Así nos solidarizamos con el corregimiento de La Florida, en Pereira, que por estos tiempos sufre las consecuencias del cambio climático. La Cebra que Habla ha escrito sobre la gente de este sector, sus emprendimientos, ha retratado la pintoresca zona y siempre ha disfrutado de su espacios sociales, culturales y turísticos.
Así hemos hablado del sector y lo invitamos a que conozca un poco de La Florida, en Pereira, Risaralda.
Qué envidiable suele ser la vida del rockstar, imaginen a un artista de extravagante cabellera y vestimenta que rompe la usanza de la época, de gira por algún país, de presentación en presentación en venues atiborrados de fans. Sus días son de groupies, whisky, sesiones de fotos y entrevistas. Su imagen repetida por miles en carteles publicitarios. Podría estar hablando de David Bowie en los años 70, pero me refiero a Oscar Wilde.
Oscar Wilde, escritor irlandés, quien el 30 de noviembre cumplirá 108 años de muerto, fue una celebridad que llevó su vida igual que lo que hoy conocemos como una “estrella del rock”.
Personaje variopinto, que no solo fue el estupendo y admirado escritor sino una especie de dandi-celebridad de pasarela, un irreverente artista de cepa; una vaca sagrada pero, sobre todo, un hedonista que concebía este estilo como categoría de arte y al arte como forma de vida, esto es, el arte por sí mismo; la estética como imaginación, como reinterpretación de la realidad y no como imitación de ella; él era la simple y compleja expresión de la libertad que desde luego, implicaba una postura social, intelectual y política, en relación con el entorno y que requería de un público con el objetivo de obtener un resultado de lo expresado.
A través de su vida y sus letras, Wilde hizo una mascarada; potenció lo teatral y concibió, sin saberlo, el glamour como la idea de crear un escenario más allá de la rutinaria realidad que, con la creación de sus mundos, rompiera la lógica mecánica del arte hasta ese momento, por medio de su obra literaria y en la invención de él como personaje.
El Glam rock abrió y cerró la década de los años 70 del siglo pasado. Surgió en la medida de la austeridad estética del rock sesentero y con numerosas referencias de Oscar Wilde, el primer rockstar.
El músico Marc Bolan y su T. Rex asaltaron primero la escena británica con un rock básico (pero no liviano), revestido, literalmente, con plumas y brillantina. Siguieron Gary Glitter, Roxy Music, Sweet y el primer Queen; del otro lado del Atlántico The New York Dolls, Iggy Pop y hasta el mismo Lou Reed en su etapa pos Velvet Underground; sin embargo, quien prominentemente marcó el hito fue David Bowie.
Imagen extraída de: Twitter
El artista británico puso en la mesa las reglas del juego cuando tras deambular de un color a otro, como buen camaleón, en el año ’72 creó el álbum “Ziggy Stardust”, y con él a su fantástico alter ego, un extraterrestre andrógino vestido para teatro vodevil. El concepto moldeó los postulados musicales (arropado por los riffs de Mick Ronson), líricos y por supuesto, estéticos del glam: La realidad convertida en hipérbole; la gran mascarada digna de desfile de alta costura vintage-futurista que golpeaba en la cara la gastada imagen del rock.
El glam de Bowie era lúdico y dionisíaco y en el uso de la plasticidad creaba la ironía perfecta para seducir y criticar al mismo rock establecido que, aunque sea en su propia contra, siempre ha modificado el campo en el que su discurso existe.
Bowie y el glam eran la expresión del hedonismo, el placer y la liviandad del burlesque acelerados hasta conseguir una exageración artística para seducir y cuestionar al espectador, montados en una lírica poética y en acordes rocanroleros que más tarde se tornaron experimentales.
Empero, el motor que fue adherido al vehículo, permítanme el término, bowieiano, fue el de la sexualidad como síntesis de los elementos del glam; la androginia y la franca bisexualidad o pansexualidad como mecanismo de atención a lo que se manifestaba: La provocación mediante la feminización de lo masculino; la estética travesti vista como parte del todo en una propuesta de, otra vez, el arte libre, por sí mismo, sin ataduras, tal cual lo planteó Oscar Wilde.
El autor irlandés, además del cabello largo, los pantalones de terciopelo y las medias de seda, se valió de su identidad sexual en la creación de su agent provocateur. Quizá la diferencia, en su detrimento, fue la época, en la que su homosexualidad le llevó a prisión luego de perder un juicio por “indecencia flagrante”, que él mismo provocó.
