El pasado lunes, en horas de la madrugada, fue hallado el cuerpo sin vida de Harold López (o Rodrigo Argullol) en la esquina de la calle 29 con carrera 5ª, a una cuadra de la residencia del distinguido profesor Jaime Ochoa, amanuense de un tesoro: la memoria escrita de la ciudad. El Diario registró datos del occiso con tres rasgos básicos, señalados por una mujer ebria, cercana a la víctima, que rindió indagatoria en el Cai del cuadrante: “Reseñista, divulgador y crítico literario”.
El periódico Q’hubo agregó un escenario al hecho trágico: “El cuerpo, húmedo y blandengue a causa del rocío del amanecer, fue hallado en posición supina. Un cuerpo yerto, golpeado brutalmente en el hueso frontal, al parecer, con un libro voluminoso, de pasta dura. El objeto determinador, acaso dejado al descuido por uno o más homicidas, fue puesto bajo custodia por la policía, al igual que las dos cédulas que el individuo portaba en su mochila embera-katío”.
La noticia fue recibida con estupor por una elite pensante de la sociedad pereirana, en especial la que medra en el Centro Cultural del Lucy Tejada y la que habitualmente consulta libros locales en la biblioteca del Banco de la República, cuarto piso. Con estupor y temor, valga decir, luego de que el fiscal asignado para esclarecer este particular crimen –entre su amplio currículo se lee que es licenciado en Español y Literatura– afirmara el miércoles en Ecos 1360 que ya tenían indicios. Y fue enfático en decir: “Se trata de un crimen intelectual, erudito. Una variante gris, si se quiere, de El nombre de la rosa. El pesado libro con que cegaron la vida del señor crítico, corresponde a las obras completas de un autor de la región”.
¿Crimen intelectual?, interrogó Andrés Botero. El fiscal agregó: “En efecto, tenemos firmes sospechas de que se trata de un ajuste de cuentas entre escritores, dramaturgos, editores, gestores, cuenteros y poetas. Lo que Freud, bajo los efectos de opio, denominó el malestar en la cultura”.
La raíz de esta situación, según compartió el periodista Botero vía whatssap, debería buscarse en un puntilloso debate agenciado en medios virtuales, a propósito de la vieja querella planteada en su momento por el versificador Luis Carlos González en una carta dirigida al historiador Jaime Jaramillo Uribe: la existencia o no de la literatura pereirana. Y lo peor, lo más metafísico y actual: la existencia o no de la crítica literaria en esta ciudad insegura, sin puertas, “astilla sucia de infierno, tiene escuelas de mala fe, de mafiosos y rateros, que está corrompiendo sal y degollando recuerdos”, declamó por Meet, compungida, una tía del difunto crítico literario, bailarina, radicada en Santiago de Chile. Y añadió: “¿Qué se puede esperar de una ciudad que así se describe?”
Fuera de micrófonos, el joven fiscal –según Botero– se explayó en detalles en relación con las declaraciones in extenso,de la mujer que dio aviso a las autoridades, luego de haberse percatado de la existencia del cuerpo de su amigo, cuando esta se dirigía a su lugar de residencia en el sector de San Camilo. La mujer declaró, en medio de su efusividad baudeleriana y en tono rosacrucista, que el occiso, con quien horas antes discutió sobre la vigencia de la narrativa de Silvio Girón, había ingerido licor en colectivo –a puerta cerrada por asuntos de la pandemia– en un antro próximo al lugar del crimen, de nombre San Gregorio. Allí Rodrigo Argullol (o Harold López), había sostenido una severa reyerta con dos sujetos alternativos, proclives a la poesía performativa y alérgicos a la marihuana medicinal, que lo habían arrinconado y escupido, golpeado y vituperado (una suerte de pogo lírico), mientras ambos le cuestionaban el hecho de que él, en tanto crítico, en tanto autoridad medieval (magister dixit), había escrito en Las Artes que, en general, los escritores pereiranos eran unos cagatintas.
Este reportero tuvo acceso al expediente de la fiscalía y constató que los poetas agresivos perfomativos si bien continúan vinculados a los hechos que apagaron la vida del crítico literario, allegaron pruebas del Hospital San Jorge, donde habrían permanecido en observación desde las cero horas de la madrugada del lunes, luego de que los médicos concluyeran que los dos sujetos presentaban síntomas de intoxicación por ingesta de aguardiente adulterado. Así que el o los criminales andan sueltos.
Este reportero, inquieto por esclarecer uno de los pocos crímenes intelectuales que registra la ciudad comercial de los Merheg, recogió la opinión de voces autorizadas adscritas a la Red de Escritores:
Albeto Verón: “Bajo cierta premisa benjaminiana se cumple una profesía del Ángel de la historia: la tensión entre crítico y escritor, posterremoto del 99, deviene aura de una violencia simbólica”.
Luis Jairo Henao, amigo de la víctima: “Ojalá que el asesino, hijo del mal, se ahorque en mi trenza y al interior del bibliobus”.
Franklyn Molano: “Al crítico en mención nunca lo vi caminando por la ciudad, ala. Me interesa entrevistar a la chica ebria”.
Jaime Ochoa: “Yo no escuché nada. Mientras daban muerte al crítico Argullol López yo releía Rosas de Francia, una de las primeras novelas pereiranas publicadas en el centro de Paris. Era 1925”.
Alan González: “Se trata en realidad de un cadáver exquisito, cuasi anónimo, pequeño tornillo de una máquina triste. En medio de un desierto de tedio, un oasis de horror”.
Merardo Aristizábal: “Cuando la ciudad lo sobreviva, su postura crítica, encorvada, será estuco, polvo; ni siquiera alcanzará a ser un código de barras en un día sin IVA”.
Miguel Rubio: “¿No es oscuro acaso que un crítico literario porte dos identidades? Me recuerda al aviador Carlos Wieder o Alberto Ruiz-Tagle, el personaje contagiado de Bolaño”.
Desde las inmediaciones del Cerro Gobia, el escritor Jaiber Ladino envió a la sala de redacción una carta de la cual transcribo el tercer párrafo: “Sospechosos del aleve crimen hay muchos, en especial los críticos que escudan su identidad bajo los motes de Flor Violeta, El chinche,Tomás Ramsur, Aprendiz de lector y Seres Latea”. Acto seguido y como sucede en las novelas negras, el escritor Ladino lanzó estas preguntas enigmáticas: “¿Por qué nadie repara en el título y el autor de las obras completas que fueron utilizadas como arma contundente? ¿Hay algún escritor entre nosotros que ya tenga obras completas y en pasta dura? ¿Por qué el crimen aconteció en la zona barrial donde habita el profesor Ochoa? ¿Estará en la mira de los facinerosos y terroristas culturales su clásica biblioteca?”
Mañana espere: “Tía de crítico literario lanza una explosiva hipótesis sobre crimen”.
Izquierda, silueta reciente de crítico literario. Álbum familiar
A 20 años de la muerte del desarrollador del by pass, que huía de las computadoras y se resistió al celular René Favaloro, el médico que entregó su corazón “El desastre social de Latinoamérica está en todos lados. A mí me duele porque hay una clase que lo tiene todo y el resto ahí abajo, desprotegidos”, aseguraba en su prédica contra la desigualdad y la violencia.
Ocho millones de estadounidenses, como la familia que aparece en la foto, perdieron sus casas durante la Gran Crisis financiera, según el autor del libro. | GETTY IMAGES
Sílaba Editores comparte con nuestros lectores fragmentos del libro: Primer Manifiesto Nadaista de Gonzalo Arango. El manifiesto fue publicado originalmente en 1958 en Medellín y la primera edición del libro en septiembre de 2018, una edición conmemorativa de los 60 años del movimiento nadaísta.
I
Definición del Nadaismo
El Nadaismo, es un concepto muy limitado, es una revolución en la forma y en el contenido del orden espiritual imperante en Colombia. Para la juventud es un estado esquizofrénico-consciente contra los estados pasivos del espíritu y la cultura.
