domingo, abril 26, 2026
cero

Dos artistas multifacéticos en María Antonia Café Boutique

0

En esta galería de arte, abierta a todo público, se puede apreciar una gran mezcla de estilos bien definidos que van desde lo moderno hasta lo clásico.


 

Hay dos artistas completos que andan en la ciudad de Pereira este mes, ellos son, los manizalitas Javier Ríos y David Daza. Y decimos completos en el buen sentido del término, ya que son hombres multifacéticos que con trayectorias artísticas e independientes dentro de la capital de Caldas, han adquirido experiencia para desarrollar el arte de la pintura, la composición musical, el recital poético, la innovación literaria, y otras disciplinas más.

Ellos estarán el mes de septiembre y octubre con nosotros guiados bajo dos propósitos: por un lado, conocer la Perla del Otún, la ciudad donde reside la señora madre de Javier, la escritora María Gemma Salazar González; por el otro, exponer sus trabajos de pintura al óleo y otros materiales en las paredes del reconocido negocio, María Antonia Café Boutique, ese espacio que abre sus puertas y que apoya generosamente a los artistas regionales.

En esta galería de arte, abierta al público en general hasta el 29 de octubre, se puede apreciar una mezcla de estilos definidos que van desde lo moderno hasta lo clásico. Estilos que se reflejan en los cuadros de múltiples formatos y técnicas que con sus colores vivos, cálidos y  tonos fríos recrean escenas, personas y sentimientos personales y colectivos. En fin, una presentación que no debe perderse ningún ciudadano o amante de la cultura, ya que cada obra representa una historia, dice algo, y lo más importante, es el fruto de trabajo y experiencia de un dúo que ya tienen una trayectoria en el mundo de las artes y que siguen proponiendo más, porque para ellos la cultura está viva y todavía hay mucho que decir y hacer.

 

 

Cuando les hicimos la pregunta el por qué piensan que Pereira es más receptiva a este tipo de muestras,  Javier Ríos dice que esta ciudad es abierta a las nuevas propuestas, que se puede tener acceso a los medios, además del apoyo que encuentran en lugares como el café bar que ahora los recibe, y otros espacios donde ya tienen invitaciones postergadas.

Ellos, como amigos y artistas multifacéticos, se proyectan a corto plazo con realizar la idea de fundar una empresa de arte en Pereira para reproducir sus conocimientos sobre música, pintura, escultura, teatro y más con todas las personas de la capital del Eje. Sin embargo están pisando suave, es decir, por ahora andan de paso, y a su vez, invitan a toda la ciudadanía para que vayan, conozcan y adquieran los cuadros expuestos en María Antonia Café Boutique, ubicado en la Calle 23 # 6 – 35 en el centro de la ciudad.

 

Foto por: Diego Val

Galería Completa


 

No mires atrás

0
Foto por: Diego Val

No hay tregua para la memoria ni para el lector en las ciento sesenta páginas de este libro tierno y feroz a la vez.


 

“Podemos dar a Luisa oportunidade du contato com a música, onde ela deu os primeiros passos de leitura de partituras de músicas clássicas e nos presenteava, ao final do ano, com seus emocionantes concertos de violao.

“Em casa tínhamos um casal de periquitos- puby e cátia- que completavan a alegría do novo lar que conseguimos construir em paz”

En esos dos párrafos, que aparecen en la página 99, se condensa buena parte del hondo sentido del libro Um olhar no retrovisor e outro na Estrada, de la brasileña Ieda Lima, una de esas historias en primera persona que cortan el aliento, en tanto suponen un viaje a lo más profundo y terrible de una aventura personal marcada por el dolor del destierro.

Pero también de la esperanza.

La música, ese hilo que nos conecta con lo más esencial de nosotros mismos, les permite a Ieda y a y su familia echar raíces, por precarias que sean, en el suelo de la antigua República Democrática Alemana, luego de que tuvieran que escapar de su Brasil natal, y posteriormente de Chile, durante los años más terribles de las dictaduras militares en América Latina.

Y, al fondo, dos periquitos frágiles y firmes a la vez, que le dan calor a ese nuevo hogar en el que intentarán con todas sus fuerzas recuperar algo de la paz perdida.
La paz de que gozó durante su infancia y juventud en Campina Grande, Estado de Paraíba, en el nordeste de Brasil. Tiempos en los que le gustaba cantar, escribir y tomar fotografías.

 

Foto por: Diego Val

Pero la vida, dadora de sorpresas, le tenía preparado un camino diferente.

Corrían los tiempos de la Guerra Fría. Por esos días, Alemania estaba dividida en dos: República Federal, cuya capital era Bohn; por su lado, la República Democrática tenía a Berlín Oriental como su capital. La primera estaba alineada con las naciones occidentales mientras la segunda respondía a la injerencia soviética.

A esa Alemania Oriental llega Ieda Lima en 1974, luego de salir de Chile perseguida por la dictadura de Augusto Pinochet.

“O grupo dos asilados políticos vindos do Chile passou poco menos de una semana em um hotel, onde fomos preparados para asumir a vida de asilado, como trabalhador e aprendiz do alemao, simultáneamente. A seguir, ese grupo foi distribuído em quatro cidades: Berlim, Halle, Dresden e Zwickau. Recebemos a chave do nosso apartamento mobiliado, a designacao da vaga de emprego e a matrícula de Luisa na creche, para a cidade de Zwickao”.

A vista de pájaro, el párrafo tiene el aire distante y seco de un relato notarial. Pero uno descorre el velo y descubre el desamparo de todos esos desterrados por los militares en razón de su creencia o militancia política.

 

Foto por: Diego Val

Esa aparente frialdad es el recurso supremo para no quebrarse. Para seguir viviendo.

Para llegar hasta allí, Ieda Lima tuvo que pasar por la cárcel en su país y por el Panamá de Torrijos durante los días de lucha para recuperar el Canal.
Pero antes le tocó sobrevivir a la pesadilla de Chile, donde Pinochet, con la ayuda de los Estados Unidos, había puesto un sangriento final al gobierno democrático de Salvador Allende.