Con la oscura salvedad de los 2 años encarcelado y que lo condujeron finalmente a su muerte en París, Wilde siempre entendió y se volcó al culto de la imagen plasmado mágicamente en obras como “el retrato de Dorian Gray” en el que concepciones sobre la belleza, la idolatría y la juventud son las premisas del personaje central de la novela, quien refiere a la teatralidad como un paso más allá de la naturalidad de lo cotidiano, a lo que considera como una pose.
En Oscar Wilde encontramos una génesis y punto de partida para quienes en los años 70 dieron vida al glam rock, ese que por definición dio el glamour y festividad poética al rock y que, paradójicamente, con sus estrambóticos disfraces creó un baile de máscaras, justo para desenmascarar a una sociedad aburrida y de doble moral.
Por datos como estos, por las vidas humanas que están en juego, es que se debe hablar de feminismo, o si se prefiere de equidad.
En muchos lugares del mundo las mujeres pueden estudiar carreras universitarias, convertirse en empresarias, ejercer el derecho al voto, escoger cómo vivir y a quién amar. Pueden elegir ser madres o solteras. Pueden divorciarse. Pueden heredar de sus padres. Pueden conducir autos. Pueden hacerse una vida a su antojo.
Pero incluso en esos mismos lugares, donde las mujeres urbanas han alcanzado libertades impensables para la generación de sus abuelas, esas mujeres modernas se estrellan con el techo de cristal y con la violencia machista, que las reduce e incluso aniquila.
¡Qué lejos está la paridad! Ni siquiera es necesario echar mano de la infinidad de anécdotas o historias reseñadas en los medios. Basta con mirar las estadísticas: duras, frías inflexibles desapasionadas. Una lectura transversal permite identificar que la violencia machista se cobra la vida de 12 mujeres cada día, según estadísticas de la Cepal. Una proyección a un año, con todo constante, arroja más de 4.300 muertes en el subcontinente solamente por el hecho de ser mujer.
Y éstas son solo las cifras oficiales.
¿Cómo se ve la cosa en otros lugares del hemisferio occidental? Según la macro encuesta de violencia contra las mujeres realizada en España en el año 2015, entre 10,3% y el 13,5% de las mujeres encuestadas en el rango de 25 a 54 años admitieron haber sufrido de violencia física por parte de su pareja actual o expareja Y estas cifras corresponden a una muestra. Pero aún si los datos en la vida real fueran más altos que estos, la sola existencia de la categoría “violencia machista”, debería bastar para encender las alarmas de la sociedad.
Otra estadística: el 95% de las víctimas de explotación sexual registradas en la Unión Europea son mujeres y niñas.
Imagen extraída de: Diario Las Américas
Más datos… En el caso de Reino Unido, la Oficina Nacional de Estadísticas calculó que el trabajo doméstico no remunerado representa para la economía 1,6 trillones de dólares. Una suma mayor incluso que la producción manufacturera y comercial del país. ¿Y quién se encarga allá especialmente de las actividades domésticas sin remuneración? Mayoritariamente las mujeres.
Y no siempre porque quieran, sino porque es la norma cultural que identifica a la mujer con las tareas de la casa, como si ambos fueran sinónimos. Para más Inri hay que sumarle a esto el tótem estadístico de la brecha salarial. La misma indica que ellas ganan menos que sus pares masculinos, sin contar que tienen menores oportunidades para ascender dentro de las organizaciones. Por eso, en nombre de la minimización de las pérdidas, “es normal” que el que menos gana, salga del mercado laboral o reduzca su jornada para atender las responsabilidades del hogar.
A marchas forzadas, la renuncia a una carrera laboral tiene aroma de mujer.
Suecia, ese país nórdico que parece el faro moral de la modernidad, no alcanza el 100% en la equidad de la repartición de cargas domésticas. Por supuesto que con su 90% está muy por encima de la media europea (65,7%). Y Alemania que parece tan racional e ilustrada no sobrepasa la marca continental. Las mujeres están mal representadas en todo aquellos por lo que se cobra bien. Por ejemplo, ocho de cada diez informáticos son hombres. Y menos del 30% en muchos países europeos son parte de las juntas directivas empresariales.
Por eso, al final el automatismo de la decisión de asumir más cargas domésticas recae sobre ellas.
Son datos y hay que darlos.
Imagen extraída de: El Heraldo.