Ustedes me preguntarán por una definición más exacta. Yo no sabría decir lo que es, pues toda definición implica un límite. Su contenido es muy vasto, es un estado del espíritu revolucionario, y excede toda clase de previsiones y posibilidades.
Podrían decirme ustedes que es el Catolicismo?; ó, qué es el Marxismo?
_Que es la elección del alma sobre sus fines superiores.
_Y que es la política para fundar una sociedad universal sobre las bases de la felicidad humana y de idénticas oportunidades económicas y espirituales para todos.
Esas respuestas son parciales, incompletas, pues el Catolicismo y el Marxismo son eso, y todo lo demás: un quehacer histórico del hombre que vierte su existencia sobre fines ultraterrenos o terrestres, según recaiga su elección en la tierra o en el cielo : una lucha de valores por conquistar una preeminencia en el más acá, o en el más allá.
Nosotros no queremos trabajar sobre lo definitivo. El Nadaismo nace sin sistemas fijos y sin dogmas. Es una libertad abierta a las posibilidades de la cultura colombiana, con un mínimo de presupuestos de lucha que evolucionarán con el tiempo hacia una estimación valorativa del hombre, una forma de belleza nueva, y una aspiración sin idealismos románticos ni metafísicos hacia una sociedad evolucionada en el orden cultural y artístico.
V
Principio de Duda y de Verdad Nueva
Partimos de la base de que la sociedad colombiana está urgida de una impostergable transformación en todos sus órdenes espirituales.
Este concepto no es una premisa ni una afirmación a-priorística, sino un corolario derivado de la experiencia concreta que vivimos.
En estos tiempos en que las relaciones humanas son simuladas y acomodaticias a intereses jerárquicos y subalternos; en que la vida del hombre colombiano es una mentira que se repite para sí y con relación a los otros; en que la carta del ciudadano es un pacto de conformismos y vergonzosas resignaciones, Descartes sigue vivo en nosotros aportando sobre nuestro tiempo su luz magnífica.
Su gran principio de la Duda constituye la mejor conquista del espíritu moderno contra los despojos de la fe y de las consolaciones propuestas por los antiguos idealismos filosóficos y la religiones.
Formidable su imagen del mundo que no acepta como verdadero sino aquello que previamente se comprueba con la experiencia. Apelamos a este principio de la Duda cartesiana, pues todo conocimiento, toda verdad, o toda dirección del hombre sobre sus fines empieza con la duda.
En nuestro caso colombiano, una imagen, una representación verdadera de nuestra situación espiritual, sólo es posible si ponemos en duda y entre paréntesis esa imagen heredada que nos legaron las anteriores generaciones, y que nosotros, nueva generación, no nos hemos preocupado de preguntarnos si es legítima, o bastarda, indestructible o vulnerable…
Este año aplazado ha sido, en su inmovilidad aparente, más agotador que sus frenéticos congéneres anteriores.
Mi sensación es que hasta febrero de 2020 vivíamos una carrera sin tregua, todos con la lengua afuera yendo de un lado para otro, como una especie de hormiguero en pleno derrumbamiento. Y luego, un marasmo, pero no uno atolondrado, sino expectante, ansioso, lleno de inquietud. Así se vivieron los primeros días, tal vez meses, del confinamiento obligatorio.
Encerrados, algo inédito, mirando por la ventana unas calles sin tráfico, vacías de ruido y de polución, eso nos hizo soñar, y mitigar en algo el miedo a lo incierto del porvenir.
Surgieron tantas preguntas en esos días de obligado recogimiento: ¿Habrá escasez de alimentos y suministros?, ¿Se incrementará la violencia?, ¿Cambiará nuestro estilo de vida drásticamente?, ¿Desaparecerán reglones completos de la economía? ¿Volverán a ser las ciudades como las conocimos antes de la pandemia?
Todos esos cuestionamientos nos los hacíamos en el recogimiento provocado por la cuarentena, y hasta guardamos un espacio para el optimismo y para pensar que las cosas podrían ser distintas a la manera cómo hemos pensado que deberían ser, sin hacer mayor cosa para lograrlo.
Sería tal vez un compendio de sentimientos instigados por el miedo, de culpas que se agolparon en ese momento y buscaron redención. Aunque, como estas emociones no se concretaron en nada realmente útil, quiere decir que no se hizo nada, y no se hace ahora, para remediar ninguna de las situaciones que claramente se vislumbraron como irregulares en ese tiempo detenido de la cuarentena.
La realidad es que todo seguirá igual, o, peor.
Mientras eldistanciamiento social nos obliga a obrar con una disciplina personal que no conocemos, al tiempo que intentamos por todos los medios retomar el pasado como si nada, y que hacemos conejo a las normas e imposiciones, otros graves problemas aumentan. La anomia, por ejemplo, que se hace evidente en el desacato deliberado de las normas ciudadanas. O la corrupción. O la desinstitucionalización de toda nuestra sociedad. O las trampas a la democracia que derivan en marcados autoritarismos amparados en los decretos de emergencia. Y, uno de los aspectos más preocupantes de toda esta situación, la pérdida de la confidencialidad, la disolución de la intimidad.
Es decir, pongámonos de acuerdo en aceptar que ninguno de nuestros gloriosos sueños de cambio tiene pinta de suceder. No disminuirán ni las congestiones ni las emisiones de carbono. Todo lo contrario: aumentarán, amparadas en la necesidad de evitar el contacto social que se da en el uso de transportes masivos, por ejemplo. Igual, las industrias contaminantes seguirán emitiendo sus desechos y ahora aún más, puesto que el mandato de salvar la economía se impone.
La desigualdad va a aumentar drásticamente, lo están advirtiendo todos los organismos multilaterales como la ONU o la CEPAL. Y estas inequidades, ahora serán aún más odiosas, puesto que los que tienen con qué pasan el encierro en sus viviendas de lujo, mientras que, por lo menos en América Latina, la mayoría se encuentra confinada en escasos metros cuadrados, con la gravedad de que lo están como siempre sujetos a una carencia dramática de espacio público.
Y esto vale no solo para los estratos más bajos de la población. Es igual para todo aquel que hoy habite en la ciudad y no en los perímetros suburbanos.
De la corrupción ni hablar. Ya en el inicio de la cuarentena nos arrasaron las noticias de los alcaldes que, por todo el país, usaron los recursos de la emergencia para hacer sus tradicionales “torcidos”.
Los últimos meses nos han llevado ya a escenarios delirantes, lejanos de nuestras antiguas y reflexivas preguntas. Basta solo con recordar las multitudes apiñadas a las puertas de los grandes almacenes, intentando llevarse de primeros un televisor de muchas pulgadas, solo porque ese día el gobierno, en una medida que sólo puede calificarse de irreflexiva, intentó echarle la mano a los comercios de gran escala, que en general son propiedad de multinacionales, para que vendieran copiosamente productos importados.
Con ese ejercicio en lo económico poco o nada se logró; y en cuanto a su contribución a la expansión de la epidemia, no creo que exista trazabilidad posible, aunque podría considerarse evidente. Pero lo peor de ese episodio fue la triste revelación que recibimos acerca de nosotros mismos, de nuestra inmediatez, de nuestro grado sumo de ignorancia y alienación.
Y no podemos olvidar el extremo del delirio: el registro exhaustivo de los datos personales, la toma interminable de la temperatura corporal, la desinfección de los contornos del mundo. Al mismo tiempo la población intenta escapar, se pone mal el tapabocas o no lo usa, y se arroja a las compras y a la calle a rescatar algún reducto de estabilidad sicológica en el consumo y el esparcimiento social, actividades que por demás son superfluas en este momento desde la perspectiva de cualquier mente sensata.
Pero la sensatez, como las vacunas y los tratamientos para contrarrestar la Covid 19, aún no nos llega.
