los desvíos de esta vía afanosa para sumergirse en las calles de un barrio en el que todo transcurre lentamente. Los decibeles bajan, la vegetación se intercala con cuadras que dejan de ser lineales y con varias calles ciegas. Todo son casonas de ladrillo a la vista, por lo general de colores granate, mármol y otras texturas en las que se adivina la prosperidad de otros tiempos.
No se ven niños en la calle ni se escucha la música de un vecino alborotado. Tampoco se ve gente asomada en las ventanas o en el marco de las puertas. Uno pensaría que todas las casas están solas de no ser por sus jardines perfectamente cuidados. Todas las flores saludan al caminante y se nota que el pasto recibe puntual poda y cuidados. Las pocas personas con las que uno se topa en el camino, dan la sensación de que llevan viviendo allí toda la vida.
Muchas de las casas de familia se han convertido en empresas de vigilancia, en un barrio que parece no necesitarlas. Al menos esto afirma Fernando Molina Herrera, el vigilante de una de las cuadras, quien señala que, en sus 34 años de labor, jamás le tocó presenciar un robo.
Fernando es un vigilante de los de antes. Lleva una macana amarrada a la cintura y encima del pantalón de paño. Usa gorra y debajo de ella lleva el pelo peinado hacia atrás y con gomina, a la vieja usanza, como un cantante de tango.
Foto por: Edison Osorio
“Antes todo el mundo pagaba la vigilancia, pues había puras casas de familia. Ahora esto está muy solo, se ha llenado de empresas y como tienen alarma, entonces dicen que no necesitan que uno cuide y dejan de pagar, pero eso sí, parquean los carros por aquí y creen que se cuidan solos”.
Lo verdaderamente insólito para Fernando, oriundo de Quimbaya Quindío, es haber logrado sacar dos hijos adelante sin tener nada más que la remuneración (cada vez menos cuantiosa) de sus rondas por la cuadra. Fernando tampoco está asegurado, por lo que es un milagro que durante todo este tiempo nada le haya pasado.
Como Fernando, otros vigilan el barrio. Se trata de señores de cierta edad que se vuelven parte del paisaje. Son testigos silenciosos de todo lo que pasa, sentados, a veces adormecidos sobre una silla de plástico de la que alguien quiso deshacerse alguna vez.
En las noches frías lo contemplan todo desde una pequeña caseta al interior de la cual se puede ver una chaqueta colgada de un gancho y un radio viejo sobre una tabla. ¿Cómo se pueden pasar el tiempo al interior de una caseta, si no es oyendo Radio Uno (la favorita de Fernando Molina) y sumergido en los recuerdos?
Foto por: Edison Osorio
***
Quien una tarde camine por una de las calles ciegas de Maraya que limitan con el Batallón San Mateo, encontrará docenas de pájaros, la mayoría amarillos y negros, posados sobre los cables de la luz o apoderados de las copas de los árboles de esas casas en las que saben que nadie les va a perturbar el sueño.
Los árboles se mecen un poco con el viento de las 5 de la tarde y los rayos de sol invaden las viviendas y acarician a un ángel de piedra que, parado en uno de los jardines, parece sostener el mundo con sus manos. De pronto, un olor fétido proveniente de la quebrada la Dulcera, hecha a perder aquel trance agradable.
La cara que el barrio Maraya le muestra a la Avenida 30 de Agosto está llena de sitios en los que reina el silencio. Templos de diversos credos y un restaurante de comida china que, como casi todo en Maraya, lleva allí toda la vida. El interior de los restaurantes chinos es extraño y su decoración es anacrónica. A pesar de que el arroz chino es una comida muy popular en Pereira, parece que a muy pocos se les ocurre visitar aquellos sitios.
De allí que los restaurantes chinos tengan altísimas ventas pero que se la pasen solos. En la entrada, un joven, el único con cara de colombiano dentro del local, reposa sobre un sofá rojo que parece alternar con el puesto de la moto en la que hace los domicilios. El interior del restaurante es un poco oscuro y tras un mostrador dos mujeres con rasgos orientales hablan entre sí en un idioma inentendible (probablemente chino).
Foto por: Edison Osorio
Una de ellas intenta calmar a un niño que llora a todo pulmón. Se niega a hablar con nosotros y afirma que la otra mujer no puede atendernos por no hablar español.