Por datos como estos, por las vidas humanas que están en juego, es que se debe hablar de feminismo, o si se prefiere de equidad. Las sociedades urbanas occidentales, que de las rurales ya habrá momento para ocuparse en otro escrito, todavía no se pueden preciar de desechar estas discusiones. El feminismo no ocupa un escaño en el mundo de las vanidades de las posturas intelectuales. Tampoco es un dilema anodino como de quien no sabe si usar la camisa verde o mejor la blanca.
La violencia machista mata, reduce las posibilidades económicas de la sociedad actual y se multiplica en la siguiente generación. La violencia machista es una derrota moral.
A pocas semanas de la conmemoración del Día Internacional Contra la Violencia de Género (25 de noviembre) todavía existen más motivos para alzar la voz que para celebrar.
No en vano la Organización Mundial de la Salud declaró que la violencia contra las mujeres es un problema de salud pública. Y es que la violencia machista constituye una de las principales causas de lesiones y discapacidad, además de ser un factor de riesgo de sufrir otros problemas de salud física, mental, sexual y reproductiva. Con un efecto adicional sobre las siguientes generaciones, de aquellas sobrevivientes de violencia intrafamiliar que tuvieron descendencia.
La violencia aprendida tiende a reproducirse.
Hablar de mujeres, visibilizar sus problemáticas no equivale a ganar una partida de ajedrez. El machismo y el feminismo no son dos caras de una misma moneda. La primera reivindica los privilegios del más fuerte. La segunda pretende la equidad. La primera es la negación de la segunda, pero la segunda no es el elemento inverso de la primera.
Imagen extraída de: Biobiochile
El pulso de las ideologías lo dan las mentes pequeñas, aquellas que van tras trofeos y se ufanan de pisotear a su contrario.
¡Qué importante es que los hombres se asuman feministas! La reivindicación de los derechos de las mujeres, no es una cofradía exclusiva a la que se pertenezca por género ni por la fuerza bruta. Se trata de una forma de vida, que va tras la búsqueda de una igualdad de oportunidades.
El feminismo intenta que Amelia y Tomás sean tratados con el mismo respeto por sus pares. Que Susana o Rosa no tengan mayores probabilidades de morir a manos de su pareja íntima que Samuel o Alberto.
Se trata de que no manden a callar a las mujeres porque “se ven más bonitas”, de que no las maten o golpeen porque quieran poner fin a una relación abusiva. Las mujeres quieren responsabilidades laborales, quieren participar en las conversaciones que las afectan, quieren dejar de ser discriminadas porque sus úteros puedan crear vidas.
Ya está bien de que los golpes suplanten a los diálogos en las disputas.
¿Dónde está escrito que las mujeres puedan o deban ser objeto de vejaciones o discriminaciones solo por haber nacido en un cuerpo femenino, como si eso fuera una enfermedad o una tara?
Imagen extraída de: Pro.elsalvador
Hablar de reivindicaciones femeninas es necesario, porque en todas las capas de la sociedad y a lo largo y ancho del globo aún subsisten actitudes tradicionales nocivas, a pesar incluso de la modernización de algunas legislaciones. Es importante porque mientras los Trump, Bolsonaros y Kavanaugh sigan triunfando a costa de la misoginia significa que hay mucho trabajo por delante.
Y mientras esto exista hay historias sin voz que necesitan ser contadas.
Chimamanda Ngozi Adichie, la aclamada autora nigeriana, lo ponía en estos términos en su discurso en la feria del libro de Frankfurt de 2018 “Es hora de poner fin a esa pregunta de qué quieren las mujeres’, porque ya es hora de que todos sepamos que las mujeres quieren simplemente ser miembros de pleno de la familia humana”.
Uno de los puntales de una estrategia publicitaria consiste, precisamente, en llamar la atención.
Ah, no hay nada como el ingenio de la gente común -especialmente en el ámbito de la comida criolla- a la hora de promocionar las bondades de sus productos o servicios. Uno puede quemarse las pestañas, todo el curso universitario, leyendo gruesos libracos de mercadotecnia y, sin embargo, no ser capaz de generar una nueva idea, marca o nombre que se pretenda fijar en la mente de los potenciales consumidores.
En el alma popular surgen interesantes muestras de creatividad espontánea o intuitiva que ya quisieran tener muchos profesionales del marketing. Por ejemplo, desde hace años me sigue intrigando a quién se le habrá ocurrido bautizar un potaje como “falso conejo”, de tal manera que hoy constituye un cotidiano plato de la gastronomía local. Si un visitante foráneo se toparía con un letrero que lo anuncia, mínimamente le picará la curiosidad por saber de qué se trata.