En todo caso, mucho de lo que temimos aún no se ha presentado. Hasta ahora no parece haber escasez de alimentos; por el contrario, si a algún reglón de la economía le ha ido bien en este periodo es a los supermercados y, en general, a quienes venden comida y suministros para el hogar. Tampoco se ha incrementado la violencia, aunque esperamos lo peor cuando empezaron a circular esos videos de desplazados venezolanos y otros grupos sociales amotinados frente a la Alcaldía de Pereira, que exigían atención al grito de “comida, comida”.
Tal vez el miedo funcionó en alguna medida, y la compra y repartición de mercados que se dio masivamente en los primeros días de esta emergencia, palió en algo la situación de los miles de trabajadores informales que se quedaron sin el poco sustento diario que antes se rebuscaban en las calles de la ciudad.
A lo mejor no todo ha sido malo y nos quedarán algunas lecciones, aunque por ahora no se vean claramente. Lo que sí es cierto, es que lejos de cambiar, nuestro insostenible y exaltado estilo de vida continúa inmutable y en ascenso, ahora con la novedad de que mucho de ello sucede en la virtualidad.
Irremediablemente sujetos a la pantalla del ordenador, mientras nos disolvemos como individuos en el hiper registro de nuestros datos, y en la trazabilidad total de nuestra cada vez más virtual vida cotidiana, perdemos la lucidez intentando hacer como si nada de esto hubiera sucedido, lo que retrasará, quién sabe hasta cuándo, la necesaria toma de conciencia colectiva de esta nueva realidad que nos ha llegado.
El equipo de producción de La cebra que habla felicita al periodista amigo Abelardo Gómez Molina y al porta web La cola de Rata, por haber sido seleccionado como ganador del premio de Periodismo Semana, el país contado desde las regiones, edición 2020.
El reconocimiento se hizo en la categoría de Mejor reportaje escrito, por el trabajo titulado: Kontacto: La app que capta votos en la Alcaldía de Pereira. Hacemos extensivas las felicitaciones a todo el equipo de investigación de La cola de rata. Profesionales y medios como este, contribuyen con su tarea a la construcción de ciudadanía.
Albeiro Mejía vio como salían del lote Juan de Dios Morales, Fabio Acevedo, Miguel Samacá, Jorge González y Rafael Antonio Niño, maldadosos y pelando los colmillos con cara de ir dispuestos a todo. Vio al indestructible campeón mundial de persecución Martín Emilio “Cochise” Rodríguez descuidado atrás, mamando gallo en la guachafita que siempre montaba con el pelotón. Vio antes a su compañero y líder Pablito Hernández cuando se destortillaba en la bajada del Alto de Minas, quedándose rezagado del pelotón con la bicicleta averiada, y vio al entrenador Rubén Darío Gómez tratando de remediar la catástrofe. Vio al locutor Alberto Piedrahita Pacheco, alias “El Padrino”, que desde la ventanilla de su transmóvil registraba uno por uno a los escapados; vio también al comentarista Julio Arrastía, alias “El Viejo Macanudo”, haciendo lo mismo.
Albeiro no escuchó lo que ambos locutores decían en la transmisión a media Colombia pegada de las radiolas. Decían que esa fuga, con Rafael Antonio Niño metido ahí, era una maniobra peligrosa. Porque Niño, quien había ganado esa misma carrera un año antes, no era ningún aparecido. Y porque ya le había quitado una Vuelta a Colombia a los veteranos, atacando en solitario y sin ayuda de nadie, mordiéndose a diente pelado con viejas glorias como el Ñato Suárez o la Brujita Montoya.
Y aunque fuera la primera fracción de aquel Clásico RCN de 1972, la etapa entre Medellín y Riosucio, y aunque faltaba todavía afrontar más de quinientos kilómetros en los días posteriores con tres espantosos premios de montaña atravesados, Albeiro Mejía supo que ahí, frente a los ojos del campeón del mundo “Cochise” Rodríguez y otros setenta corredores impávidos, se estaban marchando sin problema los hombres importantes de la carrera, los que venían a ganarla desde el primer día.
Entonces no lo pensó mucho y se fue con ellos.
Alto de Boquerón
El domingo por la tarde ha terminado la faena y los mensajeros de la farmacia 91-92 parten de paseo hacia el Alto de Boquerón.
–Vámonos hasta Santa Rosa– propone alguno.
–A ver cuál llega primero–, reta otro.
–¡Duro muchachos! –Responde el chico de la Monark Novato, que se ubica a la cabeza pasando la Curva Gris y finalmente arranca sin compañía–. ¡Más rápido, flojos, más rápido!
–Usted sube, Albeiro –le dicen todos–. Usted va a servir para ciclista
Segunda etapa: cronómetros y fotos
A Juan de Dios Morales –50 kilos disueltos en metro y medio de estatura– le decían “Escobita”: aunque de pequeño barría al que se le atravesara en la línea de meta. Juan de Dios era obrero de la Empresa Distrital de Aseo de Bogotá; el sobrenombre le quedaba a la medida. Con Rafael Antonio Niño se alió para dar un golpe a sus rivales en el Clásico RCN. Armaron aquella fuga arrastrando otros corredores y jalaron todo el día en la primera etapa.
Subiendo a Riosucio “Escobita” Morales apretó fuerte, soltó a Albeiro Mejía primero, continuó apretando y regó a Niño y a Jorge González. Ya en el remate mandó otro escobazo que despegó a Fabio Acevedo, llevándose la victoria de etapa y el primer liderato de la carrera. Atrás “Cochise” Rodríguez perseguía remolcando a cuestas al pelotón completo; nunca pudo cazarlos y acabó cediendo más de dos minutos. Pablito Hernández, a quién el destino parecía acosar tras cada curva, quedó sepultado para la clasificación general después de su aparatosa caída en el descenso de Minas.
La situación de carrera se tornó inusual, varios favoritos perdían ventaja o resultaban eliminados desde el principio, mientras novatos y segundones asaltaban las primeras posiciones. Albeiro Mejía quedó entre estos. Sentía que andaba bien y ya no tenía que sacrificarse por su compañero Pablito Hernández, eliminado desde el principio. La segunda etapa era una contrareloj de treinta kilómetros entre Cartago y Pereira en la que “Cochise” Rodríguez aspiraba a reventar los cronómetros. Mejía sabía que “Cochise” era imbatible contra el minutero, calculó que llegando en un tiempo similar al del antioqueño podría trepar posiciones en la clasificación general. No era Eddy Merckx, pero andaba corriendo como nunca, así que partió de Cartago pensando en dejar el pellejo sobre el sillín.
Él había nacido cerca, en una finca entre Toro y Ansermanuevo. Cuando su padre fue asesinado durante la violencia bipartidista, la familia salió huyendo desplazada. Albeiro usaba pantalones cortos cuando llegó a Pereira corriéndole a la pobreza, a las deudas, a los camajanes y malevos que rondaban la calle 6 entre séptima y octava, donde quedaba la casona vieja de sus tíos. Como era el hijo mayor buscó trabajo en panaderías, almacenes, droguerías.
Pudo emplearse en la farmacia 91-92 por sesenta pesos mensuales, después en la ferretería de los hermanos Orejarena. La mitad de la plata era para su mamá, con el resto compró una bicicleta Monark Novato, a la que solía desinflar una llanta para que su patrón le diera lo del arreglo. La parchada, en cambio, se la metía al estómago. Era un guión idéntico al de todos esos muchachos pobres de la época, que primero fueron mensajeros y luego ciclistas.
Por eso, aquel viernes 10 de marzo de 1972, Albeiro Mejía pedaleó la segunda etapa del Clásico RCN como en esos días en que todavía era el niño de los mandados. Iracundo, hambriento, sin medir esfuerzos con tal de ganarse los 5 pesos de propina que la farmacia entregaba al que llevara el mayor número de recados semanales. Durante la contrareloj, el fotógrafo Tista Zuluaga se metió con una moto Lambretta en frente para sacarle fotos.