Los milagros
La tienda Maraya parece un cajero automático. Siempre hay alguien haciendo fila. Una señora muy amable y risueña atiende a través de una ventana. Detrás de ella, hay afiches de una marca de helados, varios congeladores con yogures, gaseosas, un mostrador con chocolatinas de todos los tamaños, chicles, bolsas de leche, arepas, paquetes de papas y golosinas. Tras ella no parece quedar un solo espacio libre y todo lo que sus clientes le piden, lo encuentra con prontitud.
¿Me da un helado casero de lulo? dicen dos jóvenes, ¿me da unos Choclitos picantes? pregunta (u ordena) un señor, ¡no sé qué pedir! exclama una niña que mira todo lo que hay en la tienda y no recuerda por qué hizo la fila hasta el final. Sobre una de las sillas Rimax azules que están amarradas con un alambre y son para la clientela, una mujer fuma un cigarrillo con filtro.
Tiene unos pantalones color verde loro y parece ser muy amiga de la señora de la tienda. Se trata de Luz María Mejía que lleva casi toda su vida en el barrio, cuando este era la mitad de lo que es hoy.
Foto por: Edison Osorio
“En este barrio todo el mundo es muy sano y muy querido”, comenta Luz María Mejía con satisfacción. Sin embargo, sobre la calle 49 ha habido muchos accidentes porque los carros y las motos que llegan de todos lados confluyen ahí. ¡Yo misma he tenido que ver a varios accidentados!exclama Luz María, que dice haber llegado al barrio desde muy niña. Recuerda cuando construyeron la Iglesia Nuestra Señora de Fátima.
Cuenta emocionada que un sacerdote llamado José María Ruiz, mando a traer a la Virgen desde Cova da Iria (Portugal)
Esa es una Virgen muy milagrosa que se le apareció por allá (Portugal) a tres niños pastores.
Mi mamá una vez estuvo muy enferma. Yo entonces le dije a la Virgen de Fátima que si ella aliviaba a mi mamá, yo la iba a cuidar hasta el último de sus días, y como me la alivió, así lo hice. Pero luego volvió a enfermarse, esta vez muy grave por lo que le pedí a la Virgen de Fátima tres cosas: la primera, que el día que mi madre se muriera yo no la tuviera que ver, porque no soy capaz ; la segunda, que no se me fuera a morir en los brazos, por decir, cuando la estuviera bañando; y la tercera, que me avisara el día que ella fuera a partir.
Foto por: Edison Osorio
Cuenta Luz María Mejía que la mañana del 13 de enero de 1998 ella se fue por un tinto a la cocina y allí mismo la invadió una sensación -muy triste pero muy hermosa al tiempo- que le reveló que su madre moriría aquel día. Por ello, corrió a llamar a sus 7 hermanos para que se fueran para la casa a despedirla.
Ninguno me creía, comenta Luz María Mejía. Usted está muy totiada por el estrés, me decían mis hermanos. Pero por la noche todos estaban en la casa y a las ocho, preciso cuando me encontraba en la casa de los vecinos, mi mamá falleció. Eso me alivió un poco, porque no hubiera aguantado verla morir. ¡La virgen me había cumplido!
Cuando le pedimos a Luz María que nos regala una foto para completar esta crónica, se negó rotundamente porque, según ella, estaba muy despelucada y que así ni riesgos. Así está bonita, déjese tomar la foto, le insistió la señora de la tienda, pero de nada sirvió.
Luz María hoy trabaja en una empresa familiar llamada Canecas de Maraya, cuya sede se encuentra en el mismo barrio. Nos dio su tarjeta y nos dijo que no nos olvidáramos de hacerle llegar este escrito. (Así que si usted está leyendo esto y por casualidad es a señora Luz María Mejía, desde aquí la saludamos).
Foto por: Edison Osorio
Ya empezaba a oscurecer. Subimos de nuevo hasta la iglesia de Fátima y allí encontramos a la Virgen, contemplándolo todo, igual que Fernando Molina lo hace desde su caseta, tal vez pensando que las cosas eran mejor antes, cuando no habían llegado aquellos templos de otras religiones con sus propios milagros y apariciones.
Así es el Tiergarten, el espacio público urbano y pulmón verde más importante de la capital alemana.
Lo que une un “parque de animales” con la concepción de un zoológico, tal y como nosotros lo conocemos, eso parece significar la palabra Tiergarten.
Este es un gran espacio público, área verde ubicada en uno de los sectores más centrales de la ciudad de Berlín.