Foto por: José Crespo Arteaga
Uno de los puntales de una estrategia publicitaria consiste, precisamente, en llamar la atención. Si es usted el comensal a punto de ingresar, respire tranquilo, que tampoco le darán gato por liebre, como sugiere la propuesta. Porque no tiene nada de gatuno ni conejuno un apanado de carne vacuna, cocinado entre regios hervores de ají y pimienta en grano. Avisado queda.
Siguiendo con los curiosos apelativos, en este momento me vienen a la memoria los explosivos “cardan calditos” que se anuncian en mercados y otros puestos de comida especializada en vísceras, especialmente indicados para curar la resaca, aseveran sus refinados cultores. Auténticos manjares (si le creen a un borrachito recién recogido) son estos calditos que bien podrían ser confundidos con rabo de toro, ¿me ayudan?, que me he quedado aturullado.
Sopa de pulpito. Foto por: José Crespo Arteaga
Pero más desconcertado me sentí el día que me topé con el primer humilde cartel de “se sirve pulpito”, habida cuenta de que Bolivia no tiene costas marítimas y pulpitos sólo he visto troceados en conservas como las sardinas. ¿Tan lejos había llegado la culinaria gallega?, creí preguntarme también. Menos mal que algún pariente me despejó la ignorancia: no quiero imaginar a qué sabe un cocido hecho con el culo de un animal. Estoy procurando ser recto, ¿me siguen? ¿comprendes, Méndez?
En Bolivia, todo el mundo sabe de qué es un “sándwich de chola” (macanudo nombre para un sencillo emparedado, ojalá que a ningún imbécil se le ocurra hacer campaña para cambiarle por el correctísimo “mujer de pollera”), a menos que se las dé de finolis y otros cuentos de rancio abolengo. Sumamente oportuno y gracioso el juego de palabras de este cartel: “a todo chancho” como habrán podido adivinar equivale a ir “a toda pastilla”, “a todo trapo”, “a toda máquina” que bien se oyen en otras latitudes.
Sandwich de Chola. Foto por: José Crespo Arteaga
Si todavía siguen dudando de qué es el manjar, ahí les cuento -mientras me acompañan salivando-, que es una buena pierna de cerdo adobada con ají y otras especias, asada lentamente al horno y servida en lonjas dentro de un pan suave, con una ensalada fresca donde no debe faltar el toque prodigioso de unas hojitas de quillquiña. Lo que no sabía era que los paceños nos habían copiado la receta ¿o será al revés? Espero que no nos enrollemos a todo chancho en una guerra fratricida por la denominación de origen.
¿Ustedes sabían que existen cholas argentinas, concretamente tucumanas? Me lo parecía, pero tremendo antojo me he llevado al ver a la cholita de roja pollerita mostrando pierna y, con esa sonrisa picarona, el plato está servido, acotaría un paisano de cabeza calenturienta. Ay, la decepción vino al rato cuando me acordé de que lo de “ricas tucumanas” se refería a unas empanadas típicas de carne, similares a las jugosas “salteñas”, pero fritas en aceite. Iba a decir que el cartel se veía jugoso también pero se me acabó la inspiración al pensar en un “trancapecho” (otro sándwich que quita el aliento y no por razones placenteras).
Cholitas tucumanas. Foto por: José Crespo Arteaga
Hay anuncios que en todas sus intenciones de mostrarse originales o darse aires de sofisticación yerran por completo, sobre todo considerando el entorno o contexto. Suena más lógico que un local sencillo de un barrio alejado lleve un cartel de “pollos Doña Juana” o algo similar. Lo de “fast food” y otros apelativos de alienante moda es cosa de ambientes donde se asientan los malls o patios de comida con luces de neón. Pero de todas maneras, no se puede negar que a veces lo cutre tiene cierto encanto: esa ruinosa fachada lila y el cartel con filigranas de verde irlandés son de lo más surrealista que he visto en mis andanzas por la ciudad.
Por el contrario, la sencillez artificial, no pocas veces, también chirría. Demasiadas filigranas para un cartel con aire rústico, denota contradicción y mal gusto. No me anima entrar a un local donde ponen “Mikuy” como marca de establecimiento. A secas, el nombre no sugiere nada, distinto sería si llevase “Mikhuna” que en buen quechua quiere decir “cosas de comer, yantar, comida, en suma”. Siendo hasta maliciosos, suena a “mi cuy” o conejillo de Indias. No me gusta para nada lo de “café cultural” otro risible modernismo como “café bistró”.