“Passei a noite na prisao, em una cela muito pequeña e fría, com mais tres mulheres estrangeiras, dua uruguaias e uma argentina. Nao preguei o Olho! Nao consigo lembrar a fisionomía dessas minhas companheiras de cela.

“Havíamos sido comunicadas que iríamos ser transportadas para o Estádio Nacional-prisao coletiva para chilenos e estrangeiros- onde as polícias militares do Chile trabalharam em conjunto com as de outros países da América Latina sob Ditadura Militar, inclusive do Brasil, nos interrogatorios e torturas”.

Interrogatorios y torturas. Esos viejos monstruos a los que deben enfrentarse quienes se atreven a desafiar los poderes de este mundo.

 

Foto por: Diego Val

En esa huida, Ieda Lima tuvo que dejar a Luisa, su pequeña hija, en casa. Ese acto marcaría sus pasos de ahí en adelante, al punto de que en la página setenta y cuatro del libro se recrimina:

“Carreguei por anos essa culpa de ter de deixar minha filha sozinha, até que tive condicao para fazer una terapia decente, já nos anos 90, em Brasília”.

Muchos años después, ya instalados en Alemania, esa misma niña, Luisa, les ayudará a curarse las heridas con sus emocionantes conciertos de violín.

No hay tregua para la memoria ni para el lector en las ciento sesenta páginas de este libro tierno y feroz a la vez: es la única manera de salir a la otra orilla sin convertirse en un monstruo igual o peor que los perseguidores.

Como bien lo sugiere su título, la vida siempre está un paso más delante de nosotros. Por eso, al pasado solo debemos volver en busca del conocimiento y la sabiduría necesarios para llegar al final del camino lo más purificados posible.

 

Foto por: Diego Val

Como esta mujer menuda y fuerte que regresó del infierno decidida a participar en la vida pública de su país una vez restaurados los derechos civiles.

Una vida pública que la tuvo hace poco de paso por Pereira, donde bailó músicas colombianas entre guaduales bañados por la luz de la luna y compartió su lección de vida con todo aquel que quiso escucharla.

Para muestra, este epílogo:

“Nem agora, nem em 1968, nem em momento algum, se pode negar ao joven o direito de sonhar, pois juventude e sonho sao inseparáveis, e precisa ser assim, para que continue havendo esperanca em um mundo melhor”.

El destino nos alcanza

0

Al poco tiempo los humanos demostramos cierta incapacidad de navegar en la inmensidad del todo que mueve la Internet.


 

A lo mejor conoces todas mis faltas,

Pero de mi locura nada conocerás…

Lord Byron

 

Soy hijo de un tiempo con monedas de cinco centavos. Olímpo Cárdenas cantaba en el Club San Fernando de Cali veinte canciones por cien pesos. Y desde esas ondas magnéticas de radio y radionovela he corrido días y días, horas y TV, hasta el computador. Salté y me pude meter en otro mundo nuevo, navego en ese invento de las interconexiones, la Internet y las redes que surgen sobre esas hipermediaciones.

Mi mundo real se ha mirado en el espejo de un mundo solo visible en las pantallas.  Pasé de teclear en máquina Remington a manejar un tacto distinto con cambios que facilitan el contacto con los seres y las cosas en el mundo enrevesado. No existen los abrazos, que vaina, por ahí una chica se me mostró desnuda y eso no pudo alegrarme porque me curé cuando veía el cine rojo en un teatro destartalado de Pereira cuyos telones olían a esperma.

Todo cambia y las personas cambiamos poco desde cuando los humanos inventaron a los dioses para conectarse consigo mismos, con los demás en la esencia del ser y con la trascendencia incomprensible de las dimensiones desconocidas del universo.

Esa incapacidad humana de gestionar hacia lo desconocido o lo más poderoso, generó el culto a los dioses, a los reyes de la antigüedad, a los caciques y los patrones, a las instituciones intermediadoras entre los humanos que manejan esos mismos espectros con disfraz de carnaval o vestido de cachacos. Ellos manejan su discurso y narrativa entre los humanos y lo poco comprensible y manejable, las reglas y las creencias que nos rigen.

 

Imagen extraída de: i.pinimg.com

 

Comprensibles con la ceguera de la fe y los códigos con los que los políticos y juristas enredan la sociedad. Donde existen incapacidades surge un cacique populista o crece un monopolio, engorda y declina el poder de un presbítero.

Es claro que deben existir intermediarios, la Internet es una hipermediación. Su ventaja es que lo hace entre personas y objetos, lo sobrenatural y mítico no le alcanza a Facebook porque es un intermediario. En principio sus impulsores pensaron que Internet debería ser gratuito y debería llegar a todos como un servicio público, por ahí llegarían los periódicos y la información de todos los emisores, y los humanos la acogerían con un aprendizaje proactivo y democrático.

Al poco tiempo los humanos demostramos cierta incapacidad de navegar en la inmensidad del todo que mueve la Internet: surgió el Facebook, Twitter y los demás monopolios mediadores que se volvieron poderosos. Netflix y Amazon probaron la manera de poner a través de la Internet lo que a la gente le gusta y está dispuesta a pagar por ello, ahí está el negocio, no socios, la ilusión metida en la pantalla.

Ahora los intermediarios colocarán en la Internet lo que la gente estaría en posibilidades de pagar, pero la trampa surgía en el monopolio de los bancos y las cuentas mediante tarjetas de crédito mal cifradas, o cuando no se tiene cuenta bancaria y la cosa se vuelve engorrosa.