El Tiergarten, antaño terreno que podría denominarse zona de reserva natural, fue un jardín poblado de animales silvestres, al que acudía la nobleza para divertirse, practicando por deporte la actividad en la que el hombre se ha desempeñado desde siempre, incluso desde antes de ser humano en estricto sentido: la cacería.
Provista de todo lo necesario y con exceso de tiempo libre, la aristocracia usó la cacería no sólo para ejercitarse, entrando en profunda y mística relación con la naturaleza, sino como un acto simbólico que suponía la refrendación de su posición social y su poder.
Foto por: Martha Alzate
Se dice que los orígenes de este espacio verde se remontan al siglo XV, habiendo sufrido transformaciones en tanto que avanzaban los tiempos y Alemania ingresaba plenamente a la modernidad. En el siglo XVII, finalmente, se limitó su uso en relación a la caza de animales, y se dio paso a una nueva funcionalidad, la de espacio público urbano.
El Tiergarten tiene dos lagos, y amplias zonas verdes despejadas o cercadas por bosques, que recuerdan su origen. Es un parque más bien apacible, cruzado por vías que conectan la ciudad, y por una extensa red de ciclorutas.
En sus espacios, de un desarrollo más cercano a una naturaleza silvestre, no se observan grandes concentraciones de personas, como en el Englischer Garten de Munich. Sin embargo, es visitado por muchas personas que transitan por él, a pie o en bicicleta, y es posible divisar, cada tanto, a familias que empujan coches de bebés por sus veredas, o a quienes se asientan en sus praderas simplemente a recibir el sol.
Este espacio público cuenta, además, con referentes urbanos ilustres que lo delimitan o lo dividen: la Puerta de Brandenburgo, el edificio del Parlamento Alemán, la Postdamer Platz, el barrio diplomático, el actual zoológico de Berlín, y en medio del terreno, “La Gran Estrella” (rotonda donde confluyen varias importantes vías) en donde está instalada La Columna de La Victoria.
Foto por: Martha Alzate
Federico Guillermo I de Prusia fue quien ordenó que cesaran las cacerías en este lugar, probablemente debido a su visión austera del funcionamiento del estado monárquico, y a su carácter decididamente militar (lo apodaban “El Sargento”).
Aunque fue su hijo, Federico El Grande, quien dio al espacio la connotación de parque público, como zona de esparcimiento, impartiendo las ordenes necesarias para su dotación con mobiliario urbano y arborización.
Este monarca fue, tal vez, el más afrancesado de los príncipes alemanes. Era culto, abrazó la ilustración y se rodeó, según puede leerse, de un grupo de científicos y literatos franceses, que fueron a la capital del imperio prusiano buscando aires más propicios que los que vivían por esos tiempos en su propio país bajo el mandato de Luis XV.
Dentro de estos intelectuales y sabios franceses que tuvieron asiento, temporal o definitivo, en la corte prusiana, se encontraba Voltaire.
Foto por: Martha Alzate
Aunque su estancia en la corte de Federico el Grande fue temporal (alrededor de tres años) y terminó huyendo, sintiéndose acosado y fastidiado por las dinámicas palaciegas y por la amistad ofrecida por el monarca, que Voltaire calificaría posteriormente de “esclavitud”, la correspondencia que el filósofo francés intercambió con el monarca alemán, antes y después de su estancia en Berlín, es una de las más nutridas de las que sostuvo, contando con más de setecientas cartas.
Por esta vía se hace más comprensible la visión y la transformación de este gran predio, de zona de reserva forestal, poblada de animales que animaban el ocio de la aristocracia, a un lugar más citadino, ya desde el siglo XVIII.
Como la historia no respeta naturaleza o área construida, en el parque también se sufrieron los impactos de la guerra.
El nazismo intentó dejar su impronta, entre otras, trasladando la Columna de la Victoria desde su lugar de emplazamiento original (enfrente del edificio del Reichstag, actualmente Platz der Republik) hacia su lugar actual en “La Gran Estrella”, y con el ensanchamiento de la avenida en el sentido Este Oeste, que en su momento fue nombrada como “Charlottenburger Chaussee” (conectando con el puente que une al distrito de Charlottenburger, al este de Berlin –Distrito que debe su nombre a Sofía Carlota de Honnover, consorte de Federico El Grande), y hoy es la avenida 17 de junio.
Foto por: Martha Alzate
Igualmente, Hitler realizó en el Tiergarten numerosos desfiles y manifestaciones, que hicieron parte de ese componente premeditado e histriónico, de sus “puestas en escena”, con las cuales se ayudó para consolidar su poder y proyecto político.