Café Mikuy. Foto por: José Crespo Arteaga
¿No se supone acaso, que los cafés son espacios de intercambio cultural o socialización, si se quiere? Además lo de “cultural” está tan manoseado que se presta a muchas confusiones y ambigüedades. Bien recuerdo que años atrás había un club nocturno que se ocultaba tras la etiqueta de “centro cultural”, con el logotipo copiado de los chocolates Mackintosh, para mayores señas.
Menos mal que sin pretensiones de ninguna clase, algunos reclamos publicitarios dan justo en el clavo. Así por ejemplo, me dio mucho gusto hallar un letrero sencillo y a la vez ilustrativo sobre una bicicletería. Para empezar, el anuncio no invadía la visual del transeúnte y tampoco estorbaba el paso como ocurre a menudo. En un arranque de ingeniosidad fue elaborado con materiales simples: una tapa metálica de turril soldada a un aro viejo de bicicleta, pulcramente decorada con letras brillantes y mensaje claro. Para terminar de colmar mi asombro, me encontré con un cartel pegado a la pared donde se advertía al cliente con sumo respeto.
Bicicletería Veloz. Foto por: José Crespo Arteaga
Y por si fuera poco, el bicicletero, hacía gala de modales al despedirse con un “gracias, el Veloz”. El detalle de las cholitas con bici es para enmarcar. Ya no se ven cosas así. Me dieron ganas de dejarle mi bicicleta, mi mochila, mi cámara, mi reproductor mp3, mi celular, mi corazón, para que me los compusiera de algún desperfecto al instante.
Estos son los mejores disfraces de la llamada “noche de los brujitos” en Pereira. Por supuesto, cada uno fue peculiar, pero estos captados por el lente de La Cebra que Habla cumplieron los requisitos de: originales, caseros y curiosos. Los invitamos a que los vean y saquen sus propias conclusiones, porque lo que si sabemos es que en Pereira, los buenos y creativos somos más.
Este importante evento se llevará a cabo los días 7, 8 y 9 de noviembre de 2018 en la ciudad de Pereira, Colombia.
Gracias al gran éxito logrado en el 4 Congreso Internacional de Spa & Bienestar, realizado en Buenos Aires, en abril de este año, por la Asociación Americana de Spa y siendo el pedido de muchos profesionales de la región, llega por primera vez a la ciudad de Pereira, Colombia la tierra de la sabrosura y que seguro te va a encantar, potencia del desarrollo del Turismo de Bienestar en Latinoamérica.
Foto extraída de: Facebook
¡Viva lo mejor del spa y el turismo de bienestar de la región!
La Asociación Americana de Spa ha pensado en realizar su evento por primera vez fuera de Buenos Aires y eligió el Hotel Movich de la ciudad de Pereira, para ser sede de este importante evento. Este suceso que se realizó, con grandes laureles durante cuatro años, en forma consecutiva, en Buenos Aires, se hará ahora, por primera vez en otro hermoso país: Colombia.
Desciendo lentamente, como si deseara retener toda la fuerza del sol. Al llegar a un remanso giro sobre mí, vacilando entre el deseo de seguir y la inmersión definitiva. El agua, conocedora de mi indiferencia, juega con mi cuerpo. Me desplazo entre ella como si el río fuera un gigantesco útero.
Ayer viajé con el cadáver de una joven, un hilillo de sangre fluía de su frente. Sus manos, atadas con una cuerda de metal, parecían suplicar. Sus ojos me miraron con asombro. Una bala bastó para segar su vida. Nuestros cuerpos se unieron dulcemente, luego nos separamos. Volvimos la espalda al sol para observar el lecho del río con nuestros ojos de ahogados: sus algas, sus arenas… y no volvimos a saber el uno del otro.
En las riberas, las gentes lanzan gritos al observarnos. Desde la vida otean el ahogado más gordo, el más rápido, el más grotesco. Ante sus ojos somos culpables por haber muerto, ninguno es inocente.
Foto por: La Cebra que Habla
Cuando nos detiene el ramaje de las orillas, las gentes nos retiran con un trozo de madera; entonces vuelvo al centro del río. ¡Prohibido detener la marcha de un cadáver! No existe quien suspenda nuestra danza, nuestra muerte no los toca.