–¡Tista, eso está prohibido! –le advirtió a gritos–. ¡Sálgase de ahí que me van a sancionar!
Los jueces consideraron que la intromisión de la moto cortaba el viento, dando ventaja al corredor. Por esa falta grave le impusieron un minuto de sanción. Saboreando ese minuto que se le atragantaba, Albeiro Mejía hizo el quinto mejor registro de la etapa que había ganado “Cochise” Rodríguez. “Un minuto perdido es mucho tiempo en una carrera de estas” confesó a sus compañeros. “Bueno, mañana será otro día” se dijo a sí mismo.
Doble a La Isla
En el taller “El Rutero” da lo mismo si son pelagatos o ciclistas de verdad los que compran cachivaches. Cuando se trata de arreglar frenos, conseguir repuestos Campagnolo o reparar marcos, ninguno como don Olmedo Rodas. Ahí está recostado contra el mostrador Alfonso Galvis, del equipo local, escudero del aclamado “Tigrillo de Pereira”.
–Bueno ¿y usted que es lo que va a correr? –le dice Alfonsito a un muchacho aficionado que ya no se le despega–. Corra la doble a La Isla, es este domingo.
–Si viera, esa bicicleta mía es más pesada que una romana –responde Albeiro–, es de turismo, sin cambios, tiene guardabarros, tiene parrilla.
–No le hace, vaya y corra.
El muchachito asiste a la carrera y queda quinto. Después es segundo en la doble Cartago-Viterbo. Semanas más tarde vence a todos en el circuito de Alcalá a pesar de una caída, luego gana en las fiestas de Armenia doblando al pelotón. Compite de Remolinos a Pereira, donde le quita el triunfo al veterano Pablo Hernández…
–Albeiro, mírelos que se están quedando –oye desde el automóvil– ¡Arránqueles! ¡Arránqueles! ¡Arránqueles!
Tercera etapa: la montaña cruel
El naufragio en la tercera etapa del Clásico RCN era poco más que previsible. Ir desde Pereira hasta Ibagué supone un estrellón de frente contra casi doscientos kilómetros, y en la mitad exacta del recorrido escalar por la vertiente más cruel el Alto de la Línea, un cruce de la cordillera central que se empina en las goteras de Calarcá y tiene la potestad de consagrar o enterrar para siempre la gloria de los ciclistas colombianos.
El pelotón acabó desintegrado con las primeras rampas, cada quién luchaba por sobrevivir a la hecatombe brutal del ritmo impuesto. Subían usando plato de 45 dientes con piñón de 21, una relación de cambios que hacia arriba es tan difícil de mover cómo un motor atascado.
En el caserío de Coello, antes del ascenso corto que desemboca en Ibagué, al reducido lote de punteros sólo le sobrevivían los mejores hombres de la competencia. Adelante corrían fugados peleándose la etapa Álvaro Pachón y Gonzalo Marín, quien finalmente cruzó la raya primero. Un poco atrás perseguía otro grupo con “Escobita” Morales, Oscar y Jorge González, Rafael Antonio Niño y Albeiro Mejía, que había soportado la paliza. En el último repecho del recorrido, Morales mandó su temido escobazo, de nuevo aventajó a Niño, a los González y a Mejía. “Escobita” quería sentenciar que era él y nadie más el hombre a vencer sobre el asfalto.
Albeiro tendría que haberse resignado aquella tarde, aceptar que la victoria no se le ofrecía, era quinto en la general a muchos minutos del líder mientras Jorge González, Rafael Antonio Niño y Oscar González respiraban a un soplo de la primera posición. Ellos iban respaldados por mejores equipos; durante la última jornada a cualquiera le bastaría sacar una pequeña diferencia de tiempo con “Escobita” sobre la línea final para arrebatarle el título.
Sólo restaba consolarse con un tercer o cuarto puesto, a ver si alguno de los otros se rezagaba, o incluso concebir la posibilidad de que el rezagado fuera él mismo, sin llevarse al menos una fracción, un premio de montaña, nada, apenas el mérito de ser ese corredor segundón que anduvo ahí en las escapadas acompañando a los más fuertes sin subir jamás al podio.
Albeiro tendría que haber lanzado maldiciones contra su mala fortuna, esa que le hizo zancadilla con una caída en su primera Vuelta a Colombia, la del 66, dejándole el maxilar derecho fracturado y un diente roto. Una suerte de apestado que en la segunda Vuelta que corrió, la del 67, hizo que se le reventara un radio a la rueda perdiendo 27 minutos durante la segunda etapa.
Tendría que haberse quedado en la carnicería de su tío descuerando pezuñas y espinazos, para merecer de verdad ese apodo que le habían puesto los ciclistas de Pereira. “El Carnicero”, pero no por feroz, ni por imbatible o arrollador, el carnicero simplemente por trabajar rajando perniles y empacando hígados de cerdo.
Tendría que haber dejado la pendejada con cadenillas y frenos y bielas, ese oficio que lo mantenía más hambriento que ratón de iglesia, ese oficio que lo obligó a empeñar un reloj Cornavin por 40 pesos para viajar a la Vuelta a México donde el equipo colombiano arrasó con todo, batallando nada menos que contra Joop Zoetemelk –luego ganador del Tour de Francia–, contra el campeón mundial de ruta Marino Basso, y además, contra esos mexicanos corajudos y peleadores encabezados por “El León” Sabas Cervantes. Álvaro Pachón ganó la clasificación general y “Cochise” fue subcampeón, se llevaron la montaña, las metas volantes, la clasificación por equipos, las etapas, todo. Pero él, Albeiro Mejía, fue solamente un “peón de brega”, que era como llamaban en Colombia a los gregarios, uno de esos corredores excelentes que pudiendo vencer acababan sacrificados en las competencias para que otros celebraran.
Tendría que haberse dedicado más pronto al supermercado que fundó junto al río Otún, y a los negocios con fincas y bailaderos donde sí consiguió bastante plata, cuando ya no rodaba en bicicleta ni a estrujones.
Tendría que aceptar, en últimas, que era bueno pero no tanto, que en sus diez Vueltas a Colombia sólo hizo segundos, cuartos, quintos puestos sobre la meta. Y aquel tercer lugar en la clasificación final de la Vuelta a Sao Paulo, la misma que ganó el legendario ciclista portugués Joaquim Agosthino, claro, pero nunca una victoria que fuera suya, toda suya, absolutamente suya.
¿Por qué iba a soñar con el Clásico RCN de 1972? ¿Por qué iba a pertenecerle a él la segunda competencia de ciclismo más importante del país?
Porque, como dice esa tautología que pronuncian con frecuencia los ciclistas, las carreras no acaban hasta que se terminan. Y eso lo sabía bastante bien Rubén Darío Gómez, el “Tigrillo” de Pereira, que venía de entrenador con Mejía. Esa tarde, la víspera del 12 de marzo de 1972, no hubo resignación.
–Rubén, yo estoy para ganarme esta carrera –le dijo Albeiro al Tigrillo.
Hombre, puede que no fuera Eddy Merckx, pero estaba andando. ¡Ave María si estaba andando!