 

Imagen extraída de: marketingenredesociales.com

 

Pero existe el bitcoin, esa nueva clase de dinero que se le coló a los economistas casposos porque la inventó un tal Satoshi Nakamoto, de quien sé muy poco, el man amaneció un día sin money en el bolsillo y se inventó su propia moneda con un sistema “peer-to-peer. Peer-to-peer (P2P)”, un valor virtual que pasa de un A al B, este le agrega su firma virtual y sigue; y mejor, esa vaina significa que no existe una autoridad central que rastreé las transacciones monetarias realizadas y que cualquiera puede manejar sin conocer detalles técnicos.

Si entiendes tan poco como yo, en la Wiki te lo explican. Es una contabilidad pública compartida que intercambia monederos virtuales encriptados desde donde solo puede pagar su propio dueño porque su propia criptografía es de seguridad.

Así como antes se ha pagado por un periódico que tiene credibilidad y cuando no la ha ganado se distribuía gratis. Ahora los mediadores en la Internet tendrán clientela en la red y habrá quien pague. Pero en ese maremágnum de corrientes de hipermediaciones, las llamadas redes sociales comienzan a plagarse de agua sucia, malos mensajes, agresiones y emisores de recados de mala calidad. Esa mancha comienza a regarse y a contaminar. El mundo real es un encadenamiento de trampas y el mundo virtual, inventado por personajes de un mundo real no tan virtuoso.

En el mundo de las hipermediaciones, las verdades, esas percepciones de la realidad que se comparten y se creen, también se voltearon al revés, como cuando el espejo nos muestra una imagen que parece idéntica a la real, pero está al contrario, lo que es derecho allí es izquierdo y nos lo creemos. En esas redes sociales de la Internet, las mentiras circulan como verdades que, al pasar de una lengua de tecleo a otro personaje, este se comporta como un viejo parroquiano de misa y olla que se lo cree todo.

 

Imagen extraída de: pishgamrayaneh.com

 

Los humanos somos de muchas inteligencias, capacidades e incapacidades, y los monopolios intermediarios también. Esos monstruos que migran hacia la inteligencia artificial nos llenarán la pantalla de propagandas, nos condicionarán con mensajes, señales y códigos imperceptibles, nos harán comprar aparatos, robots con inteligencias distintas. Las manejaran con la Internet de las cosas porque saben gestionar nuestras costumbres conductistas, el apego a las imágenes eróticas, los grupos de todas las calidades y las ofertas adictivas.

Uff, escribo toda esta pendejada y me pongo a pensar ¿Dónde estará mi propio quiebre? Algo debe cambiar en mi para poder acomodarme a todo eso. A lo mejor sin darme cuenta ya estoy como el bobo amigo mío, le preguntaron a los quince días de casado que si el matrimonio emboba y contestó: Ahhhhhh ba ba, ba, ba….

La crónica y los reportajes judiciales en Colombia

0
Interview with businesswoman on press conference

Presentamos un especial sobre crónica roja y judicial para que conozca un poco de este género periodístico


 

La Crónica Roja es, pese a su aparente concreción como género periodístico, un asunto polémico y ambivalente. El término, que en el mismo español tiene dos variantes -Crónica Roja y Sucesos- si bien alcanza en algunos idiomas nociones más o menos equivalentes (cronaca en italiano, chronicle en inglés, Tagesneuigkeiten en alemán) en otros como el ruso (proischetsvie) y el francés (faits divers) resulta difícilmente traducible sin recurrir a una dispendiosa perífrasis.

En Colombia, la aparición y desenvolvimiento del género han llegado a vincularse a un solo nombre.

Gabriel García Márquez, por ejemplo, llamó a Felipe González Toledo “el inventor de la crónica roja”. Este Felipe, nacido en Bogotá el 27 de julio de 1911 y fallecido en la misma ciudad el 31 de agosto de 1991, comenzó su actividad periodística a fines de los años treinta en el Diario Nacional y La Razón para vincularse después a El Liberal, donde le asignaron las noticias de policía.

Fue en El Espectador y la revista Sucesos donde desarrolló y culminó su característica visión periodística. De ahí su leyenda y su legado periodístico.

Haciendo un salto en la historia, además de este llamado “padre de la crónica roja”, emergieron (indudablemente) otros cronistas como Luis Carlos Adames,  Francisco Velásquez Gallego, José Joaquín Jiménez, Maryluz Vallejo, Germán Pinzón, Daniel Samper Pizano y los  cientos de hombres y mujeres que fueron emergiendo según cada época en Colombia y  que trabajaron para medios locales o nacionales.

Súmese a eso, que los periódicos impresos también cumplieron un papel importante en la publicación de las crónicas rojas o amarillas (como algunos gustan llamar a este tipo de noticias) y los reportajes judiciales.  Periódicos populares, algunos extintos, otros vigentes,  como El Espacio de Bogotá, El Caleño de Cali, y recientemente la franquicia de El Q`hubo en algunas ciudades del país , que son una muestra de ello, aunque digitalmente existan otros tantos más que han evolucionado, pero conservando la línea de contar con imágenes y reportajes un hecho emblemático, de sangre o de conflicto.

El tema es muy amplio para abordarlo en unos cuantos párrafos,  sin embargo, presentamos un especial sobre el tema para que conozca el género periodístico que muchos comunicadores sociales prefieren a la hora de contar una historia engarzada en el tiempo y en el espacio.

 

Bienvenidos


 

 




Las crónicas judiciales de don Upo

0

Francisco Velásquez escribió un libro titulado “Ya te maté, bien mío. Ahora, qué será mi vida sin ti”, presente en la Fiesta del Libro de Medellín, de la editorial Unaula, sobre la vida y obra de Alfonso Upegui Orozco (1909-1972), legendario cronista de “El Colombiano”.


Texto extraído de: El Espectador

Por:Fernando Araújo Vélez

 

Cinco minutos antes de que el vuelo de la vieja y extinta SAM aterrizara en el aeropuerto de Crespo, en Cartagena, un muchacho de 18 años se levantó de su asiento y se metió en la cabina del piloto. Llevaba en su mano derecha un tarro de Mexsana y en la izquierda, un artefacto explosivo. Dijo, exigió, que desviaran el avión hacia Cuba, “esto es un secuestro”.