Los niños corren en forma paralela a nuestra marcha, saludándonos, despidiéndonos…. Aguas abajo el río habrá de descoyuntarnos, amputará pies y manos contra las rocas del fondo. Kilómetros más allá habremos adquirido la condición de monstruos. Nadie podrá reconocernos.
En la noche, cuando la luna ha recorrido la mitad de su trayecto, voces aisladas rompen la quietud del aire: son los pescadores; suben, bajan, no cesan en su búsqueda. Alzan sus cuerdas con desesperación. El río contaminado les devuelve fragmentos de madera, basura deshecha, veneno que el hombre ha vertido en sus aguas.
Foto por: La Cebra que Habla
Esta noche la pesca es escasa, las aguas están demasiado revueltas y los peces permanecen encerrados en sus cuevas de las orillas. Desde los botes, lentamente, los hombres retiran sus cuerdas erizadas de anzuelos, sus ojos miran con desesperación. Una embarcación se acerca, su conductor me empuja con el remo hasta la orilla, allí me ata a un árbol esquelético. El agua se agita, un hervor se produce cuando los peces despedazan mi carne.
El pescador lanza su red; al recogerla se ilumina la noche con el brillo plateado de los peces. La malla cae con avidez. Finalmente, el hombre se inclina en un extremo de su bote, tira de la cuerda y mi brazo sale del agua, se alza como pidiendo auxilio. El pescador corta el cordel sobre el borde de la embarcación y mi cadáver reemprende su viaje.
He perdido mis ojos, mis órbitas vacías sueñan un sueño líquido, la vida innumerable palpita en mi interior, he perdido conciencia de mi cuerpo. Liberado del peso de mi alma desciende mi cadáver, con toda liviandad.
El pianista Manuel Alzate González presentará en la ciudad de Pereira el día 06 de noviembre en el Teatro Comfamiliar, un recital de preparación para optar al título de Magister en interpretación y pedagogía del piano, Facultad de Artes, Conservatorio de música, Universidad Nacional, Bogotá.
En el capítulo 11 de Butes, Pascal Quignard escribe:
“Timógenes escribió: De todas las actividades letradas la música es la más antigua, solo el movimiento de la luna la precede.”
Inesperadamente Quignard hace que, como el personaje, nos lancemos a lo insondable buscando una música que solo suena en nosotros. En la búsqueda, tal vez, cada uno encuentra sus apariencias en la medida que se inventan. Para el pianista Manuel Alzate los compositores son una especie de filósofos del sonido. La música, en consecuencia, narra el mundo y sus infinitas formas, a la par que revela la historia de todos los hombres.
Proveniente de Pereira empezó clases de iniciación musical en los cursos de Extensión de la Universidad Tecnológica de Pereira en la facultad de Bellas artes. Ingresó tiempo después a la escuela de música de la caja de compensación Comfamiliar Risaralda, donde inició el estudio de teclado y gramática musical. Al concluir el colegio ingresó al programa de Licenciatura en música de la UTP. Allí, bajo el sol y bajo las estrellas, empezó seriamente su ejercicio pianístico, bajo la enseñanza de los profesores Milton González y Mauricio Zapata.
Mientras tanto, como el joven Mozart bajo el esplendor de Viena interpretaba las Fugas de Bach, Manuel Álzate forjó un pensamiento musical autónomo. Finalizando el pregrado en la UTP viajó a Bogotá para estudiar en el Conservatorio de la Universidad Nacional, que le otorgó el título de pregrado en piano.
En su casa la música hacía parte del paisaje y con esa singular casualidad creció Manuel. Su abuela materna y su hermana aprendieron violín y piano en el colegio. Sus dos abuelos eran, desde luego, hombres muy sensibles a la música. Sensibilidad que, sin hacer ruido, recibió como un amanecer y guarda como un amor lejano. De hecho, en la interpretación con sus manos de fuego, reproduce una sensibilidad que murmura en forma de leyenda.
Su padre, por otro lado, interpreta la guitarra y es, a su vez, un entusiasta y apasionado melómano. En su casa, como si desde antes o desde siempre, la música camina por los corredores.
Mientras interpreta Manuel Álzate siente un conjunto de emociones diversas, profundas. Para él las obras musicales son representaciones sonoras de la realidad. Una abstracción. De hecho sus ensayos son largos: va desde la lectura del texto, es decir, en descifrar la partitura. Luego la memorización. Y después, poco a poco, como un luthier que busca en la madera la perfección, pule constantemente las obras. Curiosamente vuelve a ellas a cada momento, limando asperezas. Busca posibilidades, repite hasta encontrar la armonía justa.