Última etapa: incendios, intrigas, traiciones
La última etapa del Clásico comenzaba en La Picaleña, era durísima, muy larga. Yo iba de quinto en la general, perdía más de tres minutos de ventaja con Escoba. Salimos de Ibagué, por esas planadas después de Chicoral hubo una voladora, se fueron como unos diez con Jorge y Oscar González, pero antes se había volado Pachón con Luis H. Díaz, esos ya iban adelante, casi a cuatro minutos del grupo principal. Arrancó la voladora y en esa se fue Pablo, yo quedé en el lote pegado de Escoba y de Niño. Cuando salió Chitiva me fui. Chitiva es el papá de uno que fue futbolista. Le dábamos pedal y me sentía que andaba muy bien, como un balazo. Pues tampoco es que estuviera hecho un Merckx, tampoco, pero andaba tan bien que alcancé la fuga donde iba Pablo. Entonces me metí, pasaba y medio le daba en los relevos. Llegando a Melgar se había quemado una tractomula, no había por donde pasar. Pararon a Pachón que iba adelante con Luis H., cronometraron, nos pararon a nosotros en la voladora, cronometraron, después llegó el grupo grande con Escoba y con Niño, cronometraron, y quedaron de volvernos a largar cuando despejaran la vía, respetando las diferencias de tiempo que traíamos. Entonces ya Rubén me dijo:
Yo tenía mucha confianza con él, y con Pablo que era un gran corredor. Cuando nosotros corríamos en bicicleta nos considerábamos que éramos inteligentes pa’ correr, que éramos vivos, porque el deporte no es sólo darle a eso pedal. Rubén se fue a traernos dos tarritos de salchichas enlatadas con pan y gaseosa. Me tomé todo eso en el carro, quietecito, concentrado en la carrera, me quité las zapatillas pensando que ojalá pudiera dormir un rato. En esas se acerca Picalúa, que era el entrenador de Postobón, tocando la ventanilla:
–Oiga Albeiro, ¿nos va a ayudar a nosotros para que gané Oscar González el Clásico? Si nos ayuda lo patrocinamos el otro año.
–Bueno –le respondí– yo les ayudo.
Después llegó el entrenador de Jorge González con lo mismo, pues le dije “listo, yo le colaboro a Jorge”. Apenas se fue, volteó Rubén enverracado:
–¿Vos es que te crees Supermán o qué? ¿Cómo así que ayudarle a todos?
–Les voy a ayudar, pero pa’ ganármelo yo –le dije–. Espere y verá, Rubén.
–Eso, usted sabe también cómo es.
Nos soltaron. Salimos de ahí, todo mundo pasaba a los relevos, yo también pero le daba suave, suave, y brincó el Mono Garzón haciéndome el reclamo: “Albeiro, pero hay que darle”, y yo “sí, es que falta la subida, ahí le doy, fresco”. Me le fui a Pablito por un lado “de vez en cuando usted pase ahí al frente, ponga un pasito no muy fuerte, esperemos a llegar a Silvania que es donde se pone duro”. En el primer repecho le dije a Oscar González sin que me oyeran los demás:
–Oscar ¿usted va a ganar? Pues tiene que atacar.
¡Ese que se traga ese cobazo y salió!, ahí si le grité a Abelardo Ríos y a Jorge González:
–¿Lo van a dejar ir? ¿Cómo quieren que les ayude a ganar el Clásico si dejan ir a Oscar?
Yo arréelos, y arréelos, y arréelos, y ellos persiguiendo toda la subida, hasta que ya casi agarraban a Oscar. Me le arrimé a Pablo, le dije “a rueda mía, Pablo, siempre a rueda mía”. No más cazamos al grupito de Oscar, ¡pum!, nos fuimos los dos. Atrás quedaron chapaleando en un bullicio, nos gritaban mil cosas. Faltaban doce kilómetros para coronar el Alto de Rosas, y más de cuarenta para llegar al Estadio el Campín, en Bogotá, pero yo subía como un avión, a veces me tocaba esperar a Pablito.
Escoba y Niño venían muy quedados, en un grupo como a ocho minutos de nosotros, y Rubén estaba que se tiraba de esa moto. A Pachón y a Luis H. los cogimos sobre el premio de montaña. Yo tomé la caramañola, comí lo que tenía y le dije a Luis H. “¿Me va a ayudar o qué?”, él dijo “listo”. Montamos plato 53 y piñón 14, que era lo máximo que teníamos en la relación de cambios, en esa nos fuimos Pablo, Luis H, y yo, hasta el Campín dándole. Pachón no movía un dedo, porque él era del equipo de Escoba.
–Duro, Pablo, hágale duro que nos ganamos esto.
En un repecho de la calle 56 se nos quedó de rueda Luis H. En la curva para entrar al Campín largamos a Pablo. Cogí con Pachón la pista atlética del estadio, él me ganó la etapa en el embalaje sobre la raya, pero yo iba concentrado en la clasificación general. Rafael Antonio Niño se comió seis minutos ese día. A Escoba, que es muy amigo mío, lo hice llorar porque se comió como ocho minutos y le gané el Clásico.
Epílogo
Mientras suenan las cinco, la ferretería de los hermanos Orejarena sucumbe bajo el ajetreo. El niño que hace los mandados no vino a trabajar.
–Don Abel –avisa un empleado–, ahí apareció por fin el mensajero.
–¡Albeiro! –le grita Abel Orejarena–. ¿Usted dónde carajos estaba metido que se perdió toda la tarde?
–Fui a ver pasar los ciclistas, señor.
–¿Ah, sí? venga Gustavo –el patrón llama al contador–, dele la liquidación a Albeiro para que termine de ver la Vuelta a Colombia.
–Don Abel, discúlpeme…
–Por acá no vuelva, mijo.
Afuera la tarde se abalanza sobre los andenes tratando de ganar una carrera que ya lleva perdida.
Complementamos esta crónica de Camilo Alzate con algunas imágenes del libro La bicicleta, mi cámara y yo de Horacio Gil Ochoa, recopliadas en larutadelescarabajo
El auxilio mecánico de lavadoras Hoover…y el tigrillo de Pereira….
Pereira 1967
Vuelta a Colombia 1966…llanuras Tolimenses….qué mejor que “un baldado de agua fría”….
El transmóvil de TODELAR…la voz del pueblo Colombiano….
vuelta a Colombia tratando de salir de Pereira a Cali
Esta semana la agenda de La cebra que raya está acompañada de arquitectura, homenajes y música. Una buena dosis de actividades que sirven como ejemplo para hablar del arte como expresión humana sin fronteras más allá de lo técnico. Una posibilidad para hablar de cultura como expresión del ser humano y del arte como forma para manifestar esas emociones. Y en esa unión de las artes, el dibujo será el anfitrión.
En la sesión 42 la invitada es Isabel Ramírez Ocampo, cantautora y dibujadora colombiana, conocida como “la muchacha”.
La muchacha ilustra sin pensar en conceptos trascendentales, sólo corresponde a su cotidianidad y a sus impulsos de dibujar por las tardes, por gusto. Tiene una afinidad por la línea negra que demarca los colores vivos de figuras planas, es algo que ha hecho desde que tiene memoria.
El cartelismo es una de sus directrices para trabajos actuales, además de dibujar, tiene un trabajo como cantautora en el cual lleva tres años moviéndose fuertemente. Ha publicado dos discos que ha repartido de manera nómada, con mochila y guitarra al hombro por varias partes de Colombia.
Inauguración temporada 2-2020 y re inauguración de temporada 1-2020, Museo de Arte de Pereira | 31 de julio, 6 pm | Evento virtual y presencial*
El Museo de Arte de Pereira inicia la segunda temporada de exposiciones con la exhibición BIG FLACO del artista pereirano Carlos Enrique “el flaco” Hoyos. Además de la reinauguración de la primera temporada del año.
BIG FLACO es un homenaje dentro de un homenaje porque desde el 2011 no se exhibía completa la Colección Valeriano, una colección con diferentes series de pinturas que Carlos Enrique Hoyos Baena donó al Museo de Arte de Pereira en homenaje póstumo a su hijo Valeriano Hoyos Fadul.
Al mismo tiempo, la exposición es una conmemoración a la memoria del flaco Hoyos que se gesta con un doble propósito, la intención de sacar a la luz sus obras nuevamente para aportar de forma significativa a la realización del documental sobre su vida y obra que lleva el mismo nombre de la exhibición: BIG FLACO. Un proyecto audiovisual de Epa Cinema, iniciativa de la artista visual Ana María Llano (de quien ya hemos hablado en La cebra), con el apoyo de la productora audiovisual Nathaly Hurtado “la rola”, ambas de origen pereirano, ganadoras de la Beca Cultura en Casa en creación audiovisual de la Secretaría de Cultura de Pereira en 2020.