Temblaba. Sudaba. Miraba hacia todos lados en busca de algún enemigo. Balbuceaba que el estudio en este país era muy caro, que él necesitaba estudiar, que por eso tenía que irse a Cuba. El comandante, Nelson Estrada, le informó que tenían que aterrizar para cargar combustible, que con el que tenían no les alcanzaba. El muchacho, Juan Gabriel Caro Montoya, protestó, pero al final entendió.

Cuando el avión aterrizó, las fuerzas del Ejército, la Policía, la Armada, el F-2 y demás agentes de seguridad rodearon la aeronave, todos armados, dispuestos a matar o morir.

Adentro, como lo escribió Alfonso Upegui Orozco, don Upo, en una de sus miles de crónicas judiciales publicadas en El Colombiano entre los años 40 y los 60,

“Los minutos que duró la operación fueron siglos para los pasajeros, especialmente para las religiosas, quienes bañadas en llanto entonaban plegarias para que el asunto saliera bien”.

Don Upo daba cuenta de las sucesos rojos de Medellín y Antioquia, en tiempos en los que los crímenes eran asuntos de cuchillos, de peleas a puño o, esporádicamente, de revólveres. Los asesinos eran hombres con códigos. Jamás mataban por la espalda. Nunca caían inocentes por sus acciones. Sus leyes eran las leyes de la honorabilidad, y en ocasiones, hasta se citaban en un terreno baldío para batirse a duelo.

Don Upo, quien comenzó a firmar con el Don por petición del gerente de El Colombiano luego de que pasaran 21 años de publicaciones, escribía todos los días una historia.

 

Imagen extraída de: elespectador.com

 

Sólo le pidieron rectificación en dos ocasiones. Una, porque después de una columna que escribió sobre un corruptor de menores, Majija, apareció un hombre con el mismo nombre. Su rectificación fue lapidaria: “Majija no es Majija”.

“La otra fue solicitada por un fiscal del cual dije: En una procelosa intervención de dos horas y media… y entonces el condenado éste argumentó: ‘No hablé dos horas y media, hablé dos horas y veintiocho minutos exactamente’, y por eso dizque merecía rectificación”.

Enviaba sus textos en papel periódico y le pagaban por columna publicada. Cuando no escribía, trabajaba en distintos asuntos judiciales, de donde lograba conseguir los expedientes para sus crónicas, arbitraba partidos de fútbol y buscaba testigos de sus historias o protagonistas, como la del avión de SAM, que terminó con el secuestrador, un pasajero y un mecánico envueltos en una pelea cuerpo a cuerpo.

“Pero ocurrió que un joven estudiante, Ricardo Dávila Armenta –escribió don Upo–, de diecinueve años, guiñándole el ojo al mecánico Carlos Adolfo Reyes Caceres, le propinó un rápido golpe en las manos a Caro Montoya, tumbándole los artefactos y empeñando con él una tremenda lucha para dominarlo, pero se abrió la portezuela del avión y cayeron a la pista los tres mencionados, como también el copiloto Emilio Cadavid, contra quienes agentes secretos abrieron fuego de ametralladora.

El secuestrador fue herido en un pómulo y corrió a ocultarse detrás del tren de aterrizaje, mientras el mecánico Reyes corría con las manos en alto, no obstante lo cual los secretos y la infantería de Marina siguieron disparando, hasta dejarlo muerto sobre la pista, pues uno de los proyectiles le destrozó la masa encefálica”.

La esposa de Reyes Cáceres demandó al Estado y solicitó una indemnización de dos millones y medio de pesos.

“Olvidábamos decir –concluye Upegui su escrito– que después de tan truculento espectáculo de la fecha dicha en el aeropuerto de Crespo, se estableció que los artefactos con los cuales pensaba Juan Gabriel Caro Montoya volar el HK-757 de SAM estaban completamente vacíos y que apenas si tenían amarrados en sus extremos trozos de ‘siete’ o mecha para dinamita”.

Crónica de una crónica nunca contada

0

Este es un viaje por algunos de los 13 mil expedientes judiciales que guarda con cuidado, desde 1985, el Archivo Histórico Judicial de Medellín.


Texto extraído de: De la  Urbe

Por: Julio César Orozco Ospina

 

En 1901, apenas despuntando el siglo XX, en esta Villa del Aburrá fue encanada Filomena Díaz por su actitud alcahueta frente a los comportamientos inmorales de sus dos hijas, quienes recibían hombres en su casa a cualquier hora del día. En pleno corazón de Guayaquil, once años después, Juan José Henao fue capturado y acusado de blasfemia en un caso que conmovió a la población y tuvo como ofendido a Dios.

Una tarde cualquiera de febrero, por allá en 1940, Ángel María Barrientos moría desangrado sobre el piso de ladrillo de una vieja cocina, de una finca de Valdivia: había recibido diecinueve machetazos. Tres años después, en Medellín, ahí en la iglesia de la Veracruz, Jesús Abad era obligado a casarse con Alicia Franco, una jovencita de dieciséis años a quien él, hombre mayor, había despojado de su virginidad, apenas un par de semanas antes, mediante engaños y falsa promesa de matrimonio.

Estas historias bien podrían estar enterradas en alguno de los trece mil expedientes judiciales que guarda con cuidado, desde 1985, el Archivo Histórico Judicial de Medellín, ubicado en la Universidad Nacional de Colombia en su sede de Medellín. Pero los historiadores, los investigadores y ahora los periodistas, nos atrevemos a hurgar en esos papeles frágiles y polvorientos para desentrañar, en duro combate, la historia nunca contada, la crónica judicial que los diarios apenas si reseñaron.