La elección del repertorio, esta vez, para recibir el título de Maestría en Interpretación y pedagogía instrumental con énfasis en piano de la Universidad Nacional, lo realizó en conjunto con el maestra Piedad Pérez y el maestro Mac Maclure.
Jugará en primer momento con la Partita no. 2- bwv 826 de Johann Sebastian Bach. Esta Partita, con sus seis movimientos: Sinfonía, Allemande, Courante, Sarabande, Rondó y Capricio, llena de contrapunto y de una sutileza rítmica, es una propuesta alterna de Bach con la danza típica y la suite. Continua el repertorio con la Sonata no. 31 Op. 110 de Beethoven. Una sonata donde Beethoven nos señala un retorno a la vida y sus matices, bajo un juego de fugas, una complicidad que repite los compases del corazón: tan cercana, tan humana. Frederic Chopin, como todo un universo, también está dentro del repertorio para el concierto.
El Nocturno Op. 55 no. 2. Y añade, desde luego, una pieza más de Chopin: Scherzo no. 1 op.20. Chopin, singularmente, posee un lirismo que recobra la capacidad de soñar. Obras que nos deja huérfanos con una extensa metáfora entre el silencio y la noche. Finalmente, Shostakovich: Preludio y fuga Op. 84 no. 24. El intérprete, en este punto, recoge todos los vestigios de vida interior y entrega el fuego que empuña en sus manos. Será, esta vez, Manuel Álzate quien nos entregue el fuego como una eternidad.
Me gustaría ahondar en un fenómeno que en los últimos años ha sido denominado “princesización” de las niñas.
Hace un tiempo reflexioné en torno a los estereotipos de género que recaen sobre las niñas, específicamente en relación con las imágenes de fragilidad y las expectativas de belleza que se asignan a las mujeres desde que son muy pequeñas, incluso desde que se encuentran en el vientre materno –es ya un lugar común que, a poco de conocerse los resultados de la ecografía que revela el sexo del bebé, se recomiende a los futuros papás de niñas comprar, por lo menos, un par de escopetas–.
Mi intención entonces no era exhortar a que ningún papá o mamá dejara de llamar “princesa” a su hija, ni mucho menos prohibir jugar a las princesas en casa. Mi propósito constituía más bien una invitación a incluir en el repertorio de halagos dirigidos a las niñas adjetivos como inteligente, valiente, lista o creativa; así como considerar en las opciones de regalo –en lugar de tiaras, tacones, espejos y sets de maquillaje– legos, piezas de construcción, kits de ciencia y libros sobre dinosaurios o planetas.
En esta oportunidad, me gustaría ahondar en un fenómeno que en los últimos años ha sido denominado “princesización” de las niñas, en alusión al cada vez más creciente predominio que ha adquirido la figura de la princesa como referente principal del universo infantil femenino.
Imagen extraída de: youthcastingnetwork.com
En 2011, la periodista estadounidense Peggy Orenstein publicó Cinderella Ate My Daughter (La Cenicienta devoró a mi hija), texto en el cual examina el surgimiento de una “cultura de princesas” a raíz de la creación de la franquicia “Disney Princesses” a comienzos del presente siglo, cuya puesta en el mercado de una amplia variedad de muñecas y otros productos de merchandising –además de juguetes, existen diversos ítems alusivos al tema: vestimenta, tendidos, mobiliario, utensilios de comida y aseo personal, entre otros– no solo determinó un elevado número de ventas, sino la omnipresencia de estos personajes en jugueterías, librerías, restaurantes, en fin, en cualquier tipo de ambiente en donde se desarrollasen eventos infantiles.
Para Orenstein, el problema de la omnipresencia de las princesas es que no ofrece alternativas, no da lugar a otra opción. De esta manera, bajo el supuesto, lamentablemente instalado ya en el imaginario de diversas sociedades contemporáneas como verdad absoluta, de que “a todas las niñas les gustan las princesas”, asumimos muchas veces como “natural” el hecho de que ellas jueguen a ser la Bella durmiente y se entretengan esperando a su príncipe azul.