*La inauguración será virtual y presencial. Virtualmente a través del Facebook Live del Museo de Arte de Pereira y de manera presencial en el museo con un ingreso controlado de 5 personas por sala.
La entrada será libre tanto el día de la inauguración como los días que estará la exposición en exhibición. Si no pueden ir el 31 de julio, agéndense para visitar la exposición antes del 23 de agosto.
Urban Sketchers Pereira | Reto de dibujo, enviar trabajos antes del 1 de agosto a las 9:00 pm
Y para los sábados de bocetos, el reto de la semana es dibujar un templo de cualquier parte del mundo. Un llamado a visitar la arquitectura religiosa, aquella que se encarga de la construcción de templos que se convierten en sagrados para la congregación de feligreses. Un paseo por lo gótico, el neoclásico, el barroco y otros estilos que han dado forma a bellas estructuras utilizadas para la actividad de la fe.
Exposición de dibujos de Fredy Galvis | 23 de julio al 3 de agosto | Jardín de artistas, Facultad de Bellas Artes y Humanidades de la UTP
Esta exposición tuvo la curaduría a cargo de Óscar Salamanca, de quien reproducimos el siguiente texto publicado originalmente en el blog jardindeartista.blogspot.com
¡Dibujar siempre! ya que la práctica del dibujo sigue consistiendo en acercarse al mundo, si consideramos por mundo todo aquello que nos es familiar.
El dibujo crea lo familiar, nos familiariza con las cosas que desconocemos, nos permite comprender la materia y ¿por qué no? la esencia de las cosas, así la técnica contemporánea nos presente siempre estrategias nuevas de virtualización, donde no se dibuja lo que se ve, sino lo que se cree que se ve, por tanto, pensar el ver acerca lo extraño a lo conocido.
El dibujo no pertenece a ninguna moda ni a ningún tiempo. Cuando lo creemos muy asumido por el rigor simbólico simplemente desaparece en un contenedor opaco, inescrutable donde suele permanecer esperando a tiempos de significancia diferentes. Nadie lo invoca y surge renovado con la fuerza emancipadora de saberse más allá del impulso humano. Ya no es una herramienta para visualizar el mundo, ahora deviene idea porque se niega el continuo irradiante de la línea.
Entiendo la línea como una especie de irradiación del órgano ocular que hace observable lo observado. Con las líneas de proyección visual, el dibujo opera desde dos perspectivas, la primera como una emisión desde afuera a través de la cual la idea del pensar dibujo construye lo objetual: dibujos concretos, matemáticos, análisis, geometría. La segunda perspectiva tiene que ver con permitir que la mirada, ahora irradiada como sistema de creación, se ocupe por descubrir el reino de las formas al crear una matriz delicada de cambios más bien antropológicos de rígido a suave, o de inamovible a entusiasta: dibujo de contraste conceptual, de lo elaborado ontológico a lo semejante reconocido, así me dibujo yo, de esta manera dibujo cosas que siento.
El problema continúa siendo la preocupación por la belleza, ahora donde lo bello se ocupa por resolver estéticas en esa carretera gigante que se ha abierto camino por efecto de la masificación en todo sentido. La intertextualidad del dibujo, que va de tensiones cientificistas a exploración en subjetividades comprometidas, expone, o mejor, inquieta el sentido crítico. Dibujar ya es de por sí un ejercicio crítico porque al igual que la belleza, todo es crítico, exceptuando la crítica misma del arte. Cuando el artista Fredy Galviz insiste tanto en producir laboratorios antiguos para sus imágenes, comprendemos que intenta conectar la fascinación por lo híbrido, por intertextualizar formas extraídas de diferentes naturalezas.
Son seres cavernosos dispuestos como catervas de la imaginación rebuscada, incisiva y dolorosa de saberse presa de un gusto por lo grotesco. Vemos metamorfosis, pietismos de una nueva religión fundada en uno mismo, observando la fragua donde se funden los inconmensurables personajes de una extraña biblia que mal podríamos llamar bestiario, porque sus figuras post- bestializan estéticas de redoblante, ahora que el nerviosismo se ha convertido en el estado natural del artista.
Las obras de Galviz suelen ocuparse del aburrimiento por no encontrar la formula deseada para el crisol de su credo, por ello se esfuerza con cada dibujo en alcanzar los efectos de sublimidad, tristemente echados en el saco roto de la normalización.
Pienso que producir monstruos no es tarea fácil porque habrá que estar en modo de ser buscador de lo feo constante, ese feísmo a ultranza conectado con el icono, con el manierismo, con la fealdad del arte moderno y que ahora se nos presenta en formato pantalla inalienable de reconocimiento mutuo.
Diego Enrique Osorno, director de Vaquero de mediodía
El periodista Diego Enrique Osorno se lanzó a la búsqueda del desaparecido Samuel Noyola, en un país que se convierte cada vez más en un agujero negro. Este trabajo fílmico ha sido nominado al Ariel como Mejor Largometraje Documental.
“El poeta no tiene lugar en la sociedad contemporánea. O nace rico, o se pone a trabajar en la burocracia cultural. Entonces, o se suicida o se vuelve estúpido”, declaró Samuel Noyola en 1996. No tenía ni el dinero ni los apellidos, intentó ser siempre memorable y lo logró. Nacido en febrero de 1964, lo describen como un artista salvaje, un nómada, un poeta cuya obra era contracultural. Fue el penúltimo de nueve hijos y su padre los abandonó cuando él era muy pequeño. Creció en un barrio popular de Monterrey y a temprana edad conoció a Octavio Paz, el premio Nobel, con quien consolidó una relación fraternal.
Paz le tenía aprecio especial, lo veía como un auténtico poeta, “el más inspirado de su generación”. Incluso, lo acogió en la revista Vuelta y siendo un novato le otorgó el tercer puesto más importante, el de producción. Para el joven poeta, Paz, además de mentor, era fuente de inspiración. Esa conexión, lejos de impulsarlo, llevó a Noyola a enfrentar la mezquindad de la élite cultural mexicana. Buena parte de eso también se debió a un incipiente deseo por ser detestado, a lo que se sumaba su apabullante personalidad, que llevó hasta las últimas consecuencias y de la que no se tiene rastro desde hace diez años.
A la fecha, no se tienen noticias de Noyola. Hay quienes aseguran que sigue siendo un alma libre, y hay quienes creen que la muerte es la única explicación posible. “El país se ha convertido en un agujero negro en donde es muy difícil encontrar a una persona que desaparece por su propia voluntad o de manera forzada”, dice a Gatopardo el periodista Diego Enrique Osorno, uno de los tantos que, tras conocer a Noyola, no pudo evitar quedar fascinado con tan exorbitante artista y quien desde 2009 lo ha buscado hasta darle forma a un poderoso documental, que se estrena este mes en México.
Inconforme con la versión de que Noyola sólo se había esfumado y que de él no quedaba más que el recuerdo de su transitar como vagabundo por las calles de la Ciudad de México, Osorno se armó con una cámara y acudió a la búsqueda del autor de Tequila con calavera (1993). Su investigación lo condujo de la capital del país a Monterrey, e incluso a Nicaragua, lugar en el que Noyola, aseguran, participó en el movimiento sandinista.
“Es la historia de Samuel Noyola pero también de la poesía, de las utopías y del idealismo, uno que causa admiración y vértigo.”
La travesía resultó en un largometraje con fotografía de María Secco, al que tituló Vaquero del mediodía (2019); como lo bautizó Mario Santiago Papasquiaro en el Café La Habana donde se conocieron. “Las preguntas del cronista son las mismas que las de un documentalista, lo que cambia es que éste último se tiene que apoyar en un lenguaje cinematográfico y tiene que dirigir a un equipo que le ayude a continuar esa idea que empezó por sí solo”, confesó el realizador luego de su estreno en el Festival Internacional de Cine de Morelia.