La evolución de un crimen que, sin duda, conmovió a un pequeño pueblo, a una alejada vereda, a esa Medellín parroquiana que, entrado el siglo pasado, apenas si intentaba abrirse a los cambios que nos traería el desarrollo de la industria y el comercio.

¿Qué significa esta tarea? Primero, como ya se ha dicho, enfrentarse al expediente judicial. La documentación, que va desde 1664 hasta 1964 y corresponde a los períodos Colonial, siglo XIX y parte del XX, está clasificada apenas por unas cuantas palabras relacionadas con el lugar de ocurrencia de los hechos o el tipo de delito.

Si nos atrevemos a indagar entre esos expedientes anteriores a los años treinta, entonces advertimos que no hay máquina de escribir, todo está manuscrito en una caligrafía que, bien por el paso del tiempo o por la escritura libre de quien levantó el expediente, requerirá de muchas lecturas, entrenar bien el ojo y, si es del caso, hacer un curso de grafología.

 

Foto extraída de: contraluzcucuta.co

 

De otro lado, un expediente judicial, y eso es así hasta nuestros días, es un amasijo de papeles poco uniforme que puede contener entre veinte y dos mil folios de declaraciones, testimonios, autos, descripciones, entrevistas, requerimientos o apelaciones, sin que la historia parezca llevarnos a ningún camino cierto.

Por eso, estas crónicas judiciales deben nutrirse con aquellos libros de historia que nos relatan los usos y costumbres del momento; con la historia y evolución misma de la criminología, que nos habla de lo normal y lo anormal, de lo que la sociedad premia y castiga; por tanto, de lo que es o no delito.

Pero, ante todo, toca ir siempre a esa fuente primaria que registró el hecho, los archivos de ese diario, folletín o revista que ya no son periódico de ayer, sino la crónica de hoy, que con todos sus detalles narró y puso a hablar a una sociedad entera de tal hecho escandaloso, de aquel acto reprochable, de este macabro crimen, de aquel aterrador malhechor.

De la crónica judicial se dice casi de todo. Se la señala de haberse convertido en género menor, que tuvo sus días de gloria en esa mitad del siglo XX cuando sus reporteros llegaban al lugar de la noticia antes que los operadores de justicia y ayudaban con la solución del crimen y la condena del culpable, con gran celeridad y diligencia.

Ahí están Felipe González Toledo, el “auténtico sabueso de la reportería policiaca”, cuyas crónicas sobre el mundo del crimen bogotano, compiladas en varios volúmenes, aún se leen como si fueran suceso de ayer; Octavio Vásquez y Jairo Zea Rendón, quienes desde Sucesos Sensacionales, en tierra antioqueña, pretendieron convertirse en los mejores aliados de la justicia y la moralidad pública; y el infaltable Alfonso Upegui, Don Upo, maestro de la sátira, la ironía y el arte de la titulación, capaz de convertir un expediente de mil páginas en su magistral cuartilla “De los estrados judiciales” en El Colombiano.

Hay que decir que la crónica judicial sigue siendo género mayor, y no solo por el hecho de que las grandes historias que están narrando hoy los medios alrededor del mundo sean, ante todo, las grandes crónicas del crimen transnacional, sino por mi convencimiento personal (permítanme hablar desde mi experiencia de maestro) de que quien es capaz de contar una crónica judicial bien contada, de principio a fin, ya está preparado para enfrentarse a cualquier historia.

Pues en ninguna parte, como en la crónica roja, palpitan con tan extraordinaria fuerza el pasado, el presente y el futuro, con sus hechos, detalles y protagonistas.

 

Historias olvidadas

 

Imagen extraída de: contrastes.com.co

 

Estas, las crónicas que nos dejan narrar los archivos judiciales, se reducen en buena medida a pleitos de vecinos, conocidos y amigos que, en una cantina de barrio o en apartado paraje veredal, resolvieron sus más cotidianas diferencias personales, religiosas o políticas con el filo de una navaja o una rudimentaria arma de fuego.

En otra esquina del delito, son protagonistas de primera línea, miren ustedes lo curioso, los amantes y los amados, aquellos que le perdieron una apuesta al amor o que, en su intento de ganarle, cometieron muchos delitos en su nombre.

Las ofendidas: ellas, puras, castas, virginales, doncellas, enamoradizas. Los culpables: ellos, machos, donjuanes, aventureros, enamoradizos, defensores del honor, sinvergüenzas. Los testigos: sirvientas, celadores, curas, costureras, tenderos, amigos: todos, culpables de alcahuetería.

Las pruebas del juicio: cartas, fotos, poemas, cancioneros, mechones de cabello, boletas, esquelas, pañuelos marcados con las iniciales del ofensor. Ahí están, en los expedientes, como prueba inmortal de un amor prohibido.

La sentencia: la Ley absuelve al hombre y la sociedad condena a la mujer.

De la crónica judicial se dirá, también, que les da voz a aquellos sujetos anónimos, a esos personajes que, solo con su pequeña tragedia o su terrible muerte, la prensa reconoce para regalarles un instante de honor y de fama.

Para quienes ni eso tuvieron, debemos intentar contar estas crónicas. Lo hemos hecho de la mano de un grupo de estudiantes de Periodismo Judicial. No ha sido tarea fácil, no solo por lo dicho hasta acá, sino por el propio reto que para nuestros nuevos periodistas implica enfrentarse a los intríngulis de un expediente judicial incompleto, denso y olvidado. Y porque siendo la nuestra una nación atravesada por el conflicto, a los reporteros aún nos cuesta mucho entendernos con la realidad del crimen.

De las historias rescatadas, se hizo una selección que recoge diferentes momentos históricos, lugares, circunstancias y modalidades de los delitos, muchos de los cuales dejaron de existir hace décadas en el Código Penal colombiano. A su vez, cada periodista ha intentado imprimir su estilo y su voz narrativa, permitiendo que, dada la licencia literaria que otorga el paso del tiempo, sean incluso los mismos muertos quienes cuenten su historia. Quienes no encontraron justicia en la Tierra, quizá en estas crónicas se sientan redimidos para la eternidad.

Cuando la sangre es noticia

0

¿cuándo nos comenzó a parecer tan normal un muerto? ¿Por qué esa insensibilidad?


Texto extraído de: El Universal

Por: Johana Corrales

 

Habemus muerto”, le escribió hace unas semanas, tipo 6 a.m., una reportera de Judiciales de este medio a su editor por WhatsApp. El mensaje iba acompañado, además, de varios emoticones que evidenciaban su felicidad.

Por esos mismos días, otra periodista de Sucesos hacía su acostumbrado recorrido en uno de los carros de este matutino y no encontraba nada para llenar sus páginas sensacionalistas. A lo que pensó en voz alta: “Ay, Diosito, mándanos un muertito. Uno solo, por favor”.

Situaciones como estas ocurren a diario en los medios de comunicación, en donde, por el afán de vender y producir, sus empleados se dejan absorber por la rutina e inconscientemente desnaturalizan un hecho tan fatal como es la muerte.

Según el docente e investigador Ricardo Chica Gelis, para analizar el género periodístico comúnmente conocido como judiciales, sucesos o crónica roja, hay que hablar del concepto explosión periodística, explicado por el español Lorenzo Gomis en su libro Teoría del periodismo.

“La explosión periodística o noticiosa no es más que un acontecimiento que constituye una sorpresa, un hecho insospechado e inesperado. La explosión noticiosa casi siempre está relacionada con la mala noticia, y la mala noticia casi siempre involucra una pérdida de vida o varias en circunstancias absolutamente impredecibles”.

Pero, ¿cuándo nos comenzó a parecer tan normal un muerto? ¿Por qué esa insensibilidad? ¿Es posible tratar como material de trabajo la tragedia de un semejante?

Chica Gelis explica que puede estar relacionado con que la noticia se produce en el marco de una organización, es decir, en las empresas periodísticas. Dichas organizaciones ponen a funcionar cinco niveles: el primero es el individual: el periodista está obligado a producir una noticia.

“Entonces entran otros elementos que inciden en la producción de una noticia: si es hombre o si es mujer; si es joven o una persona mayor; si el periodista salió de una universidad o es empírico; si está muy marcado por una religión o es agnóstico. Todos esos elementos marcan una impronta en la producción del hecho”.

El segundo nivel tiene que ver con las rutinas profesionales. Todos los periodistas tienen que cumplir unos ritos: un consejo de redacción, salir luego a la pesquisa. Para ello cuentan con unos recursos como un fotógrafo, un conductor, una camioneta. Este nivel hace que se profesionalice el oficio de la producción de las explosiones noticiosas.

El tercer nivel es la condición organizacional. El cuarto es el contexto, donde -dice el investigador- se está viviendo una guerra social, distinta al conflicto armado.

“La guerra social son las distintas manifestaciones de la violencia: violencia intrafamiliar, contra sí mismo, barrial, inseguridad urbana, violencia contra la mujer, los niños, la disputa por el espacio, porque sentimos que no cabemos; violencia por el estrés, por la falta de plata, por todo. Entonces ese contexto de guerra social es el material con el que trabaja ese periodista y de ahí es donde saca Lorenzo Gómis la explosión noticiosa”.

El quinto nivel es el ideológico y está relacionado con el sistema capitalista y la necesidad de vender cueste lo que cueste. Las imágenes sangrientas en primera plana es el gancho que motiva a la gente a consumir, que es lo que finalmente le interesa a los dueños de las empresas periodísticas.

 

Sin muerto, no hay emoción

Edwin Torres lleva 5 años como editor de El Teso. Pero antes estuvo 10 en la sección de Sucesos de El Universal y otros 9 trabajando en el periódico La Libertad, para un total de 24 años haciendo crónica roja.

-¿Cómo es un día sin muertos?-pregunto.

-Es un día tenso, angustiante y aburrido.

Si no hay muertos, el periódico que coordina no se vende igual. Necesita una buena foto para la portada y una historia que

“cumpla con todos los ingredientes básicos, como la de hoy (martes)”.

Y saca, con orgullo, el ejemplar que tiene en la portada la foto de un joven baleado por un policía. La piel blanca del muchacho contrasta, terriblemente, con su sangre. Eso, más el enorme titular que lo acompaña: “Desgracia”, sirven de gancho para captar más lectores.

No sólo visualmente es justo lo que necesitaba para abrir, sino la historia que se teje detrás del hecho: la sensación es que se logró un excelente cierre de edición.

“A este señor (el papá del muerto) se le quemó el jueves santo su local de toda la vida en el Mercado de Bazurto. El tipo perdió todo. Entonces ayer (lunes) vienen y le matan al hijo, quien, supuestamente, había salido a vender la moto para ayudarlo con la plata a recuperar parte del negocio. Me parece más noticia el drama del señor, que el mismo muerto. Aunque sí exploté la foto del cadáver”

explica.

Cree que la misma cotidianidad ha hecho que pocos acontecimientos lo sorprendan. Reconoce que con los años que se ha vuelto insensible. De todos los cubrimientos que ha realizado, el que más recuerda fue cuando trabajaba en Barranquilla, en el diario La Libertad. Le informaron sobre una masacre en el pueblo flotante de Nueva Venecia (Ciénaga Grande).

“Cuando llegamos, el único pedazo de tierra era la iglesia, que tenía una plaza enfrente. Bueno, en ese pedacito había 40 muertos tirados. Yo me quedé en la canoa y el fotógrafo tuvo que montarse sobre uno de los muertos para poder hacer la foto. Nada más el hecho de ver al reportero gráfico sobre un cadáver fue impactante”.

 

Hay que volver a la crónica de antaño

No es un secreto que el periodista se ve afectado por una serie de dilemas, pero al final sabe que no puede dejar de reportar, de decir la noticia. Entonces, ¿qué debe hacer?

Para Chica Gelis, el periodista debe seguir practicando los elementos mínimos del periodismo, como por ejemplo, confrontar las fuentes. Cree que se ha perdido la investigación, la expectativa y los elementos literarios propios de la crónica roja que apareció en los años 30 y 40 en Estados Unidos y en los grandes centros urbanos de América Latina.

“En la crónica roja de antaño te contextualizaban, te daban información, jugaban con la expectativa, no se quedaban solamente con la nota descarnada y la fotografía sangrienta, no. Había toda una vivencia y sensibilidad que tenía que ver con esa nueva faceta de la vida urbana, que era el crimen: la mafia, las sociedades secretas, el mundo de las prostitutas y el cabaret. Todo ese desapareció. Yo sí lamento mucho eso”.

 

El muerto vende

A la entrada de este diario está Víctor Pérez. Trabaja como auxiliar de contabilidad y cajero. Es quien recibe el dinero de los voceadores. Me explica que el día que más se vendió el Q’hubo fue cuando mataron a Jesús María Villalobos, mejor conocido como “El perro”.

No sólo por la foto sanguinaria que se pudo conseguir a través de un policía que la tomó, sino porque era un personaje que representaba una tradición popular y que varias generaciones conocían.

“No era cualquier muerto: era ‘El perro’. Esa foto no la tenía nadie, nada más nosotros. Me acuerdo que fueron 22 mil los ejemplares que tocó imprimir”

dice el cajero.

 

Más que morbo, miedo

Pero, ¿por qué producen tanto morbo este tipo de publicaciones? De acuerdo con Chica Gelis, la gente que lee crónica roja más que morbo, siente miedo de que le ocurra algo parecido.

Explica que el miedo viene siendo una fuente de imaginarios sociales; es decir, un recurso colectivo que sirve para cuidarse a sí mismo.

“¿Qué te da miedo? La noche, ciertos espacios por donde no te puedes meter, ciertos barrios, ciertos lugares, ciertas situaciones, por ejemplo, las aglomeraciones. El miedo se va constituyendo en un criterio para poder habitar la ciudad”.

Afirma que el miedo es lo contrario a la confianza, y eso acaba con un patrimonio que es crucial para la buena convivencia: la buena fe.

“Me parece gravísimo que las relaciones entre nosotros estén marcadas por el miedo. Por lo que leemos en las noticias, no podemos confiar ni en la Policía. Terrible”.

Sucesos sensacionales, periódico de crónica roja al servicio de la comunidad

0

La crónica roja se fue volviendo una sección habitual de los diarios


 Texto extraído de: Biblioteca Piloto

Este diario matutino que circuló entre las décadas del 50 y mediados de los 70 llamó la atención de los lectores debido a la descripción de los detalles y los datos que el mismo reportero podía recoger de los sucesos diarios acontecidos en la Medellín de aquellos tiempos. La crónica que emplea un lenguaje sencillo, directo, muy personal, fue escuela para versados escritores del siglo XX entre los que se cuentan Truman Capote y el mismo Gabriel García Márquez, en sus primeros años en el periodismo en Colombia.

 

Imagen extraída de: ibliotecapiloto.gov.co

 

Los lectores se sorprendían al leer situaciones delictivas, crímenes y sucesos que salpicaban e involucraban a diversos grupos sociales de la sociedad antioqueña. Algunas de las veces las indagaciones del periodismo eran paralelas a las realizadas por las mismas autoridades cuando no eran abiertamente contradictorias con la misma. El estilo involucro a la ciudadanía a participar activamente en las situaciones y desenlaces de los sucesos investigados por las autoridades.

Para recrear esos acontecimientos era valiosas las imágenes de los sucesos registradas por los reporteros gráficos, quienes alimentaban el furor por resolver el crimen registrando con crudeza los elementos más notorios de la escena del crimen o los detalles más característicos del criminal.

Sucesos Sensacionales se imprimió inicialmente en los talleres del periódico El Colombiano, luego en el vespertino El Diario, hasta llegar a imprimir sus ejemplares en su propia rotativa.

Su fundador; Jairo Zea Rendón quien puso fin a su vida un 24 de noviembre de 1958 propinándose un disparo en el Bar “Palace” tras un cuadro depresivo. Tras la muerte trágica asumió la dirección Saúl Castrillo, quien murió en similares circunstancias. El último de sus Directores fue el reconocido Octavio Vásquez Uribe, un destacado periodista y locutor.

La crónica roja se fue volviendo una sección habitual de los diarios, escrita con ambiciones literarias, que encontraban en los hechos de violencia la oportunidad de describir la ciudad oculta, la no oficial, la de dar posibilidad de descubrir espacios marginales de la ciudad como: bares, sectores marginados, mujeres y hombres anónimos que cobraron renombre entre las líneas y las cuartillas de los sucesos del día.

El tomate de árbol: un extranjero en su propia tierra

0

Así que el menospreciado “tomate extranjero” es tan propio y tan americano como su primo más conocido.


 

Las crónicas refieren que el tomate de árbol llamado también chilto, tamarillo, tomate andino, tomate francés, etc., es originario de Perú y, por vecindad, es muy probable que prosperase naturalmente en Bolivia, antiguamente conocida como Alto Perú. Años ha, una vez leí que era cultivo muy apreciado por los incas. Y los incas estuvieron en nuestro territorio un buen rato, así que al menos se habrán traído unas semillitas del arbolito, aparte de sus guerreros para contener las arremetidas de las belicosas tribus chiriguanas que nunca los recibieron con los brazos abiertos sino más bien con flechas envenenadas.

Sorprendentemente -por caprichos de la historia y vaya a saber uno qué otros motivos-, en Bolivia esta minusvalorada planta no tiene nombre propio y siempre he oído desde chico referirse al fruto como “tomate extranjero”, justamente para diferenciarlo del tomate vulgar. La creencia común de que vino de Europa sigue tan arraigada que resulta imposible revertir esa pequeña y graciosa ignorancia. Hechas las averiguaciones, sobre todo en pequeñas ferias y mercados populares, nadie pudo darme una idea clara y cercana acerca del origen. Todo es confusión para el humilde tomate de árbol.

Miren cómo es de injusto el panorama que, poseyendo un buen conocimiento del quechua, no conozco ningún vocablo exacto en esa lengua, incluso he extendido la interrogante a muchos parientes y amistades más quechuistas que yo y ninguno supo darme una respuesta razonable. Traducir simplemente como “sach’a tomate” suena forzado y no parece creíble. Por otro lado, ¿cómo puede ser “extranjero” un bello arbusto de unos dos a tres metros de altura que brotaba espontáneamente en mi patio y otros canchones del pueblo con suma facilidad? No puede ser casualidad que crezca, sin ningún cuidado ciertamente, en nuestros valles húmedos y de clima mayormente frío.

 

La variedad roja, la que alguna vez maduraba en mi patio. Foto extraída de: Facebook

 

Resulta increíble que no se cultive comercialmente en nuestro país, y las pocas veces que he visto la planta en algunas huertas era sólo con fines ornamentales, como si fuese una planta exótica o silvestre. Sin embargo, bien recuerdo que la medicina tradicional usa el fruto para el tratamiento de paperas, amigdalitis y otras inflamaciones. Otro conocimiento que quizás sea un legado ancestral andino. Así que el menospreciado “tomate extranjero” es tan propio y tan americano como su primo más conocido.

Y la ignorancia persiste, impidiéndonos que sepamos “sacarle todo el jugo” a este prodigioso fruto, lo que no ocurre en otros países sudamericanos como Ecuador y Perú donde han sabido explotar mucho más sus magníficas propiedades no solamente medicinales, sino también gastronómicas. Duele saber que en regiones aún más lejanas como Sudáfrica, Kenia, India y Nueva Zelanda han empezado a cultivarlo con éxito obteniendo el mayor provecho.

En casa y en las de los paisanos, le dábamos un único uso que consistía en asarlo ocasionalmente, en tiesto de barro, para elaborar llajua (salsa picante) y alguna vez lo habré degustado en forma de mermelada y francamente no recuerdo su sazón. Fuera de eso, veíamos que los frutos se caían de maduros estampándose contra el suelo y ni pensar en comerlos crudos como cualquier otra fruta de estación.

 

No es compota de fresa, aunque lo parezca. Un lujo de postre. Foto por: José Crespo Arteaga.

 

Tal vez porque el pueblo estaba rodeado de huertas de duraznos, ciruelos, manzanos y otros, nadie se fijaba en el ‘tomate extranjero’ (quizá porque asociamos el tomate con hortaliza siendo propiamente una fruta) y, para mayor desgracia, ciertamente su sabor no es tan dulzón y sabe más bien un tanto ácido.

Pero cocinado y servido como postre había sido otro cantar. No hace mucho me invitaron una pequeña ración de compota de un extraño tono guindo casi púrpura, por su sazón agridulce y color asocié inmediatamente a la ciruela y me cerebro se convenció de aquello. Había errado por completo en la apreciación y me dio inmensa vergüenza no poder identificar de qué estaba hecho el postre. Cuando la talentosa cocinera me reveló la materia prima de su innovador manjar quedé anonadado y le prometí que conseguiría más frutos aunque tuviera que trajinarme todos los mercados de Cochabamba.

Y efectivamente hace menos de una semana peiné de trecho a trecho, el mercado La Pampa, el más populoso y extenso de la ciudad adonde suelen llegar los más variopintos frutos y otros productos. Con una voluntad de hierro recorrí sus laberínticos pasillos en busca de la fruta prometida. Fue como una misión imposible, pues ninguna vendedora supo darme noticias del codiciado tomatillo.

 

Tampoco es de durazno…¡ah, la delicia total!. Foto por: José Crespo Arteaga

 

Resignado, concluí que tal vez no era época de cosecha. Volvía con la frente marchita, tal cual reza cierto tango inmortal, cuando por una repentina alineación de los astros u otro conjuro universal descubrí en una calle secundaria, ya bastante alejada del mercado en cuestión, una canasta donde los fabulosos frutos parecían dorarse al calor del sol. Era mediodía, ya me acuciaba el hambre las entrañas y me entró una inembargable emoción al ver por primera vez otra variedad, de puntas más afiladas y cáscara amarilla. Desde antaño, únicamente conocía dos variedades: la roja común y otra de color rojo oscuro con jaspes morados.

Ayer mismo probé la compota del tomatillo amarillo, y caramba que sabía totalmente distinto en textura y sabor, algo más agridulce pero sensacionalmente suculento con toques de canela. Y mayor placer me cabe enterarme de sus aportes nutricionales y de su gran contenido en varios minerales. Rico asimismo en fibra, vitaminas, pectinas y otras cualidades que lo hacen más valioso y recomendable que otras frutas. Ni hablar de sus propiedades antioxidantes. Que será esto último pero a mí nunca más se me oxidará el gusto para seguir consumiéndolo a la menor ocasión.

Siempre que los dioses no lo oculten más de mis ojos, desde luego.

 

Retratos de Cebras en La Cuadra

0
Foto por: Diego Val

¿y cuál es su foto?


 

La Cebra que Habla haciendo presencia en los eventos culturales de la ciudad. Así, en los talleres de arte de La Cuadra, tuvimos un espacio donde interactuamos con muchas personas, entre ellos artistas, comerciantes, estudiantes y ciudadanos de a pie. Ciudadanos, que llamamos de cariño “Cebras” y que dejaron su “Raya” en nuestro lente especial. Lo invitamos a que mire la galería que hemos preparado para usted. Ahí podrá apreciar los momentos que usamos para conversar, informarnos, tomar fotos con la sección “retrato  Cebra” y más, mucho más.

 

Bienvenidos