De igual modo, sujetos además a las dinámicas de un mercado propio del mundo globalizado, validamos regularmente y de forma involuntaria ciertos estereotipos, y en celebraciones relacionadas con los cumpleaños, Amor y Amistad, el Ratón Pérez o el mismísimo Niño Dios reincidimos en ideas preconcebidas y entonces, para complementar la tiara y los zapatos de tacón, regalamos un set de belleza de juguete, el cual incluye brillo labial, sombras para ojos, esmalte de uñas, e incluso plancha para alisar el cabello –en este punto, debo señalar que soy consciente de la dificultad de encontrar juguetes, por decirlo de algún modo, neutros: las princesas han invadido a su vez el mundo de los legos, las plastilinas, los cuentos, los libros para colorear, e incluso las cometas–.
Imagen extraída de: costumes.tammam.co
La omnipresencia de las princesas se encontraría asimismo en estrecha relación con el posible deterioro que tanto la narrativa que instalan como la imagen que proyectan generarían en la autoestima de las niñas. No olvidemos que las princesas son ante todo valoradas por un principal, y al parecer único, atributo: la hermosura, entendida esta siempre en función de los cánones occidentales de belleza.
Recordemos pues que las princesas, si bien no son todas de cabello y piel clara –aunque sí las que predominan en los productos de merchandising–, se ciñen sin excepción a los postulados de aquella estética dominante que dictamina que para ser aceptada y apreciada, la mujer debe primero ser considerada hermosa, y que para ser valorada como tal sus rasgos faciales han de ser “pulidos” y su cuerpo, esbelto.
En este escenario, y como resultado del permanente bombardeo de imágenes y mensajes que ponderan en exceso la apariencia física y establecen un prototipo de belleza característico de una princesa Disney, muchas niñas a medida que van creciendo dejan de sentirse bien consigo mismas y con la imagen que reflejan en el espejo. Sería entonces favorable considerar que a las niñas no les vendría mal otro tipo de parámetros de juego, y en consecuencia, motivarlas a ir más allá del universo de princesas, ofreciéndoles la posibilidad de ser doctoras, escritoras, ingenieras, cineastas o astronautas.
La fiesta de Halloween, Samhain o Día de todos los santos es una fiesta que invita a la reflexión sobre la muerte
En la pasada “noche de los brujos” estuve muy impresionado por el talento de la mayoría de pereiranos para personificar diferentes espectros, asesinos en serie, personajes de películas de terror, payasos malvados, carniceros, purgadores; hasta paramilitares con motosierras y árabes con pistolas de fogueo y paintball se paseaban en camionetas y carros descapotables por las principales avenidas, no repartiendo dulces a los niños, más bien aterrorizando a los ciudadanos que se fijaban muy atentamente en sus disfraces, entre el bullicio, con una mezcla de admiración y miedo.
Los de menos interés, usaban algunas máscaras que emulaban personajes de similar calaña. Una voz interior me gritaba !Desmanes a la vista¡
La festividad originaria de nuestra “noche de los brujos” es el “Samhain”. De origen celta, celebraba el fin de la cosecha y el año nuevo. Ellos creían que en esta noche la línea divisoria entre el mundo de los muertos y el de los vivos se hacía delgada, permitiendo a los espíritus benévolos y malévolos pasar a nuestro mundo, así que eran invitados a los banquetes y festividades que preparaban sus familiares.
Las máscaras y apariencias desafiantes que usaban, tenían el objetivo de ahuyentar los espíritus malévolos, adoptando la apariencia de uno de ellos para no ser dañado. Así mismo, aprovechando que los visitaban los muertos, les hacían preguntas, lo que dio paso a los rituales de adivinación.
Foto extraída de: Eje21
La fiesta de Halloween, Samhain o Día de todos los santos es una fiesta que invita a la reflexión sobre la muerte y una tradición que ha acercado a los seres humanos a sus seres queridos para que no caigan en el olvido. Un país como el nuestro debería honrar esa fiesta de una manera más responsable. México ha entendido su importancia, por ello el arte y la cultura se han apropiado de esta celebración llevándola a terrenos muy sublimes en el cine y en las fiestas callejeras.
En nuestra bella ciudad de Pereira, la falta de cultura no nos permite conocer más allá del tradicional “voleo” de harina de trigo, o el “dulce o truco” que aprendemos en las películas norteamericanas de asesinos en serie o aquel paseo por el centro de la ciudad para ver la creatividad de nuestros vecinos para el disfraz.
Yo cumplí con el paseo, disfrazado de vergüenza ajena, pero no me pareció ver disfraces sino espíritus malvados que saqueaban la ciudad aprovechando la desordenada celebración nocturna.