Osorno, ahora Premio Nacional de Periodismo de México (2013) y director de documentales como El alcalde (2012), conoció a Noyola cuando la poesía era una de sus aspiraciones. Era 1999, Paz había fallecido poco tiempo antes y Samuel, a pesar del declive que representó la pérdida de su mentor y su relación con el alcohol, se mantenía como una figura intensa, un artista. Así lo describen en cada uno de los testimonios que el periodista logró para la cinta. “Para mí, es la historia de Samuel, pero también se trata de la historia de la poesía, de las utopías y del idealismo, un idealismo que causa admiración y vértigo”, añade.
Impregnados de una atmósfera nocturna y acompañados, en su mayoría, por una copa de alcohol, casi en ofrenda a Noyola, personajes como Jennifer Clement, Jesús de León, Guillermo Fadanelli, Eduardo Antonio Parra, Juan Villoro y el poeta Julio Valle Castillo hilan memorias y vivencias, proporcionando la posibilidad de mapear al artista. Eventualmente, Osorno sumó a la detective Dayana e incluso a una pitonisa a la búsqueda, para encontrarlo fuera vivo o muerto. Aunque por el momento no pueden más que trazar, a través de una visión única, la existencia de aquel visionario que alejado de todo paradigma vivió su poesía.
De la mano de Melina Nogales, los invitamos ahora a emprender un nuevo viaje a los mundos de Internet. En este caso con la aplicación TikTok, que muy rápido pasó de ser un asunto exclusivo de adolescentes a convertirse en todo un universo de música y entretenimiento, pleno de oportunidades para los negocios digitales.
¿Qué es TikTok?
TikTok también conocida en China como Dǒuyīn, es una creación del empresario de la internet Zhang Yiming, la cual permite a sus usuarios crear videos de corta duración, entre 15 segundos y 1 minuto.
En los videos se usan una variedad de recursos que van desde el acompañamiento de una banda sonora o clips de música, gracias a que su raíz fundamental se basa en la música, aunque actualmente vemos muchos sketch de humor y retos.
Es necesario la sincronización de labios para que quede acorde a los movimientos en la reproducción final, en caso que imites una voz o emules una canción; cuentas con diferentes velocidades a la hora de hacer el montaje de voz en el video: 0.3X el más rápido, 1X normal y un 3X que es la velocidad más lenta.
Es como si hicieras un doblaje y para que resulte muy natural debe coincidir audio y video, además de algunos buenos efectos de edición.
Pero, no te preocupes, la plataforma te brinda esas herramientas, como efectos de voz y video, y te permite crear tu propio contenido o subirlo desde el escritorio de tu dispositivo móvil.
¿Quién usa TikTok?
Les comentaba que es una aplicación China que fue desarrollada en solo 200 días, y es algo así como la unión entre las características de Vine, Bytedance y lo que llegamos a conocer algunos como Musical.ly, que ya no existe.
Si bien, tiene alta acogida entre el público joven, especialmente en los Centennials, actualmente ha atraído un target más adulto, el cual sobrepasa los 40 años, e incluso es común ver a personas denominadas de la “Tercera Edad” usando la plataforma.
· 20% de los usuarios tienen menos de 19 años, rango de edad que es más activa en la aplicación.
· 32% de los usuarios tienen entre 20 y 24 años
· 27% de los usuarios son personas entre 30 y 40 años
· El 55% de usuarios son mujeres y el 45% son hombres
· Datos de Apptrace, indican que actualmente la app de TikTok está disponible en 141 países.
· 9 de cada 10 usuarios, usan la App varias veces al día, datos del mismo TikTok.
· La música es el pilar de TikTok, los hashtags de tendencias están relacionados, a menudo, con la música y el 43% de los usuarios han subido un video a dúo.
· En el primer trimestre de 2020, la aplicación tuvo 315 millones de descargas, que es el mejor trimestre de cualquier aplicación.
· En marzo de 2020 TikTok fue descargado más de 115 millones de veces en todo el mundo.
· En países como Colombia, México, Brasil y España supera los millones de descargas.
· Cloutmeter indica que los usuarios de TikTok promedian un poco despreciable engagement del 52.1%, lo cual es porcentaje alto de compromiso (Si no conoces el concepto, te invito a dar clic aquí).
Hay más
Todas estos datos, sumado al cambio demográfico y migración de usuarios hacia la plataforma, debería llamar la atención de las marcas.
Aún más si eres un pequeño emprendedor, porque estamos hablando nada más y nada menos de un público con una alta tasa de fidelidad, el cual puede consolidar ventas.
Tantos los más activos que son los cenntenials y parte de los millenials, tienen la posibilidad de influenciar en decisiones de compra de otros públicos.
Porque dada la estructura de TikTok, una de estas personas puede permanecer más de 50 minutos interactuando como mínimo, en promedio por día. ¿Son alucinantes cifras? ¿Verdad?
¡Pero falta algo más!
TikTok según el DataReportal en 2019, ya contaba con la increíble suma de 500 mil usuarios en todo el mundo, no obstante Wallaroo estima que ha aumentado a 800 millones actualmente.
En todos estos resultados seguramente, tuvo incidencia esta época de social distanciamiento debido al Covid-19.
Atender las quejas de los usuarios me enseñó a entender mejor el deseo universal de ser amado y a encontrar la esperanza aún después de experimentar el rechazo y el desamor.
Brian Rea
T1– El intento de sentirme digna de ser amada (mientras trabajo para una aplicación de citas)
T2– El desafío de trabajar en una app de citas y anhelar el amor
e1– Estar llena de quejas románticas me ha dejado —a mí, una mujer negra que ha tenido el corazón roto— sintiéndome consternada pero esperanzada.
e2– Atender las quejas de los usuarios me enseñó a entender mejor el deseo universal de ser amado y a encontrar la esperanza aún después de experimentar el rechazo y el desamor.
Por fascinante que parezca, trabajar en el área de atención al cliente de una aplicación de citas tiende a ser un empleo repetitivo y ordinario. Durante cada turno de ocho horas, a menudo me siento como una suerte de robot-porrista cuando intento responder las quejas y calmar las ansiedades de los aficionados a las citas digitales en todo el mundo.
Mi título oficial de contratación —colaboradora de experiencia comunitaria— me hizo pensar que tendría conversaciones interesantes sobre el amor y las relaciones. En realidad, la gran mayoría de la “experiencia comunitaria” con la que debo lidiar involucra dudas sobre reembolsos, contraseñas olvidadas y cuentas duplicadas. Intento responder de forma personal a cada usuario, pero, en la mayoría de los casos, para ser más eficaz, copio y pego las respuestas.
“¡Hola! Gracias por contactarnos. Echemos un vistazo a tu caso”.
“Hola, sentimos mucho que tengas una experiencia negativa”.
“¡Qué tal! Gracias por hacernos saber esto. ¡Nos encantaría ayudar!”.
Copiar, pegar, copiar, pegar, copiar, pegar. Hasta que haya alcanzado o superado mi cuota de respuestas por hora.
Ciertas preguntas rompen el patrón. He enviado mensajes a usuarios que temen que su pareja los esté engañando, a personas trans que desean cambiar su configuración de género, así como a hombres que se sienten desamparados y confundidos después de que varias usuarias dejaron de escribirles. Estos diálogos aportan una idea de humanidad que cambia el ritmo y me recuerda el posible impacto de mi trabajo. En medio de toda la ira y la insensibilidad está la ternura del anhelo romántico, el deseo universal de ser amado.
Esta oportunidad de trabajo surgió como un rayo de esperanza durante un verano muy triste. Me acababa de graduar de la universidad y me recuperaba de una ruptura, tras haber deseado estar con alguien que no quería comprometerse conmigo.
Fue mi primera ruptura, pero, como mujer negra, la angustia no me resultaba extraña; este dolor me parecía conocido. Los síntomas son fáciles de identificar. Siempre comienza en la garganta, zumba en el pecho, desciende hasta el punto más bajo del vientre. Es agudo, denso, ardiente.
La primera vez que lo sentí fue en la primaria, en el autobús escolar, cuando dos chicos blancos me gritaron diciendo que era fea mientras me jalaban las trenzas recién peinadas. Estaba tan sorprendida que me quedé helada, con la esperanza de que la burla terminara.
El dolor reapareció en el bachillerato cuando una amiga me dijo que sería bonita si mi piel fuera más clara. Intenté evitar el sol ese verano y los veranos siguientes. No hace falta decir que no cambió nada.
A demasiadas mujeres negras se nos enseña que las fantasías románticas no nos pertenecen, que nunca somos la primera, la segunda ni siquiera la tercera opción de alguien y que deberíamos sentirnos afortunadas si alguien nos desea, lo cual realmente significa que deberíamos sospechar…
En el cine y la televisión, normalmente nos incluyen como la amiga de confianza o como un personaje para aligerar una situación cómica. Programas recientes como I May Destroy You e Insecure, de HBO, plasman versiones más matizadas de nuestras variadas experiencias y, aunque estoy agradecida de que existan estas historias, me sorprende el tiempo que ha debido pasar para que se transmitan en los principales medios de comunicación.
El deseo romántico es complicado para todos, pero para nosotras es a menudo un asunto político. Casi todas las chicas negras que conozco tienen una anécdota de rechazo evidente por su negritud, o de haber sido desestimadas directamente, fetichizadas o descartadas de alguna otra manera con carga racial.
Durante mi adolescencia, consumí mensajes que equiparaban mi valor a mi estado civil. Mi mamá y mis tías enfatizaron la importancia de ser una buena chica para poder ser una buena esposa algún día. Mis mentores cristianos evangélicos idolatraban la pureza sexual y el matrimonio. A los 16 años, comprendí que la validación de los hombres heterosexuales debía ser mi prioridad.
Sin embargo, los chicos que me gustaban aceptaban mi amistad, pero descartaban la posibilidad de salir con ellos. Mis amigos y los hombres de los que me enamoraba me decían abiertamente que no salían con mujeres negras, y admitían esa verdad cortante tan fácilmente como si hablaran de los ingredientes que prefieren en su pizza.
Por eso, es difícil imaginar lo extraño que me resultó a mí, una chica negra insegura y recientemente abandonada, aceptar un trabajo en una aplicación de citas. Las primeras semanas fueron brutales, pues cientos de súplicas llenas de ansiedad inundaron mis buzones de entrada. Algunas personas que enviaban mensajes apresurados con una urgencia inquietante: “¡No estoy haciendo ninguna conexión!”, “¿Por qué nadie responde mis mensajes?”, “¿Soy fea?”, “¡No he tenido una cita en meses!”, “¡Esta aplicación es una estafa!”.
Al principio, no sabía cómo aplacar la ira de la gente y al mismo tiempo validarla. Con el tiempo, aprendí a buscar la humanidad de cada mensaje. Hay un elemento de total vulnerabilidad en alguien que le dice a un completo desconocido que “solo quiere ser amado”.
Me desplazaba a través de la efusión diaria de mensajes, al tratar de no desensibilizarme, y traducir mensajes que decían cosas como “No tengo nada de malo. Soy guapo, soy inteligente. ¡Algo está mal con su aplicación!” en el tipo de preguntas que todos hacemos: “¿Soy lo suficientemente atractivo?, ¿Soy lo suficientemente inteligente?, ¿Algo está mal en mí?”.
A veces respondía con las palabras que más necesitaba leer yo misma. Mis supervisores me habían dicho que me dirigiera a la gente con amabilidad y cautela. A pesar de los clichés que enviaba, el sentimiento era auténtico. “Salir con alguien es muy difícil”, tecleaba. “Pero creo que te mereces una conexión significativa. A menudo solo toma tiempo encontrarla. ¡Te apoyo!”.
Mi manera cursi de animar a la gente normalmente me abría las puertas de los usuarios. “Gracias, eso significa mucho”, respondían, o “Sí, salir con alguien es muy difícil. Espero conocer a alguien pronto. ¡Deséame mucha suerte!”.
Aunque practicaba la empatía, no me engañaba al pensar que estaba aprendiendo a hacer esto mejor que los demás. Una noche, en la cena, un amigo me preguntó si mi trabajo me ayudaba a dominar el arte de las citas.
Escupí mi bebida. “¡No, en absoluto! Estoy tan confundida como la gente con la que hablo”.
Por supuesto, yo también usaba aplicaciones. Había aprendido todos los trucos para crear un perfil prometedor: retratos que muestran tu personalidad, biografías que terminan con una pregunta atractiva, una marca de verificación para mostrar que eres real. Podía ayudar a los demás, pero aún así no tenía ni idea de cómo mejorar mis probabilidades de gustarle a la gente en internet.
Y sabía que las probabilidades estaban en mi contra: algunas investigaciones han mostrado que las mujeres negras somos uno de los grupos que reciben menos atención de cualquier categoría en las aplicaciones de citas. Sabiendo eso, es difícil tener fe. Una amiga blanca una vez me enseñó su perfil de citas y dijo: “Sé exactamente por qué estos chicos me eligieron”.
¿Cómo se sentiría saber que naturalmente eres el tipo de alguien o incluso el tipo de muchas personas? ¿Cómo se sentiría saber que te desean? Seguí con mi reflexión acerca de estas cosas hasta que mi asombro se endureció en el fondo de mi garganta: agudo, denso, ardiente.
Me acostumbré tanto al amor no correspondido y a ser la porrista de mis amigos no negros que buscaban el amor que empecé a creer que no había nadie para mí.
En cuanto empezaba a sentir cosas por alguien, me resistía, me preparaba para la inminente decepción. Si un hombre expresaba interés, lo pensaba demasiado, hasta el punto del autosabotaje. Incluso cuando tuve mi primer novio, pasé la mayor parte de nuestra relación con dudas sobre la autenticidad de su afecto. No sabía cómo ser deseada porque no creía que lo fuera.
Desde hace poco he mejorado en cuanto a aceptar el brillo de mi negritud y se ha vuelto más fácil sentirme segura con mi identidad: no solo aceptarme, sino también celebrar y admirar la mujer que soy.
No obstante, sé lo suficiente para darme cuenta de que el amor propio, a pesar de todos sus beneficios, no puede darme un beso en la frente, no puede acercar su mejilla a la mía, no puede mirarme con cariño en medio de una habitación. Y aunque finalmente creo que merezco ser amada, a veces aún dudo de que los demás puedan superar su condicionamiento social para creer que lo merezco también.
El Día de San Valentín de este año tomé el turno de la noche y preferí reírme de lo absurdo de mis circunstancias. En vez de tomar de la mano a alguien que amaba, pasé la noche tecleando mensajes a otros que se apresuraban a salir para encontrar a quien tomar de la mano. Me sentí patética y sola, aislada de ese algo que les ayudaba a las otras personas a encontrar.
Transcurrida la noche, una mujer negra me envió un mensaje simplemente para expresar su gratitud. A través de la aplicación, dijo, había encontrado a su novio ahora de mucho tiempo, algo que creyó que nunca le ocurriría.
Sonreí al ver las fotografías adjuntas de ella y su pareja, morenos y despampanantes en su amor. Me pareció que era una suerte de confirmación cósmica. Toqué mi pecho mientras comenzaba a escribir otra respuesta llena de clichés, pero todo lo que quería decir era esto: “Espero encontrar ese tipo de amor algún día yo también. Muchas gracias”.
*Loré Yessuff es escritora y vive en Austin, Texas.