No obstante, el pasaje más importante en relación a la guerra y al Tiergarten es el siguiente: en los peores momentos de aislamiento y ocupación durante el conflicto, el parque quedó devastado. Del número de especies vegetales presentes en él antes de la guerra, se conservaron solo cerca de un 20%, y los berlineses tuvieron que aprender a plantar allí diversas variedades de patatas, y otras especies de raíces, que les ayudaron a alimentarse durante estos terribles días; además de usar la madera de sus árboles, en los difíciles años de la posguerra, para calentar sus hogares en los fríos inviernos.
Actualmente el parque goza de una gran cantidad de especies vegetales, y en sus lagos es posible realizar paseos en bote, o simplemente disfrutar de un almuerzo o refrigerio, de los muchos que se ofrecen en los restaurantes ubicados en las zonas de muelle.
Sin pretensiones, más bien tranquilo y paciente, este antiguo coto de caza se ha abierto a otros usos.
Foto por: Martha Alzate
Cuando se deambula por sus extensos caminos, no es posible percibir allí los agites de las antiguas faenas de persecución y acoso.
Los animales no son objeto ya de la inclinación instintiva de los humanos, derivada en práctica simbólica de refinación y poder aristocrático. Pero, tampoco es posible notar, de manera muy precisa, rastros de las afugias y angustias de la población berlinesa, asolada por la devastación y acorralada por el frío y la hambruna, que acompañaron a la guerra (especialmente a la ocupación de Berlín por parte del ejército soviético, lo que derivó en la Batalla de Berlín, última y decisiva operación militar de la Segunda Guerra Mundial), y a los días de la postguerra.
A un costado se emplaza el actual zoológico de Berlín, y desde el Tiergarten es posible llegar hasta él y recorrerlo por sus bordes. Los animales, desde sus hábitats construidos, parecen indiferentes a los transeúntes, tal vez acostumbrados a su paso.
Los actuales habitantes de jaulas y recintos, no tienen memoria de la destrucción, no pueden recordar que, a finales de la guerra, de los 3195 ejemplares que habitaban el zoológico, solo lograron sobrevivir 91.
Foto por: Martha Alzate
A la salida del parque, en el sector del zoológico, la ciudad se abre en toda su diversidad y exuberancia. El distrito que inicia allí tiene el nombre de Kurfürstendamm, y se extiende a lo largo de un importante bulevar comercial, la avenida que lleva el mismo nombre, también conocida como Ku’damm.
Durante la división de la ciudad este sector fue el corazón mercantil de Berlín occidental. De ahí su consolidación actual como un distrito de gran desarrollo inmobiliario, lleno de tiendas, restaurantes, cafés, y todo tipo de comercios.
Un viaje en el tiempo: eso podría significar tomar el camino hacia el distrito Kurfürstendamm, a través del Tiergarten, partiendo de la Puerta de Brandenburgo.
Una zona verde para la memoria, que no reclama recordaciones pero que presenta sin mayores pretensiones todas las posibilidades para la meditación y el recuerdo. Lo que puede significar el trayecto transcurrido por el espacio físico, pero también por los habitantes de una ciudad como Berlín, por la humanidad misma, entre un terreno destinado a la cacería de animales silvestres, y un parque zoológico, tal y como hoy en día existen.
Foto por: Martha Alzate
La marcha del tiempo, inexorable, nos muestra, igualmente, que un coto de caza un buen día dejó de tener sentido. Y tal vez, recorrer las inmediaciones de la Ku’damm nos da una idea de cómo los actuales zoológicos comienzan a convertirse en obsoletos artefactos, insignias de un tiempo pasado, tal y como cuando, hace tres siglos, la cacería empezó a perder su significado y los animales dejaron de seres simplemente para depredar.
Hoy, parece que cada día tiene menos sentido mantener animales como objetos coleccionables, encerrados y a la vista de humanos que, ahítos de la información que reciben a raudales a través de sus redes y dispositivos móviles, muestran cada vez menor interés en este tipo de exhibiciones.
Así es el Tiergarten, el espacio público urbano y pulmón verde más importante de la capital alemana. Y de esta forma se puede reflexionar sobre la historia, el paso del tiempo, las transformaciones urbanas y sociales, recorriendo sus amplias veredas plenas de sombra y frescura en un verano cualquiera